El drama _Laura perseguida_ se distingue por la vigorosa pintura de

afectos. Oranteo, hijo del rey de Hungría, ama á Laura, joven dama de

singular belleza, pero cuya condición no es igual á la suya, y tiene de

ella dos hijos. El Rey se opone á que se case el Príncipe con Laura,

proyectando enlazarlo con otra Princesa. Para lograr su propósito,

intenta enemistar á los dos amantes, y se enamora de Laura, á quien no

conoce por su verdadero nombre. Una criada de Laura, que se parece mucho

á su señora, y un cierto Octavio, secretario del Príncipe, se conciertan

para poner en obra los planes del Rey; la criada se viste con el traje

de Laura, y celebra de esta suerte con Octavio una tierna entrevista,

que presencia el príncipe Oranteo. Este se enfurece y renuncia á su

Laura; sin embargo, no le es posible desterrar por completo de su pecho

el amor que le inspira, y, fingiendo ser Octavio, se desliza bajo de sus

ventanas, para convencerse de su infidelidad, puesto que duda de ésta, á

pesar de las apariencias que la confirman. Laura, que ignora la traición

que se trama, le habla amistosamente, creyendo que es el secretario del

Príncipe, y sus palabras afables, por desgracia, son á los ojos de

Oranteo una prueba decisiva de su inconstancia. Laura, pues, es

arrastrada á la cárcel, y sus hijos, sin saber su origen, se envían á un

lugar escondido entre montañas, para ser criados con una familia de

labradores. Un año largo languidece la desventurada en su prisión, al

cabo del cual recobra su libertad y emprende una peregrinación á

Santiago. A su regreso llega á la aldea, en donde viven sus hijos, y los

abraza derramando copiosas lágrimas. El Príncipe, mientras tanto, aunque

convencido de su infidelidad, la ama, sin embargo, y rehusa

obstinadamente casarse con la Princesa. El desenlace, en que se averigua

la inocencia de Laura, y el Rey, que bajo de otro nombre le ha mostrado

su benevolencia, la reconoce como á esposa de su hijo, es fácil de

presumir.

Poco menos interesante, aunque notable por los caracteres de los

personajes, es _Los enredos de Celauro_, llenos de vida y de ingenio, y

de situaciones dramáticas de gran efecto _La boda entre dos maridos_,

_La ocasión perdida_, _Los torneos de Aragón_, _El testimonio vengado_,

_El gallardo catalán_, _Carlos el perseguido_, _Los peligros de la

ausencia_, _La batalla del honor_ y otros muchos. Ningún otro poeta del

mundo nos ofrece en sus novelas, leyendas ó dramas, tantas invenciones

interesantes é ingeniosas, tantas situaciones conmovedoras y dramáticas,

tantos motivos que exciten y encadenen nuestra atención como Lope; pero

en la manera de utilizar estos materiales, en la relación de las partes

con el todo, pertenecen estas novelas dramáticas á sus obras más

imperfectas.

Entre estas últimas y otras obras suyas, que se asemejan más á la

comedia propiamente dicha, hay varias de un género intermedio que, á

causa de su plan más regular, no deben clasificarse con aquéllas, ni

tampoco confundirse con éstas, diferenciándose por su más serio

argumento. Muchas nos ofrecen cierta analogía con los cuadros

sentimentales de familia, tan de moda en los modernos teatros, aunque

los de Lope se distinguen de ellos por su poesía más elevada.

Mencionaremos, entre ellos, á _Las flores de Don Juan_, cuyo

protagonista, en lo relativo al carácter, nos encanta por su fuego y su

ternura; _La moza de cántaro_, _Querer su propia desdicha_, y sobre

todos, _La esclava de su galán_, bellísimo drama en que descuella una

mujer de singular grandeza de alma y pronta á sacrificarse por su

amante. El joven Don Juan renuncia, por amor á Elena, á la posesión de

una rica prebenda, que debe á su padre, por cuyo motivo es abandonado

por aquél. Agradecida Elena al sacrificio que hace por ella su amante,

toma la extraña resolución de venderse por esclava del padre de Don

Juan[9] para aplacar su cólera y reconciliarlo con su hijo. Esta ficción

excita en alto grado nuestro interés, y la serie de escenas en que la

heroina se nos presenta, ya arrebatada de su pasión amorosa, ya airada y

celosa, lo aumenta aún más á la conclusión, en que se descubre y quiere

renunciar á su amante, á quien cree infiel, moviendo entonces al padre,

admirado de su generosidad, á dar su aprobación á su enlace con su hijo.

