José de Valdivieso, sacerdote y capellán del arzobispo de Toledo,

mantuvo estrechas relaciones de amistad con los más célebres poetas de

su época, para quienes su casa era un punto de reunión y trato. Parece

que se consagró á la poesía, más bien por su afición á ella que por

vocación especial. Sus comedias religiosas, á lo menos, apenas merecen

la más ligera alabanza: distínguense por su falta completa de buen

gusto, por el absurdo y exagerado misticismo, peculiar de ordinario de

este linaje de composiciones, aunque sin la osada fantasía, que las

sublima, conciliando lo extraño con lo maravilloso. Su _loco cuerdo_ es

un verdadero caos de prodigios sin fundamento, que en vez de inspirar

devoción, como su autor intenta, sólo excitan aversión y repugnancia.

Cuenta la historia de un rico comerciante, que de repente se convence de

la frivolidad de los bienes mundanos, y se retira al desierto para hacer

rigurosa penitencia el resto de sus días. Después de pasar así ocho

años, víctima voluntaria de los más insólitos tormentos, cree que debe

humillarse aún más para merecer la gracia del Señor, y recorre ciudades

y aldeas fingiéndose loco, y sufriendo las burlas é insultos del

populacho.

Más feliz fué Valdivieso con los autos[47], no pudiendo negarse que

manifestó ingenio en su traza, siempre que prescindimos del extraño

enlace de pensamientos inseparable de este linaje de composiciones.

Lástima es que se hallen sobrecargados de teología escolástica, y que su

estilo sea hinchado y de mal gusto. En el auto _Psiquis y Cupido_, es

Psiquis el Alma humana, la Hija del cielo y el Amor es Cristo. El Mundo,

el Deleite y Lucifer son galanes, que pretenden la mano de Psiquis, y se

ven rechazados de ella, porque en sueños ha visto al Amor, á quien sólo

desea pertenecer. Este se presenta como amante suyo, y se desposa con

ella; el himeneo se celebra primero en su casa, en donde descubrirá su

rostro, velado hasta entonces; para acompañar á la desposada hasta ella,

la entrega á la Verdad y á la Razón. Las hermanas de Psiquis, que se

llaman Irascible y Concupiscible, envidian la dicha de la desposada, y

se conjuran con los tres amantes desdeñados para destruirla. El plan se

realiza. Déjase Psiquis seducir de sus enemigos, anticipándose á la

eternidad, y temiendo en vez de creer. En la ocasión primera, en que

intenta levantar el velo del Amor, es retirada por la Fe; en la segunda

huye de sus brazos el divino amante, y se precipita en un insondable

abismo. La Razón queda ciega de repente, y vaga lamentándose; aparécese

la Verdad para buscar á la perdida; y mientras se conduelen ambas de lo

ocurrido, se ve á Lucifer cabalgando en una serpiente, y teniendo en

sus brazos á la desolada Psiquis, manchada de sangre y con negras

vestiduras. El Amor, sin embargo, accede al fin á celebrar de nuevo su

himeneo, movido por el arrepentimiento del Alma; la Santa Virgen trae á

Psiquis en sus brazos, él estrecha entre los suyos á la recién hallada,

y en este instante la adornan blancos paños; ábrense sus ojos á la

razón; huyen el Mundo, el Deleite y Lucifer; se ve al Cielo, padre de

Psiquis, que ofrece á su hija una corona y una palma, y un coro

solemniza con sus cánticos las bodas del Alma y de Cristo. La

composición del auto, titulado _El hospital de locos_, es singular hasta

lo sumo. El Alma, llevando por guía al Placer, hace una peregrinación;

excítala éste á entrar en una casa, en donde habitan todos los goces,

obedeciéndolo á pesar de las reconvenciones de la Razón, que, desde el

umbral, intenta disuadirla de su propósito. Aquella casa es de locos;

