XXXIV

Fue un hecho, al fin, a fines de julio, en Miravalles, la entrevista

de Maroto con lord John Hay. No se halló presente Calpena; pero por su

amigo Uhagón supo después que no habían llegado a un acuerdo. Quizás

Maroto, harto ya de guerra, y deseando ponerle fin a todo trance

para salvar su honor militar y su vida, habría dado asentimiento

a las condiciones presentadas por el inglés, muy semejantes a las

de Espartero; mas no podía por sí solo cerrar trato sin el asenso

de los demás jefes, encariñados con la paz, pero más exigentes

en punto a condiciones. Necesitaba tomarse tiempo para traer las

demás voluntades al punto de cansancio y desesperación en que ya

estaba la suya, y propuso a Espartero, por conducto del comodoro, la

suspensión de hostilidades. De la respuesta del duque de la Victoria

a esta martingala de su rival sí fue testigo don Fernando, el cual

vio con gusto que el criterio del duque no difería del suyo. Nada de

armisticio. Maroto, juzgándose impotente ya para presentar batalla,

no quería más que ganar tiempo, esperando del acaso una solución

menos terrible para él que la que anunciaba la realidad. Volvió,

pues, el inglés al Cuartel carlista, en Arrancudiaga, y expresó a

Maroto la negativa de Espartero, y su propósito de reanudar sin demora

las operaciones. He aquí la razón de la marcha del ejército liberal

desde Amurrio a Vitoria por el desfiladero de Altuve. Ocasión tuvo el

carlista, en aquel paso peligroso, de contener a su rival y aun de

batirlo; mas no quiso o no supo aprovecharla. Solo algunas guerrillas

molestaron a Espartero en Altuve; y cuando entraba en Vitoria, casi

sin disparar un tiro, los facciosos abandonaron el puente fortificado

de Arroyabe, corriéndose hacia las líneas atrincheradas de Arlabán y

Villarreal.

Decidido siempre y con sus ideas bien claras, como turbias eran las del

otro, atacó Espartero resueltamente, no dándole tiempo a prepararse.

Maroto aceptó aquel combate, como el suicida que ve en la segura

muerte la única solución del conflicto que le agobia. La proclama que

dio a su ejército era el lenguaje de la impotencia y el orgullo, y

estos sentimientos se comunicaron a la tropa carlista, que en aquella

jornada, como en otras muchas, desplegó un valor heroico, una grandiosa

entereza. Porfiado cual ninguno fue el combate: de una parte y otra se

desarrolló toda la fuerza espiritual y física que siempre fue don de

soldados españoles en las grandes apreturas de la guerra. Perecieron

aquí y allá valientes en gran número. Venció al fin el que tenía

razón: Espartero fue dueño de Villarreal. De las alturas de Arlabán

desaparecieron los carlistas como una nube empujada por el viento, y

escabulléndose por las tristes hoces de Aránzazu, caían sobre Oñate y

los valles guipuzcoanos, cuna y sepulcro de la causa.

Antes de la gloriosa ocupación de Villarreal por Espartero, supo este

que en el campo enemigo, por la banda de Navarra, ocurrían sucesos

graves, que confirmando la rápida gangrena del cuerpo lacerado del

absolutismo, venían a favorecer los planes de pacificación. Algunas

compañías de los batallones 5.º y 12.º de Navarra se sublevaron

en Irurzun al grito de «¡Viva el rey, mueran los traidores, abajo

Maroto!». Era la enfermedad histórica de la nación, la protesta armada,

manifestándose en la monarquía absoluta de Oñate como en el régimen

constitucional de Madrid. La ineptitud y doblez de los hijos de Carlos

IV, tan semejantes en su soberbia como en su incapacidad para el

gobierno, eran quizás la causa determinante de aquella dolencia que con

el tiempo había de corromper la sangre nacional. El rey tenía una cara

para los transaccionistas y otra para los apostólicos. Creyérase que

Fernando y Carlos eran el mismo hombre. Pues bien: los sublevados de

Irurzun encamináronse a Vera, soliviantando a los pueblos del tránsito;

diéronse allí la mano con los emigrados, que dejaron de serlo, pasando

la frontera. El obispo Abarca, Gómez Pardo, el cabecilla o general don

Basilio y el famoso canónigo y confesor Echevarría constituyéronse en

autoridad revolucionaria, en nombre de Carlos V. Era como una sombra de

la regencia de Urgell. ¡Tristes amaneramientos de la historia!

