Si por habitar los campesinos lejos de las poblaciones les es

embarazoso adquirir cada dia la carne fresca, no es difícil conservarla

con una preparación cualquiera; ni hay motivo alguno que justifique en

la casa del jíbaro la carencia de aves de corral y de otros animales

domésticos con que suplirla.

Á la suma que hemos obtenido como precio de la ración, habría que

añadir el valor de la sal y otros accesorios de la preparación;

pero muchos de los condimentos puede cultivarlos nuestro campesino,

y aún las mismas sustancias principales--legumbres, maiz--para las

necesidades de la casa, podría obtenerlas con su propio trabajo, sin

perjudicarse en el que verifica á jornal. La manteca, el tocino y

algo de carne no le serían onerosos si imitase la costumbre, seguida

en algunas comarcas españolas, de criar un cerdo para sacrificarlo y

guardar lo necesario para el consumo de la familia.

Por lo que atañe al Gobierno, tócale papel esencial en la resolución

del problema que analizamos, suprimiendo ó reduciendo los arbitrios

sobre los artículos de consumo de primera necesidad.

"Entre todos los impuestos que tiene la Nación, el de _consumos_--como

dice muy bien el Dr. Hernández Iglesias en su discurso leído en la

Sociedad de Higiene,[7]--debe ser por lo ménos reducido. En buen hora

que la industria, el arte y la ciencia contribuyan equitativamente á

levantar las cargas del Estado; pero en los artículos que el hombre

consume para alimentarse, por lo ménos en aquellos que son de absoluta

necesidad, no parece natural ni razonable exigir impuesto alguno."

[7] Notas sobre la higiene provincial de León.

"Si la industria, la ciencia ó el arte han contribuido en razón de sus

recolecciones, el comercio ha pagado al comprar el artículo industrial

más el importe de la contribución; pero como el comercio es industria

que rinde producto al ramo, por razón de esos rendimientos es claro que

debe contribuir; mas el consumidor, el viviente que come, ¿qué cobra

por haber comido? ¿No ha pagado, al comprar su comestible, el precio

natal de éste y los recargos derivados de las contribuciones? Pues así

como el hombre no paga, ni pagar debe impuesto alguno por la ropa que

compra para su uso, así es antisocial pagar contribución por comer.

Esto equivale á decir al hombre que no tiene derecho para morir, puesto

que el suicidio es un crímen justísimamente reprobado, y disputarle el

derecho de la vida; porque no se puede vivir sin comer, y por comer

no sólo hay que pagar el alto precio que de dia en dia toman los

alimentos, sino un impuesto de consumos, impuesto verdadero en toda la

extensión de la palabra."

En Puerto Rico, la carne, por ejemplo, alimento tan necesario y

tan útil, estaría barata como en ninguna parte. Por circunstancias

favorables del suelo, desde la primera introducción de ganado en la

isla hasta la fecha, éste ha prosperado de modo tal, que hemos podido

surtir á otros pueblos vecinos; cesó la exportación, coincidiendo

con la baja de precios del azúcar y la consiguiente conversión

de algunas haciendas en hatos; con esto bajó el precio del ganado

considerablemente, no obstante lo cual en casi todas las carnicerías

de la isla se vende cara la carne, gracias á los excesivos recargos

municipales que pesan sobre este artículo. Si sobre él no pesase tan

enorme contribución, y se suprimiesen todos aquellos procedimientos

que obstaculizan la matanza y favorecen las combinaciones de los

especuladores en perjuicio del consumidor, de seguro que la carne

estaría en Puerto Rico al alcance de las fortunas más reducidas,

porque no habiendo otro medio, como no le hay, de consumir el ganado,

sino llevándole al matadero, la abundancia abarataría el producto

favoreciéndose por este medio la mejor alimentación del campesino.

En la fórmula propuesta se nota la ausencia del pan de trigo, omisión

que hemos cometido exprofeso para hacer más accesible al pobre dicha

ración alimenticia; pues por lo demás estamos convencidos de que al

jíbaro le gusta el pan y lo adquiere cada vez que sus recursos se lo

permiten, siquiera no sea de buena calidad; de modo que, á poco que los

derechos fiscales se modificasen, la introducción de la harina de trigo

aumentaría, y se podría comer en Puerto Rico pan fabricado con harinas

americanas á un precio compatible con todas las fortunas.

