»La primera clase procede cō mas suavidad. Entra el amigo siendo

garante de aquella desventura. Propone el ingenio del ahijado, celebra

la tersura de su escrivir, aunque apenas conocido hasta entonces. No

olvida la buena eleccion en los argumentos, y haziendole en lo rizo,

crespo y suave, un segundo Vega, pide se le señale hora para manifestar

las hazañas de su noble batallador. Dasele dia, y llegando el punto,

hallan el conclave bastecido de electores: por alegar el Autor no

poderse determinar á recibir nada sin el parecer de los compañeros.

Comienza, pues, el pobre corderillo á recitar su maraña en medio de

tanto lobo. Terribles son los actos publicos. ¡Como se cortan los brios,

como enmudecen las lenguas, y se estrechan los corazones en ellos!

¿Puedese considerar en el mundo gente tan idiota y que tanto yerre como

los farsantes? No, por cierto; pues hombres muy entendidos y cortesanos

se burlan en su presencia, y apenas tiene animo para articular las

vozes. Al fin se va prosiguiendo poco á poco; y si es obra que con

cercenar y añadir puede tener salida, vanle haziendo sus cotas á la

margen: mas si es rematada del todo, leida la primera, ó quando mucho

segunda jornada, dan por visto lo que resta, y despiden; ó por el

respeto que se deve al introductor, alegran al novato con dezir la

hizieran con mucho gusto si no les faltara tiempo para estudiarla. Que

sienten el averse de ir presto; mas que se pueden dar muchos parabienes

al Autor que la recibiere, por aver de ganar de comer con ella

largamente. Animanle tras esto á que no desampare la pluma; que es

lastima no honre sin cesar los teatros con la agudeza de su ingenio.

Suenanle suavisimamente al engañado estas lisonjas, y en su conformidad

publica lo que bien parecio á todos sus comedias, y que solo por aver de

partir con brevedad los Farsantes no la ponen y estudian. Asi se anda de

Autor en Autor, moliendo á los amigos, aunque algunos á la primer

embarcacion descubren el baxio, y escapan, poniendo escusas. Los que se

amparan de los Señores, consiguen por lo menos la primera vez su

intencion; porque como el ruego del poderoso es mandato, obedecen sin

replica, preparandose con paciencia para la furiosa ventisca que

aguardan. En tanto, es de ver la solicitud y satisfaccion con que acude

á los ensayos el que ha de ser causa de su perdicion y apedreo.

Rebientan por dezirle que es un impertinente, un tonto, y en fin, un

mal poeta, mas enfrenalos al punto el temor de la imaginada cicatriz en

el rostro, ó la memoria tremenda del bosque trasladado á sus espaldas.

En suma, puestos en la ocasion del padecer, mueven con las recientes

heridas á conmiseracion al propio imperante. Llegan, pues, á sentir con

exceso los intercesores sufran por su causa los míseros aquella

persecucion, aquel naufragio; en virtud de quien quedan essentos y

libres en lo porvenir: pues no hay coraçones tan de bronze que les mande

entrar en otro, presente el escarmiento de lo passado. Segun esto, no es

aproposito la moneda que corre en el gasto de las comedias? No pueden

tantas dificultades quitar los impulsos de escrivir al mismo Apolo? Ved

si tengo razon en procurar borraros del pensamiento esta ocupacion, de

quien ultimamente se viene á sacar no mas que cumplidissimo disgusto.

Supongamos salga en todo acertada la comedia: que agrade la maraña; que

deleyte el verla; que regozije la graciosidad, solo con un tibio buena

es, queda satisfecho el trabajo: y este no de todas lenguas, por que es

casi imposible agradar á tantos y tan diversos caprichos. Juzgo,

considerado lo que apunté, por imprudencia exponer á riesgo evidente las

cosas de opinion, de suyo tan vidriosas y tan faciles de peligrar.

»DON LUIS. Batis, como se suele dezir, en hierro frio, pesse esta vez el

artificio cortesano. Yo he de vencer, si puedo, esta fantasma que la

llaman temor. Quiero arrojarme á lo que en otros tienen hecho tanto

hábito que en ocho dias y en menos despachan la farsa mas dificil.

