La brillante hazaña de Espartero sobre Guardamino fue presenciada por
los caballeros de la trinca angloespañola. Marcharon en la retaguardia
de la escolta de tal modo fascinados, que no advirtieron el peligro
hasta que no se hallaron en la imposibilidad de evitarlo. Tuvieron la
suerte de salir ilesos, con excepción de Urrea, que recibió un balazo
en el muslo, sin que le tocara el hueso. Perdió alguna sangre, continuó
a caballo, y al fin de la jornada le curó veterinariamente un práctico
del escuadrón. Hasta el día 13 no tuvo Calpena noticias de Ibero, que
había sabido hartarse del manjar de su gusto: peligro, temeridad,
gloria. Entre él con los de Luchana, y Echagüe con los Guías, habían
tomado los parapetos que decidieron la victoria... El hombre no cabía
en su pellejo. No quería grados, no buscaba recompensas. Bastábale el
gozo de haber empujado a la libertad hacia las altas cimas donde debía
tener su asiento, de haber arrojado hacia los valles cenagosos al
_monstruo del oscurantismo_.
Maroto se internó en Vizcaya; Espartero, fijando en Ramales su Cuartel
general, dio descanso a sus tropas antes de emprender la ocupación
del país vasco navarro, contando con el desaliento del enemigo y
con la descomposición y ruina de su antes poderosa unidad. Pasado
el temporal de agua que en lo restante de abril y principios de
mayo entorpeció los movimientos, avanzó el ejército cristino hacia
Orduña, que fue ocupada sin disparar un tiro. Con pretexto de tratar
de un nuevo canje de prisioneros, envió el de Luchana a su rival un
parlamentario, al cual acompañaban el coronel Wilde, encargado por su
gobierno de hacer cumplir el convenio Elliot, y dos o tres personas
más, afectas al servicio del militar extranjero. Recibioles Maroto un
tanto displicente. Expuso el parlamentario, brigadier Campillo, lo
referente al canje; el inglés hizo presente su propósito de trasladarse
a Tolosa para someter al _elevado criterio_ del rey los deseos del
gabinete británico, inspirados en sentimientos de humanidad y justicia;
disuadioles Maroto de esta idea, brindándose a dar cumplimiento
por sí mismo al convenio Elliot, pues poder y autoridad tenía para
ello; y una vez retirados de su presencia los mensajeros con sus
respectivos secretarios, mandó recadito al caballero español que en
calidad de intérprete al coronel Wilde acompañaba. Encerrándose con
él a media noche en la destartalada estancia del caserón donde tenía
su alojamiento, solos, sin más luz que la del candil que alumbraba un
cuadro negro de las Ánimas del purgatorio, hablaron lo que a renglón
seguido con la posible fidelidad se reproduce:
—He leído la carta de Espartero que usted me trajo —dijo Maroto,
paseándose, las manos en los bolsillos—, y empiezo por decirle que no
me parece bien el abandono del disfraz, ¡porra!..., aunque me sea muy
grato verle a usted en su porte de caballero distinguido y llamarle por
su verdadero nombre... Pero no es prudente, no. Estamos, estoy rodeado
de espías infames... Tome usted asiento.
—No tema usted por mí, general —dijo Calpena, siguiendo a Maroto en su
paseo—: yo sabré guardarme... y vamos al asunto.
—Pues al asunto. Veo que su jefe de usted está tan bien enterado como
yo de las intrigas de los apostólicos contra mí.
—Europa entera conoce la rabia vengativa y el furor venenoso de ese
bando que, aun después de vencido, se revuelve contra el hombre fuerte
que le apartó del rey...
—Todos los que don Carlos desterró por exigencia mía..., naturalmente,
tuve que cuadrarme..., plantear la cuestión en el terreno de la
dignidad: O ellos o yo, ¡porra!..., pues todos aquellos que eran la
perdición y el descrédito de la causa, en la frontera trabajan contra
mí, con mil enredos y calumnias... Lo que yo digo: no necesitan volver
a ganar el corazón del rey, porque lo tienen bien ganado. Carlos V les
ama y a mí me detesta. Eso lo sé, lo he visto muy claro. Su Majestad
cedió a mi exigencia, porque no tenía corazón para resistirme. Yo
apelaba a su dignidad, a su conveniencia, y a falta de estas, encontré
su miedo... Pero el miedo aplaza, no resuelve. Estamos lo mismo: el
rey no se apea ni se apeará del burro de su intransigencia apostólica
y absolutista... ¿Y sabe usted que ese danzante de Arias Teijeiro, en
vez de largarse a Francia como el rey le ordenó, se fue al Maestrazgo?
Allá le tiene usted reconciliado con Cala, a quien acusó de venal, y
partiendo un piñón con Cabrera, Entre todos arman grandes tramoyas
contra mí. Nada conseguirán mientras yo tenga junto al rey a mi gran
aliado, el miedo; pero el día en que Su Majestad se recobre del susto
que le di, y apoyado se vea por los _brutos_, que así califican a la
fidelidad, perderé mi mando, y creo que la vida con él...
