Dirigiose a la cómoda en que estaba el candilón, el cual, dicho sea
por respeto a la puntualidad histórica, había dejado extinguir una de
sus dos mechas, manteniendo encendida la otra por puro compromiso,
al parecer, pues bien se le conocían las ganas de dormirse en la
oscuridad. Don Fernando miró al general, que revolvía papeles en el
cajón primero de la cómoda, y tras él veía, también mal alumbradas por
la luz dormilona, las pobrecitas Ánimas del purgatorio, sus cuerpos
desnudos entre llamas rojizas. ¡Con qué gusto las habría sacado de
aquel martirio, extrayendo al propio tiempo al pobre general, que en
las llamas de su ansiedad o irresolución ardía!
—Verá usted —dijo don Rafael, hallando lo que buscaba, y volviendo
el rostro hacia el mensajero de su rival—: aquí tengo una carta
interesantísima. No haré con usted misterio de su contenido ni de la
persona que la firma: es un amigo íntimo de Simón de la Torre y mío.
En ella se me propone una entrevista con el comodoro lord John Hay, el
cual tiene instrucciones de su gobierno para proponer a Espartero y a
mí fórmulas de paz.
—Debo decir a usted que a mi jefe no le gusta que los extranjeros
medien en este asunto. Notaría usted que el coronel Wilde no pronunció
una palabra de condiciones de arreglo. También debo decirle, general,
que a Espartero no le supo bien que usted cambiara comunicaciones con
el mariscal Soult sobre este negocio. Es muy delicada la intervención
extranjera, así en la guerra como en la paz, porque casi siempre los
poderosos que nos prestan servicio tan eminente, lo cobran después con
una pesada injerencia política y diplomática.
—Es verdad; pero yo no puedo negar al comodoro la entrevista que me
propone. Solo que no sé dónde ni cómo celebrarla. Bien podría servirme
de pretexto la orden que a León ha dado Espartero de quemar las mieses
de Navarra. Esto es una violación del tratado de Elliot.
—¿Ha contestado usted a La Torre que acepta la entrevista?
—No, porque de nadie me fío ya. No me determino a enviar una carta de
tanta gravedad por mano de carlista: la traición y el espionaje tienden
aquí sus redes que es un primor.
—¿Y no hay un hombre leal que establezca la comunicación verbalmente?
—No le hay, o al menos yo no le veo junto a mí —replicó Maroto con la
desconfianza pintada en su inquieto mirar.
—Permítame usted que le diga, mi general, que en el recelo y suspicacia
que me manifiesta veo una enfermedad del ánimo, efecto de su
singularísima situación entre la guerra apostólica y la paz nacional;
veo el delirio persecutorio, que usted logrará vencer, mirando con más
serenidad cosas y personas.
—Puede que tenga usted razón... Déjeme seguir: Simón de la Torre y yo
estamos de acuerdo; el amigo que nos comunica es un joven bilbaíno muy
simpático, que ha servido con Córdova y con Espartero...
—¡Oh, qué luz, mi general!... ¿Es acaso Pedro Pascual Uhagón?
—¿Amigo de usted, por ventura?
—Sí, señor... Yo sabía que andaba por aquí; me constaba su amistad con
Simón de la Torre... En fin, ¿quiere usted que yo me vea con Uhagón?...
¿Dónde está?
—Muy cerca de aquí: en Amurrio.
—Pues allá me voy. ¿Debo decirle que está usted dispuesto a celebrar
la entrevista con el comodoro?
—Justo; ¿pero dónde nos encontramos, Señor?... ¿Debemos reunimos por
casualidad, o por reclamo del inglés, para tratar de la cuestión de las
mieses incendiadas?
—Deje usted a mi cuidado el determinar la entrevista de una manera
lógica, en forma que le ponga a usted a cubierto de toda sospecha.
—Si así lo hiciere, me prestaría un servicio inmenso en las actuales
circunstancias...
—¿Conque en Amurrio? Cuente usted con que mañana comemos juntos Pedro
Pascual y yo; cuente con que un día de estos se verá usted sorprendido
por lord John, y obligado aparentemente a conferenciar con él... Y
cuente con que las proposiciones del inglés diferirán poco de las de
Espartero...
