_Jornada primera._ Cárcel de esclavos en Marruecos. Razonte, joven

castellano de familia distinguida, es cautivado por piratas moros en las

costas de España, cuando se disponía á encaminarse á Madrid para casarse

con la bella Angélica. Yace durmiendo en su prisión subterránea, y es

visitado por el Dios Amor, que lo exhorta á huir de su cárcel, porque,

de no hacerlo, perderá á su prometida. El plan que le sugiere para la

realización de este designio, es el siguiente: la sultana Zelora ha

tramado con el joven Mahamud una conspiración para atentar á la vida del

Sultán la noche inmediata; se encontrará un puñal en poder de Zelora y

una carta á Mahamud, que probarán su traición. El Amor aconseja, pues, á

Razonte que los delate, para que, agradecido el Sultán, le conceda la

libertad, decidiéndose Razonte á seguir su consejo. La escena que sigue

nos ofrece á Zelora y Mahamud hablando de sus amores: tan grande es la

violencia de su pasión, que discurren sin precaución alguna acerca de su

criminal proyecto; es fácil, por tanto, á Razonte conocer hasta los

detalles más insignificantes de la conjuración, y se apresura á

descubrirla al Sultán; éste hace ahogar á Mahamud y á los demás

conjurados, pero perdona á Zelora, á quien siempre ama, y le asegura que

la amará también en lo sucesivo; pero ella lo trata con desprecio,

rechaza su perdón, y se mata en su presencia. El Sultán dispensa grandes

beneficios á Razonte por haberle salvado la vida, embarcándose después

hacia España. Múdase entonces la escena á las costas de Andalucía.

Razonte y su criado Carlino, que es el gracioso, alcanzan nadando la

Sierra, por haberse ido á pique, en una tempestad, el buque que los

traía; los pescadores de la costa los acogen hospitalariamente, y son

llevados á la casa de un rico molinero, llamado Butrago, en la cual

permanecen muchos días. Razonte sufre mil importunidades de Aldonza,

sobrina de su huésped, pero guarda fidelidad á su Angélica. Carlino

busca á un judío para empeñar unos diamantes que su señor ha salvado del

naufragio, y de paso intenta convertir al descreído. Los dos náufragos

prosiguen su viaje á Madrid; Aldonza se queda desconsolada,

aconsejándole Butrago que nunca ofrezca su corazón á gentes principales.

En la escena siguiente vemos un jardín en Madrid, y en él una fuente con

su saltador, adornada con la estatua del Amor. Razonte, fatigado del

viaje, duerme á los pies de la estatua, excitándole en sueños el Dios á

que se encamine á un lugar solitario á orillas del Manzanares, y oiga

los consejos de un piadoso ermitaño que lo habita. Despierta entonces el

viajero, y emprende su peregrinación; á poco encuentra á Mysón, criada

de Angélica, y le pregunta por su amada, informándose también de cuanto

ha ocurrido en su ausencia en casa de Doña Beatriz, madre de Angélica.

«Tranquilizaos--le dice Mysón,--Angélica es fiel á vuestro amor; pero

sabed una nueva extraña: Doña Beatriz se ha casado con el Doctor

Cornágoras.»

«¿Es posible?--le replica Razonte.--Los celos, de seguro, no molestarán

á este matrimonio. Pero dime ¿de qué encanto se ha valido el Doctor para

celebrar esta boda?»

«Su cabeza--añade Mysón--se ha extraviado con la absurda creencia de la

transmigración de las almas. Afirma que fué antes Priamo, César,

Tamerlán, Alejandro y no sé cuántos más; con estas ideas ha trastornado

el seso á Doña Beatriz, habiéndole dicho que en su cuerpo habita el alma

de Elena, dándole ella crédito sólo por ser él quien lo dice. Se ha

casado, pues, con él, aunque no se oponga á vuestros deseos,

proponiéndose que su hija dé su mano á Héctor de Sandrago, por ser para

ella el Héctor troyano.»

Razonte se aflige sobremanera al oir esta noticia, y resuelve buscar al

ermitaño para pedirle consejo.