—La situación de usted, mi general, es harto difícil. Las
circunstancias, los hechos, con su lógica incontrastable, imponen a
todos la paz...
—La paz... Venga pronto, si ha de ser honrosa, como yo puedo admitirla
y proponerla... Sentémonos, señor mío... Y ahora que me acuerdo.
Felicite usted en mi nombre a Espartero por el nuevo título que
le ha concedido su reina: _Duque de la Victoria_... Es hermoso, y
hasta cierto punto me lo debe a mí. No debe olvidar que le abandoné
voluntariamente las posiciones de Ramales y Guardamino, por evitar el
derramamiento de sangre...
—Me permitirá usted, mi general, que no exprese ninguna opinión sobre
los hechos militares del pasado mes... Y no es porque no los conozca;
que observé al ejército en todos sus movimientos, y seguí al duque en
su prodigiosa marcha sobre Guardamino.
—El fuerte hubiera resistido mucho tiempo. Se rindió porque yo se lo
ordené.
—Cierto; pero...
—Pero... No discutamos. Solo digo que el título de duque de la
Victoria, en gran parte me lo debe a mí don Baldomero, ¡porra!...
Reconozco que es un militar valiente y un hombre honrado, que desea
el bien de su patria... Yo también, ¡porra!, yo, sin llamarme duque,
quiero la felicidad de España.
Nervioso y exaltado, Maroto se levantó a poco de sentarse, diciendo con
fuertes voces:
—Y me hará el favor de advertir a su jefe que no me mande parlamentario
militar, so color de canje de prisioneros. Esto me compromete, ¡porra!
No tardan mis enemigos en llevar el soplo a Tolosa..., que si andamos
en arreglos, que si vendo al rey... No, no quiero parlamentarios.
Siempre que llega uno, tengo que dar a mi ejército una orden del
día echando sapos y culebras..., ¡porra!..., para disimular el mal
efecto... Y vamos al asunto.
—La ingratitud del rey es tan manifiesta, lo mismo que su tenacidad
en sostener el retroceso y la barbarie, que no insistirá usted, así lo
creo, en las condiciones que me manifestó en Estella, referentes a la
familia real.
—No, no insisto en ello; renuncio a mi propósito del enlace de los
hijos; renuncio a conservar a don Carlos las preeminencias de rey
padre... Que se vaya al extranjero, con título y calidad de infante
aburrido y de pretendiente chasqueado, a comerse la pensioncilla que
se le dará para que viva con decoro... No merece otra cosa; no ha
nacido para más; aún saca más de lo que le corresponde por su menguada
inteligencia...
—Espartero contaba con esta rectificación de las antiguas ideas de
usted, y una vez de acuerdo en cosa tan importante, espera que la
conformidad en los demás puntos no se hará esperar.
—Poco a poco —dijo el carlista, súbitamente acometido de una gran
agitación—. Si cedo en lo de las personas reales, no puedo ceder en los
principios, pues no pretenderá Espartero que yo le entregue todo, la
fuerza y las ideas... Eso no sería transigir; sería por mi parte una
debilidad vergonzosa... ¿Qué quiere ese hombre? ¿Dejarme mí un papel
ridículo, y conservar él la gloria de la pacificación? Dígame usted;
¿qué papel hago yo, entregando mi ejército al masonismo y a la impiedad
revolucionaria? Eso no puede ser, y no será... Antes moriremos todos...
Asegure usted a su general que no suscribiré nunca una paz que no vaya
fundada en un régimen político mucho más restringido que el existente.
—Pues el general Espartero —declaró Calpena con solemnidad— pone por
condición primera que se ha de conservar el régimen político existente,
la Constitución del 37, con todas sus consecuencias... ¿Le parece
a usted justo que después de la sangre derramada por la libertad,
ofendamos la memoria de los hombres heroicos que por ella han perecido?
¿Qué quiere usted? ¿Que el representante de las ideas liberales, acepte
y patrocine el absolutismo? Eso no será transacción. Será entregar
nuestra bandera al enemigo vencido para que la pisotee.
—Pues quédese cada cual con su bandera, y perezcamos todos —gritó don
Rafael, no ya agitado, sino furibundo—. Sepa Espartero que trata con un
general que manda fuerza considerable, no con un monigote sin decoro
ni vergüenza. Corra la sangre; no haya humanidad ni compasión. Lo que
no se hace por un rey inepto, lo haremos por la defensa de los grandes
principios.
—Veo, señor mío, que obedeciendo a un destino fatal, será usted el
instrumento del obispo de León, de Arias Teijeiro y del clérigo
Echevarría. Usted les detesta, y al propio tiempo les ampara. Ellos
pregonan la cabeza de Maroto, ignorando que al matarle, matarían a su
mejor amigo.
