Fue un hecho, al fin, a fines de julio, en Miravalles, la entrevista
de Maroto con lord John Hay. No se halló presente Calpena; pero por su
amigo Uhagón supo después que no habían llegado a un acuerdo. Quizás
Maroto, harto ya de guerra, y deseando ponerle fin a todo trance
para salvar su honor militar y su vida, habría dado asentimiento
a las condiciones presentadas por el inglés, muy semejantes a las
de Espartero; mas no podía por sí solo cerrar trato sin el asenso
de los demás jefes, encariñados con la paz, pero más exigentes
en punto a condiciones. Necesitaba tomarse tiempo para traer las
demás voluntades al punto de cansancio y desesperación en que ya
estaba la suya, y propuso a Espartero, por conducto del comodoro, la
suspensión de hostilidades. De la respuesta del duque de la Victoria
a esta martingala de su rival sí fue testigo don Fernando, el cual
vio con gusto que el criterio del duque no difería del suyo. Nada de
armisticio. Maroto, juzgándose impotente ya para presentar batalla,
no quería más que ganar tiempo, esperando del acaso una solución
menos terrible para él que la que anunciaba la realidad. Volvió,
pues, el inglés al Cuartel carlista, en Arrancudiaga, y expresó a
Maroto la negativa de Espartero, y su propósito de reanudar sin demora
las operaciones. He aquí la razón de la marcha del ejército liberal
desde Amurrio a Vitoria por el desfiladero de Altuve. Ocasión tuvo el
carlista, en aquel paso peligroso, de contener a su rival y aun de
batirlo; mas no quiso o no supo aprovecharla. Solo algunas guerrillas
molestaron a Espartero en Altuve; y cuando entraba en Vitoria, casi
sin disparar un tiro, los facciosos abandonaron el puente fortificado
de Arroyabe, corriéndose hacia las líneas atrincheradas de Arlabán y
Villarreal.
Decidido siempre y con sus ideas bien claras, como turbias eran las del
otro, atacó Espartero resueltamente, no dándole tiempo a prepararse.
Maroto aceptó aquel combate, como el suicida que ve en la segura
muerte la única solución del conflicto que le agobia. La proclama que
dio a su ejército era el lenguaje de la impotencia y el orgullo, y
estos sentimientos se comunicaron a la tropa carlista, que en aquella
jornada, como en otras muchas, desplegó un valor heroico, una grandiosa
entereza. Porfiado cual ninguno fue el combate: de una parte y otra se
desarrolló toda la fuerza espiritual y física que siempre fue don de
soldados españoles en las grandes apreturas de la guerra. Perecieron
aquí y allá valientes en gran número. Venció al fin el que tenía
razón: Espartero fue dueño de Villarreal. De las alturas de Arlabán
desaparecieron los carlistas como una nube empujada por el viento, y
escabulléndose por las tristes hoces de Aránzazu, caían sobre Oñate y
los valles guipuzcoanos, cuna y sepulcro de la causa.
Antes de la gloriosa ocupación de Villarreal por Espartero, supo este
que en el campo enemigo, por la banda de Navarra, ocurrían sucesos
graves, que confirmando la rápida gangrena del cuerpo lacerado del
absolutismo, venían a favorecer los planes de pacificación. Algunas
compañías de los batallones 5.º y 12.º de Navarra se sublevaron
en Irurzun al grito de «¡Viva el rey, mueran los traidores, abajo
Maroto!». Era la enfermedad histórica de la nación, la protesta armada,
manifestándose en la monarquía absoluta de Oñate como en el régimen
constitucional de Madrid. La ineptitud y doblez de los hijos de Carlos
IV, tan semejantes en su soberbia como en su incapacidad para el
gobierno, eran quizás la causa determinante de aquella dolencia que con
el tiempo había de corromper la sangre nacional. El rey tenía una cara
para los transaccionistas y otra para los apostólicos. Creyérase que
Fernando y Carlos eran el mismo hombre. Pues bien: los sublevados de
Irurzun encamináronse a Vera, soliviantando a los pueblos del tránsito;
diéronse allí la mano con los emigrados, que dejaron de serlo, pasando
la frontera. El obispo Abarca, Gómez Pardo, el cabecilla o general don
Basilio y el famoso canónigo y confesor Echevarría constituyéronse en
autoridad revolucionaria, en nombre de Carlos V. Era como una sombra de
la regencia de Urgell. ¡Tristes amaneramientos de la historia!
