Salió con un niño en brazos...
Salió con un niño en brazos. Solo diciéndolo más de una vez se expresa
la tardanza del observador en darse cuenta de aquel caso natural,
tan natural que ya en los últimos nimbos de su pensamiento lo había
previsto. Pero tardaba en creerlo, y mirándolo, viendo a la madre,
como nunca hermosa; viendo al chiquillo, que parecía robusto, alegre,
deseoso de vivir, hubo de añadir a la evidencia la confirmación de la
palabra, y dijo:
—Es ella con su niño, con su niño..., porque suyo es... Se le ve que es
suyo.
Venía doña Aura mal vestida, y un tanto despechugada, señal de haber
dado la teta poco antes. No hacía más que saltar al chiquillo, que al
sentirse bañado del aire y del sol, empezó a echar unas carcajadas
graciosísimas, elevando sus manos rojas. Saltaba en los brazos, y ella
le decía mil ternuras, y a estas seguían tantos, tantos besos, que el
chico protestaba, prefiriendo los saltitos al refregón pegajoso de
los labios de su madre. Avanzó esta hacia el lavadero; pudo verla don
Fernando a una distancia como de seis varas, y reconocer su hermosura,
no disminuida, sino antes bien realzada por nuevas bellezas... El color
era más moreno; pero en su tez resplandecía la salud; su seno, más
abultado, hacía resaltar la flexibilidad de su talle. El chiquitín
parecía de cinco o seis meses, de notable desarrollo y viveza... Por un
momento se vio don Fernando sorprendido por la idea de que el niño se
le parecía... ¡Qué disparate! Era su pena, que al desgajarse en aquella
inmensa emoción, fluctuaba entre lo inconsolable y los consuelos
comunes, impropios de un criterio sano. Observándole bien, vio que el
niño era el retrato de Zoilo; tenía los ojos de su padre, y en ellos la
chispa del querer fuerte.
Dio Aura la vuelta por entre las coles, y mostraba a su hijo el gallo
y las gallinas, queriendo que entrara en conversación con ellas por el
lenguaje de _pipis_...
«¡Y esta es la mujer que hace un año andaba loca por los caminos —pensó
don Fernando—, corriendo tras el problema de su vida! ¡Y al fin la
naturaleza se lo ha resuelto de un modo muy contrario a sus deseos de
entonces! ¡Oh Dios, oh grandeza del tiempo y de la realidad! Pensé
encontrar una lunática, y me encuentro la razón misma. Creí encontrar
una enferma, y me encuentro una madre. Se ha curado dando vida a otro
ser. Este caballero de meses, este nuevo Arratia, nos ha conquistado a
todos, nos ha devuelto a todos la vida, la calma, la salud, quitándonos
de los puestos que habíamos tomado en el terreno antiguo, para ponernos
en nuevo terreno. ¡Oh vida, oh naturaleza!... ¡Y nosotros, enfatuados
con la idea de buscar la solución en nuestras pasiones, en el juicio
nuestro, cuando nuestro juicio no es más que un pobre ciego sin
lazarillo!... Debo hacerme justicia, diciendo que yo había previsto
este caso; sí, lo había previsto...».
Fuera por lo que fuese, ello es que don Fernando, lastimado por lo
mismo que admiraba, apartose del ventanucho y se sentó, sosteniéndose
en las manos la cabeza, que por la gran pesadumbre de sus ideas
difícilmente se conservaba erguida. Largo rato permaneció en aquella
postura, viendo pasar por la oscuridad de su pensamiento una triste
procesión de imágenes, el maravilloso hallazgo de Aurora Negretti en
casa de la diamantista; el rostro de esta, trasunto de María Antonieta
guillotinada; las figuras burlescas de Milagro y Maturana, y por fin la
persona de Aura en distintos aspectos, siempre hermosa, interesante,
espiritual, resplandeciente de ingenio y hechicera gracia... Vio
la escena de Bilbao, la horrible decepción, que parecía desenlace
trágico-tonto y no lo era, pues el verdadero desenlace lo había traído
aquel lindo mocoso, que acababa de tomar el pecho y pronto a tomarlo
volvería. Las rebeldías de ella, sus dudas horrorosas causantes de
locura, ya no eran más que el recuerdo de una dolencia curada, sin
dejar ningún rastro. Nada de aquel trastorno podía volver. El chiquillo
era el médico, era también el amo, y su existencia a todos imponía vida
nueva y nueva conducta.
