Entre montaña y colina,
Sentada en la peña dura
Que asoma la cresta obscura
Por entre Ronda y Medina.
Cuando encienden los cristianos
De noche hogueras en ella,
No distinguen los paisanos
Si son sus fuegos lejanos
Luz de atalaya ó de estrella;
Y cuando el alba naciente
Dora la almenada villa,
Se confunde fácilmente
Con la armadura que brilla
El riëlar de la fuente.
Sus atalayas pusieron
Los moros en ella un día,
De fosos la circuyeron,
Y apriesa la abastecieron
Porque el invierno venía.
Tuviéronla muchos años
De los cristianos guardada,
Con mil ardides extraños,
Causándoles muchos daños
En guerra tan prolongada.
Á la sombra guarecidos
De sus breñas y pinares,
Bajaban como bandidos
Y robaban atrevidos
Alquerías y lugares.
Toleraban los cristianos
En silencio sus desmanes:
Pero pensando á las manos
Coger á los africanos
De aquel peñón gavilanes.
Estaban los insolentes,
Aunque pocos, confiados,
Conociéndose valientes:
Los cristianos, más prudentes,
Les cogieron descuidados.
Todos los de aquella tierra,
Procurándose en secreto
Mil utensilios de guerra,
Atravesaron la sierra
De asaltarla con objeto.
Y una noche la asaltaron,
Y guardarla no supieron
Los Moros que la fundaron;
Cinco veces la cobraron
Y otras cinco la perdieron.
Entonces los vencedores
Doblaron su alta muralla,
Y abrieron fosos mayores
Para guardar previsores
La prenda de la batalla.
Estrecha y sola una senda
Dejaron en todo el cerro,
Porque mejor se defienda,
Si se empeña otra contienda,
Su sola puerta de hierro.
Por eso en sus torreones
Y en sus anchos murallones
Guardó la morisca villa,
Sobrepuestos, los blasones
De los Reyes de Castilla.
Tal es Zahara: y en la altura
Del cerro en que está fundada,
Y por la fragosa hondura
De sus barrancos guardada,
Siempre estuviera segura.
De los Moros, como el nido
De un águila suspendido
En inaccesible peña,
Si menos la hubiera sido
Su fortuna zahareña.
Pero su alcaide cristiano
Nació con estrella aciaga,
Y Dios apartó su mano
Del infeliz castellano,
Y el rayo de Dios la amaga.
Porque ¡ay! ¿qué la han de valer
Su muro y torres de piedra,
Si los ha de mantener,
Sin fortuna y sin poder,
Gonzalo Arias de Saavedra?
¡Desventurada es la historia
De este buen Gobernador,
Bravo capitán sin gloria,
Blanco de mala memoria
Y de fortuna peor!
Desdichada fué su raza:
No hubo cálculo ni traza
Que al revés no le saliera,
Ni bando, opinión ó plaza
Que, suya, prevaleciera.
Siguió su padre Hernán Arias
De Enrique el Rey las banderas
Á las de Isabel contrarias,
Y perdieron las primeras
Sus empresas temerarias.
Del de Cádiz se allegó
Hernán á los partidarios,
Y el encono se extinguió
De los grandes sus contrarios,
Y Hernán Arias se fugó.
De los Moros amparóse
Y por los Moros mantuvo
Á Tarifa; mas tornóse
La suerte: capitulóse,
Y Arias que entregarse tuvo.
Caballeros en Castilla
Intercedieron por él,
Y, olvidando su mancilla,
Le indultó Doña Isabel
Confinándole á Sevilla.
Bien único hereditario,
En su aljarafe tenía
Un torreón solitario,
Y allí su infortunio varió
Fuése á llorar noche y día.
Mas he aquí que maltratado
Por el tiempo el edificio,
Y él imposibilitado
De gastar sólo un cornado
De su hacienda en beneficio,
En un temblor que agitó
Las tierras circunvecinas
Su torre se desplomó,
Y Hernán Arias pereció
Sepultado entre sus ruinas.
¡Desventurado Hernán Arias!
Las estrellas tan contrarias
Le fueron en paz y en guerra,
Que hasta se le abrió la tierra
Sin exequias funerarias.
Su hijo Gonzalo, heredero
De su fortuna fatal,
Aunque habido por guerrero
Valiente y buen caballero,
Lo pasó siempre bien mal.
