extraordinario; tiene tal apego á su pequeña isla, que ningún otro país
le atrae; en ninguna parte que se halle olvida su tierra. Este cariño,
sin embargo, es hasta cierto punto vicioso; por lo ménos es deficiente;
es un afecto en el que notamos carencia de ideales elevados, que
se conforma con todo lo establecido, que le falta el noble deseo
de la prosperidad del país, que no tiene la aspiración cabal de su
engrandecimiento. Ya ántes hemos dicho que en lo referente al progreso
material, el campesino es rutinario, y en cuanto al mejoramiento
social es indiferente ó no tiene entusiasmo sólido. Y no se nos diga
que la pequeñez del territorio mata todo ideal, pues unas leguas más
ó ménos de suelo no pueden afectar á estas cuestiones; una provincia,
como una nación, será respetable en mayor ó menor grado, según sea el
carácter de sus habitantes más ó ménos digno y elevado; pero no según
tenga tantos ó cuantos kilómetros de extensión. Nada de cuanto pudiera
moralmente engrandecer á Puerto Rico puede estar entorpecido por lo
reducido del territorio; ni esta causa debe hacer olvidar á sus hijos
que la única manera de querer al país es procurar por todos los medios
su adelantamiento. Leemos en el capítulo _La influencia del carácter_,
por Smiles: "Para que una nación sea grande, no es necesario que tenga
grandes dimensiones, aunque suele confundirse á menudo el grandor con
la grandeza. Puede una nación ser muy grande en el punto de vista
del territorio y de la población, y estar, sin embargo, desprovista
de verdadera grandeza. Pequeño era el pueblo de Israel, pero ¡cuán
grande no ha sido su existencia y cuánta influencia no ha ejercido en
los destinos del mundo! No era grande la Grecia; la población entera
del Atica era menor que la del condado de Lancaster; Aténas era ménos
populosa que Nueva York; pero ¡cuánta grandeza en las artes, en la
literatura, en la filosofía, en el patriotismo!"
Siendo esto lo cierto, y complaciéndonos de que en todas las esferas
sociales de nuestro pequeño mundo existiese vivísimo el deseo del
mejoramiento material y moral de Puerto Rico, aclararemos que no
olvidamos el medio en que se ha desarrollado esta sociedad, que no
pedimos lo imposible, sino que lamentamos, en la clase que venimos
estudiando, que no exista el culto de ese patriotismo sério y racional
que eleva á los pueblos; ni es esto decir que sólo entre los campesinos
se eche de ménos. Esto sentado, y como un particular del asunto á
que nos referimos, hemos podido notar, á veces, que no obstante la
inclinación de nuestro campesino hacia las ideas liberales, las
personas que luchan, en el campo de la política, por el triunfo de
estas ideas, desconfían, temen, aparte de los manejos que quitan
virtualidad al sistema electoral de nuestros dias, porque no pueden
contar con que todos los electores jíbaros tengan tal firmeza de
convicciones que desafíen en todos los casos no ya las amenazas y
coacciones, sino cierto egoísmo, á veces pereza, y, en ocasiones,
aunque raras, la tentación de un interés mezquino; por eso es que en
tal ó cual época han podido ser utilizados algunos votos en contra de
las ideas que en circunstancias análogas habían ostentado aquellos
mismos electores, sin que signifique esto, que han renunciado á ellas,
sino que han transigido cuando ménos se esperaba, pues es sabido que el
abstenerse ó votar en tal ó cual sentido uno de estos jíbaros, depende
de la influencia que sobre él ejerza quien le habla. Quizá sea este
un vicio común á muchas regiones, pero no está de más señalarlo en la
nuestra, ya que comprueba falta de entusiasmo é indiferencia por tales
asuntos en una parte, no despreciable, de la población rural.
