No menos entrometido que curioso, ardía el aragonés en impaciencia
por conocer las intenciones de su amigo y el estado de la que juzgó
aventura de amor.
—¿Pero qué, señor don Fernando, no entramos en la casa de Arratia? ¿No
hemos venido a sorprender y llevarnos a la hermosa mujer con niño y
todo?
—Cállate la boca, simple. Da por terminada la aventura, y no hagas
preguntas a que no he de responder. Alejémonos pronto de este barrio,
al cual no he de volver en todos los días de mi vida.
—¿De modo que...?
—Chitón.
—¿Y ahora?
—Ahora, yo haré lo que me acomode, y tú callarás. ¿Cómo quieres que te
tape la boca: con dos onzas para que acabes de pagar tus deudas, o con
una morrada de las mejores?
—Prefiero la primera de las dos mordazas presupuestas; y aunque en todo
caso mi silencio ha de ser profundísimo, mi felicidad será mayor si a
las dos onzas agrega vuestra señoría una media más.
—Bueno... Ya sabes que ahora nos separamos, que no has de pensar en
seguirme, ni en buscarme, ni menos en hablar a nadie de mí.
—Conforme. No necesita encargarme la discreción, pues soy agradecido,
y aunque a veces no lo parezca, _caballero también soy_, como dijo el
otro... Si estas razones no bastaran para garantizar mi fidelidad, hay
otra, señor, y es que los dos trabajamos por la misma causa.
—¿Tú qué sabes? Mi causa nada tiene que ver con la cosa pública.
—Es deber de usted afirmarlo así, y nada contesto; pero si don Fernando
cumple reservándose, yo cumplo callando lo que mi finísimo olfato me
enseña.
—¿Qué?
—Que andamos en hociqueos con Maroto.
—¿Quién, tú?
—Usted... Mis papeles son inferiores; pero a un mismo fin vamos todos.
Conque...
—Estás en un error grave.
—Separándonos ahora, yo apostaría... que nos encontraremos en Vergara.
—¿A que no? Yo me voy en busca de Zoilo Arratia, y hasta el fin del
mundo no pararé mientras no le encuentre.
—Pues no irá usted al fin del mundo, sino a Campezu, que por allí anda
Zurbano.
—Abreviemos, que tengo prisa. ¿En dónde te entrego las dos onzas y
media?
—Lleguémonos a la tienda de Zubiri, cuatro pasos de aquí.
Pasado un rato, alejándose de la tienda, repitió don Fernando sus
amonestaciones acompañadas de una despedida terminante:
—Si quieres ser mi amigo, demuéstrame con hechos que mereces serlo. No
me sigas; no me busques; no hables de mí.
—Ni sigo, ni hablo, ni busco; pero sí veo... y callo.
—Es que si no callaras, no habría de faltar quien te cerrara la boca
para siembre.
—Comprendido.
—Y vete a donde quieras.
—No hago misterio de ello. Voy a Vergara, donde encontraré no pocos
amigos, oficiales de Maroto.
—Ándate con tiento.
—Cuide usted de su pelleja.
Y con un adiós afectuoso y apretones de manos se despidieron, corriendo
don Fernando hacia el parador de Pinondo, en cuya puerta le aguardaba
Urrea, loco ya de impaciencia y zozobra, después de pasarse la noche
y el día recorriendo las calles del pueblo y todos sus arrabales.
No tenía por qué darle el caballero explicaciones de su ausencia, y
entrando en busca de Echaide, que también estaba con el alma en un
hilo, hubo de soportar resignado la reprimenda que el digno jefe de la
cuadrilla se permitió echarle, valido de la confianza y llaneza que
con él gastar solía en la dura vida de caminantes. El estupor del buen
arriero subió de punto cuando _Quilino_ le manifestó severamente su
propósito de trasladarse al territorio donde operaba Martín Zurbano.
Halló por fin el otro fácil modo de conciliar todas las obligaciones,
pues despachado primero el asunto capital en Vergara o Tolosa,
tomarían la vuelta de Salvatierra, para franquear los montes de Andía
y bajar a Campezu, que no era mal camino para Logroño. De acuerdo en
esta transacción, preparáronse para la madrugada siguiente. Pasó don
Fernando muy mala noche, con ardores de fiebre, atormentado por la
persistencia de las emociones de aquel día. Con más intenso colorido y
acentuación más viva que en la realidad, se le reprodujeron las escenas
y figuras observadas desde la atalaya; de tal modo se poseían de ello
su espíritu y su naturaleza toda, que le dolía la mano derecha de tanto
apretar el barrote que partía en cuatro la luz del ventanucho. Y ya de
camino, al romper el día, sacando fuerzas de flaqueza para seguir a sus
compañeros, continuaba el horroroso dolor de la mano... empuñando la
cruz de hierro.