Lo primerito que se les ocurrió a los sediciosos, demostrando en
ello buen tino, fue nombrar su comandante general; y aunque entre
ellos estaba don Basilio, hombre de guerra, recayó la elección en
el canónigo, quien de confesor de Su Majestad pasó a jefe de Estado
Mayor de la Generalísima. Empuñó el hombre su bastón, y pasada revista
a las tropas con una felicísima mezcolanza de unción y marcialidad,
largó su correspondiente proclama, poniendo a Maroto a los pies de
los caballos, y procurando levantar el decaído espíritu de aquellos
pueblos infelices, honrados, inocentes, que habían hecho por la realeza
de Carlos Isidro el sacrificio de su sangre y su hacienda. Pero los
pueblos, la verdad sea dicha, no respondieron con el calor que se
esperaba a la invocación del clérigo metido a Macabeo. La fe en un
rey que no sabía gobernar ni combatir se debilitaba rápidamente. Paces
querían ya, aunque no se les hablara tanto de religión, que bien segura
veían por todas partes... porque, verdaderamente, si tan _partidario_
de don Carlos era Dios, ¿a qué consentía los avances de Espartero y los
palizones que este venía dando a los caballeros del altar y el trono?
Y no se paraba en barras el conde-duque, seguro ya de ganar la partida.
Desde Villarreal de Álava avanzó hacia el fuerte de Urquiola, donde fue
muy débil la resistencia. Sabedor de que su rival ocupaba a Durango con
fuerzas considerables, allá corrió dispuesto a batirle; pero Maroto,
ya en el grado último de turbación y azoramiento, le abandonó la
villa, marchándose a Elorrio. Hizo, pues, Espartero entrada triunfal
en Durango, y la animación y el orgullo de sus tropas, vencedoras
sin disparar un tiro, contrastaban con el desmayo y tristeza de los
batallones guipuzcoanos.
No estará de más decir que no fue para el señor de Calpena motivo de
gozo la entrada en Durango. Temía que el encuentro de los Arratias
le produjese una situación penosa, y que los recuerdos apagados se
avivasen con la presencia de personas que no quería ver más en lo
que le restara de vida. Por fortuna suya, en el retraimiento que se
impuso, encarcelándose y entreteniendo sus ocios con lecturas, le
descubrió el sabueso de más fino olfato que por aquellos reinos
andaba: el sagacísimo don Eustaquio de la Pertusa, que una mañana
se le apareció como por escotillón, sirviéndole el chocolate, según
testimonio del propio don Fernando en sus memorias escritas y no
publicadas. Adivinando el motivo de la encerrona de su noble amigo, el
astuto conspirador se apresuró a tranquilizarle refiriéndole que todos
los Arratias de ambos sexos habían levantado el vuelo hacia Bilbao,
en cuanto se agregaron a la familia Zoilo y su padre. ¡Memorable día
de abrazos y besos, reconciliaciones y extremos de cariño! Felices
parecían todos al emprender la marcha hacia sus lares, y tan embobada
con la criatura iba la juvenil pareja, que era lógico esperar se
cumplieran los deseos de doña Prudencia, la cual no se contentaba
con menos de una criatura por año. La fecundidad de la guapa moza
garantizaría su dicha y la paz del matrimonio. Para don Fernando fueron
estas referencias como si la sepulcral losa, que en el cementerio de
su corazón guardaba sus primeros amores, se levantase y se volviera a
cerrar. Trató de asegurarla bien, soldándola o claveteándola con buenas
razones, y trazó sobre ella con escoplo más firme las tres fúnebres
letras R. I. P.
