En la crísis actual que atraviesan todos los pueblos cultos, en cuanto

á las creencias religiosas, es más que nunca necesario que el que

se llame católico, así pertenezca á la clase ménos acomodada, pueda

ostentar su fé despojada de todo error ó absurdo que la debilite ante

los ojos de los que no profesan el mismo culto y ante el propio

exámen; pues aun para el hombre ménos instruido llega un dia en que

desea encontrar el fundamento de ciertas cosas, y entónces corren igual

riesgo las creencias verdaderas y las falsas, por estar acompañadas las

primeras de superfluidades que á nada conducen ni aportan un ápice al

mejoramiento moral del indivíduo.

Después de los deberes para con Dios vienen, en el órden natural,

los deberes del hombre para consigo mismo, y como primordial el

perfeccionamiento de sus facultades; pero como no es dable exigir el

cumplimiento de un deber cuando se desconoce, y desconocida tiene que

ser para el jíbaro semejante prescripción, toda vez que su incultura

es notoria, de aquí que no hagamos sino señalar el hecho, sin inculpar

al campesino por su indiferencia hacia todo cuanto se relaciona con su

mejoramiento.

Su inteligencia inculta, su voluntad, educada en un medio más apropiado

para debilitarla que para favorecerla; en una palabra, el cultivo de

sus facultades todas, abandonado ó mal dirigido, han debido conducir al

campesino á esa falta de emulación, á ese abatimiento moral que en él

se advierte.

El deber de conservar la vida es universalmente reconocido: el suicidio

es un acto reprobado que no tiene explicación más satisfactoria que un

profundo trastorno de las facultades humanas, un desorden patológico

durante el cual el raciocinio perturbado deja al hombre inerme contra

el vértigo que lo impulsa hacia la sima de su aniquilamiento. No nos

dice la estadística que exista entre los campesinos puertorriqueños

mayor número de suicidas que entre los demás grupos sociales.

Es innegable que el hombre de campo de Puerto Rico no atiende á sus

necesidades corporales como es debido. No es á él á quien hay que

predicar la templanza en las comidas, sino que, por el contrario,

será preciso convencerle de la necesidad en que está de alimentarse

mejor; pero no hay que atribuir esto á una tendencia contraria á la

conservación de la vida, sino á las ventajas que encuentra en ser

sóbrio y al abuso, posible en este clima, de una sobriedad á que le

predispone la raza, las condiciones climatológicas y las circunstancias

que le rodean; pues no cabe duda que cuando el trabajo no produce al

hombre lo suficiente y no puede forzar la cantidad de labor más allá de

ciertos límites, si vé que la vida se le sostiene con una alimentación

escasa, á ella se atiene, exagerando esta ventaja en perjuicio de la

economía, y haciendo de la alimentación defectuosa regla ó costumbre

invariable.

Reconocen todos los moralistas el derecho del hombre á repeler las

agresiones injustas, á defenderse contra los obstáculos dañosos á su

persona, en virtud de la potestad indiscutible que á todos nos asiste

de mirar por nuestro bien y de conservar la vida; el ejercicio de

este derecho no es indiferente al jíbaro: él sabe y tiene brios para

rechazar los ataques injustificados, pero por lo general se muestra

prudente contra los agresores, si son estos de los privilegiados por la

fortuna ó la posición oficial; frente á otro campesino ó convencido de

que por la justicia le será reconocido el derecho que tuvo de atender á

su propia defensa, procederá con valentía y resolución.

Frecuentes son entre los jíbaros los combates singulares y privados,

á los que dan á menudo cierta forma caballeresca, puesto que hasta

precede á la lucha la designación de hora y sitio. Tienen estas luchas

algo del duelo, adoptado aun en nuestro siglo por la gente culta; que

en medio de los campos como en las ciudades, el hombre, ante ciertas

deficiencias jurídicas, prefiere confiar á su propio esfuerzo ántes

que á la autoridad pública el castigo de las injurias, sometiéndose á

una costumbre inmoral á todas luces y de la cual resultan muchísimas

desgracias sin satisfacer casi nunca al ofendido.

