De su arrobamiento le sacó el amigo Echaide, y salieron arreando para
Peñacerrada. Llevaban, en sentido contrario, el mismo camino que había
recorrido con las niñas en el éxodo de Oñate. ¡Cómo recordaba su
travesía en el carro, y las escenas de Salvatierra, el encuentro con
Serrano, la batalla con el _Jabalí_, la herida, y por fin Aránzazu con
sus habitaciones de mendigos y el humilde sepelio del pobre don Alonso!
La vieja historia se le presentaba página por página, como un libro
repasado al revés.
En Aránzazu les cogió la Nochebuena, y allí la celebraron entre
amigos, que de Echaide lo eran algunos de los leñadores en las ruinas
aposentados. Pudo enterarse Calpena del bienestar que todos debían a
las generosas niñas, y aunque algo habló de esto con sus huéspedes,
no quiso darse a conocer ni repetir la triste historia. Cenaron y
bebieron alegremente arrieros y leñadores, y _Santo Barato_, hombre
sin semejante para toda fiesta y bullanga, cantó villancicos en
castellano y en vascuence, y bailó la jota y el aurresku con mozos
y mozas de Aránzazu, en medio de grande algazara. Aun en aquellas
alturas apartadas del trajín social, se oía el resoplido de la profunda
revolución de la causa, signo indudable del cansancio del país, y de
las ganas que tenía de sacudirse tanto parásito militar, frailesco y
político.
La primera parada después de Aránzazu fue en Mondragón, donde Echaide
tenía parientes, una prima hermana casada con el sacristán de la
parroquia, otro primo albéitar, y muchos y buenos conocimientos. Era
el sacristán hombre muy leído, se sabía de memoria las _Gacetas_
carlistas, y estaba al tanto de cuanto pasaba en las regias cortes,
empezando por la del _legítimo_. Apostólico furibundo, abominaba,
como el obispo de León, de los generales de anteojo y compás, y en
ellos veía el trastorno y ruina del reino. Hablaba campanudamente buen
castellano, con ínfulas y tonillo de orador, y creía que la única
imperfección del régimen absoluto era _no tener Cámaras_. Con buenas
y sabias Cámaras, que debían ser presididas por un obispo, y sujetas
al rigor dogmático, podrían los hombres de estudios ilustrar las
cuestiones; y el rey desde su real tribuna lo oiría todo, conservando
la libertad de hacer lo que le diere la real gana, que para eso era
ungido de Dios.
Bueno: pues mientras cenaban Echaide y los suyos en casa de los primos
con cierto aparato de limpieza y mejor comida que de costumbre,
disfrutando de tenedores y hasta de mantel, se lanzó Videchigorra, que
tal era el nombre del sacristán, a unas pomposas peroratas que, con
ser enteramente hueras, no cuadraban a la rusticidad de su auditorio.
Calpena le oía con afectada admiración, y el orador observaba en el
rostro de él, como en un espejo, los efectos de su elocuencia. Entre
tanta hojarasca, algo hubo de encontrar _Quilino_ que no le estorbaba
para su conocimiento total de las cosas públicas y de la guerra. Era en
verdad peregrino que habiendo estado en Logroño tan cerca del hombre
que en aquel tiempo movía los hilos del retablo político, no se hubiese
enterado de la representación dirigida por él a la reina, documento
que alborotó a España toda. Pero en la soledad de la Fombera, ¿quién
había de informarle de cosas tan graves, como el mismo general no lo
hiciese? Sofocado ya del derroche oratorio, mas sin perder su hinchada
serenidad, Videchigorra decía:
—Si hay revolución en nuestro reino, no es floja zaragata la que han
armado los corifeos de allá. Ahí tenéis al espadón de _los libres_
echando a la titulada gobernadora un memorial sedicioso, irreverente,
que no es más que la voz de su enojo contra Narváez, por si le dan o le
quitan el mando de cuarenta mil _pistolos_, los cuales no han cogido
el titulado fusil con otro objeto que desbaratar la preponderancia del
_rotulado_ conde de Luchana... ¿Qué es esto? Celos y envidias, señores;
verdadero furor masónico por la dominación. ¿Qué vemos ahí? El nefando
_progreso_, negación de Dios; el execrable culto de la Libertad,
negación de la Virgen... ¿Qué quiere el apócrifo general y conde de
engañifa? Pues quiere la dictadura militar; quiere ser Atila, señores,
el azote del género humano, y venirse luego acá con la guillotina,
la Convención, el culto de los dioses paganos y la libertad de la
imprenta. Espartero, bien lo veis, impone su autoridad a doña Cristina,
y le disputa el gobierno de las facciones de Madrid, las tituladas
Cortes, ministros, oficinas y arbitrios. El masonismo quiere tener en
una mano las arcas reales, y en otra los soldados que con engaño y
violencia defienden el falso trono..., quiere por medios infernales
derribar el trono verdadero, que se apoya en el lábaro, y traernos el
imperio del error y del materialismo... Pues si por el lado político no
es floja la revoltura de los idólatras de la Constitución, por el lado
militar van de capa caída, y no tardarán en recibir el golpe de gracia.
No negaré que hemos tenido algún tropiezo, como el de los Arcos, que
debió ser gran victoria y no lo fue por la ineptitud de un Maroto;
pero nosotros al gran triunfo de Morella podemos añadir orgullosos
el que ha logrado, no lejos de Caspe, el invicto entre los invictos,
el Macabeo de España, don Ramón Cabrera, neto conde del Maestrazgo.
Supisteis, y si no, ahora lo sabéis, que en los campos de Maella
protegió de tal modo el Señor las armas de nuestros leales, que, a este
quiero, a este no quiero, hasta que se hartaron de matar no dieron paz
a los sacros fusiles y a las cortantes bayonetas. En la refriega cayó
muerto el corifeo que les mandaba, un titulado general Pardiñas, que
gozaba fama de temerario, y los prisioneros fueron mil y cuatrocientos.
Quedó el campo de Maella empapado en sangre de cristinos y cubierto de
cadáveres, en lo que se vio clara la mano del Altísimo y su protección
a la divina bandera de don Carlos. Nuestra Generalísima merece mayores
homenajes y devociones más pías que las que le tributamos. Adorémosla,
reverenciémosla; no apartemos su imagen de nuestro pensamiento, ni
su amor de nuestros corazones. Seamos macabeos, seamos valerosos y
píos, hasta dar cuenta de la hidra, señores, de la bestia masónica y
atea. Y pues hemos cenado en paz y gracia de Dios, juntándonos en esta
honrada casa, vosotros, humildes y sencillos como los apóstoles, yo,
más ilustrado que vosotros, yo, que os supero en conocimientos, mas no
en fidelidad al rey ni en entereza para defenderle; pues hemos cenado
con bendición y hasta con cierto regalo, recemos ahora el Rosario
santísimo, para que Dios nos mantenga en su gracia y en la pureza de
nuestra fe.
—_Amén_ —dijo Echaide sacando el rosario, y _amén_ repitieron _Quilino_
y los demás, preparándose al acto religioso, tan favorable a una buena
digestión.
No se vieron libres los pobres trajinantes, a la hora del descanso,
de un nuevo chaparrón oratorio del señor Videchigorra, que furioso
les siguió a la cuadra para contarles picardías mil descubiertas por
los agentes de la Superintendencia de Policía. Astutos emisarios del
masonismo se habían introducido en el campo carlista, sembrando la
discordia con escritos infames, con falsificadas epístolas, en que se
suponían tratos y contubernios de los leales con la rebeldía de Madrid.
El diablo andaba suelto y con máscara de paz, que le servía para
engañar a muchos incautos. Enmascarados de fueristas venían también
los prosélitos de Muñagorri, titulándose _nuncios_ de paz. ¡Buena paz
nos dé Dios! En su delirio habían concebido el diabólico plan de robar
la persona augusta de don Carlos en Azcoitia, sorprendiéndole con un
centenar de hombres osados que de Fuenterrabía se embarcarían para
Guetaria, y de este puerto se precipitarían sobre la residencia real
en la oscuridad y silencio de la noche. ¿Pero qué había de hacer Dios
más que desbaratar proyecto tan sacrílego? Bastole al Señor producir
entre los infames regicidas una confusión semejante a la de Babel, de
modo que cuando se congregaban en Fuenterrabía para poner en práctica
la villana idea, viéronse de súbito imposibilitados de comunicarse
sus pensamientos, porque querían decir una cosa y decían otra, y las
palabras no salían nunca conforme a la voluntad, sino expresando lo
contrario de lo que esta disponía. Y hombre hubo además que, creyendo
hablar vascuence, resultaba expresándose en lengua tudesca o polaca,
cosa en verdad inaudita, prodigio sublime con que el Señor justiciero
anonadó a los enemigos de su causa.
—_Amén_ —murmuró Echaide, casi dormido.
Roncaban ya estrepitosamente los demás, con excepción de _Quilino_, que
le paró los golpes con una tirada de bostezos, sobre los cuales trazaba
la señal de la cruz. Con esto, Videchigorra se retiró, según dijo, a
escribir una carta urgente, y allá dentro se le sentía charlando con
su mujer. Durmiose el fingido arriero hasta media noche, en que se
levantó para dar agua a las bestias y aparejarlas, pues quedan salir de
madrugada; y hallándose en este trajín, vio que por el patio adelante,
bien iluminado por la luna, avanzaba como fantasma la flexible figura
del parlero sacristán. Tembló el pobre mozo.
—Pues eres tú —le dijo la fantasma— el único que está despierto, a
ti confío mi encargo. Es una carta, hijo; una carta de grandísimo
interés, que entregarás en Durango, en la propia mano del señor a quien
va dirigida. ¿Sabes leer? ¿Sí? Pues entérate bien del sobrescrito, y
que se te grabe en la memoria el nombre de uno de los más entusiastas
defensores de la religión y del rey, _don Eustaquio de la Pertusa_. No
será malo que añada para tu gobierno las señas del tal sujeto: talla
mediana, color moreno, edad próximamente como la tuya, ojos pequeños
y sagaces. Y para satisfacción tuya y mía, agrego que en ese señor
verás a uno de los que con más ahínco se consagran a la persecución
de intrigantes y al descubrimiento de las perfidias que nos consumen;
hombre tan piadoso como valiente y leal, que daría su vida por el rey,
como la daríamos tú y yo si necesario fuese..., porque..., te diré...,
óyeme.
Por quitarse de encima la nube dio _Quilino_ su palabra de entregar
la carta en propia mano, y apartose todo lo que pudo, prefiriendo
la sociedad de los burros a la de los oradores. Mas no le valió su
esquivez, porque el otro se le fue encima, brincando por sobre dornajos
y montones de escombros, y le acometió ferozmente con este metrallazo:
—Los que no tengan fe, váyanse con Maroto; los que duden, pónganse
faldas y dedíquense a las faenas mujeriles...
En esto llegó Echaide, que fue pararrayos de Calpena, porque sobre él
descargó la nube, sin que pudiera defenderse con el rosario, por no ser
ocasión de ello. Partieron al fin de madrugada, y a la salida, por el
camino de Elorrio, fue con ellos el hablador, arreándoles con el látigo
de su palabra. Recomendoles que mirasen bien con quién hablaban, y que
no se dejasen tentar de ningún intrigante; que no acogiesen papeles
impresos, y que si a sus orejas llegaban las _chinchirrimáncharras_
de algún _pacífico fuerista neto_, lo pusiesen en conocimiento de la
autoridad. No tuvo Echaide más remedio que desenvainar el rosario, y
_Santo Barato_, hombre poco sufrido y de malas pulgas, empezó a recoger
pedruscos con la idea de abrirle el camino del cielo, por un martirio
semejante al de san Esteban.
Dejándole atrás, le vieron hablando con un árbol, hasta que pasaron
dos mujeres, y de parola con ellas se volvió a Moodragón. Ya muy
adelantados en el camino, Echaide, quedándose atrás con _Quilino_, le
dijo:
—Nos guardaremos de dar esa carta del primo Videchi, que, como has
visto, tiene en la cabeza un molinillo, y no piensa ni dice más que
disparates. Conozco a ese Pertusa, que es uno que anda en enredos de
los _fueristas netos pacíficos_; otro más agudo y metidillo no lo hay
acá. Ha engañado al pobre Videchi haciéndole creer que trabaja por lo
_impostólico_. Todos esos tunantes hacen juego doble, y se fingen
lo que no son para trabajar por lo suyo, que es hacer tabla rasa de
estos pequeños reinos y mandar a don Carlos a tomar aires. La carta de
Videchi no es más que una lista de los _netos_ de Mondragón, y otra de
los _ojalateros_, que allí son pocos, y explicaciones de lo que tiene
cada uno y de lo que vale. Debemos, pienso yo, no dar el papel, que
nos pondría en el compromiso de hablar con ese Pertusa, mequetrefe muy
entrometido que querrá entrar en confianzas para curiosear. Andémonos
con tiento, hijo. Nosotros a nuestro trajín, a nuestros burros, a la
buena con todos, sin que nadie pueda decir que quitamos o ponemos. Dame
la carta, y yo me encargo de echarla en el buzón de la eternidad.
Pareciole muy juicioso a Calpena el acuerdo de su amigo y jefe; mas
desprendiéndose del encargo no pudo apartar de su mente en todo aquel
día y la siguiente noche la imagen del condenado _Epístola_.