Lo primerito que se les ocurrió a los sediciosos, demostrando en

ello buen tino, fue nombrar su comandante general; y aunque entre

ellos estaba don Basilio, hombre de guerra, recayó la elección en

el canónigo, quien de confesor de Su Majestad pasó a jefe de Estado

Mayor de la Generalísima. Empuñó el hombre su bastón, y pasada revista

a las tropas con una felicísima mezcolanza de unción y marcialidad,

largó su correspondiente proclama, poniendo a Maroto a los pies de

los caballos, y procurando levantar el decaído espíritu de aquellos

pueblos infelices, honrados, inocentes, que habían hecho por la realeza

de Carlos Isidro el sacrificio de su sangre y su hacienda. Pero los

pueblos, la verdad sea dicha, no respondieron con el calor que se

esperaba a la invocación del clérigo metido a Macabeo. La fe en un

rey que no sabía gobernar ni combatir se debilitaba rápidamente. Paces

querían ya, aunque no se les hablara tanto de religión, que bien segura

veían por todas partes... porque, verdaderamente, si tan _partidario_

de don Carlos era Dios, ¿a qué consentía los avances de Espartero y los

palizones que este venía dando a los caballeros del altar y el trono?

Y no se paraba en barras el conde-duque, seguro ya de ganar la partida.

Desde Villarreal de Álava avanzó hacia el fuerte de Urquiola, donde fue

muy débil la resistencia. Sabedor de que su rival ocupaba a Durango con

fuerzas considerables, allá corrió dispuesto a batirle; pero Maroto,

ya en el grado último de turbación y azoramiento, le abandonó la

villa, marchándose a Elorrio. Hizo, pues, Espartero entrada triunfal

en Durango, y la animación y el orgullo de sus tropas, vencedoras

sin disparar un tiro, contrastaban con el desmayo y tristeza de los

batallones guipuzcoanos.

No estará de más decir que no fue para el señor de Calpena motivo de

gozo la entrada en Durango. Temía que el encuentro de los Arratias

le produjese una situación penosa, y que los recuerdos apagados se

avivasen con la presencia de personas que no quería ver más en lo

que le restara de vida. Por fortuna suya, en el retraimiento que se

impuso, encarcelándose y entreteniendo sus ocios con lecturas, le

descubrió el sabueso de más fino olfato que por aquellos reinos

andaba: el sagacísimo don Eustaquio de la Pertusa, que una mañana

se le apareció como por escotillón, sirviéndole el chocolate, según

testimonio del propio don Fernando en sus memorias escritas y no

publicadas. Adivinando el motivo de la encerrona de su noble amigo, el

astuto conspirador se apresuró a tranquilizarle refiriéndole que todos

los Arratias de ambos sexos habían levantado el vuelo hacia Bilbao,

en cuanto se agregaron a la familia Zoilo y su padre. ¡Memorable día

de abrazos y besos, reconciliaciones y extremos de cariño! Felices

parecían todos al emprender la marcha hacia sus lares, y tan embobada

con la criatura iba la juvenil pareja, que era lógico esperar se

cumplieran los deseos de doña Prudencia, la cual no se contentaba

con menos de una criatura por año. La fecundidad de la guapa moza

garantizaría su dicha y la paz del matrimonio. Para don Fernando fueron

estas referencias como si la sepulcral losa, que en el cementerio de

su corazón guardaba sus primeros amores, se levantase y se volviera a

cerrar. Trató de asegurarla bien, soldándola o claveteándola con buenas

razones, y trazó sobre ella con escoplo más firme las tres fúnebres

letras R. I. P.