Pasemos al tercer grupo de los que constituyen la vida moral del

hombre; á los deberes para con sus semejantes. Suele el jíbaro no

mostrarse muy escrupuloso en cuanto se relaciona con algunos deberes

nacidos del amor al prójimo; creemos que no tiene una idea clara del

valor de ciertos actos, dado el poco respeto que aparenta profesar á la

propiedad ajena cuando se trata de cosas de poco precio. Sin que esto

quiera decir que el robo no sea un acto repulsivo para la generalidad

de los campesinos, reconocemos que el concepto del dominio estable

privado no parece que lo extiendan á aquellas cosas que por causa de la

facilidad con que se producen valen poco; así, entendemos que un jíbaro

no cree violar ningún derecho cuando se apropia un ave de corral, un

racimo de plátanos ú otra pequeñez, que no por serlo deja, sin embargo,

de ser propiedad ajena y por lo tanto nos está vedado utilizarla sin

consentimiento de su dueño, ó si lo cree, no es porque esté convencido

de que practica un acto reprobado, sino porque sabe que si le

sorprenden le castigan. Seguramente no todos los jíbaros profesan este

comunismo, pero sí hay muchos que no muestran escrúpulo en practicarlo,

ya en esta forma, ya tomando á préstamo dinero sin intención de pagar

la deuda ó bien comprando algo cuyo importe no satisfacen. Digamos de

paso que estos defectos morales, en lo que se refiere á la falta de

formalidad en los tratos principalmente, no son del todo exclusivos del

campesino, sino que se encuentran harto generalizados en todo el país.

Esta falta de respeto á los bienes ajenos la manifiesta el campesino

también cuando se quiere vengar de alguna ofensa; entónces suele

mutilar algún animal de la propiedad de su enemigo; si bien en este

caso la intención del hecho no es obtener un beneficio, sino la

satisfacción del pesar que ha de producir á su enemigo perjudicándole

en sus bienes.

Los homicidios, las heridas, las lesiones corporales son delitos que

se encuentran en la familia rural como en todas partes, pero no hay en

el jíbaro inclinación hacia estos actos reprobados; al contrario, el

carácter general del campesino es dulce, inofensivo, y muéstrase ántes

inclinado al perdón de la ofensa que al asesinato para vengarla.

En cuanto á sus costumbres, principalmente en lo que afecta á la

familia, de la cual trataremos más adelante, existen vicios que nada

tienen de la sencillez bucólica, cantada por los poetas de otro tiempo.

Los deberes de humanidad, en cambio, son perfectamente cumplidos por

nuestro campesino. En este particular llega hasta lo sublime; el jíbaro

no tiene nada suyo cuando se trata de ejercer la caridad. El forastero

hallará la hospitalidad más ámplia en el humilde bohío, aun cuando

se trate de un desconocido y á veces de un enemigo; la familia del

campesino puertorriqueño obsequiará con cuanto tiene al huesped que

llama á su puerta, sin interés alguno; cuando se trata de remediar una

necesidad, de salvar de un peligro á alguien, de servirle en casos de

enfermedad, ninguna consideración detiene á nuestros jíbaros, ni aún

los perjuicios que de ello puedan resultarles. ¡Ojalá que su moralidad

pudiera medirse en todas ocasiones por la expresión de estos generosos

sentimientos tan desarrollados en su corazón!

Al examinar en sus bases constitutivas la familia rural borinqueña, nos

vienen, desde luego, á la memoria las frases que con motivo de este

delicado asunto dijo el señor conde de Caspe, siendo Gobernador de esta

Provincia:

"Completamente diseminada la población rural en chozas aisladas, falta

de toda instrucción religiosa y de freno moral, sin que la eficacia del

Sacramento ni la sanción de la ley vengan á legitimar muchas uniones,

más ó ménos duraderas, creadas sobre la sóla y deleznable base del

apetito sensual, puede decirse en verdad que la familia de los campos

de Puerto Rico no está moralmente constituida."

