_Fuente-Ovejuna_, son tres dramas de asuntos análogos, en cuanto los
tres tienen por objeto representar la tiranía y los abusos de los
comendadores de las Ordenes militares. Es difícil decidirse por
cualquiera de ellos en detrimento de los otros, puesto que los tres, sin
género alguno de duda, son de los más notables que existen, y han de
enumerarse entre las más preciadas joyas de la corona del gran poeta.
_Peribáñez y el comendador de Ocaña_ comienza con la descripción de las
nupcias, que celebra el labrador Peribáñez con la bella Casilda. Estas
fiestas, juegos y cantos son de repente interrumpidos por lamentos, que
se oyen detrás de la escena, y pronto la invade una multitud de gente
del comendador de Ocaña, que, habiendo querido hacer gala de su destreza
en una corrida de toros en las inmediaciones, se ha caído con su
caballo, y está casi moribundo. Peribáñez acoge en su casa al herido, y
le prodiga los más afectuosos cuidados. La dicha doméstica de los recién
casados, la rústica inocencia de su vida, son retratadas con los colores
más bellos de la poesía. El comendador, que se restablece poco á poco,
comienza á sentir cierta grata inclinación hacia su bella huéspeda,
siendo tratado por ella con la más sincera amistad. Al despedirse hácele
ricos regalos, que son recibidos con gratitud. Las escenas siguientes
nos transportan á Toledo, en donde se celebra una fiesta en loor de un
santo. Encuéntrase en ella Peribáñez con su esposa y otros muchos
labradores. El comendador aprovecha esta ocasión de acercarse á ella,
pero es rechazado con desprecio, sospechando ya sus propósitos; su
desdén acrece el amor del comendador, induciéndolo á disfrazar uno de
sus criados para entrar como segador al servicio de Peribáñez, y
facilitar á su amo la entrada en su casa. El esposo de Casilda permanece
algún tiempo en Toledo ocupado en sus negocios, y mientras tanto atiende
ella á todos los quehaceres propios de su estado: se la ve al obscurecer
cantando al frente de los segadores á su regreso, rezar después las
oraciones y retirarse á su dormitorio. El servidor disfrazado del
comendador bebe con los demás compañeros, hasta que caen en tierra
embriagados. Penetra en la casa el comendador, pero encuentra bien
cerrado el dormitorio de Casilda; y cuando bajo sus ventanas se esfuerza
después en ablandarla con las frases más tiernas, aparece ella en la
reja de improviso, grita á los próximos durmientes que ya es tarde, y
despide al comendador, á quien finge no conocer, hablándole unas veces
como de burlas y otras como de veras. Al día siguiente vuelve Peribáñez:
ha visto en Toledo en el taller de un pintor un retrato de su Casilda,
hecho, según averigua, por orden del comendador, aunque ignorándolo la
retratada. Despiértanse entonces sus recelos en el más alto grado: su
sombrío silencio y su mal humor asustan á su esposa y á todos sus
amigos; en todas las palabras que oye, y en los sucesos más comunes,
cree observar pruebas que corroboren sus sospechas. El comendador,
mientras tanto, no renuncia á la esperanza de lograr sus deseos á fuerza
de constancia: ha recibido una orden del Rey mandándole formar un
destacamento de sus súbditos, que ha de reunirse con un ejército
numeroso, organizado contra los moros, y resuelve nombrar su capitán al
esposo de Casilda. Ya entonces no duda Peribáñez del peligro que amenaza
á su honra, ni en ejecutar el proyecto, que ha concebido por esta causa.
No es posible esquivar la orden del comendador. Sale, pues, al frente
del destacamento, y promete solemnemente, delante del comendador, al
ceñirle la espada, que la empleará en defensa de su honor. Esta escena,
en que el esposo ofendido recibe sus armas de manos de su mismo ofensor,
para arrancarle con ellas la vida, es de primer orden: él, amenazado en
su honra, anuncia claramente su propósito, pero el ciego comendador nada
sospecha. Peribáñez emprende su marcha con los soldados, pero apenas
llega al primer paraje, en donde ha de pernoctar, cuando se apresura á
regresar á su aldea, y por una puerta excusada se desliza en su casa y
se oculta. Oye al poco tiempo ruido de pasos: son del comendador, que,
como antes, ha encontrado medio de llegar hasta la habitación de
Casilda. El esposo oculto se detiene un momento para averiguar la
culpabilidad ó la inocencia de su esposa; convencido, al fin, de la
última, sale de su escondrijo y mata al indigno enemigo de su honra. La
última escena es en la corte de Enrique III. Noticioso el Rey de la
muerte del comendador de Ocaña, manda castigar severamente al matador:
preséntase entonces Peribáñez; expone los motivos que tuvo para dar
muerte á su ofensor, y sostiene que se ha visto obligado á hacerlo en
defensa de su honor, sometiéndose al fallo de su justicia, si es
culpable. El Rey, enterado de la verdad del suceso, aprueba su acción, y
nombra á Peribáñez capitán de los soldados, que se han alistado de orden
del comendador. Así termina esta comedia, notable en todos conceptos,
origen indudable, en muchos de sus rasgos, de la célebre de Rojas
titulada _Del Rey abajo ninguno_, aunque los fundamentos de la fábula
sean en ésta diversos.