manda en ella el Delirio, y la ocupan las diversas locuras; Lucifer, con

un tambor de niños, llama á la Guerra contra el Cielo; el Mundo Infantil

cabalga en un caballo de juguete; la Curiosidad bebe copiosamente en una

mesa; la Carne toca una guitarra, y entona canciones eróticas, y la

Humanidad yace en un rincón en pacífica locura. Se felicita al Alma por

su venida, y se la adorna con un bonete de loco. Agrádale bastante al

principio la desenfrenada licencia de la nueva vida; pero pronto la

encadena la Culpa, y la encierra en una prisión. Abre entonces los ojos

á la luz, y se arrepiente de sus extravíos; viene en su ayuda la

Inspiración ó la Gracia Divina, llamada por la Razón, y con su auxilio

se liberta de la cárcel.

Andrés de Claramonte, célebre actor y director del teatro de Murcia

(muerto en 1610), fué también famoso poeta, principalmente á causa de su

comedia _El negro valiente en Flandes_, cuya segunda parte escribió

después Vicente Guerrero.

Seguramente no es grande el valor poético de esta composición; falta el

arte en el conjunto de la acción, y su desarrollo es duro y grosero;

pero, sin embargo, respira toda ella cierta frescura y grata sencillez.

Las temerarias hazañas del negro, que milita bajo las banderas del duque

de Alba, y que, á fuerza de osadía, consigue la investidura de caballero

de la Orden de Santiago (entre otras empresas, por haber penetrado solo

en el campamento enemigo y haber hecho prisionero en su tienda al

príncipe de Orange), excitan un vivo interés á causa de las animadas

descripciones, que llenan á esta comedia. La rudeza de su exposición se

harmoniza admirablemente con el colorido popular, que la distingue[48].

Si juzgamos ahora en general á todos los poetas, que hemos mencionado

desde Guevara (en cuanto es lícito, atendido el escaso número de sus

obras existentes), no merecerán, por cierto, grandes alabanzas. Las

comedias de que hablamos, nos recuerdan en demasía la infancia del

teatro; muéstrannos el arte dramático, que alcanzó tanta perfección en

tiempo de Lope de Vega, notablemente degenerado, careciendo, sin duda,

de crítica los literatos, que las comparan con las de aquel gran

maestro. Aun las peores obras de Lope aventajan á las mejores de éstos

en la dignidad del estilo y en la elegancia de la dicción poética. Raros

vestigios se observan en ellas de traza sensata del plan, y aún menos de

sello artístico en los sucesos; al contrario, siguen los unos á los

otros grosera é inmediatamente, y parecen diseñados con toscas

pinceladas. Falta en ellas por completo la delicada veladura de sus

detalles, y las transiciones poéticas; su diálogo es poco flexible y nos

ofrecen en confuso desorden lo ordinario, común y trivial, al lado de lo

patético, y rasgos de mal gusto envueltos en hinchadas estrofas. Verdad

es, que, á pesar de tales defectos, se encuentran á veces aisladas

bellezas, aunque por lo general pertenecen más bien al asunto, manejado

con anterioridad por otros, que al poeta que los expone, cuando es lo

cierto que el verdadero genio les hubiese dado mucho mayor realce. Así

se explica que estos dramáticos no pudieran rivalizar con Lope de Vega,

ni merecer largo tiempo el favor del público; ya en el segundo cuarto

del siglo XVIII apenas se mencionan sus nombres, siendo escaso el

interés que excitaban, aun para imprimir sus obras, no encontrándose

ninguna de ellas en las grandes colecciones de comedias españolas,

hechas posteriormente[49].

Otros muchos poetas contemporáneos son aún menos importantes para que su

memoria se perpetuara en la literatura. Los nombres de estos escritores

dramáticos, que indicaremos á continuación sin más comentarios, puesto

que, al parecer, no existen obras suyas impresas, ó no han llegado á

nuestra noticia, son los siguientes:

El licenciado Justiniano. Atribúyensele en los catálogos de Medel del

Castillo (Madrid, 1735) y de la Huerta dos comedias, tituladas _Los ojos

del cielo_ y _Santa Lucía_.

