En _Más pesa el Rey que la sangre_, se representa la historia de Guzmán

_el Bueno_; pero de tal manera, que se mezclan y confunden las

invenciones del poeta con algunos otros datos suministrados por la

tradición. El argumento de este drama, que nos ofrece muchas bellezas de

primer orden, es, en pocas palabras, el siguiente: Don Sancho _el

Bravo_, rey de Castilla, tuvo que luchar, después de la muerte de su

padre D. Alfonso _el Sabio_, con un partido contrario, que pretendía

sentar en el solio á su sobrino. Sevilla era el foco principal de la

resistencia. La comedia comienza representándonos la entrada del Rey en

esta ciudad, que al fin se entrega. Para solemnizar la victoria se

celebra un brillante torneo, en el cual se distingue, por su valor y por

sus fuerzas, Don Alonso de Guzmán, famoso ya en toda España. Terminada

la fiesta, se ve al Rey rodeado de sus grandes y recibiendo los

homenajes de las personas principales de Sevilla, que, habiendo sido

adversarios suyos, son acogidos con frialdad; con Guzmán se extrema el

Rey más que con ningún otro, por considerarlo como al caudillo de más

valía de sus enemigos. Enfurécese sobremanera por esta causa Pedro, hijo

de Don Alonso de Guzmán, y mancebo de unos catorce años; pero su padre,

siempre leal, no exhala la menor queja, protestando sólo ante el Rey con

frases calurosas del amor y del profundo respeto que le profesa. Don

Sancho, dando oídos á calumniosas insinuaciones, lo destierra de

Sevilla y de sus cercanías. Apenas abandona Guzmán el salón regio, le

siguen los demás grandes, asegurándole que cuente con ellos; pero él

jura, que, por grande que sea la injusticia con que se le trate, jamás

se rebelará contra su Soberano. Don Enrique, hermano del Rey, disputa

con calor por este motivo con Guzmán, separándose los dos enemistados.

La escena siguiente nos representa la despedida de Guzmán y de su

esposa; la honradez de este noble matrimonio, expresada con cierto sello

de rudeza, así en el fondo como en la forma, característica de la época,

está pintada magistralmente. Guzmán resuelve servir á su Rey en el

destierro, ofreciendo contra los africanos sus servicios á Almanzor,

Príncipe moro que sitia á la sazón á Algeciras, con la condición de que

levante el cerco y retire sus tropas del territorio cristiano. El

infante Don Enrique se refugia un día en la casa de Guzmán para evitar

la cólera del Rey y huir después á Portugal. Los dos esposos acuerdan

entonces entregar á Don Enrique su hijo Pedro, para que lo lleve con sus

parientes á la corte de Lisboa. Apenas queda sola la mujer de Guzmán, se

presenta el Rey en busca del Infante, y pronuncia algunas palabras que

afligen sobremanera á tan leal señora; apodérase entonces de una

lámpara, y, sin faltarle al respeto, enseña la puerta á su ilustre

huésped, alumbrándole desde la escalera. Esta escena es excelente.

Guzmán llega mientras tanto á los reales de Almanzor, que se regocija

extraordinariamente de tener á su servicio al caballero cristiano más

valeroso y á su más formidable enemigo, y, aceptando la condición que se

le impone, abandona el territorio español. Guzmán hace en África

prodigios de valor, y su fama se extiende de tal modo, que excita la

envidia del Monarca mahometano, por cuya razón resuelve éste deshacerse

de él, y con tal propósito, le encarga que dé muerte á una horrible

serpiente, contra la cual se han estrellado los esfuerzos y las vidas de

todos sus perseguidores. El héroe sale también victorioso de esta lucha;

