Fingíos esta vega,

Cuya cubierta verde

Al horizonte llega

Y en su extensión se pierde,

Poblada de castillos,

De caprichosas ruinas,

De alegres lugarcillos,

De chozas campesinas;

De huertos pintorescos,

De arroyos cristalinos,

De bosquecillos frescos,

De móviles molinos,

De blancos palomares,

Rebaños y yeguadas,

Bodegas, colmenares,

Establos y toradas:

Fingid que en ella alcanza

La vista por doquiera

La campesina danza,

Á que en tranquila holganza

Y en amistad sincera,

Tras del trabajo ociosa

Se entrega bulliciosa

La alegre multitud:

Fingid este relato

Oído al són sencillo

(Mas cual ninguno grato)

Del tosco caramillo,

Y al trémulo y quejoso

Balar del cabritillo,

Y al canto trabajoso

Del soterrado grillo:

Fingíos que, lejana,

Del monasterio antiguo

Doblando la campana

Con su clamor despierta

Al perro, que está alerta

En el redil contiguo

Y en demostrar se afana

Ladrando su inquietud:

Y atento el ojo tiende

Al campanario viejo

De donde el són se extiende;

Y ve el móvil reflejo

Del esquilón, que gira,

Y el resplandor le admira

Del bronce que repele

Los rayos de la luz:

Fingíos este suelo

Tan bello coronado

Con un hermoso cielo

De transparente azul,

En cuyo fondo puro,

Quebrando el horizonte,

Sobre el perfil obscuro

Del apartado monte,

Por cima del convento

Mansión de la virtud,

Pomposas, salutíferas, inmarcesibles ramas

Del árbol sacrosanto de la eternal salud,

Destácanse en el campo del limpio firmamento

Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz.

¿Tenéis en la memoria

Tan mágica pintura?

¿Miráis esta llanura

Tan bella cual mi pluma pintárosla intentó?

Pues es más halagüeña,

Más plácida y risueña

La celestial historia

Que en este libro frágil os voy á contar yo.

El LIBRO DE LAS PERLAS

Encierra en sus conceptos

La historia y los secretos

De un Ángel favorito de su inmortal Señor.

Venid á recogerlas:

Que Dios, que el Paraíso

Por cuna darle quiso,

Dió á par á sus palabras de perlas el valor.

De perlas elegidas

En las de más pureza,

Más precio y más belleza:

Las _perlas de la Gracia_, las _perlas de la Fe_:

Las perlas que, vertidas

Por su divina mano,

Harán del sér humano

Que recogerlas sepa un ángel como él fué.

Todo en silencio duerme

En la arboleda umbrosa

Donde Al-hamar reposa:

En calma universal

Yacer parece inerme

Naturaleza entera,

Cual si á sopor cediera

De atmósfera letal.

La cuádriga argentina

Del carro de la luna

Su curso al mar declina:

Y de su carro en pos,

Sombría, taciturna,

Su negro velo tiende

La lobreguez nocturna

Ante la luz de Dios.

La escasa y vacilante

Que radian las estrellas

Da apenas espirante

Su postrimer fulgor:

Reflejo moribundo,

Que cuando espire en ellas

Hará del ciego mundo

Un bulto sin color.

Ya lo es. Doquier se carga

De espesa sombra, y queda

Sumida la arboleda

En densa obscuridad.

Indefinible encanto

Doquier la vida embarga;

Exhala pavor santo

La muda soledad.

Y he aquí que en este punto,

Del fondo de la fuente

Que arrulla mansamente

El sueño de Al-hamar,

La faz resplandeciente

De un Genio, que ilumina

La linfa cristalina,

Se comenzó á elevar.

Tocó en el haz del agua

Su cabellera blonda:

Quebró la frágil onda

Su frente virginal:

Dejó el agua mil hebras

Entre sus rizos rotas,

Y á unirse volvió en gotas

Al limpio manantial.

Como vapor ligero

Del lago se levanta:

Cual de aromosa planta

Exhálase el olor:

Cual del albor primero

Del día que amanece

Fantástico aparece

El vago resplandor.

Del agua cristalina

Así elevó serena

Su aparición divina

El Genio celestial,

Cuyo contorno aéreo

Rodea alba aureola

Que el valle tornasola

Con luz matutinal.

