Hasta el día siguiente muy temprano no pudo ver don Fernando al
general, porque se encerró en su alojamiento con órdenes de no dar
paso a radie. ¿Qué hacía? ¿Qué pensaba? Le atormentaba el cruel dilema
de obedecer a su señor o volverle la espalda para siempre. Antes de
ser recibido, supo Calpena que había pasado la noche en cama con alta
calentura, privado a ratos de conocimiento. Al entrar el caballero en
la alcoba de Maroto, tardó un instante en conocerle: tan desfigurado
estaba por los sufrimientos. Además, acababa de afeitarse quitándose el
bigote. Su cara parecía otra, por efecto de esta mutilación, del color
cárdeno de sus ojeras, de las arrugas que surcaban su piel amarilla,
del desordenado cabello. Había envejecido diez años, perdiendo su
gallardía militar. Al ver a don Fernando, le dijo:
—Hola, _Inquisivi_... ¿Otra vez por acá?
—Sí, mi general: otra vez aquí con la esperanza de ser a usted útil, y
de servir, no a mi partido, sino a mi patria.
Abordando el asunto, notó Fernando un grave desorden en las facultades
del caudillo, que tan pronto expresaba sus anhelos de paz, como
su repugnancia del dictado de traidor que en el Cuartel real se
le aplicaba. La proposición de entrevista le puso en un estado de
inquietud epiléptica. Llevándose las manos a la cabeza, con voces
roncas, destempladas, replicó:
—No puede ser... Me comprometen... ¡El rey...! Soy general de Carlos
V, soberano legítimo... ¿Usted qué opina? ¿Debo ir a la entrevista?...
¿Acaso irá Simón de la Torre?
—Creo que sí —dijo Calpena, juzgando de gran efecto la afirmativa.
—Pues que sea suya la responsabilidad. ¿Y asistirán también los
ingleses? ¡Malditos ingleses!... Yo no, yo no puedo ir... Lo consultaré
con don Carlos. A nadie conviene más la transacción que a nuestro pobre
rey, ese bendito, ese bendito... Pero no, no: antes tengo que colgar
de un alcornoque al canónigo... Sin eso, no hacemos nada... Y de otro
alcornoque a don Basilio, y empalar al malvado Teijeiro...
No había manera de sacarle de este círculo de ideas. Descompuesto y
contradiciéndose a cada instante, ordenó que se preparara su escolta,
reforzada con la mejor caballería de su ejército, y sin tomar ningún
alimento, montó a caballo y se fue al Cuartel real. Regresó al
anochecer; en Villarreal se aseguraba que Maroto había presentado su
dimisión al rey; que este, poco menos que llorando, le había dicho:
—¿Conque ahora me vas a abandonar?...
Algo enternecido también, don Rafael se deshizo en demostraciones
de lealtad, manifestándose dispuesto a sacrificarse por la causa...
Esto se decía, y sobre ello endilgaron comentos mil don Fernando y
Pertusa, con los oficiales que les hacían coro en la cantinela de
la paz. Convenían todos en que no era fácil entender a don Rafael
Maroto, monstruoso enigma en que se reunían todas las complejidades
psicológicas. Decía el _Epístola_ con sutil ingenio:
—Esta mañana, después de una horrible noche de insomnio y fiebre, el
general debió de saltar del lecho con una idea salvadora..., así me
lo figuro yo, y así tiene que ser... Pues saltando del lecho cogió
la navaja de afeitar... Por un momento pensó en degollarse, la mejor
solución de sus horribles dudas... Después pensó otra cosa quizás más
práctica..., escapar a la calladita, vestido de cura... Por esto se
quitó el bigote. No tiene otra explicación.
No pareció mal a los amigos presentes la versión del _Epístola_, y
convinieron con Calpena en que todos, rey, general y canónigo, habían
perdido el juicio. El carlismo había venido a ser un campo de orates.
Al día siguiente dio un súbito cambiazo la voluntad indecisa del
desdichado caudillo, y en vez de dirigirse a Lesaca, según lo convenido
con el rey, se encaminó a Elgueta. No bien entraron en este pueblo,
supo don Fernando la llegada de su amigo Zabala, ya brigadier, que con
el carácter de parlamentario venía de parte del duque de la Victoria.
Negose Maroto a recibirle; trabajó Calpena por lo contrario, empleando
más de una hora en argüirle con cuantos resortes lógicos creía propios
del caso, y al fin accedió el general gruñendo:
—Pues sea, y acabemos de una vez, ¡porra!...
El día 25, a las seis de la mañana, se reunían en la venta de Abadiano,
entre Durango y Elorrio, don Baldomero Espartero con el brigadier
Linaje y el coronel inglés Wilde, representando la idea constitucional,
y por la idea absolutista don Rafael Maroto y el general Urbistondo,
jefe de los batallones castellanos. La magna cuestión de los fueros
trajo el desacuerdo de los conferenciantes, porque los carlistas pedían
que se reconociese el régimen foral en toda su pureza, y Espartero no
quería comprometerse a tanto, dejando el grave asunto a la resolución
de las Cortes. Manifestose Linaje contrario a los fueros, sosteniendo
que el fanatismo había sido el único móvil del levantamiento carlista;
cruzáronse agrias contestaciones entre Linaje y Urbistondo, y entre el
jefe de los castellanos y Maroto, pues este, al llevar a su compañero
a la conferencia, le había manifestado que, en las negociaciones
preliminares, ambas partes estaban conformes en el reconocimiento
incondicional de los fueros. Negolo Espartero, atribuyendo la idea de
su rival a mala inteligencia. Al cabo de tanto discutir, se separaron
en desacuerdo. No había paz, no podía España disfrutar de este inmenso
bien.
