Como recuerdo espectral, de esos que pintan y entonan la figura y voz
de personas ausentes, perseguía don Eustaquio al caballero, quien no
podía menos de admirar la travesura del astuto aragonés. Habríale
gustado penetrar el secreto de sus artimañas, sorprender entre sus
ágiles dedos los hilos que manejaba; observar la sutil hipocresía con
que se infiltraba en la sociedad que quería corromper. La llegada al
arrabal de Pinondo, en Durango, donde se albergaron, borró aquellas
impresiones, que no revivieron hasta el día siguiente por la tarde,
en ocasión de hallarse el caballero rendido de cansancio y un poco
febril. Grande había sido el ajetreo de entregar y recoger mercancía;
como unas quince veces recorrió cada uno la distancia entre el parador
y el centro de la villa, sin que nada de particular les ocurriese.
En retirada iban hacia su vivienda _Quilino_ y Muno, atravesando por
frente a los arcos de la parroquial de Santa María, cuando vieron
salir de esta una luenga procesión con estandartes y cruces, seguidas
de imágenes, y un concurso inmenso de fieles de ambos sexos, sin que
faltaran cantores y un lucido cleriguicio. Movidos de la curiosidad,
aproximáronse los dos arrieros, y confundidos entre la multitud
pudieron admirar la devoción que en los rostros y actitudes de todo
el gentío se manifestaba, y aun hubieron de sentirse influidos por la
masa, que les atraía y les arrastraba sin que de ello se dieran cabal
cuenta. En dos filas larguísimas iban con lento paso, a un lado y otro
del palio, personas de clases diferentes: señores y pueblo, paisanos y
militares, todos con vela encendida, agregando su voz a la salmodia de
los curas. Sin fin de mujeres se agolpaban fluctuando, onda de paño
negro y caras compungidas, y metían también sus desentonadas voces
chillonas en el coro litúrgico. El acto tenía por objeto impetrar
del Altísimo el remedio del mal humano, pidiéndole expresamente que
pusiese fin a las discordias que hacían de su elegido reino un campo de
Agramante. Cada cual agregaría quizás de su cuenta las peticiones que
creyera más prácticas, como la extinción del _marotismo_, o la ruina de
Muñagorri y su canalla.
Observaba el arriero las caras que iban pasando, graves, mirando al
suelo con beata compostura, y de pronto le dejó suspenso la presencia
de don Eustaquio de la Pertusa, que marchaba en la devota fila con vela
y escapulario, emulando con los más celosos en devoción y recogimiento.
Mas no podía sostener su papel de clavar en tierra las miradas, y
las esparcía de rato en rato por la muchedumbre, sin quitar de ellas
la expresión santurrona. Viole don Fernando pasar cerca de sí, y
Pertusa le vio al propio tiempo, clavando en él sorprendidos sus ojos
ratoniles... Pasó, y _Quilino_, cogiendo del brazo a Muno, apartose
de la procesión, abriéndose paso a fuerza de codazos, pues ya todo lo
había visto y no le quedaba nada que ver.
Antes de llegar a Pinondo, la fiebrecilla que se le había presentado
tomó más fuerza, intenso escalofrío le corría por todo el cuerpo, y
apenas podía tenerse en pie. Arreglado el mejor lecho que fue posible,
en la cuadra donde todos dormían, se acostó el hombre, perseguido
por el espectro de Pertusa con escapulario y vela, andando al compás
de la procesión con devoto paso y actitud, y echando de soslayo sobre
el gentío el rayo de sus sagaces ojuelos. Y si por el órgano de la
vista se hallaba el buen caballero bajo la sugestión del _Epístola_,
por el oído se le entraban los campanudos discursos de Videchigorra.
No podía su voluntad librarse de ambas visitas espectrales: a Pertusa
le tuvo en su retina toda la noche, y no cesaba de oír el insufrible
moscardón, repitiendo su oratorio zumbido: «¿Qué pretende el corifeo de
los _libres_? La dictadura, tras de la cual vendrá el satánico reinado
de la diosa Razón... Pueblos engañados por el masonismo, despertad,
venid... Carlos os abre sus brazos amantes; Carlos pío, Carlos
soberano, a todos perdona. Su reino es la paz, el dogma, la obediencia».
Pasó la noche intranquilo, apeteciendo bebidas frescas y azucaradas.
Urrea le arropó cuidadoso, dándole de beber a menudo, y se mantuvo a
su lado vigilante. Sin descabezar un sueño hallose al siguiente día
más despejado, y durmió algunos ratos, descansando así de la visión
de Pertusa como de las retóricas de Videchigorra. Pero al caer de la
tarde, hallándose solo en la cuadra, ya invadida por la penumbra, se
creyó nuevamente víctima de su delirio... ¿Cómo podía ser esto si los
sentidos del enfermo gozaban de suficiente despejo para no confundir
las impresiones mentirosas con las reales? El individuo que vio
acercarse a su lecho humilde no era una engañosa imagen, sino el propio
_Epístola_, en su natural ser, todo vivacidad, agudeza y travesura.
—No se me esconda, señor don Fernando —le dijo cauteloso, bien seguro
de que nadie le veía—. Le conocí en la procesión, a pesar del bien
dispuesto disfraz. Un poco difícil me ha sido después dar con usted;
pero guiado por mi olfato finísimo, ya lo ve..., he descubierto a mi
hombre.
Creyó Fernando de malísimo augurio semejante encuentro, y habría dado
cualquier cosa de valor porque el _Epístola_ que veía fuese creación
de la fiebre. Sintió impulsos de agarrar el palo que próximo al
lecho tenía, y ahuyentar a garrotazo seco la importuna imagen, por
desgracia muy real; pero luego estimó peligroso este procedimiento,
por el escándalo que ocasionar podría. Dejó pasar un rato; y mientras
el entrometido aragonés se despachaba a su gusto con demostraciones
de cordial amistad y respeto, discurrió qué resortes emplearía para
librarse de él, o por lo menos para alejarle sin comprometer el
incógnito riguroso que quería guardar.
—Mire, don Eustaquio —le dijo—, si cree usted que yo vengo en esta
traza con algún fin de intriga política, se equivoca grandemente;
y como me contraríe y me salga con alguna necedad que estorbe mis
planes, sepa que no lo sufro, pues no soy hombre que se deja burlar
por el primero que llega. Yo le aseguro que si no me guarda las
consideraciones que debe a mi persona y al disfraz que he tomado,
por motivos y razones que nada tienen que ver con el carlismo, yo
le aseguro, repito, que si no se conduce usted, con respecto a mí,
como si no me hubiera visto, le haré entender lo que es discreción y
delicadeza, en caso de que me convenza de que no lo sabe.
—Pero, don Fernando, ¡si yo...! No se sulfure, óigame...
—No tengo que oír nada. Usted es quien tiene que andar con tiento, pues
al menor descuido le meto una bala en el cráneo y me quedo tan fresco.
—Pero, señor, ilustre señor..., ¡si no me ha dejado explicarme! ¿Cómo
puede suponer que yo me acerco a usted con intenciones que no sean
leales, y con todo el respeto que usted se merece? Por Dios, devuélvame
su estimación, que en un momento de desvarío parece negarme. Créame,
señor: no me ha pasado por el magín que se haya usted puesto en esa
facha para fines y enredos políticos; eso se deja para los desdichados
que no tienen que comer, como un servidor... En cuanto le vi a usted,
mi finísimo olfato y mi penetración, que nunca fallan, me dijeron que
el señor don Fernando anda en estas comedias por cuestión de amores.
Con esta idea, créalo, hallé fácil explicación a su presencia en
Durango... ¡Como que esperaba verle a usted por acá, cambiado de rostro
y vestimenta! He aquí la razón de haberle reconocido al primer golpe
de vista.
—Pues ya que su penetración por esta vez ha dado en el clavo, pues de
amores se trata y por amores vengo, suspendamos aquí la conversación, y
váyase por donde ha venido, que yo en mis soledades vivo, y con ellas
me basta para lo que me propongo. Sea usted discreto y déjeme.
—¿Está bien seguro, señor, de que no me necesita?
—Segurísimo.
—Piénselo, piénselo, y si en ello se confirma, me retiraré con la
promesa y palabra que doy de respetar fielmente su secreto. Pero yo
confío en que un poco de reflexión le convencerá de que puedo serle de
grande utilidad en su empresa, por no decir aventura.
—Paréceme que no, señor don Eustaquio. Nada puede usted hacer en
obsequio mío.
—¿Ni aun allanarle algún camino... decirle lo que ignora, señalarle el
punto donde encontrará el cazador la res en cuyo seguimiento viene?
Los ojuelos penetrantes del _Epístola_ turbaron a don Fernando, que
no supo ya en qué actitud ponerse, ni si tomar o no en serio el orden
de ideas a que el astuto aragonés quería llevarle. Picado de la
curiosidad, y no queriendo ser menos agudo que su interlocutor, le dijo:
—Agradeciéndole sus buenos deseos de servirme, debo manifestarle que
sus informaciones llegan tarde, pues ya sé todo lo que me conviene
saber.
—En ese caso, señor mío, nada tengo que añadir, sino que me perdone
lo que creerá oficiosidad. Si usted sabe dónde ha de encontrar a la
dama, el cómo y cuándo de poder verla y hablarla, resulto, en efecto,
inútil... No obstante...
—¿Qué?...
En el colmo de la confusión, y viéndose en un terreno desconocido, don
Fernando no sabía qué postura tomar. Pertusa, atravesándole con su
mirar fino, prosiguió así:
—Permítame que le haga una pregunta: ¿la vio usted ayer tarde en la
procesión?
Afirmándose en el nuevo terreno, que aún no conocía, Calpena respondió
con intención capciosa:
—Sí, señor, la vi.
—Iba con doña Prudencia. Don Sabino formaba en la fila, dos cuerpos
delante de mí.
—Todo lo observé, sí señor —aseguró don Fernando haciéndose cargo
del nuevo terreno a que su destino le traía, por mediación de aquel
diabólico sujeto—. ¿Para qué tengo yo los ojos en la cara, señor don
Eustaquio?
—Naturalmente: lo que no ven los ojos de un enamorado, no lo ve el
mismo sol. ¿Y sabe usted también la residencia de la hermosísima doña
Aura?
—Sí, hombre, sí... ¿Cree usted que yo he venido aquí a perder el tiempo?
—Pues si todo lo sabe, no soy un amigo útil, sino un visitante
fastidioso, y con la venia del señor don Fernando me retiro.
Miráronse un rato en silencio, rivalizando los ojos de uno y otro
en penetración y picardía; y como Pertusa repitiese su ademán de
retirarse, le agarró Calpena por el faldón, diciéndole:
—Aguárdese usted un rato... Deje que me levante... Estoy un poco
enfermo; pero no es nada..., puedo salir... Hablaremos en la calle...
Aquí no conviene.
Vistiose presuroso el caballero; dio algunas vueltas por la estancia
y las cuadras próximas para cerciorarse de que no le observaban sus
compañeros de arriería, y echose a la calle precedido del aragonés. Ya
era de noche.
—Vámonos por estos callejones —dijo el caballero guiando—, que no nos
conviene encontrar gente conocida, y hablaremos... Pues, sí, señor
de la Pertusa, si usted me descubre el nido de ese lindo pájaro,
practicará una de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe.
—¿No decía yo que podría serle de gran utilidad? Al fin me salí con la
mía. Por lo que veo, usted supo que la familia reside en Durango.
—Eso sí..., pero ignoraba...
—Su casa... Ahora mismo vamos allá; pero tomémoslo con calma, que es
lejos, al otro lado de la población, en el barrio de Curuciaga.
—Aunque sea en el fin del mundo, vamos allá.
—Pues, sí, don Fernando: cuando le vi a usted, mi primera idea fue
suponer que venía con algún intríngulis político. Hoy por hoy,
conspiran aquí hasta las piedras... Después me acordé de haber visto
a doña Aura, y dije: «No, no: este viene a la querencia antigua... Es
natural».
—Y ¿qué sabe usted de Zoilo?
—Que desde lo de Peñacerrada no se tienen de él noticias buenas ni
malas. Está loco. ¡Miren que meterse a guerrear en la partida o
división de Zurbano!... No me sorprenderá que venga el mejor día el
relato de su muerte.
—¿Se supo por Iturbide que Zoilo se batió en Peñacerrada?
—Sí, señor, por Pepe Iturbide, que se pasó a los alaveses, y con ellos
estuvo hasta que su padre y los amigos le cogieron y se le llevaron a
Bilbao.
—Muy bien. Dígame otra cosa: ¿trata usted a don Sabino Arratia?
—¡Anda!... Somos amigos. Y pues no debo escatimar a usted mi confianza
para merecer la suya, le diré... Sé que hablo con un caballero, y que
mis informaciones quedarán entre los dos.
—Hágase usted cuenta de que habla con esa pared.
—Pues don Sabino es de los que he logrado traer a la devoción de mi
causa...
—_Paz y fueros_...
—Bajito, que aquí cada pedrusco es una oreja. Don Sabino es mío, y no
quiere más que el acabamiento de esta estúpida guerra, y que se vaya
_Isidro_ a que le mantenga el rey de Francia.
—¿Entra usted en casa de don Sabino?
—No, señor: nos hemos visto y hablado en casa de un amigo común,
también de los de acá.
—¿Qué otras personas de la familia de Arratia, a más de Aura y
Prudencia, están aquí?
—Ninguna más. El venirse a Durango es por averiguar el paradero de
Zoilo, pues se dijo que había caído prisionero en una acción que se dio
el mes pasado en la parte de Campezu o de Contrasta, no estoy seguro.
—¿Y trajeron acá los prisioneros?
—Algunos... Pero entre ellos no ha parecido Zoilo.
Interrogado acerca de Ildefonso Negretti, si era difunto o había sanado
de sus trastornos de cabeza, nada pudo contestar don Eustaquio. En
esto, atravesaron todo el pueblo, y pasado un camino campestre entre
paredes de piedra seca, franqueando después un llano pantanoso, en el
cual vieron dos lóbregos edificios y una iglesia negra, cuya espadaña
se recortaba sobre el cielo azul estrellado, llegaron a Curuciaga,
barrio compuesto de dos decenas de casas esparcidas entre huertas,
prados y arroyos. La noche era serena y fría, y sobre todos los
objetos extendía el relente una humedad glacial. Embozado en su manta,
don Fernando sentía calor, y el corazón le palpitaba furiosamente.
Parándose, Pertusa le dijo:
—¿Ve usted esta tapia con portalón? ¿Ve usted más allá, dentro del
espacio cerrado, el cuerpo alto de una casa grandona? Pues aquí viven,
y ahora están cenando. Por esta otra parte se ve la luz del comedor...
Allí, allí están... Pero que no se le pase a usted por las mientes
llamar ahora, ni... En fin, como ignoro sus intenciones, no sé qué
debo aconsejarle... No hemos venido, pienso yo, más que a explorar el
terreno, a conocer las posiciones del enemigo, el grado de resistencia
de la plaza... ¿No es eso?
Completamente abstraído, cual si no viviera ya su espíritu en este
mundo, don Fernando no decía nada, y por los dos hablaba el otro.
La viveza y locuacidad del aragonés se anticipaban a las ideas del
que parecía privado del don de la palabra. Las miradas, el alma toda
del caballero, se anegaban en aquel iluminado espacio cuadrangular,
ventana de un aposento donde había personas vivientes, pues había luz.
Y aquellas personas, que él a una sola redujo, la soberana persona
fundamental, ¿qué haría, qué diría, qué pensaría?