Cumple á nuestro propósito decir algo ahora acerca de otras cualidades
del campesino borinqueño. Liberal con sus huéspedes, desprendido, no
deja de ser algo interesado en los obsequios que hace fuera de su casa;
en su bohío la hospitalidad es noble, pero fuera de allí el hombre de
campo aparece, como en todas partes, cuidadoso de su utilidad ántes que
otra cosa; sin embargo, no es tacaño; por su mal, es hasta pródigo y
está desprovisto de todo espíritu de ahorro. Su dinero se consume en
la gallera ó en el juego de naipes, vicio alentado en este país hasta
por bandos gubernativos, como el de galleras, y por instituciones
oficiales, como la lotería, que desvían el espíritu inculto del pobre
del verdadero camino que conduce á la riqueza, ó sea del trabajo
honrado.
La amistad, esa pasión sublime, ese sentimiento de las grandes almas
como la llama Lacépede, es una virtud que profesa el campesino; el
cariño mútuo entre ellos cuando se llaman amigos, es, en tésis general,
sincero, y en determinados casos, como por ejemplo, entre compadres,
reviste caractéres particulares de seriedad; el compadrazgo es un lazo
que respetan los jíbaros escrupulosamente.
Es algo huraño el jíbaro, más por ser reservado que por falta de
afabilidad; sus maneras se resienten de la falta de instrucción, pero
en ellas se puede advertir más timidez que grosería, y es esto tan
exacto que vencida aquella, lejos de mostrársenos rudo le hallamos
cortés en cuanto es posible, dado el ningún cultivo que han recibido
estas sencillas gentes habituadas á la soledad de sus campos.
Para concluir, vamos á señalar un defecto bastante común entre
los campesinos, cual es el poco respeto que profesan á la verdad.
Desconfiados por naturaleza, por lo ménos disimulan la verdad. La
desconfianza ha nacido y tomado cuerpo á causa de ciertos vicios del
régimen colonial, y ella les ha hecho astutos. Se han visto tan á
menudo engañados, que no sólo dudan de todo, sino que han erigido en
sistema la costumbre de ocultar sus ideas. Es casi general el caso
de que un campesino, al dirigirse con un objeto dado á otra persona,
procure desviar la atención de esta ántes de llegar á manifestarle la
verdadera intención que le anima; se ha habituado á la línea curva,
quizá por no haberle ido siempre bien cuando ha marchado por la línea
recta.
Hé aquí á grandes rasgos apuntados los caractéres más salientes de
las condiciones morales del campesino puertorriqueño. Por ellos hemos
podido ver que no es un malvado. Adviértese, por el contrario, que
posee ciertas virtudes, que tiene una índole benigna, que existe
en él la tendencia al bien, aunque maleada por circunstancias que
estudiaremos en el capítulo inmediato; gérmenes que sólo esperan para
desarrollarse una educación racional. La tierra está dispuesta; sólo
falta el jardinero que venga á sembrar las flores (y ojalá sea pronto)
para poder aplicarles aquella bellísima frase de una fábula oriental
citada por S. Smiles: "arcilla vulgar era yo ántes que en mí hubieran
sembrado rosas."
CAUSAS QUE LAS DETERMINAN.
Sin atribuir al clima una influencia exclusiva é incontrastable en la
determinación del carácter moral de las razas, no puede negarse que
las condiciones climatológicas tienen cierta importancia en los rasgos
morales característicos que distinguen á los pueblos entre sí, como
la tienen el género de alimentación y el gobierno, siquiera los tres
factores no basten para explicar satisfactoriamente la diferencia de
caractéres que se advierte, por ejemplo, entre un habitante del Norte,
melancólico de ordinario, y otro del Mediodía, impresionable y alegre
por lo común. Al clima de Puerto Rico hay, pues, que asignarle una
parte en el modo de ser moral del campesino, sin perjuicio de reconocer
que otras causas, especialmente la falta de cultura intelectual y
moral, han aportado su contingente á la formación del mundo moral que
estudiamos.
Causa más importante que la anterior lo es sin duda la heterogeneidad
de las razas que en la génesis de esta sociedad se encontraron en el
suelo de Boriquén. De aquellas tres razas, la india, como es sabido,
desapareció muy pronto; pero no sin que dejara en la sangre de los
nuevos pobladores parte de la suya, legándonos así algo del tipo moral
indio que nos han descrito nuestros historiadores, legado de buenas y
de malas cualidades que no pueden desconocerse en el moderno boricano,
y que acusan con frecuencia su parentesco, aunque lejano, con la raza
indígena.
