ser numerosísima su población indígena. Ya ántes hemos enumerado
rápidamente multitud de causas que lo explican; pero además de ellas
existe esa extraña influencia de que hablamos, ejercida por la raza
blanca, influencia que se traduce por una mayor mortalidad y por el
descenso de la natalidad que llevan al aniquilamiento la raza inferior.
Despréndese de todo cuanto llevamos dicho, que la morbosidad en la
especie humana es variable según numerosas causas; por lo que se
refiere al campesino borinqueño nos habremos de ocupar de las entidades
morbosas que lo afectan actualmente desde la niñez, consagrándole
atención preferente á las que de un modo general actúan sobre el total
del grupo que estudiamos.
Hay en esta cuestión involucrada otra primordial para el porvenir de
este país. ¿Cuál es la raza que puede vivir en mejores condiciones
en él? Cuestión ajena á este trabajo, pero á la cual la patología
puertorriqueña lleva un contingente de datos preciosos.
Abordémos este análisis de la patología puertorriqueña dentro de los
límites que á nuestro problema interesa.
PATOLOGÍA DE LA INFANCIA.
Existe un cierto número de enfermedades que, por ser de las que invaden
al hombre durante los primeros dias de su existencia, constituyen un
grupo patológico especial de la infancia. Acerca de esta parte de
la patología general expondremos algunas breves consideraciones que
juzgamos pertinentes al asunto que nos ocupa.
El acto fisiológico más importante de cuantos verifica el organismo de
la mujer, aquel en que la vida misma está comprometida, es, sin duda,
la maternidad. Entre algunos pueblos salvajes, el solemne momento de
dar vida á un nuevo sér no parece que tenga mucha mayor importancia
para la mujer que para las hembras de los animales irracionales; no
solamente carece de sérios peligros y no exije precauciones, sino que
el _tempus puerperii_ en nada se diferencia de las épocas comunes;
pero tratándose de la mujer civilizada las circunstancias varían
radicalmente. La civilización que ha hecho de la mujer algo más que la
hembra del hombre, la ha rodeado de un medio, artificial si se quiere,
y criticable bajo otros aspectos, al cual se ha amoldado su organismo,
y por ello, la que va á ser madre, debe ser objeto de ciertas
atenciones, sinó queremos comprometer su vida y la de su hijo.
Ahora bien, la campesina puertorriqueña dá á luz sus hijos rodeada
de pésimas condiciones. Ninguna persona idónea la asiste; á lo sumo
recibe los cuidados de alguna curiosa, con pretensiones de comadrona,
cuya ignorancia suele correr parejas con su atrevimiento para propinar
brebajes inconvenientes, y que es incapaz de servir debidamente á la
madre en el doloroso trance, ni al niño en los primeros momentos,
momentos difíciles y delicados á veces, en que la criatura que viene
al mundo necesita solícito y racional tratamiento sin el cual aquella
nueva vida quizá se extinguiría en sus albores.
Prescindamos, por ahora, de los inconvenientes que acarrea esto á
las madres; en cuanto á los niños atañe, se comprende fácilmente la
perniciosa influencia de semejantes circunstancias; pero si á ellas
añadimos la ignorancia de las madres campesinas, mucho mayor ha de ser
el riesgo que corran las criaturas que vienen al mundo en nuestros
distritos rurales.
La asfixia de los recién nacidos, por ejemplo, esa muerte aparente en
que la respiración está detenida, ó se verifica de un modo incompleto
ó irregular, debe ocasionar bastantes víctimas; sobre todo la asfixia
que depende de las enfermedades debilitantes de la madre, ó es la
consecuencia de la debilidad orgánica de los padres, que por cierto son
los casos en que el proceso morboso es más grave.
Otra dolencia que exije científica solicitud, es la hemorrágia
umbilical, accidente que no debe ser raro entre los hijos de los
campesinos, que por lo general heredan de sus progenitores una
organización pobre.
