Siempre que se habla de Tárrega, se nombra también á Gaspar de Aguilar,

que floreció al mismo tiempo, y, según parece, estuvo ligado á él por

los lazos de la amistad. Este Aguilar, á quien se llama _el discreto

valenciano_, sirvió al conde de Chelva y al duque de Gandía. Nada más se

sabe de su vida; pero se dice de su muerte que fué motivada por la

aflicción que le acometió á consecuencia de no haber agradado, como

merecía, un elegante epitalamio que escribió para solemnizar las bodas

de un magnate. Sus comedias se asemejan tanto, en todas sus cualidades,

á las de su paisano y contemporáneo, que hasta para los más entendidos

es difícil distinguirlas. Sus bien trazados argumentos, su pintura de

caracteres y su elegante y viva exposición, las avaloran en no escaso

grado, aunque no merezcan por esto que se cuenten entre las más notables

de su patria. La fantasía de Aguilar, no del todo infecunda, no era, con

mucho, tan rica, ni su vena poética corre tan copiosa y abundante como

la de Lope, siendo, por tanto, incapaz de impresionarnos y arrebatarnos;

pero moviéndose, á su vez, en más cómodo terreno, lo libertaba de

incurrir en los extravíos á que llevan con demasiada frecuencia las

imaginaciones exuberantes. Su comedia más famosa se titula _El mercader

amante_[19], celebrada por Cervantes y por otros. He aquí, en compendio,

su argumento. Belisario, mercader acaudalado, ama á dos doncellas, y no

sabe por cuál decidirse, puesto que antes desea asegurarse de si la

inclinación que ambas le muestran, reconoce por causa su fortuna.

Pretexta, para averiguarlo, que pierde sus bienes por una desgracia, y

concierta un plan con Astolfo, que ha de ayudarlo, y en cuyas manos pone

sus riquezas, para desvanecer completamente sus dudas. Astolfo, rico ya

en apariencia, enamora á las dos beldades: una de ellas abandona en

seguida al pobre amante, y prefiere al rico; pero la otra sufre la

prueba, y sale de ella victoriosa. El desenlace se adivina sin trabajo,

descubriéndose que son fingidas la pobreza de Belisario y la riqueza de

Astolfo, y casándose la fiel con su amante. En esta comedia (caso, en

verdad, raro en las antiguas españolas), se observan con rigor las

llamadas unidades de lugar y de acción, y la de tiempo tampoco se

quebranta abiertamente, cualidad, por cierto, que, sin duda, fué muy

alabada por los partidarios de estas reglas; pero á nuestros ojos menos

meritoria que la multitud de gratos detalles y notables pinturas de

carácter, que realzan su fábula vulgar. En _Los amantes de Cartago_

refiere Aguilar la historia de Sophonisba, y no, en verdad, sin ingenio

ni trágica grandeza. También en _Venganza honrosa_ nos ofrece algunas

situaciones verdaderamente interesantes, y nos da favorable testimonio

de su talento para trazar y desenvolver un plan dramático. Porcia, hija

del duque de Mantua, accediendo á los deseos de su padre, se casa con

Norandino, duque de Milán, aunque prefería á Astolfo, duque de Ferrara.

Astolfo, profundamente afligido por la pérdida de su amada, la pretende

aun después de casarse, y se encamina disfrazado á Milán, en donde

despierta de nuevo su antiguo amor en el pecho de Porcia, persuadiéndola

á que huya en su compañía. El engañado esposo sale en persecución de los

fugitivos, sin lograr alcanzarlos, por cuya razón se decide á dirigirse

disfrazado á la corte del duque de Ferrara para vengarse de su infiel

esposa y de su seductor. En el camino se le presenta ocasión de salvar

la vida á Octavio, hijo del gobernador de Ferrara, en grave peligro de

perecer á consecuencia del insidioso ataque de un cierto Oracio. Éste

descarga entonces sus iras en Norandino y lo entrega á Astolfo,

pretextando falsamente que es un bandido. Astolfo lo conoce y lo condena

á muerte para librarse de su odioso enemigo, y con la aprobación de la

adúltera Porcia. Ejecútase el suplicio, pero sólo en apariencia, merced

al gobernador, que lo mira como al salvador de su hijo, de suerte que

Norandino queda con vida y puede realizar mejor su plan de venganza.

