Llegóse y admiró bajo la pura

Nívea tez, á través de su blancura,

La red sutil de las azules venas,

Cuyo tejido transparente indica

Que aquella piel purísima y nevada

Encubre el alma ardiente y vivifica

La complexión fogosa, enamorada,

Que á su tez atribuyen las morenas;

Y percibió el aroma con que el baño

Su cuerpo perfumó, de que las Moras

Granadinas usaban todo el año;

Y el rumor escuchó, sensible apenas,

De su respiración igual y suave,

Y sin poder con su amoroso exceso

Sobre su boca de coral, que sabe

Y trasciende al alöe de Corinto,

Depositó Muley un amplio beso

Que crujió de la estancia en el recinto.

Abrió Zoraya los ardientes ojos,

Y al fijar su mirada

Sobre la faz del Árabe, cambiada

De colérica en tierna, con acento

Más grato que el murmullo soñoliento

Que levanta la brisa en la enramada,

Díjole, disipando los enojos

Que acaso al despertar fingió indignada:

«Te esperaba, Señor: aunque dormía,

»Mi corazón velaba, y en mi sueño

»La leve huella de tu pie sentía

»Que á mis amantes brazos te traía,

»Bizarro Amir, de mi existencia dueño.»

«Apenas en los altos alminares

(Contestóla Muley)» la voz sonora

»Del _muezín_ anunció la última hora

»De la oración del día,

»Á favor de las sombras tutelares

»Vengo á ti, manantial del agua pura

»En que templa su sed el alma mía,

»Y heme á tus pies, LUCERO DE LA AURORA,

»Que me alumbras doquier con tu hermosura.

»Llamásteme en secreto,

»Sol de mi corazón, y aquí me tienes

»Á tu absoluta voluntad sujeto.

»Habla; ¿Qué quieres de tu esclavo? ¿Bienes?

»Mi reino es tuyo: véndele. ¿Deseas

»Regocijos y zambras? Mis juglares

»Llama, mis nobles Árabes convoca;

»Y aquéllos con mil juegos malavares,

»Y éstos con toros, cañas y torneos,

»En fiesta interminable, libre y loca,

»Sacien en Bib-arrambla tus deseos.

»¿Ó tal vez algún vil desventurado

»Tu enojo excita? Nómbrale, y aunque haya

»Mi amigo sido ó su niñez pasado

»Junto á mí, y yo partido mi grandeza

»Con él, te juro por tu amor, Zoraya,

»Que te enviaré mañana su cabeza.»

Decía así Muley, en la locura

De la pasión que el alma le devora,

Y sonreía oyéndole la Mora

De la pasión del Árabe segura.

Sus dedos de marfil entre la cana

Barba de Hasán con infantil cariño

Pasó y con complacencia la Sultana,

Dejándola aromada con su mano:

Y con caricia tal, propia de un niño,

Trajo á sus pies sobre el cojín liviano

Trémulo de placer al Africano.

Zoraya entonces, su gentil cabeza

En el hombro del Moro reclinando,

Y el fuerte talismán de su belleza

Contra el alma del Árabe empleando,

Así le empezó á hablar, el suave aliento

De su boca balsámica de intento

Hasta la boca de Muley enviando,

Diálogo tal entre los dos trabando:

ZORAYA

Sabes cuánto te amé. Niña y cautiva

Me crié al lado tuyo entre las flores

De los jardines de tu Alhambra: esquiva

Después á los halagos tentadores

De tus bizarros nobles Granadinos,

Negué mi juventud y mi belleza

Á cuanto no eras tú con entereza.....

¡Sentía ya ligados nuestros sinos!

Hizo en ti de los astros la influencia

Su efecto al cabo: me encontraste hermosa,

Cediste del destino á la sentencia,

Y pagaste mi amor, y fuí dichosa.

La tierra en que nací y el amoroso

Dulce calor del maternal regazo,

El acento del padre cariñoso,

Su castillo feudal que, en el ribazo

De un cerro, se levanta pintoresco

Cercado de alamedas, cuyo arrullo

Salud le daban y armonía y fresco

De despeñadas aguas al murmullo,

Todo lo echó por fin de mi memoria:

Y, del nombre y la fe de mis mayores

Renegando, las puertas de su gloria

Perjura me cerré por tus amores.