Entre ellos hemos tenido oportunidad de observar, si no con más
frecuencia que en otras clases sociales con la misma al ménos, casos
de supuración y ulceración del ombligo. Lo mismo decimos de la hernia
umbilical; si bien es preciso anotar que esta enfermedad es mucho más
común en la raza de color; casi es general entre los negritos. Sábese
que las criaturas flatosas, á causa del dolor que experimentan durante
los cólicos ventosos de que sufren, lloran con violencia y á menudo; á
esta causa obedecen algunos casos de hernias; pero otros son debidos á
la lentitud con que se desarrollan las paredes abdominales, y tal vez á
esto se deba la predisposición mayor con que las padece la raza negra.
Pero de todas las enfermedades que el niño puede adquirir en los
primeros dias de su nacimiento, el tétanos, _mocesuelo_, es la que
mayor mortalidad ocasiona en la población infantil: puede decirse que
el padecimiento es endémico en Puerto Rico.
Hasta ahora se ha venido atribuyendo su producción á cambios
atmosféricos, á irritaciones nerviosas, etc.; hoy comienza á señalarse
otra causa, parasitaria, que se ha creido encontrar en el suelo de las
cuadras y lugares análogos en donde habita el caballo. No hemos de
discurrir en este momento acerca de la procedencia equina del tétanos
en general, limitándonos á señalar la nueva hipótesis; pues sea de
esto lo que quiera, el hecho es que tanto al influjo de los cambios
atmosféricos, cuanto á la infección del suelo por la vecindad de sitios
frecuentados por caballos, está más expuesto el recién nacido en el
pobre bohío del jíbaro, que el que viene al mundo rodeado de otras
comodidades.
Citaremos la ictericia por ser enfermedad frecuente entre los niños,
y la oftalmia purulenta, de desastrosas consecuencias cuando no se
cuida; afección esta última propia de los hijos de madres linfáticas y
de constitución débil, y que es, por lo tanto, muy común en la familia
rural puertorriqueña.
Las enfermedades de que hemos hablado hasta ahora no son todas las
que puede padecer el niño; por desgracia éste no sólamente tiene
su morbosidad propia, sino que dicha morbosidad es considerable.
El niño es un tipo fisiológico especialísimo, que tiene una salud
muy quebradiza; las estadísticas lo demuestran, enseñándonos que
el obituario de la infancia suma cifras mucho más altas que el de
los adultos. Si esto es cierto en general, ¿cuánto más no lo será
tratándose de personas que por su modo de vivir y por su posición
social están más expuestas que otras á enfermarse?
Hemos visto en la enumeración anterior, la aptitud morbosa del hijo
del campesino en los primeros dias de su vida; continuando este
breve análisis, indicaremos los desórdenes patológicos de que es más
susceptible durante todo el período infantil.
Empezando por las enfermedades de la piel, se ofrece desde luego á
nuestra consideración el grupo de los exantemas agudos y contagiosos,
que son:
_La Escarlatina_, no tan frecuente ni tan grave como en otros climas.
Suele, sin embargo, traer por secuela, en muchos casos, la enfermedad
de Bright; si bien creemos que se deba más á descuidos en el régimen,
que á la malignidad de la afección principal.
_El Sarampión_, tampoco se presenta, de ordinario, en sus formas
graves; pero á consecuencia de las preocupaciones y erróneas creencias
del vulgo, ocasiona bastantes víctimas. Créese en el campo, que el
sarampión no debe tratarse guardando cama el enfermo, y que si el
exantema brota estando al aire el niño, es más peligroso recogerle
que dejarle pasar la enfermedad _á todo viento_; así, como cuando
empieza el catarro que precede al sarampión, si el niño no está muy
abatido no quiere estar en la cama, y por lo general pasa al aire su
enfermedad; de aquí las retropulsiones del exantema, y las pulmonías;
con este sistema coincide una alimentación pésima y el uso de remedios
que descomponen el vientre, los desórdenes intestinales sobrevienen,
el enfermito se demacra, la fiebre persiste y el niño sucumbe de
consunción.
