que en ninguno de los tres elementos que forman la actual sociedad
que habita nuestra isla, se encuentra el tipo definitivo que ha de
subsistir, supuesto que alguno haya de excluir á los otros; pero
indudablemente la selección, hoy por hoy, se indica en el sentido
de dar la prelación á la sangre europea. En efecto; observamos una
tendencia firme en el negro criollo á cruzar su sangre; si en el
africano existe fuerte el instinto de raza á reproducirla, en el
criollo, su descendiente, y de un modo más manifiesto en la mujer,
se nota el vivo deseo de obtener descendencia de color más claro. El
mestizo á su vez busca cualidades morfológicas é intelectuales que le
eleven, y solicita y acepta gustoso la mezcla de su sangre con la del
blanco mientras rechaza las uniones con tipos inferiores al suyo; es
que aspira constantemente, á borrar ó á atenuar cuando ménos los rasgos
africanos, conociendo que así se le facilita el medio de franquear
el límite que le separa de la raza blanca, en donde, subsistentes
como están las preocupaciones del color, es preciso que los signos
exteriores apreciables de un orígen africano estén disminuidos
notoriamente, para ser aceptado sin viva protesta.
La preocupación del color concurre, pues, al mejoramiento de las razas
llamadas inferiores; y esa misma preocupación que tienen las familias
blancas para aceptar en su seno á una persona de color, la tiene el
mestizo para unirse con elementos inferiores, y aún mayor á veces es
en él esta prevención, hija legítima de ese anhelo instintivo del
hombre hacia el perfeccionamiento. De suerte que en la sucesión de
los tiempos, á beneficio de esta evolución ascendente, lenta, pero
contínua, surgirá el tipo orgánico que hoy no encontramos, y procederá
de un cruzamiento en el cual predominará la sangre europea.
En un concienzudo estudio del Dr. J. Orgeás, titulado "La patología
de las razas humanas y el problema de la colonización," estudio que
nos ha suministrado muchos datos para la redacción de esta parte de
nuestro trabajo, dice el competente médico de la marina francesa:
"Se puede afirmar que en todas las antiguas colonias de esclavos de
la zona tórrida, el porvenir no pertenece á los mestizos, como se ha
pretendido. Á consecuencia de las revoluciones políticas hacia las
cuales tiende fatalmente el antagonismo de las razas, revoluciones
que no son sino una cuestión de tiempo, y de las cuales todos estos
países serán teatro más ó ménos tarde, la selección natural hecha por
el clima, las condiciones diversas de la vida y las luchas políticas,
traerán poco á poco la disminución del número de los mestizos y acaso
en un porvenir lejano su desaparición casi completa, para no dejar
subsistir sino la raza pura mejor adaptada al medio."
Nosotros, refiriéndonos á Puerto Rico, diferimos en cuanto á la
conclusión final que asigna al elemento negro esa estabilidad
definitiva, deducida de lo que parece ocurrir en Haití y otras
colonias; y pensamos así, porque ni el elemento africano ha predominado
nunca en esta isla, ni el elemento europeo ha dejado de adaptarse á
Puerto Rico, por las circunstancias especiales del clima. Si cuando el
terreno permanecía vírgen, sin cultivo la mayor parte del territorio,
pudo permanecer el español y dejar descendientes que subsisten después
de cerca de tres siglos, con razón podemos esperar lo mismo hoy que la
civilización ha penetrado en nuestra isla, y por lo tanto el aumento
del cultivo ha hecho disminuir la insalubridad del suelo y ofrece
mejores elementos para el trabajo.
Mientras de las provincias españolas arriben, como hasta aquí,
elementos blancos adaptables al clima,--y la experiencia demuestra que
lo son en su mayor parte casi todos los peninsulares y los procedentes
de las islas Baleares y las Canarias,--el predominio pertenece á la
raza blanca, que aún en los campos mismos se establece y subsiste sin
dificultad.
