Es él, que arrebatado sobre las auras vino
Á dar en esta helada é incógnita región.
Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo
Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo
Repite de su canto el fugitivo són.
Á este eco, en la sonora profundidad perdido,
Cual de invisible fuerza magnética impelido
El árabe caballo feroz se encabritó.
Asir quiso el jinete las bridas, mas fué tarde:
Piafando y relinchando con orgulloso alarde
Por la sonora gruta el palafrén entró.
ALCÁZAR DE AZAEL
Lanzóse el bruto indómito,
Con arrogante empeño
Luchando con su dueño,
Que cede á su vigor,
Por bajo de una bóveda
De fábrica divina,
Tan pura y cristalina,
De tan sutil labor,
Que su techumbre cóncava
De transparente hielo
La claridad del cielo
Deja á través gozar,
Y, en un inmenso pórtico
De regia arquitectura,
Más diáfana y más pura
La viene á derramar.
Mas ¿qué mirada humana
Á penetrar se atreve
En esta soberana
Morada celestial?
¿Qué mano alza profana
El pabellón de nieve,
Que los misterios debe
Velar de un inmortal?
El techo, almohadillado
Con planchas de diamantes,
La lumbre en mil cambiantes
Del sol vierte á trasluz.
Y el suelo, trabajado
Sobre cristal de roca,
Su brillantez provoca
Volviéndole su luz.
Los límpidos pilares,
Do asienta la segura
Soberbia arquitectura
Su peso colosal,
En torno, transparentes,
Reflejan á millares
Los círculos lucientes
Del Iris celestial.
Y de este centelleante
Alcázar encantado,
Que en hielo está labrado
Y entre la nieve está,
Al interior radiante,
Do alguna maga habita,
El noble Nazarita
Adelantando va.
Del luminoso pórtico
Del diáfano edificio
Apena el frontispicio
Magnífico pasó,
Entró bajo una espléndida
Colgada galería,
Que á un patio conducía
Que á su remate vió.
El firme pavimento
Retiembla estremecido
Bajo el galope unido
De su veloz corcel,
Su paso y movimiento
El eco prolongado
Del hueco artesonado
Marcando detrás de él.
De aquella galería
Cruzó la luenga arcada:
Pasó de otra portada
Por bajo el arco: entró
Al patio, que veía
De lejos, y el ardiente
Caballo de repente
Plantóse y relinchó.
Cual la espiral flotante
Del humo que despide
Pebete en que fragante
Perfume ardiendo está,
Y ráfaga perdida
Por bajo la divide,
Y la mitad partida
Leve á la altura va:
Poder así invisible
En paso imperceptible
Caballo y caballero,
Sin fuerza separó;
Y el bruto, cual ligero
Vapor desvanecido,
De él libre y dividido
El príncipe se vió.
Miró Al-hamar en torno
Y, al contemplar de cerca
La fábrica y adorno
Del patio de cristal
Hecho, ó tallado en hielo,
Halló que era un modelo
Del patio de la alberca
De su Palacio real.
Aquel es el arranque
De su alta torre: aquellos
Los ajimeces bellos
Que sobre el patio dan:
Aquel es el estanque:
Los arrayanes éstos
Que, por su mano puestos,
En su redor están.
Aquellos los pilares
Del corredor: aquellas
Las bóvedas de estrellas
De cedro y de marfil;
La estancia de Comares
Aquella, do su magia
Dejó la _comarajia_
En su labor sutil.
Los ricos tiene enfrente
Calados pabellones
Del patio de leones,
Con su oriental jardín:
Y allí está el mar bullente,
Que al Hierosolimita
De Salomón imita;
Es otra Alhambra en fin.
Es otra Alhambra, pero
Más que la Granadina
Hermosa; una divina
Alhambra celestial.
Alcázar hechicero,
Labrado con vivientes
Materias transparentes
De germen inmortal.
Los muros trabajados
Con ricos arabescos
Y flores y estucados
Prodigios del cincel,
Los gabinetes frescos
Que adornan escrituras
Divinas, miniaturas
Del oriental pincel,
Son obra misteriosa
De soberano artista,
Que ni en humana vista
Cabrá, ni en comprensión:
Y aquellos tan macizos
Muros, y quebradizos
Calados de su hermosa
Y aérea mansión,
En su materia mística
Encierran una esencia,
Que infunde una existencia
Á su insondable sér:
Y toda aquella fábrica
Tan pura y transparente
Es creación viviente
De incógnito poder.