Juan de Quirós, jurado de Toledo, que no debe confundirse con Francisco

de Quirós, posterior á él.

Navarro, licenciado en Salamanca.

El licenciado Martín Chacón, familiar de la Inquisición.

D. Gonzalo de Monroy, regidor de Salamanca, distinto del más famoso

Cristóbal de Monroy.

El Dr. Angulo, regidor de Toledo.

El Dr. Vaca, sacerdote y beneficiado en Toledo.

Hipólito de Vergara.

Ochoa.

Diego de Vera.

Liñán.

Almendárez.

Félix de Herrera, diverso de otro del mismo apellido, de quien

trataremos más adelante.

Miguel Sánchez Vidal, de Aragón, que hubo de escribir en 1589 una

comedia, en tres jornadas, cuyo título era _La isla Bárbara_[50].

Hay además otros muchos escritores, ya en parte mencionados en el

segundo libro de esta HISTORIA, que prosiguieron componiendo comedias en

el presente período. Tales son Alonso y Pedro de Morales, Grajales,

Zorita, Mesa, Sánchez, Ríos, Avendaño, Juan de Vergara, Villegas, Castro

y otros. En lo sucesivo trataremos de algunos cuando hablemos de los más

célebres autores.

Con los dichos termina la serie de poetas que se distinguieron en la

literatura dramática durante la primera mitad de la carrera también

dramática de Lope[51]. Sígueles una segunda serie de los que trabajaron

en época algo posterior, y cuyo período más floreciente coincide con el

de Lope. Natural es que estas dos series de poetas, y en tiempos tan

próximos, no puedan separarse rigurosamente: la primera toca á la

segunda, y el principio de la última se pierde á su vez en la anterior;

pero conviene señalarlas para orientarnos, dividiendo de esta suerte en

dos grupos á los coetáneos de Lope de Vega, que realmente se

diferencian entre sí en algunos puntos. Sin embargo, antes de proseguir

la historia de la literatura dramática, conviene fijar nuestra atención

en el giro especial que tomaba la crítica de este género poético.

CAPÍTULO XXIII.

Oposición de algunos críticos al drama nacional.--Andrés Rey de

Artieda.--Francisco Cascales.--Cristóbal de Mesa.--Esteban Manuel

de Villegas.--Bartolomé Leonardo de Argensola.--Cristóbal Suárez de

Figueroa.--Triunfo del partido nacional contra los galicistas.

