Profundamente dormido halló a don Sabino en el parador, tumbado boca
arriba, rígido, cruzadas las manos, el rostro ceñudo y cadavérico.
Creyó por un instante que había pasado a mejor vida el infeliz; pero
un suspiro y una voz gutural le convencieron de que vivía y soñaba. Un
rato aguardó, por no turbar su descanso; pero al fin, obligado por
la urgencia del asunto, determinose a despertarle, dándole fuertes
sacudidas y voces.
—No, no, Antonio Guergué —murmuraba con torpe voz el bilbaíno—. No te
conozco ni te he visto en mi vida... Me estás comprometiendo... Yo no
me meto en nada.
Fijando los ojos en don Fernando, le observó con asombro primero, con
alegría después, viniendo por esta gradación a la realidad. Y estirando
brazos y piernas en largo desperezo, dijo claramente:
—¡Oh, tú!... Señor... Bien... Muchas gracias... Yo bueno... ¿Y en casa?
Díjole el caballero que era un hecho la liberación de su hijo, y
que se levantara y fuera al hospital para sacarle; mas tan torpe de
entendederas se hallaba el desdichado señor, que no se hizo cargo de la
feliz nueva, o por demasiado feliz no le daba crédito.
—No habrá paz, no volveremos a ver paz... —decía—. Moriremos todos...
El amigo nos engaña, y el enemigo se disfraza de amigo para vendernos.
Tú, _marotista_, ¿qué nos traes? La libertad de cultos, y el que
cada uno piense lo que quiera, haciendo mangas y capirotes del dogma
sacratísimo. Esto no lo podemos admitir los creyentes. Mi amigo, llame
usted a otra puerta... Con libertad de la conciencia no queremos paz...
¿Qué paz ni qué porquería? Es una paz pringada... No, no. Lo primero es
el dogma, después los fueros, y luego, arréglense los reyes y príncipes
como gusten para ver quién calienta el trono... ¿Cuál es mi soberano?
Dios... Dios mi _pretendiente_ y mi _absoluto_... Esto digo.
Y volviéndose del otro lado, cogió nueva postura para seguir durmiendo:
su quebranto de huesos era enorme; su sueño atrasado, de muchos días.
No viendo la posibilidad de hacer comprender al desdichado bilbaíno lo
perentorio del caso ni la solución tan fácilmente conseguida, decidió
abandonarle a su descanso y proceder por sí mismo. Antes de dar paso
alguno hubo de consultar con Echaide, el cual le aconsejó que no diese
la cara en asuntos de presos liberados, ni presentase por sí mismo
la orden del general. Convinieron en que Urrea desempeñaría muy bien
la diligencia, y así se dispuso, personándose el guipuzcoano en el
hospital, donde ninguna dificultad encontró; y al caer de la tarde,
entre dos luces, viéronle entrar en el parador, trayendo a Zoilo del
brazo, tan extenuado que daba dolor verle, lívido el rostro, la cabeza
liada en un sucio pañuelo; flojo de piernas, trémulo de palabra; los
labios de color sanguinolento; el pelo caído en algunas partes de
su cráneo como si le arrancaran o se arrancara mechones; un brazo
inválido, con magulladuras lastimosas; y en tan mísero estado de ropa,
que las enjutas carnes se le veían por distintas claraboyas de la
chaqueta y del pantalón.
Metiéronle en un cuarto alto que les proporcionó el posadero, y allí
le rodearon Echaide y don Fernando, a quien al punto y sin vacilar
reconoció, diciéndole:
—No se me despinta, no, el caballero, aunque se ponga en esa facha...
Y no he de meterme en averiguar por qué viste como viste, que eso es
cosa suya y no mía...
—¿Tienes hambre, Zoilo?
—Estoy como cuando salí de la cárcel de Miranda, desganado de rabia, y
enfermo de mala suerte. Ya me creí difunto, y cuando me sacó este buen
hombre creí que me llevaban a enterrar.
—Dinos una cosa. ¿Cómo te dejaste coger prisionero? ¿No te valió en
aquel caso tu querer fuerte?
—Es la primera vez que me ha fallado... Pero algún día había de ser...
Tanto va el cántaro...
—Eso te decía yo, y no querías creerme. No hay que fiar tanto de
la suerte y del arrojo... Aprenderás ahora, y vivirás dentro de la
razón... ¿No me preguntas por tu familia?
Fijó Zoilo una mirada estúpida en don Fernando, y tan solo dijo:
—¡Mi familia!... ¡Qué lejos se han quedado! ¿Cuántos años hace que no
sé de ellos ni ellos de mí?... ¿Se han muerto?
—Hombre, no: todos viven y están buenos. Sosiégate, descansa, y no te
descuides en tomar alimento. ¿Que quieres?
