Que agita eterno, indócil
Al corazón, y gira
Con la veleta móvil
Del pensamiento vano.
¡Dichoso el que conoce
Que Dios tan sólo llena
El corazón del hombre!
Por eso el Nazarita,
Que aunque de Dios favores
Sin tregua ha recibido,
Á humanas condiciones
Sujeto está, va presa
De afanes interiores
Rumiando pensamientos
Que su atención absorben.
Va solo, atravesando
El enramado bosque
Que cubre el fresco valle,
Donde al mullido borde
De fuente cristalina
Que mana entre las flores,
Un sueño misterioso
Le embelesó una noche.
Va solo, meditando
Los agrios sinsabores,
Que danle de su reino
Civiles disensiones.
De Dios pesa la mano
Sobre su pueblo y torpe
Tal vez contra sí mismo
Va á dirigir sus golpes.
¿Qué han hecho al fin sus sabios
Proyectos creadores?
¿Qué al fin han producido
Tesoros tan enormes
Como él ha dispendiado
Para elevar el nombre
De su gentil Granada
Sobre el de cien naciones?
Cubrió los verdes cerros
De gigantescas moles:
Tornó en frondosos cármenes
Sus valles y sus montes:
Mas la soñada dicha
De sus intentos nobles
¿Do está si á los humanos
No pudo hacer mejores?
Riqueza dió á los Moros,
Con la riqueza dióles
Poder, victoria, fama.....
Mas dió á sus corazones
Con ella más deseos
Y orgullo y vicio dobles:
Y al fin ¿qué es lo que logra?
Doblar sus ambiciones.
Con ellas la discordia
Germina al par: mayores
Triunfos tal vez alcancen
Sus armas: tal vez logren
Á empresas más gloriosas
Dar cima, y sus pendones
Clavar sobre los muros
Que á los contrarios tomen.
Mas ¡ay cuando su fuerza
Contra ellos mismos tomen!
Mas ¡ay cuando su ciencia
Se emplee en invenciones
De pérfida política,
De códigos traidores
Que, leyes pregonando,
Su destrucción pregonen:
Y el reino que él fundara
De tanto afán á coste,
Por él seguro acaso
De extrañas invasiones,
Tal vez consigo mismo
Luchando se destroce,
Y abra á un sangriento circo
Su alcázar sus balcones!
Tal vez un rey cristiano,
Sagaz y fuerte entonces,
Desde Castilla viendo
Los árabes discordes,
La hoguera de sus iras
Certeramente sople
Y al frente de Granada
Presente sus legiones.
Así Al-hamar discurre,
Con cálculos precoces
Llorando por Granada,
La flor de sus amores;
Así Al-hamar se aflige,
Y á solas por el bosque
Se mete, absorto y triste
Con sus cavilaciones.
Era una hermosa tarde
De Abril: los resplandores
Del sol, que á ocaso baja
Manchando el horizonte
Con tintas de oro y púrpura,
Los pardos torreones
Alumbra de la Alhambra
Con rayos tembladores.
Ya la última montaña
Á largo andar transpone
El sol: ya dora sólo
Los altos miradores
De los palacios árabes:
Cayendo al fin se esconde
Tras la montaña entero,
Y allá la mar le sorbe.
El pálido crepúsculo,
Que va tras él, recoge
La luz que al día resta;
Da un paso más, y el orbe
Con cuanto bello abarca
En lúgubres crespones
Emboza poco á poco
La silenciosa noche.
Nubló su espesa sombra
Los ojos brilladores
Del distraído príncipe,
Y al mundo real volvióle:
Volver quiso él las bridas
De su caballo, dócil
Á su llamada siempre,
Pero rebelde hallóle.
Era el caballo de árabe
Raza, leal y noble;
Mas por la vez mi primera
Su origen desmintióse.
La voz de su jinete
Desconoció: aplicóle
La espuela; y, al sentirla,
Feroz encabritóse.
Mira Al-hamar en torno
Si hay algo que le asombre,
Y al extender la vista
El sitio reconoce;
Junto á la fuente se halla
Á cuyo són durmióse
Años atrás soñando
Con célicas visiones.
