Uno de los dramas más notables de Lope es también _El niño inocente de

la Guardia_, que, á la verdad, se distingue por el odio fanático á otras

creencias religiosas, que respira cada verso, produciendo una impresión

penosa, y no satisfaciéndonos en su conjunto dramático, pero lleno, por

otra parte, de bellezas poéticas de primer orden y de rasgos del más

brillante entusiasmo, que derraman en toda la obra seducción

maravillosa. Al principio vemos á la reina Isabel, estimulada por una

aparición de Santo Domingo á purificar á España de los enemigos de la fe

católica. Las escenas siguientes describen la persecución que sufren los

judíos, y las leyes establecidas para espulsarlos por completo de la

Península. Somos trasladados á uno de sus conciliábulos, en donde

maquinan planes de venganza contra los cristianos: uno de ellos promete

preparar un encanto que producirá la muerte y el exterminio de sus

enemigos; pero necesita para esto el corazón de un niño cristiano que se

distinga de todos por su piedad, y en su consecuencia, muchos de la

reunión se obligan á buscar y robar un niño con aquella cualidad. En las

escenas que siguen se describe la fiesta de la Ascención, que se

celebra con la mayor pompa. Juanico, niño de angelical belleza y

singular piedad, sale en compañía de sus padres para asistir á la

procesión; cuando ve pasar ante sí la imagen de la Virgen en toda su

gloria, rodeada de ángeles, exclama:

Bien quisiera

Ser desse Sol resplandor

Algún ángel esta tarde.

Sigue orando á la imagen, se pierde en el tumulto, y es robado por los

judíos. La desconsolada madre observa con dolor la pérdida de su hijo, y

lo busca en vano por todas partes; entra en una iglesia llena de

desesperación, y siguiendo una costumbre establecida en España, hace que

un ciego recite la oración del niño perdido; apenas termina ésta, cuando

suena en el fondo de la iglesia una voz que canta:

Quien pierda tenga consuelo

Que el bien que de él se destierra,

Cuando se pierda en la tierra,

Se viene á hallar en el cielo.

El martirio del desventurado niño llena el resto de la comedia. Los

judíos, para saciar su rabia, deciden sacrificarlo, como á Cristo, con

iguales martirios, y el último acto nos representa la serie de dolores

que sufre el mísero niño; lo azotan, lo coronan de espinas y lo

crucifican, sin abandonarlo en sus tormentos la paciencia y la

resignación celestial; al fin asciende al cielo su alma, escoltada por

ángeles, mientras los judíos celebran orgías y entonan cánticos alegres,

formando el conjunto cuadros sorprendentes por la profunda emoción que

excitan en nuestra alma, haciéndonos dudar si hemos de admirarlos por

sus bellezas poéticas sublimes, ó censurarlos por su singularidad y

extravagancia.

CAPÍTULO XVIII.

Autos, entremeses y loas de Lope de Vega.

