Pasemos ahora á indicar otro poderoso medio de mejoramiento, cual es

el que se refiere á la educación moral que debe recibir el campesino,

si se le quiere elevar por este concepto. Considerando la educación

religiosa tanto más necesaria cuanto más deficiente es la cultura

intelectual, estimamos conveniente que á las creencias religiosas de

la familia rural vaya unida una enseñanza adecuada al fin que nos

proponemos; porque si no es discutible que á veces coinciden en un

indivíduo una gran perversión moral con un gran desarrollo intelectual,

tampoco se puede negar que sólo la falta de cultura de las facultades

de la inteligencia explica los ejemplos de malhechores de la peor

especie, en los que la devoción coexistía con la inmoralidad; prueba

de que estos desgraciados sólo habían recibido de la instrucción

religiosa poco de lo esencial, y ateniéndose á ello y faltos de la

luz que una inteligencia educada les habría dado, creían de buena fé

que eran compatibles las plegarias á la Vírgen, con una vida de robos

y crímenes, y hasta que las influencias celestiales podrían venir en

ayuda de ellos para sacarles airosos de las más innobles empresas.

Ahora bien; nuestros jíbaros han nacido cristianos, por tales se

tienen, y nada más lógico que pensar en la influencia que en asunto de

moral pueden ejercer los ministros del cristianismo, de esa religión

del amor y de la fraternidad, que enseña á respetar el deber y á amar

el derecho; plácenos reconocer que el sacerdote puede contribuir á

desarrollar el sentido moral del jíbaro enseñándole que para ser

admitido en el reino de Dios, no bastan las oraciones y las prácticas

del culto si á ellas no va unida la práctica de una moral severa. Bien

sabemos que no pedimos ninguna cosa extraordinaria, ni novedad alguna;

pero ello es que el procedimiento aun cuando no sea nuevo, tenemos

motivo para creerle necesario, y por lo tanto estamos en el derecho

de apuntarlo, toda vez que la doctrina evangélica, compendio el más

hermoso de moral, siendo la doctrina que al través de los siglos ha

reinado en este suelo, ha debido darnos jornaleros sanos de espíritu,

y, según hemos podido deducir, los sentimientos morales del campesino

dejan bastante que desear en determinados puntos, aún sin exagerar sus

vicios. No acusamos á nadie, sólo indicamos que la acción moralizadora

de la religión ha sido poco eficaz, probablemente á causa de no

haberse insistido lo bastante en la enseñanza moral, y lamentamos que

una fuerza tan poderosa como la Religión no haya sido aquí todo lo

provechosa que debiera.

Conviniendo, sin embargo, en que la acción del sacerdote, por varias

razones, no es hoy, por sí sola, suficiente, desearíamos que en las

escuelas se diera á la educación moral toda la importancia que reclama,

tanto bajo el aspecto religioso como bajo el aspecto filosófico; es

decir: que sin descartarla de la religiosidad se la enseñara como uno

de los elementos de una buena educación, llevando á la conciencia

del jíbaro el deber en que está de ajustar su conducta á los sanos

principios morales, tanto por ser un deber, cuanto porque las virtudes

que honran al hombre y le hacen mejor, son una conveniencia para

el mismo, ya desde el punto de vista de la respetabilidad con que

le reviste, ya mirando á la utilidad que aun en el órden puramente

material reportan.

Y de nuevo repetimos lo que al tratar del modo de mejorar

intelectualmente al campesino dijimos; escuelas, muchas escuelas,

y á ser posible, ponerlas bajo la dirección de la mujer; pues sin

negar al hombre capacidad para ejercer el profesorado de la infancia,

es incuestionable que la mujer, poseedora de esos delicadísimos

sentimientos, de esa dulzura, de ese tesoro de amor que la naturaleza

ha depositado en su organismo, previendo la maternidad, es más apta por

este concepto para realizar su empeño. Todo en su sér conspira para

hacerla capaz de realizar esta obra; la de sembrar en el corazón del

hombre los gérmenes de las virtudes que luego le han de dar realce

merecido.