_Fuente-Ovejuna_ es un drama basado en un acontecimiento verdadero
(véase el cap. 38 de _La Crónica de la Orden de Calatrava_ de Francisco
de Rades y Andrade), que fué imitado más tarde con fortuna por Cristóbal
de Monroy, ocurrido en la guerra civil, que desgarró á Castilla después
de la muerte de Enrique IV, y que concluye ofreciéndonos á la vista, con
sus consoladoras esperanzas, el recuerdo de Fernando é Isabel, enérgico
á un tiempo y grato[3].
Desde esta época comienza una nueva serie de dramas, llenos de vigorosa
poesía, para celebrar el naciente brillo de la monarquía universal
española. En _El mejor mozo de España_ leemos la romántica descripción
del viaje de Fernando á Valladolid (ajustado á lo referido en la crónica
de Alfonso de Palencia, y por Zurita, en el cap. 26 del lib. XVIII).
Sólo existe la primera parte, que sin formar un todo perfecto, nos
ofrece, sin embargo, una serie de cuadros bellísimos de la historia de
España. Somos transportados á los últimos años del reinado de Enrique
IV, tan funestos para la monarquía española. Las primeras escenas nos
muestran á la joven Isabel en su pacífico retiro, ocupada en hilar y en
otros quehaceres de su sexo. España se le presenta en sueños, yaciendo
en tierra, vestida de duelo, quejándose de sus desdichas, y anunciándole
que ella es la elegida para poner término á los infinitos males que la
afligen. Poco después llega la noticia de la muerte de su hermano
Alfonso, que le abre el camino para llegar al trono legalmente, en caso
de fallecer D. Enrique, puesto que las Cortes han declarado ilegítima á
la infanta Doña Juana. El Rey convoca las Cortes para jurar por Reina á
Isabel, y pide á ésta, movido de sus singulares caprichos, que no
contraiga matrimonio mientras él viva. La Princesa accede al principio á
los deseos del Rey, pero los grandes le demuestran con empeño, que, para
atender á la dicha de su pueblo, debe elegir esposo. Envíanse entonces
embajadas á varios Príncipes, para tomar entre ellos esposo; pero
ninguno corresponde á los deseos de los grandes, ni posee las prendas
que Isabel exige. Estas escenas de las condiciones del futuro cónyuge de
la Infanta, están llenas de rasgos característicos del mayor ingenio. El
Rey sabe, mientras tanto, que no se le obedece, é Isabel se ve forzada á
sustraerse á los arrebatos de su ira. Diversos presentimientos y
presagios, que ella interpreta como avisos del cielo, llaman su atención
hacia Fernando de Aragón. La escena se muda á la corte de Zaragoza, en
donde el infante Fernando presiente también su dicha futura por diversas
señales. El Príncipe, que apenas ha salido de la infancia, se solaza
justamente en un baile cuando llega la embajada de Castilla. Hállase
también dispuesto á buscar esposa; pero como el rey Enrique, para
impedirle la entrada en Castilla, ha acordonado con tropas la frontera,
se ve en la necesidad de emprender su expedición en secreto y
disfrazado: vístese, pues, de mozo de mulas, y los caballeros de su
servidumbre fingen ser sus amos. El viaje, con sus peligros y varios
sucesos, se representa en el teatro en sus diversas jornadas,
mostrándose en ellas el Príncipe, por su viveza y edad casi infantil, de
la manera más favorable. Isabel se disfraza de labradora para salirle al
encuentro. Ya en camino, se ve expuesta en distintas ocasiones á ser
conocida de los centinelas y de su mismo hermano; pero los engaña á
todos, y llega felizmente al término de su viaje. Celébranse las bodas
de los dos Príncipes disfrazados, y al acabarse la primera parte de la
comedia aparece España triunfante, no con vestidos de duelo, hollando
bajo sus plantas á sus enemigos, y profetiza las glorias del reinado de
Fernando y de Isabel.
