Muy a gusto se agregó el caballero al ejército de León, y no poco
orgullo sentía de hallarse tan cerca del héroe, cuyas fabulosas hazañas
parecíanle dignas de un romancero. El creciente influjo político
del de Luchana impuso el nombramiento de Alaix para ministro de la
Guerra, no obstante su reciente descalabro; y vacante el virreinato
de Navarra, fue designado León para este puesto, que tan bien ganado
tenía. Siguiole Fernando a Pamplona, donde hizo nuevas amistades,
muy gratas: Manuel de la Concha, ya coronel, hermano de Pepe, y que
si en la gallarda figura se le asemejaba, no así en el carácter, que
era vivísimo, tirando a violento, poseído de la pasión militar en sumo
grado, y del anhelo de saber mucho y de practicar lo que aprendía;
Domingo Dulce, distinguidísimo oficial de caballería, muy intrépido;
Federico Roncali y otros. Con ellos pasó buenos ratos en los ocios de
Pamplona, que no fueron largos, porque León, nunca harto de combatir,
ni saciado de gloria, salió en busca del enemigo con ansias dementes.
Era un hombre febril, hercúleo, que empezaba en un inmenso corazón
y acababa en una lanza. Se le podrían aplicar los cuatro enérgicos
calificativos de Aquiles: _impiger, iracundus, inexorabilis, acer_.
Encaminose el héroe a Tafalla, buscando camorra a los carlistas. No
era de estos que aguardan las ocasiones más favorables para trabar
batalla. Según él, todas las ocasiones eran buenas. Provisto de víveres
para tres días, se lanzó por aquellos campos como andante caballero,
en busca de lo que saliere, y en Obanos, Legarda y Muruzábal encontró
carne enemiga en que cebar las picas poderosas de sus terribles
lanceros. Admiraba Calpena su gallardía, su varonil rostro, en que
relampagueaban los grandes ojos calenturientos. Los bigotes rizosos del
general eran los mayores y más bellos que en aquel tiempo se conocían.
El chacó, con cimera de plumas ondeando al viento, agrandaba su figura
y hacíala fantástica; su apostura sobre el caballo no tenía semejante.
Fascinaba a la tropa, comunicando a todos, hombres y caballos, su
ardor y fiereza. No le vio Calpena manejar la lanza. La primera hazaña
de Belascoáin, había sido algunos meses antes; la segunda, que debía
ilustrar su nombre, fue meses después, en abril del 39. Cuando se
dieron las reñidas acciones de Sesma y los Arcos en diciembre del
38, ya don Fernando no estaba en el ejército de León, pues un día de
octubre, hallándose meditabundo en Artajona, rumiando su impaciencia y
amargado por las añoranzas, presentose Martín Echaide y pronunció el
conjuro sibilítico:
—Don Fernando, vámonos.
Como asimismo le dijese que uno de sus hombres marchaba a Logroño con
dos acémilas de vacío, no quiso desperdiciar Calpena tan buena ocasión
de escribir a su madre, y lo hizo despacio y amorosamente, enviando a
doña Jacinta la carta, con súplica de que por el conducto más rápido la
remitiese.
Ya en marcha, en una aldea próxima a Mendigorría, emplearon gran parte
de la noche en la operación de vestirse de máscara don Fernando y
Urrea, con las ropas que Echaide traía para el caso, agregando a ellas
la posible alteración de los rostros, en lo que pusieron todo su esmero
y exquisitos primores de arte. Ya don Fernando había descuidado sus
barbas y cabellos, y en estos aplicó tales refregones de tierra, que
pronto quedaron incultos y enmarañados a usanza salvaje. Lavándose
ambos la cara, si así puede decirse, con polvo del camino, obtuvieron
el tono y pátina de una epidermis horriblemente áspera. Cortose
Fernando el bigote, igualándolo con las barbas, para que todo el rostro
quedase como no afeitado en dos semanas. Cuidaron asimismo de las
manos y uñas, procurando en aquellas la endurecida costra de suciedad,
en estas el luto riguroso, y con un poco de hollín, diestramente
aplicado a las orejas, sienes y carrillos, quedó Calpena hecho un
mostrenco tan zafio y bestial que no había más que pedir. En Urrea
no fue tan necesaria la transformación, porque su aspecto proceroso
y su cara vulgar le asemejaban a lo que quería ser. Había hecho don
Fernando estudios de lenguaje, asimilándose un castellano burgalés
de los más rudos con dejos de baturrismo. Bastábale a Urrea con su
sonsonete éuskaro, en lo que poco o nada tenía que fingir. Quedaron,
por añadidura, convenidos los nombres que habían de sustituir a los
verdaderos, llamándose don Fernando, Aquilino Orcha, y más brevemente
_Quilino_, natural de Briviesca, y el otro Francisco Muno, de la parte
de Aramayona. Suponíase, por lo que pudiera suceder, que Muno había
servido cuatro años en la partida de Lucus, y _Quilino_ otros tantos en
la de Merino, retirándose del servicio por la derrengadura que se le
produjo al caer del techo de una ermita en el ataque de Lodosa. Habíale
quedado un impedimento del costado derecho, y la natural torpeza
para mover los remos de aquel lado. Fingía muy bien el caballero la
imperfecta andadura, con ligerísima cojera en que no podía verse la
menor afectación.