_El caballero de Olmedo_ nos ofrece un notable ejemplo, así de la

capacidad extraordinaria de Lope, como de la incomprensible ligereza que

tanto le perjudica. Los dos primeros actos son excelentes y de una _vis

cómica_ inimitable; con los rasgos más ingeniosos se describen las

artificiosas intrigas de una vieja alcahueta y supuesta bruja, de la

especie de la Celestina. Don Alonso, caballero de Olmedo, ama á Doña

Inés y es amado de ella; pero el padre de ésta quiere casarla con un

cierto Don Rodrigo. Inés, para evitar en lo futuro el enlace que la

amenaza, pretexta hallarse decidida á entrar en un convento; la

redomada vieja Fabia penetra en la casa, en traje eclesiástico, para

preparar la novicia á la vida conventual, y un criado de Don Alfonso

finge ser maestro de latín; las escenas en que entona cánticos

religiosos mientras Inés lee las cartas de su amante, demuestran que en

aquella época no se miraban como profanaciones estas burlas. La intriga

camina, pues, natural y favorablemente, cuando el drama se convierte en

trágico de improviso, en oposición con su anterior índole. Don Rodrigo,

el pretendiente despreciado por Inés, intenta vengarse de su rival; en

una corrida de toros sálvale Don Alfonso la vida; pero este sentimiento

de gratitud, que le debe en remuneración de su servicio, acrece aún más

su ira; espíalo, pues, y saliendo de su emboscada, lo tiende muerto á

sus pies. Inés pide al Rey justicia contra el matador, y ejecuta

entonces verdaderamente su proyecto, fingido antes, de entrar en un

convento.

Un gran número de las obras de Lope pueden, por último, ordenarse en la

categoría de _comedias_, pero de comedias de gran valor poético, no de

despreciables descripciones de escenas de la vida común, que no debieran

denominarse literarias, aunque conserven aquel nombre en nuestros

teatros. Por regla general, aun en aquellas fábulas, que más descienden

al círculo de la realidad vulgar, la elevación poética del español las

levanta de su humilde esfera. Lo cómico de estas obras no consiste, como

sucede con frecuencia en las comedias de inferior rango, en trasuntos de

locuras ó vicios aislados, con propósitos y exactitud prosáica, ni en

caricaturas ó en algunas escenas burlescas, sino que resplandece en toda

la composición de mil maneras y la penetra y caracteriza en sus diversas

partes. Manifiéstase en el aspecto tranquilo, con que la vida se nos

ofrece en su conjunto, revelándose aquí ó allí en relámpagos burlescos,

ó esgrimiendo el azote de la sátira contra ésta ó aquella extravagancia,

pero en lo esencial presentándonos siempre la parte noble y bella de la

naturaleza humana, que resalta hasta en sus delirios y extravíos. En una

palabra, la comedia española, como la comprende Lope de Vega, es lo que

siempre ha debido ser para llamar nuestra atención, esto es, una poesía

en su esencia; de la vida y sus fenómenos sólo aprovecha lo importante;

concentra, como un espejo prismático, los rayos más serenos de la

naturaleza humana, para reflejarlos con duplicado brillo, y realza

caracteres comunes y sucesos vulgares en un mundo lleno de poesía,

imprimiendo en la realidad el sello de la belleza. Lo burlesco de estas

comedias no consiste en groseros chistes para disipar el mal humor,

sino en la inteligente sonrisa de un espíritu superior, que parece

retozar en todo el conjunto; cuando se muestra lo cómico de más baja

ley, se reviste siempre con las gracias del ingenio; fuérzanos el

gracioso á simpatizar con su alegría, porque sus burlas más locas y

extravagantes no degeneran nunca en perversos y amargos sarcasmos;

reimos con benevolencia, no movidos por amor propio ni por desprecio.