En breve echó la forma nacional del drama tan profundas raíces en el

ánimo del público, que otro cualquier linaje de ensayos heterogéneos no

podía tener en el teatro favorable éxito. No era ya de temer que la flor

lozana de la poesía original fuese deshojada bajo el peso de la falsa

erudición. Algunas, aunque escasas tentativas, se hicieron, á la verdad,

para escribir dramas á la manera de los antiguos; acaso sean los únicos

ejemplos _El Pompeyo_, de Cristóbal de Mesa, y la imitación del

_Hypolito de Eurípides_, de Esteban Manuel de Villegas; las traducciones

de antiguas tragedias y comedias, como _La Medea de Eurípides_, y las

comedias de Terencio de Pedro Simón Abril, han de calificarse más bien

de trabajos filológicos, que como ensayos para imprimir una dirección

determinada al gusto de la nación. Formóse, sin embargo, un partido de

sabios y semisabios con el propósito de contrariar al drama español, y

cuyo desagrado al observar el desprecio con que se miraban sus

preceptos, se desahogó en invectivas contra todo el teatro nacional. No

es posible negar que, en parte de esta contienda, desplegaron habilidad

é ingenio, y que fueron oportunas algunas de sus censuras de los

extravíos de los poetas más favorecidos del público. Pero el foco de

donde partía el ataque, era en extremo absurdo; siempre el desventurado

Aristóteles, siempre son las tres unidades las que se invocan; entre las

críticas que hacen de Lope, descuellan la de que no es Plauto, ni

Terencio, ni Séneca, que menosprecia la dignidad sensata del estilo

trágico, confundiendo sin mesura lo cómico con lo trágico. La verdad,

confesada ahora generalmente, que cada arte sufre modificaciones

inherentes á las circunstancias de su nacimiento, y al carácter del

pueblo en cuyo seno se desenvuelve, y que, con arreglo á ella, el drama

moderno ha seguido rumbo muy diverso del antiguo para llegar á su

perfección, era entonces completamente desconocida. Si hubiese

triunfado esta secta literaria, el teatro español, lo mismo que el

italiano, hubiese sufrido el yugo de una falsa teoría; la poesía

moderna, á pesar de sus propiedades más gratas y verdaderamente

originales, sería también la más pobre; la literatura dramática española

no podría compararse á un campo de vegetación exuberante, lleno de

flores y frutos de toda especie (aunque se encuentren en él, sin duda,

malas yerbas), sino á una tierra árida, en donde nacen aquí y allí

raquíticos arbustos; y en vez de sus creaciones tan nuevas como

originales, dignas de ser imitadas, sólo nos ofrecería copias glaciales

é insoportables de los antiguos modelos. Felizmente, tal resultado era

menos de esperar en aquella época que en cualquiera otra. La victoria

obtenida por Lope de Vega en favor del teatro nacional fué tan decisiva,

que nada pudieron contra ésta los ataques de una crítica enemiga, aun

empleando la mayor prudencia y todas las armas de la sátira. Pero la

secta erudita de que ahora hablamos, no puede, en verdad, felicitarse de

haber mostrado en la contienda una táctica superior; de ninguna manera

le era dado llegar hasta donde se proponía, y ni aun produjeron efecto

las juiciosas observaciones, que mezclaron con diatribas, ni las

censuras, que hicieron justa mella en algunas comedias, porque sus

autores sostenían principios absurdos y destituídos en general de

fundamento, confundiendo además en sus invectivas las bellezas

superiores en la esencia y en la forma, inseparables del drama moderno,

con otros vituperables olvidos de todas las reglas de la naturaleza y

del arte. A pesar de todo lo expuesto, es digna esta disputa de llamar

nuestra atención, porque, entre otras razones, nos ofrece la prueba de

que todas las preocupaciones estrechas y máximas pedantescas, que

enseñaron Boileau y su escuela con tantas pretensiones, y que dieron

después la vuelta á toda Europa, fueron conocidas en España medio siglo

antes y quizás expuestas con más ingenio que en ningún otro pueblo.

El valenciano Andrés Rey de Artieda comenzó el primero el fuego en una

epístola al marqués de Cuéllar[52], impresa hacia el año de 1605.

Como las gotas que en verano llueven

Con el ardiente sol dando en el suelo,

Se transforman en ranas y se mueven,

Assí al calor del gran Señor de Delo

Se levantan del polvo poetillas

Con tanta habilidad que es un consuelo;

Y es una de sus grandes maravillas

El ver que una comedia escriba un triste

Que ayer sacó Minerva de mantillas.

Y como en viento su invención consiste,

En ocho días, y en menor espacio,

Conforme su caudal la adorna y viste.

¡Oh, quán al vivo nos compara Horacio

A los sueños frenéticos de enfermo

Lo que escribe en su triste cartapacio!

Galeras vi una vez ir por el yermo,

Y correr seis caballos por la posta

De la isla del Gozo hasta Palermo;

Poner dentro Vizcaya á Famagosta,

Y junto de los Alpes, Persia y Media,

Y Alemaña pintar larga y angosta.

Como estas cosas representa Heredia,

A pedimento de un amigo suyo,

Que en seis horas compone una comedia.