_La Viruela_ suele presentarse en sus formas graves; pero también
mueren más niños víctimas de las preocupaciones paternas, que por la
enfermedad en sí. Tiene el vulgo la creencia, lo mismo en los campos
que en las ciudades, de que los médicos _no saben curar la viruela_.
De aquí el frecuente uso de remedios caseros internos y externos;
algunos, por cierto, de procedencia no muy compatible con la limpieza
que fuera de desear.
Aunque la generalidad crée en el contagio, no es con una fé muy firme;
nadie, v. g., concibe que los vestidos se carguen de los miasmas
productores del exantema y que por este medio se pueda transportar á
distancia el gérmen de la dolencia; por eso las personas que se ponen
en contacto con los enfermos para asistirlos ó visitarlos, luego van á
sus casas y á la de los vecinos, y sin mudarse de ropas toman en brazos
los niños y les trasmiten la enfermedad, poniéndoles en comunicación
con los gérmenes de que son portadoras.
Por esto, y por la prevención con que aún se mira la vacuna, es que
se propaga con tanta intensidad la viruela en nuestros campos. Son
pocos los que creen en la vacunación como medio profiláctico y siempre
encuentran un pretexto para huir de una práctica que sólo aceptan
forzados y á regaña-dientes. Una vez vacunados, ya no se cuidan más de
la revacunación, entendiendo que la inmunidad que se les ha prometido
no tiene límite.
La enfermedad que nos ocupa no sólo diezma á ésta, como á las demás
clases pobres de nuestra sociedad, sino que deja á su paso multitud de
ciegos y lisiados.
El cuadro de las enfermedades nerviosas nos ofrece gran número de
padecimientos, entre los cuales, la fiebre cerebral, las meningitis, el
hidrocefalóides y el hidrocéfalo crónico se observan con frecuencia.
Casos de espina bífida también los hemos encontrado á menudo.
La eclampsia, convulsiones de los niños, llamada _alferecía_, es, á
no dudarlo, un padecimiento muy común; y se explica con sólo recordar
que en su etiología figura con frecuencia la irritabilidad intestinal,
y que esta se produce á causa de una alimentación mal dirigida ó
viciosa, que es casi siempre el caso en que se encuentran los hijos
de gentes pobres y aun de no pocas familias acomodadas. "El hijo del
pobre, dicen, debe acostumbrarse á comer de todo," y siguiendo esta
máxima le echan al estómago de las criaturas sustancias alimenticias
que no puede aquel órgano digerir.
La imbecilidad, el idiotismo y las anomalías congénitas del cerebro dan
también en los campos su contingente á la patología infantil.
De los afectos propios de los órganos de los sentidos, el más frecuente
es el catarro del oido en sus distintos grados.
Los órganos de la respiración se afectan de muy varios modos: el
catarro nasal simple, el catarro bronquial, la neumonia, se observan á
menudo; el asma misma se halla con extraordinaria frecuencia; la tos
ferina, _tos brava_, reviste caractéres de rebeldía muy acentuados, y
el crup no deja de castigar á las pobres familias campesinas.
Las endocarditis y pericarditis, enfermedades del aparato circulatorio,
siendo como es cosa común el reumatismo, ocasionado por la falta de
abrigo conveniente, también encajan en esta enumeración á título de
padecimientos no raros.
Las enfermedades del aparato digestivo son las más numerosas: el
muguet, _sapos_, lo padecen casi todos los niños, principalmente
durante la dentición, que es difícil, en tésis general, á causa de
múltiples circunstancias que se refieren á la pobreza de calidad de
la leche de las madres, á la debilidad orgánica congénita, á la mala
alimentación, etc.
Esta última causa, contribuye á que los padecimientos
gastro-intestinales, agudos y crónicos, sean tan comunes en los niños
de nuestra población rural; la lienteria y la misma tabes, se las
encuentra en casi todas las familias haciendo víctimas.
La perversión del apetito, _el vicio_ como le llaman en el campo, que
consiste en alimentarse de tierra, ceniza, cal, es un estado morboso
que los médicos tienen ocasión de comprobar á cada paso.
