Al pasar por Irache, ya próximos a la ciudad, supieron que Maroto había
entrado algunas horas antes, y que alborotados pueblo y milicia, se
esperaba una colisión sangrienta entre los dos bandos que se disputaban
la opinión y el imperio. Llegados al puente que da ingreso a la ciudad
frente a San Pedro, vieron mucha tropa en las inmediaciones del
castillo. Hallando cortado el paso para el parador, hubieron de dar
un gran rodeo por la ciudad para dirigirse a Los Llanos, y al pasar
por la plaza vieron muchedumbre de soldados que a paso de carga traían
a un clérigo amarrado codo con codo, entre vociferaciones brutales y
despiadadas. No tardaron en saber que el tal no era sacerdote, sino
el general don Francisco García, que se había disfrazado con sotana y
manteo para escapar. Minutos después vieron conducido entre bayonetas
a un hombre pequeño y rechoncho, de fiera catadura, cabello hirsuto,
ojos sanguinolentos, la boca espumante.
—Es Guergué —dijo Echaide en voz baja—. ¡Mal día para los
_impostólicos_!...
Con no poca dificultad, por causa del gentío que azorado corría de
una parte a otra, lograron ganar el parador, y allí supieron que
los cabecillas apostólicos, ayudados de paisanos y clérigos, tenían
preparada una sublevación contra Maroto, habiendo seducido previamente
a dos batallones navarros que al aproximarse aquel salieron a tomar
posiciones. En la entrada de Estella por Los Llanos y por el camino
de Puente la Reina, habían comenzado a levantar barricadas; pero don
Rafael anduvo más listo, presentose como llovido del cielo, y tomó
medidas perentorias y radicales en el momento mismo de poner el pie en
la ciudad.
¿En qué se fundaron los netos para proceder así contra el general? Se
habían interceptado papeles en que Maroto y Espartero concertaban la
paz, transigiendo el uno en el reconocimiento de grados, el otro en
aceptar un poquito de Constitución con algo de libertad de conciencia.
Estos papeles existían y se mostraban de mano en mano; mas eran
falsos, obra de los calígrafos del absolutismo, o de los fueristas de
Muñagorri. Ello es que Maroto puso corto espacio entre su llegada y
el acto audacísimo de meter mano a sus enemigos, cogiéndoles en sus
domicilios, en la calle, o donde quiera que se les encontraba. No les
dio tiempo a nada, y en un instante se les cambió la festiva tramoya
en trágico desenlace, las burlas en veras. Pasando el general por la
calle Mayor para dirigirse a la Merced, desde un balcón fue saludado
con risas y chacota. Media hora después, en aquella misma casa era
preso el intendente don Javier de Uriz, rabioso apostólico. A las
cuatro horas de la entrada de don Rafael, ya estaban en el castillo los
generales Guergué, García y Sanz, el brigadier Carmona, el intendente
Uriz y el oficial de la secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez. Cogidas
las seis cabezas del motín, no se entretuvo Maroto en futesas de
procedimientos jurídicos y militares. Sin consejo de guerra, sin
auxilio religioso, sin otro trámite que cargar los fusiles y formar el
cuadro, fueron pasados por las armas de dos en dos. Allí quedaron las
seis cabezas de la hidra hechas pedazos. El estupor no les dio tiempo
ni aun para protestar del bárbaro suplicio. Se enteraron cuando se
les mandó ponerse de rodillas. Nadie se cuidó de vendarles los ojos.
Guergué gritó: «¡Viva el rey, viva la religión!»; en el rostro del
intendente se mezclaron las lágrimas con la sangre. Los demás gritaron:
«¡Canallas, traidores!», y todo acabó.
Retenes de tropa recorrían las calles, y aquí y allí continuaron
haciendo pasioneros. Mudo, paralizado de terror, el vecindario
se refugiaba en sus casas atrancando las puertas. Cerráronse los
comercios; no se veía un clérigo en las calles, y algunas iglesias se
incomunicaron con los fieles devotos. Ordenó Echaide a los suyos que no
saliesen, y en las cuadras del parador, en el despacho de bebidas y en
los comedores próximos, los parroquianos habituales no volvían aún del
susto, ni osaban expresarse con la libertad de otros días. Llegada la
noche, la ciudad ofrecía un aspecto terrorífico: con sus tinieblas y su
silencio parecería una ciudad muerta si los ruidos de tropa no dieran
señales de vida, semejantes a una palpitación febril.
