Lo primero que hizo Echaide, después de albergar sus caballerías,
rompiendo como pudo por entre la militar turbamulta, fue dirigirse
a cumplir sus devociones de costumbre ante el célebre _Cristo_ de
Montañés que se venera en la iglesia parroquial de San Pedro de
Ariznoa. Largo rato estuvo allí en compañía de _Quilino_ (a quien ya
más comúnmente llamaban _Patarrastrando_), y cuando acabaron de rezar
ante la imagen con extraordinaria edificación, en la misma nave oscura
del templo le dio las instrucciones que creía pertinentes.
—_Patarrastrando_, hijo mío, tú te vas al parador, y allí te estás como
un santico hasta la hora de la cena. Échate a dormir si te parece;
no hables con nadie, que aquí, motivado a estar el rey, hay soplones
y mequetrefes de la policía. No te fíes de nadie, ni aunque sea
sacerdote, o pongo por caso, canónigo. Te duermes; después que cenemos
te diré a dónde tienes que ir, con respeto, hijo, con muchísimo respeto.
Puntual le obedeció don Fernando, y por la noche, después de cenar,
entregole cuatro botellitas de aguardiente, con encargo de que las
llevase a una señora muy principal del pueblo, llamada doña Tiburcia
Esnaola, habitante detrás de la iglesia donde habían venerado al
_Cristo_. No tenía pérdida: era un caserón de sillería, con gran escudo
cubierto de negros paños, y en el portal había una imagen de Nuestra
Señora, alumbrada con dos farolitos. Fue _Patarrastrando_ con las
botellas, cogidas con muchísimo cuidado para que no se le cayeran en el
camino, y hallada fácilmente la casa, entró, y una moza lozana le llevó
por la bruñida escalera hasta la estancia donde salió a su encuentro
una señora bien vestida, no joven, aunque de buen ver, la cual le
mandó poner las botellas sobre la mesa; y no había acabado de hacerlo,
cuando se abrió una puerta, y en el marco de ella apareció gallarda
figura de militar cincuentón, con bigotes, rostro pálido, rugoso y
grave, puro en la boca, el ceño ligeramente fruncido. El mensajero
se acercó pronunciando una singularísima palabra: _Inquisivi_. Dijo
el militar: «Pase usted», y tras él y _Quilino_ se cerró la puerta,
quedando todo en silencio, pues la señora se retiró por otro lado. La
casa parecía dormir con descuidado y dulce sueño.
Descabezaba Echaide el primero de aquella noche en la cuadra del
parador, rodeado de animales y arrieros, ya cerca de las doce, cuando
le tiraron de una pata. Revolviose y dijo:
—_Quilino_, ¿eres tú? Túmbate, hijo y duerme; o echaremos antes un
tercio de rosario si te parece.
Así lo hicieron, y entre los murmullos del rezo perezoso, metían las
cláusulas de un coloquio breve:
—¿Despachasteis?
—Sí, padre.
—¿Tenemos algo más que hacer aquí?... _ahora y en la hora de nuestra
muerte_...
—No, padre.
—Temprano cargamos y salimos, _amén_.
Y temprano cargaron y salieron, _amén_; que a Echaide no le hizo
mucha gracia la marejada que en la villa advirtió, entre _ojalateros_
y marotistas, entre la camarilla _impostólica_ y los que llamaban
moderados. Hablábase de nuevas prisiones de jefes, de fuerte agarradas
entre la reina y el obispo Abarca. Don Carlos se había casado en
Azcoitia y llevaba consigo a la reina con séquito palatino muy vistoso,
dentro de la modestia que la guerra imponía. Pero el infante don
Sebastián, hijo de la de Beira, se peleaba con Echevarría; y Arias
Teijeiro con Maroto; y este con toda la turba palaciega; y la reina se
volvía _moderada_, y el rey quería contentar a todos, y a nadie daba
gusto; y con el nombre de su hijo, el llamado príncipe de Asturias,
apuntaba un nuevo cisma fundado en la abdicación; y Villarreal y Elío,
famosos caudillos, ponían el grito en el cielo, renegando de los
apostólicos; y Su Majestad frecuentaba los locutorios de las monjas
para pedirles consejo y oír sus inspirados vaticinios, haciéndose digno
de que se le aplicaran, con más razón que a su hermano, los ridículos
versos de Rabadán:
Las pobrecitas vírgenes claustrales
de tratar a su rey están ansiosas:
don Carlos, con entrañas paternales,
¡ha dado en visitar las religiosas!
