Tal es, tan grave, tan inmensa y alta

La empresa nueva y colosal que intento:

Tal es la altura que atrevido asalta

Descarriado quizá mi pensamiento;

Mas si del vuelo en la mitad me falta

Fuerza al impulso ó á las alas viento,

Siempre sabré sin deshonor que, en suma,

No me faltó el valor, sino la pluma.

¡Tierra oriental, mansión de la alegría,

Favorita del sol y de las flores,

Santuario del valor, cuna del día,

Paraíso del ocio y los amores,

Tesoro y manantial de poesía!

Voy á cantar tu gloria y tus primores.

¡Tierra de bendición, al Cielo santo

Pide la suya tú para mi canto!

¡Salve, ciudad del sol, Granada bella,

Amor de Boabdil, huerto florido

Que entre nieves estériles descuella,

Taza de nardos, de palomas nido,

Diamante puro que sin luz destella,

Edén entre peñascos escondido,

Ilusión de esperanza y sueño de oro

Que halaga aún al corazón del Moro!

¡Salve, vergel en donde el alba nace

Y donde el sol poniente se reclina,

Donde la niebla en perlas se deshace

Y las perlas en plata cristalina:

Donde el placer sobre laureles yace

Y Dios sonríe y la salud domina!

Divino objeto de mi canto rudo,

Yo al empezar mi canto te saludo.

Heme aquí, vueltos hacia ti los ojos,

Descubierta al nombrarte la cabeza,

Con amoroso afán puesto de hinojos,

Rendido adorador de tu belleza,

Ofrecerte mis cantos por despojos

Si dignos son de tu inmortal grandeza;

Tiéndeme, pues, bellísima Granada,

Al elevar mi voz una mirada.

Y ¡plegue á Dios que mi amoroso acento

Por cima de los montes y los mares

Lleve á tu Alhambra sonoroso viento

Que armonía mejor dé á mis cantares!

Y si te dan á ti contentamiento

Y algún premio por ellos me buscares,

Dame á tu vez ¡oh flor de mis amores!

Sepultura al morir entre tus flores.

II

NARRACIÓN

Un siglo de desorden y abandono

Para mal de Castilla había corrido,

Y cinco reyes afirmar su trono

Bajo el regio dosel no habían podido;

Y todo un siglo, con civil encono

En contiendas sacrílegas perdido,

Sólo dejaba al pueblo Castellano

Ira en el corazón, sangre en la mano.

Débil el rey, el prócer insolente,

Hecho el soldado á la rapiña, al oro

Aficionado el clero irreverente,

Rico el Judío y descuidado el Moro,

Fué la justicia inútil é impotente:

Nadie atendió al honor, nadie al decoro:

Nadie seguro en tan infanda tierra

Al deber acudió, sino á la guerra.

Constituyóse el noble en soberano,

Y el soldado en señor: el caballero

Se hizo juez, el obispo cortesano,

Soldado el labrador, aventurero

El holgazán, bandido el artesano:

Y, mucha la ambición, poco el dinero,

Robó al débil el fuerte, y en la obscura

Tienda el judío vil se hartó de usura.

Rebelde á su Monarca la nobleza

Alzó banderas y allegó parciales:

Cada solar cambióse en fortaleza,

Cada escudo en pendón: y por leales

Todos dándose á par y con fiereza

Temeraria batiéndose, á los males

Abrieron ancha puerta, y fué la España

Confusa lid, universal campaña.

Hasta el Rey portugués entró en Castilla

Su esposa haciendo á su sobrina Juana,

Y dividióse en bandos cada villa

En pro ó en contra de la unión profana.

Airado el Santo Padre á tal mancilla,

La sacrílega unión declaró vana:

Mas, al rayo de su ira, el vulgo ciego

En lugar de extinguir avivó el fuego.

La fe apagada y el honor extinto,

Perenne manantial de desconsuelos,

Denso caos, confuso laberinto

De pasiones, de crímenes y duelos

De la España infeliz era el recinto:

Y hundiérase su gloria, si los cielos

No la enviaran un astro de ventura

Que la alumbrara en noche tan obscura.

