No se habría conformado don Fernando con la ociosidad en aquella
tierra hospitalaria, si la frecuente correspondencia con su madre no
vigorizara su espíritu. No cesaba la noble señora de recomendarle
que prolongase su permanencia en Logroño, que fuese agradecido a las
bondades de Espartero y su familia, pues le convenía ciertamente estar
al arrimo de quien, por su autoridad militar, y la política que iba
adquiriendo, parecía llamado a ser en breve tiempo el árbitro de los
destinos de la nación. «Doloroso es para mí —le decía— el verme privada
de tu presencia; pero me consuela de mi soledad el saber dónde y con
quien estás, el considerar reconocido y apreciado tu mérito, principio
quizás de las grandezas que deseo para ti». Y contestando a la carta en
que se le manifestaba el deseo de doña Jacinta de traerla a Logroño,
decía: «La impresión primera ha sido de regocijo; pero después la
reflexión me ha hecho conocer que mi presencia podría perjudicarte. Tú
no lo creerás así; yo veo las cosas con frialdad, y no puedo desechar
la idea de que por algún tiempo debes permanecer sin mí al lado de
esos señores. Bien sabe Jacinta cuánto le agradezco sus afectos
cariñosos. Pero en su buen juicio comprenderá que a todos nos conviene
mi oscuridad, y que esta es necesaria para que tú brilles». Contestaba
don Fernando a estas razones que él no quería brillar; que ningún bien
social podía compensarle de la ausencia de su querida madre, y que, por
tanto, persistía en ir en su busca en cuanto los caminos se hallasen
despejados, para mayor seguridad del regreso.
Notó el caballero que constantemente llegaban a Logroño y
conferenciaban con el general personas diversas, venidas unas de
Madrid, otras de Pamplona, como emisarias del virrey, general Alaix;
otras, de pinta muy extraña, parecían procedentes del cuartel de don
Carlos. Entre las caras madrileñas, algunas reconoció Fernando como
significadas en la patriotería más ardiente. Creyó ver también a don
Antonio González, a Ferraz, a Sancho y a otros partidarios juiciosos
del _progreso_. Indudablemente el general apoyaba con decisión la
idea que empezó a llamarse _progresista_, declarándose enemigo del
bando moderado y disparando contra él bala rasa, sin reparar en las
manifiestas concomitancias de este partido con la gobernadora. Le
traía muy inquieto la protección que esta y su camarilla daban a Ramón
Narváez, permitiéndole organizar el ejército de reserva, como un
medio indirecto de hacer sombra a Espartero y de levantar frente a él
un nuevo ídolo militar. No le gustaban a don Baldomero estos ídolos
secundarios, que podrían ser dioses mayores el día menos pensado, y
la influencia política que alcanzado había con su victoria, no se la
dejaría arrancar, ¡vive Dios!, a dos tirones. Un día y otro mandaba a
Madrid quejas del abandono del gobierno; hacía responsables a ciertos
y determinados ministros de las privaciones del ejército; amenazó con
su dimisión si no dejaban sus puestos Mon y Castro, y al fin, con este
_modo de señalar_, dio cuenta del ministerio del conde de Ofalia.
Nombrado Presidente el duque de Frías, poeta y diplomático, Espartero
le exigió que desmembrase el ejército de reserva formado por Narváez,
agregando dos divisiones al de Castilla la Vieja, para contener las
facciones de Merino y Balmaseda; pidiole que, en reemplazo de Oraa,
fuese nombrado Van Halen general del Centro. A regañadientes, cediendo
a la presión del que dueño se hacía de todos los resortes, _quia
nominor leo_, el buen don Bernardino, excelente hombre, prócer ilustre,
y ante todo poeta insigne, se doblegaba y sucumbía por su propio miedo
y por los altos miedos palatinos.
