Este poeta lleva á veces tan lejos su atrevimiento, que no sólo lo

manifiesta en el desarrollo del plan de sus obras dramáticas, sino que

va tan lejos, que al parecer se burla de la poesía, del público y hasta

de sí mismo. Distinguíase, como pocos, por la facilidad de sus

invenciones ingeniosas y originales; y en algunas de sus obras, siempre

calculando su efecto con la mayor habilidad, hace gala de esa prenda

poco común, desde el principio de la acción hasta su término. Pero no es

raro tampoco que, cuando desarrolla un plan dramático, con su acción

dirigida á un fin determinado, se le antoja de repente abandonarlo y

destruir por completo con sus manos lo mismo que había edificado.

Burlando burlando desgarra él mismo su obra; se deplora que así lo haga,

pero con un pincel poético, que se asemeja á una varita mágica, evoca en

un instante á nuestra vista un nuevo edificio más bello que el anterior;

nos arrebata en sus escenas, más seductoras la una que la otra, y de

placer en placer y de sorpresa en sorpresa, nos obliga, contra nuestra

voluntad, en vez de irritarnos contra él, á agradecerle el goce que nos

proporciona. La verosimilitud, por tanto, no le preocupa, por regla

general, y hasta se mofa de ella, ofreciéndonos escenas inesperadas que

forja á su capricho, y levantando en los aires, como extrañas

combinaciones de nubes, las creaciones más singulares; pero exorna lo

que inventa con una luz tan brillante y tan agradable; son tan

sorprendentes y tan atractivas las situaciones de sus personajes, y es

tanta la gracia que brilla en el conjunto de sus composiciones, que nos

arrebata á nuestro pesar, nos deslumbra con tantas bellezas y no nos

deja tiempo para averiguar cómo y por qué hace todo esto, limitándonos á

sentir el placer que excita en nosotros, de vernos tan ingeniosamente

engañados. Tirso es un encantador, que puede forzarnos á creer hasta lo

increible, porque antes que nos sea dado reflexionar en lo que hacemos,

nos vemos envueltos en sus mágicas redes y transportados á los

maravillosos paisajes de su original poesía.

En el trazado de sus caracteres se observa, en parte, la misma libertad.

No es esto decir que le falte la capacidad de diseñarlos con mano

segura, y desarrollarlos después en todo el curso de su obra; al

contrario, en _Marta la piadosa_, en _Amor y celos hacen discretos_, por

ejemplo, nos demuestra que es acabado maestro en esta materia, así como

se encuentran también en todas sus comedias pruebas aisladas de la

profundidad de sus observaciones psicológicas y de su conocimiento

perfecto de lo más íntimo del alma humana, aunque su predilección

innegable por las situaciones interesantes y por lo sorprendente, lo

arrastran con frecuencia á no motivarlo como debe, teniendo en cuenta

los actos de sus personajes. De aquí que éstos hablen á veces de manera

que, agrandándonos y aun deslumbrándonos, no convenga, sin embargo, por

completo al carácter especial de los interlocutores.

D. Agustín Durán ha puesto de relieve, con su penetración acostumbrada,

uno de los rasgos originales de este autor en el trazado de caracteres:

«Los hombres de Tirso--dice en el prólogo á sus comedias de la

Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra,--son siempre tímidos,

débiles y juguete del bello sexo, en tanto que caracteriza á las mujeres

como resueltas, intrigantes y fogosas en todas las pasiones, que se

fundan en el orgullo y la vanidad. Parece, á primera vista, que su

intento ha sido contrastar la frialdad é irresolución de los unos, con

la vehemencia, constancia y aun obstinación que atribuyó á las otras en

el arte de seguir una intriga, sin perdonar medio alguno, por impropio

que sea.»

Esto es decir demasiado, si se refiere á todas las comedias de Tirso,

que á veces nos presentan mujeres débiles y hombres de carácter

enérgico; pero no puede negarse que es exacto este juicio, aplicado á la

mayoría de sus obras dramáticas, y que demuestra cuáles eran las ideas

particulares de este poeta, en general, acerca de los caracteres

esenciales y distintivos del sexo masculino y femenino.