Triste es tener que confesar que la aserción del gobernante no carece

de exactitud. Si la sociedad conyugal se ha de fundar en la unión,

legitimada en alguna forma, del hombre y la mujer; si el matrimonio

es el lazo que resulta del contrato legítimo que une por vida á los

cónyuges; si ha de representar la perfecta fusión en uno sólo de dos

séres que se complementan física y moralmente, la familia, en tésis

general, no está constituida en los campos puertorriqueños.

¡Y á cuán tristes consideraciones se presta semejante estado de cosas!

Como dice Samuel Smiles, tratando de la familia, "de esa fuente, pura

ó impura, emanan los principios y las máximas que gobiernan en la

sociedad. La familia es la primera y la más importante escuela del

carácter; y en el seno de ella es donde todo sér humano recibe su mejor

ó su peor educación moral."

Véase, pues, cuánto importa que la familia esté constituida sobre bases

regulares; que reine en ella estricta moralidad; que el hogar doméstico

sea arca de los puros afectos, que despierta esa necesidad ineludible

de amar que solicita á todos los séres creados, y no templo del brutal

sensualismo que enerva y envilece los caractéres.

Sin negar que el amor se rebela, en determinados casos, contra todas

las conveniencias sociales, instituir la excepción en regla general

de conducta sería una aberración; por otra parte, es sabido que el

sentimiento amoroso regulado y sostenido por principios morales, no

sólo ejerce influencia benéfica sobre la sociedad, sino también sobre

el indivíduo; y no ya en la esfera de la moralidad, sino que su acción

se extiende hasta lo físico. En ambos conceptos hay que convenir en

que el Cristianismo ha trazado admirablemente las condiciones que

debe reunir la familia; condenando la poligámia, el concubinato y el

adultério, execrando la sensualidad, ha hecho respetable el hogar

cristiano; declarando á la mujer la compañera y no la hembra del

hombre, la ha restituido al rango que sociedades ménos perfectas le

habían negado.

Ahora bien, desde el momento en que por uno ú otro motivo el hombre

menosprecia esas condiciones, incurre en un error moral que redunda

en su desprestigio; cuando el error se encuentra generalizado, hasta

perturba el progreso social. Á esa trasgresión en la moral de la

familia, hay que atribuir algunos de los males físicos, intelectuales y

morales que mantienen en una languidez sensible á una parte importante

de la sociedad á que nos referimos; porque no es exagerado decir que

en nuestros campos, principalmente, existe gran despreocupación en ese

particular. Colocado el jíbaro en medio de una naturaleza exuberante de

vida, aislado, ignorante, una vez que su instinto genésico despierta

satisface su afectividad con la misma llaneza que los séres que le

rodean entonan de contínuo esos himnos de amor que renuevan la vida por

doquiera.

Tal despreocupación no es siempre hija del desenfreno; no es el descaro

del vicio quien la produce en todas las ocasiones, sino más bien el

desconocimiento del valor moral que el acto de la reproducción tiene,

según se llene dentro ó fuera de las reglas que la sociedad actual

acata. Hay un cierto infantilismo, sobre todo en la mujer, semejante

al que debió reinar en los primeros tiempos de la vida humana, cuando

el deseo de la propagación de la especie era lo único que regía en los

impulsos amatorios. Sin pasarnos por la mente el disminuir la gravedad

del mal que estudiamos y somos los primeros en deplorar, creemos que

en justicia puede interpretarse del modo expresado la corruptela que

sobre este punto existe en nuestro país, país que, sin duda alguna, por

sus condiciones climatológicas, predispone al desarrollo temprano y

fogoso de las pasiones.