Grande, digna, legítima, valiente

Cual repentino el sol tras un nublado

Aparece más puro y refulgente,

Apareció ISABEL. Tronó indignado

Sobre el clamor de la confusa gente

Su regio acento, y su pendón sagrado

Alzando en el tumulto de improviso,

Postróse el pueblo y la acató sumiso.

De ella en pos el Católico Fernando

Al frente apareció de sus legiones,

En las banderas de Aragón mostrando

Las barras á la par de los leones.

Todo el que noble se juzgó á su bando,

Por honor ó por miedo, sus pendones

Unió: y el porvenir con luz más pura

Comenzó á esclarecer la edad futura.

Monja en Coimbra la Princesa Juana,

Sin fe su causa y sin valor su bando,

Vencida la arrogancia Lusitana,

Rey de Sicilia y Aragón Fernando,

Reina Isabel en tierra castellana,

Quietos los nobles y seguro el mando

Bajo el doble poder de entrambos reyes,

Tornó España á su prez, tornó á sus leyes.

Acotó la licencia y el cinismo

De las viejas costumbres relajadas

La Inquisición severa: el Judaísmo

Sepultó su avaricia en las moradas

De sus obscuras lonjas: á sí mismo

Volvió el honor Hispano sus miradas,

Y un siglo entero sin virtud ni gloria

Vió que manchaba su cristiana historia.

Avergonzada entonces la nobleza,

Entregó á los monarcas los castillos

Con que á la rebelión dió fortaleza:

Y arrancando sus puentes y rastrillos,

La plebe licenció que la pobreza

Llevó á su bando; y, libre de caudillos

Tales, volvió el labriego á sembrar grano

Y volvió á su taller el artesano.

Vióse libre el erial de bandoleros,

De cohechos el foro, de judíos

El mercado, la plebe de usureros,

La sociedad de vagos, y de impíos

La fe: vióse el erario con dineros,

Con disciplina la milicia, y, bríos

Dando á Castilla el genio de otra era,

Tornó á su fuerza y dignidad primera.

Generación empero entre el bullicio

De eslabonadas y feroces guerras

Nacida, y avezada al ejercicio

De entrar por muros y trepar por sierras,

Llegó en ésta el valor á ser un vicio

Y el pelear costumbre: y en sus tierras

No hallando ya enemigos á las manos,

Pensó al fin en los fieros africanos.

Como león que hambriento se despierta

Y, al tender la mirada adormecida

De la llanura en la extensión desierta,

Á lo lejos cruzar mal conducida

La lenta caravana á ver acierta,

Y avanzado la garra entumecida,

Crespa la greña y la mirada fosca,

Para asaltarla en el jaral se embosca:

Así tendió famélica mirada,

Despertando al honor, el castellano

Hacia el florido reino de Granada,

Embalsamado harén del africano.

Así Castilla alerta y emboscada

De Isabel bajo el trono soberano,

Sólo esperaba su orden impaciente

Para caer sobre la mora gente.

La Católica Reina, sus enojos

Con varonil prudencia refrenando,

Fijos tenía los atentos ojos

En el redil del agareno bando:

Y, resuelta á arrancar sus granos rojos

Á Granada uno á uno, con Fernando

Esperaba en el Cielo oir la hora

Del exterminio de la raza mora.

Y tenía ya Dios determinado

El desastroso fin de aquella gente,

Y al término fatal era llegado

El poder de las tribus del Oriente.

El trono de Al-hamar había ocupado

Su penúltimo rey, y, á su occidente

Tocando ya la berberisca luna,

Huía hacia Castilla su fortuna.

La discordia civil vertido había

El licor de su copa envenenada

En el alma del árabe, y ardía

El cráter de un volcán bajo Granada:

Mas oculto en la tierra todavía

El fuego asolador, aposentada

Parecía en la Alhambra la ventura,

Firme su solio, su quietud segura.