—Pero la sanción de una potencia extranjera, amigo mío, es alivio
grande de la responsabilidad...
—Convenido. Luego veremos el grado de desinterés de la gestión
inglesa... En fin, mi general, viva la paz, _aunque viva con su
pepita_...
—Eso, eso —dijo Maroto, riendo por primera vez en la conferencia de
aquella lúgubre noche—, _que viva con su pepita_. Y ahora...
—Sí; debo retirarme.
—Que no se le olvide felicitar a Espartero por su ducado.
—Lo agradecerá mucho.
—Sí, sí; los dichosos agradecen los plácemes de los tristes —dijo don
Rafael sin ocultar su pena inmensa—. Conque, buenas noches. No tengo
vino superior con que obsequiarle.
—Ya beberemos pronto a la salud de España pacificada. No me detengo.
Querrá usted dormir: yo también.
—Yo no duermo.
—Descansar, por lo menos.
—Tampoco.
—Ya vendrán para todos el descanso y la tranquilidad.
—Dios lo quiera.
—¡Ánimo, sinceridad, patriotismo! Adiós, mi general.
—Adiós. Le deseo lo que yo no he tenido nunca: buena suerte.
—La tendremos... ¿Qué hace falta? El corazón siempre por delante.
—¡Ay!... Eso se dice, eso se intenta..., pero no siempre el corazón se
pone donde quiere, donde debe... Adiós.
Salió Calpena de la triste casona; palpando paredes se encaminó a
su alojamiento, y lo primero que hizo fue dar órdenes para partir
de madrugada. El coronel Wilde y el brigadier Campillo dormían
profundamente; procuró hacer lo propio, y al romper el día trotaban los
seis desandando el camino que habían traído. Las diez serían cuando las
avanzadas del ejército liberal les indicaban la proximidad de Amurrio.
Dijo don Fernando a sus compañeros que si no querían esperarle en
aquel pueblo, donde una diligencia importante le detendría, siguieran
a Orduña. Divididas las voluntades, el brigadier determinó encaminarse
sin demora al Cuartel real, y Wilde se quedó, pues no había para él
compañía más grata que la del caballero español. No vaciló este en
ponerle en autos del asunto que motivaba su detención en Amurrio:
uno y otro, cada cual en su esfera, trabajaban por la paz, y solían
comunicarse una parte de sus secretos. La primera diligencia fue tomar
lenguas del paradero de Uhagón, también del inglés amigo, y sin grandes
molestias dieron con él en la casa de Zárate, donde estaba en gran
parola, _inter pocula_, con Ibero y otros oficiales, entreteniendo
los ocios con historias picantes y libaciones de chacolí. En el mismo
hospedaje se metieron Calpena y Wilde, formando alegre compañía, y
al poco tiempo de sociedad, ya se habían trazado los conspiradores
de la paz el plan más acertado para llevar adelante las vistas entre
el comodoro y el general de don Carlos. Por desgracia, lord John
se hallaba por aquellos días en Bayona; Pedro Pascual tenía que
trasladarse a Bilbao, buscar embarcación que le llevase a Francia, y
volver luego con el comodoro. Convinieron en que Wilde le acompañaría
en la expedición marítima, mientras a Orduña pasaba don Fernando para
dar cuenta al general. Algunos días retuvo el duque de la Victoria a su
amigo, no solo porque descansase, sino por creer que en el estado de
las negociaciones convenía dar largas a Maroto, para que su turbado
ánimo, con la tremenda crisis del carlismo, viniese a mayor decaimiento
y desorden más grande. La primera comisión que don Baldomero dio a su
fiel servidor después de aquel descanso fue llevar a Maroto las cartas
de los emigrados apostólicos, que interceptadas por el gobierno fueron
impresas en la _Gaceta de Madrid_. Por ellas se veía que el partido
intransigente, a quien el rey con fingida corrección había separado
de su gracia, se mantenía con este en inteligencia clandestina. Por
miedo a Maroto, había decretado don Carlos el destierro de los clérigos
Echevarría y Lárraga, de Marco del Pont y Arias Teijeiro; pero no
tardaron estos en ponerse de nuevo al habla con su señor, tendiéndose
desde la frontera a la corte un hilo de conspiración que no fue el paso
menos interesante de aquella tragicomedia.
