Entre los productos procedentes de animales vivos ó muertos que

explota el campesino, los quesos--cuya fabricación más general es

rudimentaria--son de buen gusto, pero de poca duración; la mantequilla,

á causa de su defectuosa preparación, no se conserva por mucho tiempo

sin aranciarse; la manteca de cerdo no puede competir en precio y

cantidad con la extranjera, si bien la aventaja en pureza: la cera,

amarilla y la miel se recogen en corta cantidad, sin que nadie se haya

cuidado gran cosa de las abejas.

Otras industrias rurales como los tejidos de cortezas, de bejucos y

paja--sogas, aparejos, cestos y sombreros--aunque pobres, dejan ver

ciertas favorables disposiciones dignas de ser alentadas.

La fabricación de dulces con frutas del país, se reduce á las conservas

de naranjas, ordinaria y de mejor calidad, pasta de guayabas, yuca,

etc., y no se ofrecen á la venta tan bien acondicionadas como fuera de

desear.

La panificación de la yuca, cazabe, no ha adelantado mucho desde los

tiempos indios hasta nosotros. Otros productos, que se presentan en

forma de panes, de maiz, batata, etc., no ofrecen particularidades que

admirar.

Lo propio hay que decir de la limitadísima industria forestal--resina

de tabanuco, aceite de palo.--Como hemos podido ver, existe un atraso

notorio en todo lo que se refiere á los diversos ramos de la producción

agrícola, atraso lamentable cuyas causas trataremos de explicar

oportunamente.

Veamos ahora si las casas que habita el grupo rural puertorriqueño

corresponden con el pobre progreso que en él venimos señalando, pues

sabido es que existe relación directa entre el grado de cultura del

hombre y la vivienda que para sí construye, pudiendo deducirse de las

condiciones de ésta el desenvolvimiento de aquella. Desde el refugio

natural que contra la intemperie ofrecieran al hombre primitivo un

árbol ó una roca saliente, hasta las modernas casas en que se aloja

el hombre civilizado de nuestros dias, hay una escala ascendente que

manifiesta las gradaciones del desarrollo intelectual de la especie

humana. Marca el primer paso en las construcciones artificiales de

casas, la sencilla pantalla inclinada, por el estilo de la que algunos

picapedreros usan para defenderse de la acción del sol: siguen á

tan imperfecta defensa las chozas rudimentarias de hojas de palma ó

de tiernos árboles, é iníciase luego el primer adelanto, en materia

de construcciones, con las chozas edificadas sobre postes ó paredes

forradas de zarza, lodo y otros groseros materiales. Á la cabaña de

forma redondeada y de techo en pabellón, sucede--en época de más

progreso--la de forma cuadrada y techo en caballete, apoyado sobre

las paredes y sostenido por vigas; la madera seca es sustituida por

la piedra tosca al principio y luego labrada. Nace el arte de la

albañilería que utiliza más variados elementos de construcción; entre

otros el cemento, el ladrillo, los metales mismos, y llega por último

el hermoso período en que la arquitectura, en su apogeo, hace surgir

esos asombrosos monumentos, libros de piedra en que los arquitectos de

pasadas edades han dejado escritos los mejores y más bellos capítulos

de la civilización antigua de los pueblos.

Hecha esta rapidísima excursión en el arte de las construcciones,

nos será fácil de apreciar, conocida la vivienda del campesino

puertorriqueño, su estacionamiento, puesto que aún construye su bohío

de madera y yagua, sin que jamás emplée la piedra, ni siquiera el

adobe; y aunque se explique que prefiera aprovechar para hacer su casa

aquellos materiales que ménos trabajo le cuesta adquirir, como son

troncos, cañas, paja, etc., no podemos darnos satisfactoria cuenta

de que esa cabaña siga siendo como en los viejos tiempos endeble, de

poco resguardo, y sin ninguna comodidad, ni casi separación interior

que evite esa amalgama en que viven padres, hijos y hermanos, tan

perjudicial para las buenas costumbres.

