Pienso que de mi fe duda no deja

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)

han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

GRANADA

GRANADA

POEMA ORIENTAL

PRECEDIDO DE LA

LEYENDA DE AL-HAMAR

POR

DON JOSÉ ZORRILLA

TOMO PRIMERO

NUEVA EDICIÓN

MADRID

IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DE LOS HUÉRFANOS

Juan Bravo, 5.--_Teléfono 2.198_.

1895

[Ilustración]

Más de cuarenta años hace que salió á luz este POEMA; y aun cuando

su numerosa edición fué bien pronto agotada por el público, no ha

vuelto á imprimirse. Vicisitudes de la vida del autor y vicisitudes

del POEMA mismo, cuyo tercer tomo se anunciaba constantemente aunque

nunca llegara á escribirse, fueron causa de que la obra más extensa de

Zorrilla, y en que él cifraba mayor empeño, sea hoy un libro raro, casi

desconocido de la generación actual.

La viuda del gran poeta deseó reimprimir los bellísimos versos del

GRANADA, en memoria de su amante esposo y como legado que él dejó para

auxilio de una numerosa familia; pero su intento hubiera sido estéril

sin el noble concurso de que la propia interesada da razón más adelante.

Esta obra, pues, no sale nuevamente al público para pedir lauros nuevos

á la crítica, sino para propagar su lectura entre los que sólo conocen

de ella que el peregrino ingenio á quien se debe lleva por sobrenombre

EL CANTOR DE GRANADA.

[Ilustración]

CARTA

AL

EXCMO. SR. D. JOSÉ MARTÍNEZ DE RODA

SENADOR POR LA PROVINCIA DE GRANADA

Madrid 1.° de Junio de 1894.

MI DISTINGUIDO SEÑOR Y AMIGO: No sé cómo manifestar á Ud. mi

agradecimiento por el favor que me hace publicando el POEMA de mi

difunto esposo. Demuestra Ud. con ello ser digno hijo de la hermosa

comarca que él cantó, á la vez que consecuente con la amistad que

Zorrilla le tuvo, y de la cual dejó prueba consignando sus últimos

versos en el Álbum de la Ilustre Señora á quien Ud. ha dado su nombre.

Gracias, pues, de mi parte, así como de las hijas adoptivas del poeta,

favorecidas todas por su generosidad; y aun cuando me consta que Ud.

deseaba ser nuestro protector anónimo, yo creo de rigurosa justicia

hacer pública esta carta en las primeras páginas del libro, como

muestra de un reconocimiento que conservará siempre vivo en su corazón

la que hoy se le ofrece amiga y servidora, q. b. s. m.,

_Juana Pacheco_,

_Viuda de Zorrilla_.

Este Poema es propiedad de la viuda de Zorrilla, sin cuyo

consentimiento no podrá reimprimirse, ni en todo ni en parte.

Queda hecho el depósito que previene la ley.

[Ilustración]

JUICIO ANTICIPADO DE ZORRILLA

SOBRE SU OBRA

Había pensado (escribe) anteponer á mi poema un académico y razonado

discurso en forma de prólogo, obra desde luego de algún amigo mío,

persona de alta reputación literaria y de grande autoridad, para que

le sirviese de escudo y protección y previniera en su favor la opinión

pública, manifestando abiertamente la parcialidad de la suya; pero he

desistido de semejante pensamiento, porque he reflexionado que, si

el poema fuere bueno, no necesitará de protección; y si fuere malo,

no bastarán para protegerle todas las autoridades reconocidas de la

Cristiandad y del islamismo.

El que crea, sin embargo, que con él pretendo realizar la novena

maravilla (dado que el Escorial sea la octava), y asombrar al mundo

con un poema épico, está en un error, y me honra mucho suponiéndome

tan sobrado de alientos. Mi obra, á la cual notará el discreto que

llamo POEMA ORIENTAL, no es más que una enorme leyenda, en la cual otro

ingenio más competente hallará reunidos los materiales necesarios para

construir el clásico edificio de la magnífica epopeya encerrada en la

época de la conquista de Granada. Avergonzado al ver que extranjeros

autores han llamado antes que nosotros á las puertas de la Alhambra,

ya con el grosero aldabón de la novela descabellada é insulsa, como

Florián, ya con el martillo de la juiciosa y galana historia, como

Washington Irving, heme arrojado á abrir el cancel de su misterioso

alcázar al genio feliz á quien sea dado apoderarse de su encantado

recinto.

Tales son, y no otras, las limitadas pretensiones de mi POEMA.

[Ilustración]

FANTASÍA

Bruselas, 21 de Febrero de 1852.

AL SEÑOR

DON BARTOLOMÉ MURIEL

EN PRENDA DE AMISTAD

Fantasía

I

¿Imaginas que son, Muriel amigo,

Barreras para mí tiempo y distancia?

¿Piensas que porque Flandes me da abrigo,

Mientras tú habitas en la inquieta Francia,

Mi voz no puede platicar contigo,

Mi pie no puede visitar tu estancia?

¡Error! Por ti los imposibles puedo,

Y aunque de Francia parto en Francia quedo.

¿No sabes que el poder de los poetas

Es inmenso, Muriel: que cuanto tocan

Hechizan con su magia: que, sujetas

Á su poder, las almas se convocan

Á oirles: que con prácticas secretas

Hablan con el ausente, al muerto evocan,

Reedifican de un soplo las ciudades

Y hacen retroceder á las edades?

¿Sus órdenes no sabes que obedecen

Ejércitos de genios que á millares

Amigos por doquier les favorecen,

Haciéndoles los montes y los mares

Transponer: que doquiera se aparecen

Sin respetar ni tiempos ni lugares:

Para quienes no hay diques, ni barreras,

Policías, aduanas, ni fronteras?

¡Mísero amigo mío! ese medroso

Són que á los pies de tu callado lecho

Percibes con pavor, que tu reposo

Turba agitando tu apenado pecho,

No es del chisporroteo bullicioso

Que alza tu lamparilla, en el estrecho

Círculo ahogada del cubierto vaso:

Es el rumor de mi imprevisto paso.

Soy yo, que los espacios transponiendo

De mi secreta magia con el arte,

En alcázar fantástico pretendo

Tu cairelado lecho transformarte.

Soy yo, Muriel, que, ante tu faz abriendo

Su dorado cancel, voy á guiarte

Á través de una espléndida morada

Por misteriosos seres habitada.

Sí, yo soy quien asalto tu aposento.

Despierta, pues; la inspiración ahora

En mis entrañas inflamarse siento

Con fuego creador que las devora.

Incapaz de guardar mi pensamiento

El tropel de delirios que atesora,

Va á romper impetuoso sus barreras

Y á lanzar en la sombra sus quimeras.

Yo, poeta que al mundo fuí evocado

Del fondo de una abierta sepultura,

Camino de fantasmas rodeado,

Sueños de mi creencia y mi locura.