Reinaba allí Muley Hasán: guerrero

Más que rey y político, su mano

Nunca el cetro empuñó, sino el acero:

No temió nunca, sino odió al cristiano.

Ni nunca treguas respetó altanero,

Ni manchó su decoro soberano

El tributo pagándole rendido

Por su padre Ismaël que fué vencido.

En diez años de próspero reinado,

Al porvenir mirando y al decoro

De su trono, Muley había logrado

Su ejército doblar y su tesoro.

De África con los reyes coligado,

Prevenido á la lid se había el Moro:

Y de víveres y armas hecho apresto,

En pie sus plazas de defensa puesto.

Numerosos sacó de Berbería

Escuadrones de tropas auxiliares,

Del desierto veloz caballería,

Saeteros de Fez almogavares:

Y un pie de sus fronteras no tenía

Sin avanzados puestos militares,

Ni un cerro de sus reinos á la raya

Sin el ojo sagaz de una atalaya.

Seguro como un águila en su nido

En Granada Muley, por sus fronteros

Guardado, y de sus súbditos temido

Por los decretos de su ley severos,

Reinaba en celebrar entretenido

Con sus enamorados caballeros

Justas, zambras, saraos deslumbradores

En honor de la hurí de sus amores.

Es esta la cautiva seductora

Que Isabel de Solís niña y cristiana

En Martos se llamó, y á quien ahora,

En el serrallo de Muley sultana,

Zoraya llaman, en la lengua mora

_Lucero precursor de la mañana_:

Astro en verdad de amor y de hermosura,

Mas precursor de asolación futura.

Por el ardiente amor de esta cautiva

Olvidado Muley de Aija su esposa,

De su presencia y de su amor la priva:

Y Aija, como oriental, fiera y celosa

Y, como Reina y afrentada, altiva,

Disimula la rabia que la acosa

Alentada no más por la esperanza

De tomar en los dos feroz venganza.

Un hijo tiene, Abú-Abdilá llamado,

Del Rey versátil, y por ella propia

En odio de Muley amamantado;

Mozo gallardo, de su padre copia.

Mas contrario á su padre por el hado

Fatal en que nació, traidor acopia

El odio hacia Muley que Aija respira,

Y el que su estrella personal le inspira.

Guárdale la sultana con desvelo

Y témele el Monarca por instinto:

Ódiale la Zoraya, con recelo

De que á sus hijos dañe cuando, extinto,

Del amor de Muley la prive el Cielo:

Y Abú-Abdilá entretanto, en el recinto

De Granada parciales allegando,

Sagaz se forma poderoso bando.

Sospéchalo Muley; la favorita,

En el amor del Árabe fiada,

Diestra su odio á su rival excita:

Pero menos contra ambos osa á nada

Cuanto más el Monarca lo medita.

Nace así la carcoma de Granada,

Y Hasán en el peligro se adormece,

Y el tiempo vuela, y el peligro crece.

¡Escrito estaba y del amor fué pena!

Perdió Eva al padre de la raza humana,

Á Hércules Deyanira, á Troya Elena,

Lucrecia al solio y majestad Romana,

Florinda á Don Rodrigo; y la Agarena

Gente perdióse por la vil cristiana

Que, dando impura á Boabdil hermanos,

Dió á sus almas rencor, hierro á sus manos.

¡Escrito estaba! comprendiólo luego

El postrimer Monarca granadino;

Y, según el Korán, el hombre ciego

Torcer no puede su fatal destino.

¡Escrito estaba! lágrimas de fuego

Vertiendo del Padul sobre el camino

Lo dijo Abú-Abdil, hacia Granada

Triste volviendo la postrer mirada.

Y escrito estando é inmutable siendo

El fallo del destino, hacia su ruina

Arrastrado por él iba corriendo

Sordo y ciego Muley, á la divina

É inexcusable voluntad cediendo:

Y, esclavo del amor que le domina,

En mantener no más piensa á Granada

Esclava de su hermosa renegada.

Sólo por eso su grandeza estima,

Su prez en mantener piensa por eso:

Por eso ardor de combatir le anima,

Triunfos soñando su amoroso exceso.

