_Caer para levantarse_), ha sido aprovechado por Calderón, como
indicamos antes, en dos de sus más famosos dramas. Sin embargo, en la
comedia del poeta más antiguo sólo se muestran groseramente esbozados
los motivos, que, manejados por el más moderno, nos infunden tanta
admiración. La fábula de Mescua es demasiado extensa, para referirla
ahora tal cual es; por consiguiente, sólo indicaremos sus principales
sucesos. Don Diego está enamorado de la bella Lisarda, aunque sin
esperanza de que le corresponda, porque su padre ha prometido su mano á
otro. Para satisfacer su pasión, se decide al cabo á emplear la
violencia. Arrima una noche á la ventana una escala, y quiere penetrar
en su habitación á tiempo que se presenta un piadoso ermitaño, llamado
Don Gil, y lo disuade con sus vehementes exhortaciones de su indigno
propósito. Aléjase Diego arrepentido; pero entonces el mismo Don Gil,
que desde fecha muy anterior lucha con el amor á Lisarda, sucumbe de
pronto á la tentación: se aprovecha de la escala arrimada á la ventana;
entra dentro, y, en lugar de Don Diego, se precipita en los brazos de la
bella Lisarda. Rara por demás es la ocurrencia del poeta en este trance:
el criado de Don Diego ha quedado durmiendo en la calle, y habla en
sueños con su señor; pero Don Gil cree que su voz es la del Demonio.
Después que el ermitaño satisface su pasión, despierta como de una
horrible pesadilla: imagina haber vendido por un momento de placer la
salvación de su alma, y ciego de desesperación, acuerda abandonarse por
completo á su lujuria. Lisarda, conociendo que ha sido engañada, se
desespera también á su vez; ve que le han robado su honor, que su amante
le es infiel, y temiendo la venganza de su padre, decide al cabo huir
con Don Gil. En el segundo acto encontramos á los dos en un paraje
agreste y montañoso, en donde llevan vida de salteadores, matando y
robando á los caminantes, y cometiendo hasta con placer todo linaje de
crímenes. Entre los viajeros, que caen en sus manos, se cuentan el padre
de Lisarda y su hermana Leonarda. Lisarda no puede ser conocida de
ellos, porque cubre su rostro con una máscara: primero quiere
sacrificarlos para saciar su odio á todo el género humano, pero las
palabras de su anciano padre conmueven su endurecido corazón, y desde
este instante determina expiar sus yerros haciendo la penitencia
necesaria. Sin embargo, no se descubre á sus parientes, que, llenos de
gratitud por haberles perdonado la vida, prosiguen su viaje hacia un
monasterio, en donde Leonarda debe profesar. Don Gil, al ver á ésta,
siente inflamarse su pecho con un nuevo amor, é intenta poseerla; pero
todos sus esfuerzos se estrellan en la resistencia, que les opone la
piadosa monja. Lleno de rabia invoca entonces á los poderes infernales.
Aparécesele el Demonio, y le promete su asistencia, con la condición de
que se obligue á su vez á entregarle su alma, escribiéndolo así con su
sangre. Don Gil firma el contrato; Satanás le presenta una mujer con la
forma y las facciones de Leonarda; abrázala para poseerla, y descubre
entonces que sus brazos estrechan á un esqueleto. Obsérvese que esta
escena es la misma, que, en el _Mágico prodigioso_, de Calderón, prepara
la catástrofe. Don Gil cae en tierra bajo la impresión de tan horrible
suceso; anonadado, y sintiendo un cambio completo en todo su sér, invoca
la misericordia de Dios, y su súplica es oída; pelean entonces en los
aires el Demonio y el arcángel San Miguel; éste triunfa, y obliga á su
adversario á renunciar á su presa. El salvado tan milagrosamente de las
garras del Demonio resuelve entonces consagrar el resto de sus días á
servir á Dios, confirmándolo aún más en su propósito la noticia, que
tiene, del arrepentimiento decidido de Lisarda, y de su bienaventurada
muerte.