Luego entró don Eustaquio en informaciones muy interesantes de la
trapatiesta apostólica. Por un lado, don Carlos no quería indisponerse
con Maroto, a quien creía capaz de un regicidio; por otro, alentaba a
los que en rigor de ley eran rebeldes. Para negros y blancos tenía
una palabra benévola. Él lo había visto, él, don Eustaquio de la
Pertusa; nadie se lo contaba. Desde Lesaca mandó don Carlos un recadito
secreto al canónigo general, y este, bien disfrazado, fue a verle, y
toda una media noche pasaron conferenciando. Suponía el _Epístola_
que el objeto del conciliábulo no era otro que ver el modo y ocasión
de armar una ratonera en que coger descuidado a Maroto, y hacer con
él luego el mayor y más ruidoso escarmiento de traidores. Al propio
tiempo, Zaratiegui, encargado por Maroto de sofocar la insurrección de
los batallones navarros, se situaba en Etuláin, decidido a liarse con
ellos. Y el general Elío, que también quería paces, mandaba al campo
insurrecto a un frailazo llamado Guillermo, marotista por excepción,
para que arengase a los navarros y les trajese a la disciplina, todo
ello invocando siempre el altar y el trono, que ya casi no tenían
forma, de tanto como los manoseaban, de tanta saliva como ponían en
ellos los labios de los oradores. Pero el buen fraile no sacó de sus
prediques más fruto que una ronquera penosa y el desaliento con que
volvió y dijo a Elío que fuera él a convencerles. En tanto, ¿qué hacía
don Carlos? Inalterable en su doblez medrosa, largaba otra proclamita,
diciendo horrores de los rebeldes, llamándoles _puñado de extraviados_,
y amenazándoles con destruir por sí mismo aquel germen de _cobarde
y vil traición_. En las cartas que se cruzaron entre Maroto y el
canónigo Echevarría, este le llamaba con todo desenfado _traidor_ y
_asesino_.
Informado el duque de estos hechos, mandó a Calpena que fuese
al Cuartel general de Maroto y allí se instalara, valiéndose de
cualquier arbitrio, con objeto de vigilar sus actos e influir en sus
resoluciones, pues del estado de trastorno en que se hallaba, todo
podía temerse. Al propio tiempo llevaba el encargo de anunciarle la
proposición de entrevista, que muy pronto se haría oficialmente por
conducto de un parlamentario. Si no la aceptaba, se le atacaría con
esfuerzo combinado en toda la línea, obligándole a una capitulación
en que no le sería fácil obtener las ventajas que él y sus compañeros
obtendrían del Convenio proyectado.
Con estas instrucciones partió don Fernando a Salinas acompañado de
Urrea y de Pertusa, que se agregó muy contento a la embajada, estimando
que su concurso había de ser eficaz para el caballero, por su gran
metimiento y sus amistosas relaciones en el campo marotista. Poco antes
de que los tres llegaran a Salinas, había salido Maroto para Mondragón;
siguiéronle, agregándose a la retaguardia sin ningún cuidado, pues
el _Epístola_ era en aquel ejército como de casa, y el día próximo
alcanzaron al general no lejos de Vergara, por donde pasaron sin
detenerse. Iba Maroto decidido a refrenar en Lesaca la insurrección
apostólica, y a colgar de un alcornoque al canónigo Echevarría,
enracimado con otros clérigos y bárbaros caciques. Pero al llegar a
Villarreal se encontró don Rafael con una novedad que hubo de causarle
tanta sorpresa como disgusto. Entraba su vanguardia en el pueblo por el
lado de Anzuola, y por el de Zumárraga comparecía la guardia de honor
de don Carlos. Detrás venía la brigada del Cuartel real, con el propio
Rey, procedente de Villafranca. A regañadientes, y con el cuerpo lleno
de bilis, Maroto no tuvo más remedio que afrontar la presencia de su
señor, y se llegó con su Estado Mayor a recibirle, creyendo que allí
permanecería. Pero don Carlos no hizo más que una parada momentánea,
sin apearse del caballo; y al recibir los homenajes de su general,
pálidos ambos como difuntos, recelando el uno del otro, le dijo:
—Sígueme: voy a Anzuola...
Automáticamente, sin darse cuenta de lo que hacía, se agregó a la
escolta, y siguieron rey y vasallo silenciosos hasta cerca de Descarga.
Allí paró un instante don Carlos, y llamando a su lado a Maroto,
repitió:
—Sígueme hasta Anzuola. Tenemos que hablar.
Maroto, que había dejado en Villarreal su escolta y ayudantes,
presintió que se le quería llevar a una encerrona. Se vio fusilado
ejecutiva y cruelmente, en el estilo sencillísimo que él empleara con
Guergué, y evocando su entereza contestó al hijo de Carlos IV:
—Señor, los cuerpos están formados y tengo que darles una orden muy
precisa.
Y sin añadir otras razones, ni aguardar las que el rey pudiera darle,
volvió grupas, caminito de Villarreal. De lejos, alzando la voz,
queriendo ser enérgico, y sin dejar de ser tímido, el pretendiente le
dijo:
—Cuidado..., que te espero en Anzuola.
Con un movimiento de cabeza respondió Maroto que sí, y se alejó al
trote, difiriendo la entrevista para la vuelta, que sería _la del humo_.