Pero es indudable que la raza negra ha actuado más poderosamente
que la india, en lo que respecta á ciertas condiciones morales que
encontramos en el jíbaro; no sólo porque desde los tiempos cercanos á
la conquista ha persistido en la isla al lado de la blanca, sino porque
vino en calidad de esclava, trayendo, por consecuencia de esta nefanda
circunstancia, honda perturbación en el sentido moral de este pueblo,
ya desde las fuentes de su nacimiento.
Amén de algunas de las deficiencias de moralidad del negro, trasmitidas
al campesino, á causa de las relaciones que con él tenía en los
trabajos de campo, es de todo punto incontrovertible que la esclavitud,
el hecho sólo de esta degradante institución, ha debido ser causa
poderosísima, capaz de producir resultados dañosos en la índole moral
del hombre de campo; que la atmósfera malsana donde necesariamente
hay que ahogar el sentimiento moral que protesta contra la venta de
seres racionales, obscurece también los demás sentimientos, y no sólo
envenena á los amos y á los esclavos, sino que se difunde por todo el
cuerpo social emponzoñándole.
El estado de servidumbre contraría todo progreso moral; y esto es de
tal evidencia, que hasta un escritor tan del gusto de los esclavistas
como lo era D. José Ferrer de Couto, lo consigna así en el siguiente
párrafo, que parece una protesta contra el propio libro _Los negros_,
de donde lo reproducimos:
"Y sin embargo--dice--la esclavitud, si tal fuese en realidad el
trabajo organizado de los negros, no se debiera tolerar en pleno siglo
XIX, por ser contraria á la ley de Dios y contraria también á los
progresos morales de los hombres."
Pero la esclavitud no se limitó á detener el progreso moral solamente,
sino que pervirtió las bases de la moral misma, llevando el hálito de
inmoralidad que salía de los cuarteles de las haciendas hasta el seno
de la familia. La preocupación de aumentar el número de esclavos por la
natalidad, hacía que se toleraran, si no era que se favorecían, las
uniones puramente brutales entre los dos sexos; esto sin contar con los
caprichos del amo por tal ó cual de sus esclavas, y la facilidad con
que podía el hijo de familia satisfacer su sensualidad, tempranamente
despierta en aquel medio, sin moverse del predio que la pobre esclava
regaba con el sudor de su frente, al propio tiempo que saciaba los
apetitos voluptuosos de los dueños de la propiedad y hasta de los
mayordomos que las hacían trabajar. Ejemplos tales no podían sino
servir de estímulo al campesino y hacer que le fuera ménos repulsiva la
ilegitimidad en los consorcios.
En otro órden de ideas, la esclavitud degrada el trabajo, y por lo
tanto el hombre libre cree humillarse dedicándose al oficio del siervo,
y se desdeña de trabajar á su lado para que no le confundan con él; y
hé aquí otro motivo que debemos tener en cuenta para darnos explicación
de por qué el campesino ha podido ser juzgado como holgazán por algunas
personas que desconocieron ó callaron este y otros motivos nada
favorables para la dignificación del trabajo.
Tócanos ahora tratar acerca de la raza blanca que aquí ha ejercido su
influencia, tanto trasmitiendo á sus descendientes los caractéres que
le eran propios, cuanto encauzando por el medio más potente de todos,
por el gobierno que siempre estuvo á su cargo, la índole moral del
pueblo.
Por lo que á lo primero atañe, conviene no olvidar la calidad y
cualidades de las personas que, según el conde de O' Reylly, poblaron
este país. Dice el perspicaz comisionado del gobierno metropolítico,
que la isla fué poblada "con algunos soldados sobradamente
acostumbrados á las armas para reducirse al trabajo del campo,"
y además "polizones, grumetes y marineros que desertaban de cada
embarcación que allí tocaba," Es decir, con gentes cuyas condiciones
morales dejaban sin duda bastante que desear.