Por eso de su alcázar desde encima

Del muro y agobiado bajo el peso

De su amante ambición, se le veía

Mirar la vega al transponer el día.

Desde el adarve real de su alcazaba

De la Alhambra, Muley con complacencia

Del granadino reino contemplaba

La amenidad y próspera opulencia:

Y al cristiano poder desafiaba

Con desdeñosa y bárbara insolencia.

Al lejos divisando los pajizos

Muros de sus castillos fronterizos.

Sonreía el infiel con arrogancia,

Mirando las montañas guardadoras

De su tierra, y en fértil abundancia

Las tribus de sus pueblos moradoras.

Sonreíase al ver en la distancia

Del África arribar las naves moras,

Sobre un mar que parece en lejanía

Un ceñidor azul de Andalucía.

Embriagábase el Árabe de orgullo

Contemplando la espléndida hermosura

De su vega, y servíale de arrullo

El misterioso són con que murmura

La soledad, y el singular murmullo

Que armoniza doquier el aura pura,

Cuando orea con ala sosegada

La región por los hombres habitada.

Absorto contemplaba el noble Moro

La vega granadí, huerta extendida

De su corte á los pies, rico tesoro

De ocio y placer y manantial de vida:

Y el alma de Muley, en sueños de oro

Con pereza oriental adormecida,

Se gozaba en mirar desde la altura

Por milésima vez tanta hermosura.

En aquel cielo azul y transparente,

Pabellón de cristal sin mancha alguna,

Lucen sobre la tierra eternamente

Sereno el rojo sol, blanca la luna.

Allí Genil su límpida corriente

Vierte con Darro y Monachil á una,

Brotando á sus regueros creadores

En vasta profusión frutos y flores.

Allí el cedro fragante y los almeses

Amados de los pájaros campean

De Jericó á la par con los cipreses;

Las vides de Falerno allí se orean

Entre pajizas y preñadas mieses.

Que magnolias espléndidas sombrean:

Y allí las cañas del Jordán sonoras

Zumban entre las palmas cimbradoras.

Las de la humana ciencia más ignotas

Salutíferas plantas allí quiso

Dios fecundar, y de las más remotas

Tierras los frutos dió á su paraíso:

Los sagrados laureles del Eurotas,

Los poéticos tilos del Pamiso,

De Estambul los ardientes tulipanes,

De Cartago los frescos arrayanes.

Por sus fragantes y purpúreas rosas

Sus rosas la cediera Alejandría:

Por sus morenas hijas voluptuosas

Sus hijas la Circasia la daría:

El zumo de sus vides deliciosas

La campiña de Chipre envidiaría,

Su frescura los bosques de la Ausonia,

Sus árabes pensiles Babilonia.

Tal es la vega de Granada: tales

Las delicias que encierra, y que el monarca

Desde sus ajimeces orientales

Con mirada de halcón ufano abarca.

Tal es su reino entero; y en sus reales

Alientos le parece ofrenda parca

Que llevar á los pies de la que adora,

De Zoraya, lucero de la aurora.

Por eso se extasía contemplando

Sus tierras y su corte defendida

Por las bravas legiones de su mando,

De mil y treinta torres guarnecida:

Y al pensar en la corte de Fernando,

En sus tierras aun no establecida,

«¡Venga á pedir, exclama, si se atreve,

El vil tributo que Muley le debe!»

Y he aquí que, concluyendo en estos días

El plazo de unas treguas especiales

Que acotaban las locas correrías

Lícitas por las treguas generales,

No pasando la empresa de tres días,

No batiendo tambor ni alzando reales,

Presentóse en la vega una mañana

Un escuadrón de gente castellana.

Corto, pero á la lid apercibido,

Componíanle apenas cien jinetes

Que estatuas parecían de bruñido

Sonante acero. El rostro en los almetes

Bajo de las viseras escondido

Traían: sobre malla coseletes

De triples pasadores barrëados,

Los caballos de hierro encubertados.