Seguramente ella se dejará invadir por sangre extraña, confirmándose el
hecho observado por los antropólogos y consignado por Mr. Ed. B. Tylor
en las siguientes palabras: "En estos últimos siglos se ha comprobado
perfectamente que no sólo donde viven juntas dos distintas razas se
produce una, nueva ó mixta, sino que una gran parte de la población del
mundo debe su existencia al cruzamiento," pero en la mezcla, siendo
invariables los factores que hemos estudiado, habrá mucha más sangre
europea que la que tiene el mestizo de nuestros dias; la suficiente,
quizá, para ocultar mucho la sangre africana.
Del campesino blanco hemos dicho que ha conservado caractéres físicos
de sus progenitores que no permiten dudar de su orígen; al adaptarse,
ha acentuado algunos rasgos de sus ascendientes meridionales, tales
como su color más pálido y moreno, menor actividad, etc., y ha
adquirido algunas modificaciones no muy precisadas aún. Á causa de las
influencias que en su oportunidad hemos señalado, se nos presenta con
_aspecto de convaleciente_, tanto que,--si no de un modo absoluto,--en
tésis muy general pudiera decirse que nuestro campesino blanco está
enfermo. Pero esto obedece, insistimos en ello, á circunstancias
secundarias perfectamente remediables. Reconocemos la influencia del
clima en el modo de sér individual; inspirándonos en las ideas de
Montesquieu y de muchos otros ilustres sabios, la aceptamos no sólo
como un principio determinante de las cualidades orgánicas, sino
hasta de la moral misma; pero también hallamos en otras causas la
pobreza orgánica del jíbaro, pues como ha dicho brillantemente el
insigne Castelar, "conocemos el estrecho parentesco que existe entre
la naturaleza y el alma. Los minerales nos dan la base de nuestro
esqueleto. El hierro penetra en nuestras venas, colora y enciende la
sangre. Con sólo mirar al cuerpo humano se ven relaciones y armonías
con las plantas. La relación es mayor en las esferas superiores de la
vida. Todas las especies animales tienen afinidades físicas, químicas,
fisiológicas con el cuerpo que las reune, las corona y las completa.
Por todas partes nos sentimos unidos con el Universo, y en relación,
así con la estrella lejana, perdida en los abismos del cielo, como con
la humilde florecilla hollada por nuestros piés," de modo que, sin
negar al clima su influjo como medio, damos á éste la latitud que le
corresponde.
Visto así el asunto, ¿nos es dado modificar el lamentable modo de sér
del jíbaro? Sí; y cuanto digamos útil para el blanco, debe entenderse
como dicho para los miembros de las otras razas.
De las causas que hemos analizado, la ascendencia no es modificable;
en cuanto á las condiciones climatológicas, algo podemos hacer,
pues es sabido que los climas cambian, dentro de ciertos límites,
por virtud de accidentes que á primera vista parecían incapaces de
producir variaciones: así se ha visto que la destrucción de un monte
vecino alteraba por completo el clima de una localidad; de manera
que, repoblando de árboles algunas comarcas en que indebidamente se
había destruido el arbolado, se han obtenido modificaciones favorables
en este sentido. Impórtanos, por lo tanto, no obrar inspirados sólo
por el capricho ó la utilidad de momento, y atenernos á lo que
la ciencia aconseja, reconociendo en el revestimiento y cultivo
del suelo una importante influencia modificadora del clima. "La
influencia de las selvas sobre la temperatura del suelo, dice Arnould,
ha sido expresamente estudiada por Ebermayer (de Aschaffembourg).
La temperatura media anual, la cual decrece de la superficie á la
profundidad y que baja medio grado de 1 á 4 piés, es todavía más baja
en los terrenos poblados; el grado observado en la profundidad de éste
es generalmente 21 por 100 más baja que en el suelo descubierto, en
condiciones por lo demás iguales," y también añade: "De una manera
general se puede admitir esta fórmula ya antigua: que el revestimiento
vegetal del suelo impide el acceso de los rayos del sol, pero es
también un obstáculo á la pérdida del calórico de la tierra; por
consecuencia atenúa los extremos de la temperatura en la superficie...
Las observaciones agrícolas de Montsouris indican bien la influencia
del cesped con relación á la temperatura. Las mínimas son mucho más
bajas en la superficie del cesped que á la altura de dos metros bajo
resguardo."