De su padre la memoria,
Lo siniestro de su historia
Y proverbial desventura,
Le hicieron, sin prez ni gloria,
Pasar una vida obscura.
Dotado de alto valor,
De ciencia y destreza rara
En la guerra, con honor
De alcaide gobernador
Le enviaron al fin á Zahara.
Dióle la reina Isabel
Compadecida este cargo:
Pero, dándoselo á él,
El mejor panal de miel
Se le hubiera vuelto amargo.
Era Gonzalo un valiente
Y entendido capitán,
Tan audaz como prudente:
Mas ¿qué hará si no le dan
Ni bastimentos ni gente?
«Tu lealtad y tu bravura
»Tendrán á Zahara segura»
Le dijeron, y le enviaron
Á Zahara: mas no contaron
Con su innata desventura.
Sin víveres y sin oro
Con que pagar sus soldados,
No puede ni su decoro
Sostener, ni contra el Moro
Tenerles subordinados.
Su gente se le rebela
Y él, sólo, en continua vela,
Su fortaleza recorre,
Y hace á veces centinela
El mismo en alguna torre.
«Si no por obligación,
»Por vuestro bien ayudadme,»
Les dijo en una ocasión:
Y su alférez Luis Monzón
Contestóle ébrio: «Pagadme.»
Y el pobre Gobernador,
Sin influencia y sin pan,
Se vió inútil capitán
De gentes que sin temor
Ni amor hacia él están.
Pedía al gobierno amparo
De víveres ó dinero:
Pero el gobierno reparo
No ponía, y el frontero
Seguía en su desamparo.
Dos veces quiso salir
Á correr la mora tierra:
Mas sus gentes, al oir
Que se trataba de guerra,
No le quisieron seguir.
Tal era la situación
De Zahara en esta ocasión;
Tal es el afán que arredra
El brío del corazón
De Gonzalo Arias Saavedra.
Por eso sus castellanos
Se están mal entretenidos
En casa de los villanos,
En pensamientos livianos
Con las mozas divertidos;
Pues por demás licenciosos
Son siempre nuestros soldados,
Cuando en puestos apartados
Les dejan vivir ociosos,
Por libres ó mal pagados.
El Rey moro, que sondara
Su abandono y su pobreza,
Se dijo: «Es cosa bien clara
Que me da la fortaleza
Quien así la desampara:
Conque tomarla es razón.»
Y Hasán dispuso á este fin
Misteriosa expedición,
Dándole gente en unión
La Alhambra y el Albaicín.
Salió, pues, de la ciudad
Muley en la obscuridad,
Sin decir de esta salida
La razón desconocida,
Para más seguridad.
Y es fama que el Africano,
De Bib-arrambla al pasar
Bajo el arco, dijo ufano:
«Le tengo de festonar
Con cabezas de Cristiano.»
Era una tarde nublada
De tormenta amenazada:
El viento ronco mugía,
Y en anchas gotas caía
Á espacios lluvia pesada.
Cerróse en obscuridad
El cielo: la tempestad
Desgarró las nubes pardas,
Y brilló en las alabardas
El relámpago fugaz.
Entre la enramada espesa
De un pinar de que se ampara,
Con la gente de su empresa
Iba Muley á hacer presa
En la descuidada Zahara.
Caídos los martinetes
Sobre las mojadas telas
Revueltas á los almetes,
Caminaban los jinetes
El lodo hasta las espuelas.
Mohino el Rey por demás,
De los pasos el compás
Oyendo con mal humor,
Iba: junto á él un tambor
Y los peones detrás.
Tras éstos los saeteros
Y hasta cien arcabuceros:
Luego los escaladores,
Luego trompas y atambores,
Y luego los ingenieros.
Tras ellos, en pelotones
Flanqueados por dos alas
De jinetes con lanzones,
Muchos negros con escalas
Para entrar los torreones.
La media noche sería,
¡Espantosa noche á fe!
Cuando de la roca umbría
Sobre que Zahara dormía
Se detuvieron al pie.
Contó el Rey cuidadosamente
Las hogueras y señales,
En que convino prudente
Con sus guías, y la gente
Partió en dos bandos iguales.