De todos modos, encomendadas á uno ó á otro sexo las escuelas, lo

importante es la multiplicación de estas, y que el programa de

enseñanza atienda como es debido á la cultura moral del alumno; es

preciso contar para ello con el profesor y atenernos á sus esfuerzos,

con tanto más motivo cuanto que en la escuela hay que contrarrestar las

deficiencias de moralidad que en la casa de los padres existan, y por

el apuntamiento que hemos hecho háse visto que existen en no escaso

número tales deficiencias, que, lejos de ser los padres guías de sus

hijos, hay que invertir los términos y hacer del hijo, por medio de

la instrucción, un modificador saludable de los hábitos paternos, ya

que sobre estos es más difícil actuar por haberse desarrollado en la

ignorancia; hoy por hoy debemos educar los padres del porvenir y sobre

todo las madres; después acaso la labor del preceptor sea ménos ruda,

pero por el momento no cabe contar con fuerza más poderosa que con la

del educador.

Una vez señaladas la conveniencia de un cambio en los procedimientos

administrativos, de una instrucción religiosa y de una educación moral

en las escuelas, vamos á indicar, siquiera brevemente, algunos otros

medios, ya en un sentido ménos general del que hasta ahora lo hemos

hecho, ya de una esfera más relacionada con el elemento rural motivo de

nuestras investigaciones, porque si al Gobierno hay que pedirle algo

en la obra del progreso social de los pueblos y algo importante, no

todo ha de esperarse de arriba; mucho pueden hacer las corporaciones

que más inmediatamente están en relación con los campesinos y hasta los

mismos particulares pueden contribuir al objeto en que todos estamos

interesados.

Á las acciones reunidas del sacerdote y del maestro debe agregarse la

acción individual; la obra de moralizar á un pueblo es tan grande y de

tanta trascendencia, que pedir ejemplos de moral al que sobresale del

nivel de las clases populares es asegurar el éxito de la empresa. De

las montañas baja el alud á los valles; de las montañas baja también la

corriente de agua fresca y cristalina que los fertiliza.

Además del ejemplo, algo práctico pueden hacer esas personas que

están más en contacto con el jíbaro; despertar el espíritu del ahorro

fundando sociedades que adquieran la confianza del bracero, y que

les sirvan de prueba tangible de la utilidad que reporta el ahorro,

considerando el trabajo como nobilísima virtud que debemos amar,

honrando al bracero laborioso, distinguiéndole, ayudándole en sus

necesidades para que aprecie el fruto de su honrado proceder cuando

más falta puede hacerle el esfuerzo de sus brazos, en vez de echar

de ménos bandos de política y de buen gobierno que se explicaban en

otros tiempos pero que hoy están justamente desechados por injustos é

incapaces de producir el bien.

Los municipios deberían además de atender preferentemente á la creación

de las escuelas rurales, organizar diversiones que sustituyan á la

gallera y al juego: si al principio se mostrasen refractarios los

campesinos, luego gustarían de ellas. Los pueblos como los indivíduos

tienen sus necesidades y una de ellas es la de distraerse; organícense

distracciones instructivas, decorosas, y se habrá matado el juego; para

lo cual convendría también que la lotería no existiese.

Contra el progresivo desarrollo de la embriaguez, échese mano de

las Sociedades de Templanza; prémiese la temperancia, la asiduidad

en el trabajo, la virtud en todas sus manifestaciones, despertando

la emulación y encauzando el espíritu de esas pobres gentes, con

procedimientos dulces, por el camino que deben ir.

Como las Sociedades de Templanza, las Sociedades cooperativas son un

medio moralizador de una fuerza que todo el mundo reconoce; que entre

nosotros habría que vencer dificultades para aclimatar estos hábitos es

innegable, pero tal razón sólo es buena para permanecer en la inercia.

Nada que de los esfuerzos humanos dependa es imposible de realizar;

la cuestión está en ajustarse á las condiciones que nos rodean cuando

intentamos alguna cosa, y el éxito no podrá ménos de coronar nuestra

diligencia.

La creación de las aldeas, de que se ha venido ocupando últimamente el

Gobierno, es una obra útil para el mejoramiento del campesino; pero no

nos forjemos ilusiones: las aldeas son como una semilla, las aldeas

nacen espontáneamente cuando caen en buen terreno, cuando se fundan en

zonas apropiadas. Si elegimos un sitio cualquiera, fabricamos veinte

casas, traemos veinte familias á ellas, siempre que estas familias

carezcan de medios hábiles para procurarse la subsistencia en el mismo

lugar ó en sus cercanías, de seguro abandonarán las casas; al fin y al

cabo la casa es lo de ménos para gente que la estiman en poco, para

quien con casi nada fabrica una casa en muy pocas horas.