Vergara, donde entraron a media tarde, rebosaba de gente, así militar
como paisana. No solo había llegado Maroto con su ejército, sino don
Carlos con todo el matalotaje de su corte vagabunda. Clérigos y frailes
discurrían en grupos, reforzados con señorones administrativos que
vivían sobre el país, justificando su existencia con el consumo de
tinta y papel en inútiles escritos. Corrillos de oficiales obstruían
los lugares de mayor tránsito: en unos se advertía la intranquilidad,
en otros la tristeza. Cualquier observador que conociese el personal
habría podido advertir que los amigos de toda la vida no se hablaban
ya, y se dirigían miradas recelosas. _Quilino_ y _Santo Barato_
anduvieron por calles y plazas, respirando los aires de discordia
que por todas partes corrían. Gran tumulto de gente les atrajo hacia
la iglesia de San Pedro. El rey con su rebaño apostólico salía de
palacio para ofrecer al Cristo sus soberanos respetos, y la multitud
a su paso se agolpaba. Bien pudo apreciar Calpena la diferencia entre
los entusiasmos cariñosos que había visto en Oñate y la frialdad de
Vergara. Aún le respetaban: ya no le querían; y por entre la doble
fila de sus vasallos, a quienes congregaba la curiosidad antes que
el amor, pasó Carlos V saludando más severo que amable; que así
creía representar mejor la majestad del derecho divino. Su rostro no
ofrecía ninguna alteración: era un rostro de efigie inexpresiva, de
esas que no dicen nada al devoto que las adora. Su mirada resbalaba
en la superficie de las cosas, y los vasallos no veían en ella más
que un convencimiento tenaz y un fatalismo irreductible. Ni alegría
ni tristeza pusieron nunca sus resplandores en aquel rostro apagado,
semejante a los rayos de luz fingidos con madera y estofa en los
retablos churriguerescos. No iba con él la reina, que se había quedado
en Azpeitia, un tanto aburrida y descorazonada por el mal giro que
tomaban las cosas. Arias Teijeiro miraba al suelo, Valdespina parecía
distraído, y el padre Echevarría desafiaba a la multitud con miradas
altaneras. Mediano rato duró el acto piadoso del _pretendiente_ en la
capilla del Cristo, y de allí se fue a visitar a las monjas clarisas,
cuya priora le fascinaba por el optimismo de sus juicios y por la
gravedad de sus sentencias. Esta ilustre señora fue la que le dijo que
confiara en los _brutos_, que así como los Apóstoles, sin saber leer ni
escribir, habían _sacado triunfante_ la Iglesia de Cristo, don Basilio
y Balmaseda y todos los _lerdos_ de la causa pondrían en el trono de
Madrid al legítimo rey.
De vuelta a palacio, ya cerrada la noche, fue a visitarle Maroto, que
entró con su Estado Mayor, apretando los dientes y atusándose los
bigotes, movimientos en él habituales. Algunos días después fue del
dominio público lo que hablaron don Carlos y el caudillo. Pretendía
este que el rey separase de su lado a los más rabiosos intransigentes;
que cambiara sus ministros por otros menos furibundos y destemplados;
que llamase al orden a los militares y altos funcionarios que
abiertamente conspiraban contra el general jefe de Estado Mayor (que
este era el título de Maroto), y amenazó con sentar la mano a los
rebeldes si el rey no lo hacía. Como siempre, don Carlos contestó lo
que le inspiraban su indecisión y pusilanimidad, que sí y que no, y que
_ya se proveería_. Odiaba cordialmente a Maroto, no por mal militar,
que no lo era, ni por desafecto a su causa, sino porque en cierta
ocasión de apuro, atravesando la frontera de Portugal, había soltado
don Rafael en los regios oídos la ínterjección más común en bocas
españolas, desacato que el meticuloso rey no perdonó nunca; pero como
le temía tanto como le detestaba, ni tuvo corazón para quitarle el
mando, ni agallas para entregarle su camarilla.