»DOCTOR. Sea en buena hora: dad efecto á vuestra voluntad, que desde hoy

no hallará contradiccion en la mia. Pesame de averos tan importunamente

persuadido lo que os estava bien. Podra ser suspireis algun dia por la

falta de recuerdos. Ay dolor como ser señalado y corrido, quando el

negocio no sucede á medida del deseo? Querria entonces aver nacido el

que como potro desbocado solicitó su ruina, guiado de su antojo

indomable? Prodigioso afecto es, sin duda, el de la Poesia. Tan asido

esta al alma, que antes parte ella del Cuerpo, que el desampare el

coraçon.

* * * * *

* * * * *

»Dízese del amor engendrarse en el alma de un solo mirar. Nace, y es al

principio como niño pequeño, tierno y suave. Crece poco á poco hasta

cobrar estatura y fuerça de gigante, para perdicion de quien le

engendró. Tal es el estilo de qualquera inclinacion. Comiença de

burlas, por divertirse, por entretenerse. Vasele cobrando aficion,

internase en la voluntad: hazese fuerte, y al fin echa en ella tan

hondas raices, que sugeta del todo el alvedrio, faltando brios al dueño

para eximirse de su violencia. Hareis una comedia: representarase con

aplauso, ó no tendra lugar en el teatro. Si fue bien recibida quien

dexará de assegundar? Si halló disfavor, quien no se apercibe para la

enmienda, para la mejoria? De suerte que por un camino, ó por el otro,

no podreis escapar de perpetuo Farsero; perdonad el equivocarme, de

perpetuo Autor de farsas quise dezir; que no puede aver mayor desdicha

que serlo. Conviertese esta Quaresma, ó aquella la pecadora mas

pertinaz, que la mueven al cabo los asombros de su condenacion: mas

acaso aveis visto reduzido algun poeta? Aveisle visto removido un

instante de su obstinacion? En todas edades es molestado deste gusanillo

roedor de la poesia: muchacho, mancebo, varon, viejo, decrepito; al

amanecer, á medio dia, á la tarde, á la noche, todo es versificar; todo

es romances, sonetos, decimas, liras, octavas, etcétera...»

Hasta aquí Suárez de Figueroa; pero sus advertencias, como es de

presumir, fueron vanas.

La afición á escribir comedias crecía más cada día; el número de los

nuevos poetas dramáticos se aumentaba de año en año, y los más

intentaban rivalizar en fecundidad con Lope de Vega. No es posible negar

que la inundación, siempre mayor, de obras dramáticas, que invadía al

teatro español, arrastraba consigo muchas composiciones medianas; pero

también se puede afirmar, que, hasta los dramas peores de esta época, no

fueron nunca tan defectuosos como el conjunto de las obras dramáticas de

casi todas las demás naciones. Reinaba en la España de ese tiempo una

inspiración poética especial, que se extendía desde los autores más

distinguidos á los más inferiores, haciéndolos partícipes de brillantes

cualidades, de las cuales quizás hubieran carecido en circunstancias

menos favorables, por cuyo motivo no es fácil encontrar una obra

dramática del tiempo de Lope ó de Calderón, en que no aparezca alguna

buena propiedad, alguna invención feliz, algún rasgo brillante de

imaginación, ó por lo menos un estilo poético sobresaliente. Entre todos

ellos hubo algunos, que, señalados como poetas de primer orden,

atravesaron así los siglos y serán llamados tales por todas las

generaciones futuras, y otros, que, con facultades más limitadas,

escribieron, sin embargo, algunas obras muy notables, que les han

asegurado para siempre gloria duradera. Daremos, pues, á conocer estos

poetas dramáticos españoles más famosos, y comenzaremos por aquéllos que

llegaron á la cúspide de su arte, en el tiempo en que vivía Lope de

Vega.

CAPÍTULO XXIV.

Diego Jiménez de Enciso.--Juan Pérez de Montalván.

