—No soy de Cintruénigo, sino de Ablitas —replicó don Fernando muy
cortés, olvidado del lenguaje baturro que en aquella tierra fingía, y
adoptando su natural dicción—, y traigo para las señoras un encargo del
señor don Beltrán de Urdaneta, mi amo.
Mudas de asombro, las dos damas hicieron intención de santiguarse, y
después cruzaron las manos. Entretanto, Calpena pensaba que era muy
conveniente abordar sin circunloquios el asunto, para ganar tiempo,
para inspirar confianza.
—¡Jesús mío..., Beltrán...! ¿Pero es cierto? ¡Acordarse de nosotras
Beltrán! —exclamó la una mirando a la otra.
—¡Beltrán, ay!... ¡Si no le hemos visto desde el año 5, cuando...! ¡Qué
confusión en mi cabeza!
—Sí, mujer: ¿no te acuerdas? En noviembre del año 5. Estando nosotras
en Tudela, fue a comunicarnos, por encargo de padre, la triste noticia
de la muerte de nuestro hermano don Luis en Trafalgar.
—¡Oh, Beltrán, Beltrán!... Hace cinco años, a la muerte de Fernando
llamado VII, supimos que vivía el primer noble de Aragón, y que andaba
un tanto decaído de intereses.
—Pues aún vive y está bueno —dijo Pertusa, conforme a la lección que su
amigo y él llevaban bien aprendida.
—Y su decaimiento de fortuna —añadió Calpena aceptando el asiento que
las señoras le señalaron— se ha trocado ahora en grandeza y abundancia,
porque, verán ustedes..., ¡qué suerte de hombre!, un tal Francisco
Luco, que en la guerra del Maestrazgo perdió a sus hijos, dejó a don
Beltrán por heredero de todas sus riquezas, consistentes en cincuenta
o sesenta ollas de dinero..., no recuerdo el número..., sepultadas en
diferentes puntos. Desenterradas lleva ya como unas cuarenta y pico, y
el dinero lo vamos transportando a Cintruénigo, donde hay una estancia
no más chica que esta, llena de sacos de onzas y medias onzas...
Las dos niñas se miraban absortas, y luego se pasaban la mano por
la cara como dos gatitos que se relamen limpiándose los hocicos. No
acababan de creer lo que oían, maravillas de cuentos infantiles.
—Y como es don Beltrán caballero muy hidalgo y generoso, hecho a mirar
por las desgracias ajenas antes que por las propias, decidió repartir
la mitad de aquellos caudales entre familias de su conocimiento que se
hallan faltas de recursos. Cuatro criados del señor don Beltrán andamos
en este trajín del reparto, y a mí me ha tocado la tierra de Vizcaya,
y todo el señorío pobre que traigo en esta lista...
Diciendo esto, sacó el papel en que trazado habían una luenga cáfila
de nombres y pueblos, y después de mostrarlo a las señoras, que en
su aturdimiento y estupor apenas pudieron enterarse de lo que veían,
echó mano al cinto y dio a luz una onza. Momentos antes había pensado,
generoso, duplicar la cantidad presupuesta, por la profundísima lástima
con algo de respeto que la digna pobreza de las _nenas de Morentín_ le
infundía.
—Esto es lo que corresponde a las señoras, según mi lista. Pero podrá
tocarles mayor cantidad, pues el amo me encargó que lo resultante de
las partidas fallidas lo repartiese a la vuelta entre los existentes.
A muchos no les hallo; otros han muerto, dejando algún acomodo a sus
familias...
Cogió doña Marta la onza no sin cierto recelo; pasó después la hermosa
pelucona a las manos de la doña Rita; la miraron y remiraron por un
lado y otro. De una mano que la sobaba, pasaba a otra que la movía para
ver el reflejo. ¿Creyeron las señoras la burda historia tramada por los
dos hombres? Si estos no la inventaron mejor y más fina, fue porque no
lo creían necesario. Una de las _niñas_, la que, según los informes de
Pertusa, hipaba por la poesía y el latinismo, se tragó sin esfuerzo
el voluminoso embuste; la otra, más práctica y reflexiva, debió de
ponerlo en cuarentena; pero esta divergencia de impresiones no impidió
la unanimidad de aceptar y guardar la onza, expresando gratitud al
mensajero y pidiéndole noticias de la familia de Idiáquez. Diolas
cumplidísimas don Fernando, y agregaron las señoras que habían tenido
cuatro años antes carta de doña Juana Teresa, mandándoles regalitos y
un delicado socorro en metálico, que agradecieron con toda su alma;
escribieron ellas, y hasta la fecha no habían vuelto a tener noticia.
Amplió Calpena sus informes con pormenores mil de las familias de
Cintruénigo y Villarcayo, edad y referencias de los nietos; y después
de oírle atentas y gustosas las dos _nenas_, dijéronle que observaban
cierta discordancia entre su traje y su manera de producirse, la cual
más bien parecía de caballero bien educado. A esto acudió Pertusa con
la manifestación de que el mensajero de don Beltrán había cursado
estudios mayores en Tarazona, continuando, no obstante su mediana
ilustración, al servicio de casa y familia tan alcurniada.