Al fuego repentino

Que en torno á sí derrama,

Soltó su alegre trino

Despierto el ruiseñor:

Su voz de rama en rama

Las auras extendieron,

Y en cánticos rompieron

Mil aves en redor.

Dió un paso en la pradera,

Y al agitar el viento

Su rica cabellera,

El aire se aromó;

Dejó escapar su aliento,

Y cuanto allí vivía

Su aliento de ambrosía

Con ansia respiró.

Y entonces la callada

Blanca visión llegando,

Donde por sueño blando

Vencido está Al-hamar,

Los céspedes por lecho,

La mano perfumada

Le puso sobre el pecho,

Y así le empezó á hablar:

«Ilustre y venturoso

Caudillo Nazarita,

Tu místico reposo

Bendice al despertar.

Tu espíritu, que lucha

Con mi visión, se agita

Medroso en vano: escucha

Mi voz, rey Al-hamar.

»Mi voz es la armonía

Cuando habla á un sér amigo

De Dios, y es lo que digo

Más dulce que la miel:

Mi origen es el cielo,

Mi edad es la del día,

Mi esencia es el consuelo,

Mi nombre es Azäel.

»Yo soy un ángel y era

El ángel más perfecto,

El sér más predilecto

Del sabio Criador.

Moraba yo en la esfera

Más alta y más vecina

Á la mansión divina

De mi inmortal Señor.

»Un día..... ¡día aciago!

Cruzóme fugitivo

La mente loca un vago

Delirio criminal:

Pensé, mirando altivo

Mi esencia y mi hermosura,

Que no era criatura

Á las demás igual.

»Imaginé que origen

Más puro y soberano

Me pudo dar la mano

Del Hacedor tal vez:

Mas ¡ay! los que su mente

Por su altivez dirigen,

Verán cuán torpemente

Soñó su insensatez.

»Apenas un momento

Tan orgullosa idea

Brotó en mi pensamiento

Y en él lugar la di,

Tiniebla inesperada

Cegó mi mente rea,

Y ante la faz airada

Del Criador me vi.

»Desnudo ante la vista

Del Dios que le llamaba,

Como arrancada arista

Mi sér se estremeció;

La luz de su presencia

Mi nada iluminaba:

Juzgóme, y su sentencia

Así me fulminó:

«Tres siglos es preciso

»Que llores por tu yerro:

»Sal, pues, del Paraíso:

»El globo terrenal

»Te doy para destierro:

»Tus nobles atributos

»Te dejo: nobles frutos

»De tu hálito inmortal.

»Que broten de tus lágrimas

»En el lugar que mores

»El germen de las flores

»Y el manantial del bien.

»Sé allí su luz vivífica,

»Sé tú su astro benigno,

»Y vuelve al Cielo digno

»Del celestial Edén.»

»Dijo: y tendí mi vuelo

Llorando hacia la tierra:

Caí sobre este suelo,

Y en este manantial

Do tengo mi retiro

Mi espíritu se encierra;

Yo soy el que suspiro

De noche en su raudal.

»Yo soy el que velando

En esta margen bella

Pródigo vierto en ella

La vida y la salud.

Tú en ella sin respiro

Me vienes estrechando,

Y yo la fe te inspiro,

La ciencia y la virtud.

»Tú luchas por la gloria

De tu falaz creencia,

Y espléndida existencia

Preparas á tu grey:

Y yo que sé tu historia,

Tu origen y tu sino,

Arreglo tu destino

Por misteriosa ley.

»Sí, tú eres una espada

Que blande ajena mano:

Tú á impulso soberano

Obedeciendo vas:

Tú siembras la simiente

Que encuentras apilada:

Mas siembras diligente

Para quien va detrás.

»De aquí me desalojas

Cuando estos sitios pueblas,

De aquí conmigo arrojas

La gracia y el pudor:

Mas yo vi en las tinieblas

Resplandecer tus ojos,

Te conocí, y de hinojos

Di gracias al Señor.

»Su vista rutilante,

Que el universo abarca,

Posada en tu semblante

Desde tu cuna está:

Y el dedo omnipotente

Sobre tu noble frente

Grabó la regia marca

Que á conocer te da.

»Naciste favorito

Del genio y de la gloria;

Tu nombre es la victoria,

Tu voluntad ley es.

Tu tiempo es infinito,

Tus huellas indelebles;

Los montes son endebles

Debajo de tus pies.

»¿Tú anhelas un tesoro?

Mis lágrimas son perlas:

El Darro te trae oro:

Plata te da el Genil:

Cien minas en tu suelo

Posees: despierta á verlas,

Y haz de este valle un cielo

Para tu grey gentil.

»Encumbra este hemisferio

Con el poder de Oriente.....

Yo en él haré á otra gente

Plantar su pabellón.

Yo te daré un imperio,

Mas tú para pagarme

Tendrás al fin que darme

Tu fe y tu corazón.

»Adiós ¡oh Nazarita!

Mi aparición recuerda

Cuando el pesar te muerda

Con aguijón de hiel:

No olvides en tu cuita

Que abrió sobre este suelo

La fuente del consuelo

El ángel Azäel.»

Tal dijo: y el divino

Sér misterioso alzando

La mano que posando

Tenía en Al-hamar,

Al fondo cristalino

Volvióse de la fuente,

Que su cristal bullente

Sobre él volvió á cerrar.

El ámbar que exhalaba

Su aliento de ambrosía,

La luz que derramaba

Su forma, la armonía

De que su voz llenaba

La selva, y el encanto

Con que su influjo santo

Divinizó el vergel,

Como neblina leve

Que desvanece el aura

Al punto que se mueve,

Se disipó con él:

Dudar pudiendo en suma

La mente deslumbrada

Si fué visión soñada

El ángel Azäel.

Tornó á la antigua calma

Y soledad primera

El bosque y la pradera:

Y el príncipe Al-hamar,

Sintiendo libre el alma

Del fatigoso ensueño,

De su tenaz beleño

Se comenzó á librar.

Su mente obscurecida

Se iluminó: la historia

Del sueño en su memoria

Se comenzó á aclarar;

Y al fin, el cuerpo suelto

De su sopor y vuelto

Á la razón y vida,

Se despertó Al-hamar.

La vista echando en torno

Del sitio solitario,

Reconoció el contorno;

Mas como al ángel no,

Sonrisa de desdeño

Mostrando el juicio vario

Que forma de su sueño,

En la ciudad pensó.

Pensó que de ella ausente

Pasó la noche entera:

Pensó en su inquieta gente

Y se aprestó á partir,

Mirando tras el monte

Rayar la luz primera

Del sol, que al horizonte

Comienza ya á subir.

Compuso en la cintura

La faja tunecina;

La suelta capellina

Sobre la espalda echó,

Y el aura respirando

Del bosque y la frescura

Del alba, el césped blando

Con leve planta holló.

Dió un paso en la pradera,

Y alzando repentina

La brisa matutina

Su vuelo en el verjel,

Como una mies ligera

Dobló el ramaje umbrío,

Y sacudió el rocío

Depositado en él.

Surcaron desprendidas

Sus gotas el ambiente,

Cual lluvia transparente,

Espesa, universal:

El aire deshacerlas

No pudo, y esparcidas

Quedaron como perlas

Sobre la hierba igual.

Ráfaga, empero, errante

La brisa fué: su impulso,

Durante un solo instante,

Sin fuerzas espiró.

Irguióse la arboleda

Con rápido repulso,

Y todo al punto á leda

Tranquilidad volvió.

Vertió desde la cumbre

Del monte al hora misma

El sol su nueva lumbre:

Deshizo su arrebol

La atmósfera en su prisma

De múltiples colores,

Y abriéronse las flores

Á recibir al sol.

Debajo de la tienda

De sus plegadas hojas,

Las clavellinas rojas,

Los rojos alhelís

Mostráronle con franca

Exposición su ofrenda

En otra perla blanca

Cercada de rubís.

Detuvo la indecisa

Planta Al-hamar: su labio

Bañó dulce sonrisa

Su sueño al recordar,

É incrédulo, si sabio,

Juzgándolo quimera,

Tornó por la ladera

El paso á enderezar.

Y por mostrar desprecio

De sueños infundados,

Los céspedes mojados

Pisaba sin temor,

Con indignado y recio

Paso, truncando altivo

El tallo inofensivo

De una y otra flor.

Mas pronto perturbado

Su corazón de nuevo

Latió desconcertado,

Y comenzó á creer

La aparición soñada

Del celestial mancebo

Inspiración enviada

Por celestial poder.

De cada flor que rota

Derriba, ve que intacta

La desprendida gota

Resbala, y sin perder

Su redondez compacta,

En la mullida hierba

Entera se conserva,

Maciza al parecer.