Diego Jiménez de Enciso, poeta, que no se debe confundir con Bartolomé

de Enciso, algo posterior, era natural de Sevilla. Nada particular puede

decirse de su vida[60]. Como ya se le menciona en la obra de Antonio

Navarro, antes citada, así como en el _Viaje al Parnaso_, su nacimiento

debió ocurrir, lo más tarde, en el último tercio del siglo XVI; sin

embargo, hubo de escribir para el teatro ya adelantado el XVII, porque

su nombre se lee en la gran colección de _Comedias escogidas_, cuyo

primer volumen apareció en 1652, y por cierto con frecuencia, debiendo

advertirse, que, con pocas excepciones, las que se enumeran en esa

compilación pertenecen siempre á poetas existentes. El número de sus

obras dramáticas no es muy considerable, si hemos de atenernos á las que

se conservan, pero hay algunas, entre ellas, que exigen de nuestra parte

la mayor atención[61].

Enciso, entre todos los poetas dramáticos, es el que más sobresale por

su pintura de caracteres. Penetra, en virtud de la observación más

perspicaz, en lo más íntimo del alma de sus personajes, para descubrir

en ella la causa de sus debilidades y de sus virtudes; las espía, por

decirlo así, en las variaciones más secretas de la vida de su espíritu,

y presenta al espectador, con tanto esmero como prolijidad, sus

observaciones psicológicas. Otros poetas dramáticos españoles, á la

verdad, se han propuesto también trazar la pintura de caracteres, pero

son muy contados los que, como Enciso, lo han hecho con tanta constancia

y con tanta claridad y relieve.

Esta prenda especial de nuestro autor resplandece, sobre todo, en los

dos dramas suyos titulados _El príncipe Don Carlos_ y _La mayor hazaña

de Carlos V_, dos grandiosos y verdaderos cuadros históricos, de los más

nobles y dignos. En el primero, con rasgos escasos y decisivos, se

diseñan con el más vivo individualismo los caracteres de Felipe II y del

príncipe Don Carlos. El del Rey, sin duda, está trazado con alguna

parcialidad en su favor y adornado de una dignidad, contraria á la

verdad histórica; pero si se prescinde de esta circunstancia, por otra

parte muy excusable en un español del siglo XVII, en lo demás es obra de

mano maestra. El Príncipe aparece (muy diverso del Don Carlos soñado por

la desarreglada fantasía de la época moderna, aunque más conforme con

los datos históricos) como un libertino caprichoso y arrogante, como un

tirano de todos sus súbditos, cuya muerte, antes de ceñirse la corona,

debe considerarse como una verdadera dicha para España. En la exposición

de su carácter licencioso se observan muchas anécdotas y rasgos de su

vida, transmitidas, al parecer, por la tradición, que ha aprovechado el

escritor para derramar nueva y más interesante luz acerca de la índole

del último. No nos es posible hacernos cargo de cada una de estas

particularidades, limitándonos sólo á indicar el desarrollo de la

acción.

Don Carlos, que se cree cohibido al lado de su padre y esclavizado por

él, y con el auxilio de un flamenco llamado Mons de Monteni, ha formado

el plan de escaparse á Flandes y ponerse al frente de los rebeldes.

Mientras espera ocasión favorable para realizar su propósito, se

abandona á los excesos más indignos, que ya desde antes le halagaron, y

que han sido la causa principal de la pérdida de su salud. Ha concebido

una pasión violenta por la bella Doña Violante; pero ésta, prometida á

otro, rechaza con desprecio sus proposiciones, induciéndole á emplear la

fuerza para conseguir el logro de sus deseos. Esta bella joven viene por

engaño á la habitación del Príncipe, en la cual, al penetrar en ella, se

ve envuelta sola en la más profunda obscuridad, puesto que Don Carlos,

por otro motivo, no puede encontrarse á su lado; comienza á temer alguna

asechanza y busca una salida, llena de desesperación; oye á lo lejos los

ayes inquietos y los suspiros de un moribundo, que aumentan más su

horror, y por último, consigue escaparse. Poco después viene el

Príncipe, lisonjeándose de encontrar á su amada, y entregarse á sus

apetecidos y risueños devaneos. Después de varias tentativas

infructuosas se traslada á otra habitación de Palacio, en la cual cree

ver una forma que, en cuanto las tinieblas lo permiten, se le antoja ser

Doña Violante, y en este momento se presentan criados con antorchas, y

el Príncipe, en vez de encontrarse en presencia de su codiciada beldad,

contempla ante sí, ahogado y cadáver, á su cómplice Mons de Monteni.