—Agua... No, no: vino.
—Aquí lo tienes. Entona ese cuerpo.
—¿Y mi padre vive también?
—Como tú y como yo.
—¿Mi mujer...?
Al decirlo se le llenaron de lágrimas los ojos, y se dio un fuerte
puñetazo en la rodilla, cual si quisiera rompérsela.
—Tu mujer..., tan famosa..., esperándote... Recuerda los meses que han
pasado desde que no te ha visto.
—Ya no se acordará de mí...
—¿Tú qué sabes? Dime otra cosa: ¿se te ha pasado la borrachera de la
gloria militar?
—Sí, señor... Estuve loco... De tanto querer cosas grandes, parece que
se me ha gastado el alma, y en estos días ¿sabe usted lo que quería?
Morirme.
—¿Y esperabas ver a tu mujer en el cielo?
—En el cielo, sí; ¿pues dónde había de verla si yo me moría?... Digo la
verdad, señor: no me cabe en la cabeza que mi mujer esté en la tierra.
—Pues en la tierra está. Procura reponerte, y la verás pronto, y de
ella no te separarás en lo que te reste de vida.
Rompió de nuevo en llanto, y Calpena, para curarle la aflicción, que
parecía un achaque hereditario, le administró comida, un par de huevos,
un pedazo de carne. No recibió con repugnancia la medicina el bruto
de _Luchu_, y a la media hora de este tratamiento ya era otro. La
locuacidad se despertó en él, y cuando su amigo le hablaba de Aura, el
contento daba rosados tintes a su rostro demacrado, luz a sus ojos.
Queriendo activar la reparación psicológica, ya que la física iba por
buen camino, llevole don Fernando a otros asuntos muy apartados del
familiar y doméstico que tan hondamente le conmovía. Pedido informe
de las operaciones de Zurbano en el tiempo que no se habían visto,
refirió Zoilo, no sin trabajo, en cláusulas entrecortadas, la campaña
laboriosa en los montes de Bedaya, la arriesgada correría por Treviño
y valle de Cuartango, la defensa gloriosa de Subijana, la acción
indecisa, sangrienta cual ninguna, de Abechuco, en la que tuvo la
desgracia de caer prisionero; agregó sus desdichas en el largo _via
crucis_ hasta Estella, donde le tuvieron trabajando más de un mes en
las fortificaciones de Santo Domingo, con hambre y palos, hasta que,
acometido de unas terribles calenturas, se vio luengos días entre
la vida y la muerte. Concluido su relato, comió con más gana, y le
mandaron acostarse. En los aposentos de abajo continuaba don Sabino en
su reparador sueño, empalmando una noche con otra.
En tanto, preparaban los arrieros su salida, señalada para el día
siguiente; al amanecer subió don Fernando al cuarto de Zoilo, y
hallándole despierto, bastante aliviado de su postración, y con los
espíritus en buena conformidad, no quiso dilatar el darle conocimiento
de lo que creía más interesante.
—Hola, _Zoiluchu_, parece que vamos bien. Con un par de días en tu
casa, al lado de tu mujer, te pondrás como un roble. En tu familia, te
lo aseguro, encontrarás una novedad, una estupenda novedad.
—¿Mala o buena? No me encoja el corazón más de lo que lo tengo.
—Hombre, no: si quiero ensanchártelo. Necesitas ahora querer más de lo
que querías, amar más de lo que amabas.
—¿Más? Imposible. Si mi mujer está buena y no me recibe con despego,
soy feliz.
—Está totalmente buena, curada para siempre con una medicina que
le ha dado Dios. ¿No caes en ello, bárbaro? ¿A qué pones esa cara
estúpida?... ¿No se te ha ocurrido que en los dieciséis meses que
has faltado de tu casa, ya por tus borracheras de gloria, ya por el
castigo que Dios ha dado a tu orgullo; no se te ha ocurrido, pedazo
de alcornoque, que en tan largo tiempo podían ocurrir novedades en tu
familia?
—Sí, señor..., pensaba yo..., lo vengo pensando desde que estábamos
frente a Peñacerrada.
—¿Qué?
—Que mi mujer...
—Sí, hombre; tienes un hijo... Has vivido dieciséis meses soñando, y en
tanto tu mujer, buena parroquiana de la naturaleza y de la realidad, ha
sabido cumplir sus deberes de esposa. En Durango la tienes hecha una
madraza...
—¡Don Fernando! —exclamó Zoilo cerrando los puños—. No gaste conmigo
esas bromas... ¡Mire que...!
—¡Broma que tú seas padre! ¿Pues para qué te has casado, animal?
—Para eso. Justamente, para eso.
—Pues allí tienes, en Durango, a tu cara mitad loca con su hijo, digo,
loca no, cuerda, enteramente cuerda y bien curada de sus arrechuchos, y
esperándote, esperándote, hombre, para que seas feliz con ella y con el
crío...