Para nosotros esas aldeas, si han de tener condiciones de viabilidad,

deben reunir muchas circunstancias favorables. La bondad del sitio,

la favorable disposición del terreno y la vecindad de una fábrica,

hacienda, etc., en donde el aldeano encuentre ocupación.

Indudablemente á los grupos rurales se les ha dado muchísima

importancia, y con razón en estos últimos tiempos; sin negársela,

creemos, no obstante, que los esfuerzos directos serán inútiles;

creemos que se hará más fundando colonias agrícolas y obreras en

lugares bien elegidos, que levantando casas al capricho, aunque sea en

un páramo; de semejantes aldeas, muy pronto no quedará ni el recuerdo

del sitio en que se fundaron.

Para terminar, diremos que es indispensable procurar por todos los

medios hábiles, que le sean agradables al labrador las ocupaciones

agrícolas, no sólo protegiendo y premiando el trabajo libre del

bracero, sino fomentando el desarrollo de las pequeñas propiedades;

el hombre de campo ama la tierra como un enamorado, quiere poseerla á

pesar de todas las contrariedades, los trabajos campestres en que el

humilde labrador funda su esperanza le absorben, y cuanto mayor fuere

el número de estos pequeños propietarios, más estímulo habría para el

trabajo; pero sería preciso que los braceros viesen que sus compañeros

de fatigas elevados al rango de propietarios no se arruinaban por causa

de los excesivos impuestos.

Precisamente el número de estos labradores, pequeños propietarios,

disminuye cada dia, no sólo porque al jíbaro casi le conviene más

_alquilarse_, sino porque se ha favorecido el desarrollo de las

extensas posesiones agrícolas hasta en el reparto de los terrenos

baldíos, en el que resultan beneficiados los acaparadores de mucha

extensión de tierra, reproduciendo, hasta cierto punto, algo de lo

que ocurrió cuando las ya extinguidas _manos muertas_; esto es, que

la tierra no pudo ser explotada tan fácilmente como lo es cuando se

encuentra más repartida la propiedad agrícola.

Tal es, en pocas palabras, el conjunto de medios que nos parecen más

acertados para mejorar moralmente al campesino; no es labor fácil

ni de un dia el reformar todo lo que debe reformarse con objeto de

conseguir la transformación de las costumbres de un pueblo; pero hay

que acometer la obra cuyo término nos ofrece la más hermosa y saludable

consecuencia, cual es el progreso de esta tierra á la que nos debemos.

Todos los que aspiramos al bien de los demás, que es el nuestro

propio, debemos en la esfera en que estamos colocados aportar á esta

obra de engrandecimiento del país en que nacimos nuestro óbolo, y

cuando hayamos cumplido nuestra tarea, encomendarla á nuestros hijos

y trasmitir esta aspiración á nuestros sucesores, convencidos, como

debemos estarlo, de que ni los derechos políticos más extensos, ni nada

podrá resucitar á un pueblo, darle virilidad, si está corrompido, y que

hasta la misma libertad peligra cuando se olvida la práctica de las

virtudes, que dan á los pueblos elevación y carácter moral.

RESUMEN.

Sintetizando lo dicho, entendemos que el campesino puertorriqueño

adolece--en el órden físico--de faltas dependientes de su género

especial de vida, tanto ó más que del clima de este país.

Que dicho género de vida puede y debe cambiarse por otro que tienda

á mejorar aquellas condiciones, siendo el más importante de los

medios para conseguirlo, la higiene; su enseñanza en las escuelas

de instrucción primaria. Además, es preciso, por medios indirectos,

mejorar la alimentación del campesino, oponerse á todo aquello que haga

subir el precio de los alimentos de primera necesidad, suprimiendo los

derechos de consumo, castigando el expendio de sustancias alimenticias

de mala calidad y matando los privilegios.

Dirigir la educación física por medio del gimnasio en la escuela,

organizando juegos gimnásticos adecuados á la época y hasta utilizando

el sistema de premios al mejor desarrollo físico de los niños, etc.

El estado intelectual del campesino no es mejor que el físico. Las

causas de ello están perfectamente explicadas en la falta de educación

en que se ha tenido y aun se tiene á la familia rural.

Las escuelas, la educación en general, y en especial la de la mujer,

remediarán este atraso.