pero abandona después al ingrato Almanzor, y regresa á su patria. En el

acto tercero lo encontramos en las costas andaluzas, en donde se ha

reunido con su esposa, que, no pudiendo sufrir más tiempo su ausencia,

se preparaba á encaminarse al África. En el intervalo de estos sucesos,

los moros recomienzan la guerra contra los cristianos con nuevos bríos,

y concentran todas sus fuerzas sobre Tarifa para rendirla. Guzmán logra

penetrar en la ciudad y promover el entusiasmo de los sitiados. El

hambre y las enfermedades reinan ya en la fortaleza; muere el

gobernador, y Guzmán le sucede en el mando; jura entonces que, mientras

él viva, ningún infiel traspasará las puertas de Tarifa. Llega al

campamento enemigo el infante Don Enrique, huyendo de Portugal, en

ninguna de cuyas poblaciones lo han querido recibir por ser adversario

del rey de Castilla; su plan es pasarse al partido de los moros para

tomar venganza de su hermano. El joven Pedro Guzmán, que le acompaña,

ignorando sus planes, reprueba, después de conocerlos, su traidora

conducta con frases enérgicas, é intenta abandonarlo; pero Don Enrique

lo detiene á la fuerza, lo carga de cadenas y lo entrega á los moros. El

Infante proyecta obligar á los sitiados á rendirse, valiéndose del

mancebo cautivo. El Príncipe moro invita al viejo Guzmán á celebrar con

él una entrevista; preséntase en las almenas de la plaza; traen á su

hijo con sus pesadas cadenas; ¡qué escena entre el padre y el hijo al

volverse á ver!

DON ALONSO.

¿A dónde

Lleváis maniatado, Infante,

Ese cordero inocente,

Que aún apenas balar sabe?

INFANTE.

Al sacrificio, Guzmán,

Si no tratas de entregarme

A Tarifa antes que el sol

A los antípodas baje.

Esta escena es admirable, y completamente perfecta en todas sus partes.

El heroísmo del padre, resuelto desde un principio á sacrificar sus

afecciones personales por su Rey y su fe, aunque sin ahogar por entero

la voz de su corazón; la resignación del hijo, dispuesto á la muerte con

alegría, porque muere por su Dios y por su patria, nos conmueven y

afectan de una manera indecible. El noble mancebo es al fin inmolado;

pero convencidos los sitiadores de que el gobernador de la plaza no ha

de ceder ya, se alejan de los muros de Tarifa. A la escena del

sacrificio del joven Guzmán sigue otra, no inferior en belleza. El padre

del muerto se esfuerza en demostrar su firmeza, é intenta ocultar á su

esposa lo sucedido. Vuelve á su casa como si nada hubiera ocurrido, y se

sienta tranquilo á la mesa; pero no prueba manjar alguno, y su dolor

reconcentrado estalla al cabo en ardientes lágrimas. Así se anuncia á la

madre la muerte del hijo: el dolor la domina al principio, pero pronto

se repone, alegrándose de que su hijo sea digno de su padre, y se pone

al frente de los soldados para perseguir á los moros, y arrebatarles los

restos de su hijo. Consíguelo, en efecto, y su cadáver es solemnemente

sepultado al presentarse el Rey, que llega á libertar á Tarifa,

reparando en lo posible la injusticia cometida antes contra Guzmán, cuya

fidelidad ha sido probada de una manera tan brillante, y que desde

entonces adquiere el sobrenombre del _Bueno_.