Guardando el cerro dejó
Los jinetes: apostó
Los saeteros mejores,
Y él con los escaladores
Por el peñasco trepó.
La obscuridad, la tormenta,
Patrocinan su ascensión
Ardua, silenciosa y lenta:
Todo Muley lo hubo en cuenta
Con astuta previsión.
El ruido de sus pisadas
Sofoca el ruido del viento,
Y las aguas despeñadas
Por las ásperas quebradas
Con estrépito violento.
Tal vez descienden rodando
De roca en roca chocando
Pedazos de las montañas,
Pinos, chozas y alimañas
Consigo al valle arrastrando.
Tal vez una encina añosa,
Arraigada en un peñón
Todo un siglo, estrepitosa
Se rompe con temerosa
Y atronadora explosión.
Tal vez algún lobo, fuera
De su cueva sorprendido,
Bajo una peña cogido
Invoca á la muerte fiera
Con un espantoso aullido.
Tal vez por algún torrente
Arrastrada una serpiente
De un precipicio á la hondura,
Rasga la atmósfera obscura
Con un silbido estridente.
¡Horrible noche es aquella,
En que, mientras contra Zahara
Ronca tempestad se estrella,
De la tempestad se ampara
Muley audaz contra ella!
La villa desventurada,
Por el viento sacudida,
Por el turbión anegada
Y en las tinieblas velada,
Reposaba adormecida.
Apena en un torreón
De su vieja ciudadela,
Encogido en un rincón
Murmura escasa oración
Un cristiano centinela.
Tal vez duerme sin afán
Al calor de su gabán
En su garita, al arrullo
Que viento y agua le dan
Con su continuo murmullo.
Y tal vez, sobre la mano
La barba y en la rodilla
El codo, sueña el cristiano
Una aurora de verano
En un lugar de Castilla.
II
¡Tremenda noche! La lluvia,
Desgajándose á torrentes
Por las quebradas vertientes
De la sierra, con fragor
Á la hondura de sus valles
Consigo arrastrando baja
Los árboles que descuaja
Del vendaval el furor.
¡Tremenda noche! Iracundos
Los rebeldes elementos
Amagan de sus cimientos
Las montañas arrancar:
Y, en la cresta de la roca
Donde se halla suspendida,
Con ímpetu sacudida
Tiembla Zahara sin cesar.
Á una aspillera asomado
De su antigua ciudadela,
El buen Arias está en vela,
Ocupado en escuchar
Los rumores que á su oído
En sus alas trae el viento,
Y un fatal presentimiento
No le deja sosegar.
Nada sus tenaces ojos
Ven en noche tan cerrada:
No percibe ni oye nada
En la densa lobreguez,
Más que el velo tenebroso
Y la voz de la tormenta,
Cuya furia se acrecienta
Con horrible rapidez.
Á sus pies reposa Zahara:
Sus tejados ve, á la lumbre
Del relámpago, en la cumbre
Donde el pueblo se fundó:
Mas la roja llamarada
Que el relámpago refleja
Le deslumbra y no le deja
Comprender lo que á ella vió.
Al resplandor instantáneo
Con que el pueblo se ilumina,
Cree tal vez ver la colina
Con el pueblo vacilar:
Y á veces, en el instante
De iluminarse de lleno,
Cree ver de Zahara en el seno
Vagas visiones errar.
Blancos bultos, misteriosas
Sombras, móviles reflejos
Tras los muros á lo lejos
Moverse y lucir cree ver;
Cual si, haciendo de ellas vallas,
Los espíritus del monte
De sus torres y murallas
Se quisieran guarecer.
¡Delirios vanos! ¡Quimeras
De su débil fantasía!
Pasa el pobre noche y día
En continua agitación,
Y, con fe supersticiosa
Creyendo en su fatalismo,
Recela hasta de sí mismo,
Trastornando su razón.
¡Ilusiones! Arias sólo
Oye el vendaval que brama
Y el agua que se derrama
Por los tejados rodar,
Y en los muros del castillo
El rumor acelerado
De los pasos del soldado
Que acaban de relevar.
Oye el sordo remolino
Con que rueda la tormenta
Haciendo girar violenta
Las veletas de metal,
Y zumbar estremecida
La mal sujeta campana,
Y temblar en la ventana
El desprendido cristal.