Mientras tanto, el duque de Mantua se prepara á la guerra para arrancar

su hija del poder de su raptor; Astolfo, para ponerse á cubierto de un

ataque, se refugia entonces en un castillo situado en la cumbre de una

escarpada roca, que fortifica además con el arte. Norandino, á quien se

cree muerto, se mezcla disfrazado entre los trabajadores de las

fortificaciones, esperando una ocasión favorable para realizar su

propósito. Comienza el asedio, y los sitiados resisten valientemente;

pero llega un día en que se abren las puertas de la fortaleza:

Norandino, vestido cual exige su rango, se presenta acompañado de

lúgubre cortejo, y arroja á los pies del duque de Mantua las cabezas de

Astolfo y de Porcia. El Duque, aunque deplora la muerte de su hija,

conoce que es justa la venganza que de ella y de su rival ha tomado

Norandino.

Las cuatro comedias que se conservan de Luis Ferrer de Cardona,

gobernador de Valencia, conocido bajo del pseudónimo de Ricardo de

Turia, no revelan notable inspiración; _La fe pagada_ es una de esas

comedias vulgares, llenas de aventuras novelescas, de combates entre

moros y cristianos, de cautiverios y rescates, como por desgracia se

habían ya visto en la escena española. En _La belígera española_ nos

encontramos en América en la guerra entre araucanos y españoles, con

ruido de batallas y grandes espectáculos teatrales de toda especie,

pero que, á pesar de todo esto, nos interesa muy poco. La mejor obra

dramática de Ricardo de Turia es _La burladora burlada_, comedia de

intriga, cuya acción se distingue por su ingenioso arreglo y delicados

giros. Más importante que sus comedias es su _Apología de la comedia

española_, que precede á la obra ya citada, que se titula _Norte de la

poesía española_. Defiéndese en ella con agudeza, contra _Terencianos_ y

_Plautistas_, la forma dramática nacional, exponiéndose teorías no

comunes en aquella época, puesto que se dice que aquéllos condenan, por

regla general, todas las comedias escritas y representadas en España,

alegando sus razones, y entre ellas, la de que si el drama debe ser el

espejo de la vida humana, ¿cómo ha de permitirse que un personaje nazca

en la primera jornada y aparezca ya hombre hecho en la segunda?[20].

Sólo se conserva una comedia de Carlos Boyl (muerto en 1621), y otra de

Miguel Beneyto: pero como ni uno ni otro se distinguen por su

originalidad, y haya tantos asuntos importantes que llamen nuestra

atención, nos contentaremos sólo con mencionar sus nombres. Vicente

Adrián principalmente, conocido como escritor de autos, pertenece

también á la misma escuela.

El más notable de todos estos poetas valencianos fué Guillén de Castro,

poco conocido, aunque se hable de él con frecuencia. Las frases de

Voltaire, llamándole autor de la primera tragedia verdadera de la Europa

moderna, y las de Corneille, en que confiesa que es el primero que

escribió _El Cid_, han sido repetidas muchas veces, si bien no se han

hecho ulteriores investigaciones acerca de su vida y de su influencia.

El libro de Lord Holland, cuyo título promete dar solución á estas

dudas, no contiene más que un análisis de la tragedia citada, sin

ofrecernos siquiera las noticias biográficas siguientes, escasas á la

verdad, pero no difíciles de adquirir[21].