Luego entró don Eustaquio en informaciones muy interesantes de la

trapatiesta apostólica. Por un lado, don Carlos no quería indisponerse

con Maroto, a quien creía capaz de un regicidio; por otro, alentaba a

los que en rigor de ley eran rebeldes. Para negros y blancos tenía

una palabra benévola. Él lo había visto, él, don Eustaquio de la

Pertusa; nadie se lo contaba. Desde Lesaca mandó don Carlos un recadito

secreto al canónigo general, y este, bien disfrazado, fue a verle, y

toda una media noche pasaron conferenciando. Suponía el _Epístola_

que el objeto del conciliábulo no era otro que ver el modo y ocasión

de armar una ratonera en que coger descuidado a Maroto, y hacer con

él luego el mayor y más ruidoso escarmiento de traidores. Al propio

tiempo, Zaratiegui, encargado por Maroto de sofocar la insurrección de

los batallones navarros, se situaba en Etuláin, decidido a liarse con

ellos. Y el general Elío, que también quería paces, mandaba al campo

insurrecto a un frailazo llamado Guillermo, marotista por excepción,

para que arengase a los navarros y les trajese a la disciplina, todo

ello invocando siempre el altar y el trono, que ya casi no tenían

forma, de tanto como los manoseaban, de tanta saliva como ponían en

ellos los labios de los oradores. Pero el buen fraile no sacó de sus

prediques más fruto que una ronquera penosa y el desaliento con que

volvió y dijo a Elío que fuera él a convencerles. En tanto, ¿qué hacía

don Carlos? Inalterable en su doblez medrosa, largaba otra proclamita,

diciendo horrores de los rebeldes, llamándoles _puñado de extraviados_,

y amenazándoles con destruir por sí mismo aquel germen de _cobarde

y vil traición_. En las cartas que se cruzaron entre Maroto y el

canónigo Echevarría, este le llamaba con todo desenfado _traidor_ y

_asesino_.

Informado el duque de estos hechos, mandó a Calpena que fuese

al Cuartel general de Maroto y allí se instalara, valiéndose de

cualquier arbitrio, con objeto de vigilar sus actos e influir en sus

resoluciones, pues del estado de trastorno en que se hallaba, todo

podía temerse. Al propio tiempo llevaba el encargo de anunciarle la

proposición de entrevista, que muy pronto se haría oficialmente por

conducto de un parlamentario. Si no la aceptaba, se le atacaría con

esfuerzo combinado en toda la línea, obligándole a una capitulación

en que no le sería fácil obtener las ventajas que él y sus compañeros

obtendrían del Convenio proyectado.

Con estas instrucciones partió don Fernando a Salinas acompañado de

Urrea y de Pertusa, que se agregó muy contento a la embajada, estimando

que su concurso había de ser eficaz para el caballero, por su gran

metimiento y sus amistosas relaciones en el campo marotista. Poco antes

de que los tres llegaran a Salinas, había salido Maroto para Mondragón;

siguiéronle, agregándose a la retaguardia sin ningún cuidado, pues

el _Epístola_ era en aquel ejército como de casa, y el día próximo

alcanzaron al general no lejos de Vergara, por donde pasaron sin

detenerse. Iba Maroto decidido a refrenar en Lesaca la insurrección

apostólica, y a colgar de un alcornoque al canónigo Echevarría,

enracimado con otros clérigos y bárbaros caciques. Pero al llegar a

Villarreal se encontró don Rafael con una novedad que hubo de causarle

tanta sorpresa como disgusto. Entraba su vanguardia en el pueblo por el

lado de Anzuola, y por el de Zumárraga comparecía la guardia de honor

de don Carlos. Detrás venía la brigada del Cuartel real, con el propio

Rey, procedente de Villafranca. A regañadientes, y con el cuerpo lleno

de bilis, Maroto no tuvo más remedio que afrontar la presencia de su

señor, y se llegó con su Estado Mayor a recibirle, creyendo que allí

permanecería. Pero don Carlos no hizo más que una parada momentánea,

sin apearse del caballo; y al recibir los homenajes de su general,

pálidos ambos como difuntos, recelando el uno del otro, le dijo:

—Sígueme: voy a Anzuola...

Automáticamente, sin darse cuenta de lo que hacía, se agregó a la

escolta, y siguieron rey y vasallo silenciosos hasta cerca de Descarga.

Allí paró un instante don Carlos, y llamando a su lado a Maroto,

repitió:

—Sígueme hasta Anzuola. Tenemos que hablar.

Maroto, que había dejado en Villarreal su escolta y ayudantes,

presintió que se le quería llevar a una encerrona. Se vio fusilado

ejecutiva y cruelmente, en el estilo sencillísimo que él empleara con

Guergué, y evocando su entereza contestó al hijo de Carlos IV:

—Señor, los cuerpos están formados y tengo que darles una orden muy

precisa.

Y sin añadir otras razones, ni aguardar las que el rey pudiera darle,

volvió grupas, caminito de Villarreal. De lejos, alzando la voz,

queriendo ser enérgico, y sin dejar de ser tímido, el pretendiente le

dijo:

—Cuidado..., que te espero en Anzuola.

Con un movimiento de cabeza respondió Maroto que sí, y se alejó al

trote, difiriendo la entrevista para la vuelta, que sería _la del humo_.

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