La idea más recóndita
De su cerebro entonces
Se levantó espantando
Su corazón. Las dotes
Divinas del espíritu
Que allí le habló: los dones
Que recibió del Cielo
Desque á él aparecióse:
Su celestial historia,
Sus celestiales órdenes
Que obedeció arrastrado
De impulsos superiores:
De gloria y de opulencia
Las altas predicciones,
En todo con sus místicos
Oráculos conformes,
Todo fué cierto; todo
Cual lo soñó cumplióse.
¿No será, pues, su raza
Quien sus afanes logre?
¿No es, pues, el Dios que adora
El Dios de sus mayores,
Y él hizo una diadema
Con que otro se corone?
Su mente obscurecieron
Densísimos vapores:
Dudó: tembló dudando:
El corazón turbósele,
Y así exclamó en la sombra
Con temerosas voces,
Que ahogó el murmullo manso
Del manantial y el bosque:
«Espíritu, que el fondo
»De ese raudal esconde:
»Yo obedecí sumiso
»Tus misteriosas órdenes,
»Y soy la sola víctima
»De tu presencia; tórname,
»Pues, á la fe primera,
»Ó con tu ley abóname.»
Dijo: y, como acosado
Por invisible golpe,
Saltó el caballo fiero
Con repentino bote,
Por medio de las sombras
Lanzándose á galope:
Y el rey arrebatado
Á su pesar sintióse.
LA CARRERA
I
Lanzóse el fiero bruto con ímpetu salvaje
Ganando á saltos locos la tierra desigual,
Salvando de los brezos el áspero ramaje,
Á riesgo de la vida de su jinete real.
Él con entrambas manos le recogió el rendaje
Hasta que el rudo belfo tocó con el pretal:
Mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje,
Indómito al escape tendióse el animal.
Las matas, los vallados, las peñas, los arroyos.
Las zarzas y los troncos que el viento descuajó.
Los calvos pedregales, los cenagosos hoyos
Que el paso de las aguas del temporal formó.
Sin aflojar un punto ni tropezar incierto,
Cual si escapara en circo á la carrera abierto,
Cual hoja que arrebatan los vientos del desierto.
El desbocado potro veloz atravesó.
Y matas y peñas, vallados y troncos
En rápida, loca, confusa ilusión
Del viento á los silbos, ya agudos, ya roncos,
Pasaban al lado del suelto bridón.
Pasaban huyendo cual vagas quimeras
Que forja el delirio, febriles, ligeras,
Risueñas ó torvas, mohinas ó fieras,
Girando, bullendo, rodando en montón.
Del álamo blanco las ramas tendidas,
Las copas ligeras de palmas y pinos,
Las varas revueltas de zarzas y espinos,
Las yedras colgadas del brusco peñón,
Medrosas fingiendo visiones perdidas,
Gigantes y monstruos de colas torcidas,
De crespas melenas al viento tendidas,
Pasaban en larga fatal procesión.
Pasaban, sueños pálidos, antojos
De la ilusión: fantásticos é informes
Abortos del pavor: mudas y enormes
Masas de sombra sin color ni faz.
Pasaban de Al-hamar ante los ojos,
Pasaban aturdiendo su cabeza
Con diabólico impulso y ligereza,
En fatigosa hilera pertinaz.
Pasaban y Al-hamar las percibía
Pasar, sin concebir su rapidez,
En más vertiginosa fantasía,
En más confusa y tumultuosa orgía,
Más juntas, más veloces cada vez:
Y atronado su espíritu cedía
Á la impresión fatídica, y corría
Frío sudor por su morena tez.
Y en su faz estrellándose el viento,
La ponía en nerviosa tensión,
Y cortaba el camino al aliento,
Y prensaba el cansado pulmón;
Y, golpeando en sus sienes sin tiento
De su sangre el latido violento,
Sus oídos zumbaban con lento
Y profundo y monótono són.
Ya creía que, huyendo el camino
Del corcel bajo el cóncavo callo,
Galopaba sobre un torbellino,
Mantenido en su impulso no más;
Ya creía que el negro caballo,
Por la ardiente nariz y los ojos
Despidiendo metéoros rojos,
Rastro impuro dejaba detrás.