Manes que sus sepulcros han dejado

Para seguirme por la tierra obscura,

Conmigo van y con mi aliento aspiran,

Doquier me cercan y doquier me inspiran.

Sobre sus alas con errante vuelo

Los antros más recónditos visito,

De la pasada edad levanto el velo,

En sus viejos alcázares habito,

El sueño de sus héroes desvelo,

Sus caballeros á la lid concito,

Y al eco audaz de mi inspirado acento

Acuden cabalgando sobre el viento.

Á veces á la luz de las estrellas,

Por una soledad no conocida

Ni habitada jamás, sigo sus huellas

Escuchando el relato de su vida

En una lengua cuyas frases bellas

Una armonía exhalan nunca oída,

Y sin auxilio de palabra ó letra

En mi encantado corazón penetra.

En aquellas fantásticas regiones

El tesoro riquísimo se encierra

De aquellas misteriosas tradiciones

Que la historia veraz de sí destierra,

Más que de sus recónditos rincones

Tenaz la poesía desentierra,

Y que, al amparo de la fe y del arte,

Forman en su región un mundo aparte.

Allí están las tristísimas bellezas

Que lloraron incógnitos amores:

Los héroes sin prez cuyas proezas

No ensalzaron jamás los trovadores:

Armado el paladín de todas piezas,

Coronadas las vírgenes de flores,

Tendidos los de Oriente sobre chales

Ornados con moriscos almaizales.

Allí están las purísimas mujeres

Que, encerradas en santos monasterios,

Conversaron del cielo con los seres

De la virtud sondando los misterios:

Que oyeron en sus místicos placeres

De los santos Querubes los salterios

Y cuyo corazón, libre de amores,

Se espigó y se secó como las flores.

En medio de estos seres ideales,

Que no están amasados con la escoria

De que fuimos formados los mortales,

La vanidad de la mundana gloria

Despreció y halló bálsamo á los males

De nuestra frágil vida transitoria,

Tejido espeso de miserias largas,

De días de pesar y horas amargas.

Allí es donde, á la luz de las creencias

De nuestra infancia, quemo á las memorias

De nuestra hermosa patria las esencias

De la fragante poesía. Historias

Cuyo relato embarga las potencias

Son las de estas visiones ilusorias,

Compañeras alegres de mis cuitas,

De edad mejor imágenes benditas.

Espíritus que en torno de mi lecho

Velan y por mi bien se multiplican,

La pesadilla ahuyentan de mi pecho,

Mis penosos ensueños dulcifican,

Del corazón en la impureza hecho

Los malignos intentos purifican,

Y transforman el campo de mi mente

En un florido Edén resplandeciente.

Ellos en mis vigilias solitarias

Me distraen con dulcísimas memorias,

Me hechizan con sus himnos y plegarias

Y á que escriba me incitan sus historias:

Por sus regiones vago imaginarias,

Abrazo sus visiones ilusorias,

Y en otra creación, con otros seres

Paso mi vida, parto mis placeres.

Por eso elijo las nocturnas horas

Para hacer el relato de mis cuentos,

Labrando en las tinieblas incoloras

Las torres de mis locos pensamientos.

Por eso de sus sombras protectoras,

Asaltando á favor tus aposentos,

Vengo á hacerte, Muriel, la pobre ofrenda

De esta loca y fantástica leyenda.

Tú que, amigo sincero, mis pesares

Cariñoso y leal has consolado:

Tú que del infortunio en los azares

Apoyo generoso me has prestado:

Tú que con honda fe de mis cantares

El poder misterioso has invocado

Del duelo y el afán como anatema,

Escucharás benigno mi poema.

Tú, que sabes del mundo retirarte,

Sin que pueda el turbión de sus insanos

Delirios en su vértigo arrastrarte:

Que de una noble sociedad de hermanos

Has sabido en tu cámara cercarte

Para escuchar mis cuentos africanos,

Quiero que des tu nombre á la portada

De mi oriental leyenda de GRANADA.

¡Y ojalá dure la memoria mía

Cuanto duren los siglos venideros,

Y corra este papel, famoso un día,

De la tierra los ámbitos enteros:

Para que desde Norte á Mediodía

Vayan nuestros dos nombres compañeros,

Y el tuyo brille en la futura historia

Al resplandor de mi futura gloria!

Óyeme pues, Muriel, antes que vuelen

Las horas de los sueños y visiones:

Antes de que los genios se desvelen

Contrarios de mis vagas creaciones,

Y las parleras auras les revelen

El oculto poder de mis canciones:

Antes, en fin, que el Sol con rayos puros

Disipe mis poéticos conjuros.

Óyeme lejos del tumulto loco

De la revuelta sociedad, y fía

Que no nos faltará, si yo la evoco,

Para escuchar mis versos compañía.

Yo, que á mi voz animo cuanto toco,

Voy á poblar la atmósfera vacía

De multitud de espíritus atentos

Que contigo á la par oigan mis cuentos.

Al soplo de mi aliento poderoso,

Va á circundarnos y á prestarme oído

Ese mundo de sombras vagaroso

Por tus preciosos lienzos repartido.

Ese mundo fantástico en reposo

Mantenido hasta hoy, va desprendido

Del muro á hacer de mi velada parte:

Porque, ¿qué hay imposible para el arte?

Yo amo, Muriel, los lienzos y esculturas

Que tu curiosa cámara guarnecen;

Sus soñadas ó históricas figuras

Amigos de mi infancia me parecen:

De otra vida anterior memorias puras,

Recuerdos que mi sér rejuvenecen,

Genios tal vez de mi existencia guías,

Que la conducen á mejores días.

La causa ignoro, mi razón no alcanza

Por qué ha unido, Muriel, mi loca idea

Á un porvenir de luz y de bonanza

Cuanto el lugar de tu mansión rodea:

Mas cuanto en mis delirios de esperanza

Mi corazón, supersticioso, crea,

Lo veo de tus cuartos y pinturas

Ornado con los muebles y figuras.

Ellos han escuchado los primeros

De mi laüd morisco la armonía,

Y, á crëer en fanáticos agüeros,

Padrinos son de la fortuna mía.

En brazos de esas damas y guerreros

Salen mis versos á la luz del día,

Y yo de su presencia no renuncio,

Crédulo, en mi favor, al fausto anuncio.

Yo, en el campo del arte peregrino,

Doquier del arte adorador profundo,

Que presentado á ser voy imagino

En brazos de las artes en el mundo:

Y pues me trajo entre ellas mi destino

Á desplegar las hojas en que fundo

Mi esperanza á la gloria que ambiciono,

Á ilusión tan dichosa me abandono.

Murillo, Rafaël, Salvator Rosa,

Piombo, Teniers, Tiziano, Stein, Morales,

Cuyas firmas de mano vigorosa

Leo sobre esos lienzos inmortales,

Aunque, viles, no logren otra cosa,

Para mis pobres cantos orientales,

Yo de vuestra presencia los auspicios

Acepto con afán como propicios.

