El _Auto de la Puente del mundo_ comienza con un diálogo entre el Mundo,

el Orgullo y el príncipe de las Tinieblas, sobre la venida de Cristo,

que aparecerá en forma de caballero cruzado, para redimir á las almas de

la servidumbre del pecado. El príncipe de las Tinieblas ha construído un

puente, por el cual han de pasar cuantos entren en el mundo. Leviathán

es nombrado su guarda, con la obligación de no permitir á nadie el paso

mientras no se confiese esclavo del mal. Hácenlo así Adán y Eva, y las

generaciones humanas que les suceden. Pero una virgen más pura que la

más cándida paloma (así dice el príncipe de las Tinieblas), ha entrado

en el mundo sin rendirle homenaje, porque, al pronunciar su nombre,

Leviathán cayó en tierra desmayado. Aparece el Amor divino, y llama con

dulce canto al caballero de la cruz, que es el Redentor. Este se

presenta armado completamente, trayendo en sus manos la lanza adornada

con la cruz; al brazo un escudo, en el cual se representan los símbolos

de la Pasión, y comienza la lucha para redimir los hombres. Leviathán

cae en tierra sin aliento, cegado por el resplandor del divino adalid;

el alma recobra la libertad, y el vencedor edifica otro puente junto al

primero que se dirigía á la servidumbre del pecado, para que el linaje

humano pueda subir á la gloria.

_El heredero del cielo._ El Señor celestial, dueño de una viña, amada

por él sobre todas las cosas, la da en arrendamiento á los sacerdotes y

al pueblo hebráico; nombra guardas al Amor á Dios y al Prójimo, y les

recomienda la más exquisita vigilancia. Pero molesta á los arrendatarios

tan rigorosa guarda; echan de la viña á los nombrados por el Señor para

vigilarla; sólo piensan en vivir entre regocijos y fiestas sensuales, y

llaman á la Idolatría para compartir con ella la posesión de la viña,

celebrando fiestas licenciosas y practicando ritos idólatras. Al cabo de

algún tiempo se presenta el Señor de la viña para visitarla; pero apenas

se acerca, oye cánticos sacrílegos, y al entrar es testigo de una orgía,

y presencia el estrago que hacen en las cepas los pies de los que

danzan. Manda á Jesaías y á Jeremías, que le acompañan y le sirven, que

reclamen el precio del arrendamiento; pero son acogidos con burlas y

llevados después al suplicio, por reconvenir á los sacerdotes y al

pueblo judío á causa de sus irreverencias. Aparece San Juan Bautista y

predica el arrepentimiento, declarando que se acerca el reino de Dios, y

que su Hijo, el heredero del cielo, no tardará en venir para regenerar

la viña destruída; pero también sucumbe. Al fin viene en persona el Hijo

prometido para traer á su redil á los extraviados y plantar de nuevo la

viña; pero se ve tan poco atendido como sus predecesores, y es

arrastrado al suplicio con los mártires. La tierra tiembla, cúbrese de

duelo la naturaleza, y hasta los gentiles deploran los sufrimientos del

inocente. Descúbrese el teatro: se ve á Jesaías con el cuerpo aserrado;

á San Juan, sin cabeza, y entre los dos, al heredero del cielo

suspendido en la cruz; el Señor dice entonces con voz de trueno:

Entristézcase el cielo,

Los ángeles derramen tierno llanto,

Rómpase al Templo el velo,

Tinieblas vista el sol, la tierra espanto;

Matóme mi Heredero

Jerusalem tu viñador grosero

* * * * *

Que yo, Israel rebelde y obstinado,

Ingrato siempre al cielo

* * * * *

Derribaré tu Templo

Y no ha de quedar piedra sobre piedra,

* * * * *

Jerusalem, de ti, que hierba y piedra

Han de cubrir tus calles

Sin que piedad en los romanos halles.

Mi viña siempre amada

Te quitaré, villano pueblo hebreo,

Y mi Iglesia sagrada

Daré al pueblo gentil, pues ya le veo

Dejar la Idolatría

Por seguir la ley de gracia, mía.

* * * * *

Y dárosla (la viña) prometo,

Y cercarla de mártires...

* * * * *

Pondré los confesores,

Las vírgenes también

* * * * *

Dejaréle un tesoro,

Del cuerpo celestial de mi Heredero.

