Arias, pero éste, en su postrer esfuerzo, hiende la cabeza del caballo
de su contrario; el corcel moribundo arrastra á su dueño, que no puede
ya regirlo, fuera de las barreras. Rodrigo Arias, herido mortalmente con
el golpe, que ha roto su yelmo, cae moribundo en los brazos de su padre,
y en sus últimos momentos sólo se acuerda de preguntar quién es el
vencedor. Don Diego de Lara quiere recomenzar la lid, para lograr un
triunfo completo; pero se declara que ha sido vencido, puesto que ha
traspasado las barreras. Suscítase una disputa acalorada, que sólo
termina cuando se anuncia que Zamora queda libre de toda sospecha de
complicidad en el asesinato de Don Sancho, y que Diego de Lara es, sin
embargo, el vencedor.
En otras tres obras, á saber: en _El nacimiento de Montesinos_, en _El
conde de Irlos_ y en _Alarcos_, ha dramatizado también con igual fortuna
Guillén de Castro asuntos tomados de antiguos romances. Si, en concepto
de Cervantes, la dulzura y la gracia son las cualidades distintivas de
este poeta, no le faltan tampoco energía y vigor trágico, como lo prueba
la última de las tres obras citadas. De sus dos dramas, cuyos argumentos
provienen de la antigüedad clásica, sobresale especialmente, por su
fuego y vivo colorido poético, el titulado _Dido_ (alabado también por
Lope en su dedicatoria de _Las almenas de Toro_). Fué menos feliz en
transformar en dramas las novelas de Cervantes; por grande que sea su
habilidad y talento para convertirlas en comedias, queda siempre
inferior á su modelo, como lo demuestra su Don Quijote, en el cual
acumula las historias de Cardenio, Lucinda, Don Fernando y Dorotea, así
como la de la Micomicona y la de la penitencia en Sierra-Morena.
_Engañarse engañando_ abunda en delicados rasgos psicológicos. Un Duque
castellano desea vehementemente casar con la princesa del Bearn á su
hijo mayor, que es Marqués; pero éste es enemigo de las mujeres, y sólo
desea vivir en un desierto solitario. Tras no escasa porfía se deja al
fin convencer de que siquiera conozca á su prometida esposa visitándola
en su corte, pero con la condición de que su hermano Fadrique tome su
nombre, fingiéndose él su criado, para hacer más libremente sus
observaciones. Los encantos de la Princesa lo impresionan de tal modo,
que vacila ya, y no siente su anterior aversión al matrimonio; pero como
para él son todas las mujeres falsas y desleales, resuelve probar antes
á la Princesa, y encarga á su hermano que apure su ingenio para
decidirla á aceptar una cita vituperable. Este último, enamorado también
de ella, hace vanamente cuanto puede para realizar los deseos de su
hermano. La Princesa tiene, mientras tanto, noticia del disfraz del
Marqués y de sus proyectos, y para desbaratarlos maquina á su vez otra
astucia. Da al supuesto criado pruebas indubitables de la inclinación,
que le profesa, y le dice, por último, sin rodeos, que desea casarse con
el Marqués, para pertenecer á él en realidad. Semejante prueba de su
ligereza trastorna al Marqués por completo; descúbrese, pues, y quiere
despedirse para siempre, maldiciendo la frivolidad de las mujeres, hasta
que la Princesa le declara que tiene conocimiento de su disfraz, y que
en este supuesto pudo hacerle, sin deshonrarse, las proposiciones
anteriores, puesto que á una intriga debía contestar con otra.
Desvanécense entonces las ofensivas sospechas del Marqués; alégrase de
su desengaño, y ofrece su mano á la encantadora Princesa.