Mirábala embebido
El Nazarita príncipe,
Cuando llegó á su oído
La deliciosa voz
Que oyó de la caverna
En la extensión interna
Sonar, cuando detúvose
Su palafrén veloz.
Y la escondida música
Que en torno de él resuena
De júbilo le llena,
Le embriaga el corazón,
Y la palabra mística
De aquel cantar de gloria
Le trae á la memoria
Antigua aparición.
Dibújase en su mente
Un valle de Granada
Con una fresca fuente
De lánguido rumor,
En una perfumada
Noche, sin nube alguna
El Cielo, de la luna
Plateada al resplandor.
Y cuanto más escucha
Su armónico concierto,
Un rumbo va más cierto
Tomando el corazón.
Triunfante de la lucha
Con la ilusión pasada
Del valle de Granada,
Al comprender su són.
--«Salud ¡oh Nazarita!
Bien llegues á las nieblas
Cuya región habita
Tu genio protector.
Ha visto en las tinieblas
Resplandecer tus ojos:
Te conoció, y de hinojos
Dió gracias al Señor.
»Su vista rutilante,
Que el universo abarca,
Posada en tu semblante
Desde tu cuna está,
Y el dedo omnipotente
Sobre tu noble frente
Grabó la regia marca,
Que á conocer te da.
»Naciste favorito
Del genio y de la gloria:
Tu nombre fué victoria,
Tu voluntad ley fué.
Tu tiempo es infinito,
Profundas son tus huellas,
Propicias las estrellas
Son á Nazar: ten fe.
»Avanza, Nazarita;
Radiante aquí tu estrella
Con viva luz destella,
Aquí en tu Alhambra estás:
Aquí mana infinita
La fuente del consuelo.
Avanza, aquí del cielo
Más cerca reinarás.»
De la celeste música
La letra así decía,
Y, atento á su armonía,
El príncipe Al-hamar
Permanecía atónito
Sin voz ni movimiento,
En dulce arrobamiento
Gozando sin cesar.
El agua, de que llena
La alberca está, ondulante
Refleja cada instante,
Más vario resplandor,
Cual si una luz serena
Bajo la linfa clara
Recóndita radiara
Con trémulo fulgor.
Debajo de su planta
Percibe que el divino
Concierto se levanta,
Del manantial detrás,
Y al borde cristalino
De la colmada alborea,
Que está á sus pies, se acerca
Cada momento más.
Y he aquí que en este punto
Del fondo transparente
Del agua donde siente
La música sonar.
De un sér resplandeciente
El rostro, que ilumina
La linfa cristalina,
Se comenzó á elevar.
Tocó en el haz del agua
Su cabellera blonda:
Quebró la frágil onda
Su frente virginal:
Dejó el agua mil hebras
Entre sus rizos rotas,
Y á unirse volvió en gotas
Al limpio manantial.
Aéreo, puro, leve,
Cual nube vaporosa
Que mansa el aura mueve
Y transparenta el sol,
Ciñendo de oro y rosa
Flotante vestidura,
Como el del alba pura
Suavísimo arrebol:
La paz en el semblante,
La gloria en la sonrisa,
Apareció radiante
El ángel Azäel;
Y sus mortales ojos
Fijando en la improvisa
Aparición, de hinojos
Cayó Al-hamar ante él.
Del agua se alzó fuera
Y, al esparcir el viento
Su blonda cabellera,
El aire perfumó:
Dejó escapar su aliento,
Y cuanto allí existía
Su aliento de ambrosía
Con ansia respiró.
Del suelo á la techumbre
El místico palacio
Reverberó la lumbre
De su divina faz,
Cuya fulgente aureola
Purpúrea tornasola
El aire del espacio
Y de las aguas la haz.
Y he aquí que su alba mano
El ángel extendiendo
Y alzando y atrayendo
Al príncipe hacia sí,
Con plácida sonrisa
Y acento soberano,
Que armonizó la brisa
Fragante, hablóle así:
«Yo visité en un sueño
Tu espíritu en la tierra,
Mostrándote halagüeño
Tu porvenir en él.
Tesoros te di y gloria,
Tu esclava hice á la guerra,
Grabando en tu memoria
La imagen de Azäel.
