—Ya voy entendiéndole, señor —dijo Pertusa, cuya grande agudeza
sorprendía los pensamientos del caballero—. Lo que usted quiere saber
ahora es si podremos hacer un reconocimiento del interior de la casa,
de sus entradas y salidas, de los espacios y rincones de la huerta
delantera y del corral; todo ello desde alguna de las casas próximas.
Si tal es su deseo, le diré que dejando pasar la noche, podremos
observar cuanto nos diere la gana por esta parte de acá... Véngase...,
deme la mano..., saltemos este pedazo de pared destruido..., por esta
otra parte hay una casita, que también tiene huerta. ¿La ve? Un tejado
con abolladuras, y bajo el alero un balcón jorobado y un ventanico
tuerto. Pues aquí se albergan dos señoras petisecas que hace treinta
años eran poderosas y ahora viven de la caridad... Son amigas mías,
furibundas apostólicas, que adoran a don Carlos y le ponen velas...
¿Pero esto que importa? Mañana vendremos, y mediante una limosna,
nos franquearán su vivienda para hacer de ella la garita o atalaya
más cómoda que se pudiera imaginar... Y ahora, vámonos, señor don
Fernando, que el rondar es peligroso en estos tiempos y en estos
barrios extraviados. Los espías hormiguean. Todo el suelo que pisamos
dentro y fuera de Durango, mejor dicho, todo el territorio de Vizcaya
y Guipúzcoa, está minado..., hablo figuradamente..., y las minas
cargadas, no con pólvora, sino con ideas y sentimientos, reventarán
pronto. Ya no es fácil encontrar dos carlistas que piensen del mismo
modo en las innúmeras cuestiones que agitan la causa. Quizás, quizás
exista la unanimidad en la idea de que _Isidro_ no sirve para el caso.
Las ilusiones de esta buena gente caen por el suelo. Vámonos de aquí
poquito a poco, y por el camino seguiremos hablando, ya digo, con
cautela, que ahora no hay palabra segura, ni sílaba que no comprometa.
Como se había dejado llevar, dejose traer Calpena, sin oponer réplica
ni comentario a los dichos de su compañero. Andando, miraba a las
estrellas, lo que no dejó de ocasionarle algún tropezón, cuyas
consecuencias evitaba cuidadosamente el _Epístola_ echándole una mano.
Llegados al centro, rompió el silencio don Fernando con estas palabras:
—Quedemos, amigo Pertusa, en reunirnos mañana temprano, y fijemos para
el caso la hora y sitio más convenientes.
—¿Sitio? El pórtico de Santa María. ¿Hora? La que usted quiera,
pues para mí todas son iguales... Ya que entre los dos se establece
la confianza, le diré que desde esta tarde ha empezado a faltarme
la seguridad que aquí disfrutaba yo, que si antes no inspiraba
sospechas, ahora me tienen entre ojos, no por descuido mío, sino
por soplos indecentes... Me ha entrado un grandísimo miedo de estos
infames polizontes, y no me encuentro con ánimos para volver esta
noche a mi casa. Antes de salir en busca de usted di fuego a todos
los papeles cuya conservación no creía de importancia, y los que no
debo destruirlos he dado a guardar a un amigo de toda confianza,
veterinario, el cual se avino a prestarme este favor, a condición de
que albergaría mis papeles, mas no mi persona... en fin, que no puedo
contar con que me deje pasar la noche en su casa. Seamos claros como
buenos amigos, y confiémonos el uno al otro sin reparo alguno. Yo
pensaba que usted, a cambio del servicio precioso de ojearle a doña
Aura, me concedería el amparo de admitirme en la cuadrilla de arrieros,
al menos hasta salir a cuatro leguas de Durango por una parte u otra,
mejor por la parte de Elorrio, Mondragón y Vergara... ¿Qué dice?... ¿Es
atrevimiento lo que pido?
No dio contestación don Fernando a la propuesta del _Epístola_, porque
al punto de oírla vio los gravísimos inconvenientes de acceder a ella.
Sin duda Echaide no permitiría que semejante pájaro se les agregara,
ni el caballero tampoco habría de consentirlo. Detestable compañía
era la de don Eustaquio, pues si por nada del mundo se le debía dar
conocimiento del contrabando que los arrieros llevaban, tampoco
a estos convenía correr la suerte del conspirador _fuerista_, ni
exponerse a participar de los palos y encierros con que le amenazaba
la Superintendencia. Visto así por don Fernando con toda claridad,
se apresuró a cortarle los vuelos, sin meterse en explicaciones, que
verdaderas serían indiscretas, y mentirosas le repugnaban.
