á la conquista. Por una parte hombres de armas y por otra aventureros
echaron los cimientos de esta sociedad. Ni los unos ni los otros se
preocuparon del porvenir intelectual del país, ni era la ocasión de
que tales ideas surgieran; los hombres de letras no coexisten de
ordinario con los conquistadores, y no eran los guerreros de aquella
época personas tan ilustradas que se cuidasen de algo más que de domar
la fiereza de los indios, que luchaban como podían para rechazar la
invasión extranjera. La anécdota de Pizarro y el Inca Atahualpa, si
no dá la medida exacta de la instrucción de todos los conquistadores,
nos pone en autos de que no precisaba saber leer para dominar un
vasto imperio. Es verdad que las comunidades religiosas enviaron á
estas tierras personas ilustradas, y que trajeron la nota humanitaria
y un principio civilizador distinto del generalmente adoptado; pero
por lo común, creencias muy estrechas y el exclusivismo de la época
determinaban en el espíritu de los misioneros la idea única de
convertir á la fé católica los salvajes.
El incremento de esta sociedad se hubo de resentir de tales
circunstancias de orígen, y también de la poca importancia que Puerto
Rico tenía con relación á otras colonias, pues es claro que esta isla
si no acogía en su seno lo peor, indudablemente tampoco recibía lo
más florido de la emigración española; y aunque los tiempos no eran
á propósito para que la Metrópoli nos enviase grandes luces, pues
ella misma no poseía un gran caudal de cultura,--entre otras causas
porque el pensamiento estaba esclavizado por la intransigencia,--es
muy probable que las personas que huían de la Península, porque su
desarrollo intelectual era incompatible con la época, al emigrar
buscaran, para establecerse, los mejores territorios de los países
descubiertos. Por lo demás, como dice G. G. Courcelle-Seguin, "la
libertad de pensar, proscrita en España, no podía hallar refugio en
las colonias españolas.... El letargo de las inteligencias pesaba
necesariamente sobre la industria, alimentaba las preocupaciones
hostiles al trabajo y hacía imposible todo progreso económico."
Los colonizadores de los primeros tiempos, guerreros, catequistas y
aventureros, no trajeron, pues, á esta colonia los elementos de una
civilización tan completa que hiciese injustificado nuestro atraso.
Ocupó su ánimo la idea de dominar y convertir á los indios primero,
y luego, cuando las exploraciones del suelo descubrieron su riqueza
en metales preciosos, la explotación de las minas; las ciencias y
las artes estaban fuera de su lugar. La misma agricultura permanecía
olvidada. ¿Quién siembra cuando la tierra produce directamente el
precioso metal? Más tarde, estando las minas ya flacas, la tierra, aun
vírgen, daba de sí, sin necesidad de arañarla siquiera, sávia bastante
á las semillas para que las plantas alcanzaran vida exuberante, y los
pastos naturales sobraban para que el ganado se multiplicase de un modo
fabuloso. Todo conspiraba á que la vida intelectual durmiese.
Sucédense largos años durante los cuales la enseñanza primaria apénas
existe en Puerto Rico, y en la misma Península es deficiente, á tal
extremo que--refiriéndose al año 1838--ha podido decir el esclarecido
Don Eduardo Benot en una conferencia dada en el Ateneo de Madrid,
acerca del ilustre literato D. Alberto Lista, lo siguiente:
"Yo aprendí en la escuela mejor de Cádiz donde sólo me enseñaron (es
verdad que muy bien) á leer, escribir y contar. ¿Y sabéis por qué
era esa escuela la mejor? Porque en ella se enseñaba el carácter
de letra inglesa y además los quebrados comunes y las fracciones
decimales....... ¿Geografía? ¿Historia? ¿Física? ¿Química? ¿Historia
natural? ¡Oh! eso no había donde aprenderlo. Este era el estado de
la enseñanza en Cádiz, entónces indisputablemente la ciudad más culta
de toda la Península..."
De Puerto Rico cuanto digamos es poco, relativo á esta materia; el
año 1765 informaba al Gobierno el General señor Conde de O'Reylly
diciéndole:
"Para que se conozca mejor cómo han vivido y viven hasta ahora estos
naturales, conviene saber que en toda la Isla no hay más que dos
escuelas de niños, que fuera de Puerto Rico y la villa de San Germán
pocos saben leer..."