Ya el indio borincano construía poco más ó ménos como hoy construye el

jíbaro; lo cual basta para hacernos evidente el pobre adelanto de éste,

quien, después de tres siglos, en nada ha mejorado las condiciones

de la morada que servía á una raza incivil. "Las casas--dice nuestro

tantas veces citado historiador Fray Íñigo--las construían (los

indios) sobre vigas ó troncos de árboles que fijaban dentro de la

tierra á distancia de dos ó tres pasos uno de otro, en figura oval,

_cuadrilátera_ ó _cuadrilonga_, según la disposición del terreno: sobre

dichos troncos formaban el piso que era de cañas ó varas; alrededor de

este piso hacían las paredes ó tabiques de las casas que eran asímismo

de cañas, cruzando sobre ellas al través muchas latas que hacían de

las hojas de las palmas con que aseguraban la obra. Todas las cañas

que formaban los tabiques se juntaban arriba en el centro de la casa

afianzándolas unas con otras quedando el techo en figura de pabellón."

"Otras casas construían también sobre troncos de árboles y de los

mismos materiales; pero más fuertes y de mejor disposición. Desde

la tierra hasta el piso que formaban sobre los troncos, dejaban sin

cercar una parte que servía de zaguán: en lo alto dejaban ventanas

y corredores que hacían de cañas: el techo estaba á dos vertientes,

_mediante un caballete_ que ponían sobre porciones cubiertas de hoja

de palma. Toda la fábrica de aquellas casas se aseguraba, en lugar de

clavos, con bejucos silvestres que son flexibles y de gran duración."

Es indudable que estas edificaciones indias descubren un cierto grado

de adelanto en los aborígenes; pues, según Tylor, todos los viajeros

africanos convienen en que la casa con esquinas cuadradas indica un

gran paso en la civilización de los pueblos; pero encontrar á la raza

que sustituyó á aquellos construyendo y habitando iguales moradas,

ántes bien significa un atraso, toda vez que los conquistadores por

traer ideas de construcciones superiores debieron mejorar los ranchos

indios. Podríamos añadir que quizá no fué la mejor de las casas

borinqueñas la copiada por los conquistadores y sus descendientes; pues

leemos en W. Irving, que, cuando los españoles pisaron por vez primera

este suelo, "encontraron un lugar indio construido como de ordinario,

alrededor de la plaza, parecida á un mercado y con una casa _muy grande

y bien concluida_," de modo que, como los europeos no habían de llamar

bueno á cualquier edificio de salvajes, y tuvieron lugar de examinarlo

detenidamente, y de cerca, porque lo hallaron desierto, como todo el

lugar, podemos deducir que los aborígenes construían mejores casas de

las que pueden darnos idea la generalidad de los bohíos primitivos, aun

imitados por el campesino de nuestros dias.

Lo defectuoso de la casa del jíbaro coincide con un ornamento también

pobrísimo del interior de ella. La hamaca, usada por el indio, y mueble

indispensable al jíbaro, acaso algún lecho de tablas, y raras ocasiones

algo donde sentarse, es casi todo lo que en un bohío se encuentra. No

pretendemos hallar comodidades dentro de las humildes viviendas del

campesino, pero lo mísero de semejante menaje es de sentirse, tanto por

lo que revela de la cultura de su dueño, cuanto porque como dice un

higienista, el Dr. Billandeau, no es indiferente habitar una casa que

agrade, pues hay en las condiciones de suficiencia y hasta en el adorno

de la habitación, una fuente de goces de que disfrutamos sin darnos

cuenta y que nos liga al hogar, alejándonos de peligrosas aficiones.

Digamos algo acerca del lenguaje del jíbaro, ya que la palabra,

_expresión total de la vida del espíritu_, como la considera Revilla,

puede darnos valiosos datos en lo relativo á esta parte de nuestro

trabajo.

Es el habla del campesino defectuosa, como la de aquellas personas

que no han recibido instrucción alguna; todavía emplea palabras ya

olvidadas en el moderno castellano, y la impureza é impropiedad de su

lenguaje son notorias. Á los defectos de pronunciación, que citaremos

en breve, hay que añadir un cierto dejo en el modo de hablar, dejo

que, más ó ménos acentuado, parece común de todos los habitantes

de la América española y aún de las Canarias y por lo tanto de los

puertorriqueños en general, pero que entre los jíbaros es notablemente

más pronunciado.