Hablando de todo lo observado en Vergara, que era mucho y bueno,
partieron hacia Beasáin, para tomar la vuelta de Navarra, siguiendo
itinerario distinto del que habían traído. Nada les ocurrió digno
de ser contado, sino que uno de los burros enfermó en el paso de
Lecumberri para bajar a Irurzun, y resultando ineficaces los remedios
que le aplicó Martín, maestro en artes veterinarias, el pobre animal
entregó su vida a la inmensidad y su carne a los buitres. Inútiles
fueron también las diligencias para sustituirlo, y, al fin, no hubo
más remedio que malvender parte de la carga del difunto asno, y llevar
a cuestas, repartida entre todos, la restante. Trabajosa fue la
expedición en aquellos días de riguroso invierno, y hasta Puente la
Reina, donde llegaron a primeros de diciembre, no tuvieron descanso ni
abrigo. Pero la salud no les faltaba, si bien _Patarrastrando_ empezó
a sentir verdadero el impedimento muscular que había sido fingido,
lo que felizmente tuvo compostura con los veterinarios remedios que
le aplicó Echaide. En esto, encontraron a León con su ejército, que
victorioso volvía de las acciones de Sesma y los Arcos. Contaban los
soldados maravillas de audacia del general y heroísmos de su tropa.
Animados por tan feliz suceso, apresuraron los arrieros el paso, para
llegar pronto a la tierra baja, pensando que el palizón recibido por
Maroto era parte a precipitar la solución que todos deseaban. En dos
jornadas se pusieron en Sesma, y al siguiente día pasaron el Ebro por
Lodosa, picando hacia Logroño. A media legua de la ciudad, dijo Echaide
a _Quilino_ y Urrea que se quedasen a dormir en una venta que allí hay,
mientras él avisaba al general del feliz arribo de la embajada: creía
complacer a Su Excelencia dándole ocasión de escoger sitio y hora para
recibir a don Fernando antes de que este entrara en la ciudad. No
iba descaminado el ladino arriero, pues su precaución agradó mucho al
de Luchana, y a la mañana siguiente mandó recado con el mismo Echaide
para que _Quilino_ le esperase en la Fombera, preciosa finca propiedad
de doña Jacinta, a corta distancia de la venta que antes se menciona.
Allí pasó el día don Fernando, y se entretuvo recorriendo las huertas
de frutales y los variados recreos de tan hermosa posesión, que aun
en pleno invierno tenía mucho que admirar. El arbolado de sombra no
desmerecía de la rica colección de peros y manzanos; espléndido era
el corral, bien poblado de aves; y por fin, un brazo de la Iregua
penetraba en la finca, formando en ella como una ría o lago delicioso,
donde su república tenían ánades y patos. Sirvió el guarda a don
Fernando la comida que al objeto mandaron los señores, y por la tarde
llegaron Espartero y doña Jacinta, sin compañía de ayudantes ni de
ninguna otra persona, y lo primero fue reír ambos de la pintoresca
transfiguración del caballero, jurando que no le habrían conocido si le
encontraran fuera de aquel sitio. Diéronle luego noticias muy buenas
de Pilar, y con las noticias las cartas que le aguardaban, dejándole
que a su gusto se entregase al deleite de leerlas, o al menos de
repasarlas rápidamente. El rostro del caballero mientras leía revelaba
su regocijo y satisfacción. Su madre gozaba de excelente salud, y
aunque desconsolada por la ausencia de su querido hijo, se alegraba de
verle campeón de noble empresa, propia de un gran caballero cristiano
y español. Enterado de lo que más vivamente le interesaba, se puso el
caballero a la disposición del general, que ya impaciente aguardaba una
pausa en los afectos filiales. Apartose la condesa con la mujer del
guarda para pasar revista al ejército de gallinas, y en tanto Espartero
y don Fernando, paseando despacito, hablaron todo lo que quisieron.
Desde lejos se podía ver el rostro del héroe expresando ya el asombro,
ya la ira; oía muy atento, pronunciando algún monosílabo con vigoroso
apretón de quijadas o arqueo de sus negras cejas.
Imposible transmitir la conversación, que hubo de quedar en vaguedad
incierta, como nebulosa de un suceso histórico. Otras conversaciones se
relatarán; esta no. El oído indiscreto, procurando apoderarse de las
ideas allí manifiestas, solo pudo coger algún concepto deshilvanado.
—¡Pero ese hombre está loco! —dijo Espartero pisando fuerte—.
¡Pretender que se conserven en la persona de don Carlos los honores de
rey... y que a la de Beira también la declaremos reina! Pero, dígame
usted, joven: ¿cuántas reinas vamos a tener aquí? La pobre España será
el país de las innumerables reinas... Esto no puede ser.
Y después se oyó también este cabo suelto:
—No puedo conceder más que el reconocimiento de la mitad de los
grados adquiridos en el ejército carlista. De Madrid me han venido
indicaciones para que reconozcamos la totalidad..., pero no puede ser.
¿A dónde vamos a parar? ¿Qué presupuesto resistirá un Estado Mayor
semejante? La guerra nos ha hecho pobres y la paz nos hará mendigos...
No puede ser...
Y por último, cuando ya terminaba la conferencia:
—De aquí a mañana rectificaré algunas de mis condiciones, a ver si
recortando yo y recortando él llegamos a una inteligencia. ¡Qué demonio
de hombre! Me había hecho creer que se hallaba en mejor disposición...