No, no es impudencia lo que en la mujer jíbara hace que sea madre sin

ser esposa, pues la gran mayoría de estas madres solteras jamás llega

á prostituirse, sino que lleva una vida marital que en nada mejora sus

condiciones de pobreza. Por mucha que sea su miseria tampoco abandona

al hijo, y esto es también una prueba de que su corazón no está viciado

por la impudicia, como podría deducirse de la facilidad con que se

rinde á los galanteos. Conviene dejar sentados estos particulares, que

en concepto nuestro establecen alguna diferencia entre el concubinado

de algunas jíbaras y el amancebamiento vulgar.

En el hombre hay que reconocer que el sensualismo juega no escaso papel

en estas uniones libres, pues á menudo le vemos, casado ó soltero,

sosteniendo una ó más concubinas, y hay quien mantiene bajo el mismo

techo esposa y querida: que á tal extremo ha llegado el espantoso

desbarajuste moral que reina en esta sociedad tan minada por la falta

de educación como por la sobra de influencias depresivas en que ha

venido desarrollándose. Es cosa que á nadie que haya meditado un poco

acerca de este asunto puede ocultarse: muchos son los elementos que

han determinado en el jíbaro de ambos sexos este desquiciamiento que á

fuerza de generalizarse ya no sorprende sino á los forasteros; todo el

que no habita en el país, tiene por necesidad que impresionarse ante el

espectáculo de un amor libre que aquí, por la fuerza de la costumbre,

miramos sin que nos alarme.

Un observador que no sea superficial podrá no obstante distinguir en

el fondo de este cuadro poco halagüeño, algo que le diga: no estoy

viendo sacerdotisas de una prostitución vil é interesada, sino á

mujeres sin cultura moral ni intelectual, que aceptan, sin escrúpulos

ni preocupaciones, el papel que la naturaleza les ha asignado en

la perpetuación de la especie; que obedecen á esa ley poderosa que

aproxima los sexos, ley cuyo cumplimiento sólo la educación podría

regular debidamente: que como ha dicho con su acierto acostumbrado,

nuestro aplaudido escritor D. Salvador Brau, "en estas uniones

ilícitas, si bien una parte corresponde al vicio, entra por mucho en

ellas la ignorancia."

Volviendo ahora á los matrimonios legítimos, que sin duda existen

en el campo, y á los deberes mútuos de los esposos, diremos que la

fidelidad conyugal es respetada, hablando en tésis general, por la

mujer; ella sabe guardar la fé jurada, someterse á la voluntad del

marido y cumplir, hasta el sacrificio, con las obligaciones domésticas.

No así el hombre, más despreocupado de ordinario tanto en lo de ser

fiel á su compañera como en procurarla lo necesario para la vida; pues

por desgracia, ya porque mantiene más de una casa, ya porque el vicio

del juego suele dominarle, es harto común que en muchos bohíos reine

escasez y hasta miseria.

Unida á la sociedad conyugal está la sociedad paterna, cuyo objeto es

la educación de los hijos. Entre nuestros campesinos, el cumplimiento

de este deber se resiente de las deficiencias paternas de que venimos

dando cuenta. Los padres cuidan de sus hijos, los alimentan y visten

aunque imperfectamente, como lo hacen consigo mismo; pero respecto á

instrucción, ni siquiera piensan que sus criaturas la necesiten: es un

deber que nadie cumplió con ellos y que desconocen por completo.

Cuando el vínculo del matrimonio se halla relajado ó está sustituido

por el concubinato, hay que lamentar además de la carencia del pan

intelectual, el ejemplo de inmoralidad dado por los padres á tiernos

séres necesitados, más que de otra cosa, de ver en el hogar costumbres

puras que le preparen convenientemente para su entrada en la vida

social, á donde no podrán ménos de llevar las mismas ideas que por el

ejemplo adquirieron en la casa paterna.