Mientras llegaba la ocasión de acudir a la cita que se le había dado
en Vergara, don Fernando no perdía ripio para buscar el rastro al
padre de Zoilo, suponiéndole en Estella, y a cuantos guipuzcoanos o
vizcaínos vio en el parador interrogaba, añadiendo que traía un encargo
para dicho sujeto. Por fin, después de mil indagaciones inútiles, dio
con un vizcainote inválido, buen bebedor y atrozmente sedentario,
por obligarle a ello su obesidad y su pierna izquierda, que era de
acebuche. Resultó que el tal había visto el día anterior al don Sabino
Arratia, con quien tuvo algún conocimiento en Bermeo y Elorrio, y
hablaron un rato breve, lo bastante para enterarse de que venía en
seguimiento de uno de sus hijos, prisionero.
—Mas ahora caigo —añadió el cojo— en que no será fácil que le
encuentres. Era, según me dijo, amigo y compadre de Guergué, de quien
esperaba la salvación del mozo, y muerto el general de este modo
_trígico_, el pobre señor se habrá metido siete estados bajo tierra,
o habrá echado a correr huyendo de la chamusquina. Yo me le encontré
saliendo de la parroquia de San Miguel, a punto que él entraba.
¿Sabes? Es la iglesia que está en un alto, en el centro del pueblo.
Nos conocimos; el hombre se echó a llorar, porque es muy _lagrimero_.
Me dijo que si el hijo, que si Guergué, que si tal, y nos despedimos:
él entró a rezar... Es aquella la iglesia que más le gusta, por ser
la más recogida... Allí se pasa todo el tiempo que le dejan libre sus
diligencias. Como no le cojas en San Miguel, en Estella no le busques.
Tempranito se fue Calpena a la mencionada iglesia, y el toque de
misa que oía, cuando a ella se aproximó, alegraba su corazón. Entró,
admirando la severa puerta románica y el interior sombrío, que
impresionaban por su riqueza arqueológica y por su ambiente sepulcral,
con olor de tierra húmeda y de ataúdes podridos. Solo dos ancianas
oían misa: no había más varones que el cura y monaguillo... Salió
don Fernando, y por aprovechar la mañana dirigiose al santuario del
Puy, al que por larga cuesta se asciende desde el hospital próximo
a San Miguel. También en el Puy tocaban a misa; vio que algunas
viejas y un mendigo entraban delante de él. Cobró esperanzas, deseó
con viveza encontrar lo que buscaba, imitando el querer ardiente de
Zoilo, y por aquella vez no fue ineficaz la efusión grande de su
espíritu, porque a poco de entrar en la iglesia, y cuando sus ojos se
habituaron a la oscuridad que en ella reinaba, distinguió un bulto,
un hombre de rodillas, al cual sin mayor examen tuvo por el propio
don Sabino Arratia. No se movía el pobre señor, que más bien parecía
fúnebre estatua, y a ratos se llevaba el pañuelo a los ojos como para
limpiarlos de la humedad luctuosa que de ellos afluía. Oyó la misa con
suma devoción; oyéronla Calpena y los demás en corto número asistentes
al acto, y cuando este terminó y hubo visitado tres altares el señor
desconocido, se le acercó don Fernando, y a boca de jarro le dijo:
—¿Es usted don Sabino Arratia?
—Yo no... no, señor —replicó muy asustado el tal—. ¿Qué quiere
usted?... ¿Qué se le ocurre?
—No se me ocurre más sino que es usted don Sabino Arratia —añadió
Calpena, que en el parecido con _Luchu_ le reconocía— y hace usted mal
en negármelo, porque soy su amigo y no le causaré daño alguno.
—Pues sí..., yo soy... Ya ve usted... Con estas cosas... ¡Ay de mí!
—dijo el bilbaíno sollozando y acudiendo a sus ojos con el pañuelo—.
¿Puedo saber quién eres?..., ¿quién es usted?... Porque aquí estamos
todos con el alma en un hilo... y aún dudamos si somos vivos o muertos.
—Estamos vivos. ¿Y Zoilo...?
—Vivo también.
—¿Dónde?
—Aquí, en el Santo Hospital... ¿Es usted su amigo?... ¿Conoces a
_Luchu_?... Salgamos si le parece.