_Jornada segunda._ Escena superflua, en que Carlino se chancea con el

criado de Cornágoras; el loco doctor viene también, riñe á su servidor,

que es un perfecto imbécil, y sólo sirve para excitar la risa con su

endiablada jerigonza. «¡Sí--exclama,--ya sé quién eres, traidor! Eres el

infame Anaximandro que negaba la existencia de los Dioses, y todo lo

explicaba por la casualidad; te he visto muchas veces, y sostuve

contigo, en Mileto, una larga disputa sobre este punto.»

Múdase el lugar de la acción; vese la residencia del ermitaño Helvidio,

á quien Razonte cuenta sus penas. Helvidio hace jurar al desdichado

amante que, en caso de conseguir algún día la mano de Angélica,

edificará en el paraje en donde se levanta la ermita una hermosa iglesia

con un hospital para los pobres caminantes. Arrodíllanse ambos á orar;

aparécese un ángel que exhorta á Razonte á buscar á una vieja

encantadora morisca, para ser testigo de su maravillosa conversión, y

para averiguar, con su ayuda, el medio de lograr la realización de sus

deseos. Ábrese el fondo del teatro, y se presenta la cueva, en donde

Rustana ejerce su infernal arte: describe en el suelo círculos mágicos,

y recita fórmulas de encantamentos para que sucumban los héroes marinos

españoles, tan peligrosos para los corsarios africanos, volviéndose de

vez en cuando á un mono grande, que le revela los misterios de lo

porvenir. Preséntase el ángel y manda al mono que indique á Razonte los

medios de hacer á Angélica suya; obedécelo el mono, presa de horribles

convulsiones, y dice: «Sólo vencerás, si te vuelves loco como

Cornágoras,» cayendo muerto después de pronunciar estas palabras. El

celestial mensajero se vuelve luego hacia la hechicera, y la exhorta á

renunciar á sus artes diabólicas; ella siente de pronto que todo su sér

se altera, y promete expiar sus anteriores pecados haciendo rigurosa

penitencia. Razonte sale en busca de Angélica; abrázala tiernamente tras

tan larga ausencia; declárale las palabras del oráculo, y acuerdan ambos

que Razonte finja creer en la metempsícosis y pasar por un héroe de la

antigüedad. Entran en la habitación de los padres de Angélica.

BEATRIZ.--¿Qué veo? ¿Razonte? ¿No os he dicho millares de veces, que

renunciéis para siempre á mi hija? Sólo Héctor será su marido.

RAZONTE.--Más humana ¡oh cruel Elena! fuiste antes conmigo; antes no

preferías á Héctor.

BEATRIZ.--¡Cielos! ¿qué oigo?

CARLINO.--¡No dudes ya; éste es Paris, en cuerpo y alma!

BEATRIZ.--Paris, amante mío, ¿eres tú verdaderamente? ¡Sí! ¡Ya te

reconozco! ¿Por qué me has tenido engañada tanto tiempo?

RAZONTE.--Para espiarte tranquilo. He visto tu infidelidad al casarte

con este gran filósofo; pero ya que te he perdido, he determinado

consolarme en mi desdicha y ser tu yerno, porque la bella Angélica es tu

vivo retrato, y te amaré á ti amando á ella.

BEATRIZ.--Que Angélica sea tuya ¡cuenta con mi promesa! Pero dime: ¿en

dónde has estado después de todas nuestras desdichas?

RAZONTE.--Por ti he derramado lágrimas bajo formas infinitas; he sido

tigre, zorro, oso, ave de rapiña, alguacil, y por último, me alojé en el

cuerpo de Razonte.

BEATRIZ.--Y yo, después de haber sido Elena, anduve largo tiempo errante

y sin domicilio fijo; fuí luego ratona y me casé con un ratón, pero la

muerte acabó con nuestras alegrías: un gato nos atrapó al salir de

nuestro agujero, cuando gustábamos de todas las dulzuras del matrimonio,

y el infame nos devoró.

CARLINO.--Yo fuí ese gato: lo recuerdo con deleite, porque vuestro sabor

era exquisito. Cuando érais ratona no estábais tan flaca como ahora.

Sólo habéis conservado el color pardo de vuestro cutis.

CORNÁGORAS.--Y yo fuí antes Pitágoras, Sócrates, Alejandro, Catón,

Escipión... (_A Carlino._) Pero, ¡santo Dios! ¿veo yo bien? Sí; ¡ya te

conozco! ¡Tú eres Aquiles!!