MULEY HASÁN

¿Y cuándo lo olvidé, luz de la aurora?

¿No comprendí tu abnegación y entero

Mi corazón te di? Tú eres señora

Dél todavía; lo que quieras quiero.

ZORAYA

Quiero, Señor, decirte lo que acaso

No te deje otro afecto libremente

Comprender y juzgar: porque traspaso

Los límites tal vez de lo prudente

Con tan audaz revelación; empero

Más que el respeto y la prudencia fuerte

Mi cariño por ti, salvarte quiero

Aun á peligro de mi propia muerte.

MULEY HASÁN

¡Salvarme! ¿Y de qué riesgo? Habla.

ZORAYA

Un instante

Oye en calma, Señor. Yo, que las horas

De tu existencia en vela paso amante,

Sé por tu bien lo que imprudente ignoras.

Tienes, Señor, un hijo cuya estrella

Á Granada es fatal, según los sabios

Que su horóscopo hicieron.

MULEY HASÁN

La luz de ella

Pende no más de un soplo de mis labios.

ZORAYA

Y el soplo de tus labios sólo pende

De un acero traidor que en tu garganta

Le corte.

MULEY HASÁN

¿Abú Abdil....?

ZORAYA

Señor, atiende.

MULEY HASÁN

Prosigue.

ZORAYA

De él y de su madre es tanta

Por reinar la impaciencia, que á estas horas,

Traidores á su rey y de él parciales,

Bajo los techos de las casas moras

Se afilan en silencio mil puñales.

MULEY HASÁN

Sé que Aija.....

ZORAYA

Me detesta.

MULEY HASÁN

¡Ay si te mira

Sólo un momento con semblante torvo!

ZORAYA

¡Y Hay de ti, si la rabia que la inspira

No sofocas, Muley! No será estorbo

Ya ni el filial ni el conyugal cariño

Para intentar el crimen: la serpiente

Da emponzoñados huevos, y el que niño

Para su padre fué desobediente.

Traidor para su rey será mañana.

MULEY HASÁN

Desecha tu temor, Zoraya mía:

Los conozco á los dos: mas será vana

Su obstinada ambición: se les espía.

ZORAYA

¿Pero ignoras. Señor, que está plagada

Tu corte de los suyos?

MULEY HASÁN

Sé sus nombres.

ZORAYA

¿Y sabes que propalan por Granada

Que Dios está por él?

MULEY HASÁN

Pero los hombres

Crédito no les dan.

ZORAYA

Rey, te equivocas:

Aly-Athar el de Loja y la Alpujarra

Toda con él, sus esperanzas locas

Apoyan con la fe y la cimitarra.

MULEY HASÁN

La fe y mis cimitarras á sus breñas

Les volverán.

ZORAYA

Te engañas: los villanos

Reniegan de su fe, según las señas.

Pues pactan contra ti con los cristianos.

MULEY HASÁN

Zoraya, sus delirios ha venido

Á contarte algún loco. Te detestan

Y ambicionan reinar: mas nunca han sido

Del Nazareno amigos.

ZORAYA

Pues se aprestan

Los Nazarenos á su voz.....

MULEY HASÁN

¡Patrañas

Por derviches lunáticos vertidas!

ZORAYA

Empresas ciertas, aunque asaz extrañas:

Peligrosas, Muley, mas emprendidas.

Yo, por ti en vela, presentí el estrago

De este huracán que nubecilla asoma;

Sé que es tu hijo y te dirán que lo hago

Por amor á los míos: pero toma.

Tal diciendo Zoraya, de entre el raso

De los blandos cojines tunecinos,

Prevenidos sin duda para el caso

De antemano, sacó dos pergaminos:

Y con aquella singular sonrisa

En cuya móvil expresión graciosa

Algo tal vez siniestro se divisa,

Á Muley presentóselos la hermosa:

Y al tomarlos Muley: «Mira, le dijo,

»Á través de esta tinta venenosa,

«El alma de la madre y la del hijo.»