Mazas de nueve puntas y afiladas

Hachas de desarmar en los arzones:

Puñales de Milán y anchas espadas

De Toledo en la cinta, los lanzones

Al brazo y, en lugar de las rizadas

Plumas, una cruz de oro en los crestones

Y otra al pecho, diciendo en un letrero:

Á SU LUZ VIVO Y Á SU SOMBRA MUERO.

Del cristiano escuadrón á la cabeza

Marchaba un caballero de Santiago

Comendador, templando la fiereza

De un potro negro, que al continuo halago

De su señor responde con nobleza

Cabeceando orgulloso, y al amago

Del acicate esquivo, á cada instante

Quiere escapar con ímpetu pujante.

Era este capitán don Juan de Vera

Del solar de Mendoza: Castellano

De recto juicio y de virtud severa,

Celoso asaz del esplendor cristiano,

Conoce y teme la morisma entera

Su audaz valor y su pesada mano:

Y en el tumulto de la lid confusa,

Quien valiente no es su encuentro excusa.

Con paso grave y continente altivo

Por entre el moro pueblo, que le mira

Con ojo torvo y ademán esquivo,

Llegó Don Juan al torreón de Elvira:

Y vuelto á un renegado que cautivo

Trae, con voz que majestad respira

Y en Español, mirando á su decoro,

Dijo, aunque sabe bien la habla del Moro:

«Di al capitán del puesto, en Africano,

Que de estas puertas al umbral espera

Licencia para hablar al soberano,

En nombre de su Rey, Don Juan de Vera:

Y que para él y su escuadrón cristiano

Pide hospitalidad franca y sincera

Por una noche; pues, su real mensaje

Cumplido, torna á continuar su viaje.»

El renegado en árabe tradujo

Lo dicho al capitán, el cual, montando

Una yegua que Córdoba produjo

Y en sus dehesas pació su césped blando,

Por la árabe ciudad les introdujo

Hasta que, el alto Bib-Leujar pasando,

De sus bosques cruzando el laberinto

Les dejó de la Alhambra en el recinto.

Regia hospitalidad y alojamiento

Cómodo el moro rey, de su alcazaba

En una de las torres al intento

Dispuesta, dióles: muchedumbre esclava

Á sus órdenes puso, cuyo atento

Cuidado pronto á su obediencia estaba:

Y les sirvió en opípara comida

Con caliente manjar fresca bebida.

De ella al fin un kadí, severo anciano

De barba luenga y paternal mirada,

Llegó á Don Juan y díjole: «Cristiano,

La luz de Aláh te alumbre. Tu embajada

Recibirá mañana el soberano.

Huéspedes del monarca de Granada

Sois tú y los tuyos esta noche; mide

Por tu deseo su largueza, y pide.»

«Anciano, replicó Don Juan de Vera,

Da gracias á tu rey por su hospedaje,

Y dile que jamás de otra manera

Á caballeros de mi fe y linaje

Que tratára esperé: que á la primera

Luz del próximo día mi mensaje

Que oiga le ruego: pues la misma tarde

Debo partir. He dicho: Dios te guarde.»

Retiróse Don Juan á su aposento:

Mas no sin ver si su cristiana gente

Tenía cerca de él alojamiento

Á caballeros tales conveniente;

Y, con todo el rigor del campamento

Guardado el torreón militarmente,

Después de haber sus oraciones hecho

Tendióse armado en el morisco lecho.

LIBRO SEGUNDO

LAS SULTANAS

I

EL CAMARÍN DE LINDARAJA

Era una noche azul, pura, serena

Del fructífero Mayo, perfumada

Con el aroma de sus flores, llena

De la armonía mística exhalada

Por las auras y fuentes, que en la amena

Soledad de los bosques y los huertos

Misteriosas susurran, y alumbrada

Por la luna creciente con inciertos,

Trémulos y argentinos resplandores:

Era una noche, en fin, de esas hermosas

Noches de paz, inspiración y amores,

En que derrama Dios sobre Granada,

Africana dormida entre las rosas,

Los rayos de sus ojos creadores

Y el aura de su aliento embalsamada:

La misma noche en que Don Juan de Vera

Huésped del Moro en sus palacios era.