Componíase la cuadrilla de cuatro sujetos: Echaide, los dos noveles,
y un cuarto arriero, como de sesenta años, a quien de apodo llamaban
_Santo Barato_. Era el arriero jefe cincuentón, de mediana estatura,
tan chupado de rostro que los carrillos se le juntaban por dentro de la
boca, formando al exterior dos cavernas velludas; los ojos se le metían
hasta el cogote, sin que de ello resultara aspecto de fiereza, sino más
bien como de anacoreta, o como las malas imágenes que representan a los
benditísimos padres del yermo. Su sonrisa de beatitud convidaba a la
confianza. En el cinto de cuero llevaba el rosario de cuentas negras y
pringosas, y un puñal. Era el vestido de los cuatro calzón corto con
peales, chaqueta parda y pañizuelo a la cabeza, las camisas del más
tosco hilo campesino. En suma: a Urrea le faltaba poco para ladrar;
Fernando resplandecía, si así puede decirse, de oscuro idiotismo y
de tosquedad y barbarie. Llevaban cuatro bestias, dos mulos y dos
borricos, mejor apañados que las personas, con sus aparejos en buena
conformidad, y la carga era de pellejos de aceite, algunos garbanzos,
pimentón molido, vinagre y otros artículos de menor cuantía.
Con sus cuerpos y los de sus animales llegaron a Estella al caer de una
tarde de octubre, metiéndose en una posada próxima al castillo y al
paseo de los Llanos. Gran aparato de fortificaciones observó Fernando
en todo el contorno de la ciudad. En la escarpa de los picachos de
Santo Domingo y en los altos de Santa Bárbara, todo era baluartes y
trincheras formidables. Hacia la otra parte, en Porfía y sobre el
Puy, vio también cortaduras y reductos. Las puertas de la ciudad por
el camino de Puente la Reina, y en la entrada del paseo, y en las
cabeceras de los puentes, donde arranca el camino de Viana, eran
verdaderas fortalezas. En el centro de la ciudad vio bastante tropa,
bandadas de clérigos, corrillos de oficiales en la plaza frente a San
Juan, y en la calle Mayor; observó el descuido de policía como signo
de bárbara guerra, los pisos desempedrados, formando charcos fétidos;
cerrados los comercios, los establecimientos de pelaires, los talleres
de carda de lanas, los batanes y tintes, en completa paralización y
abandono. Recomendole Echaide que anduviese lo menos posible por la
ciudad, manteniéndose en el parador al cuidado de las bestias, lo
que le pareció muy bien, y pronto hubo de advertir la sabiduría de
este consejo, pues en el parador, y en una próxima tienda de bebidas
con algo de comistraje, pudo observar a sus anchas, sin despertar la
menor sospecha, el estado de la opinión; solo con poner su oído en
las disputas, vio claros los dos partidos que agitaban el cotarro
pretendentil.
En esta parte decían que era de necesidad fusilar a Maroto; en aquella,
que no había decencia si don Carlos no se limpiaba de las alimañas que
se le comían vivo, el cura Echevarría, el capuchino Lárraga, el obispo
de León, Arias Teijeiro y otros tales. Pedían aquí que viniese Cabrera
a enderezar el torcido altarejo de la causa, pues era el único hombre
de empuje y circunstancias, y allá que la perdición del rey estaba en
los generales de anteojo y compás, y que los propiamente facciosos que
no sabían leer ni escribir le darían la victoria. En ciertos círculos
del bodegón no se recataban paisanos y militares de hablar pestes de
don Carlos, que todo lo fiaba de la Virgen, y consultaba sus planes de
guerra con las monjas flatulentas, hartas de bazofia. Los más devotos
de Su Majestad llevaban muy a mal que cuando iban las cosas de la
guerra tan torcidas, y hallándose el país esquilmado y en la miseria,
saliese don Carlos con la gaita de casarse. ¡Vaya, que tener que
aguantar también reina, sobre tantas cargas como abrumaban a los pobres
pueblos! ¡Y que no vendría poco finchada la de Beira, ni traerían poca
fachenda sus damas y gentiles-caballeros, todos con atrasadas ganitas
de trono y de parambombas reales, en medio de los desastres y de la
inseguridad de la guerra!
Metían su cucharada en los coloquios _Quilino_ y Muno, expresando las
opiniones más contrarias a todo buen criterio, como seres nacidos
para discurrir al tenor de los animales; y así pasaron tres días en
tranquila sociedad y distracciones de bodegón, dando tiempo a que
entregara o colocara Echaide la carga que llevó, y que tomase otra,
consistente en piezas de paño del cuento 24, casimiros y bayetones
estrechos, barriles de vino y algunos trebejos de calderería. Nada
tenían ya que hacer allí. Dos días antes de la llegada de Echaide había
salido Maroto para Alsasua, de donde seguiría hacia Cegama y Oñate.