Para que se conozcan también otros autos, que no han de enumerarse entre

los sacramentales, puesto que no se refieren á la cena del Señor, siendo

su argumento de índole religiosa en general, indicaremos las escenas de

uno, que refiere la historia del Niño perdido. Este pequeño auto,

inserto en _El Peregrino_, se representó el día de Santiago, si nos

atenemos á los datos que se encuentran en aquella obra. Al principio

conversa el joven Damasceno con su paje la Juventud, que le describe las

molestias que le afligen en la casa paterna, y lo excita á vivir más

alegremente. Déjase persuadir el joven, y ruega á su padre que le

entregue su parte de herencia para viajar; opónese á ello el padre,

porque lo prefiere á todos sus demás hijos, pero al fin presta su

consentimiento. Pronto se ve á Damasceno corriendo el mundo con

ostentación y alegría, acompañado de numeroso séquito, en el cual se

cuentan el Deleite, la Locura, la Adulación y otros vicios. La divertida

compañía entra en la casa de la Disolución, y celebra una bacanal con

música y danzas, haciendo de gracioso el Juego, en traje de arlequín.

Asistimos en seguida, desde esta fiesta, descrita con verdadero ingenio,

al lugar en donde un pastor apacienta sus rebaños, y á una de esas

escenas pastoriles en que tanto sobresale nuestro Lope. Después de

algunos episodios aparece Damasceno, despojado de todos sus bienes, y

hasta de sus vestidos, y pidiendo hospitalidad. El compasivo pastor lo

recibe entre sus servidores, y el extraviado joven, avergonzado de sus

locuras, hace cuanto puede para borrarlas á fuerza de arrepentimiento,

de trabajo y fidelidad. Vuelve, por último, contrito al hogar paterno,

rogando que se le perdone, y el padre lo acoge con grandes

demostraciones de júbilo. Uno de sus hermanos se admira que se le

muestre más deferencia que á él, siempre constante en el cumplimiento de

su deber; pero el padre le replica diciéndole, que no hay mayor gozo

para un padre que la vuelta del hijo perdido.

Como ejemplo de _autos al Nacimiento_ puede servir _El Tirano

castigado_. Primero se presentan la Envidia y la Maldad, y deliberan

acerca de los medios que han de emplear para dañar á los hombres.

Después vemos á Lucifer en un trono de fuego, rodeado de los demás

ángeles rebeldes, y teniendo á sus pies á la Humanidad, cargada de

cadenas; ensalza su poderío, que, á consecuencia de la culpa del primer

hombre, se extiende sobre toda la tierra, y excita á los espíritus

infernales á pelear de nuevo contra el cielo. La Humanidad confiesa su

culpa, pero espera la llegada del prometido Redentor, que ha de

rescatarla del cautiverio del pecado. Encolerízase entonces Lucifer;

huella con sus plantas el pecho de la cautiva, y ordena que la lleven á

una obscura prisión; pero aquélla le anuncia que en breve uno, más

poderoso, acabará con el imperio del infierno. Satanás se presenta

consternado, y dice al Príncipe de las tinieblas:

Las riberas del Cocyto

Deja animoso Luzbel,

Y de la laguna Estigia

Azufre, resina y pez.

Del Averno los tormentos

Suspende, si puede ser,

Y de tu reino de llanto

Cese el bullicio cruel.

* * * * *

De tus furias el azote

En ocio y suspenso esté,

* * * * *

Y los condenados, todos,

Orejas á mi voz den.

Lucifer, furioso al oir esta noticia, resuelve maquinar nuevos enredos

para oponerse á la salvación de la Humanidad. Esta, mientras tanto, yace

en su prisión lamentándose y rogando al cielo que la liberte del

cautiverio; preséntase la Profecía, transformada en gitana, y le

promete la salud esperada. La escena se traslada después á Belén. José y

María llegan pobremente vestidos, y llaman á muchas casas de sus

parientes para pedir hospitalidad; pero Lucifer y Satanás les persuaden

que no abran sus puertas á los recién venidos; permanecen, pues,

cerradas, y no les queda otro recurso que refugiarse en un miserable

establo. Las escenas siguientes, de índole profana, nos ofrecen amores é

intrigas pastoriles; luego aparece un ángel que canta el _Gloria in

excelsis Deo_; anuncia el nacimiento del Salvador, y excita á los

pastores á adorar al recién nacido. Se ve entonces á María arrodillada

ante el Hijo de Dios. Adóralo recitando un soneto, y San José une sus

oraciones á las de ella. Acércanse también los pastores para adorar al

Niño Divino, le ofrecen presentes, y la Profecía convoca al linaje

humano para manifestarle el cumplimiento de sus predicciones.