—¡Don Fernando, mire que...!
—La edad del chiquillo no la sé seguramente; solo me consta que es
rollizo, guapote, y como tú, querencioso de vivir. ¿Qué? ¿No lo crees?
Pues en Estella está tu padre, que no me dejará mentir. ¿Tampoco crees
que está aquí tu padre? ¿Y si te le presento antes de diez minutos?
Aguárdame.
Salió don Fernando, dejándole en tal confusión, que no sabía el hombre
si tirarse al suelo o coger el techo con las manos. No tardó en volver
el caballero con don Sabino, al cual agarraba por un brazo para tirar
de él, ayudándole a vencer los empinados peldaños. Al entrar en el
cuarto, el viejo Arratia decía:
—¿Cómo cinco meses? Siete meses y seis días, si usted no manda otra
cosa, pues nació mi nieto el 13 de julio, día de san Anacleto, papa, y
de san Salutario, mártir.
El encuentro de hijo y padre fue tan solemne y patético como si cada
cual viese al otro resucitado. Se abrazaron, y don Sabino inundó a
Zoilo con el raudal de su llanto salido de madre. Al hijo le faltó
poco para perder el conocimiento, de la fuerza de la emoción, y viendo
confirmada la noticia de su paternidad y de la mental reparación de
Aurora, entregose a una alegría delirante y como fantástica: primero
se colgó de una viga del techo, al cual alcanzaba puesto de pie en
la cama; hizo allí varias suertes acrobáticas de singular mérito, y
después se lanzó a gran distancia, andando un trecho con las manos, las
patas en el aire.
—Nada tengo que hacer aquí —dijo don Fernando—, y me voy. Pueden
descansar hijo y padre en este mesón el tiempo que les convenga.
—¡Descansar! —exclamó don Sabino aleteando con los brazos, como
si le contagiara el frenesí gimnástico de su hijo—. Nos iremos a
escape, si el _marotismo_, que es ahora es el amo, nos proporciona un
salvoconducto.
Recibiendo de manos de Calpena el pasaporte en toda regla, hijo y
padre se abrazaron de nuevo. Don Sabino, que creía en los milagros
pasados, pero no en los presentes, amplió su fe milagrera, declarando
prodigiosas y sobrehumanas las felicidades que llovían sobre él. Mayor
fue su asombro, que hubo de traducirse en religioso entusiasmo, cuando
el posadero le notificó que podía disponer de un mulo y un borrico, sin
ningún estipendio, con la sola obligación de entregarlos en Durango en
el punto que se les designaba. Dinero para el viaje también les fue
suministrado, lo que les vino de perillas, pues Zoilo no tenía blanca,
y la bolsa de don Sabino había venido a una flaqueza casi equivalente
al vacío. Prorrumpió el vizcaíno en exclamaciones bíblicas con solemne
acento, que fue de gran edificación en la posada.
—Señor, no hay lengua que entone tus alabanzas... Tu mano desciende a
nuestro muladar, y henos aquí vestidos de luz... En tu misericordia
con estos tristes, veo la señal de que envías la paz al mundo.
Glorifiquemos a Jehová paternal, a Jehová pacífico... ¡Hosanna!...
¡Bendita sea tu paz, Señor, que ha de venir sin libertad de cultos ni
libertad de la imprenta!... ¡Hosanna!
En la exaltación de su júbilo, llegó a creer Sabino que el misterioso
arriero bienhechor no era persona de este mundo, sino un ángel tiznado,
un ordinario celestial que traía encargos del cielo para repartir entre
los mortales, preparando el reinado de la paz. Aparte hizo don Fernando
a Zoilo advertencias muy oportunas, dictadas por un prudente recelo.
—Chico, no hagas la tontería de decir a tu padre quién soy.
—Comprendido... No debe saberlo... ¿De modo que el señor don Fernando
se ha muerto?
—O se ha casado, que es lo mismo.
—Bien, hombre, bien... Deme usted otro abrazo... ¡Qué gusto! ¿Y cuántos
hijos tiene ya?
—¡Hombre, todavía...!
—Es verdad... Todavía es pronto. Pero tendrá muchos... como yo.
—Sí..., muchísimos. Procura tú largar uno cada año... Vaya, adiós. Yo
tengo prisa.
Y al partir, dejándoles en disposición de hacer lo propio, sintió la
tristeza que acompaña al acto de enterrar un muerto querido. Sobre una
parte principalísima de su existencia ponía la losa con epitafio harto
breve: _Aquí yace_... Las letras borrosas, ilegibles, que decían y no
decían un nombre, parecían sepultar más lo sepultado, y ponerlo más
hondo, y hacerlo más muerto.