He aquí, en general, los motivos dramáticos empleados por Mira de
Mescua. Gran número de sus obras son comedias religiosas llenas de
apariciones sobrenaturales. Pero hasta en las profanas (como, por
ejemplo, en _Obligar contra su sangre_ y en _No hay dicha ni desdicha
hasta la muerte_) le agrada sorprendernos con sucesos raros y
extraordinarios, ofreciéndonos á veces las situaciones más singulares,
dignas, acaso, de encomio, si la composición del conjunto no fuese tan
extraña. Lo ficticio de ellas se nos presenta siempre en primer término,
y las catástrofes y peripecias de la acción no son motivadas por causas
internas, hijas de los caracteres y de las diversas relaciones de los
personajes. Falta al autor la energía poética indispensable para fijar
en sus obras un centro seguro y claro, y trazarlas y completarlas como
es debido; conténtase con escribir escenas aisladas y sin estrecho
enlace entre sí, perjudicando á la impresión total que ha de hacer en
los espectadores; y si una de ellas excita vivamente nuestro interés, lo
desvirtúa la siguiente por su falta de gusto y su extravagancia.
Basta citar nominalmente algunos dramas de Mira de Mescua, para
convencerse de esta verdad. _La rueda de la fortuna_ es una comedia de
ruido y sin ingenio, que refiere la historia de Mauricio, Phocus y
Heraclio, pero sin la profundidad que observamos en la de Calderón. _El
conde Alarcos_, de Mira de Mescua, es en todo inferior á la del mismo
título de Guillén de Castro[37]. En _La tercera de sí misma_ y en _El
Fénix de Salamanca_ imita á Tirso de Molina, pero sólo en sus más
groseros rasgos. Mejor es el plan y el desarrollo de _Galán, valiente y
discreto_. La duquesa de Mantua sospecha que los cuatro pretendientes á
su mano se proponen únicamente poseer sus estados. Concierta, pues, con
su dama Porcia que finja ser la Duquesa. Tres pretendientes, en virtud
de esta treta, renuncian á sus pretensiones descubriendo su propósito;
pero el cuarto, llamado Fadrique, adivina el plan, se consagra á
enamorar á la supuesta Duquesa, y lo consigue plenamente. El poeta ha
sabido entrelazar artísticamente con otras esta sencilla combinación, de
tal suerte, que el conjunto resulta interesante, sin ofrecernos ocasión
alguna de censurar las deplorables singularidades, que deslustran á las
demás comedias suyas. El drama de Mescua, titulado _Hero_, que Calderón
menciona con elogio al principio de su _Dama duende_, no existe ya,
según se presume.
Entre los autos de nuestro poeta se distingue por su grandioso
pensamiento, y por muchos otros rasgos verdaderamente poéticos, _La
mayor soberbia humana_, aunque al lado de ellos observemos bufonadas
repugnantes y otras faltas de buen gusto. Este auto, diverso de casi
todas las obras de su clase, no contiene personajes alegóricos, y su
objeto es representarnos el castigo humillante del orgullo de
Nabucodonosor. Su principio, cuando nos ofrece al Monarca asirio en toda
su grandeza, rodeado de los Reyes vencidos por sus armas, es magnífico y
ostentoso: coros de músicos cantan un himno en su alabanza mientras él
duerme. En sueños se le aparece una estatua gigantesca con la cabeza de
oro, que llega hasta el cielo; pero de repente un poder misterioso la
derriba en el suelo. Despierta y llama á sus adivinos, para que le
expliquen su sueño, pero ninguno sabe hacerlo, por cuya razón se
encoleriza y los manda decapitar. No habiendo comprendido el aviso que
daba la aparición, ordena Nabucodonosor que se construya una estatua que
lo represente, á la cual, por mandato suyo, se le tributarán honores
divinos. Todos obedecen al punto sus órdenes, excepto el Rey cautivo de
Judea, que se niega á adorar estatuas, por cuyo motivo dispone
Nabucodonosor que sea quemado vivo. Enciéndese, en efecto, la hoguera,
pero las llamas se transforman en rosas. Aparécese entonces el profeta
Daniel, y anuncia al orgulloso Rey que Dios le castigará rigurosamente,
y que su castigo no cesará hasta que se arrepienta. La última mitad del
auto, en que Nabucodonosor sufre la pena de su orgullo, y al fin se
arrepiente, no es igual en mérito á la primera, y su relación con el
sacramento, necesaria á la conclusión de esta clase de autos, escasa y
como traída por los cabellos.