Á esta observación hay que añadir otra acerca del carácter moral de

estas producciones literarias. Lo mismo desconoce Tirso los escrúpulos

poéticos que los morales. Todos los poetas dramáticos españoles han

trazado intrigas amorosas no morales, que á veces degeneran hasta la

licencia; se puede asegurar que, como nunca se propone explicar

lecciones de moral, sino sólo representar las costumbres de su tiempo,

sin aprobarlas ni censurarlas, se limita sólo á satisfacer el agrado que

resulta de sus cuadros, cuidándose muy poco, en lo general, de la

moralidad ó inmoralidad de los mismos. En un drama de Antonio Enríquez

Gómez, titulado _Engañar para reinar_, se desenvuelve la máxima de que,

para la consecución del poder, son lícitas las intrigas y engaños más

groseros, pareciendo deducirse la consecuencia peligrosa de que, para la

satisfacción de las pasiones, no ya sólo del amor, sino también de los

celos y de la venganza, todos los medios son buenos; pero en cuanto al

amor, es preciso confesar que, por lo común, se considera como un afecto

ferviente, no como un capricho frívolo. Nuestro poeta, pues, sobrepuja

en libertad á todos los demás al hacer descripciones de esta índole. Sin

embargo, nunca es grosero ni indecente, y hasta en sus diálogos más

libres y sus escenas más chocantes aparecen revestidas siempre de las

galas más bellas de la poesía, porque sabe presentar los hechos más

dudosos en punto á moralidad, con la sencillez más encantadora y con el

candor más ingenuo. No obstante, es preciso convenir en que levanta con

harta frecuencia el velo, que debiera encubrirlos, y que ofrece

situaciones de tal índole en la escena, que valiera más omitirlas. Acaso

no haya diferencia más característica entre nuestro siglo y el de Tirso,

que las relativas á las ideas sobre moralidad, predominantes en cada uno

de ellos. Pero lo cierto es que los contemporáneos del poeta no se

escandalizaban de asistir á la representación de sus obras; que el mismo

autor pertenecía á una orden monacal; que profesaba principios rígidos y

severos; que existía una censura vigilante, á cuyo examen se sometían

todos los escritos que habían de darse á la prensa, y que el cargo de

censor estuvo siempre desempeñado por eclesiásticos, por lo cual no

puede menos de sorprendernos, al leer en una de las licencias expedidas

para la publicación de las obras de Tirso de Molina, «que nada se

contiene en ellas que se oponga á las buenas costumbres ni comprendan

ningún ejemplo pernicioso para la enseñanza de la juventud.» Es de

presumir, á pesar de esto, que algunos escrúpulos hubo de sentir el

poeta fraile, allá en los repliegues de su conciencia, cuando sólo con

nombre fingido permitió que circulasen sus comedias, publicando otras

muchas obras suyas con el verdadero.

Conviene tener presente, sin embargo, que la crítica indicada sólo es

aplicable á un número proporcionalmente reducido de las comedias de

Tirso, y que la mayor parte de ellas están libres de ese defecto.

CAPÍTULO XXVI.

Crítica particular de las obras dramáticas más notables de Tirso.

Hay ciertas creaciones suyas en las cuales parece recrearse de

preferencia, por la repetición con que se muestran en sus obras.

Doncellas, por ejemplo, que se disfrazan con traje de hombres para

vengarse de amantes infieles y para indisponerlos con sus rivales, se

reproducen en muchas.