Tomó luego la palabra don Fernando para contar cómo el señor de
Urdaneta, que había recorrido media España con la expedición real,
al absolutismo pertenecía en cuerpo y alma, y ya se le indicaba
para ministro universal de Carlos V el día no lejano del triunfo y
salvación del reino. Profesando él las mismas ideas que su amo, podía
correr libremente por el señorío de Vizcaya, sin más precaución que
la de alterar un poco su facha, y hacerla más grosera y tosca, con el
fin de que nadie le supusiera portador de cantidades relativamente
cuantiosas. Al llegar a este punto, parecieron ambas más tocadas de
credulidad: a Pertusa le conocían por sectario furibundo de la realeza
carlista; el otro, que entonces veían por primera vez, parecioles más
fino y apersonado que su compañero, a pesar del pelaje humilde. Recayó
suavemente la conversación en los negocios de la facción, mostrándose
Calpena tan entusiasta, que su fanatismo daba quince y raya al de los
más feroces. Tronó contra Maroto, viendo en su doblez el origen de las
desdichas del reino; ensalzó hasta las nubes a don Pedro Abarca, obispo
de León, que debía ser canonizado por valiente apóstol de la causa de
Dios; igualmente encareció los sublimes talentos de Echevarría, padre
Lárraga y Arias Teijeiro, y terminó sosteniendo que san Fernando, san
Luis y san _qué sé yo qué_ eran soberanos de alfeñique en parangón de
la extraordinaria majestad y grandeza de Caídos V.
Por fin, viendo a las dos _nenas_ tan complacidas, amansadas ya y
bien dispuestas para la última suerte, acometieron esta, tomando
la iniciativa el ladino Pertusa. Uno y otro amigo se hallaban
fatigadísimos de la caminata que habían hecho a pie desde Elorrio, y
pedían a las señoras hospitalidad solo por el día, ofreciendo marcharse
a la noche, pues les era forzoso continuar su viaje hacia Bilbao,
llevado el uno por comisiones graves de la real Superintendencia, el
otro por los encargos que de Cintruénigo traía. Al pronto, las dos
_nenas_ se mostraron recelosas, balbuciendo excusas; pero tan expresivo
lenguaje usó el _Epístola_ para convencerlas, y con tanta nobleza y
franca cordialidad apoyó el otro las demostraciones de su compañero,
que hubieron de ceder, siempre con un poquito de escama. Agregada por
Pertusa la indicación de que pagarían con largueza el gasto de una
modesta comida, dijeron doña Marta y doña Rita que muy frugal tenía
que ser, pues en su despensa no había más que huevos, algo de pan y
alubias. ¡Magnífico! Pedir más era gollería.
—Mi compañero Blas —dijo don Eustaquio, percatándose de la necesidad de
bautizar o su amigo— está más cansado que yo, y agradecería mucho a las
señoras que le permitieran tumbarse en cualquier aposento de los que en
la casa tienen para guardar trastos inútiles.
Tanta labia y metimiento desplegó en ello el astuto aragonés, que
pasado un rato se hallaba don Fernando en un cuarto próximo a la
sala, con ventanucho que dominaba la huerta de la cercana finca. Era
una pieza de techo bajo, atestada de rotos muebles y cachivaches,
vestigios luctuosos del antiguo esplendor de las de Morentín, y no fue
difícil improvisar en ella sobre un arcón vacío, al que se agregó una
silla, cubriéndolo todo con mantas, un camastro de relativa comodidad.
Encerrado el caballero en aquel cuchitril, pudo disfrutar a sus anchas
del beneficio de la ventana, principal objeto de aquella improvisada
comedia. El hueco de piedra, como de una vara en cuadro, se dividía en
cuatro vanos por gruesos barrotes en cruz. Excelente era el miradero,
segura el atalaya, pues desde allí no solo se veía todo el huerto
vecino, sino algo del interior de la casa por las abiertas ventanas de
esta. Ávido se asomó el caballero, y un rato permaneció sin ver a nadie.
Siglos le parecieron los minutos: apoyado su pecho en el muro, su
corazón rebotaba contra este, marcando las ansias que transcurrían
antes que la curiosidad fuese satisfecha. Por fin vio una criada, que
al parecer se ocupaba en la limpieza de habitaciones. Un anciano con
almadreñas atravesó la descuidada huerta, en cuyo suelo crecían hierbas
lozanas. Entretuvo el caballero su angustiosa expectativa examinando
los frutales sin hoja, los añosos perales de rugosos troncos arrimados
a la tapia en forma de espaldera, los manzanos escuetos, las higueras
derrengadas, la vieja parra de torcida y áspera cepa, agarrándose a la
pared de la casa, y enganchando en el balcón sus sarmientos más altos.