Especial energía desenvuelve Guillén de Castro en lo trágico, en la
pintura de pasiones poderosas y violentas, en lo que conmueve y nos
aterra, como en los afectos tiernos y dulces. Distínguense,
particularmente por sus escenas patéticas, en las cuales resplandecen en
todo su brillo estas cualidades suyas, las dos tituladas _Pagar en
propia moneda_ y _La justicia en la piedad_, llenas de bellezas poéticas
de primer orden y de situaciones en alto grado patéticas, faltándoles
tan sólo traza mejor ordenada en sus argumentos. La acción de la
primera, prescindiendo de otros sucesos mezclados con ella, es la
siguiente: Habiendo guerra entre Castilla y Aragón, Don Pedro, Príncipe
de este último reino, se dirige clandestinamente á la corte castellana
para pretender la mano de la princesa Elena, siendo descubierto por un
espía y hecho prisionero, y librándose por la intercesión de la
Princesa, que huye con él á Zaragoza. Los dos enamorados son felices
juntos, y esperan obtener, para su enlace, el consentimiento del rey de
Aragón; pero éste los recibe mal, y pone á Elena en la cárcel por ser
hija de su enemigo. Don Pedro proyecta entonces libertar á su amada. Un
cortesano, que se llama el conde Octavio, promete ayudarle. Aconseja al
Príncipe, contra quien el Rey está también enojado, que finja haber
huído á Castilla, ocultándose en una casa de campo, y que mientras
tanto él libertará á Elena y la llevará á sus brazos. Octavio, en
efecto, pone en práctica su plan, pero traidoramente, puesto que,
enamorado también de la Infanta, la entrega á sus criados para que la
encierren en un castillo suyo, dándole tiempo para atraer al Príncipe á
un paraje solitario y darle muerte. Elena, que siempre aguarda ver de
nuevo á su amante, es atacada en el camino por ladrones, que hacen huir
á los que la acompañan y la arrastran consigo. Después de mucho caminar,
llega al paraje donde ha sido herido su amante; oye gemidos de agonía;
mira; conoce á Don Pedro, que se revuelve en su propia sangre, y se
arroja sollozando en sus brazos. Hasta los ladrones se conmueven con sus
lamentos: llevan al mal herido á una caverna, en donde recobra la vida,
merced á los asiduos cuidados de su amada. Los reyes de Aragón y de
Castilla se declaran mientras tanto la guerra, pidiendo el uno su hijo y
el otro su hija. Cuando los dos ejércitos enemigos están á punto de
venir á las manos, se presenta Elena disfrazada, y ofrece entregar á los
dos padres sus respectivos hijos si renuncian á pelear, y convienen en
el enlace del heredero del trono de Aragón con la infanta de Castilla.
Acéptanse naturalmente sus proposiciones; descúbrese ella entonces, y
presenta al Príncipe vivo y sano. Averiguan después que el traidor
Octavio ha muerto trágicamente en las montañas al saber lo ocurrido.
El principal motivo dramático de _La justicia en la piedad_, es el
siguiente: El hijo libertino de un rey de Hungría concibe una pasión
violenta por la bella recién casada Celaura; se apodera de ella y de su
esposo, y los encierra en un castillo. Intenta entonces violentar á la
cuitada para que se abandone á él, amenazándole con matar á su esposo si
se resiste más tiempo á la satisfacción de sus adúlteros deseos. Celaura
lucha entonces horriblemente entre el honor y el afecto á su esposo,
sucumbiendo al cabo el primero; pero á pesar de esto, mata el tirano á
su cautivo para poseer sólo á su esposa, que, desesperada, pide al Rey
justicia contra su deshonrador y el asesino de su esposo, siendo el
Príncipe condenado á muerte. La última parte del drama está consagrada á
describir el combate interior que sufre el Rey entre su amor paternal y
su justicia; el Príncipe cuenta muchos amigos, á causa de algunas nobles
prendas que lo adornan, deslustradas, á la verdad, por su libertinaje y
pasiones violentas, cuyos amigos piden al Rey que le perdone la vida;
pero el Rey opta por cumplir con su deber de juez, y ordena que sufra su
pena su hijo, cuando sobreviene una sedición, y los parciales del
Príncipe lo libertan y lo proclaman Rey. Éste, que había firmado con
dolor su sentencia de muerte, se alegra al tener noticia de la
sublevación, puesto que impide la ejecución de la sentencia que ha dado
como juez; el Príncipe aprende á ser más prudente en la escuela de la
desdicha; se arrepiente de sus maldades, y pone la corona á los pies de
su padre, que le perdona de todo corazón.