Quien busque en las comedias cuadros comunes prosáicos y naturales,

imitaciones exactas de la realidad ordinaria, personificaciones de

vicios y faltas con ejemplos morales, contrapuestos á ellas; quien

concurra al teatro para oir acerbas invectivas y rasgos satíricos, ó

para presenciar escenas groseras burlescas, que excitan estúpidas risas,

ha de renunciar á Lope de Vega, indemnizándose con Molière ó Wicherley,

Goldoni ó Kotzebue. Pero quien sienta los encantos de la poesía

romántica, de la más florida imaginación, de la inventiva más

inagotable, de los juegos más variados y agudos del ingenio y del

enredo, del análisis más delicado del corazón humano y de sus

sentimientos, lea las comedias de este español distinguido, y podrá

entonces decidir si hay ó no razón para mirar con desprecio, desde tal

altura, las miserias y pequeñeces que en otras naciones usurpan aquel

nombre.

En estas comedias de Lope de Vega resplandece con un brillo más vivo y

con sus diversos colores la llama del genio, que ilumina más ó menos á

todas sus obras. Ya nos detengamos en la traza y desarrollo del plan, ó

en el esmero con que se atiende á sus diversas partes; ya en el tejido

de la fábula ó en su progresivo desenvolvimiento, encontramos siempre al

consumado maestro, y nos alegra y nos encanta siempre el lujo y la

riqueza de su fantasía, la benevolencia y afabilidad de su carácter, lo

noble y puro de los sentimientos, y su penetrante mirada en lo más

íntimo del alma. Cuando leemos estas poesías, nos imaginamos entrar en

un mundo poético completamente nuevo, en una galería infinita de cuadros

de afectos y de esfuerzos humanos, de amor y de odio, de alternativas y

cambios de fortuna. ¡Qué variedad de sucesos tan rica é interesante, y

cuán poderosamente encadenan nuestra atención! ¡Cuánta gracia y cuánta

dulzura en las escenas galantes y amorosas! ¡Cuánto ingenio resalta en

las burlas! ¡Qué maravillosa diversidad en los juegos del acaso, y en

los infinitos cambios que produce! ¡Cuánta corrección en los contornos

de todos estos cuadros, sin omitir un solo rasgo! ¡Qué luz tan

brillante, qué fuego en el colorido!

El poeta, según todas las probabilidades, se aplicó cuidadosamente á la

composición de estas comedias; el argumento de casi todas ellas ofrece

en su arreglo tanto artificio literario; se descubre en su plan tanta

claridad, tanta madurez y reflexión; es tan grande la delicadeza

psicológica que distingue á los caracteres, la simetría que se observa

en la disposición de sus partes aisladas; tanta la sobriedad que se nota

hasta en los pormenores más insignificantes, que, aun teniendo del poder

del genio la idea más favorable, no se concibe que obras tan perfectas

se hayan escrito improvisando, como acontece á muchas otras de Lope.

Su lenguaje llama particularmente nuestra atención. Quizás ningún otro

poeta cómico del mundo ha sido tan feliz en conciliar la dignidad

poética con la viveza y animación del diálogo. Su dicción, ajustándose

siempre perfectamente á la índole del asunto, pasa en ligeras

transiciones desde el tono ligero y fácil de la conversación más frívola

hasta el estilo poético más elevado, revistiéndose de la forma que

cuadra al trato común y ordinario, ó de la que conviene á los rasgos más

cáusticos del ingenio, ó á la violencia arrebatadora de la pasión.