En el auto al Nacimiento de Mira de Mescua, titulado _El sol á media
noche_, nos ofrece convertida en esclava á la Naturaleza humana,
lamentándose así en la prisión de su desdichada suerte:
Tierra cercada de abrojos,
Agostada, mustia y seca,
Mieses con sudor regadas,
Plantas de frutas acerbas,
Mudos peces, mar salado,
Viento sordo, aves ligeras.
* * * * *
¿Hay quien de vosotros diga,
Si mi rescate comienza,
Si mi cautiverio acaba,
Si mi descanso se acerca?
* * * * *
¿Quándo el Dios de las venganzas
Y de batallas sangrientas,
Trocado en cordero humilde
Dejará á la muerte muerta?
¿Y del poder del pecado,
Potentado de la tierra
Turco Solimán...
* * * * *
Me librará?
* * * * *
¿Quándo lloverán las nubes
El pan, que el santo amor siembra,
* * * * *
Flor de Jericó olorosa,
Madre y esperanza nuestra,
Con cuyo pie amenazaste
La serpiente?...
La cautiva intenta huir de su prisión, pero es sorprendida por su señor
el Pecado, que se aparece en forma de turco. Vigílasela entonces más
rigurosamente, nombrando sus carceleros á la Avaricia, al Deleite y al
Orgullo, cuando el pastor San Juan Bautista entra en la cárcel y la
consuela anunciándole su pronta redención. Lo restante del auto, como
casi todos los de su especie, refiere la llegada á Belén de San José y
de la Virgen, y la anunciación á los pastores del nacimiento de Jesús. A
la conclusión se lleva San Juan Bautista al Linaje humano:
SAN JUAN.
Desde aquí podrás mirar.
Oh Naturaleza hermosa,
En los brazos de una rosa,
Al que te viene á salvar.
(_Con música aparece Nuestra Señora sentada en una
silla, la Luna por chapines y el Pecado debajo de los pies;
el Niño sobre sus rodillas._)
SAN JUAN.
Este es el _Agnus_ de Dios;
Este quita los pecados
Del mundo.
NATURALEZA.
A sus pies postrados
Ya veo los Orbes dos,
Y que huella con su planta
La Madre de la belleza
Al Pecado la cabeza.
* * * * *
Niño Sol recién nacido,
En brazos de tal Aurora,
Que mi culpa y yerros dora,
Seáis para mí bien venido.
* * * * *
Sé que nacéis en Belén
A remediar mi caída.
CAPÍTULO XXI.
Luis Vélez de Guevara.--Párrafos de _El diablo cojuelo_, acerca del
teatro.--Las comedias más notables de Vélez de Guevara.
Escasas, en verdad, son las noticias biográficas de Luis Vélez de
Guevara[38] que han llegado hasta nosotros, reducidas á lo siguiente:
Nació en Ecija, en Andalucía, en el último tercio del siglo XVI[39];
pasó en Madrid la mayor parte de su vida; estuvo al principio al
servicio del conde de Saldaña; desempeñó después un destino en la corte
de Felipe IV, cuyo favor supo particularmente granjearse, y murió en el
año de 1644. En un escrito, impreso á fines del siglo XVI, se le nombra
ya entre los autores dramáticos[40]. En los últimos años de su vida
compuso diversas comedias con Calderón, Rojas y Antonio Coello. El
número de las escritas por él (advirtiéndose que, sin duda, se han
perdido muchas), asciende á más de 400. Entre las demás obras suyas, es
famosa la novela que se titula _El diablo cojuelo_[41].
Antes de hablar de Guevara como autor dramático, creemos oportuno citar
algunos párrafos de aquella obra, en que el autor discurre burlescamente
acerca del teatro y de los poetas dramáticos de su tiempo.