La instrucción, sin embargo, no mejoró en seguida como era de esperarse
después de este tristísimo y desconsolador informe oficial. Dos
interesantes "Memorias," justamente premiadas por este Ateneo, nos
permiten apreciar la lentitud con que la enseñanza ha progresado en
esta tierra. En una de ellas, trabajo excelente por muchos conceptos
de nuestro querido amigo y compañero el doctor Don Martín Travieso y
Quijano, encontramos este párrafo que no podemos ménos de transcribir:
"Triste, muy triste, verdaderamente desconsolador es el pasado de
la instrucción en Puerto Rico. El ánimo se contrista al ver, que
cerca de tres siglos habían transcurrido desde el descubrimiento de
esta Antilla por el inmortal Cristóbal Colón en 1493, y apénas si la
instrucción había sido planteada en este territorio, no había dado
señales de vida, nadie había pensado en los inmensos beneficios que
se derivan de ella."
En el otro luminoso trabajo, debido á la pluma de nuestro colega y
buen amigo el doctor Don Gabriel Ferrer, vemos que: "en Diciembre de
1864, esto es, un año y medio ántes de publicarse el Decreto orgánico
anterior, reciban enseñanza primaria en las Escuelas públicas, los
siguientes alumnos:
Niños 2,840.
Niñas 1,347.
------
Total 4,187 alumnos."
Por entónces la Isla tenía seguramente más de medio millón de
habitantes, pero un cálculo basado en esta cifra nos dá sólo un 8,374
por 1,000 habitantes que recibieran instrucción, estando ya bien pasada
la mitad del siglo _de las luces_.
Añádase que hasta esa época no todos los profesores dedicados al
magisterio tenían una aptitud indiscutible, y nos daremos cuenta de
cómo no podía ménos de ser mala la instrucción en los campos de la
Isla, ya que la general adolecía de tantas deficiencias.
En nuestros dias las cosas relativas á la educación han mejorado por
fortuna; el progreso iniciado con la reglamentación de la instrucción
primaria en 1838 se acrecienta desde 1875 con el impulso que le dieron
el señor Marqués de la Serna primero y luego el señor Conde de Caspe.
Desde entónces se comprueba un aumento considerable de alumnos en las
escuelas, que también han aumentado; pero ese poder civilizador del
maestro de escuela no resulta todo lo eficaz que debiera en los campos,
á causa de la falta de grupo de población, pues los jíbaros viven, como
es sabido, diseminados por nuestros hermosos campos, dificultando la
enseñanza y siendo esto mismo otra causa de la pobreza de cultura de
los campesinos.
Aparte de esto conviene hacer constar que hasta aquí se ha trabajado
más por la instrucción de los varones que de las niñas, y que las
escuelas de adultos en los campos son desconocidas, circunstancia
que seguramente contribuye á retardar la reforma intelectual de los
habitantes de nuestros campos.
Como se vé, las causas principales del atraso señalado proceden de
dos fuentes: una de ellas de los orígenes mismos de la sociedad en
que vivimos; otra, del abandono en que se ha tenido la instrucción
primaria, y acaso de su defectuoso encauzamiento.
Tales circunstancias han actuado, como es natural, más principalmente
sobre la clase ménos atendida, la rural.
Concretándonos ahora á los trabajos agrícolas, el atraso lo hallamos
determinado al propio tiempo por motivos especiales.
"Los primeros colonos españoles--dice el ántes citado Courcelle--no
tenían práctica de la agricultura. Así no sólo la sociedad no
contenía ningún elemento de progreso agrícola, sino que el punto de
partida de la agricultura era más atrasado que el cultivo europeo
contemporáneo."
Sentado esto, no podía esperarse un rápido progreso de la clase rural.
El desconocimiento de las prácticas agrícolas, se hubo de suplir con el
buen juicio de los improvisados agricultores; la experiencia trasmitida
de padres á hijos hubo de crearlas; de aquí que aún hoy sea infantil
nuestra agricultura. Fijémonos en uno de los instrumentos agrícolas más
usados por nuestro jíbaro: el machete. No se puede ocultar que ántes
que otra cosa parece un arma de guerra: y en efecto, arma debió ser en
un principio y no apero de labranza.