Sin que esto quiera decir que todo el elemento blanco llegado á Puerto
Rico fuera de la misma clase, es necesario, sin embargo, hacer constar
que una parte de él, y precisamente la que al principio hubo de
desparramarse por los campos, estaba así constituida.
Réstanos tratar de cómo ha influido el gobierno de la isla en el
desenvolvimiento moral de sus habitantes. Para ello importa tener en
cuenta que la necesidad de consolidar la conquista imponía desde luego
el gobierno militar; muy pronto surgieron en la isla conflictos entre
los mismos vencedores, de los cuales la pasión se amparó esgrimiendo
toda clase de armas; cuando se recuerda que el propio Cristóbal
Colón fué acusado de sedicioso, no se puede dudar que otras personas
ménos importantes lo fuesen del mismo modo, originándose así la
suspicacia que casi siempre ha informado al gobierno metropolítico
en los problemas americanos; si á esto se añade la justificación que
á tal suspicacia trajeron las guerras de la independencia de todo el
continente descubierto por el ilustre genovés, nada sorprendente se nos
presentará el hecho de la perpetuación del gobierno militar en esta
Antilla, sólo interrumpido por brevísimo lapso de tiempo.
Ahora bien; el gobierno militar, en tésis general, se hace despótico y
se muestra poco hábil en la dirección de los negocios civiles. Sabido
es que en los pueblos regidos militarmente se suele entronizar el
despotismo, y, si éste dura, los ciudadanos se convierten en esclavos
viles, buenos sólamente para arrastrarse á los piés del déspota su
Señor.
Para honra de España, Puerto Rico no ha sido gobernado por jefes al
estilo asiático; pero es un hecho cierto que los gobernadores militares
han sido la regla, y que han gozado de facultades suficientes para
que pudieran contagiarse de un despotismo, siquiera modificado por la
ingénita hidalguía española, no por eso ménos dañoso á los intereses de
la colonia.
Este régimen, la suspicacia creciente contra toda manifestación de
descontento de los actos gubernamentales, ó contra los que creían
que estas tierras debían someterse á un gobierno más en armonía con
los progresos sociales, la sospecha de separatismo, de la que no se
ha visto libre nuestra isla, con ser tan pequeña, permitieron que
adquiriesen preponderancia ciertos elementos, más preocupados de su
interés personal que del progreso de la tierra donde acaso dejaban
hijos que debían ser víctimas de tales preocupaciones y propagandas.
Cuando el interés se ha referido á la adquisición de una fortuna
labrada sin la ayuda de privilegios irritantes ó conquistada por el
trabajo honrado que no explota nunca al proletario, tal interés ha
sido, por lo ménos, indiferente, si no simpático á los progresos
humanos; pero cuando se ha viciado el fundamento de las riquezas,
como ocurrió por virtud de la servidumbre, y se han explotado las
preocupaciones políticas y aun la justicia misma en beneficio
particular, entónces puede haber interesados en que no se difunda la
cultura, enemiga de todas estas concupiscencias.
Ya hemos reconocido lo que se ha dificultado la llegada del pan
intelectual hasta el campesino, á causa de su diseminación; esto no
obstante, puede afirmarse que no ha sido ella la causa del olvido en
que se le ha tenido, ya que, como queda dicho, hasta hace muy poco
tiempo la instrucción pública en Puerto Rico estuvo casi abandonada, y
no hay que dudar que el sentido moral esté subordinado, por lo común,
al desarrollo natural ó adquirido de nuestras facultades intelectuales.