_El diablo cojuelo_. Tranco 4.º--«A las dos de la noche oyó unas
temerosas voces que repetían: ¡fuego, fuego! Despertaron á los dormidos
pasajeros con el sobresalto y asombro que suele causar cualquier
alboroto á los que están durmiendo, y más oyendo nombrar fuego, voz que
con más terror atemoriza los ánimos más constantes, rodando unos las
escaleras para bajar más apriesa, otros saltando por las ventanas que
caían al patio de la posada, otros que por pulgas ó temor de las
chinches dormían en cueros como vinagre, hechos Adanes del baratillo,
poniendo manos donde habían de estar las hojas de higuera, siguiendo á
los demás y acompañándolos Don Cleofás con los calzones revueltos al
brazo y una alfagía, que por no encontrar la espada topó acaso en su
aposento, como si en los incendios y fantasmas importase andar á palos
ni cuchilladas: natural socorro del miedo en las repentinas invasiones.
Salió en esto el huésped, en camisa, los pies en unas empanadas de
frenegal, cinchado con una faja de grana de polvo al estómago, y un
candil de garabato en la mano, diciendo que se sosegasen, que aquel
ruido no era de cuidado, que se volviesen á sus camas, que él pondría
remedio en ello. Apretólo Don Cleofás, como más amigo de saber que le
dijese la causa de aquel alboroto, que no se había de volver á acostar
sin descifrar aquel misterio. El huésped le dijo, muy severo, que era un
estudiante de Madrid, que había dos ó tres meses que entró á posar en su
casa, y que era poeta de los que hacen comedias, y que había escrito dos
que se las habían chillado y apedreado como viñas, y que estaba acabando
de escribir la comedia de _Troya abrasada_, y que, sin duda, debía de
haber llegado al paso del incendio, y se convertía tanto en lo que
escribía que habría dado aquellas voces; que por otras experiencias
pasadas sacaba él que aquello era verdad infalible, como él decía, que
para confirmarlo subiesen con él á su aposento, y hallarían ser
verdadero este discurso.
»Siguieron al huésped todos, de la suerte que cada uno estaba, y
entrando en el aposento del tal poeta le hallaron tendido en el suelo,
despedazada la media sotana, revolcado en papeles y echando espumarajos
por la boca, y pronunciando con mucho desmayo ¡fuego! ¡fuego! que casi
no podía echar la habla, porque se le había metido monja. Llegaron á él
muertos de risa y llenos de piedad todos, diciéndole: «Señor licenciado,
vuelva en sí, y mire si quiere beber y comer algo por este desmayo.»
Entonces el poeta, levantando como pudo la cabeza, y algo alborotado,
dijo: «Si es Eneas y Anquises, con los Penates y el amado Ascanio, ¿qué
aguardáis aquí? Que está ya el Ilión hecho cenizas, y Príamo, Paris y
Policena, Hécuba y Andrómaca han dado el fatal tributo á la muerte, y á
Elena, causa de tanto daño, llevan presa Menelao y Agamenón; y lo peor
es que los Mirmidones se han apoderado del tesoro troyano.» Vuelto en su
juicio, dijo el huésped que aquí no hay almidones ni toda esa tropelía
de disparates que ha referido, y mucho mejor fuera llevarle á casa del
Nuncio, donde pudiera ser con bien justa causa mayoral de los locos, y
meterle en cura, que se le han subido los consonantes á la cabeza como
tabardillo. «¡Qué bien entiende de afectos el señor huésped!» respondió
el poeta incorporándose un poco más. «De afectos ni de afeites, dijo el
huésped, no quiero entender, sino de mi negocio: lo que importa es que
mañana hagamos cuenta de lo que me debe de posada, y se vaya con Dios,
que no quiero tener en ella quien me la alborote cada día con estas
locuras; basten las pasadas, pues comenzando á escribir recién venido
aquí la comedia del _Marqués de Mantua_, que zozobró y fué una de las
silbadas, fueron tantas las prevenciones de la caza y las voces que dió
llamando á los perros Melcampo, Oliveros, Saltamontes, Tragavientos,
etc...; y el ¡ataja! ¡ataja! y el ¡guarda el oso cerdoso y el jabalí
colmilludo! que malparió una señora preñada, que pasaba del Andalucía á
Madrid, del sobresalto, y en esotra del _Saco de Roma_, que entrambos
parecieron, cual tenga la salud fué el estruendo de las cajas y
trompetas, haciendo pedazos las puertas y ventanas de este aposento á
tan desusadas horas como éstas, y el ¡Cierra España! ¡Santiago y á
ellos! y el jugar la artillería con la boca, como si hubiera ido á la
escuela con un petardo ó criádose como el basilisco de Malta, que engañó
el rebato á una compañía de infantería que alojaron aquella noche en mi
casa; de suerte que tocando al arma se hubieron de hacer á obscuras
unos soldados pedazos con los otros, acudiendo al ruido medio Toledo con
la justicia, echándome las puertas abajo, y amenazó hacer una de todos
los diablos, que es poeta grulla que está siempre en vela y halla
consonante á cualquier hora de la noche y de la madrugada.»