En general las madres puertorriqueñas suelen mostrarse algo débiles en

la dirección de sus hijos, pero en las campesinas esta debilidad raya

en abandono ante los caprichos infantiles; y es que el carácter del

amor materno tiene en ellas mucho de instintivo, y tal cariño no es

suficiente para llenar los deberes de la maternidad, pues para algo le

ha sido dada al hombre la inteligencia. Una mujer inculta querrá á sus

hijos tanto como otra cuya inteligencia haya sido cultivada, pero esta

le aventajará en conocer las leyes por que debe guiarse para dirigir el

desarrollo físico y moral de su familia, y por virtud de sus aptitudes

librará de una muerte temprana á su hijo y le preparará para que en su

espíritu se vayan infiltrando las virtudes que cuando hombre le han de

valer la consideración de sus semejantes.

En cuanto se refiere á los deberes de los hijos para con sus padres,

hemos de decir que los casos de ingratitud hacia los beneficios y el

amor paternos son raros. Los hijos de los campesinos son de ordinario

de buena índole y profesan á sus padres el respeto y cariño que les es

debido.

Réstanos apuntar algo acerca de las relaciones del jíbaro con las

personas á quienes sirve. Cuando el campesino se decide á prestar sus

servicios, lo hace con buena voluntad; pero en honor de la verdad no se

impone la obligación de ser estricto cumplidor de lo convenido, ni se

afana por los objetos confiados á su custodia; trabaja y lo hace como

pocos obreros, si se tiene en cuenta su insuficiente alimentación, pero

mantiene una cierta independencia que á veces se traduce en falta de

asistencia al trabajo á que se comprometió, y esto sin más razón que

los impulsos de su voluntad. Mucho se ha hablado de la holgazanería del

jíbaro, pero nadie ha demostrado que tal vicio sea tan general como se

ha pretendido injustamente, siendo por el contrario fácil de probar que

la generalidad ama el trabajo mucho más de lo que sería de esperar,

dadas las condiciones en que ha vivido ese pobre hombre abandonado

durante siglos á sus instintos en un clima enervante, como lo es el de

nuestro país, y sin tener acerca del trabajo más que el desfavorable

concepto de que es un castigo impuesto al hombre para llenar sus

necesidades personales; idea poco apropiada para despertar por sí

sóla el amor hacia una ley natural, cuyo cumplimiento procura tantos

beneficios al hombre.

Réstanos para completar esta ligera reseña moral del campesino

puertorriqueño, considerarle en sus relaciones con la sociedad civil.

Desde luego conviene repetir que la familia rural vive aquí

desparramada por los campos de la Isla con grave perjuicio para su

propio bienestar; vive en estado poco ménos que antisocial, pues

algunas conglomeraciones de bohíos que se encuentran en determinados

barrios apénas pueden servir de excepción á la regla general. No hemos

de esforzarnos en demostrar la conveniencia de que el hombre viva en

sociedad con sus semejantes; muchos son los grandes pensadores que

han demostrado la utilidad de ello, y las razones en que apoyan su

decisión son harto conocidas para que las reproduzcamos. Filósofos de

las más opuestas ideas convienen, salvo raras excepciones, en declarar

al hombre un sér sociable, por necesidad: "Un solo hombre, dice Santo

Tomás, no puede por sí solo llegar al conocimiento de todas las cosas;

luego al hombre le es necesario vivir con otros muchos, para que los

unos sean ayudados por los otros." Por su parte Spinosa, á quien podría

suponérsele predispuesto contra la vida social, dado su voluntario

encierro en su gabinete de la Haya, dice: "No solamente es útil la

sociedad á los hombres para la seguridad de la vida; proporciónales

otras muchas ventajas y la necesitan todos por otras muchas razones...