LUZBEL.

¿Qué hay, Satán?

* * * * *

¿Rásgase el cielo?

¿Llueven las nubes aquel

Rocío que espera el mundo,

O el león viste la piel

De cordero? En la cestilla

¿Baja el eterno Moisés

Por el caudaloso río

Que mar de las gracias es?

Desgajado de aquel monte

De suma altura y poder,

Deshace el risco la estatua

Que de ambición fabriqué.

* * * * *

¿Hase mostrado al Oriente

El Iris de paz y fe?

* * * * *

¿Trujo la tierna paloma

En el pico de clavel

Al arca la verde oliva

Y á mí el funesto ciprés?

¿Cerca en su claustro al varón

Aquella fuerte Mujer,

Que en mi soberbia cerviz

Me dicen que pondrá el pie,

Quedando virgen y madre

Del mismo que su Padre es?

* * * * *

¿No hablas? Respóndeme,

Abre esos labios, pronuncia

Mi muerte...

SATÁN.

Esta noche al transmontarse

El sol, vi el cielo romper,

Y dél salir con más rayos

Que en medio el Zénit se ve,

Entre mil escuadras bellas

De aquellos que siempre ven

La Eterna Sabiduría

Y el sumo y perfecto Bien;

En hábito y forma humana

Al Paraninfo Gabriel,

Bordando las dos esferas

De zafir y rosicler,

Y dándole al suelo gloria;

Paró el vuelo en Nazaret,

A donde lo vi humillado

A la esposa de Josef.

Lo que hizo y lo que dijo

No lo oí, ni pude ver;

Que aunque lince, aquel instante

Ciego y sordo me hallé.

Mientras entonan un cántico religioso cuantos rodean al pesebre,

acompañados de los ángeles, preséntase Lucifer abatido y tétrico, é

intenta ofender al recién nacido; pero al esforzarse en traspasar el

umbral, lo anonada la presencia de Dios, y lo rinde vencido á las

plantas de la Santa Virgen. El Auto concluye con esta humillación de

Lucifer.

Tarea ociosa es, á la verdad, exponer el argumento de algunos autos,

puesto que sólo ofrecería una idea incompleta de las propiedades de

estas composiciones tan diversas de todas las demás dramáticas.

Unicamente veríamos el desnudo esqueleto que forma su acción externa, y

aun esto de una manera incompleta, en virtud de su especial naturaleza.

El brillo deslumbrador de su poesía, la vida que rebosa en su conjunto,

las alusiones simbólicas que enlazan lo más remoto con lo más próximo,

sus profundas miradas en el alma humana y en los secretos de la

creación, en una palabra, cuanto caracteriza en primer término á estas

admirables composiciones, y les asegura un valor duradero, sólo puede

comprenderse con claridad leyéndolas atentamente.

Si de los autos pasamos al examen de los entremeses, nos hallamos en

terreno muy diverso. Estos pequeños dramas burlescos, que á menudo son

sólo escenas aisladas sin verdadero interés dramático, fueron, sin duda,

escritos en algunos ratos de ocio por un poeta tan incesantemente

ocupado; pero su veloz pluma supo también trazar al vuelo rasgos felices

y peculiares de este género de poesías. No faltan en ellos ingeniosos

chistes y cómicas situaciones, ni dejan de ser censuradas con agudezas

de buena ley las locuras y ridiculeces humanas. Sin embargo, no hay que

buscar en los entremeses sátiras delicadas, tratándose de un linaje de

producciones esencialmente burlescas, cuyo principal objeto es hacer

reir, y que, para lograrlo, no desprecia en ocasiones emplear bufonadas

de toda especie.

Las loas de Lope son, por punto general, monólogos, no pequeños dramas

que formen como el prólogo de la acción posterior, como se usaron á

veces en otras obras. Estos monólogos, que de ordinario tienen escasa

relación con la comedia propiamente dicha, consisten, en parte, en

narraciones y anécdotas burlescas; en parte en alegorías alusivas á las

relaciones que hay entre el autor y el público, ó, por último, en

animadas alocuciones á los espectadores, etc. Su mérito literario es

casi siempre escaso, y al parecer, se escribieron más bien por acceder á

los deseos y á la conveniencia de los directores de teatros, que por

inspiración espontánea del poeta.

