Testarudo como él solo, don Carlos no se daba ni en tales extremidades
por vencido, y apenas llegó a Villafranca, jadeante, llamó a consejo a
sus adictos, los generales que le acompañaron en la fracasada escena
de Elgueta, el padre Cirilo de Alameda, el barón de Juras Reales,
Erro y Ramírez de la Piscina, algunos de los cuales aún se llamaban
ministros. Opinaron casi unánimemente que Su Majestad debía situarse
en punto cercano a la frontera, para poner a salvo su sagrada persona
en el desecho temporal que la causa corría. Trabajillo le costaba al
buen señor determinarse a partir arrojando en las puertas de Francia su
corona, y acariciaba el ensueño de reunir algunos batallones navarros y
alaveses que le llevaran en procesión al Maestrazgo, donde aún tenía un
ejército y un general incorrupto y valiente: Cabrera. Estimaron todos
peligrosa la marcha al Centro; pero le dejaban consolarse con esta
ilusión. Aferrado a su realeza, don Carlos enderezó nueva proclama a
sus míseras tropas, en la cual les hablaba _de la traición más infame
que habían visto los nacidos_, y concluía llamándoles _héroes_, y dando
vivas a la sacra religión. ¡Bueno estaba el país para estos suspirillos!
En tanto, Maroto, después del triunfo de Elgueta, caía en gran
postración, atormentado por su conciencia, y procurando en vano salir
limpio y airoso de la charca en que se había metido. Calpena y Uhagón,
que acudieron a su lado el 26, un día después de la famosa revista, se
maravillaron de verle en un grado increíble de turbación y apocamiento.
Poco le faltaba para llorar; sus conceptos habían quedado reducidos o
una exclamación maníaca; no decía más que:
—No soy traidor... Maroto no pasará a la historia con un dictado
infamante... Convencido estoy de que el absolutismo es imposible...,
pero no cedo, no cedo si no me dan los fueros íntegros, la gloria de
este país. Maroto no es traidor. Maroto es un hombre honrado, un buen
español... ¡Ay del que lo ponga en duda!
Toda la tarde y parte de la noche permanecieron a su lado los dos
amigos, arguyéndole con habilidad, sin lastimar su amor propio, antes
bien, fundando en este todo el trabajo sugestivo con que querían
llevarle a la aceptación incondicional del Convenio. ¿Qué otra
solución podía soñar? ¿Qué esperaba, qué temía? Retiráronse en la
creencia de que le dejaban convencido, pues esperanzas de ello daban
sus expresiones conciliadoras; pero don Fernando, que ya conocía su
indecisión y el confuso laberinto a que había llegado su voluntad,
no las tenía todas consigo... Repetida por la mañana la visita, le
encontraron escribiendo una carta. Despidioles el general con acritud.
La carta que escribía era la famosa retractación dirigida a don Carlos,
en la cual le decía: «Nunca es más grande un monarca que cuando perdona
las faltas de sus vasallos... Don Eustaquio Laso presentará a Vuestra
Majestad los sentimientos de mi corazón para que se digne dirigirme las
órdenes que fuesen de su agrado».
Ignoraban Calpena y su amigo esta humillación increíble; mas del
trastorno de Maroto tuvieron prueba clara cuando se llegó a ellos
un ayudante con el recado conminatorio de que si los caballeros y el
llamado _Epístola_ no se largaban pronto del Cuartel general, se les
mandaría fusilar. No eran cobardes: no perdieron la serenidad con esta
brutal amenaza; mas la prudencia les aconsejaba ponerse en salvo, y a
ello se disponían, cuando llegó don Simón de la Torre, que, informado
de los desvaríos de Maroto, les tranquilizó con respecto a sus vidas.