Y tú, dulce y amante Garcilaso,

Cortesano cantor de los pastores,

Que cuenco pastoril el áureo vaso

Hiciste do libaste tus amores:

Tú que entre miel y ámbar á tu paso

Sembraste versos que brotaron flores,

Ve si á los míos tu dulzura inspiras

Desde ese marco en que tenaz me miras.

Y vosotros, bizarros personajes,

Seres faltos de sér, á quien del caos

Para adornar sus fondos y paisajes

Sacó el genio vivífico: animaos.

Á mis cristianos himnos y salvajes

Sonatas africanas despertaos:

La poesía en las pasadas eras

Movió los montes y domó las fieras.

Vivificaos, pues, y en torno mío

Agrupaos ¡oh imágenes hermosas

Del amor, el pesar, la fe y el brío!

Venid ceñidas de fragantes rosas,

Ó devorado el corazón de hastío,

Visiones del desierto pavorosas,

Diana impura, llorosa Magdalena,

Vigorosa Judit, robada Elena.

Alba severo, incógnitos señores

De plegados vuelillos y valonas,

Apáticos flamencos fumadores,

Zagales cuyas cabras juguetonas

Pasto buscan de céspedes mejores:

Del marco desprended vuestras personas,

Formad una callada fantasía

Que auditorio idëal preste á la mía.

Revivid á mi acento, yo os conjuro,

Creaciones que estáis en el dominio

De la imaginación: congreso impuro

De dioses ya sin cielo, del triclinio

Baja á mi voz, y aunque te sea duro

Renunciar del Parnaso al patrocinio,

Ven á adorar en mis severos cantos

La gloria de otros númenes más santos.

Venid lúbrica Venus, rubia Ceres,

Diosas en otros tiempos inmortales,

Otros genios á ver y otras mujeres

Hollando vuestro altar y pedestales.

Nuevas Divinidades, nuevos seres

De prez y de virtud más celestiales,

Dan hoy á una mejor mitología

Con más íntima fe más poesía.

¡Gracias, bellas quimeras! ya os percibo;

Dejad de mis conjuros al acento

La vil materia en que creó cautivo

Vuestro ficticio sér un pensamiento.

Apréstate, Muriel: al soplo vivo

De mi fecundo é inspirado aliento,

Voy á abrir á tu atónita mirada

El recinto de la Árabe GRANADA.

II

Mas la planta ¡oh Muriel! ten un momento

Antes que huelles su frondosa vega,

Porque traidor me asalta un pensamiento.

Mal retenida entre tus labios juega

La sonrisa del que oye y, caballero,

Aunque tenaz no cree, cortés no niega.

Que extrañas ¡ay de mí! por ella infiero,

Que con sincera convicción cristiana,

Hoy en són tan veraz como severo

Mi voz resuene, cuando ayer mundana

Y de la tierra escándalo profano

El vicio y el placer cantó liviana.

¿Quieres saber, Muriel, por qué el mundano

Laüd dejando, en harpa vibradora

Las glorias de la Cruz canto cristiano?

¿Quiéres saber por qué, bebiendo ahora

Mi inspiración en el venero vivo

De nuestra Fe, mi voz consoladora

Levanto en el tumulto revulsivo

De nuestro siglo turbulento, al duelo

Del corazón buscando lenitivo?

Pues voy audaz á descorrer el velo

Que tal misterio encubre, en una historia

Que con orgullo y sin temor revelo.

Reservada y recóndita memoria

Del libro inmaterial del alma mía:

Historia sólo para mí: ilusoria,

Poética y gentil alegoría

Nada más para el mundo, á cuyo oído

Jamás imaginé que llegaría.

Aparta, pues, del límite florido

De Granada, que estás casi pisando,

Tu pie, menos feraz y entretenido

Sendero agreste tras de mí tomando,

Y avancemos, Muriel..... pero medita

Que en la región del alma vas entrando.

LAS DOS LUCES

Es la existencia golfo que se agita

Circundando islas mil, cuyo olëaje

De la _nada_ en las playas se limita.

Naves las almas son en que el pasaje

Hacemos de este golfo, cuyo centro

El punto es de partida en este viaje.

Centro es la cuna: una isla mar adentro

En la mitad del golfo colocada,

Do alma y cuerpo se salen al encuentro.

Al mar cada alma desde allí lanzada

Va de una en otra isla escala haciendo,

Hasta dar en las playas de la _nada_:

Allí en la inmensa eternidad cayendo,

Náufrago el cuerpo en la ribera espira

Al criador su nave devolviendo.

_Amor_, _deleite_, _lujo_, _ambición_, _ira_,

_Gloria_, _amistad_, _honor_, _fama_, _y orgullo_,

Islas son donde reina la mentira.

Desde ellas nos reclama con arrullo

Fascinador: de danzas y canciones

Nos envía al pasar manso murmullo:

Á ellas con falaces ilusiones

Nos atrae, y, viajeros perezosos,

Vamos haciendo escala en las pasiones.

_Fe, ciencia, religión_..... son luminosos

Faros que por las varias latitudes

Nos guían de estos mares procelosos.

«¡Voga!» nos dicen con su luz «no dudes.

¡Voga!» y, pilotos de arte y experiencia,

Vamos haciendo escala en las virtudes.

Por las pasiones va nuestra existencia

Sus riquezas gastando, y adquiriendo

Por las virtudes va nueva opulencia.

Las naves bien lastradas al tremendo

Vaivén resisten y oleaje fuerte:

Las vanas ceden al embate horrendo.

Era yo joven: mi conciencia inerte

Dormía, cuando al mundo audaz y solo

Salí fiado en la voluble suerte.

Lëal, franco, inexperto, extraño al dolo,

Creyendo en cuanto vi con fe sincera,

Mío el mundo juzgué de polo á polo.

Mi alma entonces, góndola ligera

En manos de señor joven y ansioso

De vida mundanal y placentera,

Se dejaba guiar por el undoso

Y turbulento mar de la existencia,

Ya á naufragar vecina, ya en reposo

Vogando de aura mansa á la influencia:

Al sol ardiente y á la tibia luna

Meciéndose en el mar con indolencia

Siguió siempre mi nave y mi fortuna

La dulce poesía, compañera

De mi gozo y mi afán desde la cuna:

Y con voz ora humilde, ora altanera,

Mis placeres canté, mis ilusiones

Hechicé, la ventura pasajera

De la vida fugaz en mis canciones

Celebré; y ora crédulo, ora impío,

Templé mi lira con inciertos sones.

Abordé en mi demente desvarío

Del golfo de la vida las riberas

Todas, sin otra ley que mi albedrío.

Sus islas visité más hechiceras:

_Gloria_, _amistad_, _amor_, _deleite_, oyeron

Mis insensatas cántigas primeras:

Y doquier por el golfo me aplaudieron,

Y de lauros cargáronme la frente,

Y embriagándome al fin, me embrutecieron.

Triunfé, amé, disipé, reñí insolente.

¿Qué saqué de esta vida vergonzosa?

Hastiado el corazón, seca la mente.