Desplególos Muley, aproximándose

Al vaso de alabastro transparente

Donde la luz ardía, demudándose

Su semblante al lëer: con ojo ardiente

La Mora le espió, de su creciente

Cólera apercibiéndose, y su flecha,

Viendo herir en el blanco, dulcemente

En el mullido lecho reclinándose,

Tornó á la antigua calma, indiferente.

Más torvo, más feroz á cada instante

Según adelantaba en su lectura

Se tornaba del Árabe el semblante.

Fulguraban sus ojos: insegura

Plegaba una sonrisa repugnante

Su desdeñoso labio, y la amargura

De la hiel que el escrito rebosaba

En su lívida faz amarilleaba.

«¡Traidores!--dijo al fin, el pergamino

Con los crispados dedos estrujando.--

¡Traidores! En buen hora, en su destino

Con ceguedad estúpida fiando,

Abrirse intenten al poder camino

Y astutos formen revoltoso bando:

¡Pero poner por escalón del trono

Al cristiano!... Jamás se lo perdono.

Jamás: jamás.» Y con ahogado acento

Repitiendo «jamás,» como una fiera

Enjaulada, cruzaba el aposento

De uno á otro lado, cual si presa fuera

De vértigo infernal. Sagaz, atento

Y abierto apenas de la Mora el ojo,

Por más que indiferente pareciera,

Seguía con afán su movimiento,

La progresión pesando de su enojo.

De repente Muley frente á la Mora

Paróse, y cual si en ella se aprestara

La cólera á estrellar que en sí atesora

El exaltado corazón, la dijo

Con destemplada voz y cara á cara:

«¿Y por qué medios, tan sagaz, penetras

Los secretos de Aija y de su hijo?

¿Quién te trajo las llaves

Del misterio encerrado en estas letras?

Si esto es una verdad, ¿cómo la sabes?»

--«Señor, dijo Zoraya levantando

La cabeza con calma,

Desecha tu temor, templa tu ira:

Quien vendió á Abú Abdil vendió su alma

Al padre del pecado y la mentira.

Este secreto de tu raza infando

Yace en la tumba ya: libre respira,

Muley: la esclava te veló tu sueño

Y el mensajero vil de esa escritura,

Al descolgarse audaz de tu alcazaba

Por la torre del Agua, sepultura

Á demandar no más bajó á tu esclava.

--¡Á ti, Zoraya!--Á mí; porque yo vivo

Tan sólo para ti,--Mas..... no comprendo.....

--¿De qué me sirve, pues, tanto cautivo

Como me das, Muley? De los traidores

Argos les hice yo: de ellos aprendo:

Y como ellos también, compro traidores;

Me acechan sin cesar, y les acecho:

Tus secretos espían, y yo el suyo

Bajo á buscar al fondo de su pecho.

No tienen mis esclavos otro oficio,

Ni Abú Abdil ni Aija un pensamiento

Oculto para mí: mi sér, mi vida,

Consagrados están á tu servicio.

En esos pergaminos te presento

La desnuda verdad: está cumplida

Mi obligación. Desde hoy nuestra existencia,

Señor, está en tu mano.

Lee y lee sin pasión: juzga y sentencia:

Castiga justo, ó liberal perdona:

Tú eres el soberano:

Mas escoge entre el hijo y la corona.

En cuanto á mí, Señor, yo soy tu esclava;

Que en la balanza igual de tu justicia

No sea yo jamás peso, ni traba.

El noble amor, que abrigo

En mi pecho por ti, no es de cristiano

Cobarde corazón; yo, pues, contigo

Triunfaré ó moriré como sultana

Que tu lecho y tu amor no partió en vano,

Amir: porque mi sangre es castellana,

Pero mi corazón es africano.»

Calló Zoraya y se tornó en el lecho

Á reclinar tranquila:

Y el Rey quedó como de mármol hecho

Contemplándola, inmóvil y derecho,

Dilatada de asombro la pupila.

Jamás la vió ni la creyó dotada

De corazón tan varonil y entero,

Ni sospechó que su alma apasionada

Atesorara amor tan verdadero.

Indolente, pasiva, abandonada,

Henchida la juzgó de amor sincero

Siempre: mas siempre tímida, indecisa,

Y á toda intriga al parecer ajena,

Con el cariño de su Rey pagada

De su dorada esclavitud, precisa

Por los preceptos de la fe agarena.