—No, no defiendo yo el absolutismo —grito Maroto fuera de sí, con
fuertes voces— ni las ideas de esa canalla. Defiendo un régimen
templado, en que el rey gobierne inspirándose en las necesidades
positivas de los pueblos; un régimen sin tiranía del soberano ni
alborotos de los súbditos, con la unidad católica bien garantizada,
y los clérigos levantiscos bien sujetos; un régimen en que puedan
hacerse oír los hombres ilustrados y callen los ignorantes y díscolos;
un régimen de justicia, de gobierno paternal, con el consejo de un
escogido número de personas graves que ilustren al rey y enfrenen
a la plebe... Eso quiero, eso propongo, y sin eso no habrá paz, no
puede haberla, porque... denme todo lo que quieran, mi destitución, mi
muerte; pero no pidan a Rafael Maroto que firme una paz a gusto de los
masones y comuneros. Eso no puede ser... Yo le suplico a usted que no
me contradiga, ¡porra!
—Bueno, mi general... Realmente, yo no contradigo a usted: no hago
más que exponer las que creo ideas y propósitos de la persona en cuyo
nombre hablo. Siento infinito volver allá con la triste obligación de
comunicar el fracaso definitivo de las negociaciones.
—Pues comuníquelo usted... No hay paz, no puede haberla —dijo Maroto
desplomándose en la silla, por una cesación súbita de aquel frenesí
nervioso—. ¿Qué me importa? Si todo se hunde y se lo lleva el diablo,
no es por culpa mía. Es culpa del señor duque _nuevo_, que quiere
arreglar todo a su gusto, para su sola gloria y provecho, dejándonos
los demás como trapos...
—No es eso: perdone usted...
—Es eso... y no me contradiga. Como trapos... ¡Bonito papel quiere
asignarme!... ¡Y él, ¡porra!, el héroe, el pacificador, el niño bonito,
el niño mimado!... Pretende el mangoneo universal, y ser el amo, y
traernos a todos cogidos de la nariz... ¡Ay!
Este ¡ay! fue una exclamación dolorosa, como punzada en el corazón, el
lamento de una naturaleza profundamente herida.
—¡Ay! —repitió oprimiéndose el costado—. Puede usted creerme: deseo una
muerte repentina que ponga fin a mis sufrimientos. No era esto lo que
yo presentía, lo que yo soñaba al venir al carlismo. No era esto, no,
lo que me impulsó al abandono de las posiciones de Ramales. Pensé yo
que Espartero me comprendería, que sería generoso... Pero su egoísmo
está bien manifiesto: quiere una paz que sea para él un triunfo, y un
oprobio para mí... Lo peor es que... Siéntese usted: aún tenemos algo
que hablar.
Con acento quejumbroso, de hombre enfermo, de un alma sumida en acerba
pena, prosiguió así:
—Y a pesar de todo, créame usted, deseo la paz..., sí, señor, la deseo
como soldado y como español... porque yo amo a mi patria... Bien sabe
Dios que el absolutismo mío no es el régimen absurdo y tenebroso que
predican los clérigos de Oñate. Espartero me conoce... No quiera hacer
de mí un monigote... Si en ello se empeña, no habrá paz, y España se
acabará... Más quiero verla muerta que en brazos del masonismo y de la
revolución.
—Espartero —dijo Calpena compadecido del general carlista, por el
lastimoso estado a que le habían traído sus errores— no pretende
humillar a usted, ni apropiarse la gloria de este bien tan grande: la
gloria será de los dos, para los dos la inmensa gratitud de España.
—Así debiera ser... —murmuró el carlista con emoción, que afeminó por
un instante su voz varonil y guerrera—. Nadie me gana en el amor a este
terruño donde hemos nacido... En mi larga vida militar y política no
he tenido otro móvil que el bien de los españoles... Pero los buenos
deseos son una cosa, y los buenos caminos otra... Cuestión de suerte,
amigo mío; cuestión de acertar o no en los primeros pasos... ¡Oh, pues
si yo lograra que España dijese: «A Maroto debo la paz»!... Pero no me
caerá esa breva, ¡porra!, la fatalidad dice que no..., que no..., la
fatalidad me ha tomado entre ojos...
En la pausa que siguió a estas palabras, don Fernando vio al general
agobiado en el sillón, los codos en las rodillas, el rostro en las
palmas de las manos, y respetó su dolor guardando silencio. Después
sacó don Rafael del bolsillo del capote un pañuelo grandísimo, y se
sonó con estrépito. Tenía los ojos encendidos y húmedos.
—Mi general —le dijo Calpena, aprovechando con delicadeza la emoción
que observaba—, me detendré aquí todo el tiempo que sea menester, si
de la espera resulta que puedo llevar una proposición de concordia.
Piense usted en ello un día, dos; considere su situación, la ansiedad
del país, el deseo de todos los partidos...
—¡Pero si estoy ya loco de tanto pensarlo!... No, no pienso más. Ya es
cuestión de decidirse, de escoger la primera carta que salga.
Suspirando, volvió a su inquieto pasear por la estancia. De pronto se
paró ante Calpena, diciéndole:
—Puesto que no tiene usted prisa de volver a Orduña, ayúdeme a buscar
una solución decorosa para mí. Verá usted lo que se me ocurre... Tenga
paciencia, y hablaremos algo más.