Ya sorbido por denso nublado,
Con la lluvia, el granizo y centellas
De que lleva su vientre preñado,
Cree que va fermentando á la par;
Nubes cruza tras nubes, y en ellas,
Del turbión al impulso sujetos,
Mira mil nunca vistos objetos
Remolinos eternos formar.
De este vértigo horrible transido
Caminaba á las riendas asido,
En los corvos estribos seguro
Y entre el uno y el otro borrén
Empotrado, dejando abatido
Por el bruto llevarse en lo obscuro:
Y empezaba á perder el sentido
Del escape mareado al vaivén.
Rendido y las fuerzas perdiendo
Al vértigo intenso cedió;
Y loco el cerebro sintiendo,
Los ojos cerrar no pudiendo
La ciega mirada fijó,
Tenaz contracción manteniendo
No más su equilibrio, y corriendo
Cual otro fantasma siguió.
Y espacios inmensos cruzando,
Y atrás á la tierra dejando,
Las vallas de sombra saltando
Que cercan el mundo mortal,
Creyóse su mente perdida
En tierra jamás conocida,
Región de otra luz y otra vida,
De atmósfera limpia é igual.
Y vió que un alba serena
Con blanquísimos reflejos
Amanecía á lo lejos
En esta nueva región:
Y el alma, exenta de pena
Cruzando el éter tranquilo,
Volaba á un eterno asilo
En otra inmortal mansión.
Suavísimo arrobamiento,
Deliquio dulce invadióle,
Y encima del firmamento
En el Edén se creyó.
Luz vaga alumbró su mente
Y ante los ojos pasóle
El Paraíso esplendente
Que Mahomad visitó.
El místico y nocturno
Viaje del Profeta
Juzgó que iba á su turno
Sobre el Borak á hacer:
Y la ilusión sujeta
Á lo que de él relata
La bóveda de plata
De un cielo empezó á ver.
Los astros vió suspensos
De auríferas cadenas
Y sus lumbreras llenas
De espíritus de luz:
Espíritus inmensos
En formas de caballos,
De corzos y de gallos
De enorme magnitud.
Vió islas encantadas
Flotando en los espacios,
Con templos de topacios
Y muros de marfil:
Y casas fabricadas
De nácar, cuyas puertas
De ébano dan abiertas
Sobre jardines mil.
Allí sobre alhamíes
De cedro y palo-rosa,
Bajo la sombra undosa
Del tilo y del moral,
Yacer vió á las huríes
Que, á mil amores tiernas,
Conservarán eternas
Su gracia virginal.
Y atravesó campiñas
Fresquísimas y amenas
De bosques de ámbar llenas
Y cerros de cristal,
Y prodigiosas viñas,
Que en frutos dan opimos
Las perlas en racimos
En tallos de coral.
Vió grutas pintorescas
Por Sílfides moradas,
Cubiertas sus portadas
Bajo el flotante tul
De mil cascadas frescas
Que, atravesando prados
De hermoso añil sembrados,
Van tintas en su azul.
Caer las vió en riberas
Donde reposan mansos
Los monstruos y las fieras
De tierra, viento y mar:
Y en plácidos remansos,
El sueño entreteniéndolas,
Vió cisnes y oropéndolas
Bañarse y juguetear.
Y vió dorados peces
En tumultuoso bando
Á flor de el agua á veces
Pacíficos nadar,
Y á veces, elevando
Por cima de las olas
Los lomos y las colas,
La orilla salpicar.
Vió luego estos ríos
Crecer sin vallares,
Perdiéndose en mares
De leche y de miel:
Y en ellos navíos
Do van los amores
Meciéndose en flores
De uno á otro bajel.
Murmullo tras ellos
Levantan sonoro
Mil góndolas de oro
De concha y marfil,
Do van Silfos bellos
Vogando con velas
De chales y telas
De seda sutil.
Espuma levantan
Inquietos remando
Los mil gondoleros
Que van tripulando
Los barcos veleros;
Y danzan ligeros
Y armónicos cantan
Alegre canción:
Y mil gayas aves,
Que siguen las naves,
Al sol esponjando
Sus plumas distintas
De mil varias tintas
De azul, gualda y oro,
Imitan en coro
Del cántico el són.
Al lejos el viento
Responde á su acento
Allá en la arboleda
Moviendo rumor:
Y el eco, que atento
En lo alto se queda,
Burlón le remeda
Cual sabe mejor:
El cuadro divino,
La paz, la ventura,
Perfume, frescura,
Y luz celestial
De aquel peregrino
País, torna pura
Al rey granadino
La calma vital.
Y en rápido vuelo
Pacífico y blando
Los aires surcando
Se siente llevar:
Y ve que, sin suelo
Do fije el caballo
El áspero callo,
Cruzando va el mar.
Del líquido el fondo
Contempla pasando,
Y alcanza mirando
Del agua al trasluz
El álveo redondo,
Que puebla radiante
Cohorte flotante
De peces de luz.
Sutiles vapores
Le impelen süaves
Y costas y naves
Se deja detrás:
Y espacios mayores
Cruzando en su vuelo
Aborda del cielo
Las costas quizás.
Avanza y niebla
Pálida ve
Que el aire puebla,
Según pie á pie
Ganando va
Aquel extenso
Espacio inmenso
Do errando está:
Y le parece
Que se ennegrece
Mar, niebla y viento
En torno de él,
Y que se acrece
Cada momento
El movimiento
De su corcel.
Anochece,
Y obscurece
Más apriesa
Cada vez
El ambiente,
Que se espesa
Con creciente
Lobreguez.
El camino
Desparece:
Y, sin tino
Ni destino
Que comprenda,
Sobre senda
Audazmente
Carrilada
Por un puente
De movible
Tirantez,
Tan delgada
Como el hilo
En que se echa
Descolgada
Una oruga,
Como arruga
Que en tranquilo
Lago tiende
Cuando hiende
Su agua el pez,
Tan estrecha
Como el filo
De una espada,
Como flecha
Disparada,
Cual centella
Desatada,
Va sin huella
Perceptible
El perdido
Nazarita,
Con horrible
É infinita
Rapidez.
Es el puente
De la vida,
Que la gente
Á luz venida
Ha por fuerza
De pasar.
El que intente
Y haga entera
Su carrera,
Y de frente
Sin caída
La salida
Logre hallar,
Por las puertas
Celestiales
Á las huertas
Inmortales
Como un ángel
Ha de entrar,
Las delicias
Eternales
Y los gustos
Perenales
De los justos
Á gozar.
Á este paso
Tan estrecho,
(Cuyo escaso
Corto trecho
Es camino
Tan dudoso
De cruzar,
Pero fallo
Riguroso
Del destino
Y ley santa
Que acatar),
Se adelanta
Vigoroso
El caballo
Misterioso
De Al-hamar.
Temeroso
De mirar,
Espumoso,
Siempre hirviente,
Rebramando
Eternamente
Y azotando
Siempre el puente
Con horrísono
Bramar,
Bajo de él
Hierve el mar.
ISRAFEL
Allí está
Para ver
El que va
Sin caer,
Y pasar
No dejar
Al infiel:
Y he aquí
Que por él
Va á pasar
El corcel
De Al-hamar:
Llega, avanza:
Ya se lanza,
Ya en él entra.
Ya se encuentra
Suspendido
Sobre el puente
Sacudido
Por el piélago
Bullente,
Cuyo cóncavo
Rugido
Se levanta
Sin cesar.
Aturdido,
Sin mirar
Á la indómita
Corriente
Que le espanta,
Sin osar
Aspirar
El ambiente
Que le anuda
La garganta,
Sin que acuda
Tierra ó cielo
En su ayuda,
Vuela y pasa,
Justiciero
Rey prudente,
Juez severo
Y valiente
Caballero,
El primero
De la casa
De Nazar.
El puente
Vacila
El Príncipe
Oscila,
Perdido
El sentido,
Demente,
Transido
De horror.
Ya toca
La opuesta
Ribera:
Ya poca
Carrera
Le cuesta.
¡Valor!
Ya llega:
Le ciega
El pavor.
¡Ah! ¡Dadle
Favor!
¡Salvadle,
Señor!
Saltó.
Pasó
Con bien
Y allá
Cayó
De pie.
Salvo
Fué,
¡Oh!
Ya
¿Quién
Ve
Do
Va?
Libro de las Nieves.
INSPIRACIÓN
No hay más que un solo Dios. ÉL solo es grande,
Solo infinito, omnipotente solo.
Nada hay que para ser no le demande
Licencia: ÉL pesa la virtud y el dolo,
Y el premio envía ó el azote blande.
Todo lo oye y lo ve de uno á otro polo,
Y cosa no hay por elevada ú honda
Que á su mirada universal se esconda.
No hay más que un solo Dios, cuya crëencia
Luz es y salvación: doquier la marca
Brilla de su poder y de su ciencia.
Dios solo es triunfador; solo monarca
Del universo es ÉL: su omnipotencia
Con ley universal todo lo abarca:
Su presencia inmortal todo lo inunda,
Todo lo vivifica y lo fecunda.
ÉL los mundos arregla ó desordena
Según su excelsa voluntad divina:
ÉL al tiempo dirige: ÉL encadena
Los elementos á sus pies: domina
El huracán: tras el nublado truena:
Luce á través del alba purpurina:
Entapiza con nieve las montañas,
Y abrasa con volcanes sus entrañas.
El murmullo del agua, el són del viento,
El susurro del bosque estremecido
Por sus inquietas ráfagas, el lento
Arrullo de la tórtola, el graznido
Del cuervo vagabundo, todo acento
Por ave, fiera ó eco producido,
El nombre santo de su Dios pronuncia,
Su gloria canta, su poder anuncia.
ÉL los errantes astros encamina:
ÉL azula la atmósfera serena:
ÉL crea y ÉL destruye, alza y arruina:
ÉL, infalible juez, salva y condena:
ÉL solo ni envejece, ni declina:
ÉL solo el hueco de los mundos llena:
El orbe encima de su palma cabe:
Solo ÉL no yerra nunca: solo ÉL sabe.
No hay más que un solo Dios. Los que le niegan
Con altivez blasfema, palidecen
Cuando al umbral de su sepulcro llegan:
Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen
Y de ÉL se mofan, al morir le ruegan.
Por ÉL existen y por ÉL perecen
Todos. No hay más que un Dios. Ante su nombre
¿Qué es el orgullo y el saber del hombre?
Siglo, que audaz el de la luz te llamas
Y por miles de plumas y de bocas
El manantial de tu saber derramas:
Siglo de ciencia, que el error derrocas,
La virtud premias y el ingenio inflamas:
Siglo, que dices que á la cumbre tocas
De la dicha, que el mundo civilizas
Y tu raza de sabios divinizas:
Siglo de prensas y de bolsa y agio,
Que, en carros de vapor, hasta la luna
Intentas difundir el gran contagio
De la ciencia, y parar á la fortuna
Con tus empresas mil..... ¡siglo de plagio
Que, en solos nueve lustros, en sí aduna
Más _maestros_, _artistas_ y _doctores_
Que hubo en ciento estudiantes y lectores!....
¿De dónde vienen los que nacen? ¿Dónde
Van los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano
Lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde
La luna de su luz? ¿Cuál es la mano
Que les guía á los dos? Habla, responde,
Orgullo necio del saber humano,
Hojea el libro de tu ciencia osada:
¿Qué es lo que sabes de tu origen?--NADA.
No hay más que un solo Dios, que nada ignora:
ÉL conoce las puertas de la tierra;
Abre las de la cuna y de la aurora:
Las de la noche y de la tumba cierra.
Más allá de las dos ÉL solo mora,
ÉL solo sabe lo que allá se encierra;
De allá viene, allá va quien nace y muere.
¿Por qué? Su voluntad así lo quiere.
Mas detente ¡oh Espíritu divino!
¡Oh Arcángel de la Fe! Tú, cuyo paso
Buscando un día al corazón camino
Ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso:
Único fuego que del cielo vino,
Calma tu inspiración en que me abraso:
No ensayes en el arpa del poeta
Los cantos del salterio del Profeta.
Mi limitada comprensión humana,
Mi ruda voz y tosca poesía
Eleve, sí, tu inspiración cristiana
Y dignas sean de la patria mía.
Enaltece mi ingenio, porque ufana
Pueda hijo suyo apellidarme un día,
Y de mi nombre, si al olvido vence,
La tierra en que nací no se avergüence.
Mas dejemos al siglo ir desbocado
De los pasados siglos tras la herencia,
En el carro del oro arrellanado,
Ó suspendido en alas de la ciencia.
Dejémosle seguir la ley del hado
Según su voluntad ó su conciencia,
Sin que perturbe su insensata orgía
El himno audaz de la creencia mía.
Tiéndeme, pues, tu alas de zafiros,
Y lejos de él transpórteme tu vuelo
Donde sus carcajadas y suspiros
No desgarren del aire el puro velo.
De él á través con luminosos giros
Álzame adonde, con eterno hielo
Cubriendo su cerviz, Sierra Nevada
Salutíferas auras da á Granada.
Llévame á los recónditos asilos
De aquellas misteriosas soledades,
Cuyos monstruos de nieve ven tranquilos
Nacer y perecer razas y edades.
Muéstrame las cavernas y los silos
Donde van á dormir las tempestades,
Por cima del peñón desconocido
En que suspende el águila su nido.
Del Supremo Hacedor la sabia mano
No creó sin destino esos lugares
Inaccesibles al orgullo humano:
Ni envueltos en sus mantos seculares
De nieve espían sin cesar en vano
Esos gigantes blancos tierra y mares.
Subamos, pues, sobre las auras leves
Al misterioso alcázar de las nieves.
LA CARRERA
II
En las desiertas cumbres que la sierra
Á las legiones de la luz levanta,
Paso al cielo tal vez desde la tierra:
Allí, donde árbol, animal, ni planta,
Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra
Bajo la eterna nieve, y se quebranta
Cuanto vida ó calor toma del suelo
Al peso de una atmósfera de hielo,
Se abre por las montañas un camino,
Más bien un tajo, que sus breñas parte
Como una faja de planchado lino,
El cual dirige al colosal baluarte
De la nieve. Jamás tan peregrino
Sendero supo fabricar el arte,
Ni inspirarle á la mente más risueño
Maga oriental en hechizado sueño.
Á ambas orillas de su senda blanca
Labra caprichos mil el aire helado,
Que el ampo trae que el remolino arranca,
Dejándole doquier cristalizado.
La agua congela y el vapor estanca
Y cincela sutil filigranado
Del hielo en el cristal, cuyas labores
Descomponen la luz en mil colores.
Mas como sus espléndidos reflejos
De la nieve se estrellan en la alfombra,
Y en el mate cristal de sus espejos
Mata al color la blanquecina sombra,
Todo es blanco doquiera, cerca y lejos:
Todo el país descolorido asombra
Con su igualdad la vista: blanco el suelo,
Blanco el espacio puro, blanco el cielo.
Y allá del peñascal en la estrechura,
Por el lugar do empieza este sendero
Á blanquear en el fin de la llanura,
Comienza á negrear bulto ligero.
Crece..... se aclara como va la altura
Ganando. Es un mortal: un caballero
Moro: y, conforme lo veloz que sube,
Parto fué su corcel de alguna nube.
El ampo de la nieve no desflora
Con el herrado casco en su carrera,
Y, al ver la forma aérea y voladora
De jinete y corcel, se les tuviera
Mejor por ilusión fascinadora
Que por seres de vida verdadera:
Pues ¿quién sino fantásticas visiones
Osaran arribar á estas regiones?
Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos
Del mullido tapiz de copos leves?
¿Quién conoce los seres vaporosos
Que la región habitan de las nieves?
¿Quién sabe qué destinos misteriosos
Les dió Aquél que, con dos palabras breves
Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino
Del sol su destructor puso vecino?
ÉL solo, Dios. Recóndito misterio
Envuelve los contornos liminares
De aquel helado y silencioso imperio
Escondido entre rocas seculares.
Solo ÉL ve lo que encierra este hemisferio,
Por entre cuyos blancos valladares
La ardua ascensión al último acomete,
Cual suelta nube, el Árabe jinete.
De peñón en peñón, de risco en risco,
El tortuoso camino va siguiendo
Sobre su negro potro berberisco,
Y á los nublados bajo sí va viendo
Fermentar en sus vientres el pedrisco
De invisibles torrentes al estruendo,
Y según sube hacia la azul esfera
Va aflojando el caballo su carrera.
¿Quién es?--Vuela perdido en la distancia:
Su forma es vaga sombra todavía.
¿Do va?--¿Y quién su poder ó su arrogancia
Sabe? Tal vez á la mansión del día.
Genio, tal vez allí tiene su estancia:
Mortal, de un filtro acaso se valdría;
Mas ya trepa al confín: ya poco á poco
Modera su corcel su ímpetu loco.
Ya
Se
Ve
Que
Dando
Se va,
Más blando
Al freno.
Ya no bota
De ira lleno,
Ni va ajeno
De derrota
Desbocado,
Como mata
Que arrebata
Desbordado
Rapidísimo
Turbión.
Ya se dilata
Su fauce henchida
De comprimida
Respiración,
Y, vïolento,
Danza el aliento
Que le sofoca
De su pulmón,
Con resoplido
De dolorido
Cóncavo són.
Doble columna gruesa
De fatigoso aliento,
Que hace vapor el viento
Sutil de esta región,
Cual humareda espesa,
Por la nariz opresa
Vierte tras sí en la atmósfera
El árabe bridón.
Ya deja la boca herida
Más libre al bocado obrar,
Y más siente ya la brida
Que pudo el señor cobrar.
Ya el vértigo loco cediendo
Que ciego siguió á su pesar,
Va su ímpetu fiero perdiendo
Y empieza cansancio á mostrar.
Ya su rápido escape acortando
Detenerse pretende quizá:
Ya se templa, é igual galopando
Va en un aire pacífico ya.
Y aunque de espuma y de sudor blanquea,
Relincha audaz é inquieto cabecea;
Y aunque jadeando de fatiga está,
Aun piafa y se encabrita y escarcea,
Y los ijares con la cola airea,
Y corvos saltos de costado da.
Ya cambia: ya el trote medido levanta,
Y, el cuello engallado, segura la planta,
Altivo en la sombra mirándose va.
Ya lenta y suavemente su dueño le refrena:
Se acorta: ya en el paso su marcha va serena:
Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh!
¡Vertiginoso vuelo! ¡Fantástica carrera!
Más rápido su impulso que el de las nubes era:
Caballo y caballero volaban á la par
En alas de un nublado. La alondra más ligera,
Ni el águila más rauda, pujante y altanera,
Pudieron un instante su rapidez tomar.
Al fin cesó.--Las bridas en el arzón dejando,
Los miembros extendiendo, con ansia respirando,
Repúsose el jinete sobre la silla al fin:
Y absorto, las miradas en derredor tendiendo,
Se halló de extensas nieves en un desierto horrendo,
Océano de hielo, sin costa ni confín.
¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la región extraña
Do se contempla aislado!--Sólo hay una montaña
Que gruta cristalina taladra por el pie.
¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero,
De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero
Por do hasta allí ha subido?--Delirio, sueño fué.
Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella,
Ni marca de camino en rededor sobre ella;
Todo es una esplanada inmensa, sola, igual.
No hay más que nieve. Es blanca la claridad del cielo:
Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo:
Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal?
¿Adónde esta comarca estéril y desierta
Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta
Su misteriosa gruta? ¿Qué mano la labró?
Tal vez en ella moran espíritus dañinos
Que á los mortales odian, y los fatales sinos
En dirigir se ocupan del que mortal nació.
Tal vez es la risueña y espléndida morada
De alguna dolorida y encantadora fada,
Que el vano amor lamenta que puso en un mortal.
Tal vez es la bajada del reino del olvido,
Adonde caen las almas después de haber salido
De la penosa cárcel del cuerpo terrenal.
¿Quién sabe? El caballero al pie de la montaña
Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraña
Labores y arabescos de nácar y cristal,
Permanecía inmóvil: cuando he aquí que el eco,
Hendiendo sonoroso su embovedado hueco,
Le trajo estas palabras en canto celestial:
«Ilustre y venturoso
Caudillo Nazarita,
La gloria y el reposo
Te aguardan á la par.
Tu mente, que no alcanza
Misterio tal, se agita
Dudosa en vano.--Avanza,
Avanza, ¡oh Al-hamar!»