Así vemos á los hombres que viven en la barbárie arrastrar una vida

miserable y casi brutal." Es indudable que ese aislamiento, aun

cuando no sea absoluto, como no lo es el del jíbaro, perjudica á su

desarrollo moral entorpeciendo y retardando la acción de los elementos

civilizadores que, á pesar de todo, van actuando sobre nuestra

sociedad. Quien vive separado del trato y compañía de los otros, se

priva del ejemplo, del estímulo y de las relaciones de los buenos, y

necesita mayor fuerza de voluntad para no infringir las leyes morales;

toda vez que no tiene que preocuparse de las censuras de sus convecinos.

De la precisión de vivir en sociedad y de la dificultad de conseguir

que los deseos de todos los hombres estén regulados siempre por la

razón, surge la necesidad de que existan leyes y personas encargadas de

su cumplimiento, á las cuales debemos acatar. Es el jíbaro naturalmente

inclinado á reconocer y prestar obediencia á la autoridad; cierto es

que suele temerla más que amarla, pero esto depende de que, á causa

del sistema político colonial adoptado, por lo común se ha entendido

que gobernar es hacer sentir el peso del poder hasta el extremo de

no desautorizar en ningún caso los actos del gobernante, en vez de

levantar el prestigio de la autoridad sustentando la justicia, la

rectitud, el imperio sobre sí mismo; en una palabra, sosteniendo al que

gobierna rectamente procurándose el cariño de los gobernados por medio

de las virtudes que dignifican el carácter del hombre, y al modo que

persona tan poco sospechosa como don Juan Ortiz y Lara, lo explica en

el siguiente párrafo:

"Los príncipes (léase cualquier autoridad) deben mirar la autoridad que

ejercen, con relación al bien de la sociedad, para la cual les ha sido

otorgada; y por lo mismo reputarse obligados á respetar y hacer que

se cumplan todos los derechos; á proveer á la prosperidad pública, y

atender particularmente á la honestidad de las costumbres, á que reinen

por todas partes la verdad y la justicia." ¿Se ha practicado siempre,

especialmente tratándose de pobres campesinos, esta sana doctrina?

Respondan á esta pregunta esa desconfianza y ese temor invencibles

que tiene el jíbaro de verse en relaciones con cualquier autoridad

administrativa ó judicial; desconfianza y temor que no han podido tomar

cuerpo en su espíritu sino cuando la experiencia de sus antepasados y

la suya propia le han llevado al convencimiento de que en numerosos

casos el último ministril puede más por sólo su carácter oficial que él

con la asistencia de toda la razón.

Respecto á formas de gobierno poco ó nada se preocupa de ellas el

campesino; muestra, sin embargo, cierta natural inclinación á la

democracia; pero sin que pueda decirse que tiene conciencia clara,

noción completa de la superioridad del régimen democrático sobre los

otros.

Ni el comunismo, ni el socialismo han hecho prosélitos en nuestros

campos; á lo ménos el comunismo en el sentido en que se toma de

ordinario la palabra; pues esa especie de comunidad que parece

practicar el jíbaro en cuanto se relaciona con los productos de poco

valor, de que ántes hicimos mención, no la atribuimos sino á que no

sabe apreciar el derecho de propiedad en toda su escrupulosa latitud.

En cuanto á las virtudes sociales, en el carácter del campesino brillan

algunas, si bien se encuentran deficiencias que son de lamentar.

Entre las que le enaltecen no es la que ménos el amor á la patria,

ya tomemos esta voz en su sentido académico, ya la interpretemos

como la tierra de nuestros padres. En nuestra historia provincial

podemos encontrar hechos que justifican nuestro aserto. Desde los

remotos tiempos en que España mantenía guerras contra Inglaterra y

Holanda, hasta nuestros dias, el jíbaro ha sido un buen soldado español

dispuesto á morir por su patria; llamado por el Gobierno ó voluntario,

ha sabido acudir siempre al puesto del deber: desde este punto de

vista, discutir su amor á la patria española sería cerrar los ojos ante

la verdad.

El Campesino Puertorriqueño Sus Condiciones Físicas, Intelectuales y Morales, Causas que la Determinan y Medios Para Mejorarlas · 第 9 / 11 段