En _El Hidalgo abencerraje_ se nos presenta Granada en todo su
esplendor, aunque caminando ya hacia su ocaso; en _La envidia de la
nobleza_, la muerte de los nobles abencerrajes por los traidores
zegríes; finalmente, en _El cerco de Santa Fe_, la famosa lucha trabada
ante el último baluarte de la morisma, en que tomaron parte activa los
dos Monarcas españoles y los más nobles caballeros del reino, y como su
personificación ó centro, las hazañas casi fabulosas[4] de Hernán Pérez
del Pulgar, cuyo valor temerario corría parejas con su ardiente celo
religioso.
La comedia comienza en el campamento cristiano de Granada. La reina
Isabel pasa revista al ejército, y premia á los más valientes
caballeros; el entusiasmo y ardor bélico de los adalides españoles se
pinta con los colores más vivos. La escena cambia entonces,
representando lo interior de la ciudad sitiada. El moro Tarfe promete á
su amada Alisa depositar á sus pies las cabezas de los tres campeones
cristianos más famosos, á saber, de Gonzalo de Córdoba, del conde de
Cabra y de D. Martín de Bohorques. Ella no atribuye gran precio á este
don, y sólo desea alejar á su amante, porque ama á Celimo, que no le
corresponde por la amistad que lo une á Tarfe. Este acomete, en efecto,
su arriesgada hazaña, pero es herido delante de las puertas, y observa
con dolor que los caballeros cristianos han clavado en una de ellas con
sus puñales un cartel de desafío. A su vuelta á la ciudad es agobiado
por las reconvenciones de su amada á causa de su cobardía. Prométele
entonces, para borrar su afrenta, clavar en la misma tienda de Isabel
una cinta recibida de ella. Alisa en persona ha de asistir á esta
hazaña, y, disfrazada de aguadora, ha de salir de la ciudad bajo la
protección de Celimo. El moro lleva á cabo su temeraria empresa; pero
Alisa cae prisionera del conde de Cabra, el cual cumple de este modo una
promesa hecha á la Reina. Cuando se descubre la cinta clavada en la
tienda de Isabel, se promueve grande alboroto en el campamento
cristiano. Hernán Pérez del Pulgar hace voto de no descansar hasta que,
en castigo de tamaño desacato, clave el Ave María en la mezquita de
Granada, voto que cumple, en efecto, al pie de la letra. Penetra de
noche hasta el centro de la ciudad enemiga, y después de realizar su
propósito, regresa ileso á Santa Fe. Al día siguiente observan los moros
admirados el _palladium_ de los cristianos en la puerta de la mezquita,
y Tarfe jura vengar esta afrenta infiriendo otra mayor á sus enemigos.
Al comenzar el último acto cuenta Garcilaso al Rey, llegado al
campamento hace poco, las temerarias hazañas ejecutadas los días
anteriores; aparecen también varios caballeros, que depositan á los pies
de sus soberanos los trofeos de sus victorias. Anuncia á la sazón un
servidor, que Tarfe se encamina hacia el campamento trayendo el Ave
María en la cola de su caballo. Este sacrilegio excita universal
indignación; el Rey quiere salir en persona para castigar al insolente
criminal; pero el joven Garcilaso consigue la gracia de pelear con él en
vez del Rey, y reviste, al efecto, sus armas invocando antes á la
Virgen. En una escena intermedia se presentan la España y la Fama para
ensalzar los nombres de Garcilaso y de Fernando. El combate entre
Garcilaso y Tarfe, en que éste sucumbe, termina la comedia. Verdad es,
que, rigurosamente hablando, no hay unidad en la acción, puesto que sólo
nos ofrece una serie de hechos y sucesos, enlazados á uno de los
acontecimientos más gloriosos de la historia de España; la unión de las
escenas entre sí es muy escasa, como consta particularmente del extracto
hecho de ellas; pero quien lee la comedia, recuerda el verdadero estilo
homérico en estos cuadros animados de la lucha entablada bajo los muros
de Granada.
El héroe celebérrimo de esta guerra, el Gran Capitán, es también el
protagonista de otro drama titulado _Las cuentas del Gran Capitán_, cuya
copia es, sin duda, la de igual título de Cañizares. Entre sus escenas
se distingue una incomparable, en que Gonzalo da sus descargos al
requerírsele por el Rey que rinda cuentas de las sumas que se le han
entregado. Se ve sentado en una mesa al tesorero del Rey con recado de
escribir, presentándose Gonzalo y su compañero el bravo García de
Paredes.