—Salgamos, sí, señor. Somos amigos. Ya comprendo la terrible situación
de usted. Vino aquí fiado en la amistad de Guergué, que era su
compadre, padrino de Zoilo, y allí donde creía encontrar usted un
protector... encuentra un cadáver...
—¡Pero has visto qué crueldad, qué salvajismo! ¡Ay!, no comentemos.
¿Puedo saber quien es usted?
—Un amigo de Zoilo, que le sacará del hospital, de la prisión, o de
donde quiera que se halle.
—¡Oh, señor...! —exclamó don Sabino, que con sus ojos llorantes se
quería comer el rostro del caballero—. Prisionero y enfermo está, ¡qué
dolor de hijo! Todo por su temeridad... ¡Qué cabeza, Señor!
—¿Le ha visto usted?
—¡Si no me ha dado tiempo ese condenado Maroto fusilándome...! A mí
no..., a Guergué, el mejor de los hombres, el amigo más cariñoso...
Pero dime tú, diga usted, ¿es este el mundo criado por Dios, o es otro
que nos han traído del infierno? Yo digo que están condenados cuantos
sostienen esta guerra, reyes y reinas, archipámpanos y ministriles...
¡Qué dolor! Y todo por un papelito, la Pragmática Sanción... ¿Estamos
todos locos, o somos tontos de remate? En ello pensaba yo, mientras
oía la santa misa... ¿Acaso sabes tú, sabe usted en qué vendrá a parar
esto? Aquí tienes a un hombre que se aguantó todo el sitio de Bilbao a
pie firme, padeciendo aquellas terribles hambres, hijo, y el continuo
caer de bombas. Pues terminado el sitio, y cuando en el pueblo entró la
felicidad, para mí y para mi familia empezaron las mayores desdichas
que es posible imaginar. No puedo recordarlo sin que se me llenen los
ojos de lágrimas.
—Volvamos a lo presente. ¿Desde cuándo no ve usted a Zoilo?
—Desde que sin mi permiso, y contra la voluntad de toda la familia,
se lanzó a _quijotear_, en octubre del 37, siendo en sus aventuras
tan desgraciado, que al intentar la primera, se ganó cinco mesecitos
de cárcel... Después se me mete con los cristinos. Siempre fue el
chico muy guerrerro, con grandísima disposición para las armas, y una
valentía y una terquedad que más parecen divinas que humanas... Pues,
como digo, me le cogen los cristinos, y ya está loco el hombre... Tan
pronto acudo a consolar a la familia, como a perseguir y a rescatar a
mi caballero, y en este trajín se me van meses y meses... Parezco yo
también un Tío Quijote, buscando lo que no hallo, y recibiendo en todas
partes sofiones y descalabraduras... Si a usted le parece, sentémonos
en esta piedra, que estoy desfallecido. Pues verás, verá usted... Hasta
julio del año pasado no supimos que estuvo mi hijo en la acción de
Peñacerrada. Yo me hallaba entonces en Vitoria aguardando una ocasión
de abocarme con el pobre Guergué... También le digo que si mi Zoilo
es más guerrero que el propio Marte, a mí no me ha llamado Dios por
ese camino, y nada me turba y descompone tanto como los espectáculos
de lucha y muertes. Tiemblo al oír tiros, y si me aproximo a un campo
de batalla, éntrame sudor de agonía... Ni con cien salvoconductos me
atrevía yo a penetrar entre las _hordas_ de Zurbano... Me acercaba,
y retrocedía... Mejor me acomodaba entre carlistas, porque siempre
me tiró de ese lado mi fervor religioso..., la verdad, te digo la
verdad... Si mi Zoilo se hubiera metido a guerrear por la fe, fácil me
habría sido cogerle y retirarle de la milicia; pero entre cristinos
no me hallo..., no respiro... El aire que anda entre ellos me huele a
libertad de cultos, libertad de la imprenta y pueblo soberano... No,
no... Mil veces pensé abandonar al chico, dándole por perdido para
siempre; mil veces me llamó el amor que le tengo, y volví a rondarle,
siempre medroso, siempre desconfiado... Dios me decía: «Ve por él y
sácale de la sentina»... y yo iba a la sentina y me acercaba, y tenía
miedo..., y... Por fin, desesperado, me aboqué con el general Van
Halen, el cual me agregó a un convoy que llevaba socorros a Zurbano. Vi
a este en Dicastillo; me echó muchos _ajos_, me trató con desprecio,
ensalzando a mi hijo, y llamándome oscurantista y retro... no sé
qué. Pero, en fin, diome las noticias que deseaba, y a Estella me
vine. Por llegar, mira tú qué suerte, me entero de que Zoilo está en
el hospital... «Esta es la mía», dije para mí; y me fui en busca de
Antonio Guergué... de chicos jugábamos en los Cantones de Bilbao...