Junto al muro medianero, entre el corral de Morentín y la huerta de
Arratia, debía de existir un pozo que don Fernando desde su atalaya no
podía ver; y junto al pozo había sin duda pila de lavar, porque a los
oídos del vigía llegaba rumor de chapoteos en el agua, el golpetazo
de la ropa sobre la piedra, y una voz de mujer canturreando bajito.
En estas observaciones le cogió una súbita sorpresa, que fue como un
rayo... En la ventana de la izquierda apareció Aura... Don Fernando,
¡caso inaudito!, tardó algunos segundos en conocerla, en cerciorarse
de que era ella, y más que por el rostro y figura, la reconoció por la
voz, cuando dijo a la mujer que lavaba:
—María, por Dios, ¡qué calma!... Ven pronto.
Desapareció de la ventana, mientras la mujer hacia la casa corría.
Dudó el caballero si lo que había visto era realidad o visión engañosa.
Y de tal modo quedó estampada en su mente la imagen, que continuaba
fijando los ojos en la ventana, no convencido aún de que estaba el
marco vacío. ¿Había ganado o perdido en hermosura la romántica moza?
Imposible discernirlo. Solo era indudable para él que había engrosado
sin perder su esbeltez y gallardía. El color había cambiado: era más
morena; hasta llegó a parecerle negra. La impresión recibida fue como
una serie de impresiones muy rápidas, de centésimas de segundo; la
luz vibrante cambiaba el color y las líneas. ¿Había visto una imagen
temblorosa en ráfagas del aire?... Pasó algún tiempo, durante el cual
introducía el caballero su mirada por las ventanas, como el ladrón que
prueba las ganzúas en ojos de llaves. Creyó sentir la incomparable
voz; mas no pudo entender si reñía o lanzaba notas de júbilo... El
sol despejó las neblinas, y se presentaba un hermoso día de invierno.
Abrigada por sus altas tapias, la huerta debía de tener un temple muy
grato, y la faja meridional, bien asoleada, ofrecía en las callejuelas
que separaban los bancales un piso firme y seco. Apareció un gallo
pintado con dos gallinas, y escarbaba descubriendo bichos que entre
sus damas repartía. Un gato vino después que se paseó con parsimonia
inglesa entre las coles respigadas, buscando ratoncillos campestres;
un perro de cuatro ojos, negro y con las patas amarillas, se dirigió
hacia el pozo, después hacia la casa, grave y meditabundo, y se tendió
al sol junto a la cepa. Pensó Calpena que todas aquellas apariciones
de animales anunciaban nueva sorpresa. La primera que sobrevino no
fue muy agradable, pues consistió en una mujerona alta y bigotuda,
que no podía ser otra que Prudencia, la cual surgió por la derecha
dando voces a otra mujer, en tono displicente. Era cosa de tendederos
de ropa, de cuerdas quitadas de su sitio para amarrar un burro en la
pradera, de palitroques caídos y que debían ser repuestos. Retirose
por el forillo derecho encargando que no faltase leña para la tarde.
Su voz desentonada continuó largo rato sonando a la otra parte de la
casa, donde sin duda estaban la cocina, el corral y leñera. A poco de
esto abriose la puerta central de la fachada que observaba Calpena, la
que a un lado tenía la parra y encima el balcón. Abriola una mujer que
barrió las baldosas del umbral y el empedradillo delantero. El corazón
del galán, golpeando furioso contra la piedra del ventanucho en que
se apoyaba, le decía que por aquella puerta saldría pronto la mayor
belleza del mundo...
Pasó un siglo... En las medias horas veía el caballero piezas enormes,
tiras sin fin de una eternidad que se desarrollaba ante su espíritu.
Oyó rumor de cháchara, risas que indudablemente eran de ella. Ningún
reír humano podía confundirse con el reír de Aura, y pensándolo así,
el caballero apretaba con ira el barrote cruzado de su atalaya, porque
era en verdad muy inconveniente que ella estuviese tan regocijada,
mientras él se estremecía de dolor, amargado por los recuerdos. ¿Qué
motivos tenía para tales esparcimientos del ánimo gozoso? ¿No estaba
su marido ausente?... ¿Acaso habían llegado noticias de él? Era muy
probable que nada se supiese, y que continuaran en la familia los
temores y sobresaltos por la suerte del atrevido mozo. No estaba de
más que la esposa, que bien podía ser viuda ya, mostrase un poquito de
gravedad y compostura. En estas ideas le cogió un estupor, una emoción
inexplicable. No veía nada, y veía un mundo salir por aquella puerta.
Más bien temía, sospechaba, por misterioso aviso de su corazón, la
presencia de un caso, de un hecho monstruoso y al propio tiempo bello,
sublime quizás. «Ya viene», se dijo; y diciéndolo vio que Aura salía
con un niño en brazos.