Todos reposan en Zahara,
La atalaya de Castilla:
Sólo se oyen por la villa,
En la densa obscuridad,
El agua de las goteras
Y el rumor del vago viento,
Que ruge con el acento
De la ronca tempestad.
Sólo en apartada torre
Del mal guardado castillo,
Con el fulgor amarillo
De una lámpara al morir,
Velan algunos soldados
Y se siente desde fuera
El rumor de una quimera
Y jurar y maldecir.
Óyense sus carcajadas,
Sus apodos insolentes:
Pues en esto han tales gentes
Contentamiento y placer;
Se juntan en borracheras
Para acabarlas riñendo,
Y vuelven en concluyendo
Desde reñir á beber.
Y al calor de las orgías
Y al vapor de los licores,
Disertan de sus amores
En obsceno platicar;
Pues su lengua irreligiosa,
Sin respetos y sin vallas,
Sólo de sangre y batallas
Ó mujeres ha de hablar.
De éstas se miran algunas,
Con los soldados más mozos
En impúdicos retozos
Y deshonesto ademán,
Que, osadas y descompuestas,
Ó blasfemando ó riñendo,
Hasta embriagarse bebiendo
Desatinadas están.
La trémula llamarada
De una hoguera agonizante
Presta á su rudo semblante
Una expresión más feroz;
Y, recibiendo la bóveda
La algazara en su ancho hueco,
Remeda con largo eco
La desentonada voz.
Harto de vino y de amores,
En dos bancos apoyado,
Cantaba un viejo soldado
Al són de un roto rabel,
É hiriendo á compás la mesa
Con plato, jarra ó cuchillo
Aullaban el estribillo
Ellos y ellas con él.
Brindaban, y á cada brindis
Insensatos blasfemaban,
Y reían y danzaban
Completando la embriaguez:
Y sus sombras, en silencio,
Gigantescas, agitadas,
Cual fantasmas convidadas
Erraban por la pared.
«¡Á ellos!» gritaron voces:
Y entraron el aposento,
Diez á diez y ciento á ciento,
Los moros del Rey Hasán;
Y apenas á las espadas
Acudieron los cristianos,
Les cercenaron las manos
En donde tan mal están.
Lidiaron acaso algunos:
Pero tantos les entraron,
Que al fin les acuchillaron
Con las hembras á la par.
Á los gritos de los Moros
Los Cristianos despertaban:
¡Pero los tristes se hallaban
Cautivos al despertar!
La soñolienta pupila
Prestaba crédito apenas
Á las cuerdas y cadenas
Con que atados dos á dos
Por los Árabes se vieron,
Á quienes con lengua y ojos
Pedían piedad de hinojos
En el nombre de su Dios.
Las lágrimas de las madres,
De los niños los sollozos,
Los esfuerzos de los mozos,
El dolor de la vejez,
Son inútil resistencia:
Porque á todos los infieles,
Atados como lebreles
Les arrastran á la vez.
En vano lucha la virgen
Desesperada con ellos,
Que con sus propios cabellos
Mordaza ó cordel la dan:
En vano niños y enfermos
Yacen sin fuerzas postrados;
En tropel como ganados
Todos á los hierros van
Fueron tristísimas horas
Las de noche tan sangrienta.
¡Á quien de ella pidan cuenta,
Malas cuentas ha de dar!
Mas no Arias, á quien el mundo
Con su fe abandona en Zahara,
Porque Dios no desampara
Á quien de Él se va á amparar.
Corazones como el suyo,
Almas cual la que le anima,
Dios tan sólo las estima
En su pristino valor:
Aniquilado bien pronto
El cuerpo que les encierra,
Vuelve su polvo á la tierra
Y su esencia al Criador.
Creyó al fin Gonzalo Arias,
Desde la torre en que vela,
Sentir en la ciudadela
Un verdadero rumor
De voces y de pisadas,
Y distinguir en la sombra
Muchas gentes agolpadas
Á la muralla exterior.
Iba el caracol de piedra
Á tomar del muro, cuando
Por él su escudero entrando
Dijo: «¡Los moros, Señor!»
Asió al punto Arias Saavedra
Un hacha y un triple escudo
Que halló á mano, y torvo y mudo
Lanzóse hacia el corredor.