Los primeros colonos, que no eran agricultores precisamente, cuando
se dedicaron al cultivo copiaron á las indias; las veían escarbar con
un palo puntiagudo la tierra para sembrar y arrancar las raices, y
ellos para hacer lo propio se valieron de su espada, que también les
servía para cortar ramas, etc. Después la espada se fué acortando y
modificando para ajustarse al nuevo oficio á que se destinó, hasta
adquirir su forma actual; pero todavía conserva rasgos característicos
de su primitivo uso, y aun llevan el machete al cinto los campesinos
como debieron llevar los soldados su espada en todas ocasiones.
Otro motivo de atraso agrícola depende de la clase de cultivo adoptado
cuando se introdujo la caña de azúcar. Al principio, cuando se podía
disponer de todas las tierras de la isla, el cultivo extensivo era lo
natural. Después, así que la propiedad limitó la porción de terrenos
comunes, y en la época en que el precio del azúcar despertaba la
ambición de los hacendados de caña, proporcionándoles fortunas
fabulosas, el deseo de poseer mucho terreno, sin mirar si podía ó
no cultivarlo, era, hasta cierto punto, lógica pretensión en el
propietario, que no conocía otro medio de sacar mayor producto á su
predio sino aumentándolo en extensión. Como para cultivar la caña son
mejores las tierras de las llanuras, los propietarios ricos fueron
desalojando, como pudieron, á los jíbaros y llevándolos á los terrenos
quebrados, en los cuales las condiciones topográficas dificultan el
empleo de los instrumentos de labranza perfeccionados, que de ordinario
se usan en los llanos.
Claro es que por su parte el hacendado, ateniéndose á las grandes
extensiones de terrenos, descuidó el conocimiento de los abonos, el
estudio de los arados, etc. y no enseñó á sus braceros nada capaz de
despertar en ellos ideas nuevas en el cultivo de la tierra; de modo
que por ninguna parte encontró la clase jornalera de nuestros campos
luces que dirigieran sus pobres conocimientos agrícolas. Á todo esto,
ténganse en cuenta las dificultades de comunicación que había con la
metrópoli, la prohibición de tratos comerciales con el extrangero, el
aislamiento de los habitantes de esta isla entre sí, y se comprenderá
que la industria, las artes y todo haya llevado una vida lánguida en
esta provincia.
Estos casos explican cómo el jíbaro copió la casa y el mobiliario
del indio, y hasta el vestido mismo, puesto que este consiste en la
menor cantidad posible de ropas compatible con el pudor natural
y con el calor del clima, viniendo á darse el desgraciado caso de
que si el europeo dominó la tierra y destruyó la raza que en ella
vivía, el espíritu de ésta ha persistido hasta nuestros dias en
muchos particulares, como una dominación póstuma sobre los hijos de
los dominadores que, faltos de escuela, han tenido sus facultades
enteramente dormidas, viviendo en una ignorancia crasa, incapaz de
producir ningún género de progreso, como hemos podido apreciar en el
presente análisis.
MEDIOS DE MEJORAR SUS CONDICIONES INTELECTUALES.
Cultivar las facultades intelectuales, instruir: hé aquí el gran afán
de los pensadores modernos; hé aquí el único medio de mejorar, mejor
aun, de cambiar favorablemente las condiciones intelectuales de la
familia rural borinqueña.
La enseñanza: esa es la palanca que ha de remover la ignorancia del
campesino. El maestro de escuela: ese es el que ha de aplicar el
remedio al mal que lamentamos. El gobierno es el llamado á interesarse
sinceramente en el progreso de la educación. Le debe esta reparación al
pueblo puertorriqueño; tiene con él contraída una deuda intelectual, y
sólo puede pagársela favoreciendo por todos los medios la enseñanza;
factor el más poderoso de la educación individual y social de nuestra
época.
"Si la enseñanza primaria es necesaria á la niñez, si es un
hecho indiscutible que un pueblo se encontrará más próximo á su
perfeccionamiento cuanto mayor sea el número de sus indivíduos que
adquieran los rudimentos del saber, es indudable que por esta sóla
circunstancia el nuestro se encuentra todavía muy distante del término
deseado."[9]
[9] Memoria sobre instrucción pública premiada por el Ateneo,
escrita por el Dr. Don Gabriel Ferrer.