De esa fuente dimanan ciertos vicios de carácter que hemos encontrado
en la clase rural; ella ha favorecido el caciquismo, entronizándole,
y ha dejado al jíbaro á merced de sus instintos groseros en mengua de
las virtudes que el civismo alienta, cuando no se le extingue ahogando
sus más puras manifestaciones en el seno de preocupaciones sin cuento;
estas fuerzas desviadas se dirigen entónces torcidamente ó se atrofian
en los placeres que debilitan el alma y hacen al hombre cada dia más
indiferente á los ideales de la dignidad humana. Una vez que el vicio
ha obscurecido toda noble aspiración, y cuando ya el hombre sólo busca
su bienestar físico á la manera que lo entiende, no se muestra asiduo
trabajador ó cae en el abatimiento, se fulminan crueles acusaciones
contra él, olvidando las causas que á tal condición le llevaron. Por
espacio de cuatro siglos se ha estado preparando el vicioso gérmen de
la condición actual del campesino, y aun hay quien pretende corregir
el daño con nuevos medios coercitivos; quien todavía sueña con las
libretas de jornaleros, ó más platónico echa de ménos los rigores de
un invierno para reformar á un sér que sólo necesita educación y el
régimen político civilizador á que por fortuna vamos llegando, gracias
al progreso social y político que alcanza la Metrópoli, progreso
que concluirá por encauzar debidamente la dirección de los negocios
públicos de este pueblo, acaso el más saturado de sávia española entre
todos cuantos ha fundado nuestra patria.
Sólo nos resta, en la investigación de estas causas, tratar sobre la
falta de educación religiosa que se nota en el jíbaro. Ya sea por las
dificultades antedichas relacionadas con el desparramamiento de las
chozas rústicas, ya por otra causa, ello es que semejante falta se deja
sentir.
Cierto es que la acción del sacerdote no puede ser tan inmediata como
lo es en otros países, donde las aldeas más insignificantes tienen
su cura, especie de patriarca, inamovible las más de las veces, cuya
respetabilidad va creciendo entre los feligreses á medida que entre
ellos permanece; pero creemos que, aún dentro de nuestro medio social,
puede hacerse en beneficio del campesino algo más que decir la misa
y aplicar los sacramentos; el jíbaro es dócil y tiene respeto al
sacerdote, cualidades que éste puede dirigir y educar provechosamente.
Sea esto posible ó no, lo que nos importa por el momento es señalar
la deficiencia de una educación religiosa racional que encontramos en
el jíbaro, y que constituye otra de las causas que han contribuido á
empobrecerle moralmente.
Á la falta de esta educación hay que añadir que el mal ejemplo es tanto
más pernicioso, cuanto de más alto viene; el jíbaro, aunque dócil y
respetuoso por naturaleza, al fin tiene ojos para ver y cerebro para
discurrir. Si--por ejemplo--vé á su director espiritual en la casa de
juego ó entregado al concubinato, discurrirá que no es tan malo esto
cuando quien entiende de tales cosas las practica; y no hay que negar
que, por desgracia, casos de esta naturaleza han podido ser señalados
en nuestra isla.
Hemos terminado el exámen de las causas que más principalmente han
contribuido al desnivelamiento moral que en cierto modo descubrimos en
nuestra población rural.
Pasemos ahora á examinar cuáles son los medios capaces de levantar las
cualidades morales del campesino, despertando sus aptitudes y haciendo
vigorosas las virtudes que en él existen.
MEDIOS PARA MEJORAR LAS CONDICIONES MORALES DEL CAMPESINO.
Las causas que hemos considerado como determinantes del carácter moral
del campesino, pueden dividirse en dos clases. En una agruparemos
aquellas que, como el clima y la herencia, no pueden ser removidas y
cuyos efectos sólo nos es dado modificar, en parte, á beneficio de
los medios que influyen sobre las otras, únicas susceptibles de ser
dominadas por nuestro propio esfuerzo, como lo son las referentes á la
educación y al régimen político social.
De entre estas últimas podemos descartar la esclavitud, que por fortuna
ha desaparecido; y aun cuando la redentora ley de la abolición no
haya podido purificar de pronto, ni en absoluto, la atmósfera que
alimentó por tantos años aquella institución, es evidente que hemos
logrado, al quebrantar las cadenas de los esclavos, romper el más
fuerte valladar que entorpecía nuestra cultura. Bendigamos y guardemos
eterno agradecimiento á los legisladores del memorable 22 de Marzo de
1873. Gracias á ellos nacen libres é iguales todos los hombres que ven
la luz primera en nuestro suelo, sin que el color de la piel ni la
condición social de sus antepasados les impidan el goce de sus derechos
indiscutibles; gracias á aquel acto de justicia, nuestros hijos no oyen
ya el crujir del látigo al azotar las espaldas del esclavo.
