Cerca de Agüera encontró don Fernando al coronel inglés Wilde, a
quien había conocido en Logroño. Comisionado por el gobierno de su
país para estudiar la guerra, habíala seguido en todos sus accidentes
desde Peñacerrada, compartiendo las fatigas y aun los peligros de
nuestros soldados. Era persona muy simpática, instruida, de finísimo
trato, y habiéndose propuesto con tenacidad sajona dominar la lengua
de Castilla, andaba ya muy cerca de conseguirlo sin perder su nativo
acento. Con él iba un capitán de la misma nación, que no había podido
vencer aún, por el corto tiempo que llevaba en España, las dificultades
elementales de nuestro idioma, y lo destrozaba graciosamente sin miedo
al disparate, ávido de aprender, como se aprenden todas las cosas:
errando. Ingleses y españoles celebraban la ocasión que les unía, y
se concertaron para presenciar juntos las peripecias de la _campaña de
Occidente_ como decía Wilde. Formando un cuerpecillo militar de siete
hombres (con el criado de Calpena y los ordenanzas que el general había
puesto al servicio de los extranjeros), se colaron en el teatro de la
guerra, y su primer paso fue aproximarse a don Leopoldo O’Donnell,
que había sucedido a Van Halen en el cargo de jefe de Estado Mayor.
Causaba espanto ver las posiciones ocupadas por los carlistas en los
montes que rodean a Ramales y Guardamino; imposible parecía que de
tales alturas pudiera ser desalojado un enemigo intrépido, que con
tiempo supo plantarse allí, al amparo de rocas ingentes. Allí el arte
militar semejaba al instinto guerrero de las bestias feroces. Hablando
los ingleses con O’Donnell, que por la pinta y la serenidad flemática
parecía más inglés que ellos, dijéronle:
—Pero ¿están ustedes seguros de poder ganar esos picachos, si en ellos
los lobos tendrán que mirar dónde ponen la pata?
—No estamos seguros de llegar arriba, coronel —replicó don Leopoldo con
la sonrisita que ponía en sus labios, así para los dichos triviales
como para los que precedían a los grandes hechos—; pero subiremos hasta
donde humanamente se pueda. Mis soldados no miden los caminos con la
vista, sino con los pies, y no se hacen cargo de los peligros sino
después de estar en ellos.
—Los que hemos visto la subida de Banderas —indicó don Fernando—
estamos curados de asombro.
—Lloverán piedras seguramente —quiso decir el capitán inglés mezclando
de un modo pintoresco las hablas española y británica—. La ventaja del
enemigo es que no necesita gastar pólvora ni proyectiles.
—Eso lo veremos —dijo don Leopoldo—. Señores, con Dios. No puedo
entretenerme.
—General, a sus órdenes. ¡Gloria a Dios en las alturas!
—Y paz en la tierra, _etcétera_... ¿La paz dónde está?
—Donde menos se piensa..., aquí.
Siguieron faldeando el cerro, y a cada paso encontraban fuerzas
acantonadas. Se había dispuesto que la división del general Castañeda
con las tropas de O’Donnell, disputara a los carlistas las alturas
del Moro y el Mazo, empresa que parecía fabulosa. Toda la tarde de
aquel día la empleó la partidilla hispano-inglesa en enterarse de
las posiciones del ejército constitucional: Ribero, con la Guardia,
hallábase en la loma de Ubal, en observación de Maroto, que ocupaba el
valle de Carranza. A Espartero no pudieron verle; pero se aproximaron
a sus avanzadas en el camino de Ramales a Lanestosa. Pasaron la noche
en la falda de Ubal, entre oficiales del 3.º de la Guardia, y al
amanecer del día siguiente, 27 de abril, salieron en la dirección
que se les indicó como más conveniente para encontrar a O’Donnell;
pero no lograron su propósito, pues el que Wilde llamaba _el gran
irlandés_ habíase remontado en la vertiente de la peña del Moro hasta
una altura en que era muy difícil alcanzarle ya. El tiroteo que
desde las ocho empezó por diferentes puntos obligoles a buscar algún
abrigo: procuraron guarecerse de las balas, ya que no podían hacerlo
de la lluvia de piedras. En una y otra eminencia, el Moro y el Mazo,
el vigoroso ataque subiendo era un prodigio de agilidad y serena
bravura. La roca erizada de picos, ofreciendo a cada paso accidentes
difíciles de franquear, cortaduras, grietas, cresterías inabordables,
centuplicaba las fuerzas absolutistas y disminuía las liberales.