El mal está terminantemente expresado. El remedio lo precisa otro autor
en las siguientes líneas:
"Abandonemos la indiferencia que nos consume. _Hora est jam nos de
somno surgere._ Pidamos luz, pero pidámosla ámplia como la del sol
que ilumina con sus rayos todo el organismo universal. Procuremos
que luzca sus facetas el diamante pulimentado, mas sin despreciar
por eso el cuarzo modestísimo. La suntuosidad del mármol no aminora
la utilidad de la arcilla. Rindamos culto á la ciencia en sus
más supremas manifestaciones, pero no olvidemos que las escuelas
elementales son aun una palabra hueca para la mayoría de nuestra
población. Solicitemos que esas escuelas extiendan su regenerador
influjo hasta el predio rústico: caiga el refrigerante rocío de la
instrucción en la agotada inteligencia de la mujer campesina."[10]
[10] _La Campesina._--Disquisiciones sociológicas por Don
Salvador Brau.
Cierto; ese es el remedio: la escuela elemental prodigada y la escuela
elemental para la mujer con preferente cuidado. _Hora es ya de salir
de nuestro sueño_, hora es de que administración y administrados
coadyuvemos á plantear la educación elemental; hora es ya de que padres
del pueblo y padres de familia nos amparemos en brazos de la educación,
como refugio de salvación para un pueblo que yace en la oscuridad; que
si la administración dispone de amplios elementos para derrotar la
ignorancia, el más modesto esfuerzo individual puede, por su parte,
disminuirla, llevando el pan del saber lo mismo á los hijos que á los
sirvientes y braceros. Cada criado que en los ratos de ocio aprende á
leer es un sér que se eleva y elevará á su familia.
¿Cómo debe ser esta educación? "Es más complicado--pero mucho más--de
lo que parece, organizar un sistema de enseñanza que aspire á dirigir
la educación nacional," ha dicho uno de los pensadores modernos que
con mayor lucidez han tratado esta cuestión en nuestros tiempos,
D. Francisco Giner, el cual se expresa en los siguientes términos:
"Sigue nuestra enseñanza el impulso de las ideas reinantes. Según esta
se halla concedida, organizada y desempeñada como una mera función
intelectual, ó sea que atienda á la inteligencia del alumno tan sólo,
no á la integridad de la naturaleza ni á despertar las energías
radicales de su sér, ni á corregir la formación de sus sentimientos,
de su voluntad, de su ideal, de sus aspiraciones, de su moralidad y
de su carácter." La clase de educación que nosotros desearíamos es
precisamente la opuesta. Nosotros querríamos pedagogos que tuviesen una
idea exacta de la naturaleza humana para no perturbarla inútilmente,
pedagogos que despertaran en el alma del alumno todas sus energías, y
dirigiesen sus sentimientos, su voluntad, su ideal, sus aspiraciones,
su moralidad, su carácter; así nos satisface la educación elemental.
Esta es la que solicitamos para nuestros campesinos precisamente,
porque nadie está más necesitado que él de que se mejoren todas esas
facultades que la educación debe cultivar.
Por fortuna los ilustrados profesores de la Isla lo comprenden también
así, y es probable que dentro de plazo breve notemos los resultados de
sus trabajos.
¿Á cuál de los dos sexos convendría educar ántes? Suponiendo que por
este concepto--el del sexo--pudieran existir preferencias, desde
luego nos decidiríamos por la enseñanza de las niñas; pero como
creemos que ambos sexos tienen igual derecho á la instrucción, y en
los distritos rurales de Puerto Rico ambos sexos están igualmente
necesitados de ella, se nos ocurre que, á imitación de los Estados
Unidos del Norte--como ya ha demostrado el ántes citado autor de _La
Campesina_--podrían las escuelas mixtas salvar todas las dificultades.
Agrupemos los niños de ambos sexos bajo la dirección de la mujer
"teniendo confianza en la naturaleza humana;" demos á esta educación un
carácter racional y práctico, y la base de nuestro perfeccionamiento
será sólida.