Hombre Muley de cabellera cana,

Pero de joven corazón y aliento

Heroico y viril, halló contento

Un alma varonil en la sultana.

Absorto de ello en el primer momento

En crëer vaciló lo que veía:

Bajó á su corazón su pensamiento

Y ahogó su voluntad con la alegría:

Y cuanto más dudaba,

Tanto más en la duda se engreía:

Y cuanto más crecía

La inacción que su sér paralizaba,

El fuego del amor que le hechizaba

Más violento en su pecho se encendía.

Conocíalo bien la artificiosa

Y astuta renegada, y contemplando

Llegada la ocasión, que codiciosa

Preparó en muchos años con constante

Mañoso afán y con prudencia mucha,

La máscara arrojó de su semblante

Y cara á cara se aprestó á la lucha.

Ya era Muley su esclavo: sus antojos

Leyes eran para él: sólo tenía

Para adorarla corazón, y ojos

Sólo para mirar lo que veía

Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde

Para que su razón iluminara

Su avasallado corazón: yacía

Ciego esclavo á los pies de su señora:

Y el Monarca despótico, el guerrero

Indomable, el león de las arenas

Abrasadas de Zahara,

Esclavo de la esclava á quien adora,

Era no más que tímido cordero

Amarrado de amor con las cadenas.

Pero ¡así estaba escrito, y aun lo llora

La gente del desierto que en sus venas

La sangre guarda de la raza Mora!

Por eso fascinado, enloquecido

Por su pasión, Muley veía sólo

De la Mora el amor apetecido

Tanto por él, pero jamás el dolo,

Mas nunca la ambición de soberana:

Y por eso rendido

Á tal fascinación, con ambas manos

Tomó los pies enanos

De la Mora gentil, y enardecido

Por su insana pasión, puso sobre ellos

Muchas veces sus labios soberanos.

«Sí (exclamó): tú lo has dicho, que conmigo

Vencerás ó caerás como sultana:

Y has dicho la verdad; tú soberana

Conmigo reinarás: yo te lo digo.»

Volvió la renegada la cabeza

Hacia el Rey otra vez con la sonrisa

De un ángel (y la aureola de belleza

De una visión que en sueños se divisa

Circundaba su faz), y en el sonoro

Idioma de los Árabes le dijo:

«Amir, tú eres mi dueño y yo te adoro.

Te dije la verdad: mas es tu hijo.»

Agolpóse la sangre á la mejilla

Del Rey á estas palabras, y con rabia

Concentrada exclamó: «No es hijo mío

Quien favor contra mí pide á Castilla.

De la palma jamás la dulce savia

Fecundó la mortífera cicuta:

No es hijo mío quien mi fe mancilla,

Y yo, sin vacilar, contra el impío

Alzaré de las leyes la cuchilla.

--Piénsalo, Amir.--Mi ley es absoluta.

--Muley, en su favor habló el destino.

--Yo haré mentir la predicción aciaga,

Y su estrella fatal, que nos amaga,

Apagaré en mitad de su camino.»

Reverberaban de Muley los ojos

Y chispeaban los ojos de la Mora

Con vívidos destellos:

Éstos de la ambición devoradora

Con el triunfante resplandor, y aquéllos

Con el torvo fulgor de los enojos.

Pasaron todavía unos instantes

De plática en secreto

Uno de otro en los brazos: el objeto

De tal conversación le comprendía

El corazón no más de ambos amantes:

Sólo el susurro de su voz se oía.

Á poco, de los brazos de la Mora

Desprendiéndose el Árabe, embozóse

En su blanco alquicel y hacia el calado

Arco del mirador adelantóse.

Siguióle hasta el umbral la encantadora

Sultana, con un beso regalado

Sellando el labio de Muley, quien presto

Á desaparecer por la excusada

Galería la dijo: «Aláh te guarde,

Lucero de la aurora.

--Él te acompañe, Amir, dijo Zoraya:

Perdona empero al alma enamorada

Si duelo te causó.--La llama que arde

Inextinguible, inmensa

En mi pecho, Zoraya idolatrada,

Al amor que en el tuyo se atesora,

Digna procurará dar recompensa.