Mi alma, nave sin lastre, en peligrosa

Marcha me conducía abandonado

Al olëaje de la mar undosa.

Entonces recordé mi sosegada

Niñez: cuando mi madre me tenía

Sentado en sus rodillas y posada

Su mano en mi cabeza, dirigía

Mi atención al altar donde radiante

Se elevaba una imagen de MARÍA.

Y entonces recordé la voz vibrante

Del monje que en el púlpito exclamaba:

«La existencia más larga es un instante;

»Honor, gloria, poder, todo se acaba

»Con ella: sólo nuestras obras viven,

»Y ¡ay del que con sus obras no se cava

»Su tumba! Todos del Señor reciben

»Para el bien un talento, y Dios ordena

»Que el suyo todos para el bien cultiven.»

Recordé que esto oí en la edad serena

De la cándida fe, cuando la mente

Virgen recibe la impresión ajena

Que conserva indeleble eternamente.

Hasta entonces jamás mirado había

Detrás de mí: tornéme ansiosamente

El rastro á ver de la existencia mía:

¿Qué vi? la inmensidad del ocëano

Que tras de mí desierta se extendía.

La nave de mi alma un solo grano

De lastre no llevaba, ni una sola

Flor de las islas conservó mi mano.

El rumor de una ola y otra ola

No más en torno oía, y el profundo

Són de la mar que el corazón desola

Blando susurre ó muja furibundo.

¿Me comprendes, Muriel? te voy contando

La historia de mi alma: lo que al mundo

Nadie cuenta jamás: lo que llevando

Va cada cual consigo, cuidadoso

En el inquieto corazón guardando.

Lo que el hombre no dice vergonzoso,

Mas lo que á solas piensa en el momento

En que cierra su párpado al reposo.

Iba yo, pues, al olëaje lento

Del golfo de la vida en la barquilla

De mi alma vogando, el pensamiento

Tornado á mi niñez, de toda orilla

Lejos, el corazón triste y vacío

De lo pasado, viendo que la quilla

Del alma no dejaba entre el bravío

Olëaje señal, y nuevo rumbo

Dar meditando al barquichuelo mío:

Y he aquí que de las ondas al balumbo

Avanzando al azar ciego y perdido

De olas en olas y de tumbo en tumbo,

Vi una isla á lo lejos; decidido

Torné á ella mi proa y tomé suelo

En país para mí desconocido;

La _Isla de la Razón_ era, que el Cielo

Puso en mitad del viaje de la vida.

La rica nave, el débil barquichuelo

Que allí aporta sin rumbo, la perdida

Brújula cobra y desde allí dirige

Su viaje á fácil playa. Guarecida

La _Razón_ de esta isla, en ella rige

Como reina, teniendo en su ribera

Dos luces siempre ardiendo, y una elige

De las dos el que arriba, su postrera

Travesía al hacer: cada uno enciende

Su antorcha en una y, breve ó duradera,

Con esta luz su travesía emprende,

Cuerdo ó desatinado, el navegante

Que á sí no más en la elección atiende.

De saltar en su isla en el instante

«De la fe es esta luz, del siglo es esta»

Me dijo la _Razón_: y, vacilante

En la difícil elección funesta

Entre la fe y el siglo, al alma mía

Entre las luces de ambos dejó puesta.

La antorcha de la fe no despedía

Más que un rayo de luz tranquilo y puro,

Que por la limpia atmósfera subía

Recto á perderse en el azul obscuro

De la pura región, que el ojo humano

No contempló jamás fijo y seguro.

Á la _luz de la fe_ nada cercano

Sobre el haz de la tierra se alcanzaba:

Pero en la altura del zenit lejano

Veíase una estrella y se dudaba

Si la luz de la fe de ella venía,

Ó la luz de la fe se la prestaba.

Yo entre la tierra y la región del día

Este rayo común juzgué, y no en vano,

Que comunicación establecía.

Circundaba este rayo soberano

Rico enjambre de abejas luminosas

Con alas de oro, cuanto más cercano

Al resplandor su vuelo más hermosas:

Y en el centro del rayo refulgente

Labraban sus panales oficiosas.

Quemábalas al fin el foco ardiente

Y en lugar de cenizas, convirtiéndolas

En bellísimas aves, de repente

La luz del rayo místico impeliéndolas,

Tomaban vuelo hacia el zenit palomas,

Águilas, cisnes, garzas y oropéndolas;

Y abrasada su miel, suaves aromas

Exhalaba que en la aura derramándose

Embalsamaban mar, valles y lomas.

La _luz del siglo_, móvil elevándose,

Culebreaba con llamas refulgentes

De su foco en redor desparramándose,

Formando con sus llamas transparentes

Un bello árbol de luz que reflejaba

Los colores del iris esplendentes.

Bajo este árbol radiante vegetaba

Innumerable colección de flores,

En la que muchedumbre se criaba

De mariposas, ricas en colores,

Agradables en forma y movimiento,

Y en gala incomparables y en primores.

Susurro vago y apacible y lento

Con sus alas hacían y en contorno

De aquel árbol de luz giros sin cuento:

Mas al fin deslumbradas y al bochorno

Del fuego enloquecidas, acercándose

Al foco abrasador, del rico adorno

De sus puros colores despojándose,

Poco á poco en la luz se iban lanzando

Y unas tras otras en la luz quemándose;

Y un poco de humo fétido exhalando,

Polvo las mariposas se volvían,

Su sitio ante la luz á otras dejando.

_Más bellas las abejas renacían_

_En la luz de la Fe, y las mariposas_

_Polvo en la luz del siglo se volvían._

¿Quién de aquestas dos luces misteriosas

La alegoría mística no advierte?

La miel de las abejas oficiosas,

Que en aroma á su luz la fe convierte,

Son _las obras_ del hombre, que embalsaman

Su memoria triunfante de la muerte.

El polvo que de sí cuando se inflaman

Las mariposas sueltan, son _las horas_

Que en el siglo sin fruto se derraman.

Estériles así ó germinadoras

Son, sin fe, mariposas nuestras vidas

Y abejas con la fe trabajadoras;

Las almas naves á la mar partidas,

Ricas, seguras, con la fe vogando,

Con el siglo, sin lastre, sumergidas.

Todas de la _Razón_ van arribando

Á la isla: en sus luces toman fuego

Y siguen á las costas navegando.

Yo, que ha ya siete lustros que navego

Por la existencia, á la _Razón_ arribo

Y en su luz tomo de mi antorcha el fuego:

Y el escaso talento que recibo

Del Señor para el bien, constante abeja

Labrando mi panal, con fe cultivo.

Pienso que de mi fe duda no deja

En ningún corazón mi alegoría,

Pues mi alma en sus luces se refleja.

¿Qué es un poeta? Un ave en la sombría

Selva del mundo por su Dios lanzada

Para llenar sus senos de armonía:

Mas no para gorjear desatinada

Día y noche, la selva ensordeciendo,

Malgastando la voz que le fué dada

Para elevarla audaz sobre el estruendo

Mundanal, y con fe consoladora

La gloria de su Dios enalteciendo.