Guillén de Castro y Belvís, de familia antigua y distinguida, nació en

Valencia en 1569. Su talento poético prematuro, causa de que se le

mirase como la perla de la _Academia de los nocturnos_, le granjeó la

amistad de los más famosos poetas valencianos, como Tárrega, Aguilar y

Artieda, y los favores de los grandes más poderosos de su tiempo. De un

cargo militar subalterno que desempeñaba en Valencia, fué elevado por el

conde de Benavente al mando de una fortaleza napolitana, favoreciéndole

no menos los duques de Osuna y de Olivares. Pero el fin de su vida no

fué tan afortunado como el principio. No se sabe con certeza la causa de

su destitución, ni si ha de imputarse á desgracia suya involuntaria ó á

su carácter inquieto y poco acomodaticio, ni tampoco la época en que

regresó á España. Sólo ha llegado á nuestra noticia que, para sustentar

á su segunda esposa, se vió obligado á escribir para el teatro. Créese

que pasó en Madrid los últimos años de su vida, y, según todas las

probabilidades, trataba á Lope de Vega y á su familia. Dedicó á Marcela,

hija de Lope, la primera parte de sus comedias[22], y _Las almenas de

Toro_, del gran poeta, está dedicada á él, y por cierto con frases muy

lisonjeras sobre su talento y las prendas de su carácter. En una nueva

conjetura descansa la suposición de haber sido amigo de Cervantes,

puesto que lo único que ha llegado á nuestro conocimiento, de las

relaciones que hubo entre ambos ingenios, se reduce á que nuestro poeta

tomó de las obras de Cervantes los asuntos de tres dramas suyos,

rindiendo así homenaje á la elevación de su talento, y á que Cervantes

alaba la dulzura y el agrado de Guillén de Castro[23].

En el año de 1631 murió éste, tan miserable, que fué preciso sepultarle

en el hospital de la Corona de Aragón.

La obra más notable de Guillén de Castro, tanto á causa de la célebre

imitación francesa cuanto de su valor intrínseco, y que por esto llama

principalmente nuestra atención, es la primera parte de _Las mocedades

del Cid_. Indicaremos ahora el orden y sucesión de sus escenas para

facilitar su cotejo con el drama de Corneille[24].

Los conocidos y populares romances del Cid son el fundamento de _Las

mocedades_, y en parte se han entretejido en el diálogo con grande

habilidad. Pero el motivo, que forma el interés capital del drama; la

lucha entre el amor y el honor, parece son de la propia y original

invención de Guillén de Castro: los romances, en efecto, no hablan del

amor anterior del Cid á Ximena.

Al principio del drama es Rodrigo armado caballero ante toda la corte;

la conversación de Ximena y de la Infanta versa sobre la pasión de ambas

por el joven héroe, que es el motivo principal de la acción que sigue;

trázase también excelentemente en esta escena el orgulloso carácter de

Don Sancho, que contrasta con la noble dignidad del Cid. Acabada la

ceremonia queda el Rey en compañía de sus cuatro consejeros, entre los

cuales se cuentan el conde Lozano y Diego Láinez, y les participa haber

elegido al último para ayo del Príncipe; el conde Lozano se cree

entonces despreciado; echa en cara con amargos sarcasmos á Diego Láinez

su vejez y debilidad; disputa con él violentamente, y al fin le da un

bofetón. El anciano, así insultado, expresa en frases entrecortadas su

dolor por el desamparo en que lo dejan sus años, y la sed de venganza

que arde en su pecho. Toda la escena es un modelo en su clase, y el

diálogo de extraordinaria vivacidad. La escena siguiente nos ofrece á

Rodrigo en compañía de sus dos hermanos más jóvenes; su padre, el

deshonrado Don Diego, se acerca á ellos con su báculo roto, y expresa

en un monólogo lleno de pasión la pena que lo aflige, viéndose en la

imposibilidad de vengarse. Llama entonces al hijo más joven en los

mismos términos que dice el romance; estréchale la mano, y la suelta

prorrumpiendo en amargos sarcasmos al oir sus lamentos: lo mismo hace

con el otro hijo. Llama, por último, á Rodrigo, que se encoleriza

observando la preferencia que su padre ha dado á sus hermanos más

jóvenes, y cuando estrecha también su mano, exclama colérico que le

daría un bofetón si no fuera su padre. «Ya no fuera la primera,» le

contesta Don Diego; demuestra su alegría en un fogoso discurso al ser

testigo del varonil orgullo de su hijo, y le encarga que vengue el

insulto hecho á su honor. Síguele un monólogo lleno de elevación lírica,

que pinta la lucha de Rodrigo entre su deber y su amor; el Conde, en

quien ha de vengar la injuria recibida por su padre, es el de su amada

Ximena. En la escena siguiente se desenvuelve esta lucha, que atormenta

el alma del joven, cuando Ximena, que le habla desde un balcón, le hace

oir la voz del amor, y la aparición del Conde lo exhorta al cumplimiento

de su deber; la presencia de su anciano padre pone término á sus

vacilaciones. Entáblase después entre Rodrigo y el Conde un diálogo

breve y rápido, copiado exactamente por Corneille; aléjanse peleando, y

el Conde grita detrás de la escena: _¡Soy vencido!_ Rodrigo reaparece,

huyendo de la persecución de las gentes del Conde, á quienes detiene la

Infanta.