Lo propio sucede con los entozoarios, _lombrices_. Este padecimiento es
tan general, que las madres atribuyen á las lombrices casi todos los
desórdenes morbosos que observan en sus hijos.
Los infartos del hígado y del bazo son de una notable frecuencia; lo
propio que las fiebres intermitentes, que no respetan edades. Hemos
tenido ocasión de observar el paludismo hasta en niños recién nacidos.
Las parótidas--_paperas_--son bastante comunes; la angina tonsilar y
sobre todo la hipertrofia de las amigdalas son padecimientos ordinarios.
El raquitismo, las discrasias tuberculosas y escrofulosas, y las
manifestaciones de esta última ya en los ganglios, huesos, ó
articulaciones, son casos que hallamos todos los dias en las criaturas
de la clase de que venimos ocupándonos.
La nefritis es una enfermedad á causa de la cual sucumben bastantes
niños.
Recordando que es frecuente la fimosis congénita, y el hidrocele en los
varoncitos, y el catarro de la mucosa genital, _flores blancas_, en
las niñas, cerramos este compendio de las enfermedades á que está más
expuesto durante la infancia el habitante de nuestros campos.
PATOLOGÍA DE LA MUJER.
Desde la infancia se distingue el tipo femenino del masculino por
caractéres fisiológicos que no escapan á una observación discreta; pero
las diferencias no se limitan á esto. La sexualidad, dentro del terreno
patológico, se manifiesta perfectamente diversa desde ese período de
la vida humana en que el indivíduo sólo tiene señalados los rasgos
particulares que más adelante han de acentuar los sexos.
Estas modalidades patológicas, notorias ya en la infancia, se marcan
más después que la pubertad establece el poder sexual, continuándose
con la actividad funcional de órganos que han de extinguirse en la edad
de la menopausia, no sin dar lugar á perturbaciones en el organismo
femenil.
La aptitud morbosa de la mujer, como la del niño, ofrece, pues,
caractéres de singularidad que nos obligan á dedicarle algunas líneas.
La campesina puertorriqueña, anémica por lo general, está sugeta,
más que otra alguna, á trastornos funcionales de los órganos de la
generación, sobre todo aquellos que dependen de causas predisponentes
generales y constitucionales debilitantes, tales como alimentos de
mala calidad, temperamentos linfático y nervioso, constitución pobre,
etc. De aquí que la amenofánia, (ausencia de la primera evolución
catamenial) y la amenorrea (supresión del flujo ya establecido) no sean
del todo raras.
La dismenorrea nerviosa, vulgarmente _dolor de hijada_, es muy
frecuente.
La menorragia, ó sea la exajeración del flujo menstrual, se observa
también á menudo.
Como todo lo que es capaz de debilitar el organismo es causa de la
clorosis, no es de extrañar que una afección caracterizada por el
aumento de la parte serosa de la sangre y la disminución de los
elementos cruóricos y fibrinosos, sea común entre personas del grupo á
que nos referimos.
Entre las lesiones de la inervación, el histerismo nos merece atención
especial. Causas bastantes abonan la frecuencia con que se observa esta
enfermedad entre las campesinas: las condiciones climatológicas, el
temperamento, el tipo moreno dominante, la debilidad constitucional,
etc. Los médicos tienen ocasión de comprobar á cada paso que la
histeria--_mal de corazón_, _mal de pelea_--es un padecimiento
corriente.
Debemos señalar, á título de enfermedades comunes, las vaginitis,
la procidencia y otras dislocaciones uterinas; no lo son ménos las
metritis en sus distintas manifestaciones, las ulceraciones del cuello,
los tumores y el mismo cáncer.
La leucorrea, _flores blancas_, es un padecimiento vulgar; las mismas
causas debilitantes á que ántes hemos hecho referencia, el uso de
vestidos de poco abrigo y la costumbre de no usar ciertas prendas de
vestido interior, destinadas á cubrir partes del cuerpo que conviene
preservar de la humedad, facilitan la presentación de este padecimiento.
Durante el embarazo la campesina está sugeta á esa multitud de
trastornos que caracterizan la patología de la preñez: vómitos,
hemorragias, varices, albuminúria, neurálgias diversas, eclampsia, etc.