BEATRIZ.--¿Es posible? ¡Aquiles! ¡Cuántos hombres grandes contemplo en

este día!

CARLINO.--¿Cómo? ¡El diablo me lleve! ¿Yo Aquiles? Pero ¿quién era

Aquiles? ¿No fué un Emperador romano?

_Jornada tercera._ Beatriz desea que se celebre el enlace de Angélica y

Razonte, pero para lograrlo ha de rescindir antes el contrato de

casamiento, que se halla en poder de Don Héctor, negándose á hacerlo.

Razonte se desespera y vaga, lamentándose, por lugares solitarios.

Ocurre luego una escena de devoción católica, que forma el más extraño

contraste con las divertidas que le preceden y subsiguen. El ángel se

presenta al desolado amante y le dice que recuerde sus votos, escritos

en el cielo, á cuyo cumplimiento le exhorta, ya que Helvidio ha muerto.

Añade que Rustana, la encantadora, ha fenecido, como el ermitaño, en la

expiación y el arrepentimiento; que sus almas yacen en la mansión de

los bienaventurados, y que, por mandato de Dios, le presenta sus

cadáveres para que su vista le infunda el amor á la virtud y el

desprecio de los goces mundanos. Se ve á Helvidio y Rustana muertos,

descansando en un lecho cubierto de flores: un coro de ángeles se cierne

sobre sus cabezas y canta un himno, mientras Razonte se arrodilla, y al

final de cada estrofa repite el _Gloria in excelsis_. Confirma con

nuevos juramentos su anterior voto, y el ángel le anuncia que, al lado

de su Angélica, vivirá feliz muchos años como fundador del hospital

futuro. Después de estos rasgos de ascetismo recomienzan las escenas

burlescas en la casa del Doctor. El divertido personaje Carlino, llamado

Aquiles por todos, se imagina que es el héroe griego, y al desempeñar

este papel no sale seguramente mal librado, porque lleva vestidos

lujosos, propios de su alto rango, y se regala de lo lindo. Pero esta

dicha es poco duradera, porque Don Héctor lo cita á singular combate;

depone entonces su espada y sus regias insignias, y le dice que el

Demonio se lo lleve si ha sido alguna vez un héroe; que creyó vivir

sosegado y tranquilo llamándose Aquiles; pero que sabiendo ya que ha de

pelear, renuncia á su dignidad y prefiere la vida. Este cambio de

carácter en Aquiles admira á todos, pero no por esto se decide á pelear

con su émulo, habiéndolo ya vencido en Troya.

BEATRIZ.--¡A él, valeroso Aquiles!

CARLINO.--¡Calla, lengua ponzoñosa!

RAZONTE.--¡Desenvaina tu espada!

CARLINO.--¡Sudo de miedo por todos mis poros! (_Desenvaina la espada y

se acerca á Héctor haciéndole cortesías._)

HÉCTOR.--¡Dios mío! ¡Mi ánimo desfallece!

CARLINO.--Tiene voz de trueno. ¿Quisiérais, bondadoso señor Razonte,

tirarle al suelo ó sujetarle las manos?

RAZONTE.--¡Cobarde!

BEATRIZ.--¿Es posible, Aquiles?

CARLINO.--No veo otro recurso que darle el golpe de gracia; si no, me

mata. ¡Toma! (_Tira dos botas á Héctor._)

HÉCTOR.--¡Yo muero!

CARLINO.--¿Me ha alcanzado? ¡Cielos, qué temblor el mío!

HÉCTOR.--Me doy por vencido. ¡Perdón!

CARLINO.--Según parece, también tiene miedo.

MYSÓN. (_La criada abrazando á Héctor._)--Si no nos entregas ahora mismo

todos tus papeles y tu persona, sentirás todo el peso de la cólera de

Aquiles.

CARLINO.--¡Sujétalo bien, Mysón!... ¡Ah, bellaco; ahora verás quién

soy! ¡Muerte y asesinato!

HÉCTOR.--¡Misericordia, héroe invencible! ¡Si me lo mandas, abrazaré tus

rodillas!

CARLINO.--¡No me toques; no pienso en eso ni lo deseo!