En el acto segundo se anuncia al Rey que Rodrigo ha dado muerte al

Conde; preséntansele Ximena y Don Diego, aquélla con un pañuelo

ensangrentado, éste teñidas las mejillas con la sangre de Rodrigo; ambos

hablan del suceso con notable vivacidad: Ximena dice (como en la

tragedia de Corneille) que la muerte ha impedido á su padre expresar su

voluntad por otros labios que con los de su herida, y que está escrita

con sangre en el polvo; Don Diego, que ha hollado el cadáver del conde

Lozano para lavar con su sangre su ofensa. El Rey promete á Ximena su

protección, y que Rodrigo será preso. El príncipe Don Sancho, cuyo

carácter violento lo arrastra hasta á amenazar al Rey, se declara en

favor de Don Diego. El poeta nos ofrece después á Ximena en conversación

con su confidenta; descúbrele que, á pesar de las prescripciones del

honor, aún no se ha extinguido el amor que profesaba al matador de su

padre. Rodrigo, que la oye oculto, se arroja á sus pies, rogándole que

lo vengue en él como él vengó al suyo en el conde Lozano. Ella no le

encubre su inclinación, pero manifiesta que, obedeciendo á las leyes

del honor, hará todo linaje de sacrificios para que sea castigado el

matador de su padre. Excelente es la escena que sigue, en que Don Diego

revela su apasionada alegría al acercársele su hijo, y su satisfacción

viendo su honor vengado y el valor hereditario de su familia; exhorta á

Rodrigo á persistir en la heróica senda comenzada peleando contra los

moros, obedeciéndolo su hijo, después de recibir su bendición. Forma

contraste con estas escenas, de rudo movimiento, la en que se describe

la vida de la Infanta en su campestre soledad. Muchos caballeros pasan

por ella, entre los cuales se cuenta Rodrigo, que desciende de su

caballo y le da las gracias por haberse salvado por su mediación; pero

no emplea, al hacerlo, sino frases galantes comunes, mientras que ella

oculta difícilmente los tiernos sentimientos que le inspira. Luego

pelean moros y cristianos, y Rodrigo vence á un Rey enemigo, anunciando

que, antes de terminar el día, ha de cautivar á otros dos Reyes; á esta

lucha sigue un episodio de escaso enlace con la acción principal, para

pintar el vehemente y supersticioso carácter del Príncipe. Aparece luego

Rodrigo, que ofrece al Rey el botín recogido en la guerra; el noble

prisionero moro llama á Rodrigo _mío Cid_ (mi señor), y el Rey dispone

que así se le denominará en adelante. Preséntase de nuevo Ximena

acompañada de cuatro servidores llorosos, y acusa á Rodrigo en los

mismos términos que lo hace en el romance. El Rey le promete desterrar

al Cid en castigo de la muerte de su padre.

Acto tercero. La Infanta confía al cortesano Arias Gonzalo, no sin dejar

traslucir sus celos, que Ximena, no obstante su aparente persecución

contra el Cid, lo ama sin duda alguna. El Rey declara su propósito de

resolver, por medio de un combate personal, si tiene ó no derecho al

dominio sobre la ciudad de Calahorra, y que elige al Cid por su campeón.

