II

Me acuerdo, sin embargo, con una memoria vivísima, de los primeros años

de mi niñez. Miraba la vida como pudieran mirarla los hijos del Príncipe

de Gales o los de un Rothschild. Todo lo que me rodeaba, mientras vivió

mi padre, era pobre y de una mediocridad bastante marcada; pero yo lo

encontraba de una belleza, de una abundancia y de un gusto

excepcionales. Nadie me había inspirado estas pretensiones pueriles; por

el contrario, mi padre, cuando me di cuenta de su valor moral, era de

una modestia pristina en su vida. ¡Pero yo encontraba tan hermosa la

vieja casa alquilada! Tan lujosa la sala en que dominaba un gran retrato

de mi madre querida, que tenía, si la expresión se me permite, esa

lástima egoísta que siente uno por los demás niños cuando es niño

también.

¿Qué hombre, qué mujer, por variada y llena de contrastes que haya sido

su vida, no tiene allá, en el fondo del recuerdo, la fotografía vaga

pero indeleble de las primeras impresiones del mundo? Es una fiesta, un

día de escuela, un encuentro, un juguete, un cariño recibido y devuelto,

el protagonista de ese inolvidable poema de la memoria; la palabra no lo

anima jamás, no se comunica a nadie, porque es tal vez trivial cuando

adquiere formas externas; se acaricia la reminiscencia a solas,

íntimamente, y ella vuelve y retorna siempre a la mente, porque es como

el cimiento de las memorias, el sedimento que han dejado las primeras

impresiones de la vida en el espíritu del hombre.

La fisonomía de aquel hogar, trunco por la muerte de mi madre, no se

borrará jamás de mi mente. Dormíamos con mi padre en la misma

habitación. Veo todavía aquel teatro célebre de cuentos y juegos

inolvidables; los seis antiguos grabados ingleses de sus paredes,

colgados con poco esmero; seis escenas de los romances de Waverley,

amarillentos y mareados entre sus maltratados marcos, casi siempre

torcidos, pendientes de sus clavos desiguales.

¡Cuántas veces al adormecerme bajo la media luz de la habitación,

parecíame ver moverse la figura misántropa de Guy Mannering, y de

espanto al verla salir del marco, encogíame todo en el lecho, tapábame

hasta la cabeza y cerraba los ojos para no ver la escena fantástica que

fraguaba contra mí mismo la imaginación calenturienta del niño. Oigo el

tic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbre

resuena en mi oído aún. Recuerdo el miedo que me causaba al despertar en

medio del sueño ese monótono murmullo del silencio nocturno, reagravado

por el bulto humano, horroroso, amenazante, que parecían formar las

ropas de mi padre puestas al acaso sobre una silla, y en cuya ingeniosa

y casual combinación creía ver el cuerpo de un ladrón o de un bandido.

¡Oh! ¡Qué alegría, qué desahogo, cuando la mirada, después de un examen

ansioso, descubría el fatal engaño y los objetos tomaban su forma

natural disipándose el terrible fantasma!

La gran aldea; costumbres bonaerenses · 第 8 / 26 题