La distocia no es más común entre las campesinas que en otros grupos
femeninos; pero á causa de las razones que expusimos al tratar de
las enfermedades de la infancia, ofrece mayor gravedad. Casi siempre
el médico es llamado después que por la comadre ó curiosa se han
puesto en práctica multitud de absurdos procedimientos, ofreciéndosele
como es consiguiente al práctico dificultades sumas para salvar á la
paciente. Si se trata de hemorragias puerperales, que no son raras,
por desgracia, casi siempre llega tarde; y en los casos de posiciones
viciosas del feto, de ordinario es imposible una oportuna rectificación.
Los cuidados posteriores al alumbramiento son nulos entre las
campesinas; el régimen higiénico no existe; la madre deja el pobre
lecho pocas horas después del parto, y si bien este mal parece
que no las perjudica en el acto, casi todas sufren más tarde las
consecuencias, manifestadas en forma de prolapsus uterino, hemorrágias
secundarias, etc. No son extraños los casos de fiebre puerperal. En no
pocas ocasiones la convalecencia de un alumbramiento no es más que el
principio de una tísis que lleva rápidamente al sepulcro á una madre.
Durante la lactancia, hemos observado á menudo que las mamas eran
asiento de linfitis, de grietas y de tumores.
La galorrea, ó sea la secreción excesiva de la leche, se presenta con
frecuencia.
Por último, los tumores no malignos y el cáncer de las mamas se
encuentran en el cuadro patológico de la mujer de nuestros campos.
ENFERMEDADES EN GENERAL.
Ninguna otra afección como el paludismo merece el primer lugar en este
estudio, por la importancia que tiene en la patología puertorriqueña.
Puede asegurarse que todas las enfermedades que en Puerto Rico se
padecen, principalmente entre los campesinos, se relacionan con el
paludismo: cuando él no las constituye, á lo ménos las complica.
Ya es franca y abiertamente una manifestación febril cotidiana, tercia
ó cuarta, ya una engañosa larvada, ya una perniciosa que reviste las
más caprichosas formas; es un verdadero Proteo de la patología, contra
el que hay necesidad de vivir alerta para descubrirlo en sus más
caprichosos y sorprendentes disfraces.
Siempre fué el paludismo, según todos los médicos que de este asunto
se han ocupado, un padecimiento frecuente en Puerto Rico. Ya Fray
Íñigo, en el capítulo _Enfermedades que más comunmente se padecen
en la Isla_, decía: "Otra especie de calenturas se padecen en esta
Isla y son frecuentes en las vecinas y mucho más en los valles de la
tierra-firme: dánlas el nombre de calenturas de costa, de tercianas y
otras diferentes. Atacan á los criollos, á los europeos y africanos,
especialmente á los que habitan en los valles, tierras húmedas ó
meramente desmontadas. La espesura de exhalaciones pútridas que la
fuerza del sol levanta de las tierras nuevas y lagunas, impregnan el
aire, éste inficciona la masa de la sangre y resultan las calenturas
intermitentes que suelen guardar en las accesiones la crísis de
tercianas ó cuartanas, cuya duración llega á cuatro ó seis años _sin
que hasta ahora hayan encontrado medios de cortarlas_. Los que llegan á
limpiarse de ellas convalecen con mucha dificultad y lentitud, muchos
quedan en una debilidad habitual, el cuerpo extenuado y sin fuerzas.
Los alimentos sin sustancia y el aire poco favorable para recuperar la
salud conducen al paciente de una enfermedad á otra; los que se salvan
de las calenturas vienen á morir de hidropesía."
Admira ver cómo el religioso benedictino aprecia las causas
esencialísimas del modo de ser de nuestra población. Enseñanza grande
nos dá este párrafo por lo que demuestra respecto de las condiciones
físicas del habitante de Puerto Rico á fines del siglo XVIII. En él
vemos que ya entónces era un hecho la extenuación y debilidad habitual
de muchos; extenuación y debilidad que, como era lógico suponer,
siguiendo como han seguido actuando las causas del paludismo en los
campos, han venido á influir considerablemente en la patología actual
de nuestros campesinos.
