desdichado trovador Macías (ved á Argote de Molina, _Nobleza de
Andalucía_, Sevilla, 1588, tomo II, cap. 148, pág. 271), rebosando de
estro poético en la pintura del joven poeta, llena de rasgos tan
delicados como naturales en todos sus accesorios, de arrebatadora viveza
en su exposición, é infinitamente superior por estas cualidades á otras
posteriores (_El español más amante y desgraciado Macías_, de tres
ingenios, y _El Macías moderno_, de Larra). Macías, joven caballero
castellano, se encamina á Córdoba para hacer allí fortuna en la corte de
Enrique de Villena, gran Maestre de Santiago. La casualidad hace que, no
lejos de la ciudad, salve la vida á un caballero atacado por
salteadores. Este caballero es el mismo gran Maestre, que después lo
acoge con singular benevolencia á causa del servicio que le prestara. En
la casa de D. Enrique vive también una dama joven llamada Clara, que,
desde el primer instante, inspira á Macías la pasión más viva. El
enamorado se informa del objeto de su pasión de un caballero de la
corte, y oye de sus labios la respuesta siguiente: Doña Clara es mi
prometida, la prometida de D. Tello. Macías se desespera, y va á la
guerra en busca de la muerte; distínguese tanto en ella por su valor,
que se le condecora con la cruz de Santiago; parece huir de él la
apetecida muerte, y su pasión, que trata inútilmente de domeñar, le
obliga á encaminarse de nuevo á Córdoba. Clara no parece mirar con malos
ojos á su fogoso amante, pero la voluntad del gran Maestre y sus
esponsales anteriores con D. Tello la obligan al fin á casarse con éste.
El desventurado Macías es atacado de una especie de delirio; las
endechas de su amor sin esperanza son celebradas en todo el país, y
hasta el día de hoy dura la frase de _enamorado como Macías_. El esposo
de Clara siente nacer en su alma rabiosos celos, y el gran Maestre
exhorta al trovador á renunciar á su loca pasión; pero él persiste en
ella tenazmente, y hasta se aventura á penetrar en el aposento de su
amada, en donde es sorprendido por Don Tello y preso de orden del gran
Maestre. El celoso marido no sosiega, sin embargo, ni aun estando en la
prisión su rival, puesto que sus amorosas canciones son repetidas por
todos, y fuera de sí atraviesa el pecho del cantor arrojándole un dardo
á través de las rejas de su prisión.
_El mejor alcalde el Rey_ (cuyo argumento se funda en un hecho contado
por Sandoval, _Historia de los Reyes de Castilla y de León_ en 1189, y
en el lib. XI, cap. 11, de Mariana) puede calificarse de drama modelo,
de cualquier manera que se le considere, por la profundidad y exactitud
de los caracteres, por los enérgicos contrastes que nos ofrecen el Rey
severamente justiciero, el orgulloso rico-hombre y el pobre y noble
hidalgo, y por la pintura, llena de vida, de la época y costumbres de
los siglos medios, que nos ofrece; hasta el estrecho encadenamiento de
las escenas entre sí, y el efecto de todas sus partes en la impresión
total del conjunto, nada dejan que desear á la crítica más exigente.
En _La Carbonera_, según todas las apariencias, hay una juiciosa mezcla
de la ficción con la historia. Leonor, hermana de D. Pedro _el Cruel_,
es criada por unos carboneros en los montes de Andalucía para librarla
de su receloso y feroz hermano. Pónese después bajo la protección de su
hermano de padre, Enrique de Trastamara, pero así se expone más á las
asechanzas del Rey, temiendo éste que Enrique, si casa á Leonor con un
Príncipe extranjero, dará más fuerza á su partido. Por este motivo
encarga D. Pedro á su favorito Don Juan, que averigüe el paradero de la
Infanta, y la traiga á sus manos. El favorito se apresura á ejecutar
sus órdenes: llega á descubrir el domicilio de Leonor; pero lo encadenan
de tal suerte los encantos y amabilidad de la desdichada dama, que, en
vez de prenderla, la ayuda á huir, anunciando después al Rey que no ha
logrado apresarla. Leonor se oculta de nuevo entre los carboneros, de
los cuales sólo el viejo Laurencio, en cuya casa habita, conoce el
secreto de su nacimiento. La noble conducta de D. Juan conmueve su
corazón, y nacen entonces entre ambos tiernas relaciones, visitándola él
en secreto con frecuencia. Sucede casualmente que el Rey, extraviado en
una cacería, y sin haber visto á su hermana, viene á parar á la choza de
los carboneros, y concibe por la bella Leonor una pasión violenta.