»El poeta dijo entonces: «Mucho mayor alboroto fuera, si yo acabara
aquella comedia de que tiene V. en prenda dos jornadas por lo que le
debo, que la llamo _Las tinieblas de Palestina_, donde es fuerza que se
rompa el velo del templo en la tercera jornada, y se obscurezca el sol y
la luna, y se den unas piedras con otras, y se venga abajo la fábrica
celestial con truenos y relámpagos, cometas y exhalaciones, en
sentimiento de su Hacedor, que por faltarme dos nombres que he de poner
á los sayones, no la he acabado.» «Ahí me dirá V., señor huésped, ¿qué
fuera ello?» «Váyase, dijo el mesonerazo, á acabarla al Calvario, aunque
no faltará en cualquiera parte que la escriba ó la represente quien la
crucifique á silbos, legumbre y desperdicio.» «Antes resucitan con mis
comedias los autores, dijo el poeta: y para que conozcan todos Vds. esta
verdad y admiren el estilo que llevan todas las que yo escribo, ya que
se han levantado á tan buen tiempo, quiero leerles ésta.» «Y diciendo y
haciendo tomó en la mano una rima de vueltas de cartas viejas, cuyo
bulto se encaminaba más á pleito de tenuta que á comedia, y arqueando
las cejas y deshollinándose los bigotes, dijo leyendo el título de esta
suerte:» _Tragedia troyana, Astucia de Simón, Caballo griego, Amantes
adúlteros y Reyes endemoniados_. Sale lo primero por el patio, sin haber
cantado, el paladión con 4.000 griegos por lo menos, armados de punta en
blanco dentro de él.» «¿Cómo, le replicó un caballero soldado de
aquéllos que estaban en cueros, que parece que le habían de echar á
andar en la comedia, puede toda ese máquina entrar por ningún patio ni
coliseo de cuantos hay en España, ni por el del Buen Retiro, afrenta de
los romanos anfiteatros, ni por una plaza de toros?» «Muy buen remedio,
respondió el poeta: derribárase el corral, y dos calles junto á él, para
que quepa esta tramoya, que es la más portentosa y nueva que los teatros
han visto, que no siempre sucede hacerse una comedia como ésta; y será
tanta la ganancia, que podrá muy bien á sus ancas sufrir todo este
gasto. Pero, escuchen, que ya comienza la obra, y atención por mi amor.
Salen por el tablado, con mucho ruido de chirimías y atabalillos,
Príamo, rey de Troya, y el príncipe Paris, y Elena, muy bizarra en un
palafrén, en medio, y el Rey á la mano derecha, que siempre de esta
manera guardo decoro á las personas reales, y luego tras ellos, en
palafrenes negros, de la misma suerte, 11.000 dueñas á caballo.» «Más
dificultosa apariencia es esa que esotra, dijo uno de los oyentes,
porque es imposible que tantas dueñas juntas se hallen.» «Algunas se
harán de pasta, dijo el poeta, y las demás se juntarán de aquí para
allí, fuera de que si se hace en la corte, ¿qué señor habrá que no envíe
sus dueñas prestadas para una cosa tan grande, por estar los días que
representaré la comedia, que será por lo menos siete ú ocho meses,
libres de tan cansadas sabandijas?» Hubiéronse de caer de risa los
oyentes, y de una carcajada se llevaron media hora de reloj, al son de
los disparates de tal poeta, y él prosiguió diciendo: «No hay que
reirse, que si Dios me tiene de sus consonantes, he de rellenar el mundo
de comedias mías, y ha de ser Lope de Vega prodigioso monstruo español y
nuevo Tostado en verso, niño de teta conmigo, y después me he de retirar
á escribir un poema heróico, para mi posteridad, que mis hijos ó mis
sucesores hereden, en que tengan toda su vida que roer sílabas. Y ahora
oigan vuesas mercedes, amagando á comenzar, el brazo derecho levantado,
los versos de la comedia,» cuando todos á una voz le dijeron que lo
dejase para más espació, y el huésped indignado, que sabía poco de
filis, le volvió á advertir que no había de estar un día más en la
posada.