HÉCTOR.--Ahí tenéis cuanto pedís.

RAZONTE.--Angélica. ¡Oh dichoso instante!

CARLINO. (_Dando sablazos de plano á Héctor._)--Yo te perdono;

enmiéndate en lo sucesivo, pero recibe esta amonestación cariñosa.

Don Héctor desaparece; los amantes, poseedores ya del documento en que

Héctor fundaba sus pretensiones, se abrazan mutuamente, y Carlino

declara su voluntad de casarse con Mysón. Todos se admiran de que un

vástago de sangre real elija por esposa á una criada; pero Mysón asegura

que es Deidamia, y que hace ya cuatro mil años que busca en vano á su

querido Aquiles, hasta que lo encuentra en este instante; de suerte que

las dos parejas reales se apresuran á contraer matrimonio. A la

conclusión se entona un canto por el coro en alabanza de la doctrina de

la metempsícosis.

En _La octava maravilla_ se nos presenta un Rey de Bengala, dedicado al

estudio de Hipócrates y Galeno, que excitado por las pomposas

descripciones, que le hace un arquitecto español de la geografía de

España y de la genealogía de sus familias más distinguidas, se resuelve

á visitar á la Península, y después de naufragar en las islas Canarias

llega á Sevilla, en donde finge ser un criado y se enamora de una beldad

sevillana, convirtiéndose al cristianismo y regresando después á su

reino para propagar en él su religión. La escena es, ya en Bengala, ya

en las islas Canarias, ya en España. En _El prodigio de Etiopía_ se

apodera un moro, por astucia, de la hija del Rey de Egipto, haciéndose

pasar por su amante; huye con ella, se convierte en salteador, comete

los mayores crímenes y muere al fin ermitaño y mártir. _La doncella

Teodora_ refiere las singulares aventuras que suceden en Orán,

Constantinopla y Persia á una joven española de admirable ingenio y

belleza; figuran también en este drama un profesor de Valencia, un

catedrático de Toledo, el Rey de Orán; Selin, gran señor de Turquía, y

el Sultán de Babilonia. En _El hombre por su palabra_ sube al trono de

Macedonia el hijo de un jardinero, después de ejecutar grandes hazañas y

con el favor de una Princesa. En _La ventura no buscalla_ se refugia

otra Princesa fugitiva en la casa de un noble de los montes Cárpatos;

entra á su servicio, se casa con él, y le trae al fin en dote la corona

de Hungría. En _El animal de Hungría_, un Rey de este país condena á

muerte á su inocente esposa y se casa con la cuñada; pero la que se

creía muerta vive, se cubre con pieles de fiera y pasa por tal, rondando

las selvas próximas al castillo y robando los hijos que el Rey engendra

en su hermana. Parecidos son _El hijo de los leones_, _Los pleitos de

Inglaterra_, etc.

CAPÍTULO XVI.

_La fuerza lastimosa._--_Don Lope de Cardona._--_La hermosa

Alfreda._--_Laura perseguida._--Otras comedias.--_El caballero de

Olmedo._--Lo cómico de Lope de Vega.--_Amar sin saber á quién._

Afortunadamente no es grande el número de estas obras informes, que sólo

deben considerarse como abortos de una imaginación desarreglada, y que

nos ofrece al poeta en sus más singulares extravíos. Otras muchas, que

entretejen también sucesos, sin enlace estrecho y á modo de novela, y

que, por su índole romántica, pertenecen á la misma categoría, muestran

más arte en la traza y ejecución de su plan dramático. _La fuerza

lastimosa_, drama, cuya idea fundamental proviene del conocido romance

del conde Alarcos, y que debió ser de las más famosas de Lope por las

frecuentes alusiones que á él hacen los escritores españoles, no

merece, en verdad, grandes alabanzas en cuanto á su composición, porque

se abusa de las ficciones, y la verosimilitud no siempre se observa;