Por el caracol torcido
Se hundió como una callada
Sombra, y la puerta ferrada
De las almenas abrió.
Confuso tropel de moros
Llenaba el adarve estrecho:
Gonzalo Arias derecho
Á los Moros se lanzó.
Tendió del primer hachazo
Los dos que halló delanteros,
Y al querer tirar del brazo
La mano de otro segó.
Á tan repentino ataque
La morisma, acorralada,
Abrió círculo espantada
Y en el centro le dejó.
Mas Arias, que no veía
De vergüenza y de ira ciego,
Cerróse con ellos luego
Con ímpetu asolador:
Y, al ver el horrendo estrago
Que en ellos su brazo hacía,
Ninguno se le atrevía,
Embargados de pavor.
Pero sobre ellos cargaba
Gonzalo Arias con tal brío,
Que adelante les llevaba
Sin dejarles revolver;
Y uno, que frente arrestado
Le hizo, entre dos almenas
Le derribó atravesado
Y en el foso fué á caer.
Aquel hombre despechado,
De mirada centelleante,
De colérico semblante
Y de fuerzas de Titán,
Sin más que un broquel y un hacha,
Pálido y medio desnudo,
Peleando solo y mudo
Con desesperado afán;
Aquel hombre aparecido
De repente en medio de ellos,
Erizados los cabellos,
Cual de un vértigo infernal
Poseído, hizo á los Moros
Concebir honda pavura,
Contemplando en su figura
Algo sobrenatural.
Un instinto irresistible
De temor supersticioso
De aquel hombre misterioso
En tropel les hizo huir,
Cual si vieran, bajo el rostro
De aquel hombre temerario,
Un espíritu contrario
De Mahoma combatir.
Abandonó, pues, el muro
Todo el pelotón alarbe,
Y dejó sobre el adarve
Solo á aquel hombre fatal.
Crispado, calenturiento,
Á las almenas de piedra
Asomóse Arias Saavedra
Presa de angustia mortal.
Allá abajo, en las tinieblas,
Por las calles de la villa
En la lengua de Castilla
Invocar á Dios oyó.
«¡Á Dios (dijo con desprecio)
Á Dios invocáis ahora!
¡Miserables! Ya no es hora:
Sucumbid, pues, como yo.»
Y á largos pasos tomando
Del castillo la escalera,
Fué á dar como una pantera
En el patio principal.
Un capitán de Granada
Allí amarrados tenía
Cuantos perdonado había
La cimitarra fatal.
Arias, de un salto, se puso
Delante del africano
Y, asiendo con una mano
Las bridas de su corcel,
Le dió en el frontal de acero
Tan descomunal hachazo,
Que caballo y caballero
Vinieron á tierra de él.
Los Árabes que más cerca
Del capitán se encontraron,
Sobre Gonzalo cargaron
Con gritería infernal:
Pero dieron con un hombre:
Y el primero que imprudente
Se llegó á Arias, en la frente
Recibió el golpe mortal.
El capitán, desenvuelto
De su caballo caído,
Vino como tigre herido
Sobre el alcaide á su vez:
Recibió su corvo alfanje
El castellano forzudo
Dos veces en el escudo,
Con serena intrepidez;
Y al verle ébrio de coraje
Descargarle el tercer tajo,
Metióle el hacha por bajo
Y el brazo le cercenó.
Saltó el pedazo partido
Con la cimitarra al suelo,
Y el Moro, con un aullido
De dolor, se desmayó.
Saltó Arias de él por encima
Y, del caballo tendido
Quedándose guarecido,
Volvió la lid á empezar.
Acométenle los Moros:
Mas ningún golpe le ofende
Por delante, y se defiende
La espalda con un pilar.
Entraba en esto en el patio
El viejo Rey de Granada:
Mas detúvose á la entrada
Á admirar el varonil
Aliento de aquel solo hombre
Que, sin casco ni armadura,
Tiene á raya la bravura
De los hijos del Genil.
Estaba Gonzalo Arias
De sangre y sudor cubierto
Tras del caballo, que muerto
Á sus plantas derribó,
Anhelante de fatiga,
Descolorido y rasgado,
Como un espectro evocado
Del panteón que le guardó.