La mujer es la llamada á salvar á la sociedad educándose y sirviendo
á la vez de preceptora; "los profesores más escogidos fracasan
frecuentemente, donde una _yankee_ realiza prodigios. La infancia
pertenece á la mujer," ha dicho Laboulaye. Apliquemos el conocimiento
de esta verdad y nos habremos salvado.
Desearíamos ver la educación en manos de la mujer. Como Juan Jacobo
Rousseau, creemos que "la primera educación es la más importante y esta
pertenece indudablemente á las mujeres. Eduquemos mujeres y hagamos que
esa educación sea tan ámplia que le permita desempeñar cumplidamente
las sagradas obligaciones de la maternidad que no se limitan á cuidar
y alimentar á sus hijos, sino que tienen por principal objeto la
educación de los mismos."[11]
[11] Memoria sobre instrucción pública, premiada por el Ateneo y
escrita por el Dr. Don M. Travieso.
Cuando este ideal se realice, cuando la madre esté bastante instruida
para cumplir con el noble encargo de alimentar la inteligencia de su
hijo como le alimenta el estómago con el blanco y nutritivo néctar de
sus pechos, entónces, como ha dicho Emilio de Gerardín, el maestro de
instrucción primaria desaparecerá y será felizmente reemplazado por la
madre.
Además de la instrucción general de que tan necesitado está el
campesino, urge la enseñanza elemental agrícola en las escuelas
primarias. No se puede prescindir de ella, tratándose de
establecimientos de enseñanza para las clases rurales, so pena de que
la educación sea deficiente. Esto aparte de la escuela de agricultura
más ó ménos modesta, pero en donde se instruya á la juventud con
arreglo á los modernos adelantos de la ciencia agronómica, á fin de que
sea capaz de comprender las ventajas que reportaría á la explotación
de la tierra el abandono de las prácticas rutinarias. La educación de
peritos agrónomos, de capataces de cultivo, etc., es tan necesaria como
la de obreros agrícolas. De poco valdrían los rudimentos de agricultura
enseñados al obrero en las escuelas elementales, si dejamos en la
ignorancia de aquella ciencia á las personas llamadas á dirigirlos.
Sólo llevando á los campos gente capaz de comprender el adelantamiento
de la agricultura á beneficio de la Ciencia, lograremos sacar á las
industrias y demás manifestaciones agrícolas del atraso en que se
encuentran.
Escuelas, escuelas para niñas, profesoras instruidas, madres educadas,
agricultores inteligentes, hé aquí los medios de mejorar las
condiciones intelectuales del campesino y su familia.
Una dificultad que no podemos ocultar ofrece la propagación de la
enseñanza en nuestro suelo, y consiste en la diseminación en que viven
nuestros campesinos. Alemania, acaso sin tener en grado tan alto este
inconveniente, tiene los profesores ambulantes que llenan, en la medida
de lo posible, su misión civilizadora.
Nos parece que oimos decir á alguien: "Los presupuestos están muy
recargados á causa de las escuelas que se han creado, y aun se pide
más; esto sería la ruina." Desengáñense los espíritus timoratos que
ven las cosas por ese lado: lo que no se emplea en escuelas se gasta
en cárceles y en presidios; y cuanto dinero se emplea en propagar la
instrucción es como si se diese con interés usurario á la sociedad,
que, educada, renumera espléndidamente, desarrollando todas sus fuentes
de producción, dormidas mientras reina la ignorancia.
Como todo cuanto tienda á facilitar la instrucción ha de ser
beneficioso al mejoramiento del campesino, el procurar por medios
racionales su agrupamiento en aldeas es una idea feliz, de la cual
trataremos más adelante: el cumplimiento de los preceptos de la
enseñanza obligatoria por parte de las autoridades locales, es una
necesidad con cuya falta no se debería transigir, pues para algo se han
dictado. Si las escuelas públicas no pueden admitir mayor número de
alumnos del que hoy asiste á ellas, no hay más remedio que multiplicar
las escuelas; eso sí, que se emplée el dinero bien, es decir, que cada
maestro cumpla con las obligaciones de su grandioso ministerio, y todo
lo demás es secundario.
CONDICIONES MORALES.