La diferencia establecida entre las comedias de intriga y de carácter

(cuyo valor, en general, puede ponerse en duda), no es aplicable á las

de Lope de Vega. Sólo á algunas, como _El desconfiado_ y _La dama

melindrosa_, puede dárseles el último nombre, á causa de la prolijidad

con que se describen sus caracteres y de la importancia que en ellas

tienen. En las demás, é indudablemente con arreglo á los preceptos del

arte verdadero, se confunden y mezclan de tal suerte los caracteres y

los sucesos externos, deduciéndose unos de otros necesaria é

íntimamente, que es preciso renunciar á la clasificación indicada. Es,

por tanto, absurdo hablar de las comedias de intriga de Lope, para

significar que tal es el carácter esencial que las distingue. Menester

es que en esta parte evitemos usar expresiones impropias, cuyo origen ha

de buscarse en las comedias de Calderón, porque no son aplicables á las

de Lope, ni con frecuencia al teatro cómico español. Calderón ha

estrechado considerablemente el círculo de los resortes que han de jugar

en la comedia; los incomprensibles cambios de la suerte constituyen en

las suyas el móvil capital del interés, y en ellas encontramos ciertos

tipos que siempre subsisten y se repiten, y que sirven de fundamento á

la acción, á las situaciones y á los caracteres de los personajes.

Recuérdense sus comedias de capa y espada, y en todas ellas se nos

ofrecen los mismos resortes dramáticos: celos de amantes de ambos

sexos; luchas del amor con sospechas de padres ó hermanos severos, ó con

los deberes de amigos ó de súbditos; disfraces de mujeres con el velo;

mudanzas de domicilio y de nombre; entradas secretas y casas de dos

puertas. Aunque Lope de Vega haya usado de todos estos motivos

dramáticos largo tiempo antes que Calderón, convergen todos en el nudo ó

intriga de la fábula, y se vale además de otros muchos muy diversos; sus

personajes no se mueven tampoco en el estrecho círculo que los de

Calderón, en los cuales siempre se encuentran dos apasionados amantes,

un rival, un padre severo, una criada astuta, etcétera, casi en

estereotipia. Preciso es ahora que concedamos también á Lope el arte tan

admirado en su célebre sucesor; esto es, el arte de trazar un argumento

interesante y tener en suspenso la atención de los espectadores, porque

si sabe tan bien como Calderón deducir de ciertas luchas ó choques las

situaciones más dramáticas, y siempre nuevas, y complicándolas de un

modo sorprendente, justo es también, por otra parte, que se le atribuya

la gloria de poseer otra dote más importante, cual es la de inventar más

motivos cómicos y derramar más vida y variedad en la pintura de

caracteres.

La notable diferencia en el tono y asunto de estas comedias y la

diversidad de elementos cómicos que en ellas predominan, no consienten

hacer la división cómoda de sus distintas clases, que sería de desear.

Hay gradaciones tan leves é insensibles, que es difícil señalar con

exactitud los límites que las determinan. Sólo las distinciones

generales siguientes, casi externas, pueden establecerse con trabajo. En

primer lugar, hay comedias que, por su índole y argumento, nos recuerdan

sin esfuerzo á Plauto y á Terencio, ofreciéndonos caracteres,

situaciones y relaciones análogos á los de los cómicos romanos. Se

sobreentiende que, ni por asomos, hay que hablar de la imitación de las

formas antiguas; aún menos se proponía Lope llevar al teatro la pintura

de costumbres de tiempos pasados: su intento era tan sólo el de inspirar

nueva vida en caracteres españoles de su época, que ofrecían cierta

semejanza con los protagonistas de los antiguos cómicos. Verdad es que

nos las habemos con libertinos, aventureras, parásitos, cortesanos y

alcahuetas, que se nos ofrecen en situaciones no siempre decentes; pero

Lope ha sabido dulcificar lo repugnante y duro de las mismas con arte

singular, no perjudicando por esto á la verdad de sus descripciones, y

trazando en sus cuadros bellos rasgos, de suerte, que la impresión

total que en nosotros hacen, no tiene nada de repulsiva. En _El rufián

Castrucho_ encontramos los personajes de un rufián disoluto y de una

astuta alcahueta, así como tipos de la licenciosa soldadesca española,

delineados con vigorosos y muy verdaderos contornos, juntamente con una

intriga tan ingeniosa como divertida. En _El anzuelo de Fenisa_, comedia

resucitada en nuestros tiempos, obsérvanse también cuadros análogos,

aunque más delicados. Existen, sin embargo, en la actualidad, pocas

obras suyas de esta especie.