Aunque en nuestros campesinos se corrobora la observación de que las

personas habituadas á vivir en el campo hablan en alta voz, nótase

á menudo que esta no tiene la intensidad, el vigor que es casi

general entre la gente ruda; hecho que, si bien no es absoluto, puede

explicarse por el empobrecimiento orgánico, al cual corresponde un

aparato respiratorio en cierto modo débil. No predominan en el tono

de voz de los jíbaros los sonidos graves; ántes bien pueden estos

referirse á las escalas de barítono, tenor y aún contralto; no siendo

raras las voces de falsete.

El alfabeto fonético del campesino carece de la _c_ suave, así como

de la _ll_, _v_, _x_ y _z_. La _c_, al unirla con las _e_ é _i_, y la

_z_, casi siempre las transforma en _s_, v. gr. _s_erro, _s_imarrón,

_s_anja, _s_umo. Cambia la _ll_ en _ñ_ y á veces en _y_, como en

_ñ_aman, caba_y_o; la _v_ en _b_ como en _b_ira. La _d_ final, y la de

las terminaciones de los participios de pretérito, no suenan; así dice:

_mitá_, _comprao_. La _rr_ con frecuencia la arrastra dándole sonido

de _j_; como en _ajrój_ por _arroz_; la _r_ la convierte en _l_ muchas

veces, otras en _j_, v. gr.: amo_l_, ca_j_ne; y por último, según nos

lo ha hecho notar nuestro buen amigo y excelente poeta Don Luis Muñoz

Rivera, á la _s_ le dan casi constantemente un sonido de _j_ suave; por

ejemplo: _loj_, _pejroj_, _ejtán_. Á veces ocurre lo propio con la _z_,

como cuando dicen _ajoraoj_ por _azorados_. La _h_ es una _j_ fuerte

siempre, v. gr.: _jacer_ por _hacer_.

Si bajo su aspecto físico, el lenguaje del jíbaro está lleno de

defectos, desde el punto de vista físico-espiritual, evidencia de

ordinario la pobreza de su desarrollo intelectual, por mucho que á las

veces revele agudezas que demuestran una inteligencia fácil de cultivar.

Una vez hecho este breve exámen, vamos á dar comienzo á la

investigación del estado en que se encuentran en la clase rural las

artes útiles; y empezaremos por la más hermosa de todas: la poesía.

Producto esta de la imaginación y del sentimiento, la encontramos,

ya que no revestida de sus mejores galas, embellecida con el ropaje

natural de la espontaneidad y sencillez que en todas partes ostenta

la poesía popular. En muchos de los _cantares_ jíbaros se descubre

una naturaleza poética rica en fantasía y no exenta de imaginación

y viveza, como no podía ménos de suceder tratándose de meridionales

descendientes de españoles, quienes poseen como pocos aquellas

preciosas dotes.

Sensible es que la escasa ilustración del jíbaro sea causa de que

esa fuente de belleza no de cuanto podría dar de sí; al cabo la

imaginación no basta para producir lo bello, si no vienen en su auxilio

otras facultades del espíritu convenientemente cultivadas. De esta

deficiencia nace que el campesino cante asuntos pocos dignos y que en

sus canciones se hallen dislates tan grandes que, á juzgar por ellos,

habría que negar á sus autores hasta el sentido común. Encuéntranse

_décimas glosadas_ que están llenas de obscenidades; otras hay

disparatadas, sin piés ni cabeza, como vulgarmente se dice, que no son

más que palabras vacías de sentido, por mucho que la presunción del

autor las titule de _argumento_.

No obstante, otras veces acierta el inculto poeta. Hemos oido algunos

villancicos, llamados _aguinaldos_, bastante bellos é ingeniosos. Entre

sus _cantares_ los hay capaces de despertar la emoción estética. Casi

siempre el motivo de ellos es el amor y los sentimientos que de esta

pasión dependen; pero no desdeña su inspiración otros asuntos. Sus

coplas recuerdan la rica poesía popular española, y es fácil de hallar

en ellas su filiación andaluza las más de las veces, sin que falten

cantares de otras provincias de la Metrópoli, tan pródiga en hermosos

villancicos, alegres seguidillas, picarescas coplas, etc.