Esperó Echaide la hora que le pareció más conveniente para mandar a
_Quilino_ con el encargo de un barrilito de aceitunas consignado a la
señora doña Tiburcia Esnaola, Las nueve y media serían cuando partió el
mozo al desempeño de su comisión; como la primera vez, se le franqueó
la puerta, y una criada le introdujo en la estancia donde encontró a
la misma señora, sentadita en el propio canapé. No había puesto aún
el hombre sobre la mesa, al pie del velón, lo que llevaba, cuando la
señora le mostró un papel no más grande que el de un cigarrillo. Con
tinta vio escrita la palabra que servía de contraseña: _Inquisivi_; y
debajo, con lápiz: _Aquí no puede ser. Váyase a Estella_.
—¿Se ha enterado usted? —dijo la señora; y ante la respuesta afirmativa
del mozo, rompió el papel en pedazos muy chiquitos.
Con lo dicho queda explicada la salida presurosa de la expedición
arrieril camino de Oñate, para pasar a Salvatierra. Daba prisa don
Fernando, a pesar de sentir muy quebrantada su salud, y era el más
diligente en arrear por aquellos caminos, pues se le había metido en la
cabeza que siguiendo la ruta de Campezu o de Contrasta, le sería fácil
encontrar la brigada de Zurbano, objeto por entonces de su más ansioso
interés. El tiempo se les puso frío y seco, y en Salvatierra hallaron
las aguas cubiertas de hielo durísimo, y los caminos pulimentados por
la humedad cristalizada. Con esto se le agravó al pobre Calpena el
quebranto de huesos que desde Durango traía, viéndose obligado a pedir
fuerzas a su animoso espíritu para continuar el viaje. Faldeando la
sierra de Andía, en dirección de Rióstegui, Urrea le llevó a cuestas
por un empinado sendero, y al fin determinó Echaide desocupar de carga
a uno de los mulos, para transportar al enfermo con relativa comodidad
de todos. Renegaba don Fernando de su naturaleza, que había creído más
resistente y a prueba de trabajos, y a Dios pedía las ágiles patas del
lobo, o el vuelo de las águilas, para franquear sin cansancio aquellos
vericuetos. En los descansos nocturnos, la fiebre le acometía con
furia, y a fuerza de abrigo, verdaderos montes de lana que acumulaban
sobre él sus compañeros, se iba defendiendo. Por fin, en Ulibarri se
sintió mejorado, y la blandura que sobrevino, derritiendo los hielos,
fue un bien para todos, hombres y animales.
Al bajar a Orbizo tuvieron las primeras noticias de Zurbano: días
antes, la helada crudísima le obligó a retirarse a la Solana, y por
allí andaba, entre los Arcos y Dicastillo, aguardando que abonanzara
el tiempo para reanudar las operaciones. Siguieron los cuatro en
el rumbo indicado, y al llegar a Espronceda encontraron una columna
de la brigada de don Martín, que salió poco después de entrar ellos
en el pueblo, sin que pudieran adquirir las noticias que deseaban.
Para dar reposo a don Fernando y evacuar con la debida prontitud la
diligencia que les desviaba de su itinerario, determinó Echaide dejar
al caballero en Espronceda con Urrea, bien acomodados en casa de un
amigo, y adelantarse él con _Santo Barato_ hasta Muez o los Arcos, para
indagar si Arratia continuaba en la división o se le habían llevado los
demonios. Poco afortunado el primer día, tropezó al segundo con Ibero,
por quien supo que en una acción cerca de Nazar, había caído prisionero
el capitán bilbaíno con otros diez. Conducidos a Estella, Zurbano
había propuesto un canje, sin resultado. Se ignoraba la suerte de los
once cautivos, héroes y mártires. Cuando volvió Echaide con nuevas
tan tristes, la pesadumbre del caballero fue extremada. Creyó a Zoilo
perdido para siempre; vio frustrado el soberbio plan moral que era su
ilusión más risueña: devolver a _Luchu_ a su familia, y reconstruir
esta sobre bases inconmovibles. La pasmosa suerte del bilbaíno le había
hecho al fin traición, y sus teorías del querer firme fallaban por
primera vez. Algún dato más, recogido de los labios de Ibero, añadió
Echaide, a saber: que dos días antes se presentó el padre de Arratia en
la brigada, con salvoconducto en regla y cartas de recomendación de
Van Halen y Buerens, y que sabedor del desgraciado caso, había partido
para Estella en busca de su amigo Guergué, por cuya mediación esperaba
libertar al pobre chico si no le habían quitado la vida. Desorientado
en sus ideas, lleno de acerbas dudas, mandó don Fernando picar hacia
Estella sin dilación. Tres nombres giraban en su mente describiendo
círculos de fuego: Maroto, Zoilo, don Sabino.