»Iluminé tu ciencia,
Colmé de sabios planes
Tu humana inteligencia
Y al logro te ayudé.
Cual tu ambición lo quiso
Cumpliendo tus afanes,
Terreno paraíso
Tu rico imperio fué.
»Yo inoculé en tu alma
El germen de la duda
Para turbar la calma
De tu crëencia vil:
Para que espuela fuera
Con cuya lenta ayuda
Á la verdad se abriera
Tu corazón gentil.
»Brotar hice en tu suelo
Para calmar tus penas
Las aguas del consuelo,
Que á conocer te di:
Mas de tristeza llenas
Cien noches has pasado,
Y al agua no has llegado
Cuyo raudal te abrí.
»Al verte victorioso,
Temido y opulento,
Tu corazón atento
Sólo á la tierra fué.
Dudaste, mas dudando
No osaste perezoso
El rostro á mí tornando
Poner en mí tu fe.
»Y hacia el fatal destino
Á que traidora guía
La falsa fe, te vía
Adelantar Luzbel:
Y el fin de tu camino
Mostrándome decía:
_Caer era su sino:
Le pierdes, Azäel._
»Lloraba yo abismado
En mi amargura, viendo
Mi afán tan malogrado,
Tan sin valor mi fe:
Y, en mi pesar y enojo
Postrer esfuerzo haciendo,
Con temerario arrojo
Entre ambos me lancé.
»Luchamos: el Eterno,
De mi dolor movido,
Caer dejó en su oído
Su nombre y dió á mis pies.
Sumíle en el infierno:
Y en alas de un nublado
Te traje arrebatado
Adonde en paz te ves.
»Los pérfidos espíritus
Que en pos de ti traías,
Las vanas fantasías
De tu crëencia ruin
Mostrábante. ¡Quiméricos
Esfuerzos! ¡Sueños breves!
Aullando, de mis nieves
Se quedan al confín.
»Mas ¡ay! yo te conquisto
Los cielos..... y ¡cuán caro
Me cuesta á mí el amparo
Que liberal te doy!
Dos siglos ha que existo
Aquí, expiando un yerro,
Y añado á mi destierro
Uno, por ti, más hoy.
»Á condición tan dura
Tu salvación compraba,
Nazar; mas yo te amaba
Tanto, que la acepté;
No supe resignarme
Á arrebatar dejarme
Tan noble criatura,
Y tu alma rescaté.
»¡Oh! juzga bien en cuánto
Me es cara tu alma buena,
Cuando á mi larga pena
Cien soles añadí
Por ella. Ahora el santo
Fallo, inmutable, extremo,
Oye que el Juez Supremo
Fulmina contra ti.
»Hoy mismo, en apariencia,
Perecerá á las manos
De incógnita dolencia
Tu cuerpo terrenal:
Más junto á mí existencia
Tendrás, hasta que ufanos
Habiten los cristianos
Tu alcázar oriental.
»Yo les haré á Granada
Cercar como un enjambre:
Con ellos vendrá el hambre,
La muerte y el baldón:
Y talarán tus tierras,
Y en sanguinarias guerras
Tu raza aniquilada
Será sin compasión.
»Tú lo verás: estrella
Fatal para tu gente,
Tú verterás sobre ella
Roja, siniestra luz:
Y lidiarás conmigo
En pro del enemigo,
Sobre el pendón de Oriente
Hasta clavar la Cruz.
»Ahogado el Islamismo
Y desbandada y rota
Tu raza, gota á gota
Su sangre en ti caerá:
Su sangre es tu bautismo,
Y este de afán y duelos
Misterio, de los Cielos
Las puertas te abrirá.
»No hay más que un Dios. Justicia
En ÉL no más se encierra.
Tu empresa fué en la tierra
DIOS SÓLO ES VENCEDOR:
Por eso te es propicia:
Mas nadie entra en su gloria
Sin pena expiatoria
Hasta del leve error.
»Tal es nuestra sentencia:
Tal es el purgatorio
Que la alta Providencia
Nos señaló á los dos.
Obra de nuestras manos,
En dón propiciatorio
Se han de ofrecer, cristianos,
Un Rey y un pueblo á Dios.
»Tú el Rey: el pueblo el tuyo.
Tan sólo dignamente
Así me restituyo
Al Cielo, que dejé.