Al asomarse de nuevo, Aura estaba sentadita en un banco de piedra
frente a la casa, dando de mamar a la criatura. Veíala de espaldas,
frente a Prudencia, que en pie exhibía su figura procerosa a la
admiración del observador. Este la encontró vulgar, antipática. No
podía menos de odiarla; a todos perdonaba don Fernando menos a la
tarasca intrigante, autora de tantas desdichas. Y al fin no había
manera de negarle el triunfo... ¿Habría sido aquella mujer instrumento
de la Providencia?... También se hizo el caballero esta pregunta, y
por cierto que no supo qué contestarse. ¡Estaría bueno que la obra de
Prudencia fuera la mejor, la más lógica, y que los equivocados fuesen
los demás y no ella! ¡Oh tiempo, juez y maestro, definidor augusto,
eternamente sabio!...
Ocurrió después que asomadas a su balcón las _niñas_ de Morentín, Aura
las vio, y ya tapado el pecho y el chico harto, se vino hacia esta
parte saludándolas con mucho afecto.
—¡Rey!... Mira, mira las _nenas_...
Y las _nenas_ le decían mil ternezas, y a ella otras tantas.
—¡Qué guapa está usted!... ¡Ay!, cada día más hermosa, rebosando
salud... Y el cachorro como una bola de manteca... ¡Hija, qué bien
lo cría usted..., da gusto verle, qué guapín!... Vaya unos ojos
asustadicos. Parece que quiere decirnos algo...
Y Aura repetía:
—Es un pillo: no saben ustedes lo tunante que es... Pero malo, malo de
verdad.
Luego los besos restallaban como cohetes. Fernando se retiró otra vez
con el corazón traspasado. Tanto besuqueo le lastimaba.
No tardaron en entrar en el aposento don Eustaquio y doña Marta.
—¿Pero qué le pasa a usted? —le dijo esta—. Parece que ha llorado.
—Si, señora. Padezco una enfermedad muy rara: ello es cosa antigua en
mí. Empiezo con dolor de corazón, y acabo echando un poco de agua por
los ojos. Agua, nada más que agua.
Le compadeció la señora, asegurando que para males de tal naturaleza
no había mejor remedio que el comer. Pronta estaba ya la comida, que
era de las más elementales: tortilla, y un plato hecho al horno por
Pertusa, con pan, huevos, tocino, alubias, queso y castañas. Era don
Eustaquio un gran cocinero, que sabía improvisar manjares exquisitos
con las provisiones de la despensa más pobre. A comer, y a dejarse de
penas y de echar agua por los ojos.
Comiendo en modestísima mesa, con pobre y muy blanco mantel, vajilla
desportillada y cubiertos desiguales, pero todo limpio como el oro,
charlaron de diferentes cosas. La conversación se inició con el tema
de la familia de Arratia, diciendo las señoras que trataban a doña
Prudencia y su sobrina sin otro motivo que el de la vecindad. De
Aura sabían que a poco de casarse padeció una endiablada enfermedad
nerviosa, _a consecuencia de un susto_; se le trastornó el sentido
tan gravemente que no podían sujetarla, y se lanzó a los caminos,
buscando a un príncipe imaginario, héroe de los cuentos infantiles.
Recogida por la familia, siguió a su locura una temporada de sosiego
y de armonía matrimonial; y al fin, ya estaba la guapa moza curada del
modo más feliz, solo por la virtud de su alumbramiento, _que le hizo
revolución en la naturaleza_, y por el gozo que le daba el verse madre
de tan precioso niño. Mas como nunca hay dicha completa, la familia
lloraba la ausencia del hijo, sobrino, esposo y padre, el cual era un
valentón a lo don Quijote y una cabeza desclavijada. Quince meses o
más iban transcurridos desde que se lanzó con otro loco bilbaíno en
busca de aventuras, y a la fecha no se tenían de él noticias directas.