Pero ¿qué espera? ¿No teme que los apostólicos, sanguinarios, sedientos
de venganza, llenos de ira y de veneno, le fusilen el mejor día?
Refirió Fernando lo que en su viaje había observado, la sorda
revolución que a modo de volcán mugía en las entrañas del partido
carlista, poco antes formidable en su potente unidad guerrera y
religiosa; mas nada de lo que dijo fue novedad para el conde, que por
su bien organizado espionaje no ignoraba nada de lo que ocurría entre
el Ebro y el Pirineo. Concluyó el general diciéndole que se preparase
a volver con nueva embajada, pues una vez iniciado su servicio, no
había de renunciar a la gloria que le reportase. Replicó el caballero
que no ambicionaba gloria, si por esto se entienden los honores y
exterioridades que acompañan a los grandes hechos. Se contentaba con
la satisfacción de su conciencia, y si lograba coadyuvar a obra tan
hermosa, de su parte en el triunfo gozaría en la oscuridad en que
pensaba encerrar para siempre su vida.
—¡Qué pena, don Fernando —le dijo la condesa—, dejarle a usted aquí
tan solito! Pero ya que se ha impuesto, por amor de la patria, tantos
trabajos y privaciones, habrá hecho buen acopio de paciencia. Ya
cuidaremos de que nada le falte aquí.
—Con paciencia dicen que se gana el cielo, y con ella he ganado yo el
afecto de ustedes, para mí tan caro.
Despidiéronse muy afectuosos, y Calpena se quedó solito, dueño de aquel
vergel, en cuyas amenas anchuras daba expansión a su espíritu, libertad
a sus pensamientos, para que vagasen de la mente a la naturaleza y de
la naturaleza otra vez a casa. Exploraba el porvenir, tratando de ver
la probable salida de aquel arduo negocio, y ponía en orden todos los
datos y conocimientos adquiridos para deducir de ellos la histórica
resultante. Recordaba la tenacidad de Maroto en el sostenimiento de
sus proposiciones, y no veía fácil que tal dureza se ablandara sin el
castigo de la guerra. Al propio tiempo, si sufría una cruel derrota,
quedaría imposibilitado para negociar, porque los apostólicos le
quitarían el mando y quizás la vida. Veía la situación del general
faccioso erizada de peligros y dificultades, y le admiraba por el
tesón con que afrontarla sabía. No estaba Maroto, no, exento de moral
grandeza, y miraba al interés patrio, tratando de conciliarlo con los
restos, que restos eran ya, del Estado carlista. Con agrado recordó
Calpena el trato franco y ameno del caudillo de las campañas chilenas,
del vencido en Chacabuco. Su despejo manifestábase desde las primeras
expresiones, y su conocimiento del personal del absolutismo revelaba un
observador sagaz. Poco afortunado en los campos de batalla, lo era en
la organización, en adiestrar hombres y componer muchedumbres para la
guerra. Hubiera sido quizás mejor político que militar. Su destino hizo
de él uno de esos hombres que, dotados de amplia fuerza intelectual, no
aciertan jamás con los caminos derechos, y llegan siempre a donde no
querían ir.
Dos días no más permaneció don Fernando en la deliciosa Fombera,
trabando amistad con patos y gallinas, dando migajas a pájaros y peces,
hasta que, recibidas del general las nuevas instrucciones que se hizo
repetir para grabarlas bien en su memoria, partió con la cuadrilla
al alba de un día de diciembre. Con carga de vino, siguieron todo el
curso del Ebro, aguas abajo, para vadearlo por Tronconegro, y tomar
allí la dirección de Salvatierra por Laguardia y Peñacerrada. Lo que
menos pensaba Calpena era pasar por la patria de las niñas de Castro
en tan extraña disposición, y fue para él un rato triste y al propio
tiempo placentero recorrer la villa a media noche, ponerse a la sombra
del caserón de Castro Amézaga, cerrado a piedra y barro; reconocer
también la casa de Navarridas, la iglesia parroquial y demás sitios
que renovaban en su alma memorias dulces. Contempló largo rato, a la
claridad de la luna creciente, el palacio donde había vivido tres
meses, cuidado por los ángeles, y miraba una tras otra las ventanas,
señalando por ellas las piezas y el interior grandioso, el cuarto donde
él dormía, el de las niñas, el comedor, y hasta se fijó en las tejas,
por donde pensaba que andarían los mismos gatos de su tiempo. Ningún
rumor se sentía, fuera del cantar de gallos en el corral de la casa.
Esta dormía con el sueño del justo...
¡Oh, cuánto le embelesó aquella paz, aquel solemne descanso de la vida
laboriosa, de las conciencias puras! ¡La paz! Él la quería, la deseaba
con toda su alma. Por la paz del reino trabajaba, y si Dios le concedía
también la suya, procuraría, sí, agasajarla dentro de la envoltura
más propia de aquel bien supremo, que era la oscuridad junto a seres
queridos.