Apróntate obediente
Á dividir conmigo
La gloria y el castigo
Que para ti acepté.
»¡Sús, pues, oh Nazarita!
De Dios al pie del trono,
Rogándole en tu abono,
Le respondí de ti.
¡Sús, pues! Á la bendita
Empresa apresta el brío;
Mortal, te hice igual mío;
Sé digno tú de mí.»
Dijo Azäel: estático
Á su divino acento,
Embebecido, atento,
Estúvose Al-hamar:
Cedió su noble espíritu
Al celestial destino,
Y se empezó el divino
Misterio á efectuar.
«Mira,» le dijo entonces
El ángel desterrado:
Y (hacia el lugar tornado
Que el ángel señaló)
El muro en dos partido,
Sobre invisibles gonces
Girando dividido,
El Nazarita vió.
Se abrió sobre un espejo
En cuyo misterioso
Cristal, con el reflejo
De un matinal albor,
Se alumbra una campiña,
Que Mayo lujurioso
Con su fecundo aliña
Primaveral verdor.
Una ciudad, fundada
Al pie de una alta sierra,
Domina aquella tierra
Por donde arroyos mil
Serpean: es Granada,
Su vega, sus alturas
Y las corrientes puras
De Darro y de Genil.
Espléndida cohorte
De Moros atraviesa
Por su alameda espesa
Llevando un ataúd,
Y á la muralla corva
De la morisca corte
Se agolpa á verles torva
Callada multitud.
Llegáronse á la puerta
De Elvira aquellos fieles
Muslimes; allí abierta
La turba les dejó
Paso, y subiendo á espacio
La cuesta de Gomeles,
Entrada en el palacio
_Bib-el-Leujar_ les dió.
La multitud atenta
Y silenciosa iba
En pos su marcha lenta
Siguiendo: y, al tocar
La puerta judiciaria,
La triste comitiva
Paróse voluntaria
Dejándose cercar.
Entonces, elevando
El ataúd en hombros
Los que le van llevando,
Y puesto junto á él
Un Alfakí, inspirando
Doquier pavor y asombros,
«¡Llorad!--(dijo él llorando)
»Con lágrimas de hiel.
»¡Llorad toda la vida,
»¡Oh huérfanos Muslimes!
»¡La flor de los alimes,
»¡La palma de Nazar,
»¡La gloria del Oriente,
»Cayó del rayo herida!
»¡Llorad eternamente,
»Llorad sobre Al-hamar!»
Así con ronco acento
El Alfakí clamando,
Del ataúd alzando
El paño funeral,
Al pueblo los despojos
Del rey mostró; y al viento
El pueblo, al caer de hinojos,
Dió un ¡ay! universal.
Á este eco de agonía,
Que atravesó perdido
El aire hasta su oído,
Se estremeció Al-hamar.
Quitóse del espejo
Do escena tal veía,
Y se tornó el reflejo
Del vidrio á disipar.
«¡Ea!--Azäel le dijo--
»Monarca de la tierra,
»El ataúd encierra
»Tu polvo terrenal;
»Mas, de los cielos hijo,
»Del ataúd te exhalas.
»Desplega, pues, tus alas,
»Espíritu inmortal.»
Entonces el rey árabe
Sintióse aéreo, leve,
Cual luz que el aire mueve,
Cual nube que va en él.
SÓLO ERA YA UN ESPÍRITU,
UNA VISIÓN LIGERA,
UN ALMA COMPAÑERA
DEL ÁNGEL AZÄEL.
El silencioso vuelo
Ambos á dos alzando,
En el azul del cielo
Perdiéronse los dos;
Y, entre sus auras leves
Su rastro abandonando,
EL LIBRO DE LAS NIEVES
Concluye. ¡Gloria á Dios!
EPÍLOGO
¡Gloria á Dios!--De Al-hamar el Granadino
Así la historia celestial concluye;
Llámala el Musulmán _cuento divino_,
Y en _libros_ su relato distribuye.
Su sacra inspiración del Cielo vino
Y al Cielo desde aquí se restituye;
Tradición oriental, es la portada
Del oriental poema de GRANADA.
Cual dos cisnes que, al par atravesando
El mar azul con encontrado vuelo,
Isla apartada en su extensión hallando
En ella toman anhelado suelo,
Reposan juntos, y á partir tornando
Tornan la anchura á dividir del cielo,
Y de su voz un punto los sonidos
Se elevan en el aire confundidos:
Como dos peregrinos que una tienda
Dividen del desierto en la desnuda
Soledad, de Al-hamar en la leyenda
Dos poetas ocúltanse sin duda.