Sabían que estuvo preso en la cárcel de Miranda; que luego le cogieron
y embaucaron los cristinos, afiliándolo en sus infames ejércitos,
infortunio grande, ¡ay!, pues más vale la muerte que el pecado y
desdoro de pelear contra Dios. Añadieron que las últimas noticias,
recogidas de la misma Aura la tarde anterior, eran que el Zoilo vivía y
andaba _con ese Zurbano_, luciendo su bravura, y que don Sabino había
salido nuevamente en su busca, para rescatarle del cautiverio cristino
y traerle a su familia y a las dulzuras de su hogar. La tal Aurora
era una madraza, sin más demencia que el amor de la criatura, y como
esta viviera, no había que temer nuevos arrechuchos. Así lo aseguraba
la sabia Prudencia, cuya cabeza reunía la ciencia de veinte doctores.
Todo su afán era recobrar a Zoilo, quitándole de la cabeza las locuras
guerreras, y cuidándole para padre, pues convenía traer al mundo
tres o cuatro criaturas más, con lo que se aseguraba la conformidad
y curación de la mujer. El matrimonio viviría pacífico y dichoso, y
mientras más fecunda fuese doña Aura, más y más felicidades vendrían
sobre la familia.
Oyó estas cosas Calpena cuidando de ocultar el interés que en él
despertaban. Por no infundir sospechas no preguntó nada referente a
Ildefonso Negretti, y siguió a las _niñas_ en el sesgo político que
dieron a la conversación.
—No puedo creer —dijo doña Marta— lo que ayer oímos: ese fantasmón de
Maroto ha separado a trescientos oficiales, solo porque pertenecen a la
_divina intransigencia_, que es el partido de Su Majestad.
—Pues créanlo —dijo el _Epístola_—, que del don Rafael no hay que
esperar cosa buena.
—Y mientras no le quiten de en medio —añadió don Fernando—, no se
enderezará la causa, que está bastante torcida, como una torre que se
quiere caer.
—¡Caer no, Jesús! —exclamó doña Rita echando lumbre por los ojos—,
que aún tiene el rey a su lado muy firmes puntales. El señor Arias
Teijeiro, que en cuanto habla parece inspirado por el Espíritu Santo,
ha dicho: «Señor, los _brutos_ llevarán a Vuestra Majestad a Madrid».
—Y los brutos —agregó doña Marta— son los limpios de corazón y al
propio tiempo valientes y arrojados; que el arte de las armas es por
naturaleza rudo y se da de cachetes con las letras; y el heroísmo no
casa con esas matemáticas que traen acá los militronches de planitos y
anteojo.
—Ello es que la causa, señoras —dijo Calpena suspirando—, anda
revuelta, y los que adoramos al rey vivimos con el alma en un hilo. Y
ahora, para afligirnos más, nos salen con que la sacra y católica reina
también se tuerce, queriendo transacción, que es decir ¡_Viva Maroto_!
—Eso sí que no lo creo aunque me lo aseguren frailes capuchinos —dijo
doña Marta palideciendo—. ¡La reina, la señora reina..., transacción...!
—Es que anda por ahí una nube de pillos —afirmó Pertusa—, pagados
por Muñagorri o por Espartero, que sirven al demonio echando a volar
mentiras. A mí me han dicho ayer que Maroto aseguró a Su Majestad que
le aceptarán los liberales, si les concede una chispita de Constitución
y unas miajas de libertad de la imprenta.
—Sí, sí: con eso y con que se declarara que no hay Dios, ya estábamos
todos iguales. Una de dos: o Maroto dimite, o le arrancarán de las
manos el bastón. Para esto se necesita un hombre.
—Un faccioso de ley.
—¿Qué hombre hay aquí capaz de colgarle el cascabel al gato?
—Hay uno, sí: Guergué.
—Pues Guergué —dijo Pertusa dándose mucha importancia— y otros dos
espadones de mucho brío que no quiero nombrar..., en fin, los nombro;
pero bueno es que guardemos reserva..., pues Guergué y los generales
don Francisco García y don Pablo Sanz le tienen armado el cepo a don
Rafael, y ustedes han de verle pronto cogido por una pata, ya que no
por la cabeza...
Como el que despierta de un sueño, don Fernando recayó de súbito en la
realidad de sus obligaciones, diciendo:
—El tiempo vuela... ¿Qué tenemos que hacer aquí?
