Sin tropiezo ni accidente alguno llegaron los cuatro asendereados
hombres a Logroño, y la primera diligencia de Echaide fue dar aviso al
general para saber si era su gusto recibir al embajador en la Fombera o
en otra parte. La contestación fue que el caballero podía despintarse
ya, soltar el disfraz, presentándose en el palacio de la plazuela de
San Agustín lo más pronto posible. Toda una tarde y parte de la mañana
siguiente empleó don Fernando en la tarea de volver de aquel estado
rústico al de persona fina, pues tan dura era la costra de su figurada
barbarie, que para romperla y rasparla fueron menester muchas aguas
y restregones muy fuertes. Por fin, restaurado el hombre, entró muy
satisfecho en la casa de sus nobles amigos. Después de una corta espera
en el billar, tuvo el gozo de ofrecer sus respetos a doña Jacinta, que
le encontró muy negro, quemado del sol y de los aires fríos; pero con
aspecto de salud y robustez. Diole las cartas de su madre que allí le
aguardaban, y comprometiéndole para la comida de aquel día, se retiró
para que leyera. Así lo hizo, primero repasando les plieguecillos con
avidez, luego despacio y enterándose de todo. El caballero se sentía
dichoso, y no se contentaba con echar a volar el pensamiento hacia
Medina de Pomar: quería irse todo entero y descansar de tantas fatigas
junto a la persona que más amaba en el mundo.
Hasta la hora de comer no vio a Espartero, que aquel día tuvo tarea
larga en su despacho. Le saludó muy afectuoso, presentándole después al
jefe político interino de Logroño, don Joaquín Berrueta, a quien debía
el general su conocimiento con el arriero Echaide. Probablemente aquel
señor estaría en el secreto; pero no hablaron sílaba de tal asunto. Los
convidados, a más de Berrueta y de Fernando, eran Pepe Concha y don
Leopoldo O’Donnell. Nunca estuvo don Baldomero tan impaciente porque la
comida acabase pronto: saltaba en su asiento; miraba con inquietud el
traer y llevar de platos. Por fin, escaldándose vivo con el café, que
tomó muy caliente, se levantó y dijo:
—¡Qué calor nace aquí! Venga usted, don Fernando.
En el próximo billar, donde se cruzaron con el criado que traía el
braserillo para encender los cigarros, dieron lumbre a los suyos, y
por una escalerilla de piedra que en dicha pieza existía, bajaron al
jardín, como de treinta varas en cuadro, poblado de corpulentos árboles
con una fuente en el centro. Paseándose en la parte más asoleada, dio
cuenta Calpena de su segunda entrevista con Maroto, y ello fue motivo
para que el de Luchana montara en cólera y dijese:
—Toda esa componenda de reyes y príncipes es una farsa. Lo mismo le
importan a él las ventajas que pueda obtener la familia de don Carlos
que la carabina de Ambrosio... Lo que quiere es confundirme, acabarme
la paciencia... Pero ya, ya verá quién es Baldomero Espartero.
Pedida venia por don Fernando para exponer el juicio que había formado
de la situación psicológica del caudillo faccioso en el momento de la
entrevista, trazó la figura moral e intelectual completa, tal y como
él la había visto. La cara de Espartero revelaba su conformidad con el
retrato, en que veía una obra maestra de observación penetrante.
—Es usted —le dijo cariñoso— un gran conocedor del corazón humano, y
podía dedicarse a escribir historia. Me trae usted un Maroto vivo con
el pensamiento pintado en la cara. Es cierto, sí..., ese es el hombre.
Se ha ensoberbecido con el golpe de Estella; pretende ahora tener un
chiripón a mi costa, y si lo consiguiera podría dictar a su gusto la
paz, esa paz con fueros de un lado, y de otro la caterva de príncipes
consortes y de reinas viudas... Dejémosle en esa ilusión, para que el
trastazo que le voy a dar le coja en el limbo... ¡Pobre Maroto!...