Pero, en fin, le hemos sustituido con el maiz, cereal que el jíbaro

podría consumir en más cantidad, desechando la preocupación de que _es

caliente_. El maiz, en cantidad proporcionada, sano y bien maduro, no

puede ocasionar perjuicios á la salud, sobre todo no constituyendo un

alimento exclusivo.

En la ración que venimos analizando hemos mezclado verduras y

legumbres, abrazando en estos nombres todas esas sustancias que el

jíbaro tiene tan á mano en nuestros campos--plátanos, ñames, papas,

habas, castañas, etc.,--y haciendo un cálculo aproximado de su

composición. Como complemento á la ración, añádase alguna fruta y un

poco de café con leche, que es una excelente bebida; bajo tal régimen,

no dudamos que el campesino puertorriqueño cambiaría de aspecto.

Seguramente que alguien habrá sonreído con desconsuelo cuando hemos

dicho que el jíbaro podrá cultivar en un huertecillo alrededor de su

casa muchas de las sustancias que hemos indicado, así como criar el

cerdo, etc., y habrá pensado: "todo eso que no entra en los hábitos

del campesino, es imposible que lo adopte, porque las contribuciones

acabarían con él." Por desgracia tenemos que tomar en cuenta esa

circunstancia; desearíamos ver desaparecer toda contribución sobre esa

clase de productos, á no ser que fuese tan leve que en nada aminorase

la buena voluntad del campesino. Estamos perfectamente de acuerdo con

el Dr. García Ponce, cuando en el ántes citado trabajo dice: "Suben

á tal punto las cargas que pesan sobre la Agricultura, la heredad y

la Industria, que no sólo matan á ésta y al _estímulo del trabajo_,

sino que aniquilan á la sociedad. Si no es posible gobernar sin

contribuciones, con tantas puede llegar el dia en que no haya á quien

gobernar. La Nación debe enriquecerse con las economías del Tesoro,

y no con las cargas del contribuyente que necesita del fruto de su

trabajo para la conservación de su vida y salud, fuente de riqueza y

poderío de los pueblos."

Estúdiese con deseo de acierto por la Administración este asunto, y

se verá cómo es posible descargar de ciertas contribuciones al pobre

labrador. El catastro, hecho debidamente, acaso descubriría riqueza

imponible suficiente para sustituir la tributación que gravita sobre

los infelices que no pueden mantener fuera del alcance del ojo fiscal

su escasa propiedad.

Con el auxilio del gobierno, como hemos dicho, y muy especialmente

con el impulso de la enseñanza, el problema de la regeneración de

la familia rural borinqueña no parece tan difícil de resolver. La

instrucción del campesino, elevándole en el concepto de sí propio, le

predispondrá á adoptar mejores costumbres, y la higiene le enseñará que

debe ser sóbrio en las bebidas alcohólicas y aún desechar aquellas cuya

pureza no esté garantida, porque en la cuestión del alcohol no sólo hay

que temer los excesos, sino también la calidad de la bebida.

En el aprendizaje de la higiene encontrará que los placeres del amor

deben ser satisfechos sin desenfreno, y comprenderá que las uniones

entre parientes son disparates en perjuicio de la prole, que á menudo

nace enferma; la consanguinidad, que no es un obstáculo en nuestros

campos para las uniones legítimas é ilegítimas, es sin duda alguna un

mal grave que nos importa cortar, por el bien de la descendencia.

Todo esto, bien lo sabemos, es obra larga; pero no nos desanimemos

para caer en el mismo vicio que criticamos en el campesino, en esa

imprevisión y egoísmo que le inducen á no sembrar lo que no pueda él

mismo cosechar y pronto; sembremos y que recojan las generaciones

venideras.