Pero lo inverosímil se hizo verdadero poco después del mediodía.
Cástor Andéchaga y Simón de la Torre no supieron sacar partido de sus
admirables posiciones, y se las dejaron quitar, cumpliendo con una
resistencia formal de dos horas. ¿Qué fue? ¿Cansancio, escepticismo,
deseos de acelerar el desenlace que preveían y deseaban? Aun admitida
esta causa del desfallecimiento de los facciosos, siempre era grande el
mérito de los soldados de Isabel, que treparon por aquella escalera de
piedras cortantes, con un precipicio en cada peldaño.
Faltaba un hueso muy duro que roer, pues los demonios de la facción
habían fortificado una cueva que dominaba el camino entre Lanestosa y
Ramales. Una pieza de a cuatro, que disparaban con metralla, era el
monstruo de aquella caverna, apostado en su boca.
Allí no escapaban hombres ni ratas. Alentado don Baldomero por la toma
de las alturas del Moro y el Mazo, decidió apoderarse de la cueva, y
embocando hacia ella ocho piezas de artillería, que fueron como otros
tantos perros que atacaron al monstruo, y soltándole además lo más
granado de la tercera división, hizo polvo al guardián formidable. Día
bien aprovechado fue aquel: Espartero debió marcarlo con piedra blanca,
pues entre sol y sol, peleándose con las montañas más que con los
hombres, disputó y obtuvo los baluartes que convertían en gigantes a
sus poseedores. Con esto les hizo pigmeos, y él adquiría una talla que
le igualó a la que había sido enemiga y era ya su aliada, la naturaleza.
No pudieron los ingleses, con su agregado español, presenciar el ataque
a la cueva, porque cuando llegaron al Cuartel general ya estaba todo
concluido; pero lo oyeron relatar a Echagüe, capitán de Guías del
general, y a un oficial de artillería, Osma, ambos partícipes de la
gloria de aquella jornada. Al anochecer acompañaron a los vencedores
a la cima de Ubal, donde Espartero mandó construir un reducto, cuyos
trabajos se emprendieron sin dilación, alardeando todos de incansable
actividad. Favorecíales una noche espléndida, que en aquellas alturas,
dominando valles y montes, era de una majestad y belleza incomparables.
En amenas pláticas la pasó don Fernando con sus amigos Echagüe y Dulce,
pronosticando glorias y venturas, brillantes acciones de guerra,
precursoras de una dichosa paz. Al día siguiente bajó con los ingleses
a Bolaiz, visitaron la famosa cueva, hicieron alto en todos los puntos
donde encontraban oficiales conocidos, aquí Gándara, allí Linaje y
Urbina. En Los Valles ofrecieron sus respetos al general en jefe, a
quien hallaron contento, en estado de excelente salud, disponiéndose a
embestir y ganar los fuertes de Ramales y Guardamino, con lo cual _les
aventaría_ (era su expresión habitual), obligándoles a replegarse a las
guaridas de Vizcaya y Guipúzcoa.
A su amigo Ibero le encontró Calpena un tanto melancólico por no
haber entrado en fuego en los combates del 27. Era de los que cuando
no pelean, viendo pelear a sus compañeros, se juzgan ofendidos y
hasta cierto punto despojados de lo que les pertenece. Hablando de
esto y de las próximas luchas, las conversaciones venían a parar en
cálculos diversos sobre lo que haría Maroto con sus veinticuatro
batallones apostados en el valle de Carranza. ¿Aceptaría el reto de
su grande enemigo? En la previsión de que se presentase por Gibaja,
reforzó Espartero el extremo de su ala izquierda, tomando posiciones y
fortificándolas bajo el fuego de las guerrillas enemigas.
En los primeros días de marzo rompieron fuego las baterías contra
Ramales, y avanzaron los batallones. No fue todo a pedir de boca, que
algunos cuerpos retrocedieron, aunque sin desorden, y lo que se ganaba
en una hora en otra se perdía. Pero a media tarde, los defensores del
fuerte, viéndose amenazados por diferentes puntos y desmontada la
artillería, se retiraron precipitadamente a Guardamino, situación más
áspera, más defendida de la naturaleza, y allí se encastillaron con la
seguridad de que el hueso era de los que no podían roer los liberales
sin dejarse en ellos los dientes. Ya se vería esto.