Cuando reflexionamos en la excelencia de las obras de este poeta, no
podemos menos de deplorar que no se hayan divulgado como merecen, puesto
que, á excepción de _Las mocedades del Cid_, sólo se hallan impresas en
antiguas colecciones, cuyos escasos ejemplares son hoy muy raros.
De los demás poetas mencionados por Cervantes como fundadores con Lope
de Vega del drama nacional, nos ha conservado poco la imprenta. Así
sucede con el Dr. Ramón, cuya fecundidad, si nos atenemos al número de
sus comedias, es la que se acerca más inmediatamente á la del gran
maestro. Este Alonso Ramón (llamado á veces Remón), era sacerdote y
fraile del convento de descalzos, de Cuenca, y abandonó en sus últimos
años el cultivo de la poesía para dedicarse á escribir historia[27].
Sus comedias, si tenemos en cuenta las escasas que existen, eran de
clase muy inferior, y compuestas principalmente para agradar á la
muchedumbre de los aficionados, nunca á críticos de más delicado gusto.
Su _Español entre todas las naciones_, que refiere la vida de un
aventurero español, llamado el licenciado Pedro Ordóñez Cevallos, en las
partes más remotas del mundo, como, por ejemplo, en la corte del
emperador de Cochinchina, es una comedia deplorable de espectáculo, sin
verdadera poesía, por mucho que admire Lope sus extravagancias; de la
misma índole es _El sitio de Mons por el duque de Alba_, y sólo en la
comedia _Tres mujeres en una_, se observa un plan dramático que no
carece de ingenio.
Corta hubo de ser la carrera poética de Antonio de Galarza, puesto que,
ya en el _Viaje al Parnaso_, se dice que había muerto; así, á lo menos,
lo indican las frases citadas de Cervantes. Únicamente se conservan los
títulos de sus comedias.
Gaspar de Avila, al contrario, también celebrado por Cervantes, hubo de
vivir mucho, aunque sin adquirir por esto lugar importante entre los
poetas dramáticos; poco más que medianas son, en efecto, las comedias
que de él conocemos, á saber: _El valeroso español_, _El respeto en el
ausencia_, _La dicha por malos medios_, _Servir sin lisonja_, _El
familiar sin demonio_, improvisaciones ligeramente trazadas, sin valor
intrínseco ni originalidad: el autor aumenta motivos vulgares
dramáticos, de los cuales podían obtenerse otros frutos que él no
produce; sólo se cuida de la forma externa de la acción, desatendiendo
más elevadas consideraciones. Las más ingeniosas, por su plan, son,
entre las mencionadas, _La dicha por malos medios_ y _El familiar sin
demonio_; ofrécenos, sin embargo, motivos dramáticos repetidos, ya
vulgares hasta el exceso, en el teatro español, y no compensados con
atrevidas y nuevas combinaciones. _El valeroso español_, drama escrito
en alabanza de Hernán-Cortés, contiene algunas escenas interesantes,
como, por ejemplo, la en que el héroe se defiende ante el Emperador de
las acusaciones de que fué víctima; pero son escenas sueltas, echándose
de menos interés dramático en el conjunto de la obra[28].