Tendió la regia mano

Á la que más vecina

Halló; mas al cogerla

Reconoció Al-hamar

Su sino sobrehumano:

La gota cristalina

Era una gruesa perla,

Cual nunca las dió el mar.

Su limpia transparencia,

Su peso, su tamaño,

Su origen, tan extraño

Á cuanto oído fué,

Aclaman infinita

En número, inaudita

En precio la opulencia

Del rey que las posee.

No tiene en las ignotas

Minas que avara encierra

Tesoro igual la tierra

Ni en piedra, ni en metal:

Cada una de las gotas

Del celestial rocío

De plata vale un río

En precio á un reino igual.

¡Bendito el que tesoro

Tal poseer le cabe!

¡Bendito el que le sabe

Empleo digno dar!

¡Dichoso el Nazarita

Amir del pueblo moro,

En quien está bendita

La estirpe de Nazar!

Cayó Al-hamar de hinojos,

Y alzando al firmamento

Las manos y los ojos,

Con exaltada fe,

«Señor, dijo, yo admito

Un dón tan opulento,

Y á dón tan infinito

Corresponder sabré.»

Y así Al-hamar diciendo,

Y el dón agradeciendo

Que liberal le envía

La mano del Señor,

Las perlas recogía.....

Y acaba al recogerlas

EL LIBRO DE LAS PERLAS.

¡De Aláh sea en loor!

Libro de los Alcázares.

¡Granada! Ciudad bendita

Reclinada sobre flores,

Quien no ha visto tus primores

Ni vió luz, ni gozó bien.

Quien ha orado en tu mezquita

Y habitado tus palacios,

Visitado ha los espacios

Encantados del Edén.

Paraíso de la tierra,

Cuyos mágicos jardines

Con sus manos de jazmines

Cultivó celeste hurí,

La salud en ti se encierra,

En ti mora la alegría,

En tus sierras nace el día,

Y arde el sol de amor por ti.

Tus fructíferas colinas,

Que son nidos de palomas,

Embalsaman los aromas

De un florido eterno Abril:

De tus fuentes cristalinas

Surcan cisnes los raudales:

Bajan águilas rëales

Á bañarse en tu Genil.

Gayas aves entretienen

Con sus trinos y sus quejas

El afán de las abejas

Que en tus troncos labran miel:

Y en tus sauces se detienen

Las cansadas golondrinas

Á las playas argelinas

Cuando emigran en tropel.

En ti como en un espejo

Se mira el profeta santo:

La luna envidia el encanto

Que hay en tu dormida faz:

Y al mirarte á su reflejo

El arcángel que la guía,

Un casto beso te envía

Diciéndote:--«Duerme en paz.»

El albor de la mañana

Se esclarece en tu sonrisa,

Y en tus valles va la brisa

De la aurora á reposar.

¡Oh Granada, la sultana

Del deleite y la ventura!

Quien no ha visto tu hermosura

Al nacer debió cegar.

¡Aláh salve al Nazarita,

Que derrama sus tesoros

Para hacerte de los Moros

El alcázar imperial!

¡Aláh salve al rey que habita

Los palacios que en ti eleva!

¡Aláh salve al rey que lleva

Tu destino á gloria tal!

Las entrañas de tu sierra

Se socavan noche y día;

Dan su mármol á porfía

Geb-Elvira y Macaël;

Ensordécese la tierra

Con el són de los martillos,

Y aparecen tus castillos,

Maravillas del cincel.

Ni un momento de reposo

Se concede: palmo á palmo,

Como á impulso de un ensalmo,

Se levanta por doquier

El alcázar portentoso

Que, mofándose del viento,

Será eterno monumento

De tu ciencia y tu poder.

Reverbera su techumbre

Por las noches, á lo lejos.

De las teas á la lumbre

Que iluminan sin cesar

Los trabajos misteriosos,

Y á sus cárdenos reflejos

Van los Genios sus preciosos

Aposentos á labrar.

¿De quién es ese palacio

Sostenido en mil pilares,

Cuyas torres y alminares

De inmortales obras son?

¿Quién habita el regio espacio

De sus cámaras abiertas?

¿Quién grabó sobre sus puertas

Atrevido su blasón?

¿De quién es aquella corte

De galanes Africanos

Que le cruzan tan ufanos

De su noble Amir en pos?