CAPÍTULO XIX.

Poetas dramáticos valencianos.--Francisco Tárrega.--Gaspar

Aguilar.--Ricardo de Turia.--Carlos Boyl.--Miguel Beneyto.--Vicente

Adrián.--Guillén de Castro.--Su _Cid_ y el de Corneille.

Menester es ahora que interrumpamos el examen de las obras de Lope de

Vega, el cual, por ligero que haya sido, no podía ocupar demasiada

extensión en una obra como ésta, destinada á exponer la historia de toda

la literatura dramática española, puesto que era preciso dejar espacio

suficiente para dar á conocer las composiciones de los innumerables

émulos de nuestro poeta. Si bien es cierto que éste escribió tantos y

tan diversos dramas de toda especie, que hubieran bastado para ocupar el

teatro español por más de un siglo, no es lícito tampoco negar que la

fuerza creadora de la época se revela también en otras muchas obras y en

muchos otros escritores. No se crea por esto, como acaso algunos

piensen, que todos estos dramáticos fueron imitadores de Lope de Vega;

al contrario, gran parte de ellos se distinguen por su originalidad y

cualidades propias, que no es justo desconocer, siempre que prescindamos

de la forma externa de sus composiciones, que, en esta época, fué en

general la misma en todas las obras dramáticas.

Llaman, pues, inmediatamente nuestra atención los diversos poetas

contemporáneos de Lope, que, como él, acometieron también la empresa de

reformar y perfeccionar el drama español. Cervantes, después de haber

hablado de la prodigiosa fecundidad del más famoso de todos ellos, nos

indica la transición del uno á los otros con estas palabras: «Pero no

por esto (pues no lo concede Dios todo á todos) dexen de tenerse en

precio los trabajos del Dr. Ramón, que fueron los más, después de los

del gran Lope. Estímense las trazas artificiosas en todo extremo del

licenciado Miguel Sánchez; la gravedad del Dr. Mira de Mescua, honra

singular de nuestra nación; la discreción é innumerables conceptos del

canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de D. Guillén de Castro; la

agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las

comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que agora están en xerga[13]

del agudo ingenio de Don Antonio de Galarza, y las que prometen _Las

Fullerías de Amor_, de Gaspar de Avila, que todos estos, y otros algunos

han ayudado á llevar esta gran máquina al gran Lope[14].»

A dichos nombres hay que añadir otros muchos, correspondientes á este

período, de los cuales trataremos en lugar oportuno. Nuestras miradas se

fijan primeramente en un grupo de dramáticos valencianos, entre los

cuales se cuentan muchos de los mencionados por Cervantes[15].

En la rica y floreciente Valencia, que, como dijimos, poseía con

anterioridad un teatro fijo, y que acaso al mismo tiempo que se

prepararon para las representaciones escénicas los de la Cruz y del

Príncipe, de Madrid, se dispuso con el mismo objeto un local nuevo y

mejor arreglado, que se denominó _El Corral de la Olivera_[16], poco

después de la aparición de Virués adquirió el drama igual carácter y

forma, que conservó luego en su más brillante período. El desarrollo

progresivo de la literatura dramática trazó y fijó de tal suerte esta

forma, que no hay necesidad de suponer que fuese importada de Madrid en

Valencia, adoptándose primero por los poetas de esta última ciudad,

después de conocer las obras de Lope de Vega. Al contrario, es de

presumir que Lope, que, como leimos en su biografía, estuvo en Valencia

desde 1588 á 1595, recibió en ella estímulo y aliento para imprimir en

el drama el carácter que distinguía á las comedias, á cuya

representación asistió, y á trasplantar á los teatros de Madrid la forma

peculiar del drama valenciano.

La Academia _de los Nocturnos_, asociación literaria de los ingenios de

Valencia, consagrada á investigaciones científicas y á trabajos

poéticos, celebró su primera sesión el 4 de octubre de 1591[17]. Entre

los individuos de esta Academia, cuyos nombres se conservan, contábanse

los poetas valencianos más famosos, que descollaban en la literatura

dramática, como fueron Tárrega, Aguilar, Boyl, Ferrer, Beneyto y Guillén

de Castro. Estos poetas, y especialmente los dos primeros y el último,

gozaron en su tiempo de gran celebridad, según testifican las repetidas

alabanzas, que de ellos hacen los autores coetáneos[18]; pero luego

cayeron de tal modo en olvido, si se exceptúa Guillén de Castro, que

acaso desde hace dos siglos se escriben aquí sus nombres por vez

primera.