Al ver con cuánta destreza
De tantos se defendía,
De tan alta bizarría
Pagado el viejo Muley:
«¡Teneos!» gritó á los Moros;
Y, yéndose al Castellano,
Le dijo afable: «Cristiano,
Ríndete: yo soy el Rey.»
No pudo Arias de cansancio
Contestar. «Quienquier que fueres
(Añadió el Rey), valiente eres:
Ríndete á mí y salvo irás.»
Arias, ronco de fatiga,
Pero con alma serena,
Dijo: «Muerto, enhorabuena:
Pero rendido, jamás.»
«Cristiano, repuso el Moro,
Yo soy Muley y rendirte
Á mí no será desdoro.»
Y Arias dijo: «Y yo, Muley,
Soy Gonzalo Arias Saavedra,
Y mientras me quede aliento
Y en Zahara quede una piedra,
La mantendré por mi Rey.»
Ahogó la piedad del Moro
Respuesta tan arrogante,
Y, colérico, «¡Adelante,
Saeteros!» exclamó.
Atravesado de flechas
Hincó Arias una rodilla
Gritando «¡Cristo y Castilla
Por los Arias!» Y espiró.
Cortáronle la cabeza,
Y en el arzón delantero
La ató un negro de Baeza
Por trofeo de valor.
Tal fué el fin desventurado
Del bravo alcaide de Zahara:
La suerte le negó avara
Todo, menos el honor.
* * * * *
Cuando del día siguiente
Comenzó á lucir la aurora,
Daba á Granada la vuelta
La morisma victoriosa.
Marchaba Muley delante,
Y, en el centro de su tropa,
Dos mil cautivos atados
Al carro de su victoria.
Mandó el Rey que los Cristianos,
Guardados por buena escolta,
Fueran delante á Granada
Por la vereda más corta;
Pero prevenido habiéndole
Que, por si las tierras próximas
Se levantan, con presteza
Caminar es lo que importa:
«¿En qué está, dijo, el retraso?
--En los cautivos que estorban.
--Pues bien, dijo con desprecio,
Obligadles á que corran,
Y lleguen los que llegaren:
Los mozos á las mazmorras,
Las muchachas al harén
Y los viejos á la horca.»
III
Era la noche del siguiente día
En que el fiero Muley salió de Zahara,
Vencedor insolente. Era una obscura
Y nebulosa noche: no lucía
En el cielo la luna: venda impura
De nubarrones cárdenos cubría
La luz serena de su antorcha clara.
Ceñían por doquier el horizonte
Negros grupos de nubes apiñadas,
De vapores eléctricos preñadas,
Y alcanzábanse á ver de monte en monte
Del frecuente relámpago, azuladas,
Arder las repentinas llamaradas.
Á un balcón de la torre de Comares
Asomada en silencio, la altanera
Aija escuchaba con el alma entera
Lejano són de gritos populares
Que, por la densa atmósfera perdidos,
Traía á sus oídos,
De cuándo en cuándo, ráfaga ligera.
Tras ella Abú Abdilá sobre su hombro
El noble rostro juvenil tendía,
Como su madre oyendo con asombro
La confusa y extraña vocería
Que, en las tinieblas de la noche, el viento
Con eco sordo resonar hacía
Bajo el techo del cóncavo aposento.
--«¡Oyes, hijo Abdilá! con ansia dijo
La sultana.--Sí, madre, y no comprendo.....
Contestó Abú Abdil. ¡Tal vez maldijo
Nuestra fortuna Aláh!» Con ojo fijo
La espesa sombra penetrar queriendo,
Aija le interrumpió:--«Calla: estoy viendo
Moverse algo en el bosque..... ¿Oistes, hijo?
--¿Un ruiseñor?--Sin duda: mas no canta
Tan recio el ruiseñor..... escucha atento.
¿Le oiste?--Sí.--Pues bien, hijo, ese aliento
De un pájaro no cabe en la garganta.
--Oid, Señora, oid; más cerca el pío
Del ave se oyó ahora.--Es una seña
Que viene de las márgenes del río.
--Sí, y en hacerse comprender se empeña.»
Acercáronse más á la calada
Barandilla exterior del antepecho:
Mas Aija, de repente y sin ser dueña
De sí misma, cubriendo con su pecho
El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!»