Esta escena es, á la verdad, lo que se llama un golpe teatral; pero

también, sin disputa, de extraordinario efecto. El muerto lleva un papel

en la mano, en el cual se expresa la causa de su suplicio, y además un

aviso para el Príncipe. La ira contenida de Don Carlos se exhala

entonces sin freno; intenta matar al duque de Alba, que le es

profundamente antipático por el favor que el Rey le dispensa, y su

padre, sin embargo, en vez de mostrarse con él justiciero, lo exhorta y

aconseja blandamente, hasta que al fin se ve obligado á aprisionarlo

para evitar nuevos y mayores delitos. En la cárcel, y agobiado por sus

pasiones, se ostenta en toda su plenitud el carácter del Príncipe, y

mientras que, ya arrastrado por la ira, ya por el dolor ó el

arrepentimiento, yace en su lecho, se le aparece una figura, que es su

propio retrato, pero con rostro cadavérico, con una corona hecha pedazos

en las manos y profetizándole su próximo fin. Al mismo tiempo se oye un

coro celestial que le anuncia, que la justicia divina lo ha condenado á

perder la vida y el trono, escena, por cierto, de la más sublime poesía.

Don Carlos se queda como anonadado; el Rey llega corriendo, y asiste á

los últimos instantes de su hijo, á quien llora con ternura paternal á

pesar de sus extravíos.

El drama histórico _La mayor hazaña de Carlos V_, que trata de su

abdicación y de su vida y muerte en el monasterio de Yuste, en nada es

inferior al ya citado, y comprende escenas, cuya grandeza, cuyo brillo y

espléndido colorido, no fueron nunca superados. Sobresale en este drama

el carácter del Emperador, magistralmente diseñado, y junto á él el

retrato seductor, por la verdad y lozanía de sus rasgos, del joven Don

Juan de Austria.

Las restantes obras de Enciso, que conocemos, como _El gran duque de

Florencia, Juan Latino_, etc., aunque se distingan por muchas bellezas

análogas á las mencionadas, no pueden, sin embargo, á nuestro juicio,

compararse con las dos anteriores.

Juan Pérez de Montalbán era hijo de un librero de Madrid, en donde nació

en el año de 1602[62]. Parece que, desde su juventud, fué

particularmente favorecido por Lope de Vega, y que vivía en el seno de

su familia como si en realidad perteneciese á ella. La protección del

gran poeta hubo, sin duda, de ayudarle mucho, cuando á los diez y siete

años de edad principió á escribir para el teatro; sus primeros ensayos

fueron alabados, consagrándose á su vocación con tal celo, que, durante

el espacio comprendido entre 1619 y 1638, se habían representado ya cien

comedias suyas[63]. A los treinta y tres años entró en el estado

eclesiástico, y poco después fué nombrado notario apostólico de la

Inquisición. Además de sus comedias, escribió otras diversas obras,

especialmente una colección de novelas, que se leyeron mucho en su

tiempo, y un libro singular, que se tituló _El paratodos_, y que era una

miscelánea de cuentos, comedias, autos, tratados morales y religiosos,

etc.[64]. El público acogía con el mayor favor casi todas sus obras, y

así lo demuestran las muchas ediciones que se han hecho de ellas, aunque

no por eso se viese libre de disgustos en su carrera literaria,

teniendo adversarios encarnizados, no escasos en número, y de notoria y

brillante reputación. El más implacable de todos fué el célebre D.