Un servidor le anuncia la llegada de Ximena, y se queja el Rey de las

molestias que le causa, fastidiándolo con sus pretensiones. Aprovéchase

Arias de la ocasión para participar al Rey las sospechas de la Infanta

acerca de los amores de Ximena y de Rodrigo; á su juicio, el casamiento

de ambos será el mejor medio de reducir al silencio á la hija del conde

Lozano. Forjan entonces un proyecto para averiguar si Ximena ama al Cid

en realidad. Ximena entra, como antes, pidiendo al Rey justicia y

censurando su tardanza en hacérsela, y después un criado que anuncia la

muerte de Rodrigo. Ella, no dudando de la certeza de la noticia, cae en

tierra desmayada. Cuando recobra el uso de sus sentidos, confiesa el

Rey su estratagema y el objeto que se propuso; ella, por su parte, se

esfuerza en debilitar la prueba de su amor que ha dado su desmayo, y

declara estar pronta á entregar todos sus bienes y su mano al noble que

le presente la cabeza de Rodrigo, y la mitad de su fortuna al de otra

clase inferior si cumple su deseo. El Rey, creyendo al Cid invencible,

da á conocer esta promesa. Interpólase entonces el conocido episodio del

mendigo leproso de los romances, que se transforma luego en San Lázaro.

Anúnciase en seguida que un combate personal, en presencia del Rey,

decidirá de la suerte de Calahorra. Un gigante aragonés, llamado Don

Martín, desafía con insolencia á los caballeros castellanos; el Cid

acepta el combate, y se aventura á tomar parte en tan desigual pelea. El

poeta nos describe entonces la inquietud de Ximena acerca del resultado

del combate. Recibe una carta de Don Martín pidiéndole sus bienes y su

mano, y anunciándole que en breve se presentará delante de ella con la

cabeza del matador de su padre. Dominada por el dolor, dice que adora la

sombra de su enemigo, y que llora al hombre á quien mata. La última

escena es en la corte del Rey. Ximena, lujosamente vestida para sus

bodas, se regocija de la muerte probable del Cid; pero cuando sabe, por

asegurárselo así, que es cierta, arrastrada de su amor, no vacila en

confesarlo, y pide al Rey licencia para entregar á Don Martín su

fortuna, rehusándole su mano. Apenas pronuncia estas palabras, cuando se

aparece el Cid, cuenta su victoria y solicita la mano de Ximena. Ésta

accede á sus ruegos, después de oponer breve y afectada resistencia.

La exposición de la serie consecutiva de las escenas de esta comedia

podrá, en verdad, darnos una idea de su estructura externa, pero nunca

del riquísimo colorido que adorna á este bello cuadro; nunca del aroma,

verdaderamente romántico, que espira; nunca, en fin, de la delicadeza

psicológica, con que se pinta la lucha de opuestos sentimientos en el

corazón de Ximena. El lenguaje del drama puede servir de modelo:

ofrécenos la misma sencillez del romance popular, tan propia y peculiar

de este asunto, y no carece de las galas de una poética y rica fantasía,

ni de bellas imágenes, sobriamente distribuídas en las ocasiones en que

sólo habla la pasión.

Podrá censurarse, como opuesto á la unidad de acción, el personaje del

príncipe Don Sancho; y como innecesario, y que sirve de rémora al

desarrollo del drama, el episodio del tercer acto; pero conviene tener

en cuenta que uno y otro se habían arraigado firmemente por los

romances y la historia en la mente del pueblo, que no podía separarlos

de su célebre héroe favorito, y por consiguiente, no merece crítica el

poeta, que se aprovecha de figuras características y de una bella

tradición, para agruparlas alrededor de su protagonista.

Examinando ahora la tragedia francesa, se observa desde luego que todo

el mérito, que se puede atribuir á Corneille, es de índole negativa,

esto es, que consiste en haber suprimido las dos adiciones citadas: lo

que tiene de positivamente bueno, lo debe al poeta español. Pero ¡cuán

inflexible y grosera nos parece su obra! ¿Qué se hizo de aquel aroma

poético, ya tierno, ya apasionado con violencia, que respiramos con

fruición y con ansia en la comedia española? En su lugar encontramos

vana hojarasca oratoria; en vez del lenguaje del sentimiento, hinchada

fraseología; en vez de la lucha entre el honor, y el amor, y los deberes

filiales, tan superiormente motivada en la comedia de Guillén de Castro,

una coquetería opuesta á aquellos sentimientos; en vez de la figura

heróica de Rodrigo, que se refleja y desenvuelve en los hechos

representados como si viviera, un charlatán ostentoso; nos vemos, por

último, obligados á aceptar el juicio de la Academia francesa sobre _El

Cid_, aunque considerándolo con muy distinto criterio. Si recordamos

también que esta tragedia es siempre una de las mejores del teatro

francés, nos admiraremos de que tanta pobreza haya subyugado más tarde á

los españoles, para despreciar las riquísimas flores de sus dramas

nacionales.