Francisco Tárrega, doctor en Teología y canónigo de Valencia, parece

haberse ya distinguido en la poesía antes de 1591, puesto que obtuvo el

lugar más honorífico en la Academia citada. Vicente Mariner ha celebrado

su fama en un pomposo panegírico en latín, lleno á la verdad de frases

vagas y sin dar noticia alguna de su vida. Sus comedias corresponden al

espacio de tiempo comprendido entre los últimos años del siglo XVI y los

primeros del XVII, y no dejaron de agradar en su época. No por esto

pueden rivalizar con las de Lope de Vega: fáltanles genio é inventiva y

notable originalidad; pero en lo general están bien combinadas,

demuestran su conocimiento de la escena, y gustan é interesan. La más

favorecida del público fué la titulada _La enemiga favorable_, que

Cervantes elogia en su _Quijote_. Su argumento es, en extracto, el

siguiente: La reina Irene, que ama apasionadamente al Rey su esposo,

infiere grave ofensa á la condesa Laura, de quien estaba celosa. La

Condesa, deseando vengarse, persuade á su amante, Belisardo, que acuse á

la Reina de adulterio con el duque Norandino. Belisardo la acusa, en

efecto, dándose traza de presentar al Rey, bajo un punto de vista

desfavorable á la Reina, las atenciones que ella demuestra al Duque á

causa de su mérito. Ordénase, pues, la celebración de un duelo para que

la justicia de Dios decida de la culpa ó de la inocencia de la Reina. El

delator, cuyo nombre es desconocido, aparece en la palestra con la

visera calada, y provoca al combate á cuantos tengan por falsa su

acusación. Acuden entonces al desafío tres caballeros, también con la

visera calada, declarando que están prontos á defender el honor de la

Reina. Uno de ellos es el duque Norandino; otro el Rey, que duda de la

culpabilidad de su esposa, y el último Laura, atormentada por los

remordimientos de su conciencia y arrepentida de su acción, y ansiando

salvar el honor de la Reina, aun á riesgo de su vida. Irene, á la cual

conceden los jueces del campo el derecho de elegir para su defensa á

uno de los tres caballeros, se decide por Laura, por conceptuarla el más

débil de los tres, creyendo que el acusador es su propio esposo, y con

la esperanza de exponer á menor peligro al Rey, á quien ama cual cumple

á una esposa fiel y enamorada. Al mismo tiempo que se hace la señal del

combate, toca la campana de la torre la de la oración del Ave María;

todos se arrodillan para rezar; descúbrese Laura; declara la inocencia

de la Reina, y excita al acusador á confirmar su aserto, puesto que así

se ha obligado á hacerlo para lograr su mano. Obedécela Belisardo; la

Reina queda libre de toda mancha, y todos se perdonan y se abrazan.

Digna es también de la mayor alabanza la delicadeza con que están

caracterizados los personajes de esta excelente comedia, y en especial

los del Rey, la Reina y Laura, y el arte con que se excita nuestro

interés desde el principio hasta el fin. Tales bellezas, en mayor ó

menor grado, se observan en las demás obras dramáticas de Tárrega.

Además de las nueve que se encuentran en la colección antes citada,

menciónanse otras dos (por Lorenzo Gracián, en su _Arte del ingenio_),

tituladas _La gallarda Irene_ y _El Príncipe constante_, presumiéndose

que el argumento de la última es semejante á la famosa tragedia de

Calderón de igual título. La comedia religiosa de Tárrega denominada _La

fundación de la Orden de Nuestra Señora de la Merced_, aunque ofrece

aventuras extravagantes, cuales se observan en todos los poetas

españoles al tratar de estos asuntos, cuenta muchas bellezas aisladas.

Refiere la historia de Pedro Armengol, ladrón al principio, que de

repente se convierte á la práctica de la virtud, y borra sus anteriores

pecados, consagrando su vida á la religión; encamínase á Argel para

redimir esclavos, y encuentra allí á su hermana, que ha renegado de la

fe católica y es amada por el Dey; conviértela de nuevo á sus antiguas

creencias, y es llevado al suplicio por los moros, salvándose por la

intercesión milagrosa de la Virgen, y rescatando gran número de esclavos

cristianos, con quienes regresa á España y funda, con la protección del

rey de Aragón, la Orden de los mercenarios para redimir cautivos.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 9 / 24 段