Si nos atenemos á las exageradas alabanzas de sus contemporáneos[29],
hubo de ser Miguel Sánchez poeta mucho más importante. Era
vallisoletano, y secretario del obispo de Cuenca. Según se deduce de las
palabras de Lope en su _Nuevo arte de hacer comedias_, no vivía ya en el
año de 1609. Llamábanle _el divino_ sus admiradores. No existiendo más
que una comedia suya titulada _La guarda cuidadosa_, carecemos de los
datos necesarios para juzgarlo[30]; pero la verdad es que hay que
concederle no común capacidad. Es una comedia de intriga ingeniosa y
cuerdamente trazada, que no nos sorprende como otras posteriores de la
misma especie, por sus singulares peripecias y complicaciones, sino
que, al contrario, excita el interés del espectador por su acción bien
pensada y curiosa. El anciano Leucato se ha retirado con su hija Nicea á
una casa de campo, en medio de espesos bosques, para pasar
tranquilamente el resto de sus días. El príncipe de Bearn, que, en sus
expediciones venatorias, visita con frecuencia estos parajes, ve á Nicea
y se enamora de ella, con cuyo motivo reside largo tiempo en la casa de
Leucato. Un día, en que instaba vivamente á Nicea á que accediese á sus
deseos, se oyen gritos y lamentos, exhalados por un caballero, que es
derribado del caballo delante de la casa. Traen á esta al caído privado
de la razón, y los dueños de ella lo asisten con el mayor esmero. El
caballero no es otro que Florencio, amante de Nicea, inventor de esta
treta, para estar al lado de su amada y guardarla de las asechanzas del
Príncipe; pero éste sabe pronto que es su rival, y se ingenia de suerte,
que lo hace salir de la casa. Florencio entonces, con el consentimiento
de Leucato, se disfraza de celador de montes para residir, sin
obstáculo, cerca de su amada y desbaratar los proyectos del Príncipe. El
poeta explota esta situación de la manera más agradable. El celoso
amante se convence de la fidelidad de su amada; frustra todas las
tentativas amorosas del Príncipe contra ella, y por último, se casa con
Nicea, merced á su astucia, con la aprobación del mismo Príncipe. La
dicción de esta comedia se distingue por su noble sencillez, y es tan
florida como rica[31].
Dos poetas, mencionados también por Cervantes, llaman particularmente
nuestra atención, así por su fama como por las muchas obras suyas que se
conservan. Las juzgaremos, pues, con mayor extensión.
Mira de Mescua[32], natural de Guadix, en el reino de Granada, era
arcediano de dicha ciudad á principios del siglo XVII; fué protegido por
el conde de Lemos, virrey de Napóles, á quien acompañó á Italia en
1610[33], y vivió más tarde consagrado á sus deberes sacerdotales en la
corte de Felipe III y IV. Como en la loa de Rojas, impresa en 1603 y
escrita muchos años antes, se le llama poeta dramático famoso, hubo
necesariamente de comenzar su carrera dramática durante el siglo XVI.
Grande hubo de ser su fecundidad, puesto que las obras impresas, que
pasan por suyas, y que serán sin duda parte mínima de todas ellas,
ascienden á más de 50[34].
Las pomposas alabanzas de D. Nicolás Antonio á Mira de Mescua, lo
califican de poeta el más eminente de su patria. Si se hubiesen perdido
las obras de éste, conservándose sólo su apasionado encomio, ¿cuán
grande no sería nuestro sentimiento, si no pudiésemos leer poesías
dignas de tan sublime panegírico? Pero como felizmente nos es dado
examinarlas con nuestros ojos, averiguamos que el juicio del literato
carece de racional fundamento. No ya Lope de Vega, sino otros poetas
menos célebres, son infinitamente superiores á Mira de Mescua. No le
falta, por cierto, imaginación é inventiva, pero sí verdadera poesía,
cualidad de más subido precio que aquéllas. Sus obras carecen de vigor
poético, y de aquí que las leamos sin que dejen en nosotros huella
alguna, sin conmovernos profundamente ni impresionarnos por largo
tiempo. Su buen juicio literario es tan escaso como su inspiración; al
contrario, parece que su carácter era raro y excéntrico; desprecia todo
aquello que dicta el sentido común en la invención y desarrollo de las
comedias, y que pudiera enaltecerlas; prefiere lo desordenado y lo
monstruoso; se burla de las leyes del arte y del gusto, y hace llover en
la escena extravagancias y singularidades de toda especie[35].