Francisco de Quevedo y Villegas[65], que publicó un libelo contra el Dr.

Juan Pérez de Montalbán, graduado no se sabe en dónde ni en qué

facultad. En él maltrata al pobre doctor sin compasión; dice que vive

con los retazos de las comedias de Lope de Vega, y que se hizo sacerdote

para plagiar en todo á su modelo; que se ha engalanado con el título de

doctor para que lo confundan con Mira de Mescua, y que ha robado una

comedia entera á Villaizán. Califica al _Paratodos_ de galimatías de

todas las cosas posibles, y añade que es menos un libro que un coche que

corre de Alcalá á Madrid, en donde viajan apretados unos con otros

gentes de toda edad y condición. Su censura es aún más sangrienta al

hablar de las dos comedias suyas _De un castigo dos venganzas_ y _El

segundo Séneca_, y de su auto _El polifemo_. A la conclusión de este

escrito, después de llamarle Sr. Dr. Montalbán, le dice que todos los

hombres son mortales, y que los poetas cómicos, sólo por serlo, se

exponen á ver silbadas sus comedias, y cuando en una representación, en

que hay muchos cambios de decoraciones, salen éstas mal por culpa del

tramoyista, el silbado es él y no el poeta. Dícele, además, que no

califique los silbidos como signo de desagrado, sino, al contrario, como

señal de la alegría de los espectadores, que recibieron á su comedia

como se recibe á los toros en la plaza, aunque el autor, lleno de

confianza en su habilidad para escribir, nunca habría imaginado que

podrían escribirse tales comedias taurinas, destinadas á morir entre

gritos, siseos y silbidos. Dice también que ya él presintió alguna

desgracia viendo las muchas tablas que se traían para el juego de la

tramoya, haciéndole acordarse de las barreras de la plaza, y que el

público se consolaría al cabo si la representación de una comedia

terminaba en corrida de toros. Hubiera convenido, á su juicio, que

Montalbán en su comedia no emplease trompeta ni clarines, constándole

perfectamente que con ellas se da la señal para desjarretar al toro. Las

mujeres fueron las primeras que comenzaron á silbar. Los mosqueteros,

excitados por ellas, descargaron también sus armas, y por consiguiente,

la comedia murió como un toro, entre siseos y silbidos, ó entre

arcabuzazos, como soldado valiente, pareciendo aquello una sublevación

popular, cuyos caudillos eran mujeres. Concluye exhortándole, no á que

cuide de su salud, sino de su razón, porque esta última, después de tal

fracaso, es la que corre más peligro.

Nuestro poeta murió en el año de 1638. Seis meses antes, probablemente á

consecuencia de trabajos excesivos, tuvo la desgracia de perder el

juicio. Su temprana muerte fué muy sentida, y así consta de una

colección de elegías, compuestas con este motivo por los más célebres

poetas españoles[66].

Montalbán, como dramático, tuvo mucha fama, y ha sido célebre en España

hasta la época actual. Esta distinción, de que ha sido objeto, no parece

enteramente justa, si se reflexiona que otros autores de más mérito han

sido casi olvidados. Los dramas de Montalbán tienen, sin duda, sus

bellezas, pero no suficientes, ni por su importancia ni por su brillo,

para que se le señale el primer rango en este género literario.

Participan, es cierto, en más ó en menos de las buenas cualidades,

propias de las obras maestras del período más floreciente del teatro

español, pero no se distinguen tampoco por ninguna dote característica

que les sea peculiar. Se echa de menos en ellas una inspiración poética

enérgica y poderosa, que se apodere del alma y la arrastre consigo sin

hacer resistencia, y el sello victorioso del genio que manda y obliga, y

no aconseja ni persuade. El talento de este autor no era original, ni

vigoroso lo bastante para crearse una esfera de acción, en la cual, como

en territorio suyo, reinase sin obstáculos; al contrario, se dejaba

influir, ya de éste, ya del otro motivo, y de aquí que sus escritos

recuerden siempre, y no en ventaja suya, modelos anteriores. Sus obras

no sobresalen por ningún rasgo característico individual, por ninguno, á

lo menos, digno de alabanza, y acaso no se pueda decir de ellas otra

cosa, sino que su propiedad más notable es la de una locuacidad insípida

é hinchada, por su estilo retórico y ostentoso y por su falta de fondo y

de vida.