Uno á Aláh en sus cantares se encomienda,
Otro al Dios de la Cruz demanda ayuda.
¿Quién no percibe en ella confundidos
Brotar de sus dos arpas los sonidos?
Dióles á ambos el Genio soberano
La misma inspiración, el mismo aliento:
Mas pasando tal vez de una á otra mano
De uno y otro el armónico instrumento,
El Árabe poeta y el Cristiano
Sacan de él á la par distinto acento,
Exhalando mezclada su armonía
La Árabe y la Cristiana poesía.
Confundidos así sus dos cantares
Entonan á una voz los dos cantores,
Y de la Cruz divina los altares
El poeta oriental orna con flores
Que tejen las hurís sus tutelares;
Pero de un solo SÉR adoradores,
«NO HAY MÁS QUE UN SOLO DIOS»--dice el Cristiano;
«NO HAY MÁS DIOS SINO DIOS»--el Africano.
Tal es la historia peregrina y bella
Que os dan sobre estas hojas extendida.
Lëedla sin temor: nada hay en ella
Que la razón rechace, ó la fe impida;
La luz que de sus páginas destella
Despierta el alma á la virtud dormida,
Y eleva el corazón y el pensamiento
Á la pura región del firmamento.
Lëedla pues: y el ámbar que perfuma
Del paraíso la mansión divina,
Y el resplandor que de la Esencia suma
Derramado los mundos ilumina,
Y el rumor que levantan con su pluma
Las alas de Gabriel cuando camina,
Embalsame y alumbre y dé contento
Á cuantos lean el _divino cuento_.
FIN DE LA LEYENDA DE AL-HAMAR.
GRANADA
POEMA ORIENTAL
Cristiano y español, con fe y sin miedo,
Canto mi religión, mi patria canto.
LIBRO PRIMERO
EXPOSICIÓN
I
INVOCACIÓN
En el nombre de DIOS omnipotente,
Cuya presencia el universo llena,
Cuya mirada brilla en el Oriente,
Nutre las plantas y la mar serena,
Canto la guerra en que la hispana gente
Al África arrojando á la agarena,
Selló triunfante con la Cruz divina
Las torres de la Alhambra granadina.
¡Espíritu de Dios único y trino,
Ángel Custodio de la Fe Cristiana,
Único fuego que del Cielo vino,
Única fuente que incorrupta mana,
Único rayo del fulgor divino,
Única inspiración que soberana
Eleva al Criador la poesía:
Yo invoco tu favor para la mía!
Sostén mi voz, mi espíritu aconseja:
Mas tolera que en carmen Africano
Recoja alguna flor con que entreteja
Cairel morisco á mi laúd cristiano:
Ni juzgues que mi fe de Ti se aleja,
Si algunas veces del harén profano
Las alkatifas perfumadas piso,
Ó invoco á las hurís del paraíso.
Voy la gloria á cantar de dos naciones
Por religión é instintos enemigas,
Que, fieles á la par á sus pendones,
Prodigaron al par sangre y fatigas,
Rojas brotar haciendo sus legiones
Con la sangre común aguas y espigas:
Y cual la de los dos corrió mezclada,
Junta debe su gloria ser cantada.
Pues no porque en su límpida entereza
Conserve yo la fe de los Cristianos
Que hicieron del desierto á la aspereza
Volver á los vencidos Africanos,
Del vencedor loando la grandeza
Trataré á los vencidos de villanos.
No: siete siglos de su prez testigos
Los dan por caballeros si enemigos.
Lejos de mí tan sórdida mancilla:
Antes selle mi boca una mordaza
Que llame yo en la lengua de Castilla
Á su raza oriental bárbara raza.
Jamás: aún en nuestro suelo brilla
De su fecundo pie la extensa traza,
¡Y, honrado y noble aún, su sangre encierra
Más de un buen corazón de nuestra tierra!
¡Augusta sombra de Isabel! perdona
Si mi ruda canción osa atrevida,
Llegando irreverente á tu persona,
Del féretro evocarte á nueva vida.
Sé que la gloria que inmortal te abona
No puede por mi voz enaltecida
Ser: mas yo bajo á tu mansión mortuoria
No á engrandecer, sino á adorar tu gloria.