La gimnasia en la escuela es necesaria para la obra que aconsejamos; el

profesor, sin ser gimnasta, puede á poca costa hacer que sus discípulos

se desarrollen física á la par que intelectualmente. Aparte de esto,

los ayuntamientos podrían instituir certámenes públicos de gimnasia,

como se verifican exámenes para conocer el adelanto intelectual de los

niños, y también asignar premios á la familia jíbara que presentase

niños más robustos y sanos.

La propagación de la vacuna para alejar las epidemias de viruela; la

construcción de canales, los desagües, las plantaciones de árboles,

la desecación de los pantanos para acabar con el paludismo. Una

legislación sanitaria, de que hoy carecemos, para evitar los desastres

de la alimentación malsana, y que protegiese á los jíbaros contra la

codicia de los mercaderes poco escrupulosos en vender comestibles

capaces de alterar la salud.

Reglamentar las industrias mal sanas, sujetando á un plan higiénico la

construcción de mataderos, hospitales, cementerios, etc.; regular el

uso de las corrientes de agua; dar protección á los niños, hé aquí una

série de medidas que son un deber de toda sabia administración.

Higiene y medidas de protección administrativa; instrucción y estímulo

por medio de recompensas; tal es el modo de llegar á algo positivo. No

pedimos una obra de titanes, es sencillamente un plan racional que al

cabo ha de traducirse en beneficio para el mismo gobierno que recogerá

el fruto, en el aumento de la producción imponible, que necesariamente

debe seguir á la robustez y salud de los productores; pero aunque la

obra fuese más árdua no desistiríamos de pedir que se llevase á cabo

en bien de una sociedad que está pidiendo reformas para ostentarse tal

como debe ser. ¿Exige algún sacrificio el agregar á la enseñanza el

aprendizaje de la higiene? ¿Acaso el aumento de escuelas no coincide

en las naciones cultas con su engrandecimiento? La protección de una

clase ignorante, ¿no es un deber administrativo? Los premios, las obras

de saneamiento del suelo, la gimnasia, ¿consumirán de peor manera

el dinero que otras obras que se emprenden cada dia sin justificada

utilidad?

Los remedios que hemos propuesto bajo una forma elemental no son

difíciles de llevar á la práctica; si no se continúa esperando el

remedio del cielo y se empieza la obra, los resultados no tardarán

tanto en obtenerse como podríamos figurarnos. Decididamente ya

es tiempo de pensar en el mejoramiento de una clase importante

de la sociedad puertorriqueña, y dejar de lado las lamentaciones

y recriminaciones inútiles que no mejoran nada y acaso culpan

indirectamente á algunos de los que más descontentos se muestran con la

decadencia de un hombre inculto, que hasta aquí ha vivido sin otra guía

que su propio instinto.

CONDICIONES INTELECTUALES.

Si en todas partes deja que desear el desarrollo intelectual del

campesino, en Puerto Rico este mal es de una evidencia desconsoladora.

Bien es cierto que ha habido bastantes motivos para explicarnos el

atraso que deploramos, atraso que no es más que el resultado lógico

de la lentitud con que se realiza el progreso general del país; pues

como ha dicho acertadamente el Sr. Don José R. Abad, en su _Memoria_

acerca de la Feria-exposición de Ponce, "la historia de la Agricultura

es la historia de la Civilización; los progresos de ésta determinan

los progresos de aquella y cada nuevo misterio de la fuerza de la

naturaleza, arrancado á los arcanos de lo desconocido por el ingenio

del hombre, ha sido una nueva conquista al servicio de su bienestar

social."

Ahora bien, es indudable que la cultura de Puerto Rico se ha verificado

muy pausadamente; el desarrollo de la agricultura ha debido guardar, y

así ha sido en efecto, una perfecta relación con este tardo incremento

de los demás principios civilizadores. Mas el atraso del arte de

cultivar la tierra no es sino una consecuencia de la deficiencia

intelectual de los agricultores, por lo cual no es un absurdo deducir

de aquél el poco camino que en la senda de su ilustración ha recorrido

el grupo que venimos estudiando.

Al jíbaro hay que asignarle papel esencialísimo en los adelantos

agrícolas, porque es innegable que el esfuerzo del hombre de mejor

voluntad y más versado en los conocimientos agronómicos fracasa si

al llevarlos á la práctica se encuentra con brazos inútiles por su

impericia, ó, lo que es peor, rebeldes á todo lo que no sea rutinario.