No al poeta se dió la voz sonora

Como engañosa voz á la sirena,

Ni como al cocodrilo voz traidora;

La del poeta el ánimo serena

Del hombre por la tierra peregrino:

Dulce y divina voz que le enajena,

La patria celestial de donde vino

Recordándole siempre y aliviando

La fatiga mortal de su camino.

¡Ay del poeta que, sin fe cantando,

Sólo murmullo efímero levanta

Como el agua y el aire susurrando!

¡Ay del poeta que su fe no canta

Y la gloria del pueblo en que ha nacido,

Enronqueciendo en vano su garganta!

¡Mariposa y no abeja!--Tal ha sido

La causa que, tenaz, de esta obra mía

En el asiduo afán me ha sostenido.

Cambia con mi _razón_ mi poesía,

Y á _la luz de la fe_ recapacito

Que he sido mariposa hasta este día.

Ha siete lustros que la tierra habito,

Ave insensata que en la selva trina

Con inútil gorjear, y necesito

Utilizar la inspiración divina

Que al poeta da Dios, el sacrosanto

Sino cumpliendo á que mi sér destina.

Y he aquí por qué cuando hoy mi voz levanto,

_Cristiano y Español, con fe y sin miedo,_

_Canto mi religión, mi patria canto_.

Con mi destino cumplo como puedo;

Y si sucumbo por llenarle, en suma,

Con Dios en paz y con mi patria quedo.

Ahora, Muriel, en alas de mi pluma

Volvamos al dintel de mi poema;

(Puesto que es fuerza que de tal presuma.)

En tanto, pues, que en la jornada extrema

Tocamos, ven conmigo hacia GRANADA,

Regio florón de la oriental diadema.

Ven de mi narración la no trillada

Senda siguiendo: al arabesco estilo

La encontrarás de flores alfombrada.

No es un camino real tirado al hilo

Derecho y espacioso, mas conduce

Por medio de un vergel al regio asilo

Del alcázar Muslim, y se introduce

Antes por bib-arrambla do las flores

Verás más bellas que el Genil produce.

Fátima la Zegrí, _perla_ de amores,

Cual su nombre lo dice: la Azafía

_Cándida_ como el suyo: la en albores

Extremada Jarifa: _albor del día_,

La dicha así por su beldad, Zoraya:

Zaida, que fuego en el mirar tenía:

La _espejo_ de constantes Almeraya:

Zelinda, la orgullosa Alpujarreña:

Borina, prez de la murciana playa:

Zora, la voluptuosa Malagueña:

Zobeika, la rival de Sarracina:

Lindaraja, la ardiente Zahareña,

Y cuantas tuvo, de beldad divina

Prodigios humanados, nobles moras

La conquistada corte Granadina.

Hallarás en mi libro encantadoras

Leyendas, orientales fantasías,

Que más dulces tal vez te harán las horas,

En rimas pobres, pues al fin son mías,

Pero halagüeñas para aquel que aprecia

La Hispana gloria y los pasados días.

No encontrarás los númenes de Grecia

Invocados en él: genios distintos

Asisten á mis héroes en su recia

Caballeresca lid; bajo sus plintos

Los templos de la Cruz no dan ya paso

Á Venus ni á Plutón, ni en los recintos

De la Alhambra jamás trotó el Pegaso:

Que el rayo vivo de la Fe Cristiana

Cegó á las Musas y quemó el Parnaso.

Hallarás en mi libro, á la Africana

Usanza, algo excesiva galanura,

Pues fiel la lira con la acción se hermana

Y el tono que la da seguir procura:

Mas no el poema juzgues de la vaga

LEYENDA DE AL-HAMAR por la lectura.

Su narración fantástica divaga

Enfática y difusa á cada punto

Por su argumento celestial, que halaga

Tal vez, mas tal vez cansa; su conjunto

Ni en forma, ni en estilo da en efecto

De mi poema idea, aunque su asunto

Se encuentra al del poema tan afecto

Que, á faltar la leyenda, desmembrada

Su acción parecería é imperfecto

Su plan, como palacio sin portada.

Tal es mi obra.--Ahora penetremos,

Muriel, en el recinto de GRANADA.

¡Y ojalá que á sus términos extremos,

Como á risueño fin de alegre viaje,

Al compás de mi cántico lleguemos!

¡Y plegue á Dios que el bárbaro ropaje

De mi cuento Muslim vuelva con pompa

Manto imperial el albornoz salvaje!

¡Y plegué á Dios que, cuando el canto rompa,

Se me torne el laüd que me acompaña

La de homérico són épica trompa,

Que el eco lleve de mi voz á España!

III

INSPIRACIÓN

¡Cristiana inspiración, hija del cielo,

Que diste sér á mi canción primera,

De mi existencia en el placer y el duelo

Guía siempre lëal y compañera!

Tú que, al vestirme mi mortuorio velo,

Dirás conmigo mi oración postrera:

Tú que abrirás con el sepulcro al alma

De la tranquila eternidad la calma:

Tú que, al soplo de un aura perfumada,

Con mi espíritu errante has recorrido

los desiertos del África abrasada,

Pensil de palmas, de serpientes nido:

Y los cármenes frescos de Granada,

Edén para los Árabes perdido:

Y los talleres de Albión obscura:

Y de París la bacanal impura:

Tú que, perenne, con materna mano

Conservaste en mi alma por doquiera

De la Esperanza el incorrupto arcano

Y de la Fe la inextinguible hoguera:

Tú que, al cruzar el arenal mundano,

Has templado mi sed rabiosa y fiera

Aplicando á mis labios la ambrosía

Del cáliz de la dulce poesía;

No me abandones hoy que necesito

Purificar y esclarecer mi idëa,

Al fuego santo del fanal bendito

Do inflamó Dios tu inextinguible tea.

Hoy que anhelo una voz de eco infinito,

Que más que de mortal robusta sea,

Para enviar á la tierra en que vi el día

En alas de un cantar el alma mía.

¡Inspiración católica, más fuerte

Que los tres elementos destructores

De la envidia, del tiempo y de la muerte!

Ciñe mi sien y mi laüd de flores:

Mágico encanto en mis palabras vierte

Y, en brazos de los vientos voladores,

Del turbio Sena al pobre Manzanares

Lleva mi corazón en mis cantares.

Vuela y á España di que todavía

Sin ira y sin pavor mi voz resuena

Sobre el festín de la centuria impía,

Que á sus míseros hijos envenena

Brindándoles las copas de su orgía,

Que la revolución con sangre llena:

Dila que hasta que espire en mi garganta

Celebrará su gloria y su fe santa.

LEYENDA

DE

MUHAMAD AL-HAMAR EL NAZARITA

REY DE GRANADA

DIVIDIDA EN CINCO LIBROS

Libro de los Sueños.