En su alcázar y en su porte

Bien se lee su nombre escrito:

_Al-hamar_.--¡Aláh bendito,

Es la ALHAMBRA!--¡Gloria á Dios!

ALHAMBRA

¡Salud, favorita bella

Del Amir más poderoso!

¡Salud, tienda de reposo

De la gloria y el placer!

¡Vele Dios tu buena estrella,

Dichosísima señora!

¿Quién de ti no se enamora

Si una vez te llega á ver?

Al-hamar vertió en tu seno

De sus perlas los tesoros,

Te hizo perla de los Moros,

Puso reinos á tus pies.

Noble Reina, de labores

Tu real manto arrastras lleno,

Y cada una de sus flores

Un soberbio alcázar es.

Hermosísima Africana,

Ríe y danza voluptuosa:

Tu albo seno es una rosa

En lo fresco y lo gentil.

Regocíjate, Sultana,

Ríe y danza sin pesares,

Que el compás de tus danzares

Llevarán Darro y Genil.

Ríe y danza: ¿quién descuella

Como tú en poder y gala?

¿Quién compite, quién iguala

Tu opulenta majestad?

Donde tú sientas la huella

Van sembrando los amores

La semilla de las flores

Que perfuman tu beldad.

¿Dónde está la altiva reina

Que á la par de ti se ostente?

¿Dónde está la que su frente

Se corone como tú?

Son jardines tus cabellos,

Que aromado el viento peina

Cuando Mayo prende en ellos

Tocas de verde tisú.

Diadema con que se ciñe

Tu Granada, son tus brillos

Del color en que se tiñe

Roja el alba al purpurar;

Tus diamantes son palacios

Engastados en cintillos

De murallas de topacios,

Que deslumbran el mirar.

Y esas bóvedas ligeras

Cual prendidos cortinajes,

Y esos muros como encajes,

Delicados en labor,

De las manos hechiceras

De los Genios han salido,

Que en secreto ha sometido

Á su dueño el Criador.

¡Regia Alhambra! ¡Áureo pebete,

Perfumero de Sultanas!

Tus arábigas ventanas

Son las puertas de la luz.

El Oriente se somete

Á tus pies como un cautivo,

Y hace bien de estar altivo

De tenerte el Andaluz.

GENERALIFE

Y GRANADA Á VISTA DE PÁJARO

Entre lirios mal velado

El galán Generalife

Da al ambiente enamorado

Dulces besos para ti;

Como Ondina que ligera

Huyendo desde su esquife,

Vuelto el rostro á la ribera,

Se los da á quien queda allí.

¿Que Sultán su alcázar tiene

De jardines enramado,

De una peña así colgado

En mitad del aire azul?

Con los siervos que mantiene

El del Bósforo sonoro

No hará nunca á fuerza de oro

Otro igual en Estambul.

Del peñón en la alta loma

Semejando está que vuela,

Como rápida paloma

Que se lanza de un ciprés:

Mas si el ojo se asegura

De que inmoble está en la altura,

Le parece una gacela

Recostada entre una mies.

Sus calados peristilos,

Sus dorados camarines,

Sus balsámicos jardines

De salubre aire vital,

De los Silfos son asilos,

Que, meciéndose en sus flores,

Cantan libres sus amores

En su lengua celestial.

Y en las noches azuladas

Del verano, oculta cita

Trae amantes á las Hadas

Sus caricias á gozar:

Y al rayar el alba hermosa

Que interrumpe su visita,

En sus alas de oro y rosa

Tornan vuelo á levantar.

Atalaya de Granada,

Alminar de excelsa altura

De la atmósfera más pura

Colocado en la región:

¿Qué no ven de cuanto agrada

Tus ventanas por sus ojos?

¿Qué se niega á los antojos

Del que asoma á tu balcón?

Junto á ti los Alijares

Ataviados á lo moro

En el río de aguas de oro

Ven su gala y brillantez;

Más allá, sobre pilares

De alabastro, _Darlaroca_

Con su frente al cielo toca,

Que la sufre su altivez.

Á su par los frescos baños

De las Reinas granadinas,

Cuyas aguas cristalinas

Se perfuman con azahar

Y se entoldan con las plumas

De mil pájaros extraños,

Que se van con grandes sumas

Á las Indias á comprar.

Á tu izquierda el montecillo

Cuyo pie Genil evita,

Reflejando en sí la Ermita

De los siervos de la Cruz:

Á tu diestra el real castillo

Sobre el cual voltea inquieta

La simbólica veleta

Del bizarro Aben-Abuz.

