«Vuelve tu esposo vencedor, Sultana,
»Y la guadaña de la muerte impía
»Su mano trae; no aguardes á mañana:
»Cuando oigas luego que en silbar porfía
»El ruiseñor al pie de tu ventana,
»Descuelga á tu hijo Abú Abdilá por ella.
»Y un buen caballo le valdrá y su estrella.
»No temas ni vaciles: los verjeles
»De este valle, á tu vista tan tranquilo,
»Á un escuadrón de Abencerrajes fieles
»Dan á estas horas misterioso asilo.
»Mi escritura conoces, no receles,
»Sultana, una traición: pende de un hilo
»Del Príncipe la vida: mas, burlada
»La muerte, volverá..... Rey de Granada.
»Aunque en firmar sé acaso que aventuro
»Mi cabeza, la suya es lo primero:
»Sírvate pues mi nombre de seguro
»Y alumbre tu razón Aláh infinito.»
Al pie de este renglón, claro y entero,
De ALY-MACER el nombre estaba escrito.
Leía Abú Abdilá, y á la lectura
De la carta fatal palidecía:
Y, leyendo en su rostro su pavura,
La madre el ceño varonil fruncía.
«Hijo de Reyes, como Rey procura
Obrar, le dijo al fin. ¿Fortuna impía
Te acosa? Acosa, pues, á tu fortuna:
Mala es mejor tenerla que ninguna.»
Tal diciendo, la intrépida Sultana
Llamó en voz baja á sus esclavas. Quiso
Abú-l'Kazín dejárselas, por vana
Demostración de libertad y viso
De autoridad y pompa soberana,
En la prisión. Entraron al aviso
Todas de su señora, y la severa
Sultana las habló de esta manera:
«Necesito una escala: en el momento
Desgarrad vuestras tocas y almaizales;
Los tapices que tiene el aposento
Trizas haced: mis lienzos y mis chales
Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento
De la torre, anudad los desiguales
Pedazos: no os paréis en necias dudas:
Rasgadlo todo, aunque os quedéis desnudas.»
Hechas á obedecer, sin más demora
Rasgaron la oriental tapicería
Que la ostentosa cámara decora,
El chal con que cada una se ceñía,
El rico pabellón de crujidora
Seda que el lecho de Abdilá tenía.
Cuanto á las manos se las vino asieron,
Y, formando un cordón, le retorcieron.
La Sultana y el Príncipe, afanosos,
En tal ocupación las ayudaron,
Y de esta ocupación con los curiosos
Incidentes, que alegre la tornaron,
Del alma de Abdilá los temerosos
Tristes presentimientos se ahuyentaron:
Y rebosaba en gozo y osadía
Cuando el largo cordón se concluía.
Á poco un risueñor en la enramada
Los tres largos silbidos de su trino
Precursores lanzó. Corrió agitada
La Sultana al balcón, y más vecino
Volvió á silbar el ruiseñor: callada
É inmóvil escuchó: su oído fino
Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura,
De un hombre el movimiento y la figura.
Un momento después, en la maleza
Que al mismo pie del torreón crecía,
El ruiseñor silbó: la fortaleza
Y la continuidad con que lo hacía
Su voz, de la que dió naturaleza
Al ruiseñor un tanto desdecía
De cerca oída: pero al libre viento
Era bien fácil confundir su acento.
Ató Aija á Abú Abdil por la cintura
La punta de los lienzos anudados,
De su firmeza y solidez segura;
Los brazos un momento entrelazados
Tuvieron madre é hijo con ternura
Cordial: los labios trémulos, rasados
De lágrimas los ojos, no encontraron
Palabras, mas sus lágrimas hablaron.
Deshízose la madre la primera
Del cariñoso lazo, y saltó el hijo
Por la baranda del balcón afuera,
Teniendo el lienzo las mujeres fijo.
«Madre, dijo él, ¡adiós por vez postrera!
--¡Hijo de mi alma, adiós! ella le dijo,
Y, bajando la voz:--honra tu nombre,
No vuelvas sino Rey: lucha y sé hombre.»
Dijo: y, á una señal, franqueza dando
Las esclavas al lienzo, por la obscura
Región del aire, suelto, fué bajando
El Príncipe Abdilá: justa pavura
Le acongojó cuándo se vió colgando
Sobre la inmensa tenebrosa hondura;
Vaciló su cerebro y, los antojos
Del miedo por no ver, cerró los ojos.