De las comedias religiosas de Lope pasaremos á los autos. Ya antes

dijimos cuáles son las diferencias, que los separan de aquéllas, y las

especies en que se dividen: ahora trataremos de sus cualidades

esenciales. Desde luego nos ocuparemos en determinar las de los

destinados á la festividad del Corpus, ó _autos sacramentales_. Como en

éstos los papeles más importantes son desempeñados por figuras

alegóricas, que sólo excepcionalmente aparecen en las comedias,

discurriremos primero acerca de ellas, y en general sobre el uso de las

personificaciones poéticas en el drama. Cúmplenos, pues, advertir, por

lo que hace á su historia, que la fantasía de los antiguos españoles,

desde que se escribieron las obras del marqués de Villena, del marqués

de Santillana y de Juan de Mena, se deleitaba extraordinariamente con

los personajes alegóricos; que se habían deslizado en los primeros

ensayos dramáticos españoles, y que más tarde (como lo demuestran con

toda claridad los autos de Gil Vicente), se refugiaron y

connaturalizaron especialmente en los dramas religiosos. Cuando Lope de

Vega acometió la reforma literaria de este linaje de espectáculos, se

apoderó de los elementos tradicionales, que los formaban, é introdujo en

sus autos la alegoría; pero hízolo, en verdad, elevando á extraordinaria

altura su valor poético. Pero la anticuada y grosera invención de

representar externamente fenómenos interiores del alma, ¿es susceptible

de recibir más perfecto cultivo, y lo merece por su valor? ¿No serán

producciones literarias, defectuosas por su esencia, espectáculos

dramáticos, en los cuales se nos muestran obrando y hablando afectos,

símbolos, pensamientos y objetos inanimados de toda especie, aun

revistiéndolos con todos los encantos de la poesía? Algunos estéticos

contestarán afirmativamente á esta pregunta, sin vacilaciones de ningún

género, y los autos españoles y las moralidades, obras informes de un

arte incipiente, serán ordenados por ellos en la misma categoría. Es tan

general la creencia de que han de desterrarse del drama las

personificaciones alegóricas, que casi todos los poetas modernos han

renunciado á ellas. Pero la imparcialidad nos obliga inexorablemente á

hacer una observación. Tanto los antiguos como los modernos conceden á

las artes del diseño la licencia de representar seres alegóricos é

ideales, y la escultura y la pintura han rivalizado en aprovecharse de

ella: recuérdense las virtudes y victorias de los griegos; la _Virtus_,

_Concordia_ y _Spes_ de los romanos; las virtudes de Bandinelli; los

amores celestial y terrestre del Tiziano, y la Venecia de Pablo el

Veronés. A nadie, sin embargo, han causado extrañeza, ni ninguno ha

imaginado excluir del dominio del arte tantas y tan excelentes obras.

¿Cómo, pues, así? El drama, que dispone de medios infinitamente más

variados de penetrar en la comprehensión de lo sobrenatural, y de

expresar su esencia y todas sus relaciones, ¿ha de excluir por completo

de sus dominios tales formas? ¿Por qué no ha de serle lícito infundir en

lo inanimado la vida y la palabra? ¿Acaso las luchas, que se suscitan en

lo más íntimo del alma humana, no pueden jamás adquirir vida y

apariencia corporal, aprovechándolas para dar más vigor á lo patético de

la tragedia? ¿No ha de concederse que la personificación de los

caprichos pasajeros del espíritu humano puede producir efecto cómico?

Seguramente no sera negativa la respuesta á estas preguntas.

La verdad es, sin embargo, que lo dicho no es aplicable á los autos. No

se trata en ellos simplemente de aisladas personificaciones poéticas;

nos vemos trasladados en un todo al terreno de la alegoría; nos hallamos

entre figuras abstractas é ideales, y hasta las históricas que se nos

presentan adquieren personificación alegórica. Se nos arranca así por

entero del círculo de la humana existencia; nos hallamos en las regiones

aéreas de la abstracción, en el imperio de lo sobrenatural, en el cual

sólo vive la fantasía elevándose á grande altura. Todos los personajes

son formas, en cuya realidad é individual existencia nadie cree, ó seres

intermedios que participan de la razón pura y se pierden en las nubes de

la metafísica. No se expresan en ellos los afectos y cualidades humanas

de tal suerte, que sólo momentáneamente llevan su sello íntimo ó

materializan éste ó aquel estado físico, dando origen á un mundo

especial, habitado por ideas generales, revestidas de cuerpo, y distinto

del terrestre. Cierto que el poeta corre grave riesgo de engendrar

monstruos, á no ser un consumado maestro. Vese obligada su fantasía á

crear sólo imágenes obscuras y vagas, ó á congelarse en las yertas

alturas de las abstracciones de la razón. O ha de perderse en ideas

nebulosas y poco claras, que se confundan entre sí, ó caer en la aridez

y frialdad, igualando la alegoría con el logogrifo.

No puede negarse que los autores de autos se hayan estrellado con

frecuencia en tales escollos. Ni Lope ni Calderón han conseguido colmar

por completo el abismo, inherente á este linaje de composiciones

poéticas, entre los elementos de la inteligencia y de la poesía. Con

demasiada frecuencia se agotan sus fuerzas en la perpetua lucha de

penetrar en lo impalpable de la comprensión, en infundir vida real en la

esencia de estas operaciones de la inteligencia. No siempre han evitado

los dos falsos derroteros mencionados, y aparecen obscuros y ampulosos,

por ser incompatible la verdadera claridad con lo que escapa á toda

determinación, ó empleando alegorías enigmáticas é inflexibles, opuestas

á la genuina poesía.