Para dar una ligera idea de nuestra poesía popular, reproducimos á

continuación algunos _cantares_, sugetándonos á la ortografía propia

del jíbaro[8].

"Puse en tu puelta un letrero

Y el letrero dise así:

--Pasajero, pasajero,

Cuando pasej por aquí,

Si no quierej sel cautibo

Pasa sin miral siquiera;

Yo miré una vej, y bibo

Ejclabo jajta que muera."

[8] Debemos á los Sres. Don Luis Muñoz Rivera y Don José Negrón

Sanjurjo agradecimiento por habernos hecho conocer algunos

bellos ejemplos de nuestra poesía popular. Reciban por éste

valioso obsequio nuestra expresiva gratitud y reconocimiento.

Galano requiebro que por su concepto es digno de la dama de más

delicado gusto.

Bien expresan los siguientes _cantares_ la intensidad del sentimiento

amoroso:

"Nunca me digaj adioj

Cuando pol la caye baj,

Que parese que me disej

Adioj para nunca maj."

* * * * *

"Si doblasen laj campanaj,

No preguntej quién murió:

Ausente de tí, mi bia,

¿Quién puée sel si no yó?"

La pertinacia del amor verdadero se pinta en el siguiente cantar,

no ménos naturalmente que los afectos expresados en las cuartetas

anteriores:

"Buscando boy pol la Ijla

Quien quiera haselme un fabol:

Ajrancal de mi memoria

El recueldo de tu amol."

Bella cuarteta es esta en la que el poeta utiliza la perífrasis, para

advertir á una novia cuyo galán no parece serle muy fiel:

"Quítate de esa bentana,

No le baya á jasel daño

Á la flor de tu ilusión

El biento del desengaño."

Lo exclusivo del afecto amoroso y el desprecio de la vida, de que

suelen hacer gala los enamorados infelices, unas veces de veras, otras

_pro fórmula_, palpitan en estos cantares:

"Ayá bá mi corasón,

Abrele con esa yabe,

Y veraj si dentro del

Sólo tu recueldo cabe."

* * * * *

"Dejde que pagaj mi amol

Con el odio y el dejden,

Boy bujcando una dolama

Que me mate de una vej."

* * * * *

"Si me quieres dimeló

Y si no dame beneno,

Que no es el primer amol

Que le dá muelte á su dueño."

También sabe expresar en sus cantares cierto pesimismo irónico, del que

hay frecuentes casos en la poesía popular española: véanse estos dos

ejemplos:

"Si quierej ejtal contento

Manda compral, buen amigo,

Un quintal de indiferiensia

Y dos arrobaj de olbido."

* * * * *

"El honol es un tesoro

Del que lo sabe gualdal,

Lo he bijto cambial pol oro

Ejto no se ha de admiral."

Epígramas hay, como el siguiente, que velando de un modo conveniente la

idea, hieren sin embargo donde se propuso el autor:

"Disen que tienej un nobio;

Disen que le quieres bien;

Disen que disen que yoraj,

Pero no disen pol qué."

Otros son más transparentes y desenfadados, como de ellos es ejemplo el

que sigue:

"Esoj seloj de tu amante

Me dan ganaj de reil.

¡Pobresito del que pasa

Por onde han pasao mil!"

Manifestación, algo fanfarrona, del sentimiento patrio, avivado con

motivo de las invasiones inglesas, de que nos habla nuestra historia

provincial, es el _cantar_ que dice así:

"¿De qué le bale al ingléj

El ponel tantaj trincheraj,

Si sabe que Puerto Rico

Tiene lanchas cañoneraj?"

Basta con lo expuesto para dejar demostrado que, á pesar de ser pobre

el desarrollo intelectual del jíbaro, este infeliz anémico mantiene

vivo, allá en su alma, el culto de la poesía, y puede y sabe sentir la

belleza y producirla á veces.

