En los mismos 30 y 31 de agosto, don Carlos continuaba emitiendo
proclamas desde Andoáin y desde Lecumberri, en las cuales hablaba _del
rebelde Espartero_ como de un enemigo insignificante; echaba la culpa
de sus desgracias a la intriga, a las malas artes de los pérfidos;
delataba _planes maquiavélicos_ de los dos generales _compañeros en
las revoluciones de América_; atribuía la defección de Maroto al _oro
que había recibido de los constitucionales_, y por fin, hacía postrer
llamamiento a sus fieles súbditos para que se acogieran a su _paternal
benevolencia_, ofreciendo olvido de lo pasado si volvían a la defensa
del trono y la religión. A los leales les llamaba _la más preciosa joya
de su corona_. ¡Y con estas retóricas sermonarias, con este lamentar
de pastores, pretendía el pobre hombre congregar de nuevo su disperso
rebaño! La desbandada se inició al tener conocimiento del abrazo de
los generales, que fue tiernísima reconciliación de los dos ejércitos.
El _sálvese el que pueda_ resonó en los valles que había ensordecido
el estruendo guerrero de seis años de lucha fratricida. Cada cual
pensó en salvar lo que poseía, y en último caso la pelleja, que es
_la más preciosa joya_ de cada mortal. Los restos de los sublevados
de Irurzun y Vera, de aquel flamante ejército apostólico y neto, que,
levantando bandera por la integridad de los derechos de Carlos, puso
a su frente al canónigo Echevarría, se desbordó en la más horrible
desmoralización, convirtiéndose los valientes navarros en vulgares
ladrones y desalmados homicidas. So color de castigar traidores,
acosaban a los infelices _ojalateros_, que iban buscando su salvación
por los caminos de Francia, y les arrebataban cuanto tenían. El pillaje
y el asesinato, la persecución de hombres y el atropello de infelices
mujeres, fueron la campaña postrera de aquellos degenerados vestigios
de un grande ejército. El mismo Echevarría estuvo a punto de perecer
a manos de sus soldados ebrios; don Basilio y Guibelalde, puestos
en capilla, escaparon de milagro. Menos dichoso el general González
Moreno, de lúgubre memoria, el _verdugo de Málaga_, caudillo inepto
en Mendigorría, hombre de quien puede decirse que fue una de las más
negras fatalidades del bando carlista, pereció cerca de Urdax, de
un modo desastroso y vil, digno término de una ruin vida. Dieron en
creer los foragidos que iban llenas de dinero las cajas que el general
llevaba en su presurosa fuga, y _como a un cerdo_ (así lo cuenta un
testigo presencial) le mataron en medio de las calles.
La que aún se llamaba corte, el fracasado rey y los fieles que le
seguían, continuaban en Elizondo sin saber dónde meterse ni por qué
resquicios escurrir el bulto. Incansable, corrió allá Espartero; don
Carlos oyó el galopar de su caballo, y acercose más a la frontera. Allí
quemó el absolutismo su postrer cartucho. El batallón cántabro, último
en la fidelidad, primero en el valor, defendió con estoica bravura
las posiciones de Urdax contra las fuerzas triplicadas que allí mandó
el duque de la Victoria. Batiéndose con desesperación, mártires de la
fe, del deber, los cántabros pudieron decir a su expugnador: _morituri
te salutant_. Una columna de cazadores y una sección de tiradores de
la Princesa, mandados por Zabala, dominaron el terreno, dando por
terminada la acción, y con ella la guerra del Norte. Antes de que
sonaran los últimos tiros, montaron a caballo el rey, la reina y demás
personas de la familia y servidumbre, y a todo correr emprendían la
fuga sin parar hasta Francia. Había entrado Carlos seis años antes por
el mismo boquete de la frontera, siendo recibido por Zumalacárregui; se
retiraba escoltado por algunos números de su guardia, solo, triste, más
abatido que desengañado, sin ninguna gloria personal. La corona de la
dignidad con que supo sobrellevar su destierro, fue la única que poseyó
en su vida.
Don Fernando Calpena y don Santiago Ibero, testigos de la última
refriega con los valientes cántabros, admiraron el tesón de estos y
les colmaron de alabanzas. De regreso al Cuartel general de Elizondo,
expresaron los dos amigos su alegría por la terminación feliz de
tan dura, enconada campaña, y cada cual dijo lo que le sugería su
conocimiento de hombres y cosas.
—Hemos acabado una guerra —declaró Ibero con melancolía—, y yo me
felicito de este descanso que pronto disfrutaremos. Un descanso, por
corto que resulte, siempre es de agradecer. Pero le diré a mi amigo con
franqueza que no creo en la paz... Soy ateo de esta religión que ahora
fanatiza a mis compatriotas... No creo, no creo...
—Yo tampoco. La grande obra de nuestro general es una tregua que
debemos alargar todo lo que podamos. Las treguas son necesarias. Así
nos prepararemos para dar al problema, en otro día, solución más segura
y radical.
—Yo estoy triste..., no sé por qué... Lo diré sin rebozo... Me gustaba
el delirio, la barbarie, la guerra, en fin.
—Es realmente un estado muy vital, y además interesante y pintoresco.
—Si vivimos, no envejeceremos en la paz.
—Seremos siempre jóvenes, es decir, guerreros.
—El Convenio, el abrazo, no son más que la fórmula del cansancio.
—Del descanso, querrá usted decir.
—Eso. Se nos permite echar una siesta en día caluroso, el día del siglo.
—Durmamos un poquito.
—Y descansemos, que buena falta nos hace.
* * *
En la opinión del carlismo, quedó Maroto como el prototipo de la
traición y la perfidia. No era justo. A sus defectos, con ser grandes,
toca menos responsabilidad que a su destino cruel, y a la disparidad
entre su carácter y el personal absolutista, entre sus ideas y la
causa que defendió. El brazo eclesiástico, firme apoyo de la facción
(descoyuntado en Vergara, recompuesto después), no perdonó a Maroto
su cooperación en la obra de la paz, como se verá por este hecho
rigurosamente histórico. Recompensado por el gobierno de Isabel con
un alto cargo militar, residió don Rafael algún tiempo en España. Su
hija Margarita, joven de acrisoladas virtudes, que no se descuidaba
en sus prácticas religiosas, fue a confesar una mañana, una tarde (no
importa la hora), en una iglesia que no hace al caso. Cumplió serena
y contrita, declarando sus pecados, que no debían de ser graves, y
cuando terminaba, le preguntó el sacerdote su nombre. La pobre niña,
tímida y pura, ¿qué había de hacer? Se lo dijo... Lo mismo fue oírlo el
cura que de un bote se levantó iracundo, y con destempladas voces la
despidió, negándose a darle la absolución. Atribulada, llorosa, salió
la penitente de la iglesia y no paró hasta su casa. ¿Se pone en duda
este hecho? Pues de él puede dar testimonio doña Margarita Maroto,
viuda de Borgoño, anciana respetabilísima que aún vive. Reside en
Valparaíso.