No puede negarse que sobre las condiciones de vida del jíbaro nos es
dado influir de un modo mucho más eficaz que sobre la determinante
anterior, y cambiarlas á tal punto, que de enfermos se tornen, no
digamos en campesinos de la robustez de aquellos de los climas
templados, pero sí en hombres relativamente vigorosos.
Y que esto no es utópico nos lo demuestra la observación de lo que pasa
á nuestro alrededor. En la capital, y nótese que elegimos una población
en que el calor domina casi todo el año, encontramos junto al negro y
al mulato, compitiendo en los trabajos de carga y descarga del muelle,
carretaje, albañilería, herrería, etc., al europeo y al criollo blanco;
y entre estos últimos algunos jíbaros que no tienen el aspecto de
enfermos.
Multitud de sirvientes de ambos sexos han acudido últimamente á este
centro de población empujados por la crísis agrícola; casi todos esos
desgraciados jíbaros llegan á nuestras casas anémicos; muchos con
el vientre recrecido, la respiración anhelante, cansones aún para
las faenas ménos fuertes del servicio. Durante los primeros dias la
alimentación les hace daño; toda una série de trastornos digestivos
se presenta en ellos á causa del cambio radical á que se someten
sus estómagos mal habituados; acaso se les desarrollen calenturas
intermitentes; en una palabra, el sirviente que se nos entra por la
puerta es un enfermo. Pero este enfermo resiste el cambio de régimen,
su estómago se acostumbra á los hasta entónces desconocidos alimentos,
y á la regularidad de las comidas; el cuerpo se acomoda á reposar
en mejor cama y en más abrigada casa, las intermitentes se curan, y
al cabo de poco tiempo aquel jíbaro color de cera, incapaz para el
trabajo, se ha vuelto robusto, ágil, ha mejorado de color, y hasta su
aspecto general es mejor que el de los habituales vecinos de la ciudad.
No ménos significativo es el tercer hecho en que nos apoyamos
para sostener nuestro aserto. Existían las milicias disciplinadas,
suprimidas por motivos que no hemos de analizar, con perjuicio de los
hábitos viriles de los campesinos. Compuestas estas tropas de jíbaros
que vivían en sus casas, con la única obligación de concurrir una
vez por semana ó cada quince dias al ejercicio, hemos de convenir
en que su aspecto marcial dejaba mucho que desear; sobre no estar
convenientemente equipados, parecían una tropa de convalecientes,
casi en su totalidad; pues bien, esos mismos hombres, á causa de las
necesidades de la guerra de Santo Domingo, fué preciso utilizarlos
para el servicio de guarnición de San Juan y de otras poblaciones de
la Isla, y al clima rudo de la Capital vino un batallón de milicianos,
que desde luego fué sometido al régimen militar de las tropas de
línea: acuartelamiento, buena alimentación, vestido apropiado con uso
forzoso de calzado. Al ejercicio semanal sucedieron los ejercicios casi
diarios, al descanso en el bohío, las guardias; en una palabra: el
cambio de género de vida fué radical. Hubieron de prestar un servicio
árduo y desacostumbrado para ellos; porque como sólo eran cinco
compañías, unos seiscientos cazadores de milicias, y las demás tropas
estaban escasas, sobre ellos pesaba todo el servicio de la plaza. No
obstante esto, cuatro meses después de sometidos al nuevo régimen
llamaba la atención general el cambio verificado en aquellos hombres:
ninguna persona extraña hubiera podido entónces, por el sólo aspecto,
distinguir los soldados de milicias de los otros. El color anémico
había desaparecido, robusteciéronse notablemente, y en el Hospital
Militar apénas había milicianos enfermos. Resumiendo: aquellos jíbaros,
en muy poco tiempo de buen régimen, se rehicieron orgánicamente y
adquirieron la gallardía marcial de los soldados españoles europeos.
Estos hechos nos parecen elocuentísimos para probar lo que venimos
sosteniendo; esto es, que el clima no es el culpable único de la
debilidad del campesino; y no en vano nos interesamos en consignar
esto, pues frecuentemente hemos oido decir: "¿Qué hemos de hacer
contra la influencia de este clima tan debilitante? El jíbaro es
como debe ser, y ello no tiene remedio." Sí que le tiene; pues sobre
otros motivos descansa más principalmente la decadencia física que
presenciamos, y prueba de ello es que entre esa misma población débil
encontramos ejemplares de hombres fuertes y sanos.