Para terminar, y por tratarse de otra forma de expresión poética,

diremos que los _cuentos_ de los jíbaros adolecen de exceso de

fantasmagoría y no se encuentra en ellos cosa que llame la atención.

Duendes, pájaros de mal agüero, varitas de virtud, transformaciones

milagrosas, tránsitos repentinos, sin que intervengan el esfuerzo

propio, de la miseria á la riqueza; nada, en una palabra, en los que

conocemos al ménos, que por este concepto revelen valor intelectual.

Digamos algo, aunque brevemente, acerca de los instrumentos musicales

campestres: la _maraca_, especie de sonaja de orígen indio, que

por su nombre y por el ruido que produce, podría compararse con la

matraca, tosco y primitivo representante del instrumental de casi

todos los pueblos no civilizados; el güiro, desapacible instrumento

para oidos no acostumbrados al guachapeo seco que ocasiona el raspear

sobre su lineada superficie; y algunas derivaciones de la guitarra

y de la bandurria, es cuanto en el particular se ofrece á nuestra

consideración. Son estas derivaciones: el _tiple_, guitarrillo de cinco

cuerdas, que ofrece la inexplicable particularidad de tener la prima

y la quinta iguales, lo que dá lugar á una combinación anómala de

sonidos; el _cuatro_, que tiene cinco cuerdas dobles, colocadas de dos

en dos, se templa como la bandurria y se toca como esta; la _bordonúa_

lleva seis cuerdas, y la _vihuela_ hasta diez, pues en esto entra

por mucho el capricho del constructor. Ninguno de estos instrumentos

obedece en su construcción á una idea artística racional; el poco valor

material de ellos hace que sólo los construyan los mismos jíbaros,

quienes la mayor parte de las veces se valen de útiles poco apropiados.

Sería interesante señalar el proceso de desviación que en esta

provincia han seguido los citados instrumentos nacionales de cuerda;

en ellos subsiste la idea que preside á la construcción de guitarras

y bandurrias; pero la carencia de utensilios para fabricarlos iguales

á los modelos que de la Metrópoli trajeron los españoles, ha debido

influir en la imperfección de aquellos.

Imperfectos y todo se pueden ejecutar en ellos tocatas agradables.

Manos hábiles saben arrancar á tan toscos instrumentos musicales

airosas melodías, sin embargo de que debe de ofrecer serias

dificultades, cuando ménos, el producir con ellos modulaciones. Hay

tocadores que con una maestría sorprendente, hacen verdaderos alardes,

produciendo, sobre todo con el _cuatro_, inesperadas melodías.

Acompañándose con estos rudos instrumentos, canta el jíbaro sus

languidísimas coplas eróticas, ó sus animados villancicos durante la

época de aguinaldos.

Orquesta tan menguada basta al jíbaro para sus bailes, de los cuales,

algunos es lástima que vayan cayendo en desuso. El _seis_, así llamado

acaso en recuerdo de los seises que bailaban delante de los altares,

según un rito cristiano ya olvidado, es un baile de figuras, de

cierto donaire, que es sensible vaya perdiendo sus reminiscencias de

la antigua danza, de figuras como la española, hoy sustituida por el

_merengue_ sensual, al que también se ajusta el _seis_. El _sonduro_,

las _cadenas_, _caballos_, _puntillanto_, _fandanguillo_, y tal vez

algunas otras variedades que nos son desconocidas, van quedando

relegadas al más injustificado olvido.

El baile llamado _caballo_, exije que los bailadores den vueltas

vertiginosas de vals; en el _sonduro_ el zapateo ha de ser fuerte,

tanto, que á veces los bailadores solían poner chapas de hierro

al calzado para hacer más ruido; las _cadenas_ son un baile de

combinaciones muy bonitas y de música linda, que se asocia al canto;

el _puntillanto_ es una especie de zorcico zapateado, de una música

agradable en sumo grado: parece una combinación de los compases

ternario y cuaternario, de un efecto bellísimo. También es danza de

figuras que apénas se conoce ya en algunos barrios del interior.