También en _Cumplir dos obligaciones_ y _Duquesa de Sajonia_, se ensalza

el nombre español, aunque el lugar de la acción sea fuera de España. La

historia, que le sirve de fundamento, es la misma que nos ha dado á

conocer la balada de Stollberg, titulada _La arrepentida_. Encamínase á

la corte imperial de Alemania Don Rodrigo de Mendoza, embajador de

Felipe II. Cerca de Viena es acometido por salteadores, y debe sólo la

vida á la llegada imprevista de un valeroso caballero alemán, llamado el

conde Ricardo. Como le interesa cumplir cuanto antes su misión, por cuya

causa viajaba también de noche, pierde el camino, y se extravía en un

paraje despoblado, en donde vaga largo tiempo, hasta que encuentra un

castillo solitario, al cual se dirige, para pasar en él la noche. Entra

en el patio, en donde parece que reinan el silencio y la muerte; el

castellano lo recibe serio y sombrío, y lo conduce á un aposento

adornado con negros tapices. Pónese una mesa espléndida, á la cual se

sienta el extranjero al lado del castellano; junto á ella se coloca un

féretro, y pronto aparece una mujer con velo y vestida de negro, á quien

sirve el féretro de mesa, bebiendo en el cráneo de un esqueleto, que le

presenta un criado, vestido también de negro. El español pregunta

sorprendido la explicación de este suceso; pero el dueño del castillo

elude todas sus preguntas, y da las buenas noches á su huésped después

de indicar á la del velo que se retire. El embajador, admirado de lo que

ha visto, no puede dormir, y su criado, que es el gracioso, cree

encontrarse en un castillo encantado. Mientras hablan los dos, vuelve la

mujer misteriosa; laméntase en voz alta; póstrase en tierra ante Don

Rodrigo, y le ruega que auxilie á la mujer más desdichada del mundo,

contándole lo siguiente. Casada joven con el duque de Sajonia, y sin

darle motivo alguno de sospecha, ha sido desde un principio víctima de

su desconfianza y de sus celos. El Duque la abandonó poco después de su

matrimonio para ir á la guerra, dejando el gobierno en manos de un

sobrino suyo. Este, violentamente apasionado de la Duquesa, la había

molestado hasta el exceso con sus pretensiones, acogidas por ella con

justo desprecio. A la vuelta del Duque, se vengó de ella el desdeñado

haciendo creer á su esposo que la austera dama tenía relaciones

criminales con un Paje. El Duque, celoso ya por carácter, da fácil

crédito á esta acusación; ordena matar al Paje, y se refugia con la

Duquesa en aquel castillo solitario. Jamás habla con ella, y la obliga á

vestir siempre de luto, y á dormir al lado del cadáver embalsamado del

Paje; y para avergonzarla más, á comer en el féretro delante de todos

los extranjeros, que visitan el castillo, y á beber en el cráneo de su

pretendido amante. Don Rodrigo escucha su relación con gran interés,

prometiéndole desde luego que probará la verdad de ella en combate legal

con el calumniador; pero de repente es interrumpido el coloquio por la

llegada de un importuno, antes de pronunciar la Duquesa el nombre del

calumniador, viéndose obligado el español á continuar su viaje, sin

saberlo, al romper el día. Recíbenle con grandes agasajos en la corte

imperial, y aprueban todos su proyecto de defender la inocencia de la

Duquesa. Encuentra también en la corte al conde Ricardo, que le había

salvado la vida poco tiempo antes; contrae con él una estrecha amistad,

que se consolida con nuevos favores que le debe, y por el lazo aún más

fuerte del amor, que concibe por una hermana del Conde. Envía, mientras

tanto, á su criado para averiguar de la Duquesa el nombre del

calumniador de su honra; el mensajero, para penetrar en el aposento del

receloso guardián del castillo, no halla otro medio que deslizarse por

el cañón de la chimenea, por donde tiene que volver precipitadamente sin

conseguir su objeto, y tan á ciegas como antes. Don Rodrigo, no siendo

dueño de refrenar su impaciencia, desafía por público pregón al delator

de la Duquesa, sea quien sea. Brilla al fin el día de la lucha; ábrense

las barreras del palenque, y el caballero español espera á su contrario.

Preséntase como tal el conde Ricardo. Terrible es el combate, que

suscitan en el pecho de Rodrigo tan opuestos deberes: por una parte, su

palabra de caballero, dada á la Duquesa; por otra, la deuda contraída

con su adversario, dos veces salvador de su vida; la amistad que los

une, y el amor apasionado que profesa á su hermana. No vacila, sin

embargo, en cumplir su palabra: comienza la lid; el Conde es desarmado,

y confiesa que ha levantado la calumnia contra la Duquesa por vengarse

del desdén, con que acogiera su amor; pero á consecuencia de este

acontecimiento, el Duque amenaza con su cólera al calumniador vencido, á

quien defiende Rodrigo, correspondiendo de esta manera á los favores que

le debe.