Otro obstáculo se presentaba también al poeta: el de harmonizar con la

poesía la teología escolástica, que constituía por la tradición el fondo

de los autos. No siempre supieron los autores más sobresalientes mezclar

dos elementos tan heterogéneos, de suerte que la metafísica se hiciera

sensible é interviniese en la acción del drama. Al contrario, para

manifestar claramente sus intenciones, se acogen frecuentemente al

refugio que les ofrecen sus diferencias más características. De aquí las

interminables exposiciones del dogmatismo cristiano con la refinada

sutileza de la falsa ciencia escolástica, las arengas difusas de éste ó

de aquel personaje alegórico sobre su significación y naturaleza, y las

preguntas y respuestas sobre las cuestiones más intrincadas de la

ciencia de Dios: defectos todos, sin duda, que perjudican al drama, por

grandes que sean sus bellezas.

Al hacer las observaciones indicadas, nos proponemos tan sólo oponernos

á la admiración incondicional, que con repetición han inspirado los

autos. Pero no se crea por esto que los rechazamos en absoluto, puesto

que los sacramentales españoles, con todas sus faltas, son obras

poéticas de mérito incomparable, y sus mejores poetas, haciendo uso de

su poco común ingenio y de su arte, han sorteado los inconvenientes casi

siempre inseparables de este género literario, si no en todas sus

composiciones, á lo menos en las más notables. Encontramos, pues, en

estos autos una multitud de creaciones puramente alegóricas, que no sólo

personifican ideas, sino que se transforman en individuos, y que nos

interesan vivamente por su existencia y acciones, por sus pensamientos y

voluntades; hasta la metafísica, sin hacerse valer á costa de la

poesía, se convierte, en virtud de la fábula, en resorte de intuición

poética. El poder creador, que revelan estas poesías, excita en alto

grado nuestra sorpresa; y hasta algunos autos, que adolecen de ciertos

defectos, ya apuntados, nos admiran también por otras muchas bellezas.

Sólo era dable á la más exuberante fantasía inspirar alma y vida á

definiciones abstractas y áridas de las facultades del alma; sólo la

imaginación poética más extraordinaria podía infundir en lo sobrenatural

forma y redondez plástica; sólo el buen sentido más exquisito podía

volar sin precipitarse en las regiones de la metafísica y de la razón

pura, y sólo, por último, la más decidida capacidad dramática era capaz

de producir tanta animación é interés en este dominio y con tales

personajes. Pronto veremos cuán cumplidamente lo lograron algunos.

Cuando penetramos por vez primera en el mágico imperio de estas

composiciones, nos parece que respiramos en una atmósfera desconocida, y

que contemplamos otro cielo que se extiende sobre un nuevo mundo.

Sucédenos como si poderes invisibles nos llevasen al seno de obscuras

tempestades; muéstransenos de tal modo los abismos del pensamiento, que

nos dan vértigos; seres maravillosos y enigmáticos brotan de las

tinieblas, y la luz roja y tenebrosa del misticismo, brilla en el germen

misterioso que da origen á todo lo creado. Pero rásganse las nubes que

nos envuelven, y nos encontramos más allá de los límites terrestres, no

sujetos al espacio y al tiempo, y en el dominio de lo infinito y de lo

eterno. Aquí enmudecen todas las discordancias; aquí sólo se oyen las

voces humanas á manera de himnos solemnes, acompañados de las melodías

de la música sagrada. Antójasenos que penetramos en una catedral

gigantesca de la más sublime arquitectura, en cuyas majestuosas naves no

osa aventurarse sonido alguno profano; el misterio de la Trinidad,

alumbrado de luz mágica, yace encumbrado en el trono del altar; los

rayos que despide y que la vista humana apenas puede soportar, llenan

con su resplandor maravilloso inmensas columnatas. Todos los seres que

la pueblan, parecen ocupados en la contemplación de lo eterno, y como

absorbidos y embargados en las profundidades sin fondo del amor divino.

La creación entera canta en coro himnos de júbilo en loor de la fuente

de la vida; hasta lo que no es, siente y habla; la muerte goza del don

de la palabra y de la viva expresión del pensamiento; los astros y los

elementos, las piedras y las plantas tienen alma y conciencia;

ofrécensenos los senos más ocultos del entendimiento y del corazón; el

cielo y la tierra brillan, en fin, alumbrados con luz simbólica.