—Con nosotros no puede usted venir, amigo Pertusa —le dijo—, ni en la
posada donde estamos, y cuyo dueño es furibundo apostólico, debo yo
albergarle. Lo más prudente es que nos separemos esta noche. Yo me voy
a mi casa, y usted se guarecerá donde pueda hasta el amanecer... ¿Qué
dice? ¿Por qué suspira? ¿Es que no halla sitio seguro donde pasar la
noche? ¿Tiene usted miedo?...
—Sí señor, un miedo horroroso; no puedo ocultarlo.
—En ese caso, no es hidalgo que yo le abandone, siendo su deudor por
el servicio de esta noche y por el que me prestará mañana. Pasaremos
juntos las horas que faltan para la salida del sol, y tempranito
buscaremos medio de introducirnos en la casa de las señoras vecinas de
don Sabino Arratia.
—Eso haremos, sí señor... ¡Ay!, me tranquiliza el verle a usted junto a
mí toda la noche. Dígame, señor: ¿lleva por casualidad armas?
—Hombre, no: en el parador dejé las pistolas.
—¿Por ventura lleva dinero?
—Eso sí..., alguno llevo.
—¡Ay, qué alivio! —exclamó el _Epístola_ recobrándose de su pavura—.
Arma formidable es el dinero, y en ocasiones más eficaz para la
defensiva que las piezas de a veinticuatro. Puesto que usted posee
proyectiles del precioso metal, ya me vuelve el alma al cuerpo: ha de
saber que entre mantenerme con miseria y atender a los gastos de mi
comisión, se me han ido hace dos días los últimos maravedises. Ahora
nos volvemos hacia Curuciaga, y pediremos albergue en un bodegón de
las últimas casas de la villa, en el cual suelo comer algunas noches.
Los dueños de él son buena gente, y tienen trato con la policía; pero
los pajarracos que van por allí son de esos que venderían a _Isidro_
por un pedazo de pan: tal es el hambre a que les tiene reducidos el
titulado ministro de Hacienda. En cuanto vean ellos el _in utroque
felix_, caen atontados. Bastará con media onza para cada uno en el caso
de que se nos presenten... Vámonos por este callejón a salir al campo,
que los caminos solitarios son los menos peligrosos.
Siguiole don Fernando, y ya en descampado, franqueando cercas y
cruzando prados, se le soltó más la lengua al _Epístola_, ya repuesto
de sus angustias por la compañía de un señor benévolo y rico, aunque no
lo pareciese por el artificio de su plebeya facha.
—Somos felices, señor don Fernando —decía, ayudándole a saltar zanjas y
a romper zarzales—, y podrá usted, en todo el día de mañana, dar fin a
su aventura, que entiendo es de las más bonitas que pueden presentarse
a un hombre de su calidad. En la tienda de Zubiri nos recogeremos para
pasar la noche, y en cuanto aclare el día nos colamos en la casa que
ha de ser atalaya nuestra, vivienda de dos señoras que se alegrará
usted de conocer, la una un tanto poetisa y con su poco de latín, la
otra muy pagada de su finura y cháchara social, ambas sesentonas, y
aún me quedo corto, muy gustosas de recordar sus tiempos de grandeza,
que deben de ser los de Maricastaña. Le bastará a usted correrse con
media onza, que será para ellas como si en la casa se les metiera
el Espíritu Santo. No son vizcaínas, sino navarras, de la parte de
Cintruénigo, huérfanas de un general de la guerra del Rosellón, y en
su tiempo tuvieron aquí mucha propiedad, que perdieron por mala cabeza
del marido de una de ellas, don Gaspar de Oñabeitia. Aquí se las conoce
por _las niñas de Morentín_, nombre que les daban el siglo pagado, y
que viene perpetuándose de generación en generación. Hemos de inventar
un bonito ardid para darles la media onza, pues como limosna de un
desconocido no han de aceptarla, y ello será preciso fingir una carta
del propio _Isidro_, o de Arias Teijeiro, lo que yo puedo hacer muy
lindamente, porque _domino_ la letra de casi todos los señores de la
cámara y camarilla, en la cual carta se les dirá que por premio de su
devoción al Soberano y de su lealtad bien probada, se les manda aquel
recuerdito, que también podrá ser un _pequeño óbolo_ de Su Majestad la
reina...
Replicó a esto don Fernando que pues las señoras niñas eran naturales
de Cintruénigo, y en esta villa navarra tendrían lejana parentela y
quizás relaciones, no era preciso que don Eustaquio se molestara en
fingir cartas del rey ni de sus adláteres: más eficaz sería, para el
objeto de cohonestar la limosna, un artificio que al caballero le
pasaba por las mientes. En ello se convino, y llegados al lugar donde
debían pasar la noche, llamó Pertusa, les abrió una mujer gorda,
soñolienta, y entraron a ocupar dos camastros en la trastienda,
entre pellejos de aceite y de vino, sacos de maíz y haces de hierba.