El drama _La desdichada Estefanía_ se funda en un suceso, que tiene

algunos puntos de semejanza con la historia de Ariodante y de Ginebra

del Ariosto, pero ocurrido, á lo que parece (puesto que otros poetas

hablan también de él), en la corte de Alfonso VIII de Castilla. Este Rey

trata de casar á su hermana Estefanía con uno de sus vasallos. Los

pretendientes á su mano son el conde Vela y Don Fernán Ruiz de Castro.

La Princesa se decide por el último, y deja que el Conde se abrase en un

amor sin esperanza. Fernán Ruiz, poco después de sus bodas, se ve

obligado á acompañar al Rey en una expedición contra los moros. Su

esposa, que lo ama tiernamente, vive en su ausencia en tranquilo retiro;

pero una de sus damas, enamorada del conde Vela, forma el plan aleve de

escribirle cartas amorosas en nombre de Doña Estefanía, y en invitarlo á

una entrevista nocturna. El Conde acepta la invitación, y acude á la

hora prefijada al balcón de la Princesa; recíbelo la astuta dama con los

vestidos de su señora, y responde con otras á sus frases amorosas, sin

que él advierta el engaño. Repítense estas entrevistas, y con tan poco

recato, que son de todos conocidas y llegan, á su vuelta, á noticia de

Fernán Ruiz. Este, convencido de la fidelidad que le guarda su esposa,

no da crédito á tales rumores; pero como son muchos y unánimes los que

lo afirman, concibe al fin sospechas, y se oculta una noche cerca del

balcón. No aguarda, en verdad, mucho tiempo, presenciando la llegada del

amante, y la aparición de una mujer vestida como Estefanía; sale, pues,

furioso de su escondite, mata al Conde y entra en su casa. La dama

disfrazada huye velozmente, y se da traza de que recaiga la ira del

engañado esposo en la inocente Estefanía, que cae en tierra herida de

varias puñaladas. Después de esta catástrofe experimenta la causante de

ella remordimiento de conciencia; descubre la verdad, y se arroja á la

calle desde el balcón; Fernán Ruiz, entonces, con el corazón traspasado,

se acusa ante el Rey de su crimen, y le ruega, convocado un tribunal

compuesto de nobles, que lo condene á muerte. Este drama es excelente,

así en la pintura de tiernos afectos, como en la de las pasiones

violentas, y en muchas escenas se eleva á la mayor altura del trágico

coturno.

Iguales cualidades brillan en _Reinar después de morir_, sin disputa la

producción dramática más notable que describe la muerte de Doña Inés de

Castro.