Aun prescindiendo del germen íntimo de estas poesías, nos encanta además

la pompa que observamos en la exposición de sus partes. Quizás en

ningunas otras obras suyas han concentrado los poetas españoles tanta

riqueza poética ni dominádola tan profundamente. Es una mezcla tal de

colores, una atmósfera tan perfumada, un encanto tal de arrebatadora

harmonía, que arrastran irresistiblemente á nuestros sentidos.

El eje religioso, en torno del cual giran los _autos sacramentales_, es,

como hemos dicho repetidas veces, la alabanza de la Transubstanciación.

Llénase este fin de mil modos diversos, empleando las combinaciones é

imágenes más variadas, maravillándonos la rica inventiva con que el

poeta evita la uniformidad, y nos ofrece el mismo tema bajo de infinitas

formas nuevas.

Tan variamente diversos, como las combinaciones de la acción, son los

personajes alegóricos de _los autos_. Ya encontramos en ellos relaciones

humanas, estados ó situaciones del alma, virtudes y vicios; ya la

personificación de los atributos de Dios ó de los símbolos de la

Iglesia; otras veces los elementos, las producciones de la naturaleza,

los países y pueblos de la tierra, las diversas religiones, etc. En

ocasiones se llega hasta el punto de acudir á la mitología griega para

dar forma á las creencias cristianas; de suerte que resulta una doble

alegoría, como, por ejemplo, en _El Amor y Psiquis_, de Calderón,

significando el Amor á Cristo, y Psiquis á la Fe. Los personajes

históricos que aparecen en ellos, prescinden casi siempre de su carácter

y se convierten en alegóricos.

Parécenos oportuno exponer en general la enumeración de los personajes

más comunes de los autos sacramentales:

El Padre Eterno, el Rey del Cielo, el Príncipe Divino.

La Omnipotencia.

La Sabiduría.

El Amor Divino.

La Gracia.

La Justicia.

La Clemencia.

Jesucristo bajo distintas formas, por ejemplo, como el buen pastor, como

caballero cruzado, etc.

El novio, esto es, Jesucristo, que entona el cántico de los cánticos en

loor de la Iglesia, su prometida.

La Santa Virgen.

El Demonio ó Lucifer.

La Sombra, como símbolo del pecado.

El Pecado.

El Hombre. El linaje humano.

El Alma.

La Razón.

La Voluntad.

El Albedrío.

El Cuidado.

La Ira.

El Orgullo.

La Envidia.

La Vanidad.

El Pensamiento (ordinariamente como loco ó bufón).

La Ignorancia.

La Duda.

La Fe y la Incredulidad.

La Locura.

La Esperanza.

El Consuelo.

La Iglesia.

La Ley natural y la escrita.

El Judaismo ó la Sinagoga.

El Alcorán ó el Mahometismo.

La Herejía y la Apostasía.

El Ateismo.

Los siete Sacramentos.

El Mundo.

Las cuatro partes del mundo.

La Naturaleza.

La Luz, casi siempre como símbolo de la Gracia.

La Obscuridad.

El Sueño y la Ilusión que produce.

La Muerte.

El Tiempo.

Las estaciones y las horas.

Los diversos países de la tierra.

Los cuatro elementos.

Las plantas, y especialmente la espiga y el sarmiento, alusivos al pan y

vino de la cena del Señor.

Los cinco sentidos.

Los Patriarcas, Profetas y Apóstoles y sus atributos, como, por ejemplo,

el águila de San Juan.

Los ángeles y arcángeles.

No hay necesidad de advertir que no se guarda el orden cronológico, y

que los profetas, por ejemplo, aparecen juntos con los apóstoles.

Tampoco hablaremos de los anacronismos, censurados por la crítica

estrecha, puesto que en el imperio de estas poesías se prescinde del

cómputo del tiempo.

Calderón fué quien dió mayor perfección y forma más artística al _auto

sacramental_. Los de Lope de Vega, objeto ahora de nuestro examen, le

son inferiores en este concepto. La alegoría, sin profundidad

psicológica, es sólo representada grosera, no mediatamente; se echa de

menos en ellos la abundancia y la delicadeza de las alusiones morales, y

el profundo misticismo con que sus sucesores sellaron é idealizaron

todas sus creaciones, iluminando al orbe con la luz del espíritu. Lope,

por el contrario, se expone menos al peligro de degenerar en árido y

frío, como sucede con frecuencia á los que abusaron de la alegoría.

