Mientras La Torre trabajaba por reducir a los vizcaínos, Urbistondo
hacía lo mismo con los castellanos. No tuvo igual fortuna Iturbe con
los de Guipúzcoa, que, enterados de la vaga promesa consignada en el
artículo 1.º, se negaron a suscribir el Convenio, gritando «¡Traición,
traición!»; y declarados en franca rebeldía, manifestáronse dispuestos
a unirse con don Carlos. Al fin pudo Iturbe contenerles en Descarga.
Urbistondo situó fuerzas castellanas en la carretera, con objeto de
observar a los guipuzcoanos, y corrió en busca de Maroto para que
saliese al frente de ellos y con su autoridad les redujera. Era la
noche del 30, y don Rafael, que estaba en cama, dolorido, incapaz
para toda acción, dijo a Urbistondo que se entendiese con Espartero.
Así lo hizo. Se convino en no contar para nada con don Rafael, que se
había echado en el surco, como hombre históricamente concluido, y no
hubo más remedio que intentar la pacificación de los guipuzcoanos,
comprometiendo entre ellos la vida, catequizando uno por uno a
jefes y oficiales, sin reparar en la clase de argumentación con tal
de llegar al fin deseado. En esto se empleó toda la noche del 30;
al fin, el 31 de madrugada desfilaban hacia Vergara los batallones
reacios, precedidos de cuerpos castellanos, para que la moral de estos
fuese para todos ejemplo provechoso, y así, con más maña que fuerza,
empleando sin cesar la palabra convincente, cariñosa, paternal, que
igualaba al jefe con el soldado, fueron aproximándose al redil.
Era este un extenso campo a la salida de la villa, entre el río Deva
y el camino de Plasencia. Allí formó muy de mañana el ejército de
Espartero, y ante él fue desfilando la división castellana, con su jefe
el general Urbistondo. Maroto, que parecía resucitado, a juzgar por la
repentina transformación de su continente, que recobró su gallardía,
así como el rostro la expresión confiada y el color sano, ocupó su
puesto; al punto apareció con su brillante Estado Mayor el duque de la
Victoria, y recorridas las líneas, cautivando a todos con su marcial
apostura y la serenidad y contento que en su rostro se reflejaban,
mandó a sus soldados armar bayonetas; igual orden dio Maroto a los
suyos. Espartero, con aquella voz incomparable que poseía la virtud
de encender en los corazones la bravura, el amor, el entusiasmo y un
noble espíritu de disciplina, pronunció una corta arenga perfectamente
oída de un lado a otro de la formación, y terminó con estas memorables
palabras:
—_Abrazaos, hijos míos, como yo abrazo al general de los que fueron
contrarios nuestros_.
Juntáronse los dos caballos; los dos jinetes, inclinando el cuerpo
uno contra otro, se enlazaron en cordial apretón de brazos. Maroto no
fue de los dos el menos expresivo en la efusión de aquella concordia
sublime. En las filas, de punta a punta, resonó un alarido, que parecía
explosión de llanto. No eran palabras ya, sino un lamento, el ¡ay!
del hijo pródigo al ser recibido en el paterno hogar, el ¡ay! de los
hermanos que se encuentran y reconocen, después de larga ausencia. Era
un despertar a la vida, a la razón. La guerra parecía un sueño, una
estúpida pesadilla.
Se había dispuesto que las divisiones vizcaína y guipuzcoana entrasen
en el campo del Convenio después de comenzado el acto, para que la
solemnidad de este y su ternura influyesen en el ánimo de los reacios,
y el efecto correspondió a lo que Espartero y Urbistondo con tanta
habilidad y conocimiento del humano corazón habían dispuesto. Las
tropas guiadas por La Torre como las conducidas por Iturbe se vieron
envueltas en la inmensa atmósfera de fraternidad que ya se había
formado. Los corazones respondieron con unánime sentimiento. No podía
ser de otro modo. La idea de unidad, de nacional grandeza, de moral
parentesco entre todas las razas de la Península, ganó súbitamente
los entendimientos de castellanos y éuskaros, y ya no hubo allí más
que abrazos, lágrimas de emoción, gritos de alegría, aclamaciones a
Espartero, a la Constitución, a Isabel II, a Maroto, a la Religión y
a la Libertad juntamente, que también estas dos matronas se dieron de
pechugones en aquel solemne día.