Más allá los cerros altos

(Cuyo nombre y cuya historia

Dejarán dulce memoria)

Del Padul y de Alhendín:

Y allá más los grandes saltos

De las aguas de la sierra,

Cuya eterna nieve cierra

De tus reinos el confín.

Á tus pies Torres-Bermejas

Con sus cubos pintorescos,

Que avanzadas y parejas

Aseguran tu quietud:

Y bajo ellas, el espacio

Respetando del palacio

De su rey, los valles frescos

Donde habita la salud.

¡Oh pensil de los hechizos,

Bien amado de la luna!

¿Qué echa menos tu fortuna

En la gloria en que te ves?

Abre, avaro, antojadizos

Tus moriscos ajimeces,

Y ve qué es lo que apeteces

Con Granada ante tus pies.

De tu vista caprichosa

¿Qué no alcanzan los deseos?

Sus mezquitas, sus paseos,

Su opulento Zacatín,

Su bib-rambla bulliciosa

Con sus cañas y sus toros:

De valor y amor tesoros

Albunést y el Albaicín:

Sus colmados alhoriles,

Sus alhóndigas rëales,

Sus sagrados hospitales,

Regias obras de Al-hamar,

Todo está bajo tu sombra

¡Oh florón de los pensiles!

De tus plantas siendo alfombra

Y encantándote el mirar.

¡Oh palacio de la zambra,

Camarín de los festines,

Alto rey de los jardines,

De aguas vivas saltador,

Real hermano de la Alhambra,

Pabellón de auras süaves,

Favorito de las aves,

Y del alba mirador:

De los pájaros el trino,

De las auras el arrullo,

De las fiestas el murmullo

Y del agua el manso són,

Dan al ámbito divino

De tu alcázar noche y día

Una incógnita armonía

Que embelesa el corazón!

Encantado laberinto

Consagrado á los placeres,

Tú escalón del cielo eres,

Tú portada del Edén.

En tu mágico recinto

Escribió el amor su historia,

Y á los justos en la gloria

Las huríes se la leen.

AL-HAMAR EN SUS ALCÁZARES

Liberal de sus erarios,

Protector del desvalido,

Fiel, lëal para el vencido

Y del sabio amparador:

Por amigos y contrarios

Estimado en paz y en guerra,

Es la egida de su tierra

Al-hamar el vencedor.

En la paz, rey justiciero,

Oye atento en sus audiencias

Y da recto sus sentencias

Por las leyes del Korán.

En la guerra, compañero

Del soldado, buen guerrero,

Por valiente va el primero

Como va por capitán.

Ostentosa en aparato,

Costosísima en su porte,

Á los ojos de su corte

Muestra su alta dignidad:

Pero al dar con tal boato

Real decoro á la corona,

Niega sobrio á su persona

Lo que da á su majestad.

No dejado, mas modesto

En su gala y vestidura,

Da á su cuerpo limpia holgura

Y elegante sencillez:

Y recibe á su presencia,

Dondequiera al bien dispuesto,

Con cordial benevolencia

Al dolor y á la honradez.

Franco, afable, igual, sencillo

En su vida y ley privada,

En su pecho está hospedada

La leal cordialidad;

Y depuesto el regio brillo,

Los amigos de su infancia

En el fondo de su estancia

Hallan siempre su amistad.

Sus más fieros enemigos

Los Amires castellanos

Le visitan cortesanos

Y le piden protección:

Y él les trata como á amigos,

Con sus nobles les iguala,

Les festeja y les regala

Sin doblez de corazón.

Moderado en sus placeres

Cual frugal en sus festines,

Da opulento á sus mujeres

Mesa opípara en su harén;

Pero no entra en sus jardines

Tierno amante ó fiel esposo

Hasta la hora del reposo,

Como á un Príncipe está bien.

El Korán cuatro sultanas

Le permite, y como tales

En sus Cámaras rëales

Alojadas cuatro están.

Á las cuatro tiene vanas

El amor del Nazarita,

Mas ninguna es favorita

En el alma del Sultán.

Las almées y los juglares

De más gracia y más destreza

Tiene á sueldo, con largueza

Atendiendo á su placer:

Y en sus fiestas familiares

Las prodiga el noble Moro

Cuanto pueden amor y oro

Por espléndido ofrecer.