Nótese bien que todavía en la época de Fray Íñigo, allá por los años
de 1781, no había medio con qué cortar las calenturas intermitentes.
Se curaban porque sí, ó no se curaban, dejando en el primer caso una
debilidad orgánica que ha redundado en perjuicio de la generación
presente, generación sobre la cual, preciso es confesarlo, aun puede el
paludismo actuar grandemente, gracias á la falta de drenajes, etc., y á
la falta de ilustración y escasez de medios, lo cual hace que todavía
el quinino no preste toda la utilidad debida entre las gentes del campo.
El doctor Don Calixto Romero y Togores, en sus notas á este capítulo
de la Historia de Puerto Rico, decía el año de 1866: "Las fiebres
intermitentes siguen siendo uno de los padecimientos más frecuente de
la Isla." Habla luego de las causas, ó sea de la influencia telúrica y
añade: "Por esta razón, los hombres expuestos á su acción, v. gr., los
_labradores_, la padecen con frecuencia," y concluye diciendo: "Al cabo
de cierto tiempo constituyen á los calenturientos en sugetos raquíticos
que sufren infartos del bazo ó de éste y el hígado, que determinan á
su vez una série de padecimientos que abrevian considerablemente la
duración de la vida."
En nuestros dias los médicos que han escrito acerca de este particular,
están de acuerdo en declarar endémicas las fiebres intermitentes en
la Isla; así lo creen todos los profesores de medicina que practican
en la provincia. Hay localidades en las que se extrema la frecuencia
del elemento palustre. El doctor Don Antonio J. Amadeo, de Maunabo, y
el doctor Don José de Jesús Dominguez, de Mayagüez, han escrito en el
sentido expuesto luminosos artículos acerca de este particular. El
doctor Don Ricardo Rey, con el mismo motivo, ha dicho hace poco:[5]
"Basta recorrer la Isla de Norte á Sud y de Este á Oeste, para observar
que uno de los efectos morbosos con que el médico práctico ha de luchar
de contínuo, ha de ser el miasma de los pantanos. El suelo, continúa el
mismo escritor, en que el astro del dia ejerce su poder, no puede ser
más abonado ni reunir mejores condiciones. Por todas partes se observa
una exuberante vejetación. No hay lugar en que el médico lo mismo que
el botánico no admiren la rica flora que presenta la Isla; pero también
admira y causa al mismo tiempo dolor, contemplar inmensos focos de
infección producidos por múltiples pantanos, por ciénegas infinitas,
por aguas sin corriente, que cubiertas de flores y verdor, rodeadas
de impenetrables bosques, ofrecen á sus habitantes un constante y
deletereo elemento que viene dia tras dia, generación tras generación,
ejerciendo su influencia morbífica."
[5] _Estudios sobre el Paludismo_, artículos publicados en _El
Eco Médico Farmacéutico_, de Puerto Rico.
Efectivamente, _dia tras dia, generación tras generación_ vienen
actuando sobre el puertorriqueño y de un modo especial sobre
el jíbaro las influencias reunidas del calor, la humedad y las
sustancias orgánicas vegetales, que son los elementos necesarios para
que--verificada la descomposición de las últimas--se desarrollen las
calenturas intermitentes y remitentes que actúan todo el año en los
campos de la Isla, en donde encuentran organismos ya predispuestos á
padecerlas por el hambre y otras causas debilitantes.
No somos nosotros los primeros en decirlo: el escritor que acabamos
de citar, en su estudio ya referido, lo ha dicho ántes que nosotros:
"Existe, vive en esta Isla una población, y no es la ménos numerosa,
vejetando (permítaseme la frase) entre ciénegas y pantanos, sostenida
con alimentos vejetales y bebiendo agua fangosa." Expone luego el
deber en que está la administración de hacer desaparecer esa causa de
paludismo, y de ella "espera que _un pueblo enfermizo y de poca vida_
se convierta en sano y viril."