Comisiona entonces á D. Juan para seducirla; la crítica posición, en que
se encuentran entonces los dos amantes, da origen á las situaciones más
conmovedoras é interesantes. Leonor, para salvarse en tal apuro, imagina
fingir que se casa con el rústico Bras, que la pretende largo tiempo
hace. D. Pedro se enfurece sobremanera al saberlo, é intenta impedir
este enlace y apoderarse de Leonor. Esta sabe por Don Juan el inminente
peligro que la amenaza; pero evita el huir, puesto que la cólera del
Rey, si no la encuentra, ha de descargar en su amante; descúbrese al
tirano, que aparece poco después, creyendo segura su muerte; Pedro, sin
embargo, que sabe que es su hermana tan generosa beldad, renuncia á su
odio, y la lleva á los brazos de D. Juan, que obtiene así el justo
premio de su leal amor.
La figura de D. Pedro, delineada con vigoroso pincel, que desde entonces
llamó particularmente la atención de los dramáticos españoles, se nos
presenta de nuevo en _Lo cierto por lo dudoso_, drama, que por su
desarrollo interesante y por la artificiosa unión de sus escenas para
converger en un desenlace sorprendente, y natural, sin embargo, y bien
imaginado, se ha sostenido con justicia en el teatro obteniendo
constantemente los aplausos del público. También sucede lo mismo con _La
niña de Plata_, comedia casi tan bella como la anterior por el interés
que despierta. Dorotea, joven dama tan célebre por sus encantos como por
su talento, ve desde un balcón una procesión solemne, á la cual asiste
en Sevilla el rey D. Pedro con sus hermanos, y atrae especialmente las
miradas de Enrique de Trastamara. Obsérvalo D. Juan, amante de Dorotea,
y siente nacer en su alma rabiosos celos. En la escena siguiente nos
transporta el poeta á los jardines del Alcázar, en donde se divierte la
bella dama, y en donde el infante D. Enrique, que encuentra ocasión de
acercársele, queda tan prendado de ella á causa de su ingenio y
amabilidad, que desea poseerla á todo trance. Con tal propósito toma á
su servicio á D. Félix, hermano de Dorotea, que en su concepto puede
ayudarle á la consecución de su propósito. Asistimos luego á la
iluminación y á las fiestas, que se celebran en Sevilla por la noche,
para solemnizar la llegada del rey. D. Juan, que se halla mientras tanto
en casa de Dorotea, la reconviene vivamente por sus infidelidades;
contéstale ella con frialdad, porque sabe que su futuro suegro se opone
á su casamiento á causa de los escasos bienes de fortuna que ella posee,
é intenta casarlo con otra. Óyese entonces en la calle alegre música: es
una serenata, que le da el príncipe D. Enrique. D. Juan se ve obligado á
ocultarse, y D. Enrique entra en la casa en compañía de sus hermanos. El
ingenio y la gracia de la joven dama encanta á sus visitadores, quienes
le hacen ricos presentes. En el acto segundo vemos á D. Juan,
desesperado por la infidelidad de su amada; hasta la prueba de afecto,
que le ofrece, entregándole todos los regalos recibidos, se estrella en
su incredulidad, y resuelve, por tanto, hacer la corte á otra beldad,
llamada Marcela. Pero acontece que ésta y Dorotea truecan sus domicilios
respectivos, de suerte que las pretensiones amorosas de Don Juan, que
ronda el balcón de la primera, van dirigidas á Dorotea. Nacen de aquí
singulares equivocaciones, cuyo resultado viene á ser que D. Juan se
convence de la fidelidad de su amada. Mientras tanto acomete al Infante
negra melancolía, desesperado del mal éxito de sus ulteriores tentativas
amorosas con Dorotea. Un moro, que se halla en la corte, como embajador
del Rey de Granada, que se dice médico y astrólogo, profetízale las
horribles desdichas que la crueldad de D. Pedro ha de causar á su
familia, la muerte de Doña Leonor de Guzmán y del gran Maestre de
Santiago, así como la de D. Pedro á manos del mismo D. Enrique. Esta
escena, aunque episódica, es de extraordinario efecto, y conmueve aún
más profundamente á D. Enrique, decidiéndose, en un arrebato de pasión,
á poseer á la fuerza á Dorotea. El moro le abre sus puertas y penetra en
su dormitorio; pero la dama lo recibe con la orgullosa majestad de la
inocencia ofendida, y lo reconviene tan vivamente por su indigna
conducta, que él renuncia á su pasión, y para borrar su falta hace á
Dorotea un cuantioso regalo, que, aumentando considerablemente su
fortuna, la habilita para dar su mano á D. Juan con anuencia de su
padre.