Y era un regio y magnífico aposento

De la oriental Alhambra, donde el oro,

El cobalto y el nácar, en labores

Mágicas trabajadas á lo moro,

Brillaban desde el techo al pavimento,

Á los suaves y tímidos fulgores

Que una aromada lámpara esparcía

Que en una taza de alabastro ardía.

Á un lado de esta cámara ostentosa

Y por bajo de un arco que cubría

Damasquino tapiz, se abría paso

Una estrecha y cruzada galería,

Formada de esta estancia por el muro

Y un balcón, por do entraba misteriosa

De los astros la luz, el aire puro

Y el són del agua que, en raudal escaso,

Vertía Darro por el valle obscuro.

El suelo de esta estancia deliciosa

Era de blanco mármol, á pedazos

Cubierto de alkatifas argelinas

Y cojines de raso azul y rosa:

Sus puertas se cerraban con cortinas

De telas de oro y seda, que con lazos,

Broches y trenzas de ámbar y corales,

Se recogían en profusos pliegues

Al gusto de los pueblos orientales:

Y en el segundo cuerpo de los muros

Se abrían dos moriscos ajimeces

De exquisita labor y árabes, puros,

Elegantes contornos

Y calados y espléndidos adornos.

Tras de sus celosías iba á veces

El Rey ocultamente, de sus serios

Afanes esquivándose un instante,

Á sorprender los íntimos misterios

De las mujeres Moras

De esta cámara real habitadoras;

Gozando así en secreto

Desde aquellas arábigas ventanas

Las voluptuosas danzas, las moriscas

Cántigas y nocturnas diversiones

Á que, con sus esclavas y odaliscas,

Se entregaban alegres las sultanas.

El balcón, que en el fondo

De la estancia se abría

Más allá de la estrecha galería,

Era otra especie de ajimez, labrado

Con el más exquisito y rico adorno

Por arquitectos Moros inventado:

Y un deleitoso camarín fingía,

Cuyas ventanas rodëaba en torno

De cedro una movible celosía.

Era pues el balcón de aquella estancia

Regia y maravillosa

Un mirador calado, que aspiraba

De su ajimez morisco por los huecos,

De los vecinos huertos la fragancia,

La música del agua rumorosa,

Que en la sombra corría,

Y el canto de las aves que albergaba

La arboleda del río, y cuyos ecos

Murmurador el aire allí traía.

Entre este camarín y este aposento,

Con caracteres de oro (en una faja

De púrpura y azul que se tendía

Por bajo el circular cornisamento

Del ajimez) escrito se veía

Un rótulo miniado, que decía:

«MIRADOR DE LA HERMOSA LINDARAJA:»

Y á fe que el mirador es un portento

De la elegante arquitectura Mora

Y un santuario de amor y poesía:

Regalo al fin de un Árabe opulento

Á la mujer feliz que le enamora.

En esta regia cámara moruna,

De aquella hermosa noche en las primeras

Horas, al suave claro de la luna

Y al rumor de las ráfagas ligeras

Que entraban por las árabes ventanas,

Yacía, al parecer sin pena alguna,

Hada gentil de su mansión divina,

La más bella y feliz de las sultanas

Que habitaron la Alhambra granadina.

Los mullidos cojines, apilados

Bajo su cuerpo leve, sostenían

Muellemente sus miembros delicados:

Sus perezosos brazos se tendían

Sobre la pluma sin vigor: caían

Sus rizos de la faz por ambos lados

Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno,

Del morisco jubón bajo la seda,

Al aspirar con hálitos pausados,

Se dibujaba su redondo seno

Cual dos montones de apretada nieve

Que en la redonda copa de ancho pino

El aire cuaja lento y manso mueve:

Y á través del calzón, de cuyo lino

Los pliegues mil su cuerpo peregrino

Ceñían, bien bajo el tejido leve

Podíanse admirar, y á pesar de ellos,

De su cintura y muslo alabastrino

La pura tez y los contornos bellos.