La más notable de las que desenvuelven este tema es, á nuestro juicio,

la que lleva el título de _Don Gil de las calzas verdes_, una de sus más

famosas comedias, que hasta ahora se ha mantenido en el teatro español

con el mayor aplauso de los espectadores de todas las épocas, y lo mismo

se observa en _El amor médico_, en _La huerta de Juan Fernández_ y en

alguna otra. Agrádale también presentar cortes extranjeras en la escena

para el desarrollo de sus intrigas dramáticas, y un aventurero español,

rival de diversos príncipes que pretenden la mano de alguna princesa, el

cual, después de los sucesos más interesantes, sin duda por ser

compatricio del poeta, logra siempre al cabo la victoria. Muchas veces

sus personajes, que pertenecen á la clase más elevada de la sociedad, se

ven contrapuestos á los de las más bajas de la misma, resultando, del

contraste que forman las costumbres cortesanas con las rústicas ó

populares, situaciones divertidas con extremo, que el poeta aprovecha

para su objeto con su ordinario ingenio, formando las delicias del

público. En ocasiones traslada á la corte á campesinos y explota el

contraste de sus hábitos antiguos con los nuevos modales, que intentan

adoptar, convirtiéndolos en fuente inagotable de las más ingeniosas y

agradables ocurrencias. En otras, personajes del más alto rango, ya

disgustados de la monotonía de la vida cortesana, ya por otras causas,

viven entre labradores ó pastores, vestidos como ellos, y cuando la

casualidad los reune con otros cortesanos, aprovechan su disfraz para

mostrar la más fina ironía y hacer las observaciones más mordaces contra

la libertad de los habitantes de las aldeas y su candor aparente. El

talento de Tirso es también incomparable para el idilio en toda su

pureza, sin adición alguna satírica, y nunca pierde la ocasión de

hacerlo brillar en todo su esplendor. No se crea, sin embargo, que sus

trabajos de esta índole son tan insípidos y frívolos como otros de ese

género, populares entonces en toda Europa, porque pinta la vida y

aficiones de los campesinos españoles con la más seductora sencillez,

con pinceladas vigorosas é inimitables, infundiéndoles vida y carácter

real. Sólo Lope de Vega es su rival en esta parte.

Ya hemos mencionado algunas de las mejores comedias de Tirso; pero nos

falta indicar lo que, á nuestro juicio, sobresale más y merece llamar

preferentemente la atención entre sus innumerables obras dramáticas, y

exponer concisamente el argumento de algunas, á fin de conocer la esfera

en que giran sus invenciones y en que más se distingue de los demás

poetas. Así formaremos una idea exacta, y en lo posible metódica, de su

carácter y cualidades. No dejaremos de confesar que nuestro propósito,

tratándose de Tirso, tropieza con graves dificultades, en cuanto se

propone imprimir orden en nuestro juicio sobre sus obras, y con tanta

mayor razón, cuanto que el trazado ó exposición de sus argumentos

dramáticos sólo puede dar una idea muy incompleta del conjunto de cada

una de sus comedias; y si lo hacemos así, es porque no hay otro medio

más adecuado al alcance de quien escribe la historia de la poesía de

presentar á los lectores de su obra las cualidades características de

cualquier poeta, y á la vez el conocimiento concreto y detallado de sus

escritos. Repetimos, pues, la advertencia, que ha de tenerse muy

presente, de que el mérito singular de los dramas de Tirso no se

encuentra ni en el arte con que está trazado su plan, ni en el arreglo

ni unidad del conjunto, sino en la variedad y en el interés de las

situaciones, en el vigor y la vida de los caracteres, en el colorido

seductor de sus imágenes, en la agudeza inimitable de su ingenio y en el

brillo de su dicción poética; que, por tanto, al exponer el argumento de

cada uno de ellos, apenas se ve otra cosa que una especie de _caput

mortuum_, y que sus defectos, en esta forma, son más aparentes que sus

excelencias.

_La villana de la Sagra_ comienza en una posada: dos criados se

entretienen en la antesala jugando á las cartas, mientras sus señores,

en la habitación contigua, hacen lo mismo. Las bromas de los dos

bribones, á costa de sus amos, son muy divertidas; pero pronto pasan de

las burlas á las veras, se acaloran, y el uno da un bofetón al otro. En

el mismo instante se presentan también sus amos disputando vivamente,

sacan las espadas, y Don Luis mata á Don Juan, huyendo en seguida de la

posada para escapar de la justicia. Después se nos presenta en la escena

Doña Inés, la hermana del matador, que se ve perseguida por los ruegos

amorosos importunos de un hermano del muerto, á quien anuncia que se

abstenga en lo sucesivo de visitarla en el instante mismo, en que recibe

la noticia del homicidio y huida de Don Luis; y como se considera por

esta causa sin protector contra las asechanzas y pretensiones de un

amante odioso, resuelve, sin demora, disfrazarse de hombre y reunirse

con el fugitivo.