Conferenciaron los dos jefes, y por la noche salieron con sus fuerzas
reunidas en dirección de Azpeitia. Los tres paisanos ignoraban a qué
razón militar o política obedecía tal movimiento, y no se ocuparon más
que de seguir a las tropas, acogidos a la caballerosidad o hidalguía
del simpático La Torre. En Azpeitia se les dijo que Espartero avanzaba
triunfalmente por el interior de Guipúzcoa; que había entrado en
Vergara, donde le acogieron con ardientes demostraciones en favor suyo
y de la paz. De Vergara pasó a Oñate, y la vieja Corte le recibió
con palmas. Dirigiose Maroto a Villarreal, donde como llovido se le
presentó el conde de Negri con una orden del rey para que le entregase
el mando. Al recibir don Carlos la carta palinodia, habíala estimado
como la mayor prueba de traición y perfidia. Los de la camarilla
vieron en aquel paso un ardid diabólico para aproximarse al vencido
monarca, apoderarse de su persona, y entregarla en trofeo a los
constitucionales para un sacrificio que fuera digno epílogo de guerra
tan sangrienta. Rompió el soberano la carta del vasallo infiel, y mandó
a Negri a desposeerle del mando, determinación ridícula en situación
tan extremada. Como era natural, tanto Maroto como La Torre acogieron
al conde de Negri con escarnio de su persona y de quien tal comisión
le daba. Salió de estampía el buen conde, que al volver al lado de su
triste rey le dio, con la respuesta de los que fueron sus generales,
franco pasaporte para Francia.
Ante la irresistible presión de este suceso, Maroto confió
decididamente, al parecer, a sus compañeros La Torre y Urbistondo la
misión de llevar a Oñate su conformidad con el Convenio, tal como se
le había presentado en Abadiano. ¡_Alleluia_! La paz era un hecho. Al
despedirse para tan grato mensaje, don Simón reconcilió a sus amigos
con el jefe, que, sin acordarse ya de que había pensado fusilarles, les
convidó a comer muy afectuoso. Durante el día, observáronle más sereno
y en vías de recobrar su equilibrio; mas por la noche advirtieron de
nuevo en él cierta intranquilidad, y una insistencia monomaníaca en
hablar de fueros _netos_, intangibles. Temerosos de un nuevo cambiazo
del veleidoso general, trataron de explorar su pensamiento.
—Por mi parte —les dijo—, a todo estoy dispuesto, y cuando me traigan
de Oñate el Convenio cuyas bases he admitido, lo firmaré... Pero dudo
que algunos cuerpos de mi ejército, principalmente los guipuzcoanos,
lo acepten... De modo que no hemos hecho nada, y la guerra continuará.
A esto arguyó Calpena que antes de proceder a la solemne ratificación
de lo tratado, debía el general conferenciar con los jefes y oficiales,
uno por uno, y darles cuenta de las condiciones de paz a que todos
debían someterse.
—Háganlo ustedes —dijo Maroto, revelando en su tono y en su actitud una
indolencia que llenó de asombro a los dos amigos.
—Pero, general —le contestaron—, ¿qué autoridad tenemos nosotros
para convencer a las tropas vizcaínas y guipuzcoanas de que, ante el
bien inmenso de la paz, deben contentarse con la fórmula vaga del
reconocimiento de fueros?
—No es tan vaga. Se estipula que Espartero propondrá a las Cortes...
—Pero eso, sea poco, sea mucho, es lo que el duque les concede, y deben
saberlo. Usted, su jefe, que ha de firmar por todos el pacto, está en
el caso de instruirles...
—Mi cansancio es tal, amigos míos, que ya no sé cómo valerme, ni halla
mi pensamiento voces con que producirse... Hay momentos en que me creo
sin vida...
—Pero el trabajo restante para llegar a un fin glorioso es breve y
fácil, mi general.
—Fácil no, ¡porra!
¡Cualquiera le convencía! Llegaron de Oñate los comisionados La Torre
y Urbistondo con Zabala y Linaje, portadores del Convenio, que Maroto
firmó sin ninguna dificultad. Al propio tiempo traían la comisión
de proponerle que al día siguiente, 30 de agosto, se reunirían en
Vergara los dos ejércitos, con sus caudillos a la cabeza, para dar
forma solemne a la grande obra de la reconciliación. A todo asintió don
Rafael, que aliviado parecía de un peso abrumador.