Volvió pues, don Fernando al Cuartel de Maroto, acompañado de Ibero
en calidad de parlamentario militar para un nuevo canje, y halló muy
desconcertado del entendimiento al general sin ventura, variando de
opiniones y actitudes a cada instante, pasando bruscamente del ardiente
furor al desmayo mujeril. Ya tenía conocimiento, cuando el mensajero
le mostró la _Gaceta_, de los tratos que sostenían los emigrados
con el rey absoluto, y a este propósito le hizo Calpena, con seguro
conocimiento de la humanidad, estas profundas observaciones:
—Vea usted, mi general, cómo se reproducen en la historia los mismos
efectos cuando las causas no varían, y cómo se repiten los hechos
cuando las personas no cambian. En don Carlos tiene usted la imagen
viva de su hermano Fernando VII: son los mismos perros con el mismo
Toisón de Oro al cuello, y perdóneseme la comparación. Diferentes
parecían uno y otro hermano, y son el mismo sujeto repetido en
el tiempo, desmintiendo a la muerte. Si discrepan en cualidades
secundarias, en lo principal son idénticos, y proceden de igual manera.
La situación en que el estadillo carlista se encuentra, es la misma del
Estado español en aquellos famosos años del 20 al 23. La pesadumbre
y la barbarie del absolutismo han traído una revolución, y esa
revolución, esa protesta contra el régimen tiránico y clerical, Maroto
a pesar suyo la representa. Por una serie de circunstancias, la fuerza
ha venido a estar en manos de usted. El rey no supo serlo absolutista,
no sabe serlo tampoco liberal, y doy este nombre al partido _marotista_
o _de transacción_, para establecer un término relativo que facilite
mi argumento. Liberal es usted, aunque no quiera confesarlo; liberales
son Simón de la Torre, Zaratiegui y aun el mismo Elío, por extraño que
parezca. Digamos que han admitido un átomo de la idea liberal: en ese
átomo está todo lo sustancial del principio. Pues bien: don Carlos ha
venido a ser prisionero de usted; tiembla de miedo viéndose sometido
a la fuerza que odia; aparenta ceder; aun dice «_Marchemos y yo el
primero_»... Por intimación de usted, separa de su lado a su camarilla;
destierra muy contra su voluntad a los que cree sostenedores de su
soberanía absoluta; pero continúa entendiéndose con ellos, dándoles
ánimos para que conspiren, adquieran fuerza y vengan a libertarle.
¿Duda usted esto? ¿Cree la pintura recargada y violenta? Su silencio
y su mirada me dicen que no. Pero si aún duda, pronto ha de ver cuán
fundado es este juicio mío. ¿Recuerda usted la sublevación de los
voluntarios realistas? ¿Recuerda las partidas levantadas por clérigos y
frailes salteadores? Pues pronto hemos de verlas reproducidas. El bando
apostólico, apoderándose de los soldados que usted manda, levantará la
bandera del absolutismo neto y rabioso contra la transacción que este
ejército representa. Harán creer a los pueblos que usted secuestra al
rey, que tiene embargado su real ánimo... Y por fin, y esto es lo más
triste, esa bandería furibunda vencerá por lógica ley al partido de la
moderación, y Maroto será tratado, no como un hombre que mira por el
bien de su patria, no como un general que sirve intereses superiores a
los de una persona, sino como un vulgar ambicioso, y le impondrán pena
infamante. Por muy extraño que parezca, será usted en su papel político
y en su fin desastroso muy semejante al infortunado Riego. Le llevarán
a la horca en un serón arrastrado por un burro... y...
—Cállese usted... —dijo Maroto apretando los puños y despidiendo
lumbre por los ojos—, que si algo hay de verdad en el paralelo que
hace, no puedo admitir mi semejanza con Riego.
—Ya lo veremos.
—Yo sabré morir con dignidad.
—No lo dudo. Pero es lástima que usted muera, pudiendo vivir con honor
y hasta con gloria, facilitando la obra de la paz.
Poco más hablaron; Maroto se volvió muy taciturno, sumergiéndose en
sus melancolías. Luchaba fieramente, ¡infeliz hombre!, con el turbio,
revuelto oleaje de su destino, más embravecido cuanto más en él
pataleaba.