pero, á pesar de estos defectos, ¿quién no admirará el fuego y el vigor

de la fantasía, y el interés grande que excita en el lector esta extraña

obra dramática? Dionisia, hija del rey de Irlanda, pone sus ojos en el

bello conde Enrique, y encontrándolo en un paraje retirado de los

salones, en una partida de caza, lo cita para la noche siguiente. El

duque Octavio asiste á la entrevista anterior á la cita sin ser notado

de los amantes, advirtiéndose que ama también á la Princesa, aunque sin

esperanza de ser correspondido, por cuyo motivo toma la insidiosa

resolución de fingirse el Conde. Preséntase, pues, al Rey con este

propósito, y sin decir la causa; pero haciendo al Monarca fervorosas y

vehementes súplicas, y prometiendo descubrirle el secreto al día

siguiente, le pide que aprisione al Conde. Concédesele su pretensión, y

el Duque, sin ser conocido, asiste á la entrevista fijada para otro. A

la mañana siguiente pretexta Octavio que la prisión del Conde era

necesaria para libertarlo del peligro que corría de ser asesinado. Sale

de su prisión el Conde, y es nombrado Almirante para demostrar su

inocencia; pero el Duque, atormentado por los remordimientos, y

temeroso de que se descubra la verdad, se refugia en sus dominios.

Firmemente convencida Dionisia de haber estrechado en sus brazos á su

amante la noche de la entrevista, se maravilla sobremanera de que aquél

se haga el desentendido, y cree que se propone negarlo; su pasión se

acrecienta más y más, reconviene amargamente al Conde por su conducta, y

lo obliga, no comprendiendo lo que sucede, á abandonar la corte para

siempre y ausentarse á un país lejano. En el acto segundo acomete á la

Infanta una melancolía profunda, que casi raya en locura, y cuya causa

nadie puede adivinar; nada responde á lo que se le pregunta, y, por

último, escribe lo siguiente, importunada por los repetidos ruegos del

Rey:

Yo me casé

Con Enrique de secreto,

Y en secreto me gozó;

Fuese á España, y me dejó,

Padre, sin honra en efeto.

Enrique llega á España mientras tanto, y se casa con Isabel, hija del

conde de Barcelona. Han transcurrido muchos años desde que abandonó la

Irlanda; el deseo de ver de nuevo á su patria no lo deja sosegar, y al

fin se encamina á ella con su esposa é hijos. Apenas sabe el Rey su

llegada, lo invita á verlo, y le dice:

REY.

Enrique, este papel es una carta

Que del Rey albanés recibo agora:

Contiene, en suma, una desdicha grande,

Y como amigo, pídeme consejo.

Yo, que no fío de mi ingenio cosas

Tan arduas, y del tuyo estoy contento,

Quiero que me aconsejes lo que pueda

Escribirle en desdicha semejante.

* * * * *

Tiene el Rey albanés, Enrique amigo,

Sólo una hija, como yo á Dionisia;

Pídensela mil Príncipes y Reyes,

Y ella pone los ojos en un hombre,

Noble por cierto, mas vasallo suyo.

Éste la goza, y con temor del padre,

Huye á otro reino, donde al fin se casa,

Y casado después á Albania vuelve.

ENRIQUE.

Extraño es el suceso, y que pedía

Más ingenio y mas tiempo; mas si es fuerza

Obedecerte, digo que aunque mate

El Rey á ese hombre, no remedia nada,

Pues se queda la Infanta sin remedio,

Y casarle con ella está más puesto

En razón y justicia.

REY.

¿De qué modo,

Siendo casado el hombre?

ENRIQUE.

Dando muerte

Él propio á su mujer, en justa pena

De su delito.

Después de argumentar ambos sobre la justicia y la necesidad de la

sentencia de Enrique, el Rey da á éste la carta de la Infanta, copiada

más arriba, y le dice:

Tú me diste el consejo; parte luego,

Y á la Condesa quitarás la vida,

Para que aquesta noche seas esposo

De la Infanta mi hija.