_La romera de Santiago_, que algunas ediciones antiguas atribuyen á

Tirso de Molina, en nada se asemeja á las demás obras de este poeta,

puesto que su estilo es tan idéntico á las de Guevara, que es preciso

aceptar en todo la indicación de las comedias sueltas que la señalan

como suya. Ordoño, rey de León, ha desposado á su hermana Doña Linda con

el conde Lisuardo, encargándole, sin embargo, cierta misión en

Inglaterra antes de celebrarse el matrimonio. Durante la ausencia del

Conde llega disfrazado de Castilla otro Conde, llamado Garci-Fernández,

fingiendo ser su embajador en la corte de León, y con el propósito de

pretender la mano de la Infanta, que lo acoge friamente, guardando

fidelidad á su prometido. Lisuardo, en su viaje por Galicia, encuentra á

una sobrina del conde de Castilla, denominada Doña Sol, que peregrinaba

á Santiago; apasiónase de ella violentamente, y la deshonra, empleando

la fuerza, habiendo sido inútiles los ruegos. Garci-Fernández se halla

en León cuando llega Doña Sol á esta capital, demandando al Rey justicia

contra su ofensor. Dase á conocer entonces el conde de Castilla, y se

obliga á vengar en el Conde la injuria hecha á su sobrina; pero el Rey

ordena á todos que guarden la mayor reserva, porque él basta y sobra

para castigar al culpable como merece. Lisuardo, en efecto, es encerrado

en la cárcel á su regreso, y condenado á muerte, libertándolo Doña

Linda, cuyo amor hacia él arde todavía en su pecho. Cree entonces

Garci-Fernández que el culpable ha huído con conocimiento del rey

Ordoño, y lo provoca en consecuencia á singular combate; el Rey acepta

el desafío, y cuando está próximo á verificarse, se presenta Lisuardo á

pelear con el conde de Castilla y sustituir á su Soberano, impulsado por

su pundonor; interviene Linda en esta coyuntura é impide el desafío,

ofreciendo su mano á Garci-Fernández; éste, así como Ordoño, se muestran

ya más benévolos respecto á Lisuardo, á causa de su acción caballeresca,

terminando la fábula con la resolución de Doña Sol de enlazarse con

aquél, que, según dice, ha sido arrastrado á cometer un delito por el

exceso de su amor.

Las comedias mencionadas son las mejores de las que conocemos de

Guevara; y las restantes, aun cuando en general nos agraden menos, se

distinguen, sin embargo, por sus motivos dramáticos oportunos é

interesantes situaciones, y prueban en sus rasgos aislados, en su

energía y belleza, y en la animación y fuego de las descripciones, el

talento poco común de su autor. La rapidez de la acción, la viveza y

variedad de la exposición dramática de las comedias de este poeta,

merecen especial alabanza. En la imposibilidad de descender á más

detalles para demostrarlo, nos contentaremos con añadir algunas

indicaciones. _El Príncipe viñador_ sobresale por sus agradables

pinturas pastoriles. La heroína de _El amor en vizcaíno y los celos en

francés_, es una vizcaína que habla medio español y medio vascuence, y

mata en un torneo al delfín de Francia, que la había deshonrado. En _Los

amotinados de Flandes_ se pinta con los más vivos colores la valentía y

generosidad de los soldados españoles. _El valiente toledano_ celebra á

D. Francisco de Ribera, famoso marino del tiempo de Felipe III. Esta

comedia, en que el duque de Osuna aparece en el teatro, hubo acaso de

representarse en vida del tan renombrado virrey de Nápoles, puesto que,

después de su caída, no es de presumir que se le alabase tanto. En _El

marqués de Bastos_, la invención es algo caprichosa y extraña: un

soldado y servidor del Marqués, que comete todo linaje de excesos y es

el verdadero protagonista de la comedia, sufre el último suplicio á

causa de sus crímenes; pero recibe el don maravilloso de servir á su

señor en el combate, aun después de su muerte, en premio de la constante

fidelidad que siempre le ha mostrado, y que ha sido su única virtud. _El

caballero del sol_ se funda en el famoso libro del caballero Febo. _La

niña de Gómez Arias_, representa una tradición de la época del primer

levantamiento de los moriscos en las Alpujarras, muy divulgada también

en los romances populares. Esta comedia de nuestro poeta ha caído en

olvido desde la composición de otra posterior de Calderón, que trata del

mismo asunto, incomparablemente superior á la suya. Entre los autos de

Guevara, merece mención expresa el titulado _De la mesa redonda_.

Carlomagno personifica á Jesucristo; Flor de Lis, á la Iglesia; Rolando,

á San Pedro; Durandarte, á San Juan Evangelista; Montesinos, á San Juan

Bautista, y Garcelón, á Judas.

CAPÍTULO XXII.

Otros poetas dramáticos de esta época.--Mexía de la Cerda.--Damián

Salustrio del Poyo.--Hurtado Velarde.--Juan Grajales.--Joseph de

Valdivieso.--Andrés de Claramonte.--Otros poetas dramáticos del

tiempo de Lope de Vega.

Aun cuando el examen de las obras de Guevara nos haya hecho penetrar en

el siglo XVIII, hemos de retroceder ahora á los principios del período

precedente, y nombrar á varios poetas, que escribieron para el teatro en

tiempo de Lope de Vega y durante los últimos años del reinado de Felipe

II, ó los primeros de su sucesor. Pocas ocasiones se nos presentarán,

sin embargo, de trazar capítulos detallados de ellos, porque de muchos

se sabe ahora poco, y de algunos, absolutamente nada[42].

Pedro Díaz, según Navarro, uno de los que llevaron las comedias á su

perfección, es mencionado por Rojas entre los predecesores de Lope de

Vega, y como autor de una de las primeras _comedias de santos_ titulada

_El Rosario_. Parece, sin embargo, que su nombre quedó después

prontamente obscurecido por los de los nuevos dramáticos. Es de presumir

que aconteciera lo mismo con Joaquín Romero de Cepeda[43], con Berrio y

Francisco de la Cueva, de quienes tratamos ya en el período anterior de

la historia del teatro español. Los dos últimos eran letrados, y Lope de

Vega dice de ellos (_Dorotea_, parte 5ª), que ofrecieron el raro ejemplo

de ser tan distinguidos intérpretes de las leyes como amables poetas, y

que escribieron comedias que se representaron con general aprobación.

Francisco de la Cueva, natural de Madrid[44], fué bastante amigo de

Lope, y es celebrado por él singularmente en _La Arcadia_, en _El laurel

de Apolo_, y en la dedicatoria de la comedia _La mal casada_.

De las obras dramáticas de esta época de Andrés Rey de Artieda y de

Lupercio Leonardo de Argensola, no conocemos nada, aun cuando sepamos

que ambos escribieron para el teatro hasta en el período anterior.

Artieda, como veremos en breve, era opuesto á Lope y á su escuela, por

cuyo motivo es de sospechar que se inclinaba más bien al sistema

clásico.

De Mejía de la Cerda, licenciado y relator de la chancillería de

Valladolid, poseemos una llamada tragedia, que se titula _Inés de

Castro_, producción literaria muy inferior, que no puede compararse bajo

ningún aspecto con la de Guevara sobre el mismo asunto, ni aun con la de

_Nice lastimosa_, de Bermúdez, conocida y explotada indudablemente por

Mejía. Obsérvanse en el arreglo del plan graves defectos; los caracteres

apenas pueden sostenerse, y el diálogo es pesado, sin gracia ni

animación alguna. Esta obra dramática se escribió probablemente antes

que la de _Reinar después de morir_, de Guevara.

La comedia más notable de las tres, que se conservan de Damián Salustrio

del Poyo (poeta natural de Murcia, aunque domiciliado en Sevilla), es,

sin disputa, la que lleva el título de _La próspera fortuna de Ruy López

de Avalos_, (en dos partes)[45]. Es una especie de comedia biográfica,

cuya acción no ofrece por cierto grande unidad, aunque tenga varias

escenas de bien calculado efecto. La fábula se supone ocurrir en tiempo

de Enrique III de Castilla. Es notable la escena, en que el médico judío

Don Maix intenta envenenar al Rey á ruego del almirante de Castilla. El

envenenador se dispone á entrar desde la antesala en la regia cámara,

cuando el retrato de Doña Catalina, esposa del Monarca, que está colgado

sobre la puerta, cae en tierra, y le impide la entrada; casi al mismo

tiempo se presenta el Rey; el judío queda confuso, arroja el veneno, y

al fin confiesa su propósito. Esta escena ha sido imitada por Tirso de

Molina en _La prudencia en la mujer_, y por Calderón en _El mayor

monstruo los celos_; por lo menos, en ambos domina la idea de convertir

á un retrato en ángel protector de una vida amenazada. Pocos asuntos se

han manejado tanto por los dramáticos españoles como la historia de D.