El modelo, que se propone imitar casi siempre Montalbán, es

indudablemente Lope de Vega. ¡Ojalá lo hubiese hecho siempre con

formalidad y aplicación! ¡Ojalá que, conociendo plenamente las bellezas

de su maestro, hubiera intentado apropiárselas! ¡Ojalá, por último, que

hubiese trabajado con celo constante y prolijo esmero en perfeccionar

sus facultades personales, y en imprimir en sus obras, con la atención y

el empeño más sostenido, esa morbidez y plenitud artística que Lope de

Vega imprimía en las suyas sin pensarlo siquiera! Por desgracia, nada de

esto puede alabarse en Montalbán. Apreciaba, según parece, el mérito de

su gran maestro más por la cantidad que por la calidad de sus obras,

juzgando que para alcanzar, siquiera aproximadamente, su fama poética,

había de rivalizar con él en la velocidad del trabajo. Pero sólo era

dado al Monstruo de la Naturaleza el ser á un tiempo polígrafo y poeta

en el sentido más riguroso de la palabra, porque cualquiera otro que

creyera igualarlo sólo podría engendrar verdaderos absurdos dramáticos,

en cuyo caso se encuentra Montalbán y la mayor parte de sus obras. Hay,

sin duda, algo suyo con más títulos á nuestra estimación, aunque estos

trabajos, más meditados y hechos con mayor esmero, son excepcionales, y

seguramente no se comete con él ninguna injusticia cuando se sostiene

que, por lo general, escribe casi siempre á la ligera, sin concentrar en

sus obras todo su empeño y todas sus facultades, y sin sentido alguno de

la perfección artística. El fondo de la mayor parte de sus dramas

adolece de falta de solidez y de riqueza esencial, y consiste en una

serie de escenas diversas que, si bien encadenan la atención, carecen de

unidad y de objeto, por cuyo motivo la impresión total que hacen en el

ánimo es siempre superficial y floja. No hay que hablar, por tanto, de

lo que se llama verdadera composición poética; cuanto encuentra la pluma

del escritor de comedias en su rápida carrera ocupa lugar en la obra,

sin consideración alguna á su conveniencia ó inconveniencia con el

conjunto. Este defecto es muy grave, y jamás podrá censurarse como

merece, si se tiene en cuenta la dignidad de la poesía. El ingenio de

Montalbán claudicaba también por su escasa energía, y por consiguiente,

era incapaz de infundir animada vida en los objetos á que se aplicaba;

no podía profundizar nada, lo cual, juntamente con su escaso acierto

poético, le impedía elegir, entre los objetos que se le presentaban,

aquellos conceptos que deben llamar exclusivamente la atención del

poeta, y de aquí que lo trivial y lo insignificante sin belleza valgan

para él lo mismo que sus contrarios, y que, en vez de mostrar ingenio

verdadero y perspicaz, sólo nos ofrezca rasgos de frívola y vulgar

agudeza. Estas mismas faltas que señalamos en sus composiciones, se

observan también en su estilo pesado, y que se arrastra, al parecer, sin

entonación ni fuerzas, aunque se esfuerce vanamente en disfrazar ese

defecto de vigor y de fuego propio usando un lenguaje hinchado y lleno

de hojarasca.

Este juicio general, formado por la lectura de más de treinta comedias

de Montalbán, y sin detenernos á confirmarlo más prolijamente, basta,

sin duda, para nuestro objeto, no sólo por ser siempre harto

desagradable perder el tiempo examinando escritos de poco mérito, sino

también porque llamando nuestra atención otros muchos de valor literario

incomparable, es justo y sensato que le demos la preferencia debida.