Si á un higienista europeo dijéramos que en los campos de Puerto
Rico, entre labradores, se encuentran las naturalezas más pobres; que
la población rural es tan poco vigorosa, sino ménos que la urbana,
encontraría el hecho sorprendente; porque si bien es verdad que en
Europa, en los campos, se desconoce la higiene más que en las ciudades,
es precisamente en el campo en donde se encuentran las personas más
sanas, los hombres de fuerzas físicas más notables, el elemento viril
de las naciones; y si entre nosotros no ocurre lo propio, débese á que
á las condiciones climatológicas, indudablemente inferiores á las de
los países europeos, se une, no ya el desconocimiento de la higiene,
sino el llevar un género de vida en completa contradicción con los
saludables preceptos higiénicos. ¿Cómo conseguir que el campesino
cambie de modo de vivir? Mejorando su alimentación y sus costumbres
domésticas.
Desde luego, sobre la generalidad de los jíbaros ya adultos, la reforma
ofrecerá dificultades; pero sí se puede alcanzar, dentro de algún
tiempo, educando la generación del porvenir. Ni es cosa de imponer
un sistema por la fuerza, ni la persecución es practicable; pero
educando al niño llevará á la casa de sus padres la semilla que ha de
fructificar. El maestro de escuela, además de los conocimientos de la
educación ordinaria, debe instruir á sus discípulos en las nociones de
higiene, que les hagan comprender cuán mal sano es el género de vida
que siguen sus padres, y así influir en que este sea sustituido por
otro más racional.
"El niño es el padre del hombre," ha dicho Wordsworth; el niño es
por tanto el terreno donde nuestra labor deberá actuar para que sea
fructífera, pues como dice Fonssagrives: "el terreno está vírgen, la
tabla está lisa y la higiene puede labrar en ella, con entera libertad,
su programa de educación. El niño es, entre sus manos, la materia de
lo factible; es el pedazo de mármol de la fábula, del que saldrá una
estátua viva, hermosa de formas, armoniosa de proporciones, en la
que todo estará colocado y dispuesto para el vigor y la longevidad,
ó bien una obra disforme, defectuosa, sin belleza, sin porvenir y
sin duración." Este hermoso párrafo explica por qué es la escuela el
fundamento más importante de cuanto nos es dado hacer para mejorar
las condiciones físicas de la población rural puertorriqueña, porque
la fuerza, como ántes indicamos, las medidas que tendiesen á obligar
al jíbaro á mejorar su alimentación y sus hábitos malsanos serían
un absurdo; y la persuasión tampoco podría ejercerse sino acaso muy
imperfectamente sobre un grupo de séres no preparados para sacar
provecho de una propaganda conducente á esos fines.
Hemos de ampararnos, pues, de la educación, y confiar en el porvenir
sirviéndonos de enseñanza el pasado, cuyas consecuencias tocamos
no sólo nosotros, sino pueblos que exceden en adelante al nuestro.
Higienista tan eminente como el ya citado Arnould nos lo dice respecto
de Francia: "La ignorancia de las primeras nociones de higiene, la
pureza y multiplicidad de las preocupaciones y supersticiones más
groseras, constituyen en verdad una razón por la cual los campesinos
no evitan muchas plagas que sólo tratan de eliminar únicamente cuando
han invadido el grupo. Nuestros pueblos y aldeas están siempre
dominados por los vendedores de amuletos contra el trueno, el rayo y
la calentura, por los curanderos y farsantes de todo género; creen
que las costras que aparecen en la cabeza de los niños les sirven de
protección, que los piojos son necesarios para la salud, etc." ¿Qué es
todo este cúmulo de creencias, si no el resultado de un ignorantismo de
que no puede ser culpable la generación actual? ¿Qué si no consecuencia
legítima de análogo ignorantismo en que ha vivido hasta el dia nuestro
jíbaro, es el estado de decadencia física que hemos indicado? Por
fortuna nuestro siglo ha roto con todas las rutinas, y amparado por
la ciencia busca el bien social de todas las clases en la educación;
en nuestro país mismo hemos logrado el aumento de escuelas en estos
últimos años, lo cual ha sido dar un paso trascendental en la senda
del progreso, por mucho que dichos establecimientos de enseñanza
no satisfagan de una manera cumplida las exigencias de un programa
completo de educación.