Encontrele muy inquieto... ¡Toma, como que estaba urdiendo el golpe
para hundir a Maroto! Con mal cariz me dijo: «Mañana»... ¡Mañana! Aquel
mañana de Guergué fue ayer, hijo, y ¡pum!, fusilado..., y yo muerto
de ansiedad, de miedo..., lo diré todo, muerto también de hambre, ¡ay
dolor!... Si eres caritativo, como parece, y no temes andar por la
ciudad, llévame a donde yo tome algún alimento, pues desde ayer por la
mañana no ha entrado en mi cuerpo cosa caliente ni fría.
Compadecido del infortunio, así como de la flojedad de ánimo del pobre
señor, don Fernando le agarró el brazo para llevársele a su posada.
Por el camino, a pesar del tranquilo continente del que ya se había
constituido en su protector, no se recobraba de su horrible susto el
buen Arratia, receloso de cuanto veía, temiendo engaños y traiciones.
—Bien comprendo —decía— que eres, que es usted marotista, y no me pesa.
Si me apuran, no creo lo que ayer se decía de tratos nefandos para que
don Carlos nos dé la libertad de conciencia. Y pues Maroto ha venido a
ser el amo, tráiganos una paz decente, con la religión sobre todo, y
debajo de la religión el rey o reina que nos quieran poner... ¿A dónde
me llevas? ¿A tu casa? Si eres militar, ¿por qué vistes de carbonero,
y si eres carbonero, dónde demonios has conocido a Zoilo, y por qué
te interesas por él?... Párate un poco, que me canso horriblemente...
Ya estamos en la plaza... Por aquí llevaron al pobre Guergué como se
lleva un cerdo a la matanza, ¡ay!, y al general García vestido de
sacerdote... Al verles, creí que de terror me moría... Otra cosa: ¿cómo
te llamas?... ¿Cuál es la gracia de usted?... Perdona: con el hambre
que tengo, hasta se me olvida la buena educación... Sigamos otro poco.
¿Falta mucho todavía? Ya no puedo tenerme... Pues, sí, hijo mío: venga
pronto la paz, sea como quiera, con tal que no toquen a la religión
sacratísima, ni al clero, ni a sus bienes raíces, ni nos metan en casa
la libertad de pensar... ¡Ay, qué ganas de llorar! Deja que me seque
los ojos... Pues tan extenuado me encuentro, que ahora daría yo todos
los dogmas por unas sopas de ajo bien calientes, con chorizo... ¿Falta
mucho?
Pronto llegaron, y lo primero que hizo don Fernando fue ponerle delante
cuanta comida encontró, y bebida sin tasa. Gozaba viéndole comer, y el
hombre se mostró muy agradecido, y con mayor luz en la mollera para dar
a sus pensamientos claridad y fácil expresión...
—¡Oh, qué bueno es Dios —exclamaba mirando al techo, por no haber
allí cielo que mirar—, y qué excelente cordero es este!... Cuando más
desconsolados vivimos, se nos aparecen las buenas almas. Es usted un
ángel, Aquilino, un ángel sin alas. Repito que no me asusta Maroto, y
que bendeciré la paz que nos traiga, si no vienen con ella libertades
de pensar... El dogma sobre todo... Vino de ley es este, ¿verdad?
Satisfecha el hambre, se caía de sueño, como quien pasara la noche
anterior al raso, sin atreverse a entrar en su vivienda, que era la
misma donde el pobre general García se había disfrazado de cura.
Llevole Calpena a un camastro, donde le dejó bien arropadito, sin
cuidarse más de él, porque otras graves obligaciones le llamaban.
Echaide y el mozo se miraron, añadiendo pocas palabras a lo que con
los ojos se decían. Había llegado la hora. Fuéronse los dos a la
residencia de Maroto sin rodeos ni precauciones, que en tal ocasión no
se necesitaban; quedose a la puerta Echaide, y entró _Quilino_ con una
caja de puros, abierta, dentro de la cual había puesto un papel que en
gordos caracteres decía: _Inquisivi_.