CONTADOR.
Y éstos los libros: aquí
Se siente vuestra Excelencia.
GARCÍA.
Y aquí he de tener paciencia:
¿Papelejos? Pesia á mí.
* * * * *
* * * * *
El duque de Sesa ¡cielos!
¿Con tanta sangre y desvelos?
¿Y qué la fama escribió
Por tan extraños caminos
Su historia en libros de cuentas,
Y no con plumas atentas
En sus anales divinos?
* * * * *
CONTADOR.
De seis mil escudos de oro
Que en Valladolid le dieron;
Otros diez mil en Madrid,
Y veinte mil en Toledo
A Nápoles se enviaron.
* * * * *
GRAN CAPITÁN.
Señor Contador, dejemos
Partidas de diez y veinte;
¿No hay suma?
* * * * *
CONTADOR.
Suman los cargos doscientos
Y sesenta mil escudos.
GRAN CAPITÁN.
¿No más? Es poco. No creo
Que tal reino en todo el mundo
Se haya ganado con menos.
GARCÍA.
Yo se lo voto á los diablos:
Y que sustento y dinero
se quitaba á cuchilladas.
* * * * *
GRAN CAPITÁN.
También traigo yo papel:
Vayan, vayan escribiendo.
* * * * *
Memoria de lo que tengo
Gastado en esta conquista,
Que me cuesta sangre y sueño,
Y algunas canas también.
* * * * *
Primeramente se dieron
A espías ciento y sesenta
Mil ducados.
CONTADOR.
¡Santos cielos!
GRAN CAPITÁN.
¿Qué? ¿Os espantáis? Bien parece
Que sois en la guerra nuevo.
Más: cuarenta mil ducados
De misas.
CONTADOR.
Pues ¿á qué efecto?
GRAN CAPITÁN.
A efecto de que sin Dios
No puede haber buen suceso.
CONTADOR.
Al paso desto
Yo aseguro que le alcance.
GRAN CAPITÁN.
Como se va el Rey huyendo
De tantas obligaciones,
Quiero alcanzarle...
Más: ochenta mil ducados
De pólvora.
CONTADOR.
Ya podemos
Dejar la cuenta.
GARCÍA.
Bien hacen:
Temerosos son del fuego.
GRAN CAPITÁN.
Escuchen por vida mía,
Más: veinte mil y quinientos
Y sesenta y tres ducados,
Y cuatro reales y medio,
Que pagué á postas de cartas.
CONTADOR.
¡Jesús!
GRAN CAPITÁN.
Y en correos
Que llevaban cada día
A España infinitos pliegos.
GARCÍA.
Vive Dios, que se le olvidan
Más de doce mil que fueron
A Granada, y á otras partes;
Y aun era tan recio el tiempo,
Que se morían más postas
Que tienen las cuentas ceros.
GRAN CAPITÁN.
Más: de dar á sacristanes,
Que las campanas tañeron
Por las victorias, que Dios
Fué servido concedernos,
Seis mil ducados, y treinta
Y seis reales.
GARCÍA.
Sí; que fueron
Infinitas las victorias,
Y andaban siempre tañendo.
GRAN CAPITÁN.
Más: de limosnas á pobres
Soldados, curas enfermos,
Y llevarlos á caballo,
Treinta mil y cuatro cientos
Y cuarenta y seis escudos.
CONTADOR.
No sólo satisfaciendo
Va Vuestra Excelencia al Rey;
Mas que no podrá, sospecho,
Pagarle con cuanto tiene.
Suplícole que dejemos
Las cuentas, que quiero hablarle.