En fin, vámonos arriba. Esta noche venga usted a cenar, y seguiremos
charlando.
De lo que hablaron en la cena, pudo colegir don Fernando que el
ejército del Norte se ponía en marcha. Dadas las órdenes aquella
noche, oyose de madrugada el trompeteo de la caballería. Los jefes que
mandaban tropas acantonadas en los pueblos a lo largo del Ebro, entre
Logroño y Miranda, salieron también. Hablando con Espartero, Calpena se
aventuro a decirle:
—Mi general, por la dirección de las tropas, el trastazo será en el ala
izquierda y líneas de Valmaseda, plan felicísimo para mí si me permite
acompañarle.
—No le permito, sino que le mando venir conmigo. Falta la mejor parte
de la misión, caballero don Fernando, la más delicada y difícil. En
premio de sus buenos servicios, le llevo a ver a su madre. No crea
usted que la sorprenderá... Ya lo sabe..., ya le espera. Tienen las
mujeres una policía y un espionaje que vale un mundo. Si quiere usted
adelantarse, váyase con Ribero, que llegará antes que yo.
Gozoso replicó el caballero que a pesar de su vivísimo afán de llegar
pronto, prefería seguir al Cuartel general. Despidiose de doña Jacinta
y de Vicentita con vivos afectos, así como de todas las personas con
quienes había hecho amistad en la casa. Sentía un inmenso regocijo, y
se creyó compensado de tantos afanes y sufrimientos con las alegrías de
aquella marcha en dirección de sus amores. Medina de Pomar, Villarcayo,
se le presentaban luminosos, como estrellas refulgentes marcando la
meta de su destino, y hacia la derecha del sendero distinguía también
un resplandor lejano sobre las lomas de la Rioja alavesa. Alguna luz
brillaba constante, inextinguible, del lado de Laguardia.
No habían llegado aún a Fuenmayor, cuando topó con su amigo Ibero, que
de la brigada de Zurbano había pasado a la división de Alcalá, con
adelanto considerable en su carrera, pues era ya primer comandante con
grado de teniente coronel, y mandaba el segundo batallón de Luchana.
En cuanto se vieron, concertaron el ir juntos en las marchas. Ibero se
manifestó a don Fernando muy orgulloso de sus éxitos recientes, y al
compás de los adelantos de jerarquía iba creciendo su entusiasmo por la
libertad y el progreso, ideales hermosos, que exigían el sacrificio de
cuanto existe en el hombre, menos el honor. Tan penetrado se hallaba el
valiente Ibero de estas ideas, que no vaciló en confiar a su amigo la
repugnancia de que terminara la guerra por tratos y componendas con los
facciosos, reconociéndoles grados, e igualándoles con los que habían
derramado su sangre por Isabel. Esto era inconveniente, indecoroso,
inmoral. Con el absolutismo no cabían arreglos; hacer concesiones
al _retroceso_ era reconocerle como un Estado. Transigir con él era
una declaración de impotencia. No, no mil veces: los soldados de la
libertad debían perecer antes que terminar la campaña por otro medio
que el hierro y el fuego. Si se quería establecer una paz durable, era
forzoso descuajar el carlismo, y abrasar toda semilla, para que en
ningún tiempo ni ocasión pudiera germinar de nuevo. Con los elementos
que a la sazón poseía la libertad, debía emprenderse la extinción
completa, radical, de aquel bando execrable que pretendía implantar el
despotismo asiático, la superstición y la barbarie.
—Que en todo el siglo y en los siglos que sigan no se oiga hablar
más de pretendientes, ni de clérigos salteadores, ni de fanatismo,
ni de estas antiguallas odiosas. Como así no se acabe, como solo nos
contentemos con cortar al monstruo una de sus cabezas, y luego le demos
de comer por las bocas que le queden, no conseguiremos nada, y la
libertad morirá con vilipendio, amigo mío. Esto pienso, esto aseguro, y
mientras viva pensaré lo propio, a fe de Santiago Ibero.