INTRODUCCIÓN

En el nombre de Aláh clemente y sumo

Que da sombra á la noche, luz al día,

Voz á las aves y á las hierbas zumo:

Cuya suprema voluntad podría

Tornar de un soplo el universo en humo,

Y que atesora en mí su poesía,

Escrita os doy para su eterna gloria

Del príncipe Al-hamar la regia historia.

Bálsamo que disipa la amargura,

Luz del pesar sombrío ahuyentadora,

Es su sabrosa y celestial lectura

Risueña como fuente saltadora,

Grata como del campo la verdura,

Bella como la grana de la aurora,

Tierna cual de la tórtola las quejas,

Dulce como el panal de las abejas.

Destila de sus versos ambrosía

Su dulce narración maravillosa:

Exhala su fecunda poesía,

Grato como la esencia de la rosa,

Mágico són de incógnita armonía;

Y cual lluvia de Abril, que lenta posa

Sus gotas en la flor, vierte en el alma

Su amena relación plácida calma.

Encierra sus conceptos peregrinos

Misteriosa virtud y fuerza varia:

Aplacan el rigor de los destinos

Elevados á Aláh como plegaria:

Regalan á quien lee sueños divinos

Leídos en la alcoba solitaria,

Cuya influencia y compañía amiga

Calman del cuerpo la mortal fatiga.

No hay sér bajo el imperio de la luna

Que su lección sagrada no comprenda,

Ni Aláh produjo criatura alguna

Que no sienta placer con su leyenda.

El pez á quien abriga la laguna,

El ave que del árbol hace tienda,

La fiera que entre rocas se sepulta,

El reptil que en los céspedes se oculta:

Y en su colmena el zumbador insecto,

Y en su corteza el röedor gusano,

Y el árbol recio en su vigor perfecto,

Y el aire inquieto en su vagar liviano,

Y el sordo incendio en su humear infecto,

Y en su ciego furor el ocëano,

Prestan oído respetuoso y grato

Al armónico són de su relato.

Esculpido en las hojas de sus flores

Se guarda en el Edén por altos fines:

Y los justos en él habitadores,

Los ángeles que velan sus confines,

Las hurís que alimentan sus amores

Y los genios que pueblan sus jardines,

Gozan en descifrar sus caracteres

En la paz de sus místicos placeres.

Tal es la historia peregrina y bella

Que os doy en estas hojas extendida,

Para que el pasto y el deleite de ella

Os alivien las penas de la vida:

Pues la luz que en sus páginas destella

Despierta el alma á la virtud dormida,

Y eleva el corazón y el pensamiento

Á la pura región del firmamento.

Y aunque en idioma terrenal y humano

Para la humana comprensión la escribo,

De espíritu más alto y soberano

Su luminosa inspiración recibo.

Guía mi corazón, guía mi mano

Sér á quien dentro de mi sér percibo,

Y el genio ardiente que en mi pecho habita

La palabra me da que os doy escrita.

Leedla, pues; y el ámbar que perfuma

Del Paraíso la mansión divina,

Y el resplandor que de la esencia suma

Derramando los mundos ilumina,

Y el rumor que levantan con su pluma

Las alas de Gabriel cuando camina,

Embalsame y alumbre y dé contento

Á cuantos lean el divino cuento.

Nació Al-hamar y sonrió el destino

Contemplándole amigo: la fortuna,

Fijando un punto su inconstancia, vino

Amorosa á mecer su blanda cuna:

Y, el curso de su carro diamantino

Parando en el zenit, la casta luna

Tendió desde él con maternal cariño

Tierna mirada sobre el regio niño.

Del ángel que custodia su persona

Bajo las alas de perfume llenas,

Dió sus primeros pasos en Arjona

Sobre el tapiz fragante de azucenas

Que dan al pueblo natural corona,

Sus vegas en redor ciñendo amenas:

Y sin dolencia corporal alguna

Llegó á la juventud desde la cuna.

Ánimo noble y continente bello,

Porque inspirara afecto y simpatía,

Dióle el Señor. Espléndido destello

Puso en sus ojos de la luz del día:

La gracia de el del cisne dió á su cuello

Dió á su voz de las auras la armonía:

Dió á su talle lo esbelto de la palma,

Y el temple de los genios á su alma.

Dió el carmín de la aurora y de la nieve

La limpieza á su tez; dió á su cintura

La grave majestad con que se mueve

El león, y del corzo la soltura:

Del sabio á su palabra dió lo breve,

La paz del niño á su sonrisa pura,

Y al corazón sin miedo y sin codicia

La fe, la lealtad y la justicia.

Diestro en la lid, en el consejo sabio,

Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia,

Modesto en la victoria, en el agravio

Perdonador y sobrio en la opulencia:

En la mano la dádiva, en el labio

El consuelo y la paz, de la violencia

Castigador, y hermoso en la persona,

Nació digno Al-hamar de la corona.

Chispa encendida de la fe en la hoguera

Su estrella fué. Su celestial influjo

En el erial de la vital carrera

Por luminosa senda le condujo.

La ventura tras él fué por doquiera,

Su presencia doquier el bien produjo;

Amigos y enemigos le admiraron

Y la historia y el tiempo le afamaron.

Luchas civiles de la gente mora

Le llamaron urgentes á la guerra,

Y lidió con honor desde la aurora

Hasta que en sombra se sumió la tierra.

Llevó al fin su bandera vencedora

Del verde valle á la nevada sierra:

Y de un día de Abril en la alborada

Aclamado por rey entró en Granada.

Pequeña población recién tendida

En el seno amenísimo de un valle,

Por donde Darro en sonorosa huída

Abre á sus hondas perfumada calle,

Era entonces Granada, y parecida

Á africana gentil de suelto talle,

Que fatigada en calurosa siesta

Á la sombra durmióse en la floresta.

Y cuando digo población pequeña

Á la de hoy la imagino comparada:

Pues no era entonces cual después fué dueña

De dilatados términos Granada.

Bella ciudad de situación risueña

Y de bizarros Árabes poblada,

Era ciudad no grande, no opulenta,

Mas ya por su valor tenida en cuenta.

Á una orilla del Darro que mojaba

De sus labradas puertas los umbrales,

(Por bajo de la _cádima alcazaba_

Ceñida de murallas colosales)

Un barrio se extendía que habitaba

Raza de los egipcios arenales

Oriunda: gente audaz, de miedo ajena,

De negros ojos y de tez morena.

Tribu, como nacida en el desierto,

En sus gustos voluble y pareceres,

De este jardín á su escasez abierto

Doblemente apegada á los placeres.

Sus blancas azoteas eran huerto

Cuidado con afán por sus mujeres,

Y sombreaban sus altos miradores

Toldos fragantes de enredadas flores.

Gozaban de sabrosos alimentos,

Ocio oriental y cómodo vestido;

Cercaban sus alegres aposentos

Blandos cojines de sutil tejido:

Revestía sus limpios pavimentos

Mármol de Macäel blanco y pulido,

Los muros preciosísimo estucado

Y el friso trabajoso alicatado.