Analizaremos, pues, por esta razón las comedias de Montalbán, que, sin

igualar por sus bellezas á las de otros poetas dramáticos españoles

superiores, se distinguen, sin embargo, de las demás, porque parece que

el autor se ha excedido á sí mismo, é indicaremos únicamente por su

nombre las menos importantes que, por cualquier causa, sean dignas de

mención.

En _Los amantes de Teruel_ desenvuelve un argumento, puesto antes en

escena por Andrés Rey de Artieda, y objeto también de los trabajos

dramáticos de Vicente Suárez y de un poeta anónimo, según consta del

tomo II de las comedias de Tirso de Molina. A nuestro parecer es la

mejor la comedia del anónimo, cuando se compara con las demás que han

tratado del mismo asunto; pero la más célebre ha sido la de Montalbán, y

la única que se ha conservado en el teatro. El suceso, que sirve de

fundamento á estos diversos dramas, ocurrió en la ciudad de Teruel, en

Aragón, en tiempo de Carlos V. Don Diego, mancebo noble, pero no rico,

ama tiernamente á Doña Isabel, hija del opulento Don Pedro, y es

correspondido de igual modo por ella; pero tiene por rival á Don

Fernando, protegido por el padre de la doncella, y que cuenta también

con el favor de Elena, sobrina de Don Pedro. Esta ama también á Don

Diego, y emplea todos sus artificios para apartarlo de su afición á

Isabel. Diego, después de muchas vacilaciones, se decide al cabo á pedir

á Don Pedro la mano de su hija; pero es rechazado al principio, si bien

logra al cabo, al expresar su pasión con el mayor calor y elocuencia,

que Don Pedro le prometa que Isabel será libre por espacio de tres años

y tres días, y que si durante este plazo consigue hacerse rico, ningún

obstáculo se opondrá á su deseado enlace con ella.

El noble mancebo entra en el servicio de las armas para buscar fortuna,

bajo las banderas de Carlos V; toma parte en la expedición á Túnez y en

las guerras de Italia, y aunque hace prodigios de valor, son mal

recompensadas sus hazañas, y la tristeza que le produce esta injusticia,

se aumenta todavía por la circunstancia de no recibir noticia ni carta

alguna de su amada. Cuando el plazo de los tres años está á punto de

espirar, y cuando se dispone á regresar á su patria tan pobre como la

dejara, el mismo Emperador le concede al fin la esperada recompensa.

Isabel, mientras tanto, no ha olvidado á su amante; pero todas las

cartas de ambos han sido sustraídas por la traidora Elena. Tan lejos

llega la perfidia de esta última, que soborna á un soldado, que ha

venido de Italia, para que difunda el falso rumor de la muerte de Diego.

Fernando, el antiguo pretendiente de Isabel, renueva entonces por este

motivo sus anteriores pretensiones, y aunque ella llora la pérdida de su

amante, se ve obligada, al espirar el plazo, á acceder á los deseos de

su padre y á dar su mano á Don Fernando. Celébranse, pues, las bodas, á

pesar de la pena profunda de la desposada. Regresa al mismo tiempo el

que se creía muerto; obstáculos insuperables han impedido su vuelta en

la época oportuna. Su primer entrevista es horrible: Diego, al verse

privado para siempre de su amada, se da la muerte, é Isabel, vencida por

la fuerza de su dolor, cae moribunda al lado del cadáver de su primer

amor, diciendo en sus últimas palabras que sólo él es su verdadero

esposo. Estos sucesos son apropiados, por su índole, á mover el interés

y la compasión, á no desfigurarse y manejarse torpemente, y Montalbán,

en escenas llenas de pasión y de fuego, ha sabido excitar, en grado

supremo, las simpatías del público, á cuya circunstancia debe, sin duda,

su comedia la fama de que ha gozado tanto tiempo en el teatro. El plan y

trazos de la misma son, sin embargo, muy defectuosos en el conjunto y

desiguales en sus diversas partes; en el argumento no hay la

concentración necesaria, y en su estilo se ostentan las faltas, ya

censuradas, de este poeta, no una vez, sino muchas, de una manera

chocante.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 16 / 24 段