Pero si los dramas de este autor, en cuanto á valor literario, tienen
poca importancia, son, sin embargo, notables por la riqueza de motivos
verdaderamente dramáticos acumulados en ellos. Parece como si la
invención se prodigara en demasía, como si sus hilos no se entretejiesen
formando confusa urdimbre; pero no puede negarse á Mira de Mescua la
gloria de haber ideado muchos argumentos tan interesantes como
flexibles, que con razón han sido populares en el teatro español, aunque
poetas posteriores hayan segado la mies, que él sembrara. Así observamos
en su _Esclavo del demonio_ el germen de algunas escenas de _La devoción
de la cruz_, de Calderón, y del _Mágico prodigioso_, y en su _Galán,
valiente y discreto_, el del _Examen de maridos_, de Alarcón, y de la
misma manera se hallan en otras comedias suyas los materiales,
utilizados después por otros dramáticos.
En _El ermitaño galán_ se nos transporta á los tiempos primitivos del
cristianismo. Abraham, mancebo egipcio de ilustre nacimiento, es el
prometido de la bella Lucrecia, y piensa casarse con ella, cuando oye de
repente una voz interior, que le dice que su apasionado amor á su futura
esposa pervertirá su alma, alejándola de la senda de la salvación.
Abandónala, pues, á causa de esta vocación interior, y se oculta en un
lugar montañoso y solitario para hacerse ermitaño y ganar el cielo.
Lucrecia, como es natural, se desespera al conocer la infidelidad de su
amante. Resuelve entonces seguirlo. Lo mismo hace María, sobrina de
Abraham, porque necesita obtener el consentimiento de su tío para
casarse con su amante Alejandro. Ve, pues, al ermitaño, y le expone su
deseo; pero el solemne silencio del desierto, y las fervientes
exhortaciones del asceta, hacen en ella tal impresión, que determina
renunciar también al mundo, y consagrar su vida á la devoción en la
soledad. En el valle, en donde se hallan contiguas las dos celdas, se
aparece una noche un caminante con traje de caballero, que pretexta
haberse extraviado, y pide hospitalidad. Este caminante es el Demonio,
que prepara sus asechanzas contra los dos ermitaños. En un discurso
largo y artificioso habla de su anterior estado, suponiendo que la caída
de los ángeles rebeldes ha sido un suceso ocurrido en la corte de un
Rey[36]; añade luego que en su viaje ha visto á la bella Lucrecia, que
se ha enamorado de él violentamente. Así espera despertar los celos en
el corazón del ermitaño, y su antigua pasión. Resuenan entonces voces
angustiosas detrás de la escena; Abraham se apresura á prestar auxilio
al desdichado, que pide ayuda, y encuentra á Lucrecia desmayada,
habiéndose extraviado en su peregrinación y precipitádose desde una
peña. Cuando recobra el uso de sus sentidos, surge en el corazón de su
amante una terrible lucha entre su primera pasión y sus recientes votos,
pero al fin vencen los últimos. Lucrecia, obligada á renunciar á sus
esperanzas, se aleja de allí con el alma desgarrada. Más afortunado es
el Demonio con María, á cuya celda lleva una noche á Alejandro; éste,
desalmado libertino, que nunca ha pensado seriamente en casarse,
deshonra á su amada, y la abandona después de conseguir su propósito.
María, creyéndose indigna de servir á Dios, vaga por el mundo
desesperada, entregándose á todo linaje de excesos, y pasando de escalón
en escalón al estado más abyecto. Abraham, á cuya noticia llegan sus
extravíos, se propone traerla de nuevo al camino de la virtud; consigue,
en efecto, conmover su depravado corazón, pero ella duda recuperar de
nuevo la gracia divina. Asegúrale el ermitaño que, por grande que sea
nuestro pecado, puede lavarse con la ayuda de Dios, y al cabo le
infunde, con sus predicaciones, confianza en la clemencia del Señor.
Vuelve, pues, á su abandonada celda, y hace la debida penitencia;
Satanás torna á tentarla, pero vanamente, porque ella triunfa, y fuerza
al tentador á alejarse para siempre de su lado. Vésela al fin durmiendo
plácidamente en su duro lecho con un cilicio; un ángel revuela
alrededor, que lleva su alma al cielo. Otro accidente influye también en
el corazón de Lucrecia, haciéndola apartarse del mundo; sigue el ejemplo
de su primer amante, y se refugia en una choza solitaria en las montañas
para vivir y morir en ellas.