Sostenían los ricos arquitrabes

De sus claros moriscos corredores

Columnas ligerísimas. Sus naves

Adornaban arábigas labores,

Sutiles cual la pluma de las aves,

Tan brillantes como ella en sus colores;

Frutales desde el huerto á las ventanas

Alargando limones y manzanas.

Sus patios, que en albercas espaciosas

Reciben unas aguas cristalinas

Al cuerpo gratas y al beber sabrosas,

Pilas eran de baño alabastrinas,

Sembrado el borde de arrayán y rosas,

Donde las bellas moras granadinas

El seco ardor de la mitad del año

Ahuyentaban de sí con fresco baño.

Y en las serenas noches del estío,

Á la luz misteriosa de la luna,

Al són del agua del plateado río,

Y al compás de una cántiga moruna

(Dulce recuerdo del país natío

Que no se olvida en la mejor fortuna),

Sentábanse á danzar en la ribera

La alegre _Zambra_, y la _Jeíz_ ligera.

Tal fué la tribu y las mansiones tales

Que á una margen del Darro se extendían,

Mirándose en sus líquidos cristales

Á cuyo són los dueños se adormían:

Y tan gratas sus casas orientales

Eran, tal el contento en que vivían,

Que con justicia los que en él moraron

El _barrio del deleite_ le llamaron.

La otra ribera del sonante río

Era una verde y desigual colina,

Cuya enramada falda daba umbrío

Y ancho tapiz al agua cristalina,

Y cuyo lomo, seco en el estío,

Fundamento á una torre casi en ruina,

Que sirviendo á dos términos de raya

Era alminar á un tiempo y atalaya.

Domínase en la cumbre de esta altura

La extensión de la vega granadina,

Rica alfombra de flores y verdura

Que tendió ante sus plantas la divina

Mano de Aláh: tesoro de frescura,

Manantial de salud y peregrina

Mansión de toda dicha, cuyas suaves

Auras encantan con su voz las aves.

Ven desde allí los ojos embebidos

Cien alegres y blancos lugarejos,

Que de palomas asemejan nidos

Entre las verdes huertas á lo lejos;

Y montes cien que, por el sol heridos,

Descomponen su luz con mil reflejos

Que lanza el agua y el metal que encierra

Pródiga madre su fecunda tierra.

Allí anidan al par todas las aves

Y se abren á la par todas las flores:

Con la rápida alondra águilas graves,

Con la murta el clavel de cien colores;

Se respiran allí cuantos las naves

De oriente traen balsámicos olores,

Y allí da el cielo deliciosas frutas,

Y encierran minas las silvestres grutas.

Allí, bajo aquel cielo transparente

Donde vieron su Edén los Africanos,

Hállase aún en ideal viviente

La mujer de contornos sobrehumanos,

De ojos de luz y corazón ardiente,

De enano pie y anacaradas manos,

Cuya generación guardarán solas

Las árabes provincias españolas.

Moran allí esas célicas huríes,

Que pintan las muslímicas leyendas

Reclinadas en frescos alhamíes,

Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas;

Cuyos labios de rosas y alelíes

Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas,

Palabras que embelesan los oídos

Y besos que adormecen los sentidos.

Aquellas celestiales hermosuras

Que coloca el Korán en su divina

Fantástica mansión de las venturas,

Cuya mirada el iris ilumina,

Cuyo aliento desparce esencias puras,

Cuyo seno y espalda alabastrina,

Velando mal sus mágicos hechizos,

Negros circundan y flotantes rizos.

Vense del cerro aquel gigantes cimas

Que eternas cubren seculares nieves,

Donde por grietas mil sus hondas simas

Ríos destilan en arroyos breves:

Y allí, cosechas para dar opimas,

Refréscanse al pasar las auras leves,

Que bajan luego á fecundar la vega

De las fuentes al par con que se riega.

Vese también por el siniestro lado

El valle de Genil, cuyos raudales

Bañan la verde amenidad de un prado

Cubierto de avellanos y nopales.

Gózase allí de un aire perfumado

Con el subido olor de los frutales,

Del cantueso, tomillo y mejorana,

Que el aura mueve al revolar liviana.

Y entre este barrio de delicias lleno

Y esta florida y desigual colina,

Se extiende el valle cuyo fértil seno

Fecunda el Darro que por él camina:

Y es el lugar más grato y más ameno,

La situación más bella y peregrina

De cuantos ríos fertiliza y baña

En la extensión de nuestra rica España.

Aquí, pues, á la margen de este río,

En la aromada falda de esta altura,

En una noche límpida de estío,

Y al són del agua que á sus pies murmura,

Arrobado en extraño desvarío

La alameda cruzaba á la ventura

Al-hamar, que en paseo misterioso

Olvidaba las horas del reposo.

Único sér con movimiento y vida

En la nocturna soledad errando,

Sin que la tierra por su pie oprimida

Crujir se oyera con el césped blando

De que la tierra inculta está mullida,

Algún insomne le juzgó temblando

Alma que torna á visitar la huesa

Del cuerpo en cuya cárcel vivió presa.

Flotaba suelto el alquicel nevado,

Blanqueaba del turbante el albo lino,

Y relucía en piedras engastado

El puño del alfanje damasquino:

Y este blanquear y relucir callado,

Á intervalos oculto del camino

Entre los troncos que al pasar cruzaba,

Faz de visión á su persona daba.

Y tal avanza silenciosa y lenta

Del solitario valle en la espesura,

Y al verla calla el ruiseñor que cuenta

Sus amores al aura, y á la hondura

Del río se desliza soñolienta

La culebra enroscada en la verdura,

Y el vuelo tiende á la contraria orilla

Espantada la tímida abubilla.

En tanto el noble príncipe, sumido

En el mar de sus propios pensamientos,

Ni atiende al ave que ahuyentó del nido,

Ni al reptil que saltó, ni á los acentos

Que el ruiseñor ahogó: y embebecido

Continúa avanzando á pasos lentos,

Hasta perderse en la arboleda obscura

Que se espesa del valle en la angostura.

Formaba esta recóndita arboleda

Un extendido bosque de avellanos,

Guardador de una espesa moraleda

Donde sus utilísimos gusanos

Daban por fruto delicada seda,

Que labrada después por diestras manos

Iba en preciosas telas y tejidos

Á todos los mercados conocidos.

Brotaba una sonora fuentecilla

En medio de esta fértil enramada,

Vertiendo sus cristales por la orilla

De tilos aromáticos orlada.

Hallábase en redor, con maravilla

De los ojos, la tierra cultivada,

Y (obra admirable de cuidosas manos)

Hechos jardín los céspedes villanos.

Corría allí suavísimo el ambiente

Cargado con la esencia de mil flores,

Y al respirarle huían de la mente

Los pensamientos tristes, sinsabores

Y duelos ahuyentando; y la corriente

Del manantial remedio á los dolores

Era del cuerpo débil, cuyos males

Cedían al beber de sus raudales.