Un momento después cuatro forzudos
Brazos en las tinieblas de él asieron:
Una daga cortó junto á los nudos
El lienzo, á hombros tomáronle, y huyeron.
Los brazos de las Moras, á tan rudos
Esfuerzos no hechos, libres se sintieron
De repente del peso, y la Sultana
Se echó con ansiedad á la ventana.
Miró, escuchó, sin voz, sin movimiento,
Parando en su atención hasta el latido
Del corazón y el curso del aliento:
Pero ni gente, ni señal, ni ruido
Se percibía: á la merced del viento
El lienzo por abajo desprendido
Flotaba, y era todo allá en la hondura
Silencio, soledad, sombra, pavura.
Apartóse en silencio la Sultana
Del ajimez: la tela recogida
Poco á poco volvió por la ventana:
Mas al entrar la punta suspendida
Por fuera del balcón, de la Africana
El corazón mortal volvió á la vida;
La punta trae de salvación un gaje
Infalible: el blasón Abencerraje.
Besóle la Sultana, y su altanera
Tranquilidad cobró: despidió luego
Sus esclavas y, sola, dijo, fiera
Reverberando en su mirada el fuego
Del corazón: «Que venga cuando quiera
Muley.» Y en los cojines con sosiego
Tendiéndose, al pesar y al miedo ajena
Segura de Abú Abdil, durmió serena.
IV
Y he aquí que la Sultana
Cual Reina soberana,
Y acaso en su ventana
Detrás de la persiana
Oyó sobrecogida
Que por la peña hendida
Diez hombres que, en huída
Corriendo á toda brida
que el real Generalife,
en esta noche mora,
velaba en esta hora,
tendida en un diván,
cruzar el arrecife,
conduce hacia la sierra,
veloz y són de guerra,
hacia la sierra van.
El rostro peregrino
Zoraya hacia el camino
De polvo un remolino
Sombra el país vecino
¿Quien puede á estos parajes
Lanzarse en tan salvajes
Tan ásperos pasajes
Los diez Abencerrajes
llegando á la ventana,
miró: mas ¡vana empresa!
velaba con espesa
al ojo más sutil.
(se dijo la Sultana)
caballos, audazmente
salvando?--Solamente
que salvan á Abú Abdil.
FIN DE LOS VERSOS CONTENIDOS EN EL TOMO PRIMERO.
Zorrilla, al publicar este Poema en 1852, ilustró el tomo primero con
notas y discursos que, si entonces juzgaba de necesidad para satisfacer
á lectores y críticos, hoy parecen excusados, después del casi medio
siglo que separa la primitiva de la presente edición. El poeta quiso
demostrar que á la factura de los versos había hecho preceder un
estudio de la lengua árabe, de la historia del reino de Granada, de las
vicisitudes de la conquista y de cuantos personajes iban á figurar en
los diversos libros del Poema. Dudaba, tal vez, de que se le tuviese
por verídico en las tradiciones, lenguaje, usos y costumbres de los
moros; por lo cual puntualizó en multitud de notas la exactitud de
los conceptos y hasta la pureza de las palabras. Reconocidas por la
crítica estas cualidades en la obra, no es necesario reproducir tan
numerosos comprobantes, que, en vez de esclarecer, embarazan la lectura
y sonoridad de los versos. Por esto se han suprimido aquí, del mismo
modo que una extensa biografía de Mahoma, inserta al final del volumen
y que el propio Zorrilla declara ser en su mayor parte traducción de
acreditados libros franceses.
Hay, sin embargo, en los discursos y desahogos del autor ciertos
pasajes que no deben suprimirse, porque corresponden á la historia
literaria del tiempo y al carácter peculiar del poeta, tales como
la explicación de la dedicatoria á su amigo Muriel y la sátira con
que Zorrilla se revuelve contra los censores anticipados de su obra,
émulos, á su juicio, tan impotentes como menguados.