Otra comedia extravagante, á la que no faltan detalles singulares, es
_El negro del mejor amo_. Sólo expondremos su argumento,
extraordinariamente complicado, en sus rasgos más principales. La escena
es en Palermo. Don Pedro Portocarrero, noble español, jura odio eterno
al conde César, por haber dado muerte á su hermano; después de matar á
dos parientes del Conde, sin poder vengarse de su principal enemigo, se
oculta en el convento de San Francisco para evitar las persecuciones de
la justicia. Entra á servirlo un negro, llamado Rosambuco, hombre
salvaje y feroz, que antes había sido pirata y hecho prisionero en una
pelea con los españoles. El horóscopo del nacimiento de este negro
predecía que su fama sería grande, y que llegaría á ser el favorito del
Soberano más poderoso del orbe, lo cual aumenta aún más su insolencia.
Don Pedro encuentra en él el más dócil y apropiado instrumento para
realizar sus proyectos vindicativos, y concierta con él que fuerce una
noche las puertas de la casa del conde César; que robe á su hermana
Laura, á quien ama Don Pedro, y que vengue en la sangre del hermano la
muerte del suyo. Aborta el plan, sin embargo, y los dos cómplices se ven
de nuevo obligados á regresar á su asilo. Rosambuco quiere hollar el
patio del convento, y pasar por delante de la estatua del fundador
(Benedicto Sforza), cuando éste lo llama y le dice con voz sepulcral,
que cómo malgasta su fuerza en infames acciones, cuando Dios lo ha
elegido para ser la joya y gala de su convento. El negro no lo oye, y
sigue profanando el sagrado recinto con su vida licenciosa. Una noche,
con los más culpables designios, intenta penetrar en el principal
santuario del convento, en la capilla del Hijo de Dios; pero se le
aparece Éste en el umbral, védale la entrada, y se esfuerza en atraerlo
á la buena senda con benévolas frases. Ya comienza á ablandarse el duro
hielo del corazón de Rosambuco; pero sus antiguos hábitos lo dominan
demasiado, y al fin prevalecen. Don Pedro, mientras tanto, es invitado á
una entrevista con Laura; encamínase, pues, con su negro al lugar de la
cita, que en realidad es una treta del Conde para librarse de su
enemigo, á quien sorprende al salir del convento, llevándoselo cautivo.
El negro vuelve al convento mal herido, y mientras yace en su lecho de
dolor, se le aparece San Francisco y el Niño Jesús, para mitigar sus
sufrimientos y convertirlo á la fe y al amor divino. Cuando sana de sus
heridas, siéntese transformado en todo su sér; bautízase y hace voto de
lavar sus anteriores pecados con penitencia y obras de caridad. Don
Pedro languidece mientras tanto en la prisión, en donde se le aparece
San Francisco con traje ordinario de fraile, pero fácil de conocer por
sus llagas señaladas, para arrancarle el esclavo, á fin de que se
dedique en libertad á servir al Señor más poderoso de la tierra. El
prisionero huye de la cárcel con la ayuda de su amada Laura, ofendida
por su hermano, y resuelta á auxiliarle en su venganza. Escápanse, pues,
ambos; reunen una banda de salteadores, y prosiguen con mejores
elementos su lucha contra el Conde y sus partidarios. Atacados en una
ocasión por numerosa muchedumbre de enemigos, se hallan á punto de
sucumbir, cuando se presenta el negro á protegerlos, y dotado de fuerza
tan portentosa, que detiene con sus manos las balas dirigidas contra su
señor. Á la conclusión asistimos al asalto, que da al convento una
tropa de piratas moros, siendo rechazados por Rosambuco con
sobrenatural bravura, aunque cayendo en la pelea herido mortalmente; á
su ruego, le concede el Señor en su lecho de muerte la gracia de
reconciliar á los partidos beligerantes, y termina la comedia con esta
conciliación.