Será curioso, sin duda, examinar más profundamente los defectos de la

tragedia de Corneille. Las famosas unidades, que han de anudar la acción

trágica, y que se miran como pináculo y eje de la verosimilitud, han

producido ahora, como en tantos otros casos, un resultado opuesto,

amontonando inverosimilitudes, que indicaremos, puesto que lo merece el

mal comprendido clasicismo, vivo todavía en Francia. La ofensa hecha á

Don Diego; la lucha, la persecución, la ocultación y la huída del Cid;

sus hazañas contra los moros, y finalmente, el combate legal con Don

Sancho, suceden en un espacio de pocas horas. Pero hay más: en la

comedia española disminuye el tiempo el dolor de Ximena por la muerte de

su padre, y aumenta su amor y admiración por el Cid, merced á la larga

serie de sus brillantes hazañas, y á las repetidas pruebas de su eterna

fidelidad y cariño á ella; en la de Corneille, al contrario, bastan unas

cuantas horas para que ofrezca su mano al matador de su padre, poco

después de su muerte, y cuando hasta podría hallarse expuesto su

ensangrentado cadáver[25].

Otra falta notamos en el poeta francés. El lugar de la acción es en la

obra original Castilla la Vieja, de acuerdo con la historia; Corneille,

al contrario, sin motivo alguno fundado, lo traslada á Sevilla, que

supone ser también la corte castellana; falta histórica grosera, puesto

que aquella ciudad, en la época en que ocurre la acción, y más de un

siglo después de la muerte del héroe, se encontraba en poder de los

moros. Tales anacronismos no son por cierto raros en los poetas

románticos; pero es fácil de demostrar, que, en general, los cometen

cuando son indispensables, atendido el fin poético que se proponen

alcanzar; tratándose de Corneille ya es más difícil esta prueba,

pudiendo calificarse de yerro claro y patente, hijo de su completa

ignorancia de la historia, y de los que se califican vulgarmente de

garrafales. Y ¡cosa extraña! los severos críticos, que censuran tan

agriamente en Shakespeare las faltas más insignificantes, contrarias á

la verdad local ó de tiempo, guardan completo silencio sobre ésta.

Ya dijimos antes que, por lo que hace á la exposición y al lenguaje

dramático, toda la obra del poeta francés carece de animación y de vida,

y de elevación poética. Corneille no podía trasladar á su obra las

bellezas poéticas del original español, puesto que los pensamientos

copiados de la comedia de Guillén de Castro, expresados y oídos en

versos alejandrinos[26], se desfiguran por completo con la balumba de

frases pomposas que los rodean. ¿En qué consiste, pues, el mérito de

Corneille? ¿En la omisión de la escena episódica del tercer acto, que

podría haber sido hecho por cualquier zurcidor dramático? ¿Acaso en la

transformación, que sufre la prueba real del valor de Rodrigo, hecha por

Don Diego, que se convierte en la pregunta _Rodrigue, as tu du c[oe]ur?_

Esto último se considera como un signo de su gusto delicado, y quizás

dependa de las mezquinas conveniencias propias y peculiares del teatro

francés; pero no se crea que esta variación sea loable: el poeta español

desconoce con razón aquella regla convencional; su escena nace en la

pura fuente de la poesía popular, invisible, sin duda, para el francés.