--Los destinos, Señor.....--Yo haré que fijos

En tu favor los astros permanezcan:

Yo te lo juro, luz del alma mía,

Tú reinarás y reinarán tus hijos:

Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.»

Dijo el Rey y tomó la galería:

Y por verle cruzar el lindo huerto

Adonde oculta la escalera baja

Y la esclava le espera al entreabierto

Postigo, descorrió la celosía

Del dorado balcón de Lindaraja

Zoraya, y saludóle muchas veces,

Mientras en el jardín le distinguía

Desde los arabescos ajimeces.

Y he aquí que mientras ella contemplaba

El jardín, y la espalda al aposento

Para mirar á su Señor tornaba,

Bajo la celosía que se alzaba

De una de las ventanas que en el muro

Lateral de la cámara se abrían,

Sagaz, osado, atento,

Como á la voz secreta de un conjuro

Asomó un rostro pálido un momento:

Un rostro de mujer en que lucían

Dos ojos como rayos en lo obscuro.

Clavaron estos ojos en la Mora,

Vuelta hacia el huerto aún, una mirada

Rencorosa, tenaz, devoradora:

Y las palabras lúgubres dejando

Una á una á salir con voz ahogada,

Cual sin querer la idea formulando

En la palabra apenas pronunciada,

Murmuró la mujer allí asomada:

«¿Tú reinarás y reinarán tus hijos,

»Porque hará que los astros permanezcan

»En tu favor resplandeciendo fijos?.....

»¡Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!»

Dijo: y, volviendo el rostro la sultana

Hacia el rico aposento,

Tornó á desaparecer en un momento

El rostro de mujer de la ventana.

II

EL SALÓN DE COMARES

Amanecía apenas: los reflejos

De la rosada luz del sol naciente

Á dorar comenzaban á lo lejos

De la ancha sierra la arbolada frente:

Y empezaba la aurora purpurina

Ostentosa á tender su velo de oro

Prendido en el Oriente,

Sobre la extensa vega granadina,

Ceñidor de verdura,

Morisco chal que envuelve la cintura

De la ciudad en donde reina el Moro.

Comenzaba á sus cárdenos fulgores

La tierra fértil á tomar colores,

Exhalando de sí el aroma suave

De la humedad nocturna, y comenzaba

La flor á abrirse, á gorjear el ave,

Y la brisa del alba revoltosa

Á estremecer del bosque, donde erraba,

La cabellera verde y rumorosa.

Fresca, gentil, risueña,

Á la primera luz de la mañana

Se despertaba la ciudad sultana,

De cien ciudades orgullosa dueña:

La ciudad del amor y de las flores:

La ardiente y hermosísima africana,

Que reclina su frente soberana

Sobre el fresco tapiz de mil colores

Que á sus pies tiende su florida tierra,

Y cuyas orlas por doquier remata

Con caireles de lázuli y de plata,

Ya el mar que en torno de ella se dilata,

Ya la nevada fronteriza sierra.

Asomado á un balcón de la alta torre

Llamada de Comares, cuyo asiento

El Darro besa que á su planta corre

Regando huertas mil en curso lento,

Esperaba el Rey árabe la hora

De recibir al castellano Vera,

Quien no quería que en la Corte Mora

La venidera aurora

Su embajada sin dar le amaneciera.

La gente granadina

Con la nueva alarmada

De aquella ceremonia, aglomerada

Ante Bib-el-Leujar, la matutina

Luz aguardaba con afán, curiosa

De conocer el fin de esta embajada,

Más misteriosa cuanto no esperada.

Mil interpretaciones

Daba á su objeto el vulgo: comentaban

Los viejos y santones

Las causas y políticas razones

Que pudieron mover al Rey cristiano

Á enviar á la ciudad del africano

La enseña militar de sus legiones:

Mas fatigaban el discurso en vano;

Ignoraba hasta el Rey las intenciones

Con que vino á su Corte el castellano.

Este á su vez, y en tanto, prevenido

Para cumplir con su misión, oía,

Desde la torre que ocupaba, el ruido

Que de ella al pie la multitud hacía.

Ya antes del alba con atento oído,

Ojo sagaz y espíritu mañero,

La situación inspeccionado había

De la árabe ciudad el caballero.