_El Nuevo Mundo descubierto_ pertenece á las comedias de Lope más
satirizadas por los galicistas, y hasta los más benévolos la han
calificado de loca extravagancia; pero cuando se fija la atención en lo
que constituye su centro de unidad, que es el ensalzamiento de la fe
católica, es preciso convenir en que no falta en ella, para ser
perfecta, el enlace necesario de sus partes.--Los hechos ocurridos en
tiempo del emperador Carlos V, se representan en _Carlos V en Francia_ y
en _La mayor desgracia del emperador Carlos_: en esta última la
malograda expedición á Argel. _Arauco domado_ describe la conquista de
este pueblo valeroso del S. de Chile, tan célebre por la epopeya de
Ercilla; esta comedia es única en su género, y se distingue por su
aparato escénico, que desenvuelve á nuestros ojos toda la gala de la
naturaleza de los trópicos, y nos transporta á las magníficas soledades
de América, y porque nos ofrece igual heroismo en los dos pueblos que
pelean, el de los esforzados hijos de las selvas, que batallan rudamente
y con ánimo casi sobrenatural por su independencia, formando los
contrastes más chocantes y pintorescos, y el de los españoles, cuyo
entusiasmo y deseos de extender el renombre de su patria y sus creencias
religiosas, nos infunden encanto irresistible; en una palabra, es
difícil imaginar ninguna otra comedia que sobresalga como ésta por sus
atrevidas creaciones, por el vuelo y el brillo de la fantasía[5].--Sucesos
posteriores, ocurridos en vida de Lope, son tratados en _La santa Liga_,
obra animada de espíritu verdaderamente heróico, aunque algo difusa en
lo épico, al exponer la guerra contra los turcos, que terminó en la
batalla de Lepanto; de la misma clase es _La mayor victoria de
Alemania_, que ensalza á un nieto del Gran Capitán; _Los españoles en
Flandes_, etc.
Entre las comedias cuyos argumentos pertenecen á la historia de España,
obsérvanse otras diferencias que no deben pasar desapercibidas,
comprendiendo algunas un hecho ó una anécdota aislada, como, por
ejemplo, _El asalto de Mastrique_, _El marqués de las Navas_, cuya
acción se concentra en estos sucesos y personajes que forman su base, y
otras, por el contrario, una serie completa de sucesos enlazados entre
sí, ya por la unidad que les imprime su protagonista, ya de otra manera
menos estrecha. De esta especie las hay biográficas, como _El valiente
Céspedes_, cuyas dos partes (sólo se conserva la primera), describen la
vida del famoso espadachín Céspedes y sus hazañas en la Península,
Alemania y Nápoles, ó compuestas de actos aislados é independientes,
que, sin embargo, constituyen un todo análogo al de las tragedias de una
trilogía. Sirva de ejemplo de la última clase _El postrer godo de
España_, cuya primera jornada describe la pasión del rey Rodrigo por la
bella Florinda; la segunda, la muerte de este desdichado Monarca en la
batalla del Guadalete, y la tercera, la restauración del reino cristiano
por Pelayo.
En la clasificación de las comedias de Lope hay también que señalar un
lugar determinado á aquéllas que, fundadas en la historia nacional y
representando personajes históricos, tratan más bien de intereses
privados que de sucesos públicos notables. Utilízanse con frecuencia en
ellas asuntos y tradiciones especiales; no pocas veces es la fábula
fingida, enlazándose arbitrariamente con ésta ó aquella circunstancia
histórica, siempre, á la verdad, con exquisito tacto, de suerte que el
suceso inventado convenga al lugar y á la época en que se supone
ocurrir, y encuentre en uno y otra su natural asiento. Nunca Lope,
mientras no sale de los dominios de su patria, se atribuye la licencia
de desfigurar la historia, y de aquí que sus rasgos históricos sean en
estas comedias verdaderos en cuanto á las costumbres y demás condiciones
de igual clase, que tan célebre lo han hecho en las anteriores,
arrebatándonos también en éstas sus magistrales caracteres históricos.
La mayor parte de estos dramas aventajan, bajo cierto punto de vista, á
los puramente históricos, porque es más estrecha la unidad de acción,
más concentrado ó intenso su interés dramático, no oponiéndose, como en
aquéllos, á este resultado el deseo de aprovechar, cuanto se puede,
todos los rasgos especiales diseminados en las crónicas. Observamos en
esta categoría (á la cual, hablando en rigor, pertenecen también algunos
de los mencionados antes) muchas de las obras más notables de Lope, que
hasta hoy se han conservado en el teatro español.
CAPÍTULO XIV.
_La Estrella de Sevilla._--_Porfiar hasta morir._--_El mejor
alcalde, el Rey._--_La carbonera._--_La niña de plata._--_La corona
merecida._--_El vaquero de Moraña._--_El duque de Viseo._--_El
castigo sin venganza._
_La Estrella de Sevilla_[6] es una tragedia de sorprendente belleza y de
composición vigorosa que, por su clara pintura de los caracteres, por
sus situaciones patéticas y conmovedoras, va aumentando el interés
dramático hasta la catástrofe; ha sido arreglada después por Trigueros,
que la ha alterado en su esencia, representándose de nuevo, y habiendo
llegado al teatro alemán con esta forma. La acción, en la original, hoy
muy rara, es la siguiente: El rey D. Sancho, que reside en Sevilla hace
poco tiempo, habla con su favorito Arias de las beldades que, desde su
llegada á Sevilla, ha visto en ella, y especialmente de la más
encantadora de todas, de Estrella, hermana de Bustos Tavera. Arias atrae
á Bustos, que se humilla en presencia del Rey, y es nombrado por él
alcalde de Sevilla, cargo que acepta, aunque protestando traspasarlo á
otro más digno. El Rey alaba los nobles sentimientos de Bustos, y le
pregunta por su familia, indicándole que case á su hermana. Después
vemos á Estrella que entabla un triste diálogo con su amante Sancho
Ortiz. Bustos entra, ruega á su hermana que se retire, y cuenta á Sancho
el proyecto del Rey de casar á Estrella, prometiéndole hablar en su
favor. A poco se presenta Arias, que viene de parte de D. Sancho;
Estrella se aleja silenciosa y con orgullo; pero soborna á una esclava,
que le promete introducir de noche al Rey en el dormitorio de Estrella.
Llega la noche, y el Rey penetra en la casa de Estrella por mediación de
la desleal esclava. Tavera viene también, se admira de la oscuridad que
reina en su casa, oye hablar al Rey con su esclava, y desenvaina su
espada. El Rey se descubre para salvarse; Tavera expresa su indignación
contra tan villana conducta, y deja huir al Rey, dando muerte á la
esclava. El Rey, de vuelta en su palacio, cuenta á Arias lo ocurrido, y
maquina vengarse. Arias, atendiendo á lo desfavorable de las
circunstancias y á la consideración de que disfruta Tavera, proyecta
quitar á éste la vida ocultamente, valiéndose de la bravura y reconocida
lealtad de Sancho Ortiz. El Rey aprueba el consejo, manda llamar á
Sancho, y le ordena que, sin pérdida de tiempo, desafíe y mate al
caballero cuyo nombre está escrito en una hoja de papel sellado, que le
entrega. Sancho queda solo y abre el papel misterioso. Violenta y
desesperadora es la lucha que se traba en su pecho, porque el caballero,
cuya muerte pide el Rey, es á un tiempo su amigo y el hermano de su
amada. Pero la obediencia á las órdenes de su soberano es el primero de
los deberes de sus súbditos, y Sancho, casi privado de la razón, se
decide á cumplirlas. La escena del desafío y del combate es notabilísima
por su verdad, animación, y por el efecto que hace en el lector. La
escena siguiente nos ofrece á Estrella, que aguarda inquieta á su
Sancho; pide un espejo para engalanarse antes de recibir á su amante;
pero el espejo se rompe, y la sortija de Sancho, que lleva en su dedo,
salta en mil pedazos, lo cual es de funesto agüero para ella. Tráenle
entonces el cadáver de su hermano, y al mismo tiempo, la noticia de
quién ha sido el matador. Expresa su dolor en breves, aunque
desgarradoras exclamaciones, y desea morir para dejar de padecer. El Rey
sabe lo ocurrido, y da sus instrucciones para salvar á Sancho Ortiz.
Preséntase Estrella, acusa al matador de su hermano, y pide que se le
entregue para expiar su delito; el Rey entonces, después de proferir
algunas frases de sorpresa, le da la llave de la prisión del
delincuente. Entremos también en ella. Sancho rechaza los medios de
salvarse, que le ofrece Arias en nombre del Rey. Preséntase una mujer
velada para libertar al preso: es Estrella; escena patética de la
entrevista de los dos amantes, que se encuentran tan trocados; pero ni
Sancho se arrepiente de la acción, que se le ordenó como súbdito del
Rey, ni Estrella se atreve á censurarla: admira la magnanimidad de su
amante, que renuncia á salvarse, pudiendo hacerlo, para morir en el
cadalso, y se retira decidida á esperar la muerte. El Rey se arrepiente
profundamente, mientras tanto, de su conducta, y ordena que Sancho sea
llevado á escondidas á su palacio; al mismo tiempo trabaja para que los
alcaldes pronuncien una sentencia benigna; pero son justos, y condenan á
muerte al prisionero. Estrella asegura que jamás se casará con el
matador de su hermano. El Rey, ejerciendo su derecho de gracia, indulta
á Sancho. Éste resuelve ir á la guerra contra los moros, en donde espera
acabar su triste vida, terminando el drama con la eterna despedida de
los dos amantes.