He aquí la manera con que explica la _Fantasía_ dedicada á D. Bartolomé
Muriel en las primeras páginas del libro:
«Habiéndome algunos amigos manifestado en París deseos de
conocer mi Poema de Granada antes de su publicación, se
reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer
algunos de sus libros ó cantos, á pesar de mi propósito de
no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse
presentes á esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo
Quiñones de León, cuyos antepasados tomaron en la conquista
de Granada no poca parte, y á cuyas hazañas consagro en
mis versos no pocos recuerdos, me obligaron á continuar en
siguientes noches la lectura de mi obra, á cuyo objeto reunió
el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante
casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las
agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de
preciosos cuadros y llenos de artísticas curiosidades, me
inspiraron esta fantasía, procurándome la ocasión de darle con
ella un público testimonio de mi amistad y de lo caras que son
á mi corazón las memorias de la suya.»
Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones más ó menos cultas que
se hacían del Poema cuando aún no se había publicado, escribe Zorrilla
lo siguiente:
«Á los desocupados escritores de anónimos y á los autores
rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputación
ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los
talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de
abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes dé
seguirme á Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarán
á mi buen amigo el Sr. D. León Carbonero y Sol, quien, con
honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella
ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudición
oriental y poética, y su excelente método de enseñanza, les
pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por
los senderos montañosos que conducen á la Real alcazaba de la
Alhambra.
Á los literatos que, á pesar de lo expuesto, me supongan más
ambiciosos intentos ó más vanaglorioso amor propio, dispuestos
á no ver de mi obra más que los defectos, hijos naturales de
una temeraria osadía ó de una quijotesca vanidad; y á los
sabios críticos que quieran aprovechar la ocasión de lucir
sobre Granada sus académicas disertaciones y sus artículos
enciclopédicos, les contaré solamente un cuento, que estoy
sintiendo corrérseme en el papel por los puntos de la pluma,
el cual, aunque viejo, espero que les ayude á formar su
juicio sobre mi Poema, si lo leen; que sí lo leerán, pues yo
procuraré dárselo despacito para que lo rumien y digieran.
Lidiaba una tarde en la plaza de Sevilla el famoso Pedro
Romero, el diestro de mejor trapo y más certero pulso que
pisó jamás arena del redondel. Llegado el caso de estoquear
un toro de mal trapío y torcida intención que, empeorado
con la lidia, tomaba el bulto y dejaba el capote, comenzó
Romero á trastearle cuidadosa y maestramente, arrastrándole la
muleta para encariñarle á ella y traerle después sin riesgo
á una estocada por los altos y á una muerte de buena ley. Un
chusco sevillano, mozo y rico, decidor y zambrero, amigo de
los ganaderos y conocedor de las marcas de sus ganaderías,
apadrinador de la gente de cuadrilla, acompañador de los
encierros y presenciador de los apartados, donde gustaba
lucir el potro cartujo, la manta jerezana, la espuela vaquera
y el castoreño apresillado, y gran partidario, en fin, de
Costillares, hallando sin duda largo el juego de Romero, cuyo
riesgo no comprendía, y pareciéndole la ocasión oportuna para
zumbarle en presencia de su rival, empezó á decirle con no
poco esforzadas voces y dejo no menos provocador:--«¡Bueno,
señor incomparable, bueno: que va á llevar ese toro más pasos
que las procesiones del Viernes Santo! De matar se trata, que
no de pasear esa oveja mansa. ¡Que no se diga que por tanto
paso se pasa el tiempo y no se pasa la pavura! ¡Vamos, un
puntazo por lo que sea!.... y que no haya que dar á esa espada
una compañera sacada de las costillas, como nuestra madre
Eva.» La alusión á Costillares produjo el efecto que el chusco
deseaba, y aplaudieron sus partidarios y rieron los de los
tendidos; lo cual oyendo Romero, dejando plantada á la fiera
y á los espectadores suspensos, llegóse bajo el palco del
zumbador mancebo, la muleta recogida en la zurda y el estoque
suspendido en el dedo corazón, y díjole con aquella sorna
peculiar de la gente de plaza:--«Su mercé parece, por sus
razones, profesor del arte, y se ve á la legua lo acostumbrado
que está á dar lecciones como maestro: conque no le deje por
poco, y tome sin cortedad el lugar que le corresponde, que yo
estoy pronto á escucharle. Baje, pues, su mercé y hágame su
explicación á la cabeza de la res.»
Y decía bien Pedro Romero: las lecciones de torear se dan á la
cabeza del toro.»
París, 15 Abril 1852.
JOSÉ ZORRILLA.
FIN DEL TOMO PRIMERO
End of Project Gutenberg's Granada, Poema Oriental, Tomo I, by José Zorrilla