Díselo así al Católico Fernando,
Si en medio de las dichas celestiales
Alguna vez, por el Edén vagando,
Recordáis vuestras glorias terrenales,
La obscura tierra desde el sol mirando:
Y al escuchar mis cánticos mortales,
Mirad á vuestra gloria, que me inspira,
No al rudo canto de mi tosca lira.
Y vosotros, guerreros de Castilla,
Honor de sus más ínclitos solares,
Nobles Condes de Cabra y de Tendilla,
Merlos, Téllez, Girones y Aguilares,
Cárdenas y Manriques de Sevilla,
Fieles Vargas, intrépidos Pulgares,
Córdovas generosos de Lucena,
Impávidos Clavijos de Baena:
Mendozas de alta prez, Portocarreros
Y Ponces de León, de cuya historia
Sus anales jamás perecederos
Henchidos guarda la Española gloria:
Y vosotros también, ¡oh caballeros
Árabes! dignos de gentil memoria:
Muza, postrero campeador del Darro,
Indeciso Boabdil, Zagal bizarro,
Aly-Athar insepulto, Hamet Rondeño,
Lince de las fronteras castellanas,
Reduán inalterable y zahareño,
Gazul de las doncellas africanas
Querido, Hacén tenaz, Ozmín trigueño,
Tarfe, horror de las crónicas cristianas;
Y vosotras, sultanas granadinas
De nombres y leyendas peregrinas:
Aija la varonil, matrona osada
Jamás rendida á su fatal destino:
Zoraya, la cautiva renegada,
Por cuyos hijos la discordia vino
Á derribar el trono de Granada:
Moraima la de Loja, á quien su sino
Obligó á encomendar sin esperanza
Vida y honor á Castellana lanza;
Perdonadme también si mis canciones,
Á través de los mármoles tendidos
En vuestros solitarios pantëones,
Hieren en ronco són vuestros oídos.
Sé que merecen más vuestras acciones
Que elogios en mi voz mal atendidos:
Mas si, en fuerzas escaso, á tal me atrevo,
Es porque sé lo que á mi patria debo.
Sé que es la empresa donde me he empeñado
Dédalo obscuro, inmensurable abismo,
Do sólo penetrar han intentado
Necia temeridad ó alto heroísmo:
Conozco que, en mi orgullo, demasiado
Fío en mi corazón, fío en mí mismo:
Mas supera la fe mi atrevimiento,
Y fío en Dios que abonará mi intento.
Deliciosos recuerdos de otros días
De honor y de placer, de amor y gloria,
Que envuelta en romancescas fantasías
Guardáis oculta vuestra bella historia,
Exhalada en confusas armonías
De himnos de amor y gritos de victoria:
Dad á mi corazón, dad á mi aliento
Generoso poder, canoro acento.
Águilas que os cernéis con corvo vuelo
Sobre el Atlas y el Cáucaso; pastores
Que sesteáis á la sombra del Carmelo
Y bajáis al Jordán los baladores
Ganados: y vosotros los que en pelo
Montáis salvajes potros voladores,
Hijos de los ardientes vendavales
Que barren los egipcios arenales;
Tribus perdidas y á las de hoy extrañas,
Para quienes la Europa no se ha abierto,
Que incendiáis al huir vuestras cabañas
Y en la Zahara avanzáis el paso incierto;
Gacelas de las árabes montañas,
Apareadas palmas del desierto;
Caravanas errantes á quien ellas
Dátiles dan y leche las camellas;
Palomas de los cármenes floridos
Que bordan las colinas de Granada;
Golondrinas leales que los nidos
En la Alhambra colgáis; enamorada
Raza de ruiseñores que escondidos
Gorjeáis de su bosque en la enramada,
Arroyos que, á su sombra, bullidores,
Laméis su césped y mecéis sus flores;
Sierras que cubre el sempiterno hielo
Donde Darro y Genil beben su vida;
Valles salubres, transparente cielo
De la Alpujarra aún mal conocida;
De Málaga gentil alegre suelo
De la hermosura y del amor guarida;
Mar azul cuyo lomo cristalino
Á las quillas de Agar prestó camino:
Abridme los tesoros encantados
De vuestras glorias mil tradicionales;
Dadme á beber los que guardáis sagrados
De inspiración inmensos manantiales;
Germinad en mi mente, no estudiados,
Vuestros cantos de amor meridionales,
Por que pueda brotar del arpa mía
Vuestra oriental y virgen poesía.