Es su harén del gozo fuente

Y de fiestas laberinto:

Estremece su recinto

Siempre alegre conmoción,

Y resuena eternamente

Por los bosques de la Alhambra

El compás de libre zambra,

De las músicas el són.

Al-hamar en tanto, á solas

Con sus íntimos cuidados,

En el bien de sus estados

Piensa inquieto sin cesar;

Y sobre las mansas olas

De aquel mar de dicha y calma

Brilla el faro de su alma,

Vela el ojo de Al-hamar.

Afanoso, inquieto, activo

Mientras dura el día claro,

De los débiles amparo,

Peso fiel de la igualdad,

Sin quitar pie del estribo,

Sin dejar puerta, ni torre,

Ni mercado, ve y recorre

Por sí mismo la ciudad.

Por doquier con recta mano

La justicia distribuye,

Por doquier sagaz se instruye

De las faltas de su ley,

Y la enmienda soberano

Del bien de su pueblo amigo,

Porque sirva de castigo

Y de amparo de su grey.

Así el noble Nazarita,

Rey y luz del huerto ameno

De Granada, Edén terreno

Modelado en el Korán,

Sus alcázares habita

De virtud siendo rocío,

Siendo rayo del impío

Y decoro del Islam.

Vencedor, nunca vencido,

Rey piadoso, juez severo,

En la lid buen caballero

Y en la paz sol de su fe:

De sus pueblos bendecido,

De enemigos respetado,

Y de fieles rodeado,

El excelso Amir se ve.

Y así mora el Nazarita

Sus alcázares dorados,

Misteriosamente alzados

Del placer para mansión.

Mas ¿quién sabe si él habita

Su morada encantadora,

Y el pesar oculto mora

En su regio corazón?

Triste, insomne, solitario,

Como sombra taciturna

Que á su nicho funerario

Un conjuro hace asomar,

Á las brechas angulares

De su torre de Comares

En la lobreguez nocturna

Tal vez asoma Al-hamar.

Apoyado en una almena

De la gigantesca torre,

Del río que á sus pies corre

Oye distraído el són,

Y contempla en los espacios,

Que la espesa sombra llena,

De su corte y sus palacios

El fantástico montón.

Pertinaz á veces mira

Del fresco valle á la hondura,

Sombra, espacio y espesura

Anhelando penetrar:

Muévese allí el aura mansa

No más: de mirar se cansa,

Y el rostro vuelve y suspira

Melancólico Al-hamar.

¡Cuántas veces en la almena

Le sorprende la mañana,

Y al afán que le enajena

Treguas da su resplandor:

Y sin dar un hora al sueño,

De Granada vuelve el dueño

De sí á echar lo que le afana,

De sí mismo vencedor!

Mas ¿quién lee sobre su frente

El oculto pensamiento

Que tras ella turbulento

Lleva el alma de él en pos?

Sólo Aquél que da igualmente

Las venturas y los males,

Y las dichas terrenales

Con el duelo acota.--Dios.

Dios, que tierra y mar divide,

La eternidad sonda y mide,

Del espacio sabe el límite

Y del mundo ve el confín.

Dios, cuya grandeza canto,

Y con cuyo nombre santo

Al LIBRO DE LOS ALCÁZARES

Reverente pongo fin.

Libro de los espíritus.

RECUERDOS

¿Qué flor no se marchita?

¿Cuál es el fuerte roble

Que el huracán no troncha

Ó el tiempo no carcome?

¿Qué dicha no se acaba?

¿Qué hora veloz no corre?

¿Qué estrella no se eclipsa?

¿Qué sol nunca se pone?

¿Adónde está el alcázar

En cuyas altas torres

La tempestad no ruge

Cuando el nublado rompe?

¿Quién es el que ha cruzado

El piélago salobre

Sin que su nave un punto

La tempestad azote?

¿Quién fué por el desierto

Pisando siempre flores?

¿Ni quién pasó la vida

Sin duelos ni pasiones?

¿Ni quién es el que en calma

Durmió todas las noches

Sin que el pesar un punto

Tenido le haya insomne?

Ninguno. El rey altivo,

Como el esclavo pobre,

Al reclinar cansados

Su frente por la noche.

Ya en mendigada paja,

Ya en ricos almohadones,

Perciben que un gusano

El corazón les röe.

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1 · 第 2 / 8 段