»La encamisada, pues, de los caballeros soldados, se puso á mediar con
el huésped el caso, y Don Cleofás, sobre un arte poético de Rengifo, que
estaba también corriendo borrasca entre esotros legajos por el suelo,
tomó pleito homenaje al tal poeta, puestas las manos sobre los
consonantes, jurando que no escribiría más comedia de ruido, sino de
capa y espada, con que quedó el huésped satisfecho, y con esto se
volvieron á sus camas, y el poeta, calzado y vestido, con su comedia en
la mano, se quedó tan aturdido sobre la suya, que apostó á roncar con
los siete durmientes, á peligro de no valer la moneda cuando
despertase.»
Luis Vélez de Guevara es de los poetas más distinguidos de su época.
Quizás no deba enumerarse entre los dramáticos españoles de primer
orden; pero, en cambio, le corresponde entre los de segundo uno de los
primeros lugares. Pocas veces excita nuestra sorpresa ni nos admira por
el insólito vuelo de su inteligencia ó de su imaginación; pero casi
todos sus dramas rinden tributo al buen sentido poético sin hacer
esfuerzos prodigiosos, y obligándonos á confesar el mérito de obras que
no pertenecen, sin embargo, á las creaciones más sublimes del arte. La
intención poética de Guevara no es, por lo común, muy profunda, ni se
propone tampoco en sus comedias producir impresión indeleble: su estilo,
comparado con el de los grandes maestros, es más superficial; el fondo
de sus composiciones se derrama y termina en la acción de tal suerte,
que no hay que buscar más allá ninguna otra poesía más honda y
transcendental; sin embargo, el poeta se mueve con soltura y desembarazo
en la esfera subordinada que se ha trazado; no llena en sus dramas
grandes fines, pero alcanza siempre los que se propone y nos satisface
con ellos. Sus cuadros de la vida real sobresalen por su verdad y por
sus atrevidas é ingeniosas pinceladas; interpreta fiel y noblemente la
historia, y su fantasía es docilísima para crear las invenciones más
variadas, sin profundizar mucho en las sinuosidades del alma; sabe
imprimir en sus caracteres originalidad y vida; es agudo y gracioso
cuando quiere; por último, su dicción es concisa, natural y flexible, y
con frecuencia tan exenta de superfluos adornos y tan epigramática, que
hay pocos dramáticos españoles que en esta parte se le asemejen.
Cervantes tiene razón en celebrar el rumbo, el tropel, el boato y la
grandeza de las comedias de Guevara. En efecto, la mayor parte (lo cual
no sería de presumir, atendiendo á los párrafos copiados de _El diablo
cojuelo_), parecen escritas con el propósito de hacer grande impresión;
son comedias de espectáculo, pero de la mejor especie y de las que
honran á la poesía.
Los dramas superiores de este poeta son los fundados en la historia
nacional. El más notable, bajo todos los aspectos que se le considere,
es el titulado _Si el caballo vos han muerto_, y de tan rara excelencia,
que puede contarse entre los sobresalientes de este género del teatro
español. El eje ó foco de la acción es la batalla de Aljubarrota y la
generosa hazaña de Pedro Hurtado de Mendoza, que salvó la vida al rey D.
Juan I al precio de la suya, cediéndole su caballo para huir (suceso
semejante al de la historia del Gran Elector, que nuestro famoso Enrique
de Kleist refiere en un episodio de su _Príncipe de Hamburgo_). La
descripción de las costumbres de la nobleza española de la Edad Media
está hecha magistralmente, y en la exposición hay una vivacidad
arrebatadora. La titulada _Los hijos de la Barbuda_, es parecida á la
anterior, y escrita, como ella, en castellano antiguo.