De sus cuerdas despréndanse sonoras
Esas modulaciones nunca oídas
Por los pueblos de Europa, y de las moras
Tribus por nuestros pueblos aprendidas;
Esas notas ardientes, tentadoras,
Que aun hoy por tosca mano repetidas
Renuevan en los huertos de la Alhambra
La de veloz compás morisca zambra.
Venid en torno á mí, generaciones
Ateridas del Norte, que con pieles
Vestís nuestras moriscas tradiciones,
Rasgando sus bordados alquiceles:
Venid á oirlas en sus propios sones
Y lengua original de bocas fieles,
Al pobre són de bárbara guitarra
Debajo de un peñón de la Alpujarra.
Venid, aprenderéis del Mediodía
Cuál el origen es de los cantares
Que jamás comprendió vuestra alma fría;
Sabréis cómo entre bélicos azares
Nació la abrasadora poesía
De nuestros bellos cantos populares;
Y en el lujo oriental de su riqueza,
Considerad su bárbara grandeza.
Pues por hijos de bárbaros osada
Vuestra historia nos da, sea en buen hora:
No esa bárbara estirpe renegada
Será por mí; mas á admirar ahora
Venid el rastro que dejó en Granada
La ilustración de nuestra estirpe mora:
Y en el lujo oriental de su riqueza
Adorad nuestra bárbara grandeza.
Sí: yo os voy á contar la historia bella
De esos á quien llamáis fieros salvajes,
Y fío en Dios que entenderéis por ella
Que puede despreciar vuestros ultrajes
Quien Alhambras dejó sobre su huella,
Quien labró fortalezas como encajes,
Y quien colmó por cóncavo arrecife
Las albercas del real Generalife.
Yo os voy á hablar del mágico recinto
De esta por ellos habitada tierra,
Y á mostraros lo que este laberinto
De jardines y alcázares encierra.
En llanto y sangre le dejaron tinto,
Pero tan fértil con su amor y guerra,
Que la flor más silvestre aromatiza
Y el más vulgar recuerdo poetiza.
Yo os haré ver, de nácar, concha y oro
Sobre arcos, sus balsámicos pensiles,
Do brotan junto al cedro el sicomoro,
Junto al nudoso abeto las gentiles
Palmeras, junto al álamo inodoro
El plátano aromado, las sutiles
Hebras de la ancha pita entre rosales,
Y el fragante limón entre nopales.
Yo os haré ver su pueblo primitivo,
Mitad rudo pastor, mitad guerrero,
Cuyo robusto labrador activo,
Cambiado en la ocasión en caballero,
Lidió, veloz Numida al golpe esquivo,
Con el jinete colosal de acero:
Y aplazando con él treguas extrañas,
Corrieron toros y jugaron cañas.
Yo os haré oir sus cuentos populares
Y sus caballerescas tradiciones
En torno y al calor de sus hogares;
Vendréis á sus nocturnas reuniones
Conmigo, sus combates singulares
Juzgaréis, sus civiles disensiones
Lamentaréis, saldréis á sus campañas
Y testigos seréis de sus hazañas.
Vendréis á sus palacios construídos
Para la guerra á un tiempo y los placeres,
Y leeréis en sus muros, revestidos
De miniaturas, de oro en caracteres
Con sacra fe caballeresca unidos
Los nombres de su Dios y sus mujeres:
Sin que halléis en la casa que fué suya
Nada que en pro de su saber no arguya.
De fakíes, de reyes, y vasallos
Os contaré los gozos y las cuitas:
Os haré penetrar en sus serrallos
Y asistir á sus rondas y á sus citas:
Y sus muebles, sus armas, sus caballos,
Sus bazares, sus baños, sus mezquitas,
Desde el hogar hasta la móvil tienda
Todo lo váis á ver en mi leyenda.
Que es del poeta grande á maravilla
El poder, y radiante su mirada,
Como un fanal que las disipa, brilla
En las tinieblas de la edad pasada.
Venid, pues: con las lanzas de Castilla
Os voy á conducir hasta Granada:
Y, á pesar de sus fieros Africanos,
En la Alhambra entraréis con los Cristianos.