¡Felices tiempos! ¡Dichosos los que los hemos alcanzado, siquiera no
podamos hacer otra cosa que admirar á cuantos con ánimo esforzado
lucharon uno y otro dia por devolver á los negros sus derechos de
hombres, y siquiera, á causa del veneno que nos queda en nuestro
organismo inficionado, no hagamos sino ir preparando, entre caidas
lastimosas y esfuerzos de convalescientes, la regeneración social de
esta tierra adorada donde nacimos!
Por lo que se refiere al régimen político, fundadamente hay que
esperar que sigan cambiando aquellas condiciones que hacen inferior,
políticamente considerado, al español nacido en Puerto Rico,
relativamente á su hermano peninsular. Toda restricción en este sentido
es injusta y despótica. Por otra parte, los tiempos actuales, pese á
quien pese, son de libertad; como dice el ilustre Monseñor Guilbert:
"Un movimiento democrático arrastra al mundo moderno con fuerza
irresistible que nada contendrá. No es solamente entre nosotros, en
Francia, donde la tierra trepida bajo nuestras plantas; es también en
nuestra vieja Europa, como en América y en el extremo Oriente." Este
movimiento invasivo de las ideas modernas, llegando hasta el bohío del
campesino levantará su espíritu, haciéndole patente que el reinado del
derecho ha sustituido al de los privilegios; demostrándole que la vieja
máxima que nos enseña que todos somos hijos de un mismo Padre es una
verdad en la práctica, como lo es en el dicho; dándole á conocer la
Justicia, una, imparcial, en toda su majestuosa respetabilidad, para
que la ame en vez de huirla; asegurándole que el fruto de su trabajo no
irá al fisco para mantener inútiles servicios; diciéndole que sus hijos
no seguirán creciendo en la ignorancia; probándole que sólo tendrá que
temer cuando falte á sus deberes; en una palabra: enseñándole que si
tiene sagrados deberes que cumplir, también puede gozar derechos más
nobles y dignos del hombre que los de ir á la gallera y entregarse al
baile.
Se nos dirá, tal vez, que hay cierto optimismo en esperar que cambien
tan radicalmente los desacreditados procedimientos coloniales, y que
este cambio se opere tan pronto como fuera de desear. Por de pronto
debemos responder que proponemos aquellos medios que á nuestro juicio
mejorarían el estado moral del campesino, recomendamos lo que de
buena fé nos parece justo, y á eso nos limitamos; pero aun podríamos
aplicar á nuestra tésis las siguientes palabras de Spencer: "Así como
respecto del gobierno político, conviene saber dónde está la justicia,
aunque en la actualidad no sea posible practicarla en toda su pureza,
á fin de encaminar hacia ella, y no en sentido opuesto, las reformas
que efectuamos, de igual manera conviene tener presente un ideal
de gobierno doméstico para tratar de acercarnos á él gradualmente,
sin temer nada de la realización de semejante ideal. El instinto
conservador de la sociedad es, por lo general, demasiado vivo para
permitir un cambio muy rápido. Tal como se hallan las cosas, la
sociedad no puede aceptar ninguna idea superior á su cultura hasta
haberse elevado á su nivel; la podrá aceptar nominalmente, pero no en
realidad. Aún después que una verdad ha sido reconocida generalmente
como tal, la persistencia de los obstáculos que impiden conformarse
con ella, sobrevive todavía á la paciencia de los filántropos y hasta
de los filósofos." Esta manera de ver las cosas puede ajustarse
perfectamente á nuestro modo de sér social, y nos alienta para
aguardar, sin impaciencias, que al progreso político de la Metrópoli
vaya unido el nuestro. Aparte de esto, conviene recordar que de cuantos
medios existen capaces de influir en el estado moral del grupo que
estudiamos, ni uno solo hay tan poderoso que, aun planteándose en
seguida, pueda en el acto patentizar sus efectos. Cuatro siglos de
régimen colonial no podrían borrarse en un dia, por muy radical que
fuese el cambio.