Silbando entró por el postigo estrecho
Del balcón una flecha disparada
Desde el bosque, y, tocando en la labrada
Piedra del arco, rechazó, en el lecho
De Abú Abdil cayendo despuntada.
«¡Traidores!» exclamó Aija, á nuestra vida
También atentan!» Mas alegremente
La interrumpió Abdilá, teniendo asida
La flecha: «Madre (dijo) trae cosida
Una carta.--Lee pues.» Rumor de gente
Se oyó en el corredor en este instante,
Y una esclava, asomándose á la puerta,
Dijo: «¡El wazir!» Para la audaz Sultana
Fué cosa nada más que de un momento
En el pecho ocultar la carta abierta,
La flecha devolver por la ventana,
Y serena quedar sobre su asiento.
Al punto mismo Abú-l'Kazín, ministro
De las venganzas de Muley, entraba
El nocturno registro
Á hacer que en el salón acostumbraba,
Desque la torre de Comares era
Del Granadino Príncipe y su madre,
Por orden de Muley, prisión severa.
Saludó Abú-l'Kazín con afectada
Ceremonia, mostrando que lo hacía
Sin respeto y en pura cortesía:
Aija, en sus almohadones recostada,
Ni volvió la cabeza desdeñosa,
Ni le otorgó siquiera una mirada;
Abú Abdilá, imitando á su orgullosa
Madre, no contestó tampoco nada.
Abú-l'Kazín entonces, en sombrío
Silencio y con feroz torvo semblante,
La estancia registró con vigilante
Y prolija atención. «Es deber mío,»
Dijo al fin, dirigiendo á la Sultana
Una mirada donde el odio brilla,
Y añadió: «Nuestro Rey llega mañana
Vencedor de las armas de Castilla.»
Aquí, consigo sin poder, la Mora
Díjole: «¿Son por ello esos clamores
Que turban el reposo?--Sí, Señora:
El pueblo aplaude, como siempre, ahora
Á los Reyes que vuelven vencedores.»
Una mirada le lanzó de fuego
La Mora y con desdén le dijo luego:
«Tienes razón, Abú-l'Kazín: mañana,
Si volvieren vencidos, por traidores
Les silbará la multitud villana.
--Vele Aláh por el Rey, y no permita
Que el pueblo tenga por traidor, Sultana
Á quien abrigue sangre Nazarita!
--Eso te digo yo. Los hijos tienen
La sangre de los padres, y el que incita
Al padre contra el hijo, lo previenen
Las suras del Korán, á Dios irrita
Y su raza por Dios será maldita.
--Sultana, tus palabras.....--El anuncio
Son del desprecio en que te tengo.--Holgara
La razón en saber.--Está muy clara.
--Pronúnciala, Sultana.--La pronuncio:
Tu padre, Abú-l'Kazin, fué tornadizo
Y traidor á su Dios, y yo detesto
Á los hijos de padre que tal hizo.
No lo olvides jamás.--¡Oh! lo protesto.
--Déjanos, pues, en paz.--La vez postrera
Volveré nada más, cuando el severo
Rey de Granada de su ley el yugo
Imponeros me ordene.--Aguarda fuera
Sus órdenes en tanto, carcelero,
Hasta que hayas de entrar como verdugo.»
Salió el wazir, brillando en su pupila
El fuego del rencor: y la Sultana,
Luego que oyó el rumor de los cerrojos
De la postrera cámara lejana,
La carta á desplegar volvió tranquila,
Devorando lo escrito con los ojos.
Mirábala Abdilá con impaciencia,
Procurando leer en su semblante
Lo que ella en el escrito. En apariencia,
Si el wazir la acechara en este instante.
No pudiera, al mirar su indiferencia.
Sospechar que el papel era importante.
Leyó con avidez, pero serena:
Y aquella alma viril, que dominaba
Del placer el exceso y de la pena.
No dejó percibir á quien miraba
El gozo inmenso de que estaba llena.
¡Tanto era altiva, perspicaz y brava!
«Hijo mío Abdilá, dijo tras breve
Pausa, vas á partir. La muerte fiera.
De tu padre á la vuelta, aquí te espera,
Y abajo espera quien salvarte debe.
No el Cielo señaló tu real cabeza
Para ceñir una corona en vano;
Tu destino de Rey he aquí que empieza;
Cumple, pues, tu destino soberano.»