Otras comedias de Lope se distinguen por la particularidad de que sus

motivos de interés cómico son acontecimientos políticos, como, por

ejemplo, en _El palacio confuso_, cuyo argumento consiste en la

semejanza de dos Príncipes, que truecan alternativamente sus nombres, y

corrigen de esta manera las faltas cometidas en su gobierno.

Si siguiéramos ahora la clasificación adoptada por algunos historiadores

de la literatura de sus demás obras, separaríamos las que presentan

personajes reales, de las que sólo nos ofrecen escenas de la vida

privada. Pero como sucede que, aun cuando el lugar de la acción sea

corte de Reyes, sólo refieren hechos particulares; y como ambas

supuestas especies no se diferencian en ningún punto capital y

característico, semejante división sería tan arbitraria como inútil.

Entre las comedias que tienen de común el representar personajes de las

clases más cultas, resplandeciendo en ellas la más fina urbanidad, y

como respirando la flor de la cultura más grata, hállase una larga serie

de las obras más perfectas de Lope, que no es dable analizar sin sentir

grande admiración hacia la riquísima vena poética, que en todas sus

partes se muestra. Pero la misma vida y variedad de los cuadros, que

observamos en ellas, nos fuerzan á prescindir del análisis minucioso de

cada una. Baste decir que, cuanto expusimos antes en general sobre las

bellezas de sus comedias, es aplicable á éstas particularmente,

indicando de paso, que, en nuestro concepto, son las mejores entre sus

más bellas obras.

_Amar sin saber á quién_ se funda en la más felicísima invención, que es

dado inspirar á la musa cómica, exhalándose en toda ella tan romántico

aroma, que no puede menos de arrebatar á cuantos sean capaces de sentir

los encantos de la poesía. Don Fernando y Don Pedro se desafían en las

inmediaciones de Toledo, cayendo el último. Don Juan de Aguilar,

caballero sevillano, que en su viaje pasa cerca del lugar del desafío,

oye ruido de armas, y abandona á su caballo, para poner paz entre los

combatientes, si le es posible; pero llega tarde, y encuentra á Don

Pedro bañado en su sangre, y ve huir al matador. Sobreviene al mismo

tiempo la justicia, y aprisiona á Don Juan como autor presunto del

delito, puesto que se halla al lado del cadáver. La escena inmediata es

en la habitación de Don Fernando: Leonarda, su hermana, discurre con su

criada acerca de las pretensiones amorosas de un Don Luis de Rivera, que

la molestan. Preséntase Don Fernando, y cuenta á su hermana la desgracia

ocurrida; sabe que Don Juan ha sido preso por él, y resuelve entonces

delatarse, á fin de que no padezca el inocente; Leonarda, sin embargo,

lo convence á que aplace por algunos días la realización de su proyecto,

porque intenta escribir una carta al prisionero, á quien no conoce,

fingiendo ser una dama que lo ha visto al pasar hacia la cárcel,

enamorándose de él. De esta manera, y haciéndole algunos regalos, piensa

dulcificar las amarguras de la prisión, hasta encontrar una coyuntura

favorable para libertarlo, y evitar así que vaya su hermano á la cárcel.