Sin embargo, nos place mostrarnos benévolos, y calificar de progreso

real esta mudanza; pero ahora preguntamos: ¿en qué otra parte verdadera

ha corregido Corneille el original, creyéndose naturalmente superior al

poeta español, y con suficiente capacidad para mejorarlo? Seguramente en

nada: no ha añadido un solo rasgo, que no lo desfigure y afee; ha

demostrado su completa ceguedad para comprender lo profundo y lo bello

de la ingenua poesía, ó la absoluta impotencia de reproducirla; ha

transformado un cuadro rico y de vivos colores, en seco y árido

ejercicio académico, sin luz y sin sombra; una composición poética,

llena de vida, en un frío ensayo de declamación. Si, á pesar de todo,

existen algunas bellezas en _El Cid_ francés, no han de atribuirse al

imitador, que ha hecho cuanto podía para borrarlas, sino á la excelencia

del modelo, que no podía desaparecer ni en las manos más torpes. Nada

más diremos de las restantes obras del trágico, que se llama grande por

cortesía; pero si este calificativo se funda en el mérito del _Cid_, no

lo aceptamos sino irónicamente.

CAPÍTULO XX.

Otras obras de Guillén de Castro.--El Dr. Ramón.--Antonio de

Galarza.--Gaspar de Avila.--Miguel Sánchez.--Mira de Mescua.

La segunda parte de _Las mocedades_, que refiere las demás aventuras de

la juventud del Cid, y los sucesos enlazados con ellas, como el

asesinato del rey Don Sancho delante de Zamora, etc., se asemeja á la

primera por el interés que excita, pero no en sus bellezas poéticas

aisladas. Distinguen particularmente á este verdadero drama nacional, el

sello y el colorido, que caracteriza á la Edad Media española. El Cid,

más bien en esta segunda parte que en la primera, es el héroe elevado y

constante, que nos describen los romances; y por punto general se

aprovecha en ella con esmero cuanto dicen las crónicas y cantos

populares. Notabilísima es la admirable escena del tercer acto, en que

pelean los tres hijos de Arias Gonzalo. El rey Don Sancho ha sido

asesinado delante de Zamora, en cuya ciudad tiene sitiada á su hermana.

Un caballero del campamento del Rey, llamado Don Diego de Lara, ha

acusado á los habitantes de Zamora de complicidad en la muerte del Rey,

provocándolos á nombrar cuatro campeones, para sostener contra ellos,

con su espada, la verdad de su dicho. El anciano Arias Gonzalo,

gobernador de Zamora, se presenta con sus cuatro hijos para defender el

honor de la ciudad. A pesar de su edad quiere ser el primero en

combatir, y sólo cediendo á las instancias de la hermana de Don Sancho,

cuyo principal apoyo es, consiente que peleen antes sus hijos. La

Infanta, de gran duelo, sube á un tablado para presenciar la lid; Arias

Gonzalo, lleno el corazón de siniestros presentimientos, se sienta á su

lado. En otro tablado frontero se ve al Cid, juez del campo, y á su

alrededor á los caballeros más distinguidos del ejército castellano.

Preséntase el acusador Don Diego de Lara, y en seguida el hijo mayor de

Arias Gonzalo, que se inclina ante la Infanta; pide al padre su

bendición, y comienza la pelea. Al poco tiempo cae á sus pies con una

herida mortal. El padre disimula su dolor, y llama á su hijo segundo.

Con la muerte de tu hermano

Das más fuerza á tu razón.

Como caballero honrado,

Hizo eterna su alabanza;

Ve á pagarle en la venganza

El ejemplo que te ha dado.

El joven embraza su lanza; suenan de nuevo las trompetas; la Infanta

tiembla, y pronto ve Arias á su hijo segundo muerto también como el

primero.

DON DIEGO ORDÓÑEZ.

Don Arias, envía el tercero,

Que el segundo he despachado.

DON RODRIGO.

Ya va, Don Diego, ya va.

* * * * *

ARIAS GONZALO.

Yo quiero salir contigo

A ser tu padrino, yo.

Y así en el trance feroz,

Más cercano, más violento,

Alcanzaráte mi aliento

Y animaráte mi voz.

DON RODRIGO.

Ya eso parece dudar

En lo que tengo de hacer.

¿No sabes que sé vencer?

¿No sabes que sé matar?

* * * * *

Vamos, que corrido estoy

De que en mi valor dudaste.

* * * * *

Y ojalá que yo saliera

Primero que mis hermanos.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 10 / 24 段