La danza moderna tiende á anular todos estos bailes; en sociedad

se anularon los de figuras; y en los campos va sucediendo lo mismo

con perjuicio de los caractéres propios del baile; porque en último

término éste, aparte de ser un ejercicio plausible, tiene su aspecto

espiritual. Ha servido para expresar por medio de la música los

sentimientos más elevados: el religioso, el del amor, el guerrero;

hoy sólo expresa la pasión amorosa, pero representada por medio de la

moderna danza, resulta algo brutal. En la danza de figuras la pantomima

desarrollaba el proceso amoroso más lógicamente; las parejas colocadas

unas frente á otras, se saludaban, paseaban, se daban las manos, y

por último, después de varias figuras, llegaba el baile íntimo, por

vueltas de vals. En el _merengue_ todo preliminar está casi abolido; el

caballero invita á la dama y en seguida se establece la intimidad de

un abrazo, que por cierto dura largo tiempo, sin que apénas esfuerzo

físico distraiga la atención; porque para bailar la danza no es preciso

ejecutar movimientos que, cansando el cuerpo, aparten del baile toda

voluptuosidad posible, sobre todo hallándose la pareja solicitada por

una música de languidez dulce y predisponente.

No queremos decir que esto ocurra siempre que se baile la moderna

danza; pero no puede desconocerse el peligro de la posibilidad. Es

posible bailar inocente y correctamente el _merengue_, pero en este

baile se reunen una porción de circunstancias, contra las cuales

es bueno estar prevenido; si al baile hay que concederle título de

utilidad, es á condición de que en vez de enervar produzca sano placer.

Báilese la danza en hora buena, pero no tan exclusivamente que ella

anule á otras danzas más bellas y espirituales.

El baile, considerado como arte recreativo, tiene entre los jíbaros

escasa representación: entre los niños, la _gallina ciega_, la

_peonza_, el _hoyuelo_, los _volantines_ y otros juegos propios de

la infancia. Entre los adultos las _bochas_, bolos, algo en desuso.

Sensible es que no exista ningún juego que ejercite el sistema muscular

del campesino; el juego de pelota, que por ser nacional y haberse usado

también entre los indios, debía existir, nadie lo juega; en cambio

los gallos y los juegos de azar, de los que trataremos oportunamente,

dominan al jíbaro.

Los juegos de carnaval conservan aun en nuestro pueblo el carácter

que tenían en España en el siglo XVII. Enharinamientos, pintarrajeos,

mojaduras, lanzar cascarones de huevos, á guisa de proyectiles,

sobre los transeúntes, es lo que constituye nuestra diversión en

Carnestolendas; manera de divertimiento enojosa y poco culta por cierto.

Como ha podido apreciarse por esta breve reseña, existen algunas

buenas disposiciones naturales, sobre todo en el jíbaro descendiente

de la raza blanca, de cerebro bastante bien organizado, para que,

desarrolladas dichas aptitudes, mejoren las condiciones intelectuales

del grupo rural; como hasta ahora nada se ha hecho para procurarlo,

lo mismo el campesino de filiación caucásica que el de orígen

africano ó mixto, vegetan más que viven en cuanto se refiere á la

vida de la inteligencia; la fuerza intelectual sólo existe latente.

Nuestro campesino es capaz de ser educado por medio del estudio, pues

tiene disposiciones muy favorables para ello; pero estas facultades

permanecen estériles por falta de instrucción y no por incapacidad

para la educación. Á cada paso podemos comprobarlo en niños nacidos en

los más humildes bohíos, que han alcanzado un desarrollo intelectual

sobresaliente, cuando se les ha llevado oportunamente á la escuela.

CAUSAS DE SU ESTADO INTELECTUAL.

La investigación histórica nos enseña que las generaciones que

precedieron á la nuestra muy poco pudieron legar de cuanto la vida del

espíritu necesita para su desarrollo; circunstancia que explica el

retraso general de Puerto Rico, y que á su vez constituye una causa

eficiente del escasísimo progreso que hallamos en el grupo rural.

El Campesino Puertorriqueño Sus Condiciones Físicas, Intelectuales y Morales, Causas que la Determinan y Medios Para Mejorarlas · 第 7 / 11 段