Uhagón y Calpena pasaron el día recorriendo los cuerpos, en que tenían
no pocos amigos, y hablando con unos y otros campechanamente. Si en
todos reconocían la satisfacción y júbilo por ver terminada la odiosa
discordia, causoles no poca inquietud el observar que los soldados
y oficialidad carlistas descansaban en el engaño de que el pacto
reconocía los fueros en toda su integridad, y que así se declaraba de
una manera explícita. Maroto les tenía en esta persuasión, pues nada
en contrario les había dicho desde la ineficaz entrevista de Abadiano.
Era, pues, indudable que surgirían en el momento que se creía final
nuevas complicaciones, quizás un gravísimo conflicto, por la indolencia
del general, por su falta de carácter y de resolución para presentar
los hechos como realmente eran. ¡Torpeza insigne, abandono de autoridad!
Sobresaltado, temeroso de ver perdido en un instante el ímprobo trabajo
de tantos meses, creyó don Fernando que debía prevenir a Espartero de
lo que ocurría, evitándole un triste desengaño al llegar a Vergara,
donde contaba con la presencia y conformidad del ejército carlista.
Pensado y hecho: de madrugada montó a caballo, y seguido de Urrea y
Pertusa se fue al encuentro de su general, a quien halló a media hora
de Vergara. No daba crédito don Baldomero a la triste realidad que le
comunicó su amigo, y ante la insistencia de este, más de un cuarto
de hora estuvo echando ternos, y maldiciendo la hora en que entabló
negociaciones con hombre tan inseguro y tornadizo. En efecto: poco
antes de entrar el duque en Vergara, llegó Maroto, sin más compañía
que la del general La Torre y algunos oficiales de su Estado Mayor. ¿Y
los veintiún batallones y los tres escuadrones que debían figurar como
convenidos, dónde estaban? Sin pérdida de tiempo avistose Espartero
con su antagonista, el cual hubo de contestar a la anterior pregunta,
con turbado acento, que las tropas se negaban al cumplimiento de lo
pactado mientras no se reconociesen los fueros provincianos en toda su
integridad. Según esto, Maroto declaraba a su ejército en rebeldía,
y se presentaba él solo, _con cuatro gatos_; y él solo reconocía los
derechos de Isabel, dejando en el aire la obra de la paz, y a las
tropas apartadas de toda reconciliación.
—A este hombre hay que dejarle —dijo don Baldomero, luego que Maroto,
afectado de gran postración, se retiró a descansar—. Imposible hacer
carrera de él... ¡Qué hombre, santo Dios! Verdad que su situación y los
contratiempos que ha sufrido son para trastornar la cabeza más firme.
En esto, La Torre se apresuró a manifestar a Espartero con gallardo
arranque que él se comprometía, en el término de veinticuatro horas, a
convencer a los vizcaínos o morir en la demanda. No descansó Maroto,
pues su conciencia y sus embrollados pensamientos no se lo permitían, y
llamando a Calpena, como se llama a un confesor en la última hora, le
dijo:
—Hágame el favor de comunicar al coronel Wilde, que no creyéndome
seguro al lado de Espartero por haber venido aquí sin tropas, me acojo
al pabellón inglés.
A esto respondió el caballero que no necesitaba añadir a sus errores
la mengua de ampararse a una nación extranjera; bien seguro estaba en
el Cuartel general del duque de la Victoria, toda vez que reconocía
la legalidad por este representada. En tanto, los bravos generales
carlistas La Torre, Urbistondo y el brigadier Iturbe, con riesgo de sus
vidas, tratarían de reducir a las tropas a la aceptación de lo tratado,
después de darles conocimiento del art. 1.º del Convenio...
—¿Y cómo queda redactado al fin? —dijo Maroto vivamente—. Ya no me
acuerdo.
—Poco más o menos dice: «Artículo 1.º El general Espartero recomendará
con interés al gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse
formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los
fueros».
—¿Y las Cortes...? Claro, las Cortes... Me parece bien... Buenos tontos
serán esos pobres muchachos si no aceptan, si no fían resueltamente en
la promesa del duque, de cuya caballerosidad nadie puede dudar... Por
mi parte no escatimaré ningún sacrificio. Hágame el favor de llamar
a mi ayudante, don Enrique O’Donnell, para dictarle algunas órdenes.
Aún soy general en jefe de mi ejército, del ejército real, desde hoy
incorporado al de la nación.