El nivel moral del campesino es poco satisfactorio, y obedece, como

hemos podido ver, á múltiples y complejas, causas de las cuales unas

han cesado y otras persisten aun.

Para levantar este nivel es necesario que todos trabajemos; la

administración ganándose la confianza del campesino, haciendo cesar los

abusos que, cometidos en perjuicio del campesino pobre, han viciado su

carácter; prodigando la educación, favoreciendo el trabajo honrado,

tratando por todos los medios que están á su alcance de elevarle

moralmente. El jíbaro, justo es confesarlo, ha sido tratado de un modo

tal, que su desconfianza hacia el poder está plenamente explicada.

"Gracias á Dios nunca he tenido que ver la cara á la justicia," dice el

campesino puertorriqueño, no porque se vanagloríe de no haber cometido

falta penable solamente, sino expresando que desconfía del éxito que

habría alcanzado en caso que hubiese tenido que entrar en relaciones

con razón ó sin ella con la justicia.

Esa desconfianza, las decepciones que le han aflijido le han hecho

huraño, y le han inducido á huir de la sociedad buscando la libertad

donde únicamente puede hallarla, entre sus bosques y montañas;

aislándose, en una palabra, con perjuicio de su educación.

Hemos terminado nuestro estudio: en él hemos tratado de compendiar

lo esencial, al ménos, de cuanto abarca el vasto problema social que

encierra el tema propuesto. Al hacerlo hemos tenido que decir con

franqueza ciertas cosas, bien que sin ánimo de herir á nadie; hicimos

ni más ni ménos que lo que hubiera hecho una persona encargada de

mostrar al médico el mal de que padece un miembro de su familia,

descubrirlo y decir lo que sepa sobre las causas que lo motivaron. Si

al descubrirle se ha enrojecido el paciente, mejor; conoce su estado;

hará un esfuerzo para ayudar al médico. Si el médico aprecia las

causas, el remedio le vendrá á las manos. Todos habrán ganado en ser

francos.

Nosotros estamos satisfechos del fin que nos hemos propuesto, de la

honradez que nos movió á tomar la pluma; pero desconfiamos de las

condiciones de una obra superior á nuestras fuerzas y ejecutada con

una precipitación que perjudica siempre á esta clase de trabajos. La

ofrecemos, no obstante, persuadidos de que todo lo que tienda á mejorar

nuestro estado social es digno de atención y obliga lo mismo al sabio

que al último de los obreros.

Creyéndonos el último de todos, sólo aspiramos á que se nos reconozca

la buena voluntad que nos ha guiado, siquiera á esa buena voluntad vaya

unido también el interés que recuerda aquella máxima de Jorge Herbert:

"Formaos una buena sociedad, y sereis uno de sus miembros."

FIN.

ÍNDICE.

CAPÍTULOS. PÁGINAS.

---------- --------

Laudo del Jurado. 5

Preámbulo. 7

Etnología. 9

Grupo rural. 14

Condiciones físicas. 19

Caracteres exteriores. 20

Caracteres anatómicos. 25

Caracteres fisiológicos. 28

Patología de la infancia. 34

Patología de la mujer. 41

Enfermedades en general. 43

Patología comparada del campesino. 57

Causas que determinan las condiciones físicas del campesino. 63

Medios para mejorar las condiciones físicas del campesino. 72

Condiciones intelectuales. 94

Causas de su estado intelectual. 114

Medios para mejorar sus condiciones intelectuales. 121

Condiciones morales. 126

Causas que las determinan. 145

Medios para mejorar las condiciones morales del campesino. 152

Resumen 162

OBRAS DEL MISMO AUTOR.

INOCENCIA (novela). 50 ctvs.

D. FRANCISCO J. HERNÁNDEZ (biografía). 25 ctvs.

CARTILLA DE HIGIENE, para las escuelas públicas. Única declarada de

texto en esta Isla. 25 ctvs.

LOS ANIMALES VERTEBRADOS ÚTILES Y LOS DAÑINOS Á LA AGRICULTURA DEL

PAÍS. (Memoria premiada en el Certámen del Ateneo.) 40 ctvs.

EN PREPARACIÓN.

EPISODIO PUERTORRIQUEÑO (época de la invasión de Drake).

El Campesino Puertorriqueño Sus Condiciones Físicas, Intelectuales y Morales, Causas que la Determinan y Medios Para Mejorarlas · 第 11 / 11 段