Nunca peca contra la sencillez poética é inmediata que los distingue; y

si los poetas, que le sucedieron, nos parecen más adelantados en lo

relativo al arte, él nos encanta por su mayor vigor y naturalidad.

Para conocer más concretamente la esencia de _los autos_ de Lope,

haremos el análisis de algunos.

El elegido para este objeto lleva el título de _La peregrinación del

alma_. El canto que le precede en loor de la Hostia y del Cáliz, y la

loa, que no se relaciona directamente con lo que sigue, no entrarán en

nuestro examen. Al principio del auto aparecen las Almas, como mujeres

vestidas de blanco; la Memoria, en forma de mancebo bello y robusto, y

la Voluntad, con traje de labradora.

EL ALMA.

Llegada es ya la ocasión

De mi nueva embarcación

A la gloriosa ciudad

De la celestial Sión.

* * * * *

Esta es la playa arenosa

De corporal juventud;

Buscar es cosa forzosa

Nave, en que nuestra salud

Corra bonanza dichosa.

LA MEMORIA.

Alma para Dios criada

Y hecha á la imagen de Dios,

Advierte de Dios tocada

En que son los mares dos

De nuestra humana jornada.

Y así hay dos puertos á entrar

Y dos playas al salir:

En uno te has de embarcar,

Que del nacer al morir

Todo es llanto y todo es mar.

* * * * *

En estrecho fin paraba,

Alma, aquel ancho camino;

Y el que estrecho comenzaba,

Ancho, glorioso y divino

El dichoso fin mostraba.

La Voluntad censura las inoportunas advertencias de la Memoria, y

aconseja seguir la senda más bella y desahogada. El Alma vacila, no

sabiendo qué rumbo emprender. Preséntase entonces el Demonio, como señor

de la barca; el Amor propio, el Apetito y otros vicios, en traje de

marineros, y cantan así:

Hoy la nave del contento

Con viento en popa da gusto

Donde jamás hay disgusto.

* * * * *

Se quiere hacer á la mar.

¿Hay quien se quiera embarcar?

El Demonio hace una brillante descripción de la belleza del país, á

donde se dirige la barca; la Memoria les advierte el engaño, pero se

aletarga al oir un nuevo canto más melodioso, y cae ensordecida en la

orilla, mientras que el Alma y el Deseo suben en la barca. Preséntase la

Razón para despertar á la Memoria, y las dos juntas gritan al Alma que

vuelva; pero no se oyen sus voces con el ruido de los marineros,

ocupados en levar el áncora. Poco después se ve ya á la barca en alta

mar; el Orgullo lleva el timón, y los siete pecados capitales manejan

los remos; el Alma, sentada sobre cubierta á una mesa brillante, á la

cual cerca un coro de cantores, se solaza con caballeros y frívolas

damas. La Razón exhorta una vez más á los engañados á pensar en su

salvación, y á embarcarse en el buque del arrepentimiento, el único que

los librará de su ruina; pero el Alma nada quiere oir hasta que el mismo

Jesucristo, dueño de este buque, se presenta acompañado de ángeles, y

promete conducirlos á la bahía de la Salud, si llegan á arrepentirse.

Como la vocación divina es irresistible, la seducida resuelve

obedecerla. Vese entonces el barco del arrepentimiento, en cuyo centro,

á manera de mástil, está implantada la cruz; cálices de oro adornan sus

gallardetes; los símbolos de la Pasión forman los aparejos; sobre la

cubierta se halla el Santo Sepulcro, y delante de él, arrodillada, la

Magdalena arrepentida; San Pedro se sienta junto á la brújula, alumbrado

todo por un cáliz de oro, cuya luz se extiende á larga distancia. El

Alma se presenta con vestido de penitente, y se arrodilla contrita

delante del Señor, que la acoge benigno; le promete el perdón, porque su

arrepentimiento es sincero, y le ofrece el Sacramento del Altar como

prenda de su gracia.