Su enano pie calzaban

Chinelas de brocado: sus tobillos

Ajorcas primorosas adornaban

Hechas de gruesas perlas, que horadaban

Por su grueso mayor áureos arillos:

Sus brazos dobles sartas de corales,

Sus orejas riquísimos zarcillos:

Y, á usanza de las Moras principales,

Ostentaba sus uñas nacaradas

Con azul costosísimo miniadas.

Era en verdad bellísima la Mora,

Y merecía bien tanta riqueza,

Y ser de tal estancia moradora,

Y mandar con despótica entereza,

Y obedecida ser como señora.

Una mirada de sus negros ojos

Más que un alcázar para el Rey valía:

Por solo un beso de sus labios rojos

Una ciudad frontera vendería:

Por el más infantil de sus antojos

La cabeza más noble inmolaría:

No tenía su amor precio ni raya

En la alma de Muley.--Es la Zoraya.

Es ella, la sultana favorita

Que á solas en su cámara le espera:

Y aunque parece que feliz dormita

Y que nada la acosa, ni la altera,

Secreto afán su corazón agita

Y sueña... ¡Como sueña la pantera

Con la sangre caliente

En que espera aplacar su sed ardiente!

Entoldada la luz de sus pupilas

Con los cerrados párpados conserva,

Sus facciones inmobles y tranquilas:

Grata molicie al parecer la enerva:

Pero su corazón guarda un intento

Harto feroz, cuya afición proterva

Se oculta en su reposo soñoliento

Como un áspid letal bajo la hierba.

Imagen bella, voluptuosa y pura

De las hurís que colocó Mahoma

En su eternal Edén, por su hermosura

Parecía una cándida paloma

En la forma ideal de su figura:

Un cuerpo de mujer en que se encierra

El puro sér de un ángel, á la obscura

Región mortal de nuestra baja tierra

Enviado, á perfumarla con su aroma

Y á derramar en ella su ventura.

Pero la torva luz de su mirada,

La cortina de sombra que en su frente

Tiende su ceño cuando mira airada,

La contracción apenas perceptible

Con que el extremo de su labio ardiente

Arruga su sonrisa,

De la escondida peligrosa hoguera

Que arde en su doble corazón avisa,

Y en la faz de la Mora

Con resplandor siniestro reverbera.

Muley por su belleza seductora

_Luz de la aurora_ la llamó..... y tal era

La luz de este _lucero de la aurora_:

Tal es Zoraya que á Muley espera.

Oyóse al cabo en el jardín vecino,

Bajo el abierto mirador cercano,

El dulce són de un cántico africano

Que una morisca guzla acompañaba:

Són con que la anunciaba de contino

La llegada del Rey atenta esclava.

Estremeció los miembros de la Mora

Movimiento nervioso: mas tan leve,

Que resbalar no hizo

Por su cuello, más blanco que la nieve,

El más ligero descompuesto rizo:

Ni de su blando lecho

Un pliegue solamente descompuso:

Ni con respiración más presurosa

Se hincharon los contornos de su pecho.

Inmóvil, silenciosa,

Cual si no le sintiera ni aguardara,

En su aparente sueño y perezosa

É incentiva postura

Dejó la hermosa que Muley llegara

El veneno á beber de su hermosura.

Envuelto en su alquicel, bajo el plegado

Pabellón de la azul tapicería,

Apareció Muley: tendió callado

Una sagaz mirada escrutadora

Por sobre cuanto en derredor había,

Y dilató su labio desdeñoso

Sonrisa de placer, viendo á la Mora

Que sobre los cojines en reposo

Con abandono tentador yacía.

Llegóse á ella y contempló un instante

La tranquila expresión de sus facciones,

Por milésima vez con ojo amante

Recorriendo voraz las perfecciones

De aquel cuerpo, velado escasamente

Por el leve ropaje transparente

Sobre los apilados almohadones.

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1 · 第 5 / 8 段