Miráronle con asombro las _niñas_, pues más le creían perezoso que
impaciente, y una de las dos (no consta cuál) le preguntó si había
de distribuir en el propio Durango más partijas del donativo de su
señor. Con el tumulto que en su mente habían levantado las recientes
emociones, se le fue de la memoria el embuste urdido para justificar
su entrada en la casa; y al caer en la cuenta de la torpeza con que
contestó a la _niña_, no se cuidó de enmendarla.
—Muy agradecidos estamos a la hospitalidad de las señoras —dijo—; pero
tenemos mucho que hacer, y nos retiramos.
Mirábale Pertusa, queriendo penetrar el motivo de aquella súbita
retirada; y por no aparecer desacorde con su compañero, repitió:
—Tenemos, sí, mucho que hacer. Es mediodía.
Y las _niñas_ desconfiadas, alzando manteles y recogiendo loza, dijeron:
—Entendimos que en casa permanecerían hasta la noche... La verdad,
pensábamos que querían ocultarse, y ni sabíamos ni pretendemos saber el
motivo... Pero pues no hay ocultación, más vale así.
—Bien podemos —dijo don Eustaquio— andar por todo el pueblo con
nuestras frentes muy altas, pues aquí, que yo sepa, no ha tendido
sus redes el _marotismo_... Y si las señoras no lo llevan a mal,
volveremos, y nos darán la satisfacción de leernos algunas de las
composiciones poéticas, producto del ingenio de mi señora doña Marta.
—¡Ay, no, no, don Eustaquio, por Jesús vivo! —exclamó ruborizada la
señora, en la puerta de la cocina, secando un plato que acababa de
fregar—. El pobre ingenio mío no merece tales honores. Si me entretengo
a ratos perdidos en jugar con las musas, hágolo para mí misma, para
nosotras, o para personas sencillas, no para que se rían de mí los
ilustrados, porque usted, Pertusa, tiene estudios, y el señor, por bien
que lo disimule, no es lo que parece.
—Sea yo lo que fuere —declaró don Fernando sonriendo—, tendré mucho
gusto en oír los versos de la señora. Se me ocurre que si quiere usted
dar las gracias a don Beltrán, lo haga en una linda décima, como es uso
y costumbre en las personas agradecidas que saben metrificar.
—¡Oh!... ¡Qué compromiso! ¡Por Dios, Blas!... Pues no es floja
encomienda la que usted me da.
—Y ello, la verdad, no puede ser más razonable —agregó la otra,
ruborizándose también por cuenta de las dotes poéticas de su hermana—.
Sí, Marta: compón la decimita, que ha de ser muy grata al señor de
Urdaneta.
—Y esta tarde —afirmó don Fernando— volveremos nosotros a recogerla.
Ea, que no perdono la décima. No valen modestias aquí. Y si quiere
usted componer otra a la majestad del augusto monarca, será miel sobre
hojuelas.
—Toma —dijo Pertusa—: Carlos el Grande corta las cabezas de la hidra
marotista para fundar sobre ellas su trono.
—¡Ay, ay, ay, qué magno asunto!... Eso no es para mí. Señores, no,
no... Mi lira es un guitarrillo humilde... Para eso se necesita
trompa..., y lo que es trompa... no, eso no me ha dado Dios.
—Pues con trompa o con guitarra —dijo Fernando, ansioso de salir—, las
décimas estarán listas para cuando volvamos. Señoras, dispénsennos...
Hacemos falta en otra parte.
Aún quiso don Eustaquio, bromeando, entretener algunos minutos; pero a
Calpena se le caía la casa encima; quería salir pronto, huir, ponerse
lejos. Cogió por un brazo a su compañero, y repitiendo las cortesanías
se despidió de las señoras, que hasta la salida les acompañaron,
insistiendo doña Marta en empequeñecer sus facultades poéticas, y en
ponderar la magnitud del literario compromiso en que sus huéspedes la
ponían. Cuando se cerró el portalón dejando dentro las dos caras de
gatitas blancas y relamidas, don Eustaquio preguntó a su compañero si
volverían, y la respuesta fue:
—Como el humo. Cumplido el objeto que aquí nos trajo, doblemos esta
hoja; y adiós para siempre las _niñas_ de Morentín, adiós su casa... y
su vecindad. Historia pasada..., mundo concluido.