Alvaro de Luna; pero la verdad es también que acaso la comedia más

débil, que desenvuelva este argumento, es la de nuestro Damián Salustrio

del Poyo.

De las obras de Hurtado Velarde (de Guadalajara), existe sólo una

tragedia titulada _Los siete infantes de Lara_, pieza dramática de

espectáculo de las más débiles. Al parecer este mismo Velarde había

escrito otro _Cid_, antes que Guillén de Castro[46].

Juan Grajales (licenciado, y distinto del actor del mismo nombre que

menciona Rojas), ha representado dramáticamente la historia de Colá

Rienzi en dos comedias, tituladas _La próspera_ y _La adversa fortuna

del caballero del Espíritu Santo_. Tanto el pensamiento como la

ejecución de ambas es grosero y poco acertado, casual el enlace de unas

escenas con otras, y no hay que hablar de la distribución y buen arreglo

del plan, ni de la intención poética, que se revela en el conjunto. Muy

superior á estas comedias es _El bastardo de Ceuta_, drama, que, aun

ofreciéndonos graves faltas, las compensa en parte por un número igual

de importantes bellezas. Su argumento es, en compendio, el siguiente:

Elvira, esposa del capitán Meléndez, creyendo ser abrazada de su esposo,

lo es en realidad por el alférez Gómez de Melo, que se ha deslizado

secretamente en su habitación, y da á luz á Rodrigo, fruto de esta

unión. La misma noche, en que su esposa es engañada de esta manera,

sale Meléndez para la guerra de Africa, enamorándose después de la mora

Fátima, de quien se separa dejándola una prenda de su amor. Supónese que

estos sucesos ocurren veinte años antes de empezar la comedia. Nada dice

Elvira á su esposo de la acción indigna de Gómez de Melo; pero el

carácter de Rodrigo es tan diverso del de su presunto padre, y lo

respeta tan poco, que éste concibe algunas sospechas sobre su

paternidad. La guerra contra los infieles estalla mientras tanto de

nuevo. Grave peligro de muerte amenaza un día á Meléndez en una batalla,

del cual pudiera librarlo Rodrigo; pero lo abandona su cobarde é ingrato

hijo, salvándole inesperadamente un mancebo moro; éste es Celín, nacido

de los amores de Meléndez y de Fátima, que oye la voz de la naturaleza,

y es arrastrado por ella hacia su padre con fuerza irresistible. Ni el

padre ni el hijo se conocen; y aunque enemigos, y preparados á la pelea,

celebran un pacto de amistad y paz. Acabada la guerra toma mayor

incremento la antipatía mutua, que se profesan Meléndez y su pretendido

hijo, osando éste levantar la mano á su padre en una disputa. Meléndez

castiga severamente al degenerado joven, pero cree al mismo tiempo que

ningún hijo es capaz de cometer tales atentados contra su padre, é

intenta averiguar de Elvira si ha sido otro el que lo engendró. Espíala

en sueños, y sabe entonces la afrentosa astucia de su alférez Gómez de

Melo. Trama entonces una doble venganza, así de Gómez, por haber

ofendido su honor, como de Rodrigo, bastante audaz para faltarle al

respeto debido; logra, en efecto, realizarla, suscitando una lucha entre

ambos, en la cual sucumbe Gómez á manos del bastardo. Mientras tanto la

abandonada Fátima, deseosa también de vengarse de la infidelidad de su

antiguo amante, excita á su hijo Celín, que ignora el secreto de su

nacimiento, á dar muerte al capitán Meléndez. Celín, obediente á su

madre, prométela cumplir sus mandatos; pero, al encontrarse frente á

frente de su padre, se le cae la espada de las manos, y siguiendo un

impulso interior, que lo domina, se precipita á los pies del mismo, á

quien intentaba arrancar la vida. Reconócense después padre é hijo, y

éste resuelve vivir entre los cristianos y profesar la religión de su

padre.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 13 / 24 段