Llegamos á la parte más escabrosa, para nosotros, del tema que venimos
desarrollando. Como hombres imparciales tenemos que exponer nuestras
observaciones tales como nos impresionan; como puertorriqueños
sentiremos, más de una vez, abordar las delicadas cuestiones de moral
relacionadas con nuestros campesinos, pues si en lo que respecta á
condiciones físicas é intelectuales hemos encontrado deficiencias
lamentables, no son menores las que hallamos respecto de moralidad.
Entremos, sin embargo, en el asunto. Reviste de por sí sobrada
importancia el cumplimiento del deber y el ejercicio del derecho, actos
que compendian la vida moral del hombre, para excusarnos de estudiar el
jíbaro en cuanto se relaciona con tan interesante materia.
Empezaremos por el análisis de los deberes para con Dios.
La creencia en Dios es general entre los campesinos; puede asegurarse
que en nuestros campos no es conocido el ateísmo; pero por desgracia
abundan los errores en lo referente á los atributos del Sér Supremo.
Existe confusión en el modo de apreciar sus cualidades, á causa, sin
duda, del poco desarrollo intelectual que hemos reconocido en nuestra
gente de campo. La naturaleza divina del Omnipotente no es concebida
con bastante pureza. Reconocen, es cierto, la existencia de un Sér
Superior, pero suelen atribuirle cualidades humanas que desdicen de la
majestuosa grandeza con que debieran comprenderle, concepción hasta la
cual no es extraño que no se eleve la gente ruda, cuando vemos á menudo
que personas algo más educadas atribuyen al Hacedor caractéres que
tienen más de humanos que de divinos.
En los asuntos del culto, hemos de decir que el campesino, aunque
católico, se muestra indiferente hacia ciertas prácticas, reconocidas
como esenciales dentro del catolicismo, mientras dedica escrupulosa
atención á otras que no lo son tanto. Así, por ejemplo, quizá se
apresure á ofrecer un ex voto á alguna imagen de su devoción, mientras
deje de cumplir con algunos de los sacramentos; apréndese de memoria
oraciones que pueden calificarse de ridículas, y quizás no sabe el
sencillo Padre Nuestro.
Algunos de sus actos piadosos revisten formas supersticiosas, y en sus
oraciones suele pedir á Dios ó á los santos mercedes que sólo pueden
disculparse por la ignorancia del peticionario. Quién guarda cuidadoso
una oración, á guisa de amuleto, contra las enfermedades ó el mal de
ojo; quién pide con fervor al cielo que Santa Lucía ciegue á tal ó cual
persona, ó bien alguna otra majadería indigna de la atención Suprema.
Que el necesitado dirija sus plegarias á lo alto es tan natural, como
absurdo es pretender cambiar las leyes de la naturaleza en provecho
propio. Orar es útil y consolador para el creyente: útil, porque es un
tributo dirigido á Dios; consolador, porque aviva la esperanza en la
adversidad; pero la oración y su objeto deben estar purificados de todo
lo que no sea racional y digno.
Se vé que el jíbaro es católico, pero carece de una instrucción
religiosa que le ayude á dar cumplimiento debido á sus obligaciones
de tal, y á esto se debe lo poco diligente que se muestra para el
matrimonio, la manera con que celebra las fiestas, el carácter profano
que revisten sus _fiestas de cruz_, su creencia en hechizos, mal de
ojo, brujerías, la veneración y confianza algo gentílica que profesa á
tal imagen, medalla, escapulario ú otras cosas, más ó ménos absurdas,
formas de culto que la sana razón rechaza, pero que prosperan entre los
infelices á quienes no ha llegado hasta la fecha el pan intelectual.
Cuando se advierte esta falta, y se considera que el campesino ha
vivido casi aislado y en roce con una raza, como la africana, portadora
de ciertas creencias, no extraña esta confusión en materia religiosa.
Añádase á esto una imaginación fantaseadora, y nos explicaremos
perfectamente cómo el espiritismo (cuyo valor no discutimos, pero que
bajo la forma algo quimérica en que se propaga entre el vulgo nos
parece que no resiste un exámen sério), encuentre adeptos entre esas
masas que por su orígen, leyes y costumbres debieran ser depositarias
escrupulosas de la doctrina católica, única legal durante largos años
en este territorio, pero en la cual están indudablemente poco ó nada
instruidos nuestros jíbaros.