En la serie de dramas, que mezclan la historia con caracteres y
situaciones fingidas, ó cuyo centro es tal que no penetra en la
historia general, cuéntanse _La hermosura aborrecida_, _Las aventuras de
D. Juan de Alarcos_, _D. Beltrán de Aragón_, _El primer Fajardo_, _D.
Juan de Castro_, _Quien más no puede_, _La corona merecida_, _El vaquero
de Moraña_, etc.
_La corona merecida_ expone la heróica resistencia de una mujer, de
notable grandeza de alma, á las tentativas de seducción del rey Alfonso
de Castilla. Éste viaja disfrazado para salir al encuentro de la
princesa Leonor de Inglaterra, á fin de observarla en libertad antes de
sus nupcias. Conoce en este viaje á la bella Doña Sol, noble castellana,
y concibe por ella pasión poderosa. El hermano de Sol, que lo sabe, se
apresura á casar á su hermana, para sustraerla así más fácilmente á las
persecuciones del Rey; pero éste nombra al esposo de su amada para un
cargo importante en la corte, para estar más próximo al objeto de su
amor. Doña Sol opone la frialdad y el desdén á las pretensiones de D.
Alfonso, y cuando éste prende á su esposo pretextando un delito supuesto
de traición, finge acceder á sus deseos, y hasta lo cita para recibirlo;
mutílase después y llena su cuerpo de heridas, de suerte que, al verla
el Rey, huye despavorido. El heroismo de esta mujer magnánima se divulga
pronto, y es alabado por todos; la Reina manda llamarla y ciñe sus
sienes con la corona que merece su virtud y grandeza de alma; Alfonso se
arrepiente de su culpable amor, renuncia á él, y premia á ambos
cónyuges, haciéndoles donación de cuantiosos bienes, y de un escudo de
armas para ellos y sus descendientes, que les recuerden hecho tan
heróico.
_El vaquero de Moraña_ es un drama de los más interesantes, y lleno de
encantadoras descripciones pastoriles. Un Conde, que reside en la corte
de León, mantiene relaciones amorosas con una hermana del rey Bermudo,
por cuyo motivo excita contra sí el odio del Rey; huye, pues, con su
amada, y ambos, disfrazados de labradores, se refugian en la casa de un
campesino, en el valle de Moraña. Crúzanse aquí diversos amoríos entre
los individuos de la familia del dueño de la casa y los campesinos; la
bella Infanta, que se hace pasar por segadora, produce aún mayores
complicaciones, excitando con sus encantos en todos los pechos el amor ó
los celos. Llega la noticia de que el rey de León prepara una guerra
contra los moros para apoderarse de los dos fugitivos, creyendo que se
han refugiado ocultamente en la corte del rey de Córdoba. Todos los
vasallos de la Corona se ven obligados á acudir á su llamamiento, y
entre ellos el dueño de Moraña; éste nombra al Conde capitán de sus
soldados, de suerte que lo fuerza á marchar en su propia persecución.
Acabada la campaña, que, como es de presumir, no produce el efecto que
se deseaba, llega el Rey á su vuelta al valle de Moraña, y conoce á la
disfrazada Princesa, que, á la verdad, le recuerda su hermana; pero que
representa tan bien su papel, que lo engaña, y tan agradablemente, que
al fin no teme descubrirse, y obtiene su aprobación para casarse con el
Conde.
Las comedias que tratan de los sucesos de Portugal (_El Príncipe
perfecto_, cuyo argumento es la vida de Juan II; _El duque de Viseo_;
_La discreta venganza_; _El más galán portugués, duque de Braganza_), se
asemejan en todo á las históricas, fundadas en la historia nacional.
En _El duque de Viseo_ se refieren, formando trágico conjunto, los
destinos de Juan de Braganza y del duque de Viseo. El rey Juan II de
Portugal, aconsejado de su pérfido favorito, D. Egas, concibe sospechas
de los cuatro hermanos de la casa de Braganza, y los reduce á prisión.