No habla menos resueltamente sobre la última cuestión Francisco

Cascales, de Murcia[53], en sus _Tablas poéticas_, que aparecieron en

1616. En este libro ingenioso, escrito en forma de diálogo, se dice,

entre otras cosas, lo siguiente: «¡Válame Dios! (dice Pierio en la pág.

166 de la edición de Madrid, de Sancha, 1779.) Luego, según eso, no son

comedias las que cada día nos representan Cisneros, Velázquez, Alcaraz,

Ríos, Santander, Pinedo, y otros famosos en el arte histriónica; porque

todas, ó las más, llevan pesadumbres, revoluciones, agravios,

desagravios, bofetadas, desmentimientos, desafíos, cuchilladas y

muertes; que aunque las haya en el contexto de la fábula, como no

concluyan con ellas, son tenidas por comedias.--Ni son comedias (le

replica Castalio), ni sombra de ellas. Son unos hermafroditos, unos

monstruos de la poesía. Ninguna de esas fábulas tiene materia cómica,

aunque más acabe en alegría.»

Pierio dice que á lo menos se llamarán tragicomedias[54].

He aquí ahora cómo contesta á esta observación: «Si otra vez tomáis en

la boca este nombre, me enojaré mucho. Digo que no hay en el mundo

tragicomedia, y si el _Amphitrion_ de Plauto se ha intitulado así, creed

que es título impuesto inconsideradamente. ¿Vos no sabéis que son

contrarios los fines de la tragedia y la comedia? El trágico mueve á

terror y misericordia; el cómico mueve á risa. El trágico busca casos

terroríficos para conseguir su fin; el cómico trata acontecimientos

ridículos: ¿cómo queréis concertar estos heráclitos y demócritos?

Desterrad, desterrad de vuestro pensamiento la monstruosa tragicomedia,

que es imposible en ley del arte haberla. Bien os concederé yo que, casi

cuantas se representan en esos teatros, son de esa manera; mas no me

negaréis vos que son hechas contra razón, contra naturaleza y contra el

arte.»

En otro lugar de sus _Tablas poéticas_, dice así: «Me acuerdo haber dado

(comedia) de San Amaro, que hizo viaje al Paraíso, donde estuvo

doscientos años, y después cuando volvió á cabo de dos siglos, hallaba

otros lugares, otras gentes, otros trajes y costumbres. ¿Qué mayor

disparate que esto? Otros hay que hacen una comedia de una corónica

entera.» Más adelante, en la misma obra, se expresa de este modo: «Los

poetas extranjeros, digo, los que son de algún nombre, estudian el arte

poética, y saben por ella los preceptos y observaciones que se guardan

en la épica, en la trágica, en la cómica, en la lírica y en otras

poesías menores. Y de aquí vienen á no errar ellos y á conocer tan

fácilmente nuestras faltas.» Esta alusión á los dramas regulares

extranjeros, que hace también Cervantes, nos parecerá, sin duda, harto

extraña; probablemente se referirá á las obras del Trissino, Rucellai,

Speroni, Ariosto, Maquiavelo, Lasca y á otras tragedias pesadamente

regulares ó comedias prosáicas y áridas de los italianos, puesto que el

teatro francés estaba á la sazón en su infancia.