Nunca habló de estas cosas Calpena con el general, quien, en sucesivos
coloquios, fue menos reservado respecto a la índole de la comisión que
confiarle pensaba. Uno de los primeros días de septiembre, a punto
que el Cuartel general se movía para emprender operaciones de que
nadie tenía conocimiento, dijo Espartero a su amigo, en forma que no
admitía réplica ni excusa, que a seguirle se preparase. Llevado de la
fascinación que el héroe sobre él ejercía, y cediendo además a una
extraña querencia del misterio y a ideas de elevada ambición que le
rondaban la mente, no vaciló en obedecer. Despidiole la condesa con
afecto maternal, asegurándole que en compañía de su marido no podía
correr ningún riesgo; afirmó él gozoso que nada lo importaba exponer
su vida, con tal de ser grato a su ilustre amigo, y partió entre la
comitiva del Cuartel general, llevando a uno solo de sus criados, Urrea.
Por toda la orilla derecha siguieron, sin parar hasta Lodosa, y era
general la persuasión de que se preparaba un ataque a Estella. Al
anochecer de aquel día, 3 de septiembre, las avanzadas de Espartero
se tirotearon con guerrillas carlistas; pero estas desaparecieron
durante la noche, y el ejército liberal siguió hasta Artajona. Nueva
detención, que en este punto fue más larga, porque recibió el general
noticia de un descalabro de las tropas de Alaix, virrey de Navarra,
el cual, empeñado en duro combate con los carlistas en el Perdón, fue
rechazado con bastantes pérdidas, resultando heridos el mismo virrey y
su segundo, Espeleta. Esto y la noticia de que Cabrera, ensoberbecido
con el triunfo de Morella, mandaba una división a engrosar las fuerzas
de Navarra, detuvieron a Espartero en su marcha, si es que esta tenía
por objeto atacar a Estella, lo que no se sabe, pues a nadie comunicó
su pensamiento. Humor endiablado tenía el general en aquellos días, y
su indecisión revelaba la crisis de su ánimo. Dio instrucciones para
que don Diego de León, que operaba en la Solana, ocupase determinados
puntos, y para que la división de Hoyos hiciese un reconocimiento
hacia los Arcos, y otras disposiciones tomó, cuyo alcance nadie podía
penetrar. Al quinto día llamó a Calpena, y sin encerrarse con él,
paseándose juntos en un abandonado huertecillo de la casa donde el
general se alojaba, hablaron. La conversación, oída de lejos, habría
podido pasar por insignificante, pues carecía de toda solemnidad y de
tonos graves y misteriosos.
—Yo me vuelvo a Logroño a darme otra descansadita —dijo don Baldomero
con jovialidad—; pero usted, amigo don Fernando, aquí se queda, y por
de pronto, se incorpora a las fuerzas de Diego León. Luego hará usted
lo que le mandaré ahora mismo en pocas palabras. Oído: dentro de un
rato se va usted a su alojamiento, y no se mueve de allí hasta que
reciba un recado mío.
—Bien, mi general.
—Mi recado es lo que menos puede usted figurarse. Consiste en un mazo
de puros habanos, y se lo llevará un arriero... No sé si usted le ha
visto... Le encontramos en Lodosa con su recua... Todo el ejército le
conoce.
—En efecto, le vi, y me dijeron su nombre; pero no me acuerdo.
—Se llama Martín Echaide. Es popular y muy querido en estas tierras.
Tanto nosotros como el enemigo le permitimos franquear las líneas, y
recorrer libremente el país, porque se ha declarado neutral, y sostiene
su neutralidad como un caballero.
—Pero no lo será realmente.
—Me figuro que no —dijo Espartero con acento de marrullería fina—. El
objeto de llevarle los cigarros es para que le conozca a usted y se
fije en su rostro... ¡Ah!, no haya miedo de que se le despinte. Nada
le dirá a usted, ni usted a él tampoco, como no sea el mandarme las
gracias por los cigarros.
—Hasta ahora, mi general, la misión que usted quiere encargarme es
facilísima.
—Después no lo será tanto. Se queda usted, como digo, con Diego León, y
en el momento en que Echaide se le presente y le diga: «Don Fernando,
vámonos», le obedece usted como si yo se lo mandara.
—¿Y para esto, mi general, tendré que disfrazarme de arriero?
—Justo; procurando, naturalmente, la mayor perfección en cara y ropa.