Lugar divino en la región humana

Colocado era aquél: retiro augusto

De algún Genio de estirpe soberana

Que el sacro Edén abandonó por gusto:

Destierro acaso de una hurí que vana

Apreció su beldad más que fué justo:

Cita acaso de un Silfo en sus amores:

Lecho tal vez del Ángel de las flores.

Allí á Al-hamar inspiración secreta

Á hallar condujo solitario asilo,

Y allí, al mirarse en soledad completa,

Irguió la frente y respiró tranquilo:

Y á la sombra y al són que esparce inquieta

La extensa copa de oloroso tilo,

Sentóse alzando la real mirada

Al cielo azul de su gentil Granada.

Y allí á sus hondos sentimientos dando

Pábulo y campo en la mansión del pecho,

Con la influencia del lugar hallando

Á ellos el corazón menos estrecho,

Poco á poco la espalda reclinando

Fué de la hierba en el mullido lecho,

Y poco á poco deleitosa calma

Le aquietó el corazón, le arrobó el alma.

El canto de las aves anidadas

En el ramaje fresco, el campesino

Aroma de las hojas, oreadas

Con manso són por el errante y fino

Aliento de las brisas perfumadas,

Y el suave arrullo del raudal vecino,

Daban al sitio en que Al-hamar yacía

Célica paz y mágica armonía.

Ansiaba el rey grandeza venidera,

Gloria, poder, celebridad futura:

Ansiaba que su corte la primera

Fuése en valor, en lustre y en cultura:

Ansiaba darla fama duradera

Con prodigios de rica arquitectura:

Mas veía al par escaso su tesoro

Para hacer realidad sus sueños de oro.

Gozaba su exaltada fantasía

Con la bella ilusión de sus intentos:

Sus soberbios alcázares veía

Llenar la tierra y dominar los vientos:

Admiraba la gala y simetría

Que daba á sus labrados aposentos,

Y en sus doradas letras africanas

Leía ya las suras musulmanas.

Pensaba en las mil torres de los muros

Que á su noble ciudad dieran confines,

Fuerza rëal y límites seguros:

Pensaba en la extensión de sus jardines,

Asilos del deleite, y en los puros

Baños, y en los ocultos camarines

Del voluptuoso Harén de las mujeres,

Santuario del amor y los placeres.

Y embebecido en pensamientos tales,

Y embriagado tal vez con la esperanza

De hacer un día sus proyectos reales,

Si la fortuna amiga en la balanza

Su ambición y poder ponía iguales

Guiando el porvenir siempre en bonanza,

No percibió el dulcísimo beleño

Que iba en sus miembros derramando el sueño.

Poco á poco sus párpados cedieron

Á lenta pesadez, y sus pupilas

La claridad y la visión perdieron;

De los árboles mil las verdes filas,

De las aves y fuentes se le fueron

Borrando las imágenes tranquilas:

Y su imaginación quedando en calma,

De la vigilia al sueño pasó el alma.

Dos veces intentó los ojos vagos

Echar en rededor y á los sonidos

Atender, para alzarse haciendo amagos;

Pero cedieron otra vez rendidos

Sus párpados y miembros: anchos lagos

De sombra cada vez más extendidos

Envolvieron su inquieta fantasía,

Y un instante después... el rey dormía.

En calma universal, en paz completa

Quedó el frondoso valle, y la vecina

Corriente del arroyo y la aura inquieta

Le arrullaron con suave y campesina

Música.--Y en tal cláusula el poeta

Interrumpe su historia peregrina,

De agua y aire los sones halagüeños

Poniendo fin al LIBRO DE LOS SUEÑOS.

Libro de las Perlas.

En el sagrado nombre del que en el orbe impera

Oculto del espacio tras la cortina azul,

Que arregla de los astros la incógnita carrera,

Señor de las tinieblas, origen de la luz,

Del LIBRO DE LAS PERLAS comienzo la escritura

En verso claro y fácil á comprensión común.

Leed; ¡y plegue al cielo que os sea su lectura

Raudal de fe sincera, venero de salud!

¡Oh genios invisibles, que erráis en las tinieblas

En grupos impalpables, sobre alas sin color!

Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas,

Que amigos de las sombras aborrecéis al sol:

Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos

Que pueblan el espacio con misterioso són,

Y comprendéis los cantos, murmullos y gemidos,

Con que susurra el árbol y canta el ruiseñor:

Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo

Los áureos miradores del desvelado rey,

Llenáis de miedos vagos sus horas de desvelo

Con los siniestros ruidos que á su cristal hacéis;

Vosotros, que á la reja del camarín estrecho

Do la cautiva sueña con su perdido bien,

Con vuestro aliento puro enviáis hasta su lecho

Mil bellas ilusiones de amor y de placer:

Vosotros, favoritos del genio y la armonía,

Que á par de las abejas saltáis de flor en flor,

La gota estremeciendo titiladora y fría

Con que el rocío baña su virginal botón:

De vuestra poesía verted en mí el tesoro:

Lo armónico prestadme de vuestra vaga voz,

Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro

Las cláusulas que dignas de mi relato son.

Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo

En la divina empresa que audaz acometí.

¡Oh genios de la noche! divinizad mi canto,

Y EL LIBRO DE LAS PERLAS guiad hasta su fin.

Guiad en él mi pluma,

Iluminad mi mente,

Y á la belleza suma

De asunto tan gentil

Haced que el pensamiento

Se eleve noblemente,

Y llegue al firmamento

Mi acento varonil.

Yo trazo aquí el relato

De tan divina historia,

Yo pinto aquí el retrato

De tan divino sér,

Que la palabra humana,

Ni la mortal memoria

Querrán con ansia vana

Contar y comprender.

Mi historia es tanto bella

Cuanto la lumbre vaga

De solitaria estrella

En recio temporal:

Cual la canción doliente

Que caprichosa maga

Murmura de una fuente

Bajo el fugaz cristal.

No hay lengua que la cuente

Ni mano que la trace.

El cuadro en vuestra mente

Fingid más ideal,

El tono que á vuestra alma

Más predilecto place

Dadle, y la luz, la calma

Que falta al mundo real.

Encima figuraos

De secular colina,

Cuando el nocturno caos

Platea el resplandor

De la modesta luna,

Que, amante, sin fortuna,

Eterna peregrina

Del sol tras el amor.

Fingíos una extensa

Riquísima llanura

Cubierta de verdura,

Y de caprichos mil

Llenadla: figuráosla

En la estación viciosa

Que abrir hace á la rosa

Su pétalo gentil.

El céfiro de aromas

Cargado nos orea

La faz: brotan las lomas

Con juvenil vigor

Mil hierbas, con que el viento

Inquieto juguetea

Con manso movimiento

Y lánguido rumor.

Fingíos una vega,

Que parte en cien pedazos

De un río que la riega

El líquido cristal,

Que caprichoso extiende

Los transparentes brazos

Doquier que el cauce tiende

Su lecho desigual:

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1 · 第 1 / 8 段