De pechos en la almena

De su torre moruna,

Al resplandor de la creciente luna

La contempló de fortalezas llena,

De muros bien cercada,

Bajo un clima feliz y en cultivada

Campiña, rica, saludable, amena,

Por tres ríos á par fecundizada,

Y favorita, en fin, sin duda alguna

Del amor, de la próspera fortuna:

Y el noble castellano, inteligente

En el arte y estudios de la guerra,

Vió que estaba en su tierra

Bien prevenida la africana gente.

Comprendió de Don Juan el buen sentido

En la quietud de su nocturna vela,

Que había el moro Rey, muy entendido,

Coronado sus torres y alminares

Por uno y otro atento centinela,

Y diestra y sabiamente repartido

Sus vigías y puestos militares:

Concluyendo por fin Don Juan de Vera

De la ciudad entera

La nocturna revista,

Diciéndose á sí mismo sin reparo

Cuánto iba á ser al Castellano caro

Lograr de aquella tierra la conquista.

Hallábase en la torre todavía

El buen Comendador, rectificando

Á la primera luz del nuevo día

El juicio que hecho por la noche había,

Cuando vió que á su torre aproximando

Un escuadrón de Moros se venía,

La plaza del aljibe atravesando.

Dejó la almena, convocó su gente

Y, á la plaza bajando,

La tendió de los Árabes enfrente.

Entonces el wazir, que administraba

La justicia del reino

Y el gobierno interior de la alcazaba

Del granadino Rey, ante la fila

De los jinetes árabes saliendo,

Fuése para Don Juan, con faz tranquila

Y sosegada voz así diciendo:

«La fe de Aláh te alumbre, castellano.

»Has demandado con la luz primera

»Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera

»Del Consejo en presencia el soberano.»

Encontrando la arenga algo altanera

Y contemplando al Árabe un momento,

«Vamos» dijo no más Don Juan de Vera:

Y á paso noble, majestuoso y lento,

De la ancha plaza atravesó el espacio

Que apartaba no más su alojamiento

De las doradas puertas del palacio.

De la soberbia torre de Comares

En la ostentosa cámara, alfombrada

Con alkatifas persas, perfumada

Con pebeteros de oro y con millares

De extrañas, ricas y olorosas flores

Que en sus pensiles dan los Alijares,

Esperaba Muley al castellano

En medio de su Corte y su nobleza,

Queriendo ante los ojos del cristiano

Hacer ostentación de su grandeza.

Con la rosada luz de la mañana

Resplandecía en toda su hermosura

La labor africana

De aquella estancia regia, que figura

Un pabellón de rica filigrana,

Trabajo de algún Genio por ventura

Según la tradición mahometana.

En torno de Muley, sobre divanes

De púrpura, los viejos consejeros,

Los kadís y los nobles capitanes

Del ejército, estaban los primeros.

De su Rey menos cerca,

De pie, con respetuosos ademanes,

Los demás cortesanos caballeros

Ocupaban el patio de la alberca

Á sombra de sus frescos arrayanes.

El estanque y las fuentes del palacio,

Ornadas con vistosos surtidores,

Poblaban el espacio

De caños de cruzados saltadores

Que, deshechos en gotas en la altura,

Doblaban del ambiente la frescura

Como perlas cayendo entre las flores,

Que al borde crecen de la alberca pura

Llena de pececillos de colores.

Del wazir precedido

Y de diez caballeros Castellanos

Por decoro seguido,

Armado de los pies hasta las manos,

Del manto de Santiago revestido,

Con apostura grave y altanera,

Por medio de los nobles Africanos

El patio atravesó Don Juan de Vera.

Torva mirada de los ojos fieros

Del círculo de Moros caballeros

Pesó sobre Don Juan desde su entrada,

Manteniéndose en él tenaz, clavada,

Hasta los pies de el granadino trono;

Bien revelando el animoso encono

Con que su roja Cruz se ve en Granada.

Don Juan, empero, en ademán tranquilo,

Y mesurado aunque orgulloso porte,

Avanzó hasta el marmóreo peristilo

Que da entrada al salón do está la corte:

Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra,

Sin humildad, hincando una rodilla,

Presentóle una caja en que se encierra

Su regia credencial dada en Sevilla.