El auto segundo, cuyo argumento expondremos también, y que se titula

_Las aventuras del hombre_, comienza con la expulsión del Paraíso de

nuestros primeros padres. El ángel persigue al hombre con su espada de

fuego, censura su pecado con frases enérgicas, y cierra las puertas del

Edén. El desterrado se encuentra en medio de un horrible desierto;

peñascos puntiagudos destrozan sus pies, abismos amenazan tragarlo, y lo

atormentan temibles visiones. Parece que, al componer esta escena, tuvo

presente el poeta el principio de la _Divina Comedia_ del Dante. El

hombre vaga abandonado por el desierto, y se extravía y pierde, no

hallando senda alguna que seguir. Preséntasele entonces una aparición,

que á primera vista lo atemoriza, pero que pronto intenta consolarlo

hablándole dulce y amorosamente, y diciéndole:

Pues haced cuenta que quiero

Ser vuestro escudero yo,

Que el mismo Dios me mandó

Que fuese vuestro escudero.

* * * * *

Es verdad que está enojado,

Pero como os ha criado,

Templa conmigo el castigo.

* * * * *

Que si como Dios le dijo

Le ha de quebrar la cabeza

Al Dragón, vuestra tristeza

Será entonces regocijo.

* * * * *

Porque no pudiendo vos

Satisfacer de justicia

Tanto pecado y malicia,

Satisfaga Dios á Dios.

* * * * *

Esta Señora que os digo

Será su divina Madre.

Esperadla, que ha de ser

De vuestro destierro fin.

* * * * *

Venid conmigo, y los dos

Esperemos este día.

Los dos juntos prosiguen entonces su peregrinación, y llegan á un

palacio soberbiamente iluminado, dentro del cual se oye plácida

harmonía. En él reina _la locura del mundo_. Alegre muchedumbre rodea á

los extranjeros cantando y bailando, y los invita á entrar en el

palacio. El Consuelo advierte al hombre el peligro que le amenaza, pero

se deja seducir y acepta la hospitalidad que se le ofrece. La Reina lo

recibe afable, y ordena á la Vanidad y á la Ostentación que adornen

lujosamente el aposento del Engaño, á la Sensualidad que le prepare un

filtro amoroso, al Sueño que lo divierta con imágenes halagüeñas, y á la

Curiosidad y á la Mentira que cuiden de distraerlo. Comienza, pues, la

nueva vida con locuras y placeres de los sentidos; pero el hombre, que

siente en su pecho más elevada vocación, se fastidia pronto y abandona

el palacio. Asáltanle en su peregrinación el Tiempo, la Muerte y el

Pecado; lo aprisionan y lo entregan á la Culpa, en cuyos lazos viven

todos los hijos de la tierra. Cargado de cadenas, se lamenta el hombre

en su prisión. Háblale el Consuelo del Salvador, que ha de venir, para

redimirlo del cautiverio.

Luz del mundo ha de llamarse

Aquella palabra eterna...

* * * * *

Tú, pues, me alumbra y me guía,

Tú me ilumina y me enseña,

Todo se yerra sin ti,

Todo contigo se acierta.

Peregrino soy, luz mía,

Erré la divina senda.

* * * * *

Ven, lucero, que ya tengo

En estas lágrimas, señas

Que ya sé, divina Aurora,

Que no amaneces sin ellas.

Ven, dulce mañana mía;

Ven, mi luz, no te detengas;

No me coja eterna noche

Antes que tú me amanezcas.

Abrense los muros de la cárcel: preséntase la Santa Virgen hollando al

Dragón con sus pies, y deja caer dulces palabras en el alma del cautivo,

que entonces duerme tranquilo. Mientras tanto desciende del cielo por

una escala el Amor divino, y le anuncia que ha llegado la hora de la

Redención. Giran sobre sus goznes las puertas de la prisión, y el hombre

es recibido por sus guías celestiales, que suben con él en el buque que

ha de llevarlo á la bahía de la Salud eterna. Huyen la Muerte y los

Pecados, y la Culpa aparece transformada y con vestidos ligeros. Al

terminar se ve una barca (la Iglesia), y en ella un altar con el Cáliz y

la Hostia, ante la cual yace el hombre de rodillas.

EL AMOR DIVINO.

¿Ves cómo fué verdadera

La nueva que yo te di?

EL HOMBRE.

¡Oh pan divino, oh grandeza

Suma de Dios, reducida

A una forma tan pequeña!

¡Oh inmensidad abreviada,

Alta Majestad Suprema

En la cándida cortina

De los accidentes puesta!

¿Cómo te daré las gracias?

AMOR.

Con la Fe, para que puedas

Aquí merecer la gloria

Y después la gloria eterna.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 8 / 24 段