El duque de Viseo, primo del Rey, y por mediación de su amada Doña
Elvira, cuyos favores solicita también el Monarca lusitano, se esfuerza
en interceder por los prisioneros; pero el Rey recela también del duque
de Viseo, cuya popularidad conoce, temiendo que pretenda subir al trono,
y movido asimismo por las insidiosas insinuaciones de D. Egas. El Rey
manda llamar al Duque, lo destierra á sus dominios, y le descubre,
descorriendo una cortina, el cadáver decapitado de Juan de Braganza,
cuya suerte debe servirle de escarmiento. El Duque se retira á sus
posesiones, pero vuelve á veces á Lisboa disfrazado para visitar á Doña
Elvira. Encuentra casualmente á un pretendido astrólogo, que le
profetiza que algún día llevará ceñida en sus sienes la Corona. Más
adelante, en efecto, al dar una fiesta á sus colonos, lo proclaman Rey
de burlas, y le ponen una corona de flores. Sábese esto en la corte, y
sus enemigos lo explotan para perderlo. Cuando va disfrazado á Lisboa y
habla á la reja con Doña Elvira, entrégale ésta una carta; al
contestarla, en vez de la respuesta, le da equivocado la profecía del
astrólogo. El Rey entra en la habitación de Doña Elvira y le arrebata de
las manos el papel, porque desea casarla con D. Egas, y ella se opone.
El Duque, mientras tanto, permanece solo en la obscuridad. Oye triste
canto de una casa, que le recuerda el deplorable fin del duque de
Braganza, y mira en un rincón de la calle un crucifijo, alumbrado por
una lámpara, á la que se acerca para leer la carta recibida. Una luz
repentina circunda entonces al crucifijo, y cree ver á Juan de Braganza
con el vestido blanco de la Orden y con la cruz, que le exhorta por tres
veces á guardarse del Rey. Éste, cada vez más irritado contra el Duque
por las pérfidas insinuaciones de D. Egas, le ordena que se presente, y
le mata en seguida con su propia mano. Después concede sus bienes y
honores á su hermano Manuel, á quien le avisa le sirva de enseñanza la
suerte de su hermano. Descórrese una cortina y se ve el cadáver del
Duque con cetro y corona á sus pies; á un lado yace Doña Elvira muerta
de dolor. Cuéntase, por último, que D. Egas ha sido asesinado por un
criado del Duque, y el Rey expresa el presentimiento de que el duque de
Viseo ha sucumbido víctima de la traición.
Cuando Lope refiere dramáticamente sucesos de otros pueblos, ó los
combina con sus particulares invenciones, no hace grandes esfuerzos para
darles el colorido local ó el carácter particular de otros tiempos. En
sus costumbres y afectos se vislumbra siempre á España y al siglo XVII.
Esta propensión á imprimir espíritu nacional en elementos extraños, no
merece nuestra censura; pero parece que estos asuntos inspiran más
débilmente al poeta, tan español en todo; por lo menos casi todas las
comedias de esta clase son inferiores á las demás. Entre las que
pertenecen á la antigüedad clásica, sólo merece exceptuarse la de
Nerón, ó según el título español, _La Roma abrasada_, que se distingue
por la pompa lírica de algunas descripciones. En _Las grandezas de
Alejandro_ encontramos otro drama ostentoso, abundante en combates y
magníficas fiestas, cuyas figuras, por lo huecas é hinchadas, dan á
conocer que esta vez ha abandonado al autor su buena estrella. _El
honrado hermano_, que refiere el combate de los Horacios y Curiacios,
contiene, al contrario, muchos rasgos notables y grandiosos, aunque no
merezca nuestra alabanza el arreglo y disposición del conjunto. Más
afortunado ha sido Lope, por lo común, al tratar asuntos del Antiguo
Testamento, á los cuales parece inclinarse con predilección, puesto que
el número de sus obras de esta clase no deja de ser considerable. Sin
mostrarse muy escrupuloso en la observancia de los accesorios externos,
mezcla y harmoniza de tal manera los colores, que resulta un todo
agradable. Muy apropiado á esta especie de argumentos es el tono de
noble sencillez, que se observa en tales dramas. Distínguese
especialmente el que se titula _Los trabajos de Jacob_ (ó José y sus
hermanos, aludiendo con mayor exactitud á la acción), tanto por su
composición sin defectos, como por sus bellos detalles, y por la
profundidad conmovedora y la intensidad de sentimientos que la
caracterizan, de tal suerte, que no parece sino que el poeta ha apurado
en él la superabundancia perenne de su simpático carácter. Comparado
este drama con otros dos, que se titulan _El robo de Dina_ y _Su salida
de Egipto_, ocupa el lugar intermedio, formando los tres una especie de
trilogía. Son de la misma especie, y como la continuación de ellos,
_David perseguido_, _La historia de Tobías_ y _La hermosa Esther_.
Cuando se recorren las demás comedias fundadas en hechos de la historia
antigua ó moderna, se observa frecuentemente, con admiración, que el
inagotable maestro ha tratado con dos siglos de anticipación asuntos,
cuyos primeros autores se creen vulgarmente poetas de los tiempos
modernos. _El castigo sin venganza_ es la historia de los amores
criminales de la duquesa de Ferrara y de su hijastro, que Lord Byron ha
hecho después tan célebre, sin otra diferencia que en la obra de Lope se
da el nombre de Casandra á la que se llama en la de Lord Byron
Parisina[7]. Luis, duque de Ferrara, muestra desde su juventud aversión
al matrimonio, consagrándose á cortejar frívolamente ya á ésta, ya á
aquella dama. De una tiene há tiempo un hijo, nombrado Federico, á quien
ama tiernamente, y á quien espera dejarle sus estados, proyectando
casarlo con su sobrina. Pero como su ministro le representa la
posibilidad de que, á su muerte, se suscite una guerra civil inevitable
entre el pariente legítimo colateral y el hijo natural, se decide, por
último, á casarse, y elige por esposa á Casandra, hija del duque de
Mantua. Federico siente entonces sobremanera verse excluído de la futura
posesión del ducado de su padre; pero éste, que al celebrar su
matrimonio, lo hace más bien por razones políticas que por amor, le
encarga que vaya á recibir á su esposa. Luis, mientras tanto, siguiendo
su costumbre, se entrega á otros amoríos. El drama comienza entonces:
vemos al Duque disfrazado que pasea de noche las calles y galantea á
las beldades de su corte en sus ventanas; una dama, á quien da una
serenata, le reconviene diciéndole que tales galanteos son censurables
atendiendo á sus proyectos de matrimonio. La escena siguiente nos ofrece
á Federico de viaje para recibir á la prometida de su padre en los
límites de ambos estados; encuentra un carruaje, próximo á despeñarse en
un abismo, por haberse espantado los caballos; salva á la dama, que va
dentro, y sabe de ella y de los demás caballeros de su séquito que es su
futura madrastra. En vez del odio, que hasta entonces había sentido
hacia ella, se apodera de su alma, al mirarla, la pasión más violenta;
también Casandra parece mostrar inclinación á Federico, manifestándose
muy retraída. Al acabarse el primer acto, recibe el Duque á la recién
llegada. Al empezar el segundo se ha consumado ya el matrimonio; pero
Luis de Ferrara no muda por esto de vida, sino que, como antes, se
entretiene con otras damas. La bella y joven Casandra, despreciada de su
esposo, consagra á su hijastro toda su ternura, afligiéndole su profunda
tristeza, cuya causa ignora. Descubre al fin, comentando las palabras de
Federico, que el amor es el motivo de su pena, y su inocente inclinación
anterior, aumentándose con la conducta torpe del Duque, degenera poco á
poco en pasión poderosa; vacila, duda, teme y lucha, pero al fin se
abandona á ella. Luis es nombrado mientras tanto general de las tropas
pontificias, y en este concepto se ve obligado á salir al campo. El
valiente y virtuoso Federico, á lo menos hasta entonces, desea
acompañarlo; pero su padre determina encargarle en su ausencia del
gobierno de su ducado, por la confianza que le inspira, y le manda
permanecer en Ferrara. Al comenzar el acto tercero vuelve el Duque
victorioso de la guerra, firmemente decidido á renunciar á su anterior
vida disipada y á consagrarse sólo á su esposa é hijo. El adulterio se
ha perpetrado ya. El Duque concibe algunas sospechas. Federico, para
engañar á su padre, pídele la mano de su sobrina Aurora, despreciada por
él en los primeros arrebatos de su pasión; pero Casandra, ciega de amor,
y celosa á causa del proyectado casamiento, abruma á reconvenciones á su
amante, y el Duque, que los oye, se confirma en sus sospechas. So
pretexto de acordar los preparativos para las bodas de Federico con
Aurora, interroga el Duque á los dos culpables. Esta escena es de
extraordinario efecto. Resulta de ella que el padre y el esposo no puede
ya dudar de su deshonra; pero la pasión de los adúlteros es tan
violenta, que caminan ciegos á su perdición. El Duque ordena á su hijo
que dé muerte á quien encuentre atado en su gabinete, cubierto el
rostro con un velo, y con una mordaza en los labios; Federico ejecuta
sus órdenes, y averigua después que la muerta es su madrastra; luego
perece él á mano de los centinelas por mandato del Duque. Esta horrible
tragedia es sublime por la pintura de afectos, y de singular interés por
el enlace recíproco y verdaderamente dramático de sus distintas escenas.
Otro drama, que se titula _La imperial de Otón_, llama nuestra
curiosidad por el asunto de que trata, que es la historia del rey
Ottokar de Bohemia, representada en los teatros alemanes, no, á la
verdad, con la intención dramática que en la obra de Lope, aunque en
ésta se desfigura no poco la historia. Al principio se describe la
elección del Emperador en Francofordín (Francfort). Los embajadores de
España, de Inglaterra y de Bohemia trabajan en inclinar á los electores
en favor de sus respectivos soberanos; los diversos partidos pelean
también en las calles, pero la elección recae en Rodolfo de Ausburgo, y
por la noche se celebra la coronación del nuevo Emperador con fiestas y
funciones alegóricas. Inglaterra y España declaran legal la elección,
pero el embajador bohemio se retira lleno de ira al ver la inutilidad de
sus anteriores esfuerzos. En la escena inmediata se nos presenta el rey
Ottokar, que conoce ya la inutilidad de sus esperanzas, y que es
excitado por su ambiciosa consorte Ethelfrida á levantarse contra el
nuevo Emperador, y á reclamar para sí la Corona. Ottokar sale, en
efecto, al campo, y en el acto segundo se observan al obscurecer los dos
ejércitos enemigos antes de trabarse la batalla decisiva. El emperador
Rodolfo recibe en su tienda á un adivino, que ha solicitado el permiso
de entrar, y que le anuncia su próxima victoria, y la elevación
posterior de la casa de Ausburgo. Ottokar es, al contrario, visitado por
una aparición, que lo reconviene por su criminal empresa y que le
profetiza su ruina: el espectro hace en él tal impresión, que resuelve
renunciar á su propósito; sin embargo, impone como cláusula de su
sumisión que ningún testigo asista al rendir su homenaje al Emperador y
pedirle perdón. Rodolfo promete cumplirla. Vese en el fondo la tienda
del Emperador, cerrada por todas partes, y delante de ella grupos de
guerreros imperiales y bohemios, que, juntos ya, se confunden unos con
otros; de repente cae la cortina de la tienda, y aparece Rodolfo con
todas las insignias de su cargo, teniendo en sus manos el cetro y la
esfera imperial, y á sus pies, y de rodillas, al humillado Ottokar; éste
se levanta entonces colérico, y acusa al Emperador de haber quebrantado
su palabra; pero Rodolfo le contesta que su homenaje y perdón, con
arreglo á su promesa, sería sólo sin testigos, pero que después era
justo, en castigo de su delito, humillar al vasallo rebelde por haber
osado levantarse contra su legítimo soberano. Ottokar regresa á Praga
lleno de sombrío resentimiento, siendo recibido por su esposa Ethelfrida
con muestras de desprecio por su pusilanimidad. La Reina sale armada á
su encuentro á la puerta del palacio, y embrazando una lanza, y le
prohibe la entrada, de cuyo honor le reputa indigno. Sus reproches y
exhortaciones dan por resultado que se rebelen de nuevo los bohemios y
tomen las armas, y ella en persona lo acompaña á la guerra. Antes de la
batalla decisiva se aparece otra vez la visión á Ottokar, pero ahora no
la atiende, precipitándose en lo más espeso de la pelea, y sucumbiendo
de los primeros. Su cadáver es llevado á la presencia de Rodolfo; viene
también Ethelfrida; ensalza el heroismo de su esposo, cuya muerte
prefiere á una vida deshonrosa, y se aleja de allí para morir; el
Emperador, sin embargo, ordena que se tributen los bélicos honores á su
enemigo difunto.