La misma dirección, por caminos y atajos endemoniados, tomó Echaide
con su cuadrilla, escalando los desfiladeros de Andía, y en todas las
ventas y encrucijadas, así como en los puntos guarnecidos, encontraba
el arriero amigotes, con quienes departía del cisco que tan revueltos
traía a castellanos y navarros. Ningún entorpecimiento hallaban en su
marcha por aquellos vericuetos, porque la solicitud con que Echaide
desempeñaba los encargos, y la forma escrupulosa que sabía dar a su
neutralidad, le garantizaban contra todo recelo. Por la noche, ya le
cogiera esta en alguna venta, desmantelada choza o tejavana, echaba
mano a su rosario, obligando a los suyos a secundarle en sus extremadas
devociones. A los clientes atendía con solicitud, cobrándoles a
conciencia, y en el servicio de todos desplegaba tanta honradez como
puntualidad. Jamás trajo ni llevó soplos referentes a movimientos
de uno y otro ejército, y en ambos tenía protectores y amigos que
apreciaban sus raras cualidades de ermitaño trajinero.
Bajando de los puestos de Aralar hacia Cegama, les cogió un temporal de
nieve y ventisca que por algunos días les tuvo prisioneros sin poder
ir adelante ni atrás, defendiéndose contra el frío en unas cabañas
de pastores. Hasta las soledades inhospitalarias en que se guarecían
llegaba el rumor de la ola revolucionaria que por abajo corría. También
allí, viejos que parecían salvajes pedían que descuartizaran a Maroto
y lo echaran a los perros, y soldados errantes que iban a unirse con
sus cuerpos abogaban porque se ahorcase a Guergué con las tripas de
Arias Teijeiro. Con hogueras se defendían los trajinantes del horroroso
frío, que recrudeció la cojera de _Quilino_, obligándole a unos andares
enteramente grotescos. Aprovechando una clara, avanzaron por la
vertiente abajo en busca de mejor abrigo: en una casa en ruinas, donde
se agazapaban media docena de soldados que venían de Ormáiztegui y unos
leñadores míseros, se trabó disputa tan brava sobre quién o quiénes
habían traído el reino a tanta perdición, que no se pudieron contener
en la pendiente de las palabras a los hechos, y algunos palos tocaron a
Calpena, que hubo de aguantarlos con cristiana mansedumbre, porque el
coraje no delatara su condición, tan bien disfrazada. Entre el tumulto,
y mientras se frotaba la parte dolorida, se oyó su voz protestando en
esta forma:
—Ridiós, si vus digo que razón tenís más que serafines. Que afusilen
a Maroto, si vedis que no cumple; pero que si cumple, escabecen a los
empostólicos que le suerben el seso al soberano rey... Eso vus digo, y
tamién que afusilando, afusilando, al que no ande aderecho, veredes la
faición como una balsica de aceite.
—Mía tú, _Patarrastrando_; pues que te afusilen, que aderecho no andas.
—¡Otra!, que me arrimatis con gana. ¡No paicís amigos, ridiós!...
—Desapártate, bruto, y no rebuznes de pulítica.
Un tanto repuestos y desentumecidos en Cegama, arrearon para la
noble Oñate, y en ella dieron fondo en un día de lluvia torrencial,
chapoteando en el lodo, caladitos, y con parte del cargamento averiado.
Albergados en un parador de la calle _Zarra_, advirtieron inquietud
grave en el vecindario y en la gente de tropa. La noticia de que habían
sido presos y sometidos a un consejo de guerra los generales Zaratiegui
y Simón de la Torre, a paisanos y tropa les traía muy alborotados. En
las cuadras del parador vieron a no pocos individuos que se recataban
para leer papeles impresos repartidos por los agentes de Muñagorri,
el escribano de Berástegui, que alzado había la bandera de _Paz y
fueros_. Al siguiente día, despejado ya el cielo y seco el fango de
las calles por un furioso viento, vieron escenas interesantes que
revelaban el gran rebullicio de la opinión y el descontento de unos y
otros. Casi a las puertas de la iglesia mayor, un grupo de soldados
insultó a dos clérigos que salían de sus devociones, y a la entrada
de la calle de Santa María, un grupo alborotaba con amenazas a la
Intendencia, por la detestable calidad de los víveres. Corrían voces
de que se habían interceptado cartas de Maroto a generales de Isabel,
proponiendo condiciones para dar el pasaporte a don Carlos; mas alguien
sostenía con visos de autoridad que la tal correspondencia era falsa,
obra pérfida de los fueristas de Muñagorri y de otros intrigantes que
hormigueaban en la frontera, protegidos por el gobierno de Madrid y el
comodoro inglés lord John Hay, vulgarmente llamado _Lorchón_.
Y como en Oñate nada tenían que hacer, sabedor Martín de que en un
punto no lejano podrían realizar el fin oculto de su viaje, partieron
hacia Vergara, y a esta renombrada villa llegaron en ocasión que no se
cabía en ella de tanta tropa como entraba por el camino de Durango. Era
el ejército de Maroto.