En la escena inmediata, no ya en Santiago, sino en Toledo, Don Pedro,

joven galán, persigue en la calle á Angélica, seductora doncella

toledana, é intenta acercarse á ella dirigiéndole frases amorosas; pero

es rechazado con desprecio. El fogoso y apasionado mancebo, fuera de sí

por los desdenes de la Angélica, resuelve, en su pasión, realizar á la

fuerza su deseo sin contemplaciones de ningún género. Ofrécele la

ocasión más favorable para saciar su apetito la fiesta de San Roque, que

se celebra en la noche de aquel día en las inmediaciones de Toledo, esto

es, en lo que se llama propiamente la Sagra. Las escenas siguientes

representan esta fiesta, descritas con la más viva y brillante poesía.

Los asistentes á ella se abandonan sin reserva á sus danzas y cantos,

sin aprensión ni temor alguno, cuando de repente se presenta armado Don

Pedro y roba á la bella Angélica. El fugitivo Don Luis llega también al

mismo paraje, después de consumado el rapto. La narración del delito lo

indigna sobremanera, corre en busca del raptor, lo alcanza, y liberta á

la robada.

En el acto segundo aparece Doña Inés, vestida de hombre, en el camino de

Toledo, á donde ella cree que ha huído su hermano, por residir en esa

ciudad un pariente de ambos. Ve acercarse dos caminantes, y conoce que

son su hermano y su criado. Don Luis, en efecto, había estado en Toledo;

pero habiendo muerto su tío, había tomado la resolución de escapar á sus

perseguidores disfrazándose en traje más humilde, y entrando al servicio

del padre de la doncella, á quien había arrancado de manos del raptor.

Inés lo sorprende hablando con su criado, mientras declara su pasión por

la bella Angélica, por cuya causa, ya para estar á su lado sin estorbos,

ya avergonzada de su disfraz, determina no darse á conocer de él, sino,

al contrario, en cuanto le sea posible, permanecer como desconocida

cerca de su domicilio. Se encamina, por tanto, á la aldea de la Sagra, y

entra como paje en la servidumbre de Don Pedro, atraído también al

mismo paraje por su amor á la bella Angélica. Éste, arrepentido entonces

de su reciente atentado, pretende honrosamente á la seductora villana, y

cuenta con la aquiescencia de su padre, el más rico personaje de la

aldea; pero Angélica no quiere oir hablar de él, enamorada ardientemente

de su libertador, á pesar de haberle visto tan á la ligera, que apenas

recuerda sus facciones. Mientras ella se abandona sin freno á su

inclinación, preséntase Don Luis, humildemente vestido; pretexta ser

antiguo criado de su salvador, y le ruega que, por su intercesión, lo

admita su padre en el número de sus servidores. El enredo y las

complicaciones á que dan lugar estos hechos, son tales y tan grandes,

que es imposible referirlos. Sin embargo, en lo más substancial se

reducen á lo siguiente: Angélica, en la apariencia, se muestra dispuesta

á obedecer la voluntad de su padre, y manifiesta á Don Pedro cierta

inclinación, porque espera de este modo, más bien que resistiéndose

directa y abiertamente, impedir su odioso matrimonio. Don Luis, mientras

tanto, jardinero en la casa de la villana, prosigue la ejecución de su

proyecto, ya trayéndole cartas amorosas de su pretendido señor, ya

acercándose, como tal y sin disfraz, á las rejas de Angélica, y

entablando con ella tiernos diálogos amorosos. En el huerto, en donde

se consagra especialmente al cuidado de las colmenas, tiene con ella

frecuentes entrevistas, y asiste también á las que celebra con su

pretendiente Don Pedro. Como le consta que es fingida la inclinación que

Angélica muestra á su pretendiente aprobado, no siente celos algunos,

sino que, al contrario, se burla del pobre engañado, ya entonando

alegres cánticos que expresan su propia dicha, ya mofándose de su

burlado rival, ya interrumpiendo los amorosos diálogos de los dos

amantes con la intervención de un enjambre de abejas que lanza entre

ambos, y hasta golpeando á Don Pedro, so pretexto de librarlo de la

picadura de una de ellas. Estas escenas son de una gracia pastoril

inimitable, por su mezcla de ternura y entusiasmo, y por la ironía y la

libertad poética que las distingue.--La comedia termina de esta manera:

Angélica averigua que Don Luis y su pretendido criado son una misma

persona. Inés, empleada como paje de Don Pedro para llevar mensajes

amorosos, es traidora á su señor al desempeñar su encargo, y hace lo

posible por favorecer á su hermano, y se descubre á él, puesto que antes

no la había reconocido. Angélica llega en el momento en que los dos

hermanos se abrazan estrechamente, y siente rabiosos celos creyendo

infiel á su amante. Determina, para vengarse, dar su mano á Don Pedro,

y Don Luis, al saberlo, como Orlando, por Angélica, se vuelve loco; pero

felizmente todo se arregla al cabo con felicidad, puesto que Don Pedro

es obligado por su padre á celebrar otro casamiento, aunque esto no se

justifique con razones sólidas, y Angélica, averiguado su error, se casa

con su constante y enamorado pretendiente.

_La villana de Vallecas_ (asunto tratado después, primero por Moreto en

_La ocasión hace al ladrón_, y más tarde por D. Dionisio Solís), nos

sorprende por su complicada y animada intriga, y se ha conservado hasta

hoy en la escena española, entre las obras más aplaudidas. El capitán

Don Gabriel de Herrera tiene relaciones amorosas con Doña Violante,

valenciana distinguida, á la que abandona después por encaminarse á

Madrid á solicitar el perdón del Rey, por haber matado á otro en un

desafío mientras vivió en Flandes. Para hacer este viaje toma el nombre

de Don Pedro de Mendoza; un concurso singular de sucesos lo lleva á una

posada próxima á Madrid, en donde conoce á un caballero, llegado de

Méjico, que realmente lleva el mismo nombre, y otra casualidad hace

también que, por una mala inteligencia de los criados, se cambien los

dos cofres de Don Gabriel y del mejicano. El verdadero Don Pedro no

puede, pues, identificar su persona, á lo cual contribuye la existencia

de pruebas de haber cometido un crimen en Madrid, mientras que el

culpable, teniendo á su disposición el cofre de su homónimo, no sólo se

ve dueño de oro en abundancia y ricas joyas, sino también de ciertas

cartas dirigidas á un Don Gómez, con cuya hija había de casarse Don

Pedro. El capitán, desplegando la mayor diligencia, se presenta en la

casa de Don Gómez como su yerno, y es recibido con los brazos abiertos

por el padre y por la hija, mientras que el desventurado Don Pedro, que

llega después y trabaja en restablecer la verdad de los hechos, es

considerado como un farsante, y además de esto, como si fuera Don

Gabriel, es llevado á la cárcel por las gestiones de un hermano de la

engañada valenciana. Doña Violante se ha puesto en camino en este

intervalo para buscar á su infiel amante, y para expiarlo mejor, ha

entrado á servir en Vallecas, pueblo inmediato á Madrid, á un labrador

que se dedica á hacer pan, que ella ha de vender diariamente en la

capital. Se da traza de entrar en la casa de su rival y de indisponer á

los dos amantes, descubriendo el engaño del último y obligándole, al

fin, casándose con ella, á cumplir sus antiguas promesas. Las escenas,

en que la fingida aldeana censura las costumbres de la corte, con

sencillez aparente y en el lenguaje popular, que imita á la perfección,

diciendo la verdad sin ambajes ni rodeos, son de las más bellas que ha

sugerido hasta ahora la musa cómica. No hay necesidad de añadir que el

Don Pedro verdadero es reconocido como tal, y que se casa con la hija de

Don Gómez.