Otro esforzado campeón del rigorismo clásico fué Cristóbal de Mesa,

natural de Zafra, en Extremadura. Este erudito y poeta, no escaso, por

cierto, de ingenio, había pasado en Italia casi toda su vida, en donde,

como él cuenta, trató por más de cinco años á Torquato Tasso. Al parecer

había ya muerto á principios del siglo XVII. Sus ataques al teatro

español son notables por lo profundos. En el prólogo á sus _Rimas_

(Madrid, 1611), se queja de que la poesía haya degenerado en un trabajo

mecánico por culpa de los que escriben tantas comedias, y de que se

hagan aparecer desacordadamente Reyes en la comedia, y en la tragedia

personajes de las clases más bajas; en sus epístolas se solaza con la

multitud é irregularidad de los dramas de Lope; se conduele de que,

mientras los poetas cómicos se enriquecen, los trágicos y épicos se

mueren de hambre, y dice que, para alcanzar el renombre y las ventajas

de gran poeta, es preciso que los criados representen las más groseras

farsas, que haya aventuras nocturnas amorosas, y que ocurran en las

tablas altercados entre lacayos y doncellas, etc. En la dedicatoria de

su tragedia _Pompeyo_ (la cual, por lo demás, no guarda con exactitud

las reglas clásicas), explica la observancia de las unidades como

condición fundamental de toda obra dramática perfecta; dice, entre otras

cosas, que, siendo tan breve el tiempo de la acción trágica, que

Aristóteles lo limita al espacio de un día, su unidad será tanto más

perfecta, cuanto más se estreche ese plazo, y cuanto más perfecta sea su

unidad, más lo será también la tragedia.

Esteban Manuel de Villegas, uno de los líricos españoles más

distinguidos (nació en Nágera en 1595), dispara en sus epístolas y

elegías innumerables dardos satíricos contra los poetas cómicos. En la

elegía séptima finge un diálogo con un mozo de mulas, al cual dice:

Que si bien consideras, en Toledo

Hubo sastre que pudo hacer comedias,

Y parar de las musas el denuedo.

Mozo de mulas eres, haz tragedias:

Y el hilo de una historia desentraña,

Pues es cosa más fácil que hacer medias.

Guissa como quisieres la maraña,

Y transforma en guerreros las doncellas,

Que tú serás el cómico de España.

Verás que el histrión mímico en ellas

Gasta más artificios que Juanelo,

En el subir del agua con gamellas.

Hasta que aparador hace del cielo

El scénico tablado, que ha servido

De obsceno lupanar á vil martelo.

Luego serás del vulgo conocido

En el cartel que diga: DE FULANO,

HOY LUNES A LAS DOS, bravo sonido.

Irás con el magnate mano á mano,

Por bien que mulas rasques, que el ingenio

Merece todo honor en el más llano.

Más adelante pone irónicamente en los labios de un mal poeta estas

palabras:

... gran barbaria haber solía

Por cierto, en aquel siglo de Terencio,

Según lo da á entender su poesía.

Yo del passado no le diferencio,

Quando la Propaladia de Naharro

De nuestra España desterró el silencio.

* * * * *

Pero por Plauto no daré un cabello;

Miro que su oración toda se agacha;

No cual la tuya, Lope, que alça cresta,

Hasta tocar del sol la ardiente hacha.

¿Pues qué, si tu Rosaura, en la floresta

Juega el venablo y bate los ijares,

Del valiente bridón que la molesta?

* * * * *

¿Juventud castellana, ya qué temes?

Yo te prometo honor, suda y escribe,

Que Apolo hay acá con quien te extremes.

Preceptos más sensatos acerca de la composición y del estilo del drama,

expone á un poeta cómico Bartolomé de Argensola, hermano de Lupercio

Leonardo, á quien ya conocemos; pero sus reglas son, en parte, de esa

naturaleza profunda que nos enseña que un cuerpo humano no puede tener

cabeza de caballo.

Tras esto, á Musas cómicas te inclinas,

Si bien las sequedades aborreces

De las fábulas griegas y latinas.

Y no lo extraño; pero muchas veces

En lo que yace desabrido y seco

Hallan qué ponderar discretos jueces.

* * * * *

Y pues que á la instrucción moral se empeña,

No traiga para ejemplos de la vida

Lo que algún delirante enfermo sueña;

Que ni la plebe es bien que se despida

Después que te prestó grato silencio,

Si no desesperada, desabrida.