Cuando se retiraban, cada cual por su lado, llegó don Simón de la
Torre, que fue en seguimiento de Espartero, y alcanzándole cerca de
Durango, se declaró dispuesto, con los ocho batallones de su mando,
a transigir resueltamente sin regatear ninguna condición. En tanto,
volvió Maroto a Guipúzcoa dando tumbos, que no de otra manera puede
expresarse la inseguridad de sus movimientos, reflejo de la horrible
lucha de su espíritu, y en la villa de Elgueta se encontró nueva
sorpresa y emociones tan vivas, que ellas bastarían a quitarle el seso
si alguno en aquella ocasión le quedara. De improviso se presentó el
rey con su escolta en el Cuartel general, y antes de que Maroto pudiese
tomar resolución alguna, mandó formar los catorce batallones para
pasarles revista y arengarles. Así se acordó en una junta celebrada
por Carlos V el día anterior, al tener conocimiento de la entrevista
de Abadiano. Había llegado el instante en que el rey lo era de hecho,
y como tal procedería con soberana entereza y celeridad. Pronto vería
el mundo si merecía la corona. Revistar a las tropas que formaban el
núcleo de su ejército; presentarse a ellas, no solo como rey, sino
como generalísimo, asumiendo el mando directo; destituir en el acto
al desleal caudillo, y aplicarle sin consideración, sumariamente, la
pena que le correspondía, era un acto propio de monarca guerrero. Si
el programa se cumplía, ¡qué hermosa solución de los enmarañados
problemas pendientes, qué gallarda manera de cortar el nudo que en vano
con su estira y afloja había querido desatar!
Ante el aparato que en torno al soberano se desplegaba, Maroto, se vio
perdido, se sintió fusilado... De su cráneo a su olfato descendía el
olor de pólvora. Para mayor solemnidad del acto, presentábase el rey
de gran uniforme, con todas sus cruces, bandas y collares, radiante
de inepta vanidad, y le acompañaban su hijo Carlitos, príncipe de
Asturias; el infante don Sebastián y los generales Eguía, Valdespina,
Villarreal y Negri... Formaron las tropas. La expectación era para
algunos como si esperaran el fin del mundo... Rompió al fin el rey en
una perorata que llevaba bien aprendida; pero su voz no vibraba, no
sabía llegar a los oídos lejanos, no era instrumento para conmover
y entusiasmar a las muchedumbres. Se observaban en su rostro y en
su actitud los inútiles esfuerzos para ponerse en la situación que
el grave caso exigía, para desempeñar airosa y noblemente el papel
de rey, para imitar la marcial fiereza, la grandiosa altivez de los
más célebres capitanes en circunstancias como las de aquel momento.
Oyeron los más próximos algunos conceptos en que el hijo de Carlos IV
evocaba las sombras de César y Aníbal; algo dijo luego de los cántabros
indomables, de Roma, señora del mundo... No dejó de causar sorpresa
que omitiese la rutinaria invocación a la Generalísima, Nuestra
Señora de los Dolores. No estaba sin duda la causa absolutista para
tafetanes... Por fin, viendo el buen señor que no producía el efecto
que se proponía, y conociendo que ni su acento ni su ademán respondían
a la majestad que intentaba poner en ellos, se comió la mejor parte del
preparado sermón, y fue derecho en busca del efecto final.
—Hijos míos —exclamó ahuecando la voz todo lo que pudo—, ¿me reconocéis
por vuestro rey?
La contestación fue un «¡Sí, sí... Viva el rey!», que corrió,
extinguiéndose en las filas lejanas.
—¿Y estáis dispuestos —añadió— a seguirme a todas partes, a derramar
vuestra sangre en defensa de mi causa y de la religión?
Silencio en las filas. No se oyó ni un murmullo ni un aliento. El
general Eguía, alzándose sobre los estribos, y poniéndose rojo del
esfuerzo con que gritaba, dio varios vivas que fueron contestados
fríamente. De las segundas filas vino primero un rumor tímido, después
exclamaciones más claras, por fin estas voces:
—¡Viva la paz, viva nuestro general, viva Maroto!
—¡Voluntarios! —gritó entonces don Carlos, y en ocasión tan crítica
la dignidad brilló en su rostro... ¡Al fin descendía de cien reyes!—.
Voluntarios, donde está vuestro rey, no hay general alguno... Os
repito: ¿queréis seguirme?
Silencio sepulcral. El brigadier Iturbe, jefe de los guipuzcoanos,
acudió a remediar con un pérfido expediente la desairada, angustiosa
situación del monarca.
—Señor —le dijo—, es que no entienden el castellano.
Y don Carlos, tragando saliva, le ordenó que hiciera la pregunta en
vascuence. Pero Iturbe, que era de los más comprometidos en la política
marotista, formuló la pregunta con una alteración grave:
—¿_Paquia naidezute, mutillac_? (¿Queréis la paz, muchachos?).
Y con gran estruendo respondió toda la tropa:
—¡_Bai jauna_! (Sí, señor).
Debió don Carlos sacar su espada y atravesar con ella al brigadier
guipuzcoano, castigando en el acto la grosera, irreverente burla.
Volvió la cara lívida, y vio tras sí a Maroto, que de su mortal zozobra
se recobraba viendo convertido en sainete el acto iniciado con trágica
grandeza. Don Carlos, incapaz de arranque varonil, tuvo dignidad. Dijo
a los de su escolta:
—Estamos vendidos.
Y sin más discursos, ni pronunciar ligera recriminación, volvió grupas
y picó espuelas, saliendo al galope por el camino de Villafranca, con
la reata de príncipes y generales, y la menguada escolta. Corrieron,
corrieron sin respiro, temerosos de que los sicarios de Maroto fueran
en su seguimiento.