El Conde protesta vanamente no haber tenido jamás con la Infanta

relaciones de tal especie; el Rey no hace caso de ellas, y repite sus

órdenes. Enrique cae en tierra como herido por el rayo: por una parte,

el deber más sagrado de un vasallo es la obediencia á su señor; por

otra, el asesinato de una esposa amada es un hecho superior á las

fuerzas humanas. La horrible lucha, que surge en su corazón, se

manifiesta exteriormente por un silencio sombrío, hasta que Isabel

descubre el secreto, y lo invita á matarla, puesto que ella morirá

contenta con tal que su esposo cumpla sus más imprescindibles deberes

para con el Rey. El desventurado Enrique se decide al cabo á ejecutar

acción tan repugnante. Isabel se despide tiernamente de sus hijos y de

su esposo, á quien asegura, repetidas veces, que recibe gustosa la

muerte de su mano; el Conde, no sintiéndose con fuerzas bastantes para

matarla, encarga á un criado que lleve á la mar en una barca á Isabel, y

que la abandone á merced de las olas. El acto tercero nos ofrece al

mísero Conde atormentado por los remordimientos y presa del delirio. El

horrendo crimen, cometido por orden del Rey, no produce el resultado

apetecido, porque la Infanta se niega á dar su mano al asesino, manchada

con la sangre de su esposa. El conde de Barcelona se acerca con una

armada para vengar la muerte de su hija; un hijo de la muerta es el

Almirante, y el Rey tiembla ya en su capital. Isabel, sin embargo, no ha

perecido en la mar, puesto que, asida á un tronco de árbol, es

arrastrada á la costa, recibiendo la más benévola hospitalidad en los

dominios del duque Octavio. Confía al Duque el secreto de sus desdichas,

y él, que se considera como el principal causante de ellas,

correspóndele participándole que, en aquella noche misteriosa, usurpó

traidoramente el lugar del Conde para poseer á la Infanta. Isabel se

disfraza entonces de hombre, y se encamina á juntarse con la armada de

su padre, en donde no es conocida, aunque se le recibe benignamente por

su semejanza con la que se cree muerta. El rey de Irlanda, viéndose en

grave apuro, entrega á sus enemigos al conde Enrique como autor de todo

lo ocurrido, pero Isabel descubre la verdad dándose á conocer; su padre,

su hijo y su esposo se creen en el colmo de la dicha al recobrar á la

que suponían perdida para siempre, y Dionisia borra la mancha, que

deslustraba á su honor, casándose con Octavio.

Semejante á ésta por el interés que inspira y por la imperfección de las

diversas partes del conjunto, es _Don Lope de Cardona_. El príncipe Don

Pedro de Aragón ha dado muerte en un torneo al hijo del rey de Sicilia;

y en su consecuencia se ha declarado la guerra entre los dos países.