No dejaron de producir efecto en el ánimo y en la inteligencia de
don Fernando las razones de su amigo. Pero se apresuró a rebatirlas
con suavidad, haciéndole ver que el carlismo era una fuerza social
difícil de destruir. La fatalidad había traído a esta pobre nación a
un dualismo que sería manantial inagotable de desdichas por larguísimo
tiempo. La idea absolutista, la intransigencia religiosa hallábanse
tan hondamente incrustadas en los cerebros y en los corazones de una
gran parte de los hijos de España, que era ceguedad creer que podrían
ser extirpadas _de un tirón_. Dios había sido poco benigno con España,
poniéndola en manos del mayor monstruo de la historia, Fernando VII,
que sobre ser déspota sin talento, no supo establecer con firme base
la sucesión a la corona. La herencia de este hombre funesto había de
ser insufrible carga para la nación; su testamento ponía los pelos
de punta. Dejaba a su país un semillero de guerras, discordancias
irreductibles entre los españoles, un Estado siempre débil, una
monarquía fundada en la conveniencia antes que en el amor de los
pueblos, una religión formulista, una paz armada, métodos de gobierno
con carácter provisional, como si nunca se supieran las necesidades que
había de traer el día de mañana. ¿Era conveniente la transacción, aun
siendo mala cosa? Sí, porque con ella, si España no mejoraba, al menos
viviría, y los pueblos rehúsan la muerte aún más que las personas.
Si no fueron estas las razones que a las de su amigo opuso Calpena,
debieron de ser muy parecidas. Una y otra vez, en el curso de la
marcha, hablaron del mismo asunto, abominando el uno de los arreglos,
y defendiéndolos el otro como el médico que aplica los calmantes en un
incurable mal.
A los cuatro días de la salida de Logroño, llegaban a las tierras
altas de Burgos, y Calpena, con permiso del general, se dirigió a
Medina, donde tuvo la inefable dicha de abrazar a su madre y a los
Maltranas, que en aquella villa y en el palacio de la condesa habían
buscado refugio. Todo habría sido venturas para el caballero sin la
pena de ver a la niña mayor atacada de la pícara dolencia pulmonar
constitutiva en los hijos de Valvanera, y a uno de los pequeños
enflaquecido y transparentado como si la tierra le reclamase. Para
colmo de infortunio, el insigne don Beltrán, perdido de la vista, había
caído en gran tristeza y abatimiento, que agriaba su carácter y le
despojaba de las amenidades que embellecían su trato. No se conformaba
el buen aristócrata con aquel bajón impuesto por su naturaleza ya
gastada y caduca; protestaba, quería suplir las fuerzas corporales con
energías de concepto y alardes de temeridad, y don Fernando agotaba su
ingenio para producir en él una dulce componenda entre la esperanza
y la resignación. En cambio, encontró a don Pedro bastante fuerte,
sin nuevas amenazas de la dolencia que le postró en Vitoria, muy bien
adaptado a la cómoda existencia de capellán palatino. La condesa
gozaba, según dijo, de una salud perfecta, como nunca la disfrutó,
y se animaba grandemente viendo su casa tan bien poblada de amigos
cariñosos. Todo lo regía y gobernaba con actividad casera, cuidando
de que sus numerosos huéspedes estuviesen contentos y los enfermos
atendidos como en su propia casa. Con ella se franqueó el hijo en
secretas conversaciones, refiriéndole sus embajadas, y comentando
los dos el probable giro de aquel negocio, según lo que resultara de
la campaña emprendida. El último esfuerzo de Marte traería la paz,
dando este nombre a un armisticio de algunos años o lustros. Los que
vivieran mucho verían extrañas cosas. Y como ante todo, ansiaba ver don
Fernando la grande empresa de Espartero y su gente ante las líneas de
Ramales, una vez consagrados tres días a las más puras satisfacciones
de su espíritu, abandonó las ociosas alegrías junto a su madre, para
meterse en el fiero trajín de la guerra.