El remedio, no es permitido dudarlo, es la escuela; pero ésta debe
reunir ciertas condiciones para que sirva á su objeto como es debido.
"El niño (decía el doctor Remolar, catedrático de higiene de la
Universidad de Valladolid, prematuramente perdido para la ciencia),
desde que tiene seis años hasta los doce, trece ó catorce, pasa muchas
horas de cada dia en la escuela primaria; ¿cuál no será, pues, la
influencia que sobre él ejerza la escuela, según que su construcción,
su mobiliario y la organización de la enseñanza se ajusten ó no á los
preceptos de la higiene?"
Refiriéndose á la ignorancia del campesino francés exclama Arnould:
"Hay en este estado de cosas, si no un remedio inmediato, por lo ménos
una garantía de mejoramiento progresivo é indefinido en la _escuela
de instrucción primaria_ con la enzeñanza _gratuita_, _obligatoria_ y
(digámoslo únicamente en nombre de la higiene) _láica_. Para esto es
preciso que la escuela realice dos condiciones: 1.ª, que produzca una
instrucción sólida, recta, escrupulosamente respetuosa de la verdad,
en la cual las nociones de higiene se asocien á las lecciones de cosas
y hechos (sobre todo agricultura é higiene rural); 2.ª, que sea un
ejemplo y una aplicación patente de la higiene."
Pero mientras que la educación realice su obra, ¿hemos de abandonar al
campesino á su propio instinto? No; todos los medios racionales capaces
de hacer penetrar en la familia jíbara costumbres más apropiadas á
las conveniencias de su salud, deben adoptarse. Quisiéramos escuelas
de adultos, á ser posible, en cada barrio rural. Con perseverante
solicitud llevaríamos al ánimo del campesino las nociones de cuanto le
fuese útil conocer; entre otras cosas la conveniencia que le reportaría
el aposentarse mejor, en casa más abrigada, bien situada, de más número
de compartimientos, limpia, en la que no le sirviera al propio tiempo
su dormitorio, de depósito de frutos.
Ilustrarles, aprovechando todos los recursos para hacerles comprender
las ventajas de vestirse mejor, de calzarse, es, no solamente
trabajar en beneficio de esas pobres gentes, sino también contribuir
al desarrollo de nuestra cultura en general; que "el traje, como
la arquitectura de un país, permite juzgar el estado social de sus
habitantes."
Bien aposentado y bien vestido el jíbaro, necesitaría además
sustituir su actual alimentación por otra más reparadora. En Europa
la alimentación, casi en todos los campos, es esencialmente vegetal,
pero suele intervenir en ella la grasa para compensar en parte la
falta de carne; sin embargo, recordamos que en unas notas sobre la
higiene provincial de León, escritas por el Dr. García Ponce, hemos
leído lo siguiente: "Muchas, muchísimas aldeas de esta provincia
tienen por única base de alimentación general un pan mal amasado, mal
cocido, de harina negra de centeno, y algunas patatas y verduras que
se desprecian en los mercados de otros pueblos algo más importantes.
Muchas aldeas hay donde ni aún el mal pan se come, y este se sustituye
por patatas y coles." Como se vé, el problema de la alimentación
insuficiente no es nuestro solo, pero como el nuestro es el que nos
importa estudiar en estos momentos, á él nos referimos, insistiendo en
dejar sentado que la alimentación en los campos de Puerto Rico es casi
exclusivamente vegetal y de escaso poder nutritivo por lo común.
Mucho ganaría el jíbaro si prefiriese la carne al bacalao; si asociase
al arroz y mejor al maiz, ya que no siempre la carne fresca, por lo
ménos un poco de tocino; si en lugar del pescado salado y el bacalao
que á veces consume de mala calidad, optase por el _tasajo_, de todos
modos algo más nutritivo, y que puede adquirir á un precio cómodo.