_La celosa de sí misma_ se distingue por su argumento, de invención

excelente y trazado con admirable ingenio y dominio del asunto. Un

caballero joven viene de las provincias á Madrid, en obediencia á las

órdenes de sus padres, para casarse con una dama que no conoce, y de la

que sólo sabe que es muy rica. No muestra gran inclinación á este

enlace, siendo para él indiferentes las riquezas, y deseando sólo que su

mujer sea bella y virtuosa. A poco de llegar á Madrid ve una dama, á la

salida de la iglesia, cuyo porte y aire le enamoran, á pesar de llevar

un velo que oculta completamente su rostro; entra en conversación con

ella y se apasiona aún más con este incentivo. Pero esta dama, por una

extraña casualidad, es la misma destinada á ser su esposa. Cuando visita

después á su prometida, en la casa de sus futuros suegros, manifiesta

poco entusiasmo por ella, enamorado sólo de la desconocida. Doña

Magdalena, adorada con el velo y despreciada con el rostro descubierto,

tiene celos, pues, con razón, de sí misma, y ofendida del

comportamiento de su prometido, resuelve castigar la tibieza de éste y

premiar la fogosa pasión del amante. Tal es el argumento de esta

comedia, notable por sus muchas y divertidas escenas.

_Amar por señas_ es una obra dramática magistral en toda la extensión de

la palabra, tan original como ingeniosa, y llena de bellezas poéticas de

primer orden por su energía y por su dulzura. Un caballero español,

llamado Don Gabriel, ha asistido á un torneo en la corte de Lorena,

rompiendo más lanzas que ninguno de sus contrincantes. A su regreso

pernocta en un bosque, en donde, hablando con su criado, le dice que

viaja muy afligido porque la princesa Beatriz, hija mayor del Duque, á

quien ha visto sólo de paso, le ha inspirado un amor ardiente. Mientras

entabla este diálogo, le roban su equipaje, sin notarlo, y, cuando lo

averigua y corre á buscarlo, observa á lo lejos un hombre que, al

parecer, lo espera. Es un criado de la corte que le confiesa haberlo

robado por orden de una señora, que le ama; Don Gabriel pregunta quién

es ella, y le contesta que una de las tres Princesas. El criado se aleja

de allí mientras tanto, y Don Gabriel le sigue, ya excitado por la

curiosidad, ya para no perder ciertos recuerdos de una de sus anteriores

damas guardados en su equipaje; de repente se ve solo en la obscuridad,

porque, sin notarlo, ha llegado, en persecución de su ladrón y atraído

por él, á un aposento del castillo, y encuentra cerradas las puertas á

su rededor, pero no permanece mucho tiempo en este estado, porque su

servidor, el gracioso, se descuelga con una cuerda por la chimenea; en

una palabra, el caballero extraviado ha caído en un castillo encantado.

No tarda en ponerse en movimiento un torno que hay en la pared, por

medio del cual recibe el caballero luz y un cesto con manjares. Dentro

del cesto viene también una carta, que dice lo siguiente: «Por los

papeles que os he usurpado, sé, Don Gabriel Manrique, parte de vuestros

amores. Quien temerosa de perderos os ha impedido el viaje, mal os lo

consentirá celosa. El cuarto de esta quinta que os detiene está

deshabitado, y imposible en él vuestra salida mientras no juréis, con la

seguridad que los bien nacidos empeñan palabras, y las firméis de

vuestro nombre, no partiros de nuestra corte sin licencia mía, no

revelar á persona estos secretos, y conjeturar por señas cuál de las

tres primeras damas es la que en palacio os apetece amante.»

Doña Beatriz ha ideado esta intriga para probar la perspicacia del

caballero extranjero, y para cerciorarse de que es espontáneo el amor

que le profesa; con este objeto, sin revelar su plan, distribuye, entre

sus hermanas, varias joyas y otras prendas para engañar mejor á su

amante. Don Gabriel presta su juramento, y se presenta de nuevo en la

corte como si no estuviera enamorado: su corazón se inclina á Beatriz;

pero los diversos objetos suyos, que poseen las Princesas, la simpatía

que le manifiestan y otras circunstancias casuales que concurren en este

enredo, le confunden de manera que, complicándose aquél más y más, ya

que no podemos, por desgracia, descender á sus pormenores, se resuelve

al cabo casándose el caballero, como ardientemente deseaba, con la

princesa Doña Beatriz. Esta comedia se distingue, desde el principio

hasta el fin, por una serie de escenas tan ingeniosas como interesantes,

y así en su conjunto como en sus partes es tan bella y tan perfecta, que

debe ser considerada, con justicia, como una de las obras más excelentes

de la poesía cómica.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 18 / 24 段