* * * * *

Fúndate en verosímiles acciones,

No en la selva al delfín busquen las redes,

Ni al jabalí en el piélago á los canes,

Pues que en sus patrias oprimirlos puedes.

Según lo cual, no quieran los galanes,

Aunque traten, ó incautos ó sutiles,

Con rameras, con siervos ó truhanes,

Envilecerse entre plebeyos viles,

Sin descuento; ni príncipes ni reyes

Aplebeyar los ánimos gentiles.

* * * * *

Haz al fin que el lugar, el tiempo, el modo,

Guarden su propiedad; porque una parte

Que tuerza de esta ley, destruye al todo.

* * * * *

Y esto de introducir una figura

Que á solas hable con tardanza inmensa,

¿No es falta de invención y aun de cordura?

Dirán que así nos dice lo que piensa,

Y lo que determina allá en su mente

(A mi entender) ridícula defensa.

¿No es fácil inventar un confidente

A quien descubra el otro del abismo

Del alma lo que duda ó lo que siente?

Soliloquio es hablar consigo mismo.

* * * * *

¿Quién no se burlará de una persona

Que, sin oyente, sobre algún suceso,

En forma de diálogo razona?

* * * * *

Si airado un padre forma llanto ó queja,

No para provocar el pueblo á risa

Le interrumpa el plebeyo, que graceja;

Que así nuestra piedad, por tan preciosa

Obligación, socorre al afligido,

Como naturaleza nos lo avisa...

El adversario más encarnizado y constante de las comedias y del teatro

de su tiempo, fué Cristóbal Suárez de Figueroa. Son muy escasas las

noticias biográficas que se han conservado de este conocido escritor,

autor de muchas obras en prosa y verso, y sólo se sabe que existía á

fines del siglo XVI y á principio del XVII, y que residió largo tiempo

en Italia. Sus críticas del drama español se encuentran, en parte, en su

obra titulada _Plaza universal de todas las ciencias_ (Madrid, 1615); en

parte, en la del _Pasajero, advertencias utilísimas á la vida humana_

(Madrid, 1617). En el primero de los libros citados dice que los poetas

cómicos de su tiempo no conocen las reglas del arte, ó que escriben, por

lo menos, como si las ignorasen. Su única guía es el gusto del público

español, al cual no convienen las fábulas de Terencio y de Plauto, y á

cuyo capricho han de ajustarse las comedias, originándose de aquí que

ministren al público un alimento ponzoñoso y escriban farsas que

carecen casi en absoluto de fondo, de moral y de buen estilo, para que

el auditorio, por vía de pasatiempo, se solace tres ó cuatro horas sin

sacar utilidad alguna de este divertimiento. Según su opinión, esos

poetas modernos no quieren convencerse de que, para imitar á los

antiguos, han de adornar sus escritos con sentencias morales y con

enseñanzas para la vida, deberes de los más propios del buen autor

cómico, aunque su objeto principal sea mover la risa; al contrario, los

escritores de comedias hacen escaso alarde de su buen gusto, y

demuestran lo limitado de su instrucción literaria, desenvolviendo sus

planes sin orden ni regla alguna y sin otra norma que su capricho, y

siendo ésta la causa de que, gentes que apenas saben leer, como el

sastre de Toledo, el pañero de Sevilla y otros estúpidos é ignorantes

personajes del mismo jaez, se atrevan á escribir comedias. Añade que la

consecuencia de este estado deplorable de cosas, es que se representen

en los teatros comedias escandalosas, plagadas de conversaciones

obscenas y de pensamientos vulgares, de inconveniencias y de faltas

contra la verosimilitud. De aquí también proviene que ni á Príncipes ni

á Reinas se respete como merecen, ofreciéndolos en situaciones harto

libres y poco dignas, y poniendo en sus labios palabras nada conformes

con la moral ni con su rango; los criados hablan sin temor, las

doncellas sin vergüenza, los ancianos con cinismo, etc.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 14 / 24 段