Descansaron sin que nadie les molestase, y por allí no recaló ningún
polizonte ni persona alguna que intimidarles pudiera. Durmió Percusa,
veló el caballero, recalentándose el pensamiento con ideas resucitadas
que se peleaban con las novísimas, y al amanecer, el _Epístola_,
después de platicar en la tienda con el patrón, fuese a don Fernando y
le dijo gozoso:
—Por milagro de Dios nos hemos librado de la canalla, señor mío, y
para mayor seguridad, si hemos de pasar el día en estos arrabales, no
será malo que demos al bueno de Zubiri una de las medias onzas que
destinábamos a los podencos del absolutismo. Untándole así los hocicos
a este buen hombre, que, entre paréntesis, me estima, le tendremos a
nuestra devoción para negar que hemos pasado aquí la noche, si preciso
fuere, y despistar y confundir a la maldita Superintendencia.
A todo se prestó Calpena, pues aunque comprendía que las sutilezas
de don Eustaquio no tenían más objeto que tomarle por proveedor de
sus necesidades y alivio de sus deudas, quería recompensarle con
favores positivos su ayuda en aquella campaña. Además, los ingeniosos
arbitrios del aragonés le hacían mucha gracia; daba con gusto la media
onza, y bastante más, por verle desplegar tanto donaire y travesura.
Acertados anduvieron los que de él habían hecho un instrumento de
conspiración, que otro más cortado para el caso no se encontrara en
toda la redondez de la tierra. Serían las ocho de la mañana cuando,
previos los informes y advertencias que Pertusa creyó titiles para
entenderse fácilmente con las _niñas de Morentín_, a la casa de estas
fueron en derechura, tramando por el camino la fingida historia que
debía justificar el soborno y darle apariencias delicadas. Llamó don
Eustaquio al portalón, y abierto este por la niña mayor, viéronse en un
corral poblado de hermosas gallinas. Ambas _niñas_ se ocupaban en aquel
menester, y mientras la una reconocía con hábil dedo a las aves que
debían poner aquel día, la otra les daba la pitanza de berzas cocidas
con salvado, y les renovaba el agua, y les arreglaba los nidos.
Eran muy parecidas las dos damas: pequeñas, vivarachas, limpias, con
sus pañuelos a la cabeza a estilo bilbaíno, dejando ver sobre las
orejas mechones de purísimas canas; vestidas humildemente, chapoteando
en el fango del corral, con almadreñas, que hacían un _clo-cló_ muy
campesino, eco celtíbero sin duda que nos trae los rumores de antaño al
través de cientos de siglos. Doña Marta y doña Rita acogieron a los dos
mozos con recelo, sobre todo a Calpena, cuya traza no era en verdad muy
tranquilizadora. Mandáronles subir, y soltando las almadreñas fueron
ellas por delante, venciendo con ligereza impropia de su edad los
gastados peldaños de una escalera que marcaba los pasos con gemidos Lo
primero que vio don Fernando al entrar en la estancia principal, que
bien merecía el nombre de sala, fue un primoroso altar con multitud
de imágenes vestidas y angelitos desnudos, estampas varias, todo ello
resguardado de las moscas por tules verdosos, y profusión de flores de
trapo con infantil arte dispuestas, y papeles que imitaban el brillo
de la plata y el oro, y rizadas velas sin encender. En el centro de la
mesa, cubierta de blanco paño con encaje, había un gran vaso lleno de
agua en sus dos tercios inferiores, lo demás de aceite. En este flotaba
una cruz de lata con puntas de corcho, y en el centro de la cruz ardía
una lucecita modesta, familiar, diminuta, que difundía en torno de sí,
con su débil claridad, cierta confianza dulce y plácida, como un ángel
doméstico representado en la forma más humilde.
En cuanto abocó en la estancia, dándose de hocicos con el altarito,
cayó de hinojos don Eustaquio, y sus expresivas demostraciones de
piedad maravillaron y entontecieron a las dos señoras. Calpena, con
menos prisa y devoción no tan ferviente, se arrodilló también, y
mientras rezaba entre dientes, observó que en lo más bajo del altar,
cubriendo la peana que sostenía la imagen de Cristo, campaba el retrajo
de Carlos V, mediana estampa de colorines. La graciosa lucecita
iluminaba el rostro antipático del rey, (que si algo expresaba era lo
contrario de la inteligencia) y su busto exornado de cruces y bandas.
Rezaron también las dos _niñas_, y una de ellas no quitaba los ojos de
don Fernando, como si las facciones de este no le fueran desconocidas,
o si algo quisiese deletrear en ellas. Y al verle persignarse y ponerse
en pie, se apresuró a decir:
—Si no me engaño, el señor es de Cintruénigo.