En el exámen que emprendemos es, por tanto, acertado investigar las

prácticas agrícolas del bracero desde los tiempos cercanos á la

conquista, y compararlas con las que actualmente ha adoptado.

Al escudriñar en la historia la marcha que la agricultura ha seguido

en nuestro país, nos encontramos huellas verdaderamente asombrosas. En

el siglo pasado, el ilustre Fray Íñigo Abad, autor de la Historia de

Puerto Rico, decía en el capítulo titulado _Estado de la Agricultura

de esta Isla_: "La Agricultura, que es la primera de las artes y la

verdadera riqueza de un Estado, está muy en los principios en esta

Isla. Por la mayor parte se reduce al cultivo, de las legumbres y

frutos de primera necesidad, sin ofrecer al comercio objeto digno de

atención.

"Apenas conocen instrumento, ni medio útil para ejercerla. Con una

hacha, ó más regularmente con fuego, baten los árboles. Un sable, que

llaman machete, acaba de desmontar la maleza, y limpiar la tierra;

con la punta del sable, _ó de un palo_ hacen pequeños hoyos ó surcos,

en donde ponen la planta del tabaco, café, arroz, cazabe, plátanos,

maiz, frixoles, batatas ú otras legumbres que son los objetos de sus

cosechas, á los que dedican solamente algunos pedazos de las tierras

llanas."

Como lo hace notar el comentador de Fray Íñigo, el erudito Sr. Acosta,

en esa época todavía _el labrador puertorriqueño no conocía el arado_.

Servíase de igual instrumento que los salvajes errantes australianos

usan, según Tylor, para plantar y desenterrar las raices comestibles, ó

sea de un palo puntiagudo; utensilio de labranza tan primitivo que se

han encontrado de él algunos ejemplares pertenecientes á los primeros

pobladores del mundo americano. Desconocer el arado en el siglo diez

y ocho es casi inconcebible en un pueblo civilizado; siendo así, que

en el valle del Nilo fué ya conocido, siquiera fuese rudimentario, ese

beneficioso útil de labranza, perfeccionado algo por los romanos y que

después de sucesivas evoluciones ha llegado en nuestros dias á adquirir

un grado de perfección notable, gracias á las aplicaciones que el

descubrimiento del vapor ha permitido hacer.

Por fortuna al comienzo de este siglo se inicia el progreso del cultivo

de la tierra borinqueña, á beneficio, según explica el Sr. Acosta, de

la supresión de algunas absurdas disposiciones como la relativa al

abasto forzado de carne; por virtud de la sabia administración del

nunca bastante alabado Don Alejandro Ramirez, y á merced de la cédula

de 15 de Agosto de 1815, que favoreció la inmigración en el país de

gente entendida en las prácticas agrícolas.

Esto no obstante, el adelanto es poco notable, comparado con el

florecimiento que en otras partes ostenta la agricultura; es grande

tal vez teniendo presente los tiempos á que hemos hecho alusión,

pero no lo es para la época que alcanzamos. Corroborada está nuestra

afirmación por persona tan competente como el Sr. Abad, quien dice

refiriéndose al concurso verificado en Ponce en época recientísima:

_La exhibición de plátanos, frutos, semillas y granos comprendida

en la sección cuarta, adoleció de todos los defectos inherentes y

propios de una agricultura rudimentaria._ Como se puede deducir de

esta apreciación la senda del progreso apénas ha sido hollada sino

muy tímidamente por nuestro campesino; y así es la verdad. Veamos si

no, ¿qué perfección han alcanzado sus utensilios de labranza? ¿qué

conocimientos tiene acerca de las formas de cultivo? ¿qué aprecio hace

del empleo de los abonos y de sus clases? ¿qué sabe ó procura saber

de las condiciones de los animales que le son útiles? ¿qué sabe de la

selección, del cruzamiento, de la influencia del establo en la crianza?

¿qué conoce de la diversa aptitud de las tierras laborables? ¿qué del

influjo que las circunstancias meteorológicas del país determinan en

su agricultura? ¿qué de los fecundos resultados que reporta la armonía

entre la producción animal y la vegetal? En una palabra: salvo lo

rutinario, ¿qué alcanza de cuanto la ciencia agrícola enseña, siquiera

sea elemental, y por serlo se halle vulgarizado entre los labriegos de

otros países?

Hay que confesarlo con dolor; muy pobre es, sin duda, el caudal de

experiencia del jíbaro en lo que toca á este particular, pobreza que no

por ser motivada es ménos sensible, en una época como la presente en

que el movimiento científico ha dado á la agricultura leyes naturales

que la han hecho engrandecer. Tal deficiencia resalta evidentemente

cuando comparamos los elementos de que se vale para verificar su

labor el campesino puertorriqueño, con los que tiene á su disposición

el labriego norteamericano, por ejemplo. Mientras que el _yankee_

tala, ara, siembra y recolecta, utilizando para ejecutar todas estas

operaciones instrumentos perfeccionados, á beneficio de los cuales

realiza su trabajo, hasta con cierta comodidad, el jíbaro, rutinero

en sus prácticas y desconocedor de otros aperos que los primitivos,

se fatiga en faenas que á aquél le son fáciles; y no es sólo que el

labrador de Puerto Rico necesite producir mayor cantidad de trabajo

muscular y que gaste más tiempo en sus faenas, sino que á la postre los

productos con que la tierra corresponde á sus afanes, acaso no resistan

la competencia de la producción norteamericana, obtenida--gracias al

empleo hábil de máquinas y de buenos instrumentos de mano--con ménos

costo. Así se explica que nuestra isla pague tributo á otros países

comprándoles frutos como maiz, arroz, patatas y otros que la tierra

borinqueña puede producir en cantidad suficiente para anularlos de la

importación, y que al labrador le sería dado cosechar con beneficio

positivo de sus intereses, decidiéndose á pisar nuevas sendas en el

cultivo de sus campos.

Que el bienestar del país depende en gran parte de la prosperidad de su

agricultura, es una tésis que no ha menester demostración. Preciso es,

pues, tratar de que la producción agrícola reporte utilidades ciertas,

en cuanto sea posible; y para conseguirlo, además de huir de todo

cuanto por deficiente en la práctica pueda disminuir lo producible,

conviene facilitar al jornalero agrícola su trabajo, con arreglo á

los buenos principios de economía rural: que en parte alguna como

en la zona tórrida y concretándonos á nuestros intereses, en Puerto

Rico--dada la pobreza física que hemos advertido en una buena parte

de la población rural,--es conveniente ahorrar esfuerzos musculares

excesivos al hombre, para que, haciéndole ménos fatigosas las

operaciones de la labranza, pueda ejecutarlas sin que le atemorice lo

rudo de las labores que por necesidad han de practicarse bajo la acción

de este sol tropical de una esplendidez que embriaga el alma, pero que

á la vez enerva el cuerpo.

No es indiferente pedir en este clima al jornalero, más ó ménos

horas de trabajo, ni que lo ejecute suave ó rudamente; arar ó

sembrar utilizando el vapor ó la fuerza animal, con instrumentos

perfeccionados, exije ménos cantidad de trabajo personal que el hacerlo

como en los tiempos primitivos, teniendo que ir poco á poco para abrir

un imperfecto surco y depositar en él la semilla; pero la desventaja

resalta más, considerando que la temperatura habitual de nuestro suelo

no permite un desarrollo considerable de fuerzas, continuado por muchas

horas, sin perjuicio para la salud; de modo que, instintivamente, el

hombre siente aquí repugnancia por los trabajos muy fuertes. Añádase

á esto la miseria orgánica del jíbaro, ya indicada, y desde luego

apreciaremos la importancia que tiene para la riqueza agrícola el que

sus brazos utilicen los ventajosos sistemas é instrumentos que la

civilización nos ha proporcionado.

Pero nuestro labriego no se halla preparado ni aun para poder darse

cuenta de la utilidad de los procedimientos modernos. No es culpa

suya; mas por desgracia es así. Al estudiar las clases jornaleras

puertorriqueñas, uno de los observadores más conspícuos de nuestras

costumbres, Don Salvador Brau, dice:

"El jornalero labrador ignora las teorías más rudimentarias de la

ciencia agronómica; las diferentes fases de la luna y los periódicos

movimientos de las mareas constituyen para él, como para casi todos los

pequeños propietarios rurales, el texto sagrado de sus doctrinas.

"Con arrojar la semilla en un surco apénas abierto por un grosero

arado, digno de figurar en un museo de curiosidades prehistóricas,

cree, por lo común, el labriego de nuestra tierra, haber practicado,

casi completamente, cuanto cabe practicar en materia de agricultura.

Las fuerzas de la naturaleza se encargarán de lo demás."

Nos pesa tener que insistir tanto en señalar el atraso de nuestro

campesino, precisamente en lo que le incumbe más de cerca; pero es

cumplir con un deber hacerlo y lo cumplimos, corroborando lo que,

cuantos escritores han tratado este asunto en Puerto Rico, han dicho

ántes que nosotros.

Si pasamos á examinar las manifestaciones de la industria, no seremos

más afortunados en el descubrimiento de los progresos que anhelamos

para nuestra clase rural. Refractario el campesino á toda innovación,

mira con desconfianza los pocos adelantos que la industria azucarera

ha adoptado en el país, y hay que verle menospreciarlos y sonreír

maliciosamente, dándose aire de perspicaz, cuando por desgracia es

testigo de algún fracaso de las empresas progresistas; entónces

atribuye el mal éxito á los inventos nuevos, y ni siquiera se le

ocurre, ni puede comprender, que en muchas de estas ruinas intervienen

como factores, ya una ilustración profesional incompleta, ya falta de

aptitudes agrícolas y de crédito, con frecuencia los excesos de la

usura y acaso la misma ignorancia de los brazos que ha sido preciso

utilizar.

En las manifestaciones industriales que por pequeñas son casi usufructo

del campesino pobre, tampoco nos es dado señalar adelanto alguno

de nota. Hoy sigue obteniendo, por ejemplo, las harinas de maiz y

de arroz, las féculas de yuca, etc., en cantidades limitadas y por

procedimientos antiguos; lo mismo hace para la obtención de aceites

como el de coco, ricino y otros, productos que trae al mercado llenos

de impurezas; el jabón, llamado _de la tierra_, pone de manifiesto

también lo elemental de estas pequeñas industrias en nuestro país.

Estas apreciaciones no son personales. Todo aquel que se haya

dedicado á observar nuestra actual sociedad, ha podido deducir de sus

observaciones que Puerto Rico está aún en mantillas en lo relativo

á procedimientos industriales; de manera que, si por su parte el

labrador no sustituye sus añejas malas prácticas, ni mejora las

especies vejetales que cultiva, ni se preocupa de los estancamientos

de agua, dañosos á los terrenos que labra, haciendo á lo sumo zanjas

al descubierto que desaguan mal, ni aprecia el valor de los abonos que

desperdicia mientras presencia impasible cómo se agotan sus tierras, á

las que sigue pidiendo lo que ya no pueden dar, en lo que respecta al

industrial se advierte análoga falta de discernimiento.

El fabricante de cal, por utilizar los imperfectos y anticuados hornos

pierde en rendimientos; el ladrillero sigue fabricando los ladrillos á

mano; el carbonero, sobre contribuir á la destrucción inconveniente de

los montes y quemar sin consideración maderas útiles, si llega el caso,

persiste en hacer sus viejos hornos en los cuales el producto de su

explotación disminuye.

La industria pecuaria no se rige en Puerto Rico por ningún

procedimiento científico, y tan confiados se muestran los campesinos en

las fuerzas naturales, que ni siquiera las epizootias les preocupan;

el contagio no existe para ellos; así no es extraño que por falta de

aislamiento se desarrollen epidemias de muermo y de pústula maligna que

causan destrozos en esta riqueza y aún hacen víctimas entre los hombres

dedicados á la ganadería.

El Campesino Puertorriqueño Sus Condiciones Físicas, Intelectuales y Morales, Causas que la Determinan y Medios Para Mejorarlas · 第 6 / 11 段