Algunas sospechas se suscitan, mientras tanto, contra Don Fernando, y se

presenta á Don Juan para que declare si reconoce en él al matador de Don

Pedro. No lo duda Don Juan á la primera mirada, pero dice generosamente

que nunca ha visto á tal caballero. La carta y el retrato de Leonarda,

que recibe el prisionero, lo regocijan hasta el punto de parecerle la

cárcel el Paraíso; y si bien ignora el nombre de la dama que le escribe,

se enamora de ella ardientemente; crúzanse innumerables billetes entre

ambos, y la pasión fingida de Leonarda se convierte en verdadera. Merced

á la mediación de Don Luis de Rivera, á quien Don Juan viene

recomendado, en Toledo, consigue éste salir á veces de la cárcel y

hablar, por la reja, con su amada, que, sin embargo, no se da á conocer;

averigua después, con harto pesar suyo, que Don Luis, con quien traba la

amistad más estrecha, pretende también á la misma dama; estos lazos y

los de la gratitud, por los muchos favores que debe á su amigo, parece

como que le obligan á renunciar á su amor. Los esfuerzos reunidos de Don

Luis y de Don Fernando lo libran al cabo de la cárcel, y el último se

empeña en hospedarle en su casa. Don Juan acepta la invitación,

descubriendo entonces por vez primera que la desconocida, á quien ha

entregado su corazón, es la hermana de su huésped. Don Luis, que nada

sabe de esto, lo solicita para que hable en su favor á Leonarda, y Don

Juan se compromete á realizar su deseo, movido de la amistad que le

profesa; luchando, pues, con sus propios sentimientos, habla á su amada

de la pureza y fidelidad amorosa de Don Luis, y le ruega que le dé su

mano. Leonarda, por otra parte, cediendo á razones análogas, ruega á Don

Juan que entregue á su amiga Lisena su corazón y su mano; también ella

sacrifica su inclinación á la amistad, y los dos amantes generosos se

despiden engañados recíprocamente acerca de los verdaderos sentimientos

que los animan. A poco lo descubren todo Don Luis y Lisena; resígnanse,

pues, no queriendo cederles en generosidad, y llevan á Don Juan á los

brazos de Leonarda.

CAPÍTULO XVII.

_No son todos ruiseñores._--_Los ramilletes de Madrid._--_La noche

de San Juan._--_El mayor imposible._--_El acero de Madrid._--_La

hermosa fea._--Otras comedias.--Comedias religiosas.--_El Cardenal

de Belén._--_San Nicolás de Tolentino._--_El animal

profeta._--Otras comedias de la misma clase.

_No son todos ruiseñores_ nos recuerda la idea fundamental de una novela

de Boccaccio, aunque Lope la idealiza por completo. El amante de una

dama entra como jardinero al servicio de los padres de aquélla, y su

amada visita con frecuencia el jardín, pasando en su compañía horas

deliciosas, so pretexto de escuchar el canto de los ruiseñores. Este es

el principal motivo dramático, aunque combinado con otros diversos. Al

cabo se averigua la causa verdadera de sus visitas al jardín;

desaparecen los obstáculos que se oponían al enlace de ambos amantes,

que estrechan felices sus manos, mientras se cantan estos versos:

No son todos ruiseñores

Los que cantan entre las flores.

De igual índole es la fábula de _Los ramilletes de Madrid_. Un joven

caballero, llamado Marcelo, sabe que la bella Rosela encarga á una

jardinera que lleve flores á su casa. Ocúrresele entonces concertarse

con la jardinera, fingirse su hermano, y llevar las flores. El padre de

Rosela lo toma pronto á su servicio para que cuide de un jardín

inmediato á su casa, ofreciéndole de este modo continuas ocasiones de

ver y de hablar con su amada. Entre las demás concausas que excitan

nuestro interés, cuéntase la de que un hermano de Rosela, ofendido antes

por Marcelo, desea vengarse; de que Belisa, su anterior amada, se

esfuerza en traerlo de nuevo á sus redes; por último, la de que un

cierto Fineo, que ama á Rosela, salva la vida al supuesto jardinero,

promoviendo en su pecho una terrible lucha entre su amor y su gratitud.

Con estos hilos urde el poeta una acción de las más entretenidas.

_La noche de San Juan_, comedia de los últimos años del poeta, que, por

mediación del duque de Olivares, se representó en el verano de 1631 ante

Felipe IV y su corte, describe con los más vivos y gratos colores la

velada de la noche de San Juan, y las aventuras é intrigas amorosas que

surgen esta noche en medio de su alboroto y alegría.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III · 第 6 / 24 段