En efecto: no era blando el hueso, y dos días estuvo Espartero
bregando con él sin obtener glandes ventajas. Pero el día 11, cargado
el hombre de perder soldados, y movido de su valor impaciente, que
no admitía largas dilaciones para satisfacer su anhelo, dispuso un
ataque simultáneo contra todos los puntos en que presentaba el enemigo
mayor resistencia, y con sus intrépidos Guías, el 2.º de Luchana y
la escolta, dio una de esas cargas que hacen memoria en los fastos
militares. El mismo peligro corría don Baldomero que el último de sus
soldados, pues el avance fue a la desfilada, bajo el fuego mortífero de
los fuertes y de las trincheras abiertas por los carlistas en montes
altísimos, que en algunos pasos ofrecían una verticalidad aterradora.
Electrizados por la presencia y la actitud arrogante del caudillo, los
soldados avanzaban husmeando la victoria, gozándola antes de obtenerla.
Algunos caían, es verdad; pero los más andaban bien derechos. En
lo mejor de la marcha, vio Espartero que una compañía bajaba en
retirada; pero con unas cuantas voces, que si en otra ocasión podían
ser innobles, en aquella eran la más gallarda de las imprecaciones
poéticas, les obligó a _volver caras_. Adelante todo el mundo, sin
miedo a la muerte; que allí no había que pensar en cosas tristes,
sino en la grande alegría de arrojar al enemigo al otro lado de los
montes, a la corriente del Cadagua... Adelante, pues, y vengan balas.
Llegaron a un punto en que la desigualdad del terreno no permitía
funcionar a la caballería. Los individuos de la escolta pidieron
permiso para desmontarse y acometer a pie los parapetos desde donde
los facciosos les abrasaban a tiros. Fue concedido el permiso, que
Espartero no negaba nunca para los actos de temeridad loca. Los jinetes
sin caballos no pudieron tomar a la primera embestida los parapetos;
pero su ejemplo enardeció a los menos decididos, su locura se comunicó
a los más sensatos, y a la secunda embestida, los carlistas abandonaron
la indomable almena natural en que peleaban. En tanto, Linaje les
daba un fuerte achuchón por la parte de Gibaja, y viéndose amenazados
por el flanco, se retiraron de todo el monte, quedando Guardamino
entregado a su propia fuerza. Mas era por naturaleza tan robusto, que
a la intimación de Espartero para que se rindiese, contestó con un no
redondo y procaz.
Era ya cuestión de tiempo y paciencia el someter a tan fiero gigante,
emplazando en las alturas toda la artillería de que Espartero podía
disponer, y haciendo polvo con cañoneo constante la armadura de
roca que el coloso vestía. Incansables, comenzaron por la noche la
operación de subir las piezas; pero al amanecer del 12, hallándose
el general en una ermita desmantelada donde pasó la noche, sin
otro alimento que un pedazo de pan y un chorizo que llevaba en sus
pistoleras, por cama la dura peña, por descanso la impaciencia
ansiosa, recibió un parlamentario de Maroto con las condiciones para
rendir el fuerte. Proponía que la brava guarnición de Guardamino,
prisionera de guerra, fuese canjeada por igual número de liberales que
los carlistas tenían en sus depósitos. Invocaba Maroto la humanidad,
y por humanidad accedió don Baldomero a lo que su rival le pedía.
Todo el día duró el ir y venir de parlamentarios desde Carranza a la
ermita, porque el gobernador del fuerte no quiso rendirse sin que su
general se lo ordenase directamente; pero al fin ello se arregló, y
las comunicaciones mediadas entre ambos caudillos fueron afectuosas
por todo extremo. Entregose, pues, Guardamino con su artillería,
municiones, pertrechos y víveres. Los rendidos fueron inmediatamente
enviados al cuartel de Maroto, que no tardó en pagar la carne facciosa
con igual peso y medida de carne liberal. Alardearon uno y otro de
hidalguía y generosidad. La victoria de Espartero fue de las más
grandes que obtuvo en su gloriosa vida. En la elocuente orden del
día que dio a las tropas les dijo: «El enemigo no quiso aceptar
vuestro reto para una batalla general. Encastillado en sus formidables
posiciones, allí quería que se estrellase vuestro arrojo. Allí os
conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia».