XX

Lo primero que hizo Echaide, después de albergar sus caballerías,

rompiendo como pudo por entre la militar turbamulta, fue dirigirse

a cumplir sus devociones de costumbre ante el célebre _Cristo_ de

Montañés que se venera en la iglesia parroquial de San Pedro de

Ariznoa. Largo rato estuvo allí en compañía de _Quilino_ (a quien ya

más comúnmente llamaban _Patarrastrando_), y cuando acabaron de rezar

ante la imagen con extraordinaria edificación, en la misma nave oscura

del templo le dio las instrucciones que creía pertinentes.

—_Patarrastrando_, hijo mío, tú te vas al parador, y allí te estás como

un santico hasta la hora de la cena. Échate a dormir si te parece;

no hables con nadie, que aquí, motivado a estar el rey, hay soplones

y mequetrefes de la policía. No te fíes de nadie, ni aunque sea

sacerdote, o pongo por caso, canónigo. Te duermes; después que cenemos

te diré a dónde tienes que ir, con respeto, hijo, con muchísimo respeto.

Puntual le obedeció don Fernando, y por la noche, después de cenar,

entregole cuatro botellitas de aguardiente, con encargo de que las

llevase a una señora muy principal del pueblo, llamada doña Tiburcia

Esnaola, habitante detrás de la iglesia donde habían venerado al

_Cristo_. No tenía pérdida: era un caserón de sillería, con gran escudo

cubierto de negros paños, y en el portal había una imagen de Nuestra

Señora, alumbrada con dos farolitos. Fue _Patarrastrando_ con las

botellas, cogidas con muchísimo cuidado para que no se le cayeran en el

camino, y hallada fácilmente la casa, entró, y una moza lozana le llevó

por la bruñida escalera hasta la estancia donde salió a su encuentro

una señora bien vestida, no joven, aunque de buen ver, la cual le

mandó poner las botellas sobre la mesa; y no había acabado de hacerlo,

cuando se abrió una puerta, y en el marco de ella apareció gallarda

figura de militar cincuentón, con bigotes, rostro pálido, rugoso y

grave, puro en la boca, el ceño ligeramente fruncido. El mensajero

se acercó pronunciando una singularísima palabra: _Inquisivi_. Dijo

el militar: «Pase usted», y tras él y _Quilino_ se cerró la puerta,

quedando todo en silencio, pues la señora se retiró por otro lado. La

casa parecía dormir con descuidado y dulce sueño.

Descabezaba Echaide el primero de aquella noche en la cuadra del

parador, rodeado de animales y arrieros, ya cerca de las doce, cuando

le tiraron de una pata. Revolviose y dijo:

—_Quilino_, ¿eres tú? Túmbate, hijo y duerme; o echaremos antes un

tercio de rosario si te parece.

Así lo hicieron, y entre los murmullos del rezo perezoso, metían las

cláusulas de un coloquio breve:

—¿Despachasteis?

—Sí, padre.

—¿Tenemos algo más que hacer aquí?... _ahora y en la hora de nuestra

muerte_...

—No, padre.

—Temprano cargamos y salimos, _amén_.

Y temprano cargaron y salieron, _amén_; que a Echaide no le hizo

mucha gracia la marejada que en la villa advirtió, entre _ojalateros_

y marotistas, entre la camarilla _impostólica_ y los que llamaban

moderados. Hablábase de nuevas prisiones de jefes, de fuerte agarradas

entre la reina y el obispo Abarca. Don Carlos se había casado en

Azcoitia y llevaba consigo a la reina con séquito palatino muy vistoso,

dentro de la modestia que la guerra imponía. Pero el infante don

Sebastián, hijo de la de Beira, se peleaba con Echevarría; y Arias

Teijeiro con Maroto; y este con toda la turba palaciega; y la reina se

volvía _moderada_, y el rey quería contentar a todos, y a nadie daba

gusto; y con el nombre de su hijo, el llamado príncipe de Asturias,

apuntaba un nuevo cisma fundado en la abdicación; y Villarreal y Elío,

famosos caudillos, ponían el grito en el cielo, renegando de los

apostólicos; y Su Majestad frecuentaba los locutorios de las monjas

para pedirles consejo y oír sus inspirados vaticinios, haciéndose digno

de que se le aplicaran, con más razón que a su hermano, los ridículos

versos de Rabadán:

Las pobrecitas vírgenes claustrales

de tratar a su rey están ansiosas:

don Carlos, con entrañas paternales,

¡ha dado en visitar las religiosas!

Hablando de todo lo observado en Vergara, que era mucho y bueno,

partieron hacia Beasáin, para tomar la vuelta de Navarra, siguiendo

itinerario distinto del que habían traído. Nada les ocurrió digno

de ser contado, sino que uno de los burros enfermó en el paso de

Lecumberri para bajar a Irurzun, y resultando ineficaces los remedios

que le aplicó Martín, maestro en artes veterinarias, el pobre animal

entregó su vida a la inmensidad y su carne a los buitres. Inútiles

fueron también las diligencias para sustituirlo, y, al fin, no hubo

más remedio que malvender parte de la carga del difunto asno, y llevar

a cuestas, repartida entre todos, la restante. Trabajosa fue la

expedición en aquellos días de riguroso invierno, y hasta Puente la

Reina, donde llegaron a primeros de diciembre, no tuvieron descanso ni

abrigo. Pero la salud no les faltaba, si bien _Patarrastrando_ empezó

a sentir verdadero el impedimento muscular que había sido fingido,

lo que felizmente tuvo compostura con los veterinarios remedios que

le aplicó Echaide. En esto, encontraron a León con su ejército, que

victorioso volvía de las acciones de Sesma y los Arcos. Contaban los

soldados maravillas de audacia del general y heroísmos de su tropa.

Animados por tan feliz suceso, apresuraron los arrieros el paso, para

llegar pronto a la tierra baja, pensando que el palizón recibido por

Maroto era parte a precipitar la solución que todos deseaban. En dos

jornadas se pusieron en Sesma, y al siguiente día pasaron el Ebro por

Lodosa, picando hacia Logroño. A media legua de la ciudad, dijo Echaide

a _Quilino_ y Urrea que se quedasen a dormir en una venta que allí hay,

mientras él avisaba al general del feliz arribo de la embajada: creía

complacer a Su Excelencia dándole ocasión de escoger sitio y hora para

recibir a don Fernando antes de que este entrara en la ciudad. No

iba descaminado el ladino arriero, pues su precaución agradó mucho al

de Luchana, y a la mañana siguiente mandó recado con el mismo Echaide

para que _Quilino_ le esperase en la Fombera, preciosa finca propiedad

de doña Jacinta, a corta distancia de la venta que antes se menciona.

Allí pasó el día don Fernando, y se entretuvo recorriendo las huertas

de frutales y los variados recreos de tan hermosa posesión, que aun

en pleno invierno tenía mucho que admirar. El arbolado de sombra no

desmerecía de la rica colección de peros y manzanos; espléndido era

el corral, bien poblado de aves; y por fin, un brazo de la Iregua

penetraba en la finca, formando en ella como una ría o lago delicioso,

donde su república tenían ánades y patos. Sirvió el guarda a don

Fernando la comida que al objeto mandaron los señores, y por la tarde

llegaron Espartero y doña Jacinta, sin compañía de ayudantes ni de

ninguna otra persona, y lo primero fue reír ambos de la pintoresca

transfiguración del caballero, jurando que no le habrían conocido si le

encontraran fuera de aquel sitio. Diéronle luego noticias muy buenas

de Pilar, y con las noticias las cartas que le aguardaban, dejándole

que a su gusto se entregase al deleite de leerlas, o al menos de

repasarlas rápidamente. El rostro del caballero mientras leía revelaba

su regocijo y satisfacción. Su madre gozaba de excelente salud, y

aunque desconsolada por la ausencia de su querido hijo, se alegraba de

verle campeón de noble empresa, propia de un gran caballero cristiano

y español. Enterado de lo que más vivamente le interesaba, se puso el

caballero a la disposición del general, que ya impaciente aguardaba una

pausa en los afectos filiales. Apartose la condesa con la mujer del

guarda para pasar revista al ejército de gallinas, y en tanto Espartero

y don Fernando, paseando despacito, hablaron todo lo que quisieron.

Desde lejos se podía ver el rostro del héroe expresando ya el asombro,

ya la ira; oía muy atento, pronunciando algún monosílabo con vigoroso

apretón de quijadas o arqueo de sus negras cejas.

Imposible transmitir la conversación, que hubo de quedar en vaguedad

incierta, como nebulosa de un suceso histórico. Otras conversaciones se

relatarán; esta no. El oído indiscreto, procurando apoderarse de las

ideas allí manifiestas, solo pudo coger algún concepto deshilvanado.

—¡Pero ese hombre está loco! —dijo Espartero pisando fuerte—.

¡Pretender que se conserven en la persona de don Carlos los honores de

rey... y que a la de Beira también la declaremos reina! Pero, dígame

usted, joven: ¿cuántas reinas vamos a tener aquí? La pobre España será

el país de las innumerables reinas... Esto no puede ser.

Y después se oyó también este cabo suelto:

—No puedo conceder más que el reconocimiento de la mitad de los

grados adquiridos en el ejército carlista. De Madrid me han venido

indicaciones para que reconozcamos la totalidad..., pero no puede ser.

¿A dónde vamos a parar? ¿Qué presupuesto resistirá un Estado Mayor

semejante? La guerra nos ha hecho pobres y la paz nos hará mendigos...

No puede ser...

Y por último, cuando ya terminaba la conferencia:

—De aquí a mañana rectificaré algunas de mis condiciones, a ver si

recortando yo y recortando él llegamos a una inteligencia. ¡Qué demonio

de hombre! Me había hecho creer que se hallaba en mejor disposición...

Pero ¿qué espera? ¿No teme que los apostólicos, sanguinarios, sedientos

de venganza, llenos de ira y de veneno, le fusilen el mejor día?

Refirió Fernando lo que en su viaje había observado, la sorda

revolución que a modo de volcán mugía en las entrañas del partido

carlista, poco antes formidable en su potente unidad guerrera y

religiosa; mas nada de lo que dijo fue novedad para el conde, que por

su bien organizado espionaje no ignoraba nada de lo que ocurría entre

el Ebro y el Pirineo. Concluyó el general diciéndole que se preparase

a volver con nueva embajada, pues una vez iniciado su servicio, no

había de renunciar a la gloria que le reportase. Replicó el caballero

que no ambicionaba gloria, si por esto se entienden los honores y

exterioridades que acompañan a los grandes hechos. Se contentaba con

la satisfacción de su conciencia, y si lograba coadyuvar a obra tan

hermosa, de su parte en el triunfo gozaría en la oscuridad en que

pensaba encerrar para siempre su vida.

—¡Qué pena, don Fernando —le dijo la condesa—, dejarle a usted aquí

tan solito! Pero ya que se ha impuesto, por amor de la patria, tantos

trabajos y privaciones, habrá hecho buen acopio de paciencia. Ya

cuidaremos de que nada le falte aquí.

—Con paciencia dicen que se gana el cielo, y con ella he ganado yo el

afecto de ustedes, para mí tan caro.

Despidiéronse muy afectuosos, y Calpena se quedó solito, dueño de aquel

vergel, en cuyas amenas anchuras daba expansión a su espíritu, libertad

a sus pensamientos, para que vagasen de la mente a la naturaleza y de

la naturaleza otra vez a casa. Exploraba el porvenir, tratando de ver

la probable salida de aquel arduo negocio, y ponía en orden todos los

datos y conocimientos adquiridos para deducir de ellos la histórica

resultante. Recordaba la tenacidad de Maroto en el sostenimiento de

sus proposiciones, y no veía fácil que tal dureza se ablandara sin el

castigo de la guerra. Al propio tiempo, si sufría una cruel derrota,

quedaría imposibilitado para negociar, porque los apostólicos le

quitarían el mando y quizás la vida. Veía la situación del general

faccioso erizada de peligros y dificultades, y le admiraba por el

tesón con que afrontarla sabía. No estaba Maroto, no, exento de moral

grandeza, y miraba al interés patrio, tratando de conciliarlo con los

restos, que restos eran ya, del Estado carlista. Con agrado recordó

Calpena el trato franco y ameno del caudillo de las campañas chilenas,

del vencido en Chacabuco. Su despejo manifestábase desde las primeras

expresiones, y su conocimiento del personal del absolutismo revelaba un

observador sagaz. Poco afortunado en los campos de batalla, lo era en

la organización, en adiestrar hombres y componer muchedumbres para la

guerra. Hubiera sido quizás mejor político que militar. Su destino hizo

de él uno de esos hombres que, dotados de amplia fuerza intelectual, no

aciertan jamás con los caminos derechos, y llegan siempre a donde no

querían ir.

Dos días no más permaneció don Fernando en la deliciosa Fombera,

trabando amistad con patos y gallinas, dando migajas a pájaros y peces,

hasta que, recibidas del general las nuevas instrucciones que se hizo

repetir para grabarlas bien en su memoria, partió con la cuadrilla

al alba de un día de diciembre. Con carga de vino, siguieron todo el

curso del Ebro, aguas abajo, para vadearlo por Tronconegro, y tomar

allí la dirección de Salvatierra por Laguardia y Peñacerrada. Lo que

menos pensaba Calpena era pasar por la patria de las niñas de Castro

en tan extraña disposición, y fue para él un rato triste y al propio

tiempo placentero recorrer la villa a media noche, ponerse a la sombra

del caserón de Castro Amézaga, cerrado a piedra y barro; reconocer

también la casa de Navarridas, la iglesia parroquial y demás sitios

que renovaban en su alma memorias dulces. Contempló largo rato, a la

claridad de la luna creciente, el palacio donde había vivido tres

meses, cuidado por los ángeles, y miraba una tras otra las ventanas,

señalando por ellas las piezas y el interior grandioso, el cuarto donde

él dormía, el de las niñas, el comedor, y hasta se fijó en las tejas,

por donde pensaba que andarían los mismos gatos de su tiempo. Ningún

rumor se sentía, fuera del cantar de gallos en el corral de la casa.

Esta dormía con el sueño del justo...

¡Oh, cuánto le embelesó aquella paz, aquel solemne descanso de la vida

laboriosa, de las conciencias puras! ¡La paz! Él la quería, la deseaba

con toda su alma. Por la paz del reino trabajaba, y si Dios le concedía

también la suya, procuraría, sí, agasajarla dentro de la envoltura

más propia de aquel bien supremo, que era la oscuridad junto a seres

queridos.

Vergara · 第 23 / 42 题