Lope de Cardona, capitán de las tropas aragonesas, vuelve vencedor y

aguarda ser recibido, al desembarcar en Valencia, con las más vivas

demostraciones de alegría; en vez de esto, encuentra cerradas las

puertas: un carro cubierto con negros paños se le acerca, apeándose de

él una dama, vestida también de negro. Esta dama es Casandra, su esposa,

que le cuenta que el príncipe Don Pedro la ha requerido de amores, y que

el padre de Lope, llamado Don Bernardo, ha salido á la defensa de su

honor, sacando su espada contra el Príncipe en el calor de la

contienda. El anciano Bernardo, á causa de su precipitación en obrar,

ha sido acusado de crimen de alta traición y encerrado en la cárcel, y

el Príncipe, lleno de ira, se ha dado trazas de predisponer contra toda

la familia de Cardona al bondadoso y justo Rey. Casandra aconseja la

huída á su esposo, pero él, confiado en su inocencia, se presenta al

Rey, refiere los grandes servicios que ha prestado al trono, y hace

valer las razones que disculpan el hecho de su padre, pidiendo que sea

puesto en libertad y que él entre en su lugar en la cárcel. El Rey se

opone á ello, cediendo á la influencia del Príncipe, y destierra

mientras viva al capitán que le ha ganado una de las más brillantes

victorias. Lope, pues, se embarca para Nápoles en compañía de su esposa,

á la cual intenta retener en vano el príncipe Don Pedro; naufraga en las

costas de Sicilia y arriba á la playa, cayendo en manos de Roger, á

quien ha vencido en la guerra. Regocíjase éste al apoderarse de tan

famoso guerrero, y se esfuerza en atraerle á su servicio, ya haciéndole

las más lisonjeras promesas, ya amenazándolo; pero nada es bastante para

quebrantar la fidelidad de Lope á su soberano, por grande que sea la

injusticia con que lo trata. Roger aprisiona entonces á Casandra, y la

conmina con la muerte si su esposo no accede á sus deseos; Lope sucumbe

á esta prueba dolorosa, se pone al frente de la armada, y llega con

numerosos buques á Valencia. Para economizar la sangre de sus

conciudadanos y antiguos compañeros, exhorta á los aragoneses á decidir

la contienda por medio de un combate singular. Es aceptada su

proposición, y Pedro, para saciar su odio contra los Cardonas, nombra á

Bernardo, todavía preso, para pelear contra su hijo. Los combatientes se

presentan con la visera calada y sin conocerse; cáese el yelmo de uno, y

ambos se reconocen en el momento en que se disponían á pelear hasta la

muerte; obstínanse los dos en morir uno por otro; por último, Lope

persuade á su padre á que huya, y que pretexte que su enemigo es el

príncipe Don Pedro, contra el cual no ha querido levantar su leal mano.

La princesa de Sicilia, enamorada de Don Pedro, se ha esforzado mientras

tanto en atraerlo á una entrevista, para la cual debe serle útil

Casandra, invitándolo á venir á su casa. Él responde afirmativamente á

la invitación, pero es sorprendido por Roger en la tienda de Casandra, y

hecho prisionero. Lope se enfurece sobremanera á causa de la aparente

infidelidad de su esposa, y ésta huye para evitar su cólera, haciendo

correr el rumor de que el rey Roger la ha condenado á muerte, por creer

que mantenía inteligencias con el enemigo. Alegres los sicilianos de

tener prisionero al Príncipe, levantan el sitio y se hacen á la vela;

pero los aragoneses los persiguen y sitian á su vez á Mesina, pidiendo

que se les entregue el príncipe Don Pedro. Cuando se disponen á dar el

asalto á la ciudad, se presenta Don Pedro en las almenas de la muralla,

y los sitiados amenazan matarle, si los sitiadores prosiguen sus

ataques; la princesa de Sicilia se empeña, por su parte, en impedirlo;

para salvar la vida á su amante y establecer la paz entre los

combatientes, se entrega también á los aragoneses, para que su cabeza

caiga al mismo tiempo que la del Príncipe. Su heróica resolución pone

término á tan prolongada lucha; aviénense los dos Reyes, y el casamiento

de sus hijos sella por entonces la paz. Lope de Cardona, que, al saber

la muerte de su esposa, se retira de la armada desesperado, deseando

morir también, ha sido antes llevado á la presencia del soberano de

Aragón, el cual, conociendo su injusticia, le devuelve todos sus cargos

y honores; finalmente, Casandra es descubierta en el ejército disfrazada

de guerrero, y averiguada su inocencia, concluyendo la comedia con la

reconciliación de todos sus personajes.

_La hermosa Alfreda_ es otro drama, que participa de las bellezas y

defectos de los mencionados. El rey Federico, enamorado de la princesa

Alfreda de Cleves por haber visto un retrato suyo, encarga al conde

Godofredo que se encamine á Cleves, y que pida á la Princesa para esposa

suya, en caso de encontrarla tan bella como aparece en su retrato. El

Conde queda tan encantado de las gracias de Alfreda, que,

desentendiéndose de la comisión de su soberano, la pide para sí.

Alfreda, aunque poco aficionada al Conde, accede, sin embargo, á los

deseos de su padre, y Godofredo dice al Rey, á su regreso, que el

original es muy inferior á la imagen, por cuyo motivo induce á su esposa

con fingidos pretextos á que se disfrace con trajes ordinarios y habite

en una obscura aldea. El Rey la conoce aquí, habiéndose extraviado en

una partida de caza, y se enamora de ella violentamente siendo

correspondido. Cuando averigua el engaño del Conde, declara nulo su

casamiento, y se lleva á Alfreda á su palacio para contraer con ella

matrimonio. Godofredo, tanto á causa de su aflicción por el rapto de

Alfreda, cuanto por los remordimientos de su conciencia, hijos de su mal

paso, cae en un estado próximo á la locura, y se presenta sollozando

ante el Rey en compañía de los dos hijos que ha tenido de su esposa.

Alfreda, aunque engañada también por él, intercede conmovida en su

favor y hasta quiere abrazarlo; pero, al intentarlo, observa que la

misma fuerza é intensidad de sus sentimientos le ha arrancado la vida.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 5 / 24 段