Tomóla sin abrirla el Africano

Con altivo desdén, y del prolijo

Ceremonial haciendo al castellano

Amplia merced, lacónico le dijo:

«Ya te escucha Muley: habla, cristiano.»

Púsose en pie Don Juan, y con pausada

Voz, que pudo entender el más lejano,

De esta manera expuso su embajada:

«Yo, Don Juan de la Vera, caballero

»Comendador del Orden de Santiago,

»En nombre de mi Rey vengo: primero,

»Á reclamar el atrasado pago

»De tu tributo anual íntegro, entero,

»Y después, de Castilla con Granada

»La tregua á prolongar, que es acabada.»

Dijo Don Juan y enrojeció el semblante

Del Árabe la cólera: en la estancia

Rumor universal cundió al instante

De indignación terrible, la arrogancia

De tal mensaje oyendo: más de un guante

Se alzó en contestación de su jactancia:

Más de un Moro dió un paso hacia adelante,

Puesta la mano en el alfanje: empero

Sus iras atajó Muley severo.

«Cristiano (dijo el Rey con voz airada),

»Ve á decir á los Reyes castellanos

»Que han muerto ya los Reyes de Granada

»Que pagaban tributo á los cristianos:

»Que la moneda entonces acuñada

»No conocemos ya, ni nuestras manos

»Labran ya más metales que el acero

»De que forja su arnés el caballero.

»Oiste: parte, pues. Yo te perdono

»La vida y la embajada. Á la frontera

»Del reino salvo llegarás: mi encono

»No infringirá mi fe: mas la postrera

»Colina al transponer donde mi trono

»Se respeta y tremola mi bandera,

»De mí hablar oirás, yo te lo juro,

»Castellano. Ve en paz, que vas seguro.»

«Moros, dijo Don Juan con altanero

Mas tranquilo ademán: si mi mensaje

Os ofendió, ved bien que el mensajero

Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje

Fué exactamente el de mi Rey: y espero

Que ninguno por él me hará el ultraje

De esquivar con desdén, si es que me halla,

El bote de mi lanza en la batalla.»

Dijo Don Juan. Los nobles Africanos,

De los valientes siempre apreciadores,

Abrieron en silencio á los cristianos

Paso, ahogando en el pecho los rencores

De raza y religión. Los castellanos

Volvieron á montar sus piafadores

Corceles: y, dejando á rienda suelta

La ciudad, dieron á Castilla vuelta.

* * * * *

Cuando el sol de aquel día en Occidente

Irradiaba sus últimos reflejos,

Ya transponía la cristiana gente

Los cerros fronterizos. Á lo lejos

Les vió desde sus torres impaciente

El árabe Monarca, cuyos viejos

Mas perspicaces ojos todavía

Penetran la confusa lejanía.

El brillo de las lanzas castellanas

Apenas se sumió en el horizonte,

Y apenas, embozada en sus livianas

Sombras, la noche á descender del monte

Comenzó, cuando Hasán sus africanas

Armas pidió diciendo: «Que se apronte

»Una hueste elegida y numerosa

»Á partir en la noche silenciosa.»

«Yo la conduciré.» Llamó en seguida

Á su wazir Abú-l'Kazín, que era

Gobernador de la ciudad, y «cuida

»(le dijo) bien de que se cumpla entera

»Mi voluntad. Después de mi partida

»Pon á Aija en una torre prisionera

»Con su hijo, y á habitar manda que vaya

»En el Generalife la Zoraya.

»Ten á ésta como mi única sultana,

»Á Aija y Abú Abdil como traidores.

»Yo á tocar á una villa castellana

»Una alborada voy con mis tambores,

»Y tardaré lo más una semana

»En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores,

»Á caballo y silencio! los soldados

»En Bib-arrambla esperan convocados.»

Dijo Muley, su intimación postrera

Dirigiendo á sus guardias: y, montando

En su caballo de batalla, que era

Un árabe veloz, partió tomando

La cuesta de Gomeles, con guerrera

Planta en la plaza real desembocando:

Y, al frente de su hueste, de Granada

Salió á empresa de todos ignorada.

LIBRO TERCERO

ZAHARA

I

GONZALO ARIAS DE SAAVEDRA

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1 · 第 6 / 8 段