"El ideal de la alimentación sería, según Arnould, encontrar para
cada dia una mezcla de sustancias alimenticias tal que, con la menor
cantidad de cada una, el cuerpo recibiese todo lo más completamente
y en el más completo equilibrio todos los materiales de restitución,
sin fatiga para el estómago y sin pérdida económica." ¡Cuán lejos está
de este ideal la alimentación de nuestros jíbaros! Si alguno come lo
bastante para restituir sus fuerzas, es á beneficio de una alimentación
voluminosa que fatiga el estómago y que tolera gracias al hábito.
Compárese la alimentación de nuestro labriego con la de un robusto
agricultor lorenés, constituida próximamente como sigue:
Albumina. Grasa. Hidrocarbonados.
---------- ------ ----------------
Pan 1,250 grms. 103 .. 551
Tocino 125 grms. 2 118 ..
Legumbres frescas 250 grms. 5 .. 30
Queso 60 grms. 20 14 20
--- --- ----
Total 130 132 601
Además medio litro de vino ligero.
No hay punto de comparación. El labrador puertorriqueño acaso no tenga
necesidad de una ración alimenticia tal; por su orígen y por el clima
que habita no tiene que satisfacer exigencias orgánicas imperiosas;
pero no puede negarse que su alimento actual es insuficiente, y le
convendría, y fácilmente lo podría conseguir, adoptar una fórmula
alimenticia mejor acomodada á las necesidades nutritivas y á las
condiciones del trabajo.
Y no es solamente del interés exclusivo del jíbaro el alimentarse
mejor, sino que á la sociedad toda le importa que así sea, porque un
trabajador que se alimenta mal ha de buscar fatalmente en el alcohol,
que es un alimento nervino, las fuerzas y energías que no puede
proporcionarle una alimentación insuficiente; y de esta inclinación se
va fácilmente al vicio con todas sus terribles consecuencias.
Supongamos que, comprendida esta necesidad, se quisiera encontrar
una ración alimenticia conveniente ó por lo ménos muy cercana de la
conveniencia. ¿Cómo se formularía?
Sin creer que vamos á dar la solución definitiva del problema, nosotros
propondríamos una bajo las bases siguientes:
Albumina. Grasa. Hidrocarbonados.
--------- ------ ----------------
Maiz 180 grms. 14.40 9.00 131.40
Arroz 125 grms. 6.25 00.87 105.62
Habichuelas 90 grms. 20.25 1.80 48.60
Carne de mamíferos 125 grms. 21.87 5.00 00.00
Verduras y legumbres 500 grms. 10.00 00.00 60.00
Tocino 7 grms. 00.12 9.00 00.00
Queso 30 grms. 9.75 10.08 7.30
Grasa 30 grms. 00.00 30.00 00.00
----- ----- -----
Total 82.64 65.75 352.92
Esta fórmula, como se vé, no dista mucho en sus proporciones de la de
Moleschott, de que hablamos en los comienzos de este estudio:
ALBÚMINA. GRASA. HIDROCARBONADOS.
--------- ------- ----------------
130 grms. 84 grms. 400 grms.
Y aún se acerca más á la Voit, quien quisiera que cada comida
suministrase al obrero:
ALBÚMINA. GRASA. HIDROCARBONADOS.
--------- -------- ----------------
59 grms. 34 grms. 160 grms.
Adviértase que no es un arreglo caprichoso el que preside á la
combinación que á título de una de tantas proponemos. En primer
lugar todas las sustancias elegidas son del gusto del jíbaro y con
ellas puede preparar un guiso ó rancho aceptable, y á los cuales son
aficionados los campesinos; además, todas están al alcance de los
recursos del labriego, como se deduce del precio de la ración que no
es exorbitante, aún habiéndolo calculado á tipo alzado y como se
adquieren aquellas sustancias al por menor:
6 onzas de harina de maiz cuestan 1-1/2 centavos
4 " de arroz 1-1/2 "
3 " de habichuelas 1-1/2 "
4 " de carne 2-1/2 "
1 " de legumbres 3 "
1/4 " de tocino 1/4 "
1 " de queso 2 "
1 " de manteca 1-1/4 "
---------------
Total 13-1/2 centavos