Disfrazará usted también a su criado, que me ha parecido de un tipo muy
para el caso. Con Echaide va usted a donde él le lleve, que le llevará
bien seguro a donde debe ir.
—Faltan ahora las instrucciones fundamentales, mi general, pues presumo
que mi misión no es tan solo arrear las caballerías del señor Echaide.
—Ciertamente que no. Ya no es un secreto para usted que este bueno de
Echaide me pone en comunicación con una persona del campo enemigo; pero
las cosas graves que entre una y otra parte se han de tratar no son
para expresadas por Echaide, ni es prudente darlas al papel. En estas
embajadas, amigo, no se cruzará ningún papel escrito.
—Ya entiendo, mi general: el papel soy yo, mi buena memoria, y mi
palabra la escritura.
—Justamente. Con su comprensión rápida de todas las cosas me ahorra
usted largas explicaciones. Echaide no es más que el..., el...
—El vehículo; la idea soy yo.
—Exacto. Como nada se escribe, como todo ha de ser verbal, he tenido
que escoger una persona muy inteligente, instruida, que se penetre bien
de mis condiciones, que reciba las del contrario, que las discuta si es
preciso, que transmita fielmente lo que uno y otro digan... También he
tenido en cuenta su caballerosidad, su conocimiento de la historia y de
la política. Para decirlo todo, su falta de ambición me agrada, y su
independencia es para mí una garantía de fidelidad. Conque...
—Comprendido todo, mi general. Ahora falta que escriba usted en mi
mente su pensamiento con signos bien claros, de modo que yo me penetre
bien y no padezca ningún error al transmitirlo.
—Tengo la seguridad de que ni escrito iría con más claridad. Esta noche
se viene usted por aquí, y le diré mis condiciones para la paz. Son
tan sencillas y tan breves, que caben en un papel de cigarro. Procure
el hombre fijarse bien. Mañana vuelve usted. Paseamos un rato en este
jardinillo y repetiré las condiciones para que se graben en su memoria.
No me escriba usted ni una letra, por los clavos de Cristo... Y por
último, nada he de decirle de la reserva, de la absoluta reserva...
—¡Por Dios, mi general...!
—No, no; si estoy bien seguro.
—Pero falta una cosa. Al llegar yo donde está esa persona, ¿cómo
acredito mi calidad de embajador?
—Todo está previsto, Las credenciales que usted ha de presentar son
una sola palabra. Ya lo hemos convenido él y yo: desde Burdeos me lo
propuso.
—¿Una sola palabra?
—El nombre de un pueblo del Perú donde él y yo nos conocimos.
Fácilmente lo grabará usted en su memoria. Mañana se lo diré. Cuando
llegue usted al punto donde ha de celebrar su primera conferencia,
Echaide será su introductor de embajadores. Conque...
—¿Me retiro?
—Sí. Hasta la noche.
Retirose Calpena en un grado de excitación indescriptible, la mente
pictórica del sin fin de ideas que en ella despertaba el grave asunto
en que iba a ser actor, y actor histórico con visos de novelesco.
Era un mundo que se le metía en el pensamiento, con imágenes mil
fabulosas, con representaciones de actos en que probaría su valor y su
inteligencia, con ideas elevadas, con fin nobilísimo como era el de
la paz. Adelante: no se avenía con las seguridades que el general le
dio de que en su misión no correría peligro. Sí, sí, que los hubiera,
pues los peligros y la gloria de vencerlos satisfacían los anhelos de
su alma generosa más que una campaña fácil y sin accidentes. Ningún
fin alto y grande se alcanza sin sacrificio, y es forzoso ver en las
penalidades la consagración de toda labor benéfica.
Recibió puntualmente los cigarros; repitió las visitas al general por
la noche y mañana siguiente. Oyó dos veces las instrucciones, mejor
dicho, las condiciones, que estampadas con letras de fuego quedaron en
su memoria; tomó el santo y seña, o mejor, signo de inteligencia; vio
partir al caudillo para Logroño; incorporose al ejército de León, y ya
no hizo más que esperar, clavados los ojos en la imagen borrosa de su
